Joaquín Gutiérrez Mangel

Gallardo,  Helio. Joaquín Gutiérrez Mangel“. Semanario Universidad N° 1417 (San José, Costa Rica), Octubre del 2000

Publicado también en: Retrato de Joaquín Gutiérrez. Compilado por Rodolfo Arias Formoso. San José, Costa Rica : EUCR, 2002. Página 121-124


En la jugada 39 las blancas arriesgan rey tres dama y las negras replican con un peón tres torre. Los contendores intercambian peones. A continuación las blancas atacan con un rey cuatro alfil que provoca el jaque del rey negro. Las negras no logran salir del jaque mediante su caballo seis dama. Las blancas desplazan su rey a tres caballo. Las negras abandonan. ¿De qué color eran las piezas de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Ni negras, ni blancas. Multipintas, como el variado color de la gente. Jaspeadas o nítidas —celestes, amarillas, oscuras, grises— como suele desplazarse y mostrarse la vida. Joaquín fue rojo. Comunista. Las piezas del ajedrez, cada una, tienen una determinada capacidad de combate. Joaquín Gutiérrez quiso sentir a la gente con una capacidad de lucha y de esperanza ilimitadas. Imaginó el comunismo como el milagroso pan evangélico que crece cuanto más se reparte. Lo vivió y lo sintió chino, soviético, chileno, costarricense, vietnamita, cubano, nicaragüense, planetario. Lo quiso alegre, plural. ¿Con qué acento hablaba el comunismo de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Con el acento de los humildes, de los campesinos, de los obreros, de los combatientes, de los niños, de los artistas, de las mujeres. Con el diverso vigor de la sonrisa, de la abierta carcajada y del estudioso silencio, constructores compañeros del hoy y del futuro.

Joaquín Gutiérrez tradujo tenazmente del inglés al castellano el tomo cuarto de las Obras Escogidas de Mao para su edición por la militante Editorial del Pueblo de Pekín. Su desempeño como traductor incluía extendidas sesiones de debate con los responsables políticos y académicos designados por el Partido Comunista Chino. Un objetivo era poner a prueba al traductor. —Camarada Joaquín, ¿por qué usó este adjetivo y no tal otro sinónimo?

El constante cónclave de expertos se designaba con un nombre ceremonioso y extenso. Algo así como “Comisión Responsable de la Vigilancia de la Exactitud en la Traducción del Pensamiento del Camarada Mao Tsetung”. Gutiérrez, multíglota, lo rebautizó “El Elefante”. Con un ligero recelo alguno preguntó: —¿Por qué, camarada, nos llama Ud., así? ¡Ah! Es que el elefante es grande, poderoso, noble, imponente, venerable…” No pasó mucho para que los camaradas chinos, siempre muy serios, empezaran a recordarle a Joaquín, el traductor: “Camarada Joaquín, mañana nos toca Elefante”. Y en la mirada Joaquín, el comunista, adivinaba una amistosa sonrisa cómplice.

Joaquín Gutiérrez, el comunista trashumante, semiancló en Chile porque sintió que en ese país frío, duro y sensible “ningún grito se perdía”. No era el país, entonces. Eran las tramas de relaciones establecidas por sus  gentes. Una de sus novelas se ocupa de esas tramas y sugiere / convoca lo que Joaquín Gutiérrez descubrió o confirmó acerca de sí mismo en ellas. Narra la muerte de un camarada amigo y su vela en la Morgue de Santiago. A la morgue se llegaba atravesando un “patio reseco, grande, de tierra. Como maldito, porque cualquiera sabe que en todas partes crece por lo menos una brizna de hierba y allí no, ni una. Al fondo del patio, un portón enorme, de dos hojas, con la pintura escarapelada”. Los amigos y camaradas velan toda la noche al muerto, un estudiante venezolano de Medicina, Luis Febres, comunista. Al amanecer, tras conversar y callar sobre la tortura y la muerte, los jóvenes improvisan, en el patio seco, una acción semejante al fútbol: “Poco a poco todos fuimos saliendo, a cual más entumido. ¡Una sola pelota para tantos! Pero igual comenzamos todos a correr, a hacer dribles fantásticos, a lanzar chutes imaginarios contra arcos invisibles. Se armó un partido fenomenal. La pelota era lo de menos. Lo importante era sacudirse, gritar, saltar, dar codazos, empujones, lanzar garabatos sin sentido. A quien por casualidad le caía en los pies, corría con ella abrazado como si fuera rugby y no fútbol. En una de esas se armó tal montón, todos tirándonos encima que los de abajo casi se asfixian.

“Estaba saliendo el sol”.

“Era la revancha. De la vitalidad. De la juventud. La vida es capaz de estallar de pronto con esos fulgores extraordinarios. ‘Pásamela’. ‘No, a mí’. ‘Entrégala’. Cada uno gritando a todo lo que daban los pulmones.

‘Chutea’. ‘Pendejo’. ‘Goooooool’. Saltando todo lo que permitían las piernas.

Estaba saliendo el sol.

Lucho, perdona: estaba saliendo el sol”.

Joaquín Gutiérrez, el escritor comunista, no amaba las palabras, amaba la vida, la montaba, la chuteaba, la reía, la enamoraba, la nostalgiaba, la quería, la comía, la bebía, la soñaba, la entretenía, la urgía, la perdonaba. La presentía. La esperaba.

Joaquín Gutiérrez Mangel sentía crujir y resoplar la vida en la gente sencilla, pero de combate. Cronista de la guerra antiimperialista vietnamita, rescató de ella su energía perseverante para multiplicar el alimento bajo las bombas —la llamó guerra del arroz—, la espiritualidad que les permitía levantar y perder el amor personal sin desalojar la esperanza histórica, —la llamó guerra contra el miedo— y la agudeza heroica para enfrentar militarmente al enemigo. Perseverancia, espiritualidad, eficacia histórica.

Celo, entereza anímica, inteligencia, destreza y fiereza en el combate fueron también los valores exigidos y testimoniados por Gutiérrez, el comunista, desde la dirección del departamento editorial de Quimantú, en Chile, durante la experiencia de la Unidad Popular. Ganó con su trabajo, exigente y cálido, a obreros y empleados, y el empeño de todos, del colectivo, hizo de los libros de Quimantú esfuerzo por multiplicar lectores y sacar a los autores del enrarecido aire de los pequeños círculos, un anuncio del horizonte abierto para el país con la experiencia socialista. El peón de Chillán, el minero de Lota, el niño de Lebu, el empleado de Ñuñoa, la maestra de San Antonio, el carabinero de La Serena, el pueblo, el camarada, nunca fueron fichas o piezas para Joaquín Gutiérrez, el comunista. Le parecieron siempre complejos y sutiles testimonios de la vida, convites para vivir, para compartir, para ser, para “reconstruir el mundo con el aporte de todos y hacerlo más hermoso”.

Joaquín Gutiérrez Mangel nunca transitó desde la literatura a la vida. Su estética era la vida misma militando rebelde en la literatura. “Somos las primeras estrofas de un poema épico, y esta es una metáfora que no se escribe con tinta sino con sangre. Y tenemos un baluarte inexpugnable: la porfía. Y una bocanada de aire fresco: la dignidad. Y nos rebullimos, injuriamos, maldecimos. Nos pateamos el culo de rabia si no podemos hacer más o más ligero, y nos perdemos como niños con fiebre por los caminos del sueño y somos unos locos estupendos que sabemos que este mundo horrible que han hecho los cuerdos nosotros lo vamos a arreglar. Y en una vasija de barro, en una pobre vasija de barro cultivamos una añañuca. Y esa añañuca nadie nunca nos la podrá arrancar”.

Esa añañuca, flor roja y silvestre que desafía a la muerte, es la misma Hoja de Aire que inmortalizara a Joaquín Gutiérrez Mangel, el comunista, en la literatura y en el imaginario de los pueblos del mundo. Las piezas multicromáticas de Joaquín Gutiérrez, el rojo, nunca abandonan la partida.

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Traducciones y otras vagabunderías

Figueres Ferrer, José. 1982. “Traducciones y otras vagabunderías. Notas literarias”. La Presa Libre. (San José, C.R.), 3 de junio 1982,  p. 7

Joaquín Gutiérrez con José María Figueres Ferrer, 1975

¿A cuál vagabundo se le ocurre a esta hora ponerse a traducir a Shakespeare al español? —Del todo vagabundo no debe de ser, porque la traducción es en verso, y probablemente llevó muchas toneladas de trabajo. Tampoco puede ser mal juez el traductor, porque escogió precisamente dos tragedias del bardo que son las preferidas de la gran crítica: el Hamlet y el Rey Lear.

Por casualidad recuerdo que Macauley expresó de pasada esta opinión sobre ambas obras, si la memoria me funciona bien, en su ensayo sobre Milton. Y, para mí, Lord Macauley es el papá y la mamá de los críticos literarios, y de los estetas.

Paradójicamente, por ser yo lector de los originales (desde la época remota de mis propias vagabunderías en Boston), no puedo establecer comparación entre estas traducciones “ticas” recientes, y otras anteriores, producidas a través de varios siglos. Ni siquiera se me hubiera ocurrido leer estos trabajos de ahora, si no fuera porque estoy prejuiciado favorablemente hacia las letras de Joaquín Gutiérrez.

Pero una vez encaminado en la lectura, comencé a sentir algo extraño. He aquí una obra literaria que me es nueva en el idioma, pero viejísima en lo que narra y dialoga, y en sus personajes y sus parábolas y sus metáforas. Me sentía como transitando por los corredores conocidos de un viejo palacio encantado, en un país remoto, oyendo voces familiares expresarse en español.

Ya una vez antes tuve esa misma sensación, al encontrarme no sé donde con los ensayos de Emerson, que yo había conocido desde mi adolescencia traducidos al catalán, que es el idioma universal en que aprendí a hablar como niño, en San Ramón de Alajuela, Costa Rica.

El lector joven de hoy, no conocedor aún de Shakespeare, al iniciarse en estas traducciones llevará una enorme ventaja, además del goce de leer las obras clásicas en lengua propia; la ventaja de no topar con todo un léxico arcaico, que tanto dificulta la lectura, y exige el auxilio frecuente de notas y diccionarios.

Gran parte del trabajo de hacha, de abrirse camino por la selva, lo ha realizado para él, el traductor, sin perder el mágico ambiente del bosque original.

Recuerdo la primera vez que leí el Hamlet en Boston, en tiempo de Cristián Rodríguez y Emilio Valverde Vega. A pesar de estar familiarizado ya con clásicos ingleses más recientes, las dificultades del vocabulario shakespeariano (aunque menos abstracto que el de Chaucer), me detuvieron durante gran parte de la noche. Pero antes de amanecer decidí, por fin, impaciente, echar carrera adelante, sin detenerme a examinar obstáculos, con la intención de volver después, sabiendo a donde iba, a explorar las curvas y recovecos del camino. Pocas páginas antes del final, tuve la sensación de que mi trabajo había sido inútil. No aparecía el desenlace trágico esperado, después de tantas horas de amenazadores nubarrones. Pero de pronto, como por encanto, se desató por todos lados la tormenta. Todos los héroes cayeron, súbitamente, dejando el escenario cubierto de cadáveres sangrientos.

Comprendí que aquellos momentos de duda y desilusión habían sido una triquiñuela; triquiñuela genial del dramaturgo.

Quien empiece hoy por leer la traducción de Gutiérrez, repetirá exactamente mi primera experiencia con el Hamlet, sin el trabajo de abrirse paso por el matorral de los arcaísmos.

Otras dos grandes ventajas tendrá a su favor quien lea directamente a don Joaquín: primera, le sucederá como a un principiante del Quijote, que comenzase por leer el Prólogo de la Segunda Parte. Sería víctima de amor a primera vista. Asimismo, los dos prólogos del propio Gutiérrez, que anteceden a las traducciones, son valiosos enfoques de un pensador de nuestro tiempo, sobre las conocidas tragedias del Siglo XVII.

Le sucederá también, pasando a otro campo enteramente distinto, como al joven matemático, que tiene a su alcance ahora, de una vez, la computadora. Quienes tuvimos que empezar por las tablas de multiplicación, después por las de logaritmos; luego por la regla de cálculo; para llegar, ya de viejos, a la época de las computadoras, envidiamos por analogía a los estudiantes de la tragedia clásica por la facilidad de que disfrutarán hoy, en sus estudios iniciales, gracias a la audacia y a la inspiración de un traductor tico vagabundo (El Hamlet y el Rey Lear de Gutiérrez están a la venta en las librerías de San José, y yo tengo comisión, según los editorialistas de La Nación).

Mucha gente ignora (y por eso el mundo anda tan mal) que yo fui traductor en Nueva York, en 1926 y 1927. Mi despacho, por si algo se les ofrece, estaba en 14 Battery Place, donde nace Broadway, en la punta de Manhattan. Pero no era yo traductor de poesía, ¡Dios me libre! Dictaba fácilmente de las lenguas latinas al inglés, en las materias técnicas cuyo vocabulario sencillo conocía: Física, Electricidad, Maquinaria. A pesar de que sabía de memoria, por otra vagabundería, buena parte de Edgar Allan Poe, y de Walt Whitman, jamás hubiera osado, ni entonces ni ahora, ponerme a traducirlos. Además, no había peligro: la oficina de traducciones de que yo formaba parte, no podía ser más burguesa. El arte y la filosofía les eran tan ajenos, como la virtud a las mozas de la venta, que Don Quijote tomaba por doncellas.

Con más ingenio que justicia se acuñó la frase italiana: “traduttore, traditore”. Hasta nuestro manchego se dejó decir que “las traducciones, como no sean de las lenguas clásicas, no arguyen mérito alguno”. Tal vez por castigo, el propio Ingenioso Hidalgo, nacido al principio del Siglo XVII, no llegó a conocer una buena versión de sus andanzas en inglés, sino hasta 1960. Anteriormente, parece mentira, el texto se pasaba del español al alemán, y de ahí al inglés. Yo debo tener todavía algunos viejos ejemplares, que resultan patéticamente malos (sin ánimo de elogiar a nadie). La única traducción buena, y definitiva, es la de Putman, que requirió once años de trabajo, y apareció hace solamente tres o cuatro lustros. El disfrute que proporciona Putnam es casi tan intenso como el del original de don Miguel. Y que me perdonen la herejía. No todo traduttore, y menos aun don Joaquín, es traditore.

Dicen que un hacendado latinoamericano residente en Chicago, que al parecer no era ningún Joaquín Gutiérrez, al leer Putnam exclamó: ¡Qué lástima que este libro tan interesante no se publique en español!

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