Un fantasma llamado Manlio Argueta

Mendoza, Rafael. “Un fantasma llamado Manlio Argueta”. Diario el Mundo (San Salvador, El Salvador), 25 de abril de 1987, p. 13

Anda por las calles de San José de Costa Rica, con su paso apresurado y un portafolios que parece estorbarle, yendo al Centro Cultural Costarricense–Salvadoreño que él fundó con apoyo de instituciones holandesas, o viniendo de todas las nostalgias que su voluntario exilio estancó para que el ácido de la distancia realizara el milagro novelesco, que en él es más que oficio, porque es casi una obsesión o serio compromiso en la trinchera literaria. Anda y no anda por ahí. Cabeza llena de llamadas por hacer, de cartas por armar, de nuevos capítulos que agregar a… quién sabe qué nueva sorpresa; y entre todas esas larvas se su pensar, algún encargo de su mujer que, como siempre , olvidó.

La última vez que le vimos, en su humilde indumentaria de peregrino laureado, andaba con Vëroed, el conjunto holandés que difundió en canciones muchos de los textos de “Un día en la Vida”. Fue el casco de Panamá, una noche de antorchas, guitarras y embriaguez poética. Luego se vinieron otros cinco años. Lapso que no dejaron de animar otras cartas, otras noticias de sus éxitos, nuevas esperanzas de reencontrarnos…  Hasta hoy, 27 de marzo de 1987, en el hotel donde me hospedo, de visita en Costa Rica para cumplir actividades paralelas a la Conferencia “Hacia la Paz en C.A.”.  El ha soltado el “quiúbole” pipil sin demostrar emoción, como lo expresaría alguien que nos ve a diario; la muestra de afecto las trae en dos o tres libros, entre los cuales destaca la edición en francés de “Un Día en la Vida”; me entrega además algunas copias fotostáticas de comentarios que de sus obras se han hecho en Europa y los Estados Unidos. Del hotel tenemos que salir apresuradamente rumbo al Centro Cultural Costarricense-Salvadoreño, su centro de operaciones y entidad que él fundó con colaboración de instituciones holandesas. El debe telefonear a su gente en Estados Unidos para informarse de las gestiones que aquél hace por el contrato de filmación de “Un Día …”.  Mientras él trata infructuosamente de establecer la conexión, leemos el material que nos confió:

“CUSCATLAN” Por Manlio Argueta… (traduzco). La brillante nueva novela del autor de Un Día en la Vida…  En esta obra maestra (textual) Manlio Argueta nos entrega un trabajo literario, sumamente atractivo y de gran hondura, que nos obliga a empatizar con un pueblo cuya historia política está tan entrelazada con la nuestra…”  Edición primera de Random House , Nueva York…

“Chatto Fiction… (sigo traduciendo). “Un Día en la Vida”…  Unos de esos libros que aparecen cada década y alternan nuestra concepción de la verdadera tragedia que hay detrás de los encabezados noticiosos…/… – Manlio Argueta, probablemente el principal novelista centroamericano, (en el libro) ha evocado la dura realidad de sus paisanos que viven en un país lamentándose bajo cincuenta años de explotación militar…”  Edición primera de Chatto & Windus, Londres…

“Manlio Argueta… “Un Día como Tantos Otros” (traduciendo el título original en francés)… Colección L’Autre Amerique, L’-Hartmattan… Francia… Manlio Argueta es actualmente el escritor salvadoreño más representativo por sus novelas que ponen en escena la trágica vida de sus conciudadanos…”

Salimos por fin de aquel teatro-taller que ya me tenía aplastado por el inusual calor del marzo tico, y ya en la calle, mientras aguardamos un auto que nos conduzca a San Pedro, asaltado por la sensación del exilio que me autoimpuse en Panamá, le pregunto al humilde migueleño que ha conquistado tanto respeto internacional: “¿Y vos ya te acostumbraste a este país? ¿Te sentís parte de San José o… todavía te jode la nostalgia?”… El, con su sonrisa bonachona, asiente con la cabeza y luego enfatiza… “!Más que jodido!… Yo aquí soy un fantasma… En otros países me reciben con los brazos abiertos y, aquí, a nadie le interesa saber qué hago ni dónde encontrarme… Todos saben que trabajo en este Centro y nunca me avisan si algún extranjero pregunta por mí… Todavía, algunos escritores locales, cuando me encuentran me preguntan que “dónde, en que país vivo ahora”… Eso parezco: un fantasma, traducido a varios idiomas pero ignorado en su región…”

Ahora andará con su portafolios en alguna calle de Londres. Lo dejamos ya casi preparando las maletas, despidiéndonos con el “nos vemos” de siempre, perdiéndose bajo el paraguas de la noche de otro día en la vida, la suya, la nuestra, la de su patria que él describe fielmente y quién sabe cuándo volverá a tenerlo en su subdesarrollado seno…    Rafael Mendoza.

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1980: transición, crisis y esperanzas

Sáenz, Andrés. “1980: transición, crisis y esperanzas”. La Nación, Crítica de Teatro. (San José, Costa Rica), 9 de enero de 1981, p. 4b

Para el movimiento teatral costarricense y para el público aficionado al teatro, 1980 fue un año de transición. Si bien se recuperaron espectadores que se habían alejado de las salas en 1979, no hubo, en el 80, un aumento importante del número de asistentes. Aunque el Teatro Carpa hizo esfuerzos encomiables de divulgación a comunidades, esta actividad estuvo circunscrita al Valle Central, y si a la Compañía Nacional de Teatro le correspondía según su reglamento, hacer giras por el territorio nacional, en 1980 no realizó ninguna, y delegó esta importante función en jóvenes egresados del Taller Nacional de Teatro.

Quizá el problema fundamental con que se enfrenta el teatro en Costa Rica sea la selección del repertorio. En general, durante la temporada pasada el escogimiento de las obras no fue atinado, pues muchas estaban por encima de las capacidades de los grupos mientras que otras sencillamente eran malas o no tenían nada que decirle al público local. Sin embargo los jóvenes del Teatro Tiempo y del Teatro Estudio de la Universidad Nacional supieron escoger las piezas que presentaron e hicieron un aporte valioso al año teatral debido a la calidad de sus representaciones.

La Compañía Nacional de Teatro está en franca crisis. En todo el año sólo realizó tres montajes, uno de ellos estrenado en diciembre, del que de dieron unas pocas funciones antes de que el elenco entrara en su receso anual. Además, la sala de CNT se mantuvo cerrada semanas enteras. Esto es señal de que la compañía oficial del país ha sucumbido a la arteriosclerosis burocrática y que su actividad no justifica el elevado presupuesto que le paga el contribuyente.

El Teatro del Ángel cumplió en octubre cinco años de ininterrumpida labor en su sala de Cuesta de Moras. Como en los años anteriores, su principal contribución fue mantener la sala abierta todo el año con montajes de alta calidad profesional. Los demás grupos harían bien en aprender la lección que la estadía del Ángel en Costa Rica les enseña: guardar a cabalidad el compromiso adquirido con el público y con el oficio del teatro. Su anunciada partida del país dejará un vacío que únicamente la dedicación y la constancia de las otras agrupaciones podrían llenar.

Un estreno del autor nacional Alberto Cañas que obtuvo éxito de público y de crítica salvó la temporada del Teatro Universitario (TU), cuyas presentaciones anteriores a esta obra fueron decepcionantes. El TU debe escoger con mayor tino y esmero, no solo las piezas que presenta, sino igualmente a los directores que confía los montajes.

El año 1980 no reveló ningún talento extraordinario, pero el buen trabajo de los jóvenes Gerardo Bejarano y Ana Istarú promete mucho para el futuro. También, Jaime Hernández confirmo su capacidad como director y Leonardo Perucci demostró en las tablas que ha sido una magnífica adquisición para la escena costarricense.

A la larga, tal vez el hecho más significativo para el teatro nacional durante 1980 será la traducción de Troilo y Cresida, de William Shakespeare, hecha por don José Basileo Acuña y publicada por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia. El medio artístico e intelectual del país no ha manifestado aún ninguna reacción ante el trabajo de don José Basileo y quizá tardará años en hacerlo. Pero sin duda la semilla sembrada por el insigne escritor nacional, con ésta y otras traducciones del inmortal dramaturgo inglés, dará abundantes frutos en el porvenir.

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El Cipitío for kids

Salamanca, Elena. “El Cipitío for kids“. La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador), 14 de agosto de 2006, p. 77

"El Cipitío"

“El Cipitío”

Manlio Argueta tiene a su público acostumbrado a novelas de persecuciones campesinas y revoluciones estudiantiles, pero ahora ofrece una visión, infantil y bilingüe, del Cipitío, ese personaje de la mitología cuscatleca… hijo de la Siguanaba.

“Aparenta unos cinco años y nunca crecerá”, lo describe el autor, en este su nuevo libro, que comenzará a distribuirse en el país a partir de la próxima semana, según su editorial, la costarricense Legado.

Según el director editorial Sebastián Vaquerano, el tiraje consta de 5 mil ejemplares, de los cuales “2 mil ejemplares fueron adquiridos por la Biblioteca Real de Suecia para ser donados a las redes de bibliotecas públicas de Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá”.

Aparte de estos países, “El Cipitío” será distribuido en Estados Unidos, pues cuenta con la traducción de la experta en literatura latinoamericana Linda Craft, y las ilustraciones de Vicky Ramos Quezada.

“La ilustradora estudió gran cantidad de fotografías, postales, libros, pinturas, objetos y texturas que Argueta y yo le suministramos, y diseñó los bocetos de manera que reflejaran el medio en el que se desarrolla el relato. Procuramos que reflejaran el entorno ecológico de un relato precolombino, el de una época en la que el medio ambiente no había sido depredado”, explica el editor.

Dado que la editorial es costarricense, Vaquerano, de origen salvadoreño, argumenta que “la leyenda es bellísima y merece ser conocida por un público más amplio que el salvadoreño. Además, la educación nacional (salvadoreña) necesita reforzar sus raíces, especialmente en tiempos en que la globalización amenaza con desdibujar lo autóctono. Pienso que publicar ‘El Cipitío’ es una modesta contribución a la educación salvadoreña”.

Además, el editor advierte: “En pocas generaciones nuestros niños solo leerán a Walt Disney y similares”.

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Joaquín Gutiérrez vive en francés

Doriam Díaz. “Joaquín Gutiérrez vive en francés”. La Nación. Suplemento Viva (San José, Costa Rica), 6 de junio de 2003, p. 9

La espera de más de una década se transformó en un logro para la literatura costarricense. La editorial Actes Sud, una de las más prestigiosas de Francia y Bélgica, acaba de publicar en francés la novela Murámonos Federico (1973), del escritor costarricense Joaquín Gutiérrez  (1918-2000).

Dicha edición se titulada Mourons (ensemble), Federico (Murámonos (juntos), Federico) y es una traducción del español realizada por Roland Faye, quién también pasó al francés la novela Ceremonia de casta, de Samuel Rovinski.

Faye tradujo la novela de Gutiérrez a principios de los años 90; no obstante, el trabajo tuvo un azaroso destino que culminó en mayo pasado con la publicación del libro en Actes Sud.

Y la espera valió la pena pues Actes Sud, fundada en 1978, tiene un catálogo con 1.800 títulos, publica 140 títulos nuevos por año y ha dado a conocer en lengua francesa a unos 2.200 autores.

Es más, ese sello le ha descubierto a los francófonos a autores como el húngaro y Premio Nóbel de Literatura Imre Kertész, la cubana Zoé Valdés y el norteamericano Paul Auster.

Cuidadoso trabajo

Mientras en Costa Rica se ha  privilegiado la lucha de Federico contra la compañía bananera, la edición en francés acentúa desde la portada hasta la contratapa los elementos más universales de la novela.

“Son justamente los elementos menos realistas del texto: la historia casi mágica de Estebanita, el humor, la ironía, la pugna entre dos mundos sometidos ambos –el personal –subjetivo y el social-objetivo- a la presión de la modernidad y de la tradición …”, explicó el escritor Carlos Cortés, quien revisó en detalle la obra en francés.

Es más, la contratapa del libro llamada El punto de vista de los editores expresa: “…el autor diseña una pintura de la alienación de los pueblos centroamericanos. Él entrega a sus personajes, todos admirablemente cincelados y coloreados, a las fronteras estrechas y reductoras de un mundo que vacila entre la tradición y la modernidad, seducción del sur y presión de norte”.

Según afirmó Cortés, la traducción es muy cuidadosa. Por ejemplo, las expresiones y nombres de los personajes se mantienen en el texto y se explican brevemente en notas al pie. Además, “…la versión reproduce el lirismo ingenuo del niño frente al relato narrativo de acción”, agregó.

La traducción de Murámonos Federico tiene 256 páginas y se encuentra en el catálogo de Actes Sud (www.actes-sud.fr).

Un detalle curioso: la novela estuvo dentro de las novedades de mayo del sello, junto a un libro del Nóbel Kertész.

Esta es la segunda novela costarricense que publica Actes Sud, la primera fue María, la noche (Maria, la nuit), de Anacristina Rossi.

El camino de Murámonos Federico en francés apenas comienza. La novela le sigue los pasos a Cocorí, que ha sido traducido a 10 idiomas, y mantienen vivo en el ambiente literario a Joaquín Gutiérrez.

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Cocorí al rededor del mundo

Estas son las diferentes ediciones de “Cocorí” a través del tiempo…

Chile, 1947, Editorial Rapa Nui

Cocorí

Cocorí, 1947, Editorial Zig Zag

Francia, 1953, Editorial G.P.

Alemania

Alemania, 1956, Editorial Alfred Holz Verlag

Unión Soviética

Unión Soviética, 1960, Editorial Vicielka, Moscú

Holanda

Holanda, 1964, Editorial Van Goor Zonen den Haag

Chile

Chile, 1971, Editorial Nascimento

Argentina

Argentina, 1972, Editorial Guadalupe

Eslovaquia

Eslovaquia, 1973, Editorial Mladé Letá

Ucrania

Ucrania, 1974, Editorial Bicielka

Costa Rica

Costa Rica, 1975, Editorial Costa Rica

Lituania

Lituania, 1980, Editorial Vertimas

Costa Rica, 1983, Editorial Costa Rica

Costa Rica, 1984, Editorial EDUCA

Argentina, 1985, Editorial Guadalupe


Joaquín Gutiérrez Mangel

Gallardo,  Helio. Joaquín Gutiérrez Mangel“. Semanario Universidad N° 1417 (San José, Costa Rica), Octubre del 2000

Publicado también en: Retrato de Joaquín Gutiérrez. Compilado por Rodolfo Arias Formoso. San José, Costa Rica : EUCR, 2002. Página 121-124


En la jugada 39 las blancas arriesgan rey tres dama y las negras replican con un peón tres torre. Los contendores intercambian peones. A continuación las blancas atacan con un rey cuatro alfil que provoca el jaque del rey negro. Las negras no logran salir del jaque mediante su caballo seis dama. Las blancas desplazan su rey a tres caballo. Las negras abandonan. ¿De qué color eran las piezas de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Ni negras, ni blancas. Multipintas, como el variado color de la gente. Jaspeadas o nítidas —celestes, amarillas, oscuras, grises— como suele desplazarse y mostrarse la vida. Joaquín fue rojo. Comunista. Las piezas del ajedrez, cada una, tienen una determinada capacidad de combate. Joaquín Gutiérrez quiso sentir a la gente con una capacidad de lucha y de esperanza ilimitadas. Imaginó el comunismo como el milagroso pan evangélico que crece cuanto más se reparte. Lo vivió y lo sintió chino, soviético, chileno, costarricense, vietnamita, cubano, nicaragüense, planetario. Lo quiso alegre, plural. ¿Con qué acento hablaba el comunismo de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Con el acento de los humildes, de los campesinos, de los obreros, de los combatientes, de los niños, de los artistas, de las mujeres. Con el diverso vigor de la sonrisa, de la abierta carcajada y del estudioso silencio, constructores compañeros del hoy y del futuro.

Joaquín Gutiérrez tradujo tenazmente del inglés al castellano el tomo cuarto de las Obras Escogidas de Mao para su edición por la militante Editorial del Pueblo de Pekín. Su desempeño como traductor incluía extendidas sesiones de debate con los responsables políticos y académicos designados por el Partido Comunista Chino. Un objetivo era poner a prueba al traductor. —Camarada Joaquín, ¿por qué usó este adjetivo y no tal otro sinónimo?

El constante cónclave de expertos se designaba con un nombre ceremonioso y extenso. Algo así como “Comisión Responsable de la Vigilancia de la Exactitud en la Traducción del Pensamiento del Camarada Mao Tsetung”. Gutiérrez, multíglota, lo rebautizó “El Elefante”. Con un ligero recelo alguno preguntó: —¿Por qué, camarada, nos llama Ud., así? ¡Ah! Es que el elefante es grande, poderoso, noble, imponente, venerable…” No pasó mucho para que los camaradas chinos, siempre muy serios, empezaran a recordarle a Joaquín, el traductor: “Camarada Joaquín, mañana nos toca Elefante”. Y en la mirada Joaquín, el comunista, adivinaba una amistosa sonrisa cómplice.

Joaquín Gutiérrez, el comunista trashumante, semiancló en Chile porque sintió que en ese país frío, duro y sensible “ningún grito se perdía”. No era el país, entonces. Eran las tramas de relaciones establecidas por sus  gentes. Una de sus novelas se ocupa de esas tramas y sugiere / convoca lo que Joaquín Gutiérrez descubrió o confirmó acerca de sí mismo en ellas. Narra la muerte de un camarada amigo y su vela en la Morgue de Santiago. A la morgue se llegaba atravesando un “patio reseco, grande, de tierra. Como maldito, porque cualquiera sabe que en todas partes crece por lo menos una brizna de hierba y allí no, ni una. Al fondo del patio, un portón enorme, de dos hojas, con la pintura escarapelada”. Los amigos y camaradas velan toda la noche al muerto, un estudiante venezolano de Medicina, Luis Febres, comunista. Al amanecer, tras conversar y callar sobre la tortura y la muerte, los jóvenes improvisan, en el patio seco, una acción semejante al fútbol: “Poco a poco todos fuimos saliendo, a cual más entumido. ¡Una sola pelota para tantos! Pero igual comenzamos todos a correr, a hacer dribles fantásticos, a lanzar chutes imaginarios contra arcos invisibles. Se armó un partido fenomenal. La pelota era lo de menos. Lo importante era sacudirse, gritar, saltar, dar codazos, empujones, lanzar garabatos sin sentido. A quien por casualidad le caía en los pies, corría con ella abrazado como si fuera rugby y no fútbol. En una de esas se armó tal montón, todos tirándonos encima que los de abajo casi se asfixian.

“Estaba saliendo el sol”.

“Era la revancha. De la vitalidad. De la juventud. La vida es capaz de estallar de pronto con esos fulgores extraordinarios. ‘Pásamela’. ‘No, a mí’. ‘Entrégala’. Cada uno gritando a todo lo que daban los pulmones.

‘Chutea’. ‘Pendejo’. ‘Goooooool’. Saltando todo lo que permitían las piernas.

Estaba saliendo el sol.

Lucho, perdona: estaba saliendo el sol”.

Joaquín Gutiérrez, el escritor comunista, no amaba las palabras, amaba la vida, la montaba, la chuteaba, la reía, la enamoraba, la nostalgiaba, la quería, la comía, la bebía, la soñaba, la entretenía, la urgía, la perdonaba. La presentía. La esperaba.

Joaquín Gutiérrez Mangel sentía crujir y resoplar la vida en la gente sencilla, pero de combate. Cronista de la guerra antiimperialista vietnamita, rescató de ella su energía perseverante para multiplicar el alimento bajo las bombas —la llamó guerra del arroz—, la espiritualidad que les permitía levantar y perder el amor personal sin desalojar la esperanza histórica, —la llamó guerra contra el miedo— y la agudeza heroica para enfrentar militarmente al enemigo. Perseverancia, espiritualidad, eficacia histórica.

Celo, entereza anímica, inteligencia, destreza y fiereza en el combate fueron también los valores exigidos y testimoniados por Gutiérrez, el comunista, desde la dirección del departamento editorial de Quimantú, en Chile, durante la experiencia de la Unidad Popular. Ganó con su trabajo, exigente y cálido, a obreros y empleados, y el empeño de todos, del colectivo, hizo de los libros de Quimantú esfuerzo por multiplicar lectores y sacar a los autores del enrarecido aire de los pequeños círculos, un anuncio del horizonte abierto para el país con la experiencia socialista. El peón de Chillán, el minero de Lota, el niño de Lebu, el empleado de Ñuñoa, la maestra de San Antonio, el carabinero de La Serena, el pueblo, el camarada, nunca fueron fichas o piezas para Joaquín Gutiérrez, el comunista. Le parecieron siempre complejos y sutiles testimonios de la vida, convites para vivir, para compartir, para ser, para “reconstruir el mundo con el aporte de todos y hacerlo más hermoso”.

Joaquín Gutiérrez Mangel nunca transitó desde la literatura a la vida. Su estética era la vida misma militando rebelde en la literatura. “Somos las primeras estrofas de un poema épico, y esta es una metáfora que no se escribe con tinta sino con sangre. Y tenemos un baluarte inexpugnable: la porfía. Y una bocanada de aire fresco: la dignidad. Y nos rebullimos, injuriamos, maldecimos. Nos pateamos el culo de rabia si no podemos hacer más o más ligero, y nos perdemos como niños con fiebre por los caminos del sueño y somos unos locos estupendos que sabemos que este mundo horrible que han hecho los cuerdos nosotros lo vamos a arreglar. Y en una vasija de barro, en una pobre vasija de barro cultivamos una añañuca. Y esa añañuca nadie nunca nos la podrá arrancar”.

Esa añañuca, flor roja y silvestre que desafía a la muerte, es la misma Hoja de Aire que inmortalizara a Joaquín Gutiérrez Mangel, el comunista, en la literatura y en el imaginario de los pueblos del mundo. Las piezas multicromáticas de Joaquín Gutiérrez, el rojo, nunca abandonan la partida.

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Traducciones y otras vagabunderías

Figueres Ferrer, José. 1982. “Traducciones y otras vagabunderías. Notas literarias”. La Presa Libre. (San José, C.R.), 3 de junio 1982,  p. 7

Joaquín Gutiérrez con José María Figueres Ferrer, 1975

¿A cuál vagabundo se le ocurre a esta hora ponerse a traducir a Shakespeare al español? —Del todo vagabundo no debe de ser, porque la traducción es en verso, y probablemente llevó muchas toneladas de trabajo. Tampoco puede ser mal juez el traductor, porque escogió precisamente dos tragedias del bardo que son las preferidas de la gran crítica: el Hamlet y el Rey Lear.

Por casualidad recuerdo que Macauley expresó de pasada esta opinión sobre ambas obras, si la memoria me funciona bien, en su ensayo sobre Milton. Y, para mí, Lord Macauley es el papá y la mamá de los críticos literarios, y de los estetas.

Paradójicamente, por ser yo lector de los originales (desde la época remota de mis propias vagabunderías en Boston), no puedo establecer comparación entre estas traducciones “ticas” recientes, y otras anteriores, producidas a través de varios siglos. Ni siquiera se me hubiera ocurrido leer estos trabajos de ahora, si no fuera porque estoy prejuiciado favorablemente hacia las letras de Joaquín Gutiérrez.

Pero una vez encaminado en la lectura, comencé a sentir algo extraño. He aquí una obra literaria que me es nueva en el idioma, pero viejísima en lo que narra y dialoga, y en sus personajes y sus parábolas y sus metáforas. Me sentía como transitando por los corredores conocidos de un viejo palacio encantado, en un país remoto, oyendo voces familiares expresarse en español.

Ya una vez antes tuve esa misma sensación, al encontrarme no sé donde con los ensayos de Emerson, que yo había conocido desde mi adolescencia traducidos al catalán, que es el idioma universal en que aprendí a hablar como niño, en San Ramón de Alajuela, Costa Rica.

El lector joven de hoy, no conocedor aún de Shakespeare, al iniciarse en estas traducciones llevará una enorme ventaja, además del goce de leer las obras clásicas en lengua propia; la ventaja de no topar con todo un léxico arcaico, que tanto dificulta la lectura, y exige el auxilio frecuente de notas y diccionarios.

Gran parte del trabajo de hacha, de abrirse camino por la selva, lo ha realizado para él, el traductor, sin perder el mágico ambiente del bosque original.

Recuerdo la primera vez que leí el Hamlet en Boston, en tiempo de Cristián Rodríguez y Emilio Valverde Vega. A pesar de estar familiarizado ya con clásicos ingleses más recientes, las dificultades del vocabulario shakespeariano (aunque menos abstracto que el de Chaucer), me detuvieron durante gran parte de la noche. Pero antes de amanecer decidí, por fin, impaciente, echar carrera adelante, sin detenerme a examinar obstáculos, con la intención de volver después, sabiendo a donde iba, a explorar las curvas y recovecos del camino. Pocas páginas antes del final, tuve la sensación de que mi trabajo había sido inútil. No aparecía el desenlace trágico esperado, después de tantas horas de amenazadores nubarrones. Pero de pronto, como por encanto, se desató por todos lados la tormenta. Todos los héroes cayeron, súbitamente, dejando el escenario cubierto de cadáveres sangrientos.

Comprendí que aquellos momentos de duda y desilusión habían sido una triquiñuela; triquiñuela genial del dramaturgo.

Quien empiece hoy por leer la traducción de Gutiérrez, repetirá exactamente mi primera experiencia con el Hamlet, sin el trabajo de abrirse paso por el matorral de los arcaísmos.

Otras dos grandes ventajas tendrá a su favor quien lea directamente a don Joaquín: primera, le sucederá como a un principiante del Quijote, que comenzase por leer el Prólogo de la Segunda Parte. Sería víctima de amor a primera vista. Asimismo, los dos prólogos del propio Gutiérrez, que anteceden a las traducciones, son valiosos enfoques de un pensador de nuestro tiempo, sobre las conocidas tragedias del Siglo XVII.

Le sucederá también, pasando a otro campo enteramente distinto, como al joven matemático, que tiene a su alcance ahora, de una vez, la computadora. Quienes tuvimos que empezar por las tablas de multiplicación, después por las de logaritmos; luego por la regla de cálculo; para llegar, ya de viejos, a la época de las computadoras, envidiamos por analogía a los estudiantes de la tragedia clásica por la facilidad de que disfrutarán hoy, en sus estudios iniciales, gracias a la audacia y a la inspiración de un traductor tico vagabundo (El Hamlet y el Rey Lear de Gutiérrez están a la venta en las librerías de San José, y yo tengo comisión, según los editorialistas de La Nación).

Mucha gente ignora (y por eso el mundo anda tan mal) que yo fui traductor en Nueva York, en 1926 y 1927. Mi despacho, por si algo se les ofrece, estaba en 14 Battery Place, donde nace Broadway, en la punta de Manhattan. Pero no era yo traductor de poesía, ¡Dios me libre! Dictaba fácilmente de las lenguas latinas al inglés, en las materias técnicas cuyo vocabulario sencillo conocía: Física, Electricidad, Maquinaria. A pesar de que sabía de memoria, por otra vagabundería, buena parte de Edgar Allan Poe, y de Walt Whitman, jamás hubiera osado, ni entonces ni ahora, ponerme a traducirlos. Además, no había peligro: la oficina de traducciones de que yo formaba parte, no podía ser más burguesa. El arte y la filosofía les eran tan ajenos, como la virtud a las mozas de la venta, que Don Quijote tomaba por doncellas.

Con más ingenio que justicia se acuñó la frase italiana: “traduttore, traditore”. Hasta nuestro manchego se dejó decir que “las traducciones, como no sean de las lenguas clásicas, no arguyen mérito alguno”. Tal vez por castigo, el propio Ingenioso Hidalgo, nacido al principio del Siglo XVII, no llegó a conocer una buena versión de sus andanzas en inglés, sino hasta 1960. Anteriormente, parece mentira, el texto se pasaba del español al alemán, y de ahí al inglés. Yo debo tener todavía algunos viejos ejemplares, que resultan patéticamente malos (sin ánimo de elogiar a nadie). La única traducción buena, y definitiva, es la de Putman, que requirió once años de trabajo, y apareció hace solamente tres o cuatro lustros. El disfrute que proporciona Putnam es casi tan intenso como el del original de don Miguel. Y que me perdonen la herejía. No todo traduttore, y menos aun don Joaquín, es traditore.

Dicen que un hacendado latinoamericano residente en Chicago, que al parecer no era ningún Joaquín Gutiérrez, al leer Putnam exclamó: ¡Qué lástima que este libro tan interesante no se publique en español!

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