La otra cara de «Carmen Lyra»

Naranjo Chacón, Gustavo A. «La otra cara de «Carmen Lyra»La Prensa Libre (San José, Costa Rica), 15 de enero de 2001, Página 13.

Nacida en 1888, María Isabel Carvajal es mayormente recordada por «Los cuentos de mi tía Panchita», pero más allá de ellos, ella siempre se distinguió por ser una luchadora de las causas sociales.

María Isabel Carvajal, valiente luchadora de las causas sociales… muy diferente a la «tía Panchita» que recordamos

María Isabel Carvajal vio la primera luz un 15 de diciembre de 1888. De niña asistió, al igual que muchas otras niñas de la capital, al renombrado Colegio de Señoritas, donde se recibió en 1904. Sin embargo, mucho antes de convertirse en «Carmen Lyra», la escritora, la joven dama sirvió como novicia en el Hospital San Juan de Dios. Y sería ese dolor y sufrimiento de los pobres y desamparados el que encendería para siempre en ella su llama de luchadora. Comenzó a escribir incansablemente apoyada por sus amigos don Joaquín García Monge –para quien redactaría en la revista «Ariel» bajo el pseudónimo Carmen Lyra (este nombre surgió del recorrido que hacían los buses en Chile: Carmen-Lira)– y don Omar Dengo, quien junto a Rómulo Tovar la iniciaron en las ideas del anarquismo.

Serían estas ideas las que le impulsaron a ingresar al Centro Germinal, donde se comenzarían a desarrollar los temas de una nueva educación que daría frutos con la apertura de la Escuela Normal en 1915 bajo la administración de González Flores. Cuando el Ministro de Guerra Federico Tinoco se hizo del poder, María Isabel Carvajal no dudó en lanzarse a las calles, en la famosa huelga de maestras que acabaría con el incendio del diario oficialista «La Información», en 1919.

Para 1920 su figura se había vuelto tan controversial que el gobierno decidió darle una beca y enviarla lejos por un tiempo. El destino sería Europa, para que estudiara las íntimas técnicas de pedagogía en la Universidad de París, con el fin de renovar la educación nacional.

A su regreso traería consigo los conocimientos de las técnicas preescolares Montessori, con las cuales abrió el primer parvulario contiguo al edificio metálico. A ella se unieron las maestras Margarita Castro y Luisa González. Años después, cerca de 1930, ya dejado el aprismo como escuela política y estudiando a fondo el socialismo científico, ella se lamentaría de lo poco que hacía una buena educación habiendo necesidades básicas y extrema pobreza en los pequeños, olvidados por la sociedad capitalista.

Más allá de la Tía Panchita

La verdadera “tía Panchita”, la que nos enseñó a pelear por nuestros ideales en un mañana mejor

Aunque su obra más conocida son «Los cuentos de la tía Panchita», su producción fue rica y diversa. Entre sus obras más maduras se encuentra «El banano y los hombres» y «Barrio Cothnejo-Fishy» con el que abandonaría el realismo literario y abriría en el país del realismo crítico.

Gran parte de su obra fue divulgada a través de las revistas Repertorio Americano, la Revista Renovación –de la cual sería directora– y El Trabajo, la principal publicación del Partido Comunista.

Durante la década de los treinta apoyó junto a Carlos Luis Fallas las huelgas de zapateros en San José y de trabajadores en los bananales. En este periodo escribiría su «Historia de la United Fruit Company y sus atrocidades». Dicha compañía fue creada por la enigmática figura del liberal Minor Keith.

María Isabel Carvajal murió el 13 de mayo de 1949 en la ciudad de México, donde gran cantidad de escritores e intelectuales latinoamericanos la velaron en medio de una multitudinaria actividad convocada por el Partido Comunista de México.

Cuando su cuerpo arribó al aeropuerto de La Sabana, en medio de la tensión por los eventos del 48 y la reciente intentona de golpe liderada por Eduardo Cardona, se rumoró que en el ataúd venían armas para los rebeldes. El ataúd fue escoltado por miles de costarricenses que durante dos días pasaron por su vivienda depositando flores para rendir un último menaje a la tía y maestra de todos los costarricenses

Decreto del diario oficial La Gaceta de 1976, donde se declara Benemérita de las Artes y las Letras Nacionales

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Escritores costarricenses: Carlos Luis Fallas (Calufa)

Carlos Luis Fallas, gran escritor costarricense

Escritores costarricenses: Carlos Luis Fallas (Calufa)”. Diario Extra (San José, Costa Rica), 30 de mayo de 1986, página 5

Autobiografía

Nací el 21 de enero de 1909, en un barrio humilde de Alajuela. Por parte de mi madre soy de extracción campesina. Cuando yo tenía cuatro o cinco años de edad, mi madre contrajo matrimonio con un obrero zapatero, muy pobre, con el que tuvo seis hijas. Me crié, pues en un hogar proletario.

Cursé los cinco años de la escuela primaria y luego dos de la enseñanza secundaria.

Tuve que abandonar los estudios, fui aprendiz en los talleres de un ferrocarril, y a los dieciséis años, me trasladé a la provincia de Limón, en el litoral Atlántico de mi país, feudo de la United Fruit Company, el poderoso trust norteamericano que extiende su imperio bananero a lo largo de todos los países del Caribe. En Puerto Limón trabajé como cargador, en los muelles. Después me interné por las inmensas y sombrías bananeras de la United, en las que por años hice mi vida de peón, de ayudante, de albañil, de dinamitero, de tractorista, etc. Y allí fui ultrajado por los capataces, atacado por las fiebres, vejado en el hospital.

Andaba en los 22 años cuando regresé a Alajuela, para ver morir a mi madre. Entusiasmado por las ideas revolucionarias y anti-imperialistas que por ese entonces comenzaban a agitar al proletariado costarricense ingresé al naciente movimiento obrero y, para poder vivir y luchar en las ciudades, aprendí en tres meses el oficio de zapatero, oficio que ejercí por largos años.

Intervine en la organización de los primeros sindicatos alajuelenses y en la dirección de las primeras huelgas; fui a la cárcel varias veces; resulté herido en un sangriento choque de obreros con la policía, en 1933, y ese mismo año, con el pretexto de un discurso mío, los Tribunales me condenaron a un año de destierro en la costa Atlántica provincia de Limón. Allí, entre otras actividades revolucionarias, intervine en la organización de la gran Huelga Bananera del Atlántico de 1934, que movilizó 15.000 trabajadores y que conmovió profundamente al país entero. Por mi participación en esa huelga fui encarcelado una vez más, me declaré en huelga de hambre, y gracias a la acción del pueblo, recobré mi libertad.

Fui electo por los obreros del Regidor Municipal en 1942 y diputado al Congreso Nacional en 1944.

Me tocó improvisarme jefe militar de los mal armados batallones obreros que derramaron su sangre durante la guerra civil costarricense de 1948. Derrotados por las intrigas imperialistas, y bajo la brutal y sangrienta represión que desataron nuestros enemigos, fui a la cárcel, estuve a punto de ser fusilado y me adobaron en un proceso calumnioso e infamante, pero salvé la vida y recobré la libertad gracias a las protestas del pueblo y a la solidaridad internacional.

En mi vida de militante obrero, obligado muchas veces a hacer actas, redactar informes y a escribir artículos para la prensa obrera, mejoré mi ortografía y poco a poco fui aprendiendo a expresar con más claridad mi pensamiento. Pero, para la labor literaria, a la que soy aficionado, tengo muy mala preparación: no domino siquiera las más elementales reglas gramaticales, del español, que es el único idioma que conozco, ni tengo tiempo ahora para dedicarlo a superar mis deficiencias.

Mi labor literaria es muy escasa, porque la mayor parte de mi tiempo lo dedico a la lucha por la total liberación de mi pequeña patria. En 1940 escribí Mamita Yunai, publicada en Costa Rica en 1941, y que pasó desapercibida por años, hasta que el soplo poderoso del gran poeta Pablo Neruda la echó a correr por el mundo; hasta el momento se ha editado en italiano, ruso, polaco, alemán, checo, eslovaco y rumano y pronto aparecerá también en búlgaro y húngaro, se editó de nuevo en español en Chile en 1949 y en Argentina en 1955, donde actualmente se prepara su reedición.

Y ahora esta edición mexicana que es la definitiva. En 1947 publiqué la novela «Gentes y gentecillas», en una pécima edición que corregí luego, pero que no he podido volver a editar. Ese mismo año escribí una novela y unos cuentos cortos que me fueron robados y destruidos durante la represión de 1948. En 1952 publiqué aquí «Marcos Ramírez», libro de aventuras infantiles traducido ya al francés, al alemán y al polaco (actualmente se prepara una nueva edición española, en Argentina). Y en 1954 publiqué aquí «Mi Madrina», en un tomo que contiene dos novelas cortas y un cuento, y que se tradujo y editó ya en Polonia. Y esto es todo por el momento.

Esta autobiografía fue escrita en 1957, para la edición mexicana de «Mamita Yunai». Carlos Luis Fallas murió en San José el 7 de mayo de 1966.

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Una entrevista con Carlos Luis Fallas

«Una entrevista con Carlos Luis Fallas». En: Teatro Carpa, 21 de octubre de 1981, Página 1

Extracto de una entrevista realizada por Alfonso Chase a Carlos Luis Fallas, y publicada por el periódico Excelsior en 1976

– ¿Crees que la literatura debe ser literatura social y nada más?
Creo que sí. El escritor debe servirle al pueblo de Costa Rica, luchar junto con él por una vida mejor, una democracia más amplia, mayor libertad, independencia y disfrute pleno de sus riquezas. No hay nada que justifique otra posición de un escritor costarricense.

– ¿Crees entonces, que no hay oposición entre los que podríamos llamar literatura universal y literatura nacional, o bien, entre literatura proletaria y literatura burguesa?
En este momento comienza en el mundo la etapa de la literatura proletaria. Así como vino la literatura burguesa a desplazar a la literatura aristocrática y de la nobleza ahora viene el período del triunfo, de esta nueva concepción –profundamente humana– de literatura y la vida. Es un proceso de dialéctica. La literatura proletaria entra al juego de mundo y adquiere vigencia para el futuro. Hay en Costa Rica, sin embargo, en el presente una serie de escritores que sin ser proletarios están también haciendo una literatura positiva que en cierta forma responde a las necesidades de nuestro pueblo. Yo no estoy de acuerdo con esas gentes que dicen que en Costa Rica no se puede hacer nada de categoría en la literatura, porque nosotros no tenemos tradición histórica heroica, ni gauchos como los argentinos en sus pampas. Tenemos iguales posibilidades. Lo que sucede es que los temas y los argumentos no se pueden encontrar en una esquina de la Avenida Central. Hasta que podamos profundizar en nuestra patria y encontrar los argumentos en el llano, en las bananeras, en las montañas, las ciudades y sus pobres barriadas: ahí está Costa Rica. Ya se han escrito bastantes cursilerías y ya es hora de explotar directamente los problemas vitales de nuestro pueblo. Quienes se empeñan en seguir escribiendo historias bonitas, más o menos superficiales, ya no están colocadas en ninguna perspectiva. Hay problemas sociales profundos, y yo me pregunto, ¿por el hecho de ser sociales no se pueden tocar con arte? Pues claro que sí. Es nuestro deber. Ahí está el futuro de nuestra literatura. Es mi criterio, la literatura social es la única que puede tener permanencia porque se justifica en nuestra propia realidad.

– ¿Y con respecto a los personajes de tus novelas?
En su mayoría son tomados de la vida real. Hay otros que son formados de dos o más fuentes del mismo grupo humano. Yo creo que la sociedad presenta grupos bien definidos en cuanto a su carácter y a su forma de ser. Personas que misteriosamente pertenecen a un mismo grupo y cuya diferenciación de los otros es notable. No pertenecen, incluso, a una misma clase social. Doña Rosita, por ejemplo, está formada por tres mujeres de distinta condición social y distinto grado de cultura, pero en cuanto al carácter, pertenecen al mismo grupo.
Mis personajes no son creación pura de la fantasía, y por esto, yo no hago plan de trabajo al comenzar una novela. Es que los personajes se mueven, tienen vida propia y se van. Los personajes se escapan. Es imposible controlarlos. Lo que importa, ante una situación específica, es la actitud y la reacción propia del personaje y no lo que a mi me interesaría como escritor. El plan nos limita porque nos obliga a trabajar de acuerdo a unas metas ya previamente determinadas. Si hacemos coincidir a los personajes con el plan, los matamos y hacemos de ellos unos simples títeres.

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«Gentes y gentecillas» de Calufa

Kasari, Joris. «Gentes y gentecillas» de Calufa». La Prensa Libre (San José, Costa Rica),  2 de abril de 1977

Uno de los escritores costarricenses que más ha entrado en lo profundo del pueblo tico es Carlos Luis Fallas.

Llamado cariñosamente Calufa, este autor describe con autenticidad, el ambiente costarricense, con la manera de hablar del tico, su humor y su forma de ser.

Aunque la primera vez que se publicó esta obra en 1947, como la segunda novela de Carlos Luis Fallas, lo cierto es que, treinta años* después continúa siendo actual.

Es una novela que se lee y se disfruta, ya que los personajes tienen una vitalidad que se encuentra sólo en los buenos novelistas.

Para el lector, Jerónimo, Soledad, Rodolfo, Ñor Concho, doña Rosita y otros son seres de carne y hueso. Personas a las que podemos encontrarnos en cualquier momento. Son también prototipos de las distintas capas de nuestra sociedad.

Esa sociedad que da el campesino ingenuo así como el pícaro; el funcionario explotador y el trabajador sincero; el obrero que espera los días de pago y la mujer que trabaja para ayudarle a salir adelante con la carga… De todo hay en la novela de Carlos Luis Fallas.

Ningún nombre mejor hubiera podido ponerle que «Gentes y gentecillas». Porque en sus páginas pulula lo mismo el poderoso que el sencillo; la mujer educada que la muchacha fácil que cree encontrar a la vuelta de la esquina la fortuna o el amor de novela.

Carlos Luis Fallas nació en 1909 en Alajuela y murió en 1966. De origen campesino, se crió al lado de un zapatero remendón. Hizo únicamente dos años de secundaria. Su viaje a Limón, cuando tenía 16 años lo hizo conocer y comprender la lucha del hombre sencillo por ganarse el pan.

En la costa atlántica trabajó en los muelles y en los bananales de la United Fruit Company, por eso, sus descripciones del trabajo, de las luchas de la clase de vida que llevaba el trabajador de las compañías extranjeras, es verídico.

Cuando regresó a Alajuela, a los 22 años, se dedicó a participar en movimientos políticos y obreros, participó en huelgas y en algunas ocasiones su militancia lo llevó a la cárcel. Fue miembro importante del Partido Comunista y elegido para cargos de elección popular como munícipe y diputado más tarde. Sin embargo, su militancia política no le apartó de la literatura, sino que le sirvió de base para sus temas y sus personajes.

Escribió «Mamita Yunai», publicada en 1941. «Gentes y gentecillas», editada en 1947 y luego con el sello de la Editorial Costa Rica en 1975. «Marcos Ramírez, Aventuras de un muchacho», «Mi madrina» y «Tres cuentos».

Su colaboración en periódicos y revistas de la época también fue copiosa.

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y es uno de los escritores latinoamericanos de mayor valor literario y social. Vale la pena volver a leer los libros de Carlos Luis Fallas.

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Carmen Lyra

Carmen Lyra

Carmen Lyra es el nombre artístico de María Isabel Carvajal, la escritora más significativa de las letras costarricenses y una figura entrañable para varias generaciones educadas con sus relatos a partir de los años cuarenta, cuando, en cada aula, se acostumbraba cerrar el día embelezando a los niños con las travesuras de Tío Coyote y Tío Conejo. Nació en 1888 en San José y murió exiliada en México en 1949. Fue educadora por antonomasia, luchadora cívica, renovadora en la narrativa y la docencia, cuentista y novelista. Entre su vasta producción figuran numerosos artículos en Repertorio Americano y otras revistas literarias; los libros Fantasías de Juan Silvestre, Bananos y hombres y Relatos Escogidos; varios ensayos políticos y didácticos; el manual escolar Patria Grande y la novela En una silla de ruedas.

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Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillas

La ciencia y las tradiciones de culturas muy  antiguas, como la griega y la china, han logrado establecer que el cerebro humano está compuesto por dos hemisferios que se alternan en el desarrollo de los procesos cognitivos y conductuales. Un hemisferio izquierdo que responde a lo racional y otro, derecho, que funciona más con lo intuitivo. Platón, en el siglo V a. C. ya los había definido, respectivamente, como logistikon y nous, para separar lo lógico y ordenado, de lo sentimental y no secuencial.

Se dice que en los ingenieros y los científicos predomina el uso del lóbulo izquierdo, mientras que en los artistas el sector derecho, aunque obviamente, ambos funcionan de modo simultáneo y alternativo según el acto y las circunstancias.

Este cuento de Alicia que nos ha legado la pluma erudita de Lewis Carroll (seudónimo del inglés Charles Dodgson, 1832-1898) es, además de una pieza clásica de la literatura universal, una clara incitación a las circunvoluciones cerebrales de nuestra media esfera derecha.

Si bien la historia de Alicia es un poco, como el juicio contra el naipe de su sueño, es decir absurda, sin mucho sentido final; la narración se ha sostenido por siglo y medio, y ha merecido infinidad de traducciones y varias versiones en la pantalla de plata, gracias a esa invitación a lo onírico, a lo lúdico, a lo intuitivo, a lo irracional, a los ingredientes de lo fantástico y fabulesco que también conforman este mundo práctico que disfrutamos o sufrimos.

No ha de extrañar que el propio autor fuera –a la vez– científico, clérigo y poeta, diversidades existenciales que se reflejan en el texto, donde abundan las pruebas de lógica matemática, las enseñanzas doctrinales y las locuras de la poesía. Entremezcladas todas como en la vida de su creador, quien empleó, para distinguirlas y  separarlas, dos nombres o álter egos, siendo Lewis –el del soñador– el que lo inmortalizó. Porque de Charles Dodgson nadie se acuerda.

Ideal para despertar la imaginación de los niños, Alicia en el país de las maravillas es un relato sencillo que tiene el encanto de saltar de una sorpresa a otra sin quebrantos en el estilo ni en el hilo conductor. Va de exageración a fantasía, de trabalenguas a surrealismo, pasando por la canción y la fábula, siempre de la mano de lo realista, pues en el fondo no se trata nada más que de un sueño como el de cualquier otro infante que ve pasar un conejo entre los matorrales de su antejardín.

Aunque la imaginación de Carroll es desbordada, siempre hay un trasfondo realista  que invita a lo lúdico, al ejercicio mental y ¿por qué no?, hasta a la crítica de ciertas instituciones sociales de su tiempo, como el sistema educativo, los procesos judiciales, la demagogia  política, la manipulación del idioma, etc.

Precisamente, por esa esencia pedagógica que el cuento encierra, es una pieza ideal para inducir a los infantes en temas cruciales de la vida en sociedad, como por ejemplo la logomaquia de nuestros diputados, ejemplificada en el debate de los animales, o el valor de los signos y sus significados, satirizados en el juego de croquet y en el baile de la langosta.

Todo el cuento serpentea por los dominios de la lógica, una de las especialidades de Carroll, y por eso son hermosos sus juegos estilísticos con los sofismas, los sin sentidos, las premisas falsas, las pruebas del error, las tautologías y las incongruencias. Por ejemplo: ¿puede un verdugo decapitar a un cuerpo que es sólo cabeza? O ¿es cierto que el amor es lo que hace girar al mundo? O ¿se puede sacar  una taza de melaza estando dentro de la melaza?

En fin, el libro despierta inquietudes más profundas que su aparente historia de ingenuas aventuras infantiles y es, por lo mismo, que los siglos lo preservan y aun lo consagran con grandes producciones cinematográficas o teatrales que rescatan esa sabiduría de educador que predominaba en los dos hemisferios de Lewis Carroll: por un lado, el matemático de Oxford que trató de explicarse el mundo con ensayos rigurosos como Compendio de Geometría Algebraica Plana o El quinto libro de Euclides y, por otro, el apasionado soñador que dejaba volar tan alto su imaginación literaria que, halagado por el éxito mundial de Alicia, hubo de escribir una continuación con el nombre de A través del Espejo,  la cual ha tenido tanto éxito como la primera.

Y todo no era más que un cuento, un cuento para niños, pero vaciados en él los estímulos al hemisferio derecho e izquierdo del cerebro de todos los hombres del planeta,  con una buena dosis de elegancia en el decir.

Un artilugio poético para emocionar el ying y el yang, como llaman los chinos a esa dualidad de la especie humana que tanto nos intriga e inquieta.

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Gentes y gentecillas

Gentes y gentecillas

Gentes y gentecillas

Con una pizca de humor y otro tanto de tragedia, Gentes y Gentecillas narra las duras condiciones de vida de los trabajadores en una hacienda cafetalera a principios del siglo pasado en Pejibaye de Turrialba, y en los fatídicos socavones de los montes de Milla 48. Jerónimo, joven y honesto trabajador; la bella Soledad, inspiradora de amores secretos; la insidiosa doña Rosita; y Rosendo, el hipócrita capataz, son algunos de los personajes con los que la pluma de Fallas recrea con magistral autenticidad este pequeño mundo de gente modesta, sin más posesión que su fuerza de trabajo, el recuerdo de una vida mejor y la esperanza de escapar de la explotación a que parecen estar condenados.

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Cuentos de barro

Cuentos de barro

Cuentos de barro

Salarrué, Seud.; Vides, José María, Ils. Cuentos de barro. San José, Costa Rica : Editorial Legado, 2000

“Salarrué (seudónimo de Salvador Salazar Arrué, 1899-1975), gran patriarca de la literatura salvadoreña, de fecunda actividad en la pintura, el cuento, la novela y la poesía, tiene un lugar de privilegio en la cultura de su país y un reconocimiento en todo el continente. Es uno de los maestros del realismo costumbrista en América Latina. Aunque esa clasificación es aplicable sólo a la primera fase de su obra narrativa, dentro de esa corriente llegó a producir verdaderas joyas del relato vernáculo. Publicó cinco libros de cuentos: Cuentos de barro, Trasmallo, Eso y más, La espada y otras narraciones, y Cuentos de cipotes; cuatro novelas: El señor de la burbuja, sed de Siln Badler, Catleya luna e Íngrimo; tres libros de relatos: El cristo negro, O-Yarkandal, y Remotando el Uluán; tres de ensayos: Conjeturas en la penumbra, Vilanos, El libro desnudo, y uno de categoría inubicable: La sombra y otros motivos literarios. Sobre el célebre Cuentos de barro, la poetisa chilena Gabriela Mistral (Premio Nobel de literatura en 1945) comentó:

«El Salvador da sus sorpresas; a mi me ha dado la de un fermento intelectual admirable, la de la levadura que pone un grupo selecto y que acabará por enliudar al país. No todos están en formación; algunos se hallan formados; son dueños ya de su lengua y maestros en algún género. Así este Salarrué, prosista de una originalidad que se podrá apreciar en los cuentos de esta página y persona fascinante en la vida interior que confiesa sin confesar y que le labra la obra del buen modo: de adentro hacia fuera. Antes de ser un escritor ha querido ser un hombre depurado y rematado, artesano lento y seguro de sus potencias.» (Repertorio Americano, Tomo XXIII, Nº15, Costa Rica, 17 de octubre de 1931) , La presente edición es ilustrada con grabados del pintor salvadoreño José Mejía Vides, publicados en 1943 por la Editorial Nascimento, de Chile.

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Carmen Lyra: Su palabra aún se escucha

Carlos Rubio. «Carmen Lyra: Su palabra aún se escucha». La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 28 de marzo de 2004

Fue en la mañana del 25 de noviembre pasado cuando un grupo de niños se reunió en el Cementerio General de San José. Se trataba de estudiantes de la Escuela Omar Dengo y Scouts de Barrio Cuba quienes, junto a sus educadores, se dieron a la tarea de restaurar la tumba de Carmen Lyra. De manera insospechada y silenciosa, varios pequeños disfrazados de Uvieta, el Cotonudo, la Cucarachita Mandinga o Tío Conejo desfilaron bajo un ondear de banderas que parecía pasar  inadvertido ante el transitar de automóviles y gente que se mueve diariamente por el sur de la ciudad. Se trató de un acto sencillo en el que miembros de las jóvenes generaciones recordaron y rindieron homenaje a una mujer que se atrevió a transgredir los dictados de su época y cuya palabra  se mantiene con plena vigencia.

Carmen Lyra

No es de extrañar que niños y profesores recuerden a Carmen Lyra, pues ella se tomó en serio su papel de maestra. Precisamente, realizó su primera publicación en la revista Páginas Ilustradas, en 1907, un año después  de que se graduara como maestra normal en el Colegio Superior de Señoritas. Se dice que ella condujo una manifestación  de educadores en el  año de 1919 en contra de la dictadura de los hermanos Tinoco, que culminó con la quema del diario La Información; acto determinante que se constituyó en una estoca final en contra de lo que pudo ser una larga dictadura. Fue ella también la joven que viajó a Europa, conoció la filosofía de la pedagoga  italiana María Montessori e introdujo en nuestro país, con una visión científica, el concepto de educación preescolar. Fue ella además quien, en la década del treinta, constituyó una Universidad Popular en su propia casa y se encargó de elaborar el primer texto didáctico con la visión socialista de su partido. Bien se podría señalar que consideró la educación como un acto  revolucionario y transformador para lograr el bienestar de un pueblo. De esa manera, se puso  al tanto y, en gran medida, sobrepasó los ideales epistemológicos de su tiempo.

Escapar de preceptos patriarcales

Sin embargo, poco se hablar de la labor pedagógica y política de Carmen Lyra. Se le suele recordar como la ingeniosa maestra que un día decidió vestirse de tía Panchita y contó cuentos a los niños (lo cual ya constituye un trabajo difícil y honroso), pero casi  no se mencionan sus discursos proselitistas o literarios  en los que evidenció la lucha de clases en una Costa Rica que solo quería saber de la anécdota simpática, el paisaje rural y la viñeta costumbrista.

Tal como señala Elizabeth Rosa Horan en su artículo “Escribiendo la santa maestría: Carmen Lyra y Gabriela Mistral” (1997), ambas escritoras compartieron el hecho de ser educadoras y de rodearse de niños. Ese ropaje, conformado por la niñez, les permitió convertirse, a muy tempranas edades, a una en “tía de los costarricenses” y a otra en “abuelita de Chile”. Esos títulos les conferían  la suficiente autoridad para sobreponerse a los mecanismos de represión masculina propios de su época y pasar por alto el bovarismo impuesto a las mujeres. Habría que recordar que el voto femenino  aún era impensable en las dos primeras décadas del Siglo XX, así como era considerada indecente la expresión de un discurso interior de una intelectual o artista.

Carmen Lyra solía participar en revueltas y mitines en las calles de San José, disfrazada de chiquillo, afirmaron quienes la conocieron. Ella aprovechaba su menuda figura para huir de las autoridades que la perseguían. Pues bien, ese mismo mecanismo  le sirvió para escapar de los preceptos burgueses y patriarcales de su siglo. Carmen Lyra fue la maestra- niña que empezó a hablar en el solar de la escuela y desde ahí denunció la corrupción, la vejación y el olvido con que los más poderosos sometían a los débiles en Costa Rica  y América.

Revolucionaria ante todo

Su casa estuvo situada cerca del Parque Morazán. De joven ella pudo haberse convertido en una “glostora”,  como se les llamaba a los jóvenes bien. Sin embargo, María Isabel Carvajal Quesada su nombre de pila- decidió convertirse en novicia. Profesó con la Orden de las Hermanas de la Caridad, que atendía el Hospital San Juan de Dios. Aparentemente, no pudo ordenarse por un motivo aparentemente intrascendente: era hija de padre no conocido, “hija del amor” le decía en esos tiempos. Será por eso que la iglesia católica perdió a una gran religiosa y de la misma forma, la política y la literatura costarricense ganaron a una gran mujer.

Tal como puede observarse, su pensamiento experimentó un vertiginoso cambio. De ser una muchacha que leía libros románticos y costumbristas y que aspiraba a convertirse en religiosa, optó por estudiar el anarquismo y las ideas antiimperialistas de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), para luego ocuparse, desde 1931 hasta su muerte, de la dirección intelectual y la propaganda del Partido Comunista de Costa Rica. Cabe así preguntarse, ¿qué significaría ser mujer y comunista en las décadas del 30 y 40 en una Costa Rica provinciana? De seguro, había que empezar por un estudio detallado de los clásicos del marxismo. (Es importante señalar que Carmen Lyra tradujo  “El manifiesto” del  francés e hizo una publicación rústica en el polígrafo de la Escuela Maternal. Y era ella, la propia directora de la institución,  quien distribuía el folleto entre las  madres que pasaban por sus hijos a la salida de clases). Ser comunista implicaba también una forma de vida. Constantemente hubo reuniones en la sala de su casa. Allí estaban dispuestos a discutir y proponer acciones de cambio. Mucho escribió María Isabel Carvajal para su partido.  Entre esos textos se encuentran El peón y El grano de oro, los primeros intentos de explicar la historia  de nuestro país desde el ángulo del materialismo  histórico. También, ser mujer y comunista era ya, por sí mismo, una transgresión. Pronunció discurso en plazas públicas y en emisoras radicales y hasta estrenó una comedia llamada Atolillo con dedo, en el viejo Teatro Latino en 1943, la cual trataba sobre las garantías sociales. Ella misma experimentó el peso de la persecución política: en 1933 fue destituida de su puesto de directora de la Escuela Maternal, centro educativo que había ideado y fundado en 1925. La gente de aquella época pensaría que “los de izquierda” eran ateos sin perdón divino. Y tal como lo expresara muchas décadas después su amiga y colaboradora Luisa Gonzáles: “Carmen Lyra era atea, pero Dios la quería mucho”.

Fue esta mujer la que inició la idea de los comedores escolares, cuando buscaba donativos de alimentos para sus pequeños alumnos de la Escuela Maternal y creó la primera sala dedicada a los niños en la antigua Biblioteca Nacional, cuando se encontraba bajo la dirección de Joaquín García Monge. Fue Carmen Lyra quien levantó la bandera para exigir el voto femenino y quien contribuyó intelectualmente a la creación de muchas de las garantías sociales generadas en el pacto caldero-comunista de la década del 40. Siempre valiente y altiva, tuvo las fuerzas para no alienarse con exclusividad a las tareas que, tradicionalmente, se le asignaron  a las mujeres de su tiempo: ser ama de casa, madre, maestra, enfermera o religiosa.

Murió en México en 1949, después de casi un año de exilio político.

Aún hoy, más de cincuenta años después de su desaparición, se siegue considerando a Cuentos de mi tía Panchita como uno de los clásicos fundamentales de la literatura infantil latinoamericana. Pero falta estudiar y desentrañar más de la vida y obra de esta mujer comprometida, pues a pesar del tiempo. Carmen Lyra tiene mucho que decirnos sobre nuestro acontecer nacional y global. Quizá  sea por eso que se le sigue recordando en actos sencillos y casi imperceptibles, como ocurrió en aquella mañana de noviembre, cuando niños del sur del capital cargaron manojos de flores en memoria de la artista, la revolucionaria y la maestra.

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