Aprueban tres benemeritazgos

“Aprueban tres benemeritazgos”. La Nación. (San José, C.R.), 11 de noviembre, 1977

La Asamblea Legislativa acordó ayer declarar beneméritos de la patria a los maestros Manuel María Gutirrérrez y José María Zeledón Brenes autores de la música y letra del Himno Nacional, respectivamente. Además se acordó declarar benemérito de las letras patrias al escritor Carlos Luis Fallas (CALUFA).

Manuel María Gutiérrez nació en Heredia en 1829 y a la edad de 23 años compuso la música del Himno Nacional, por encargo directo del entonces Presidente de la República, don Juan Rafael Mora.

José María Zeledón tuvo su más excelsa florificación cuando en 1904 ganó el concurso covocado por el Gobierno de la República para dotar de una nueva letra al Himno Nacional.

Nació en San José en 1877.

Por otra parte, Carlos Luis Fallas Sibaja es conocido principalmente por sus libros Mamita Yunai, Gentes y Gentecillas, Mi madrina y Marcos Ramírez, aventuras de un muchacho. Dichas obras han sido traducidas a varios idiomas. Calufa nació en Alajuela en 1909.

Las votaciones para los tres benemeritazgos fueron casi por unanimidad.

El proyecto para declarar benemérito a José María Zeledón fue presentado por Arnoldo Campos Brizuela, del partido Demócrata por San José, Edwin León Villalobos (Liberación– Heredia) formuló el proyecto para Calufa. Y por gestión de la Cámara Junior de Heredia, en 1966 los entonces diputados Enrique Azofeifa Víquez y Fernando Gutiérrez Benavides, acogieron el proyecto para declarar benemérito al maestro Manuel María Gutiérrez.

Las otras dos peticiones de benemeritazgo fueron presentadas este año.

Don Bárbaro de Calufa

Mora Rodríguez, Arnoldo. “Don Bárbaro de Calufa”. Semanario Universidad (San José, C.R.), 21-27 de julio, 1978

Coincidiendo casi con el reconocimiento oficial tributado a los méritos de hombre extraordinario en el campo de la historia política y las letras patrias, que le fuera dado por el Primer Poder de la Nación al declarlo Benemérito de la Patria (¿cuándo hubiera Calufa soñado que sus encarnizados perseguidores del 40 le otorgarían tan elevado honor?), la EUNA (Editorial de la Universidad Nacional) publica en el Cuaderno Prometeo No. 6, uno de los relatos que saliera de su pluma en los últimos años de su vida, Don Bárbaro. Valga la ocasión para felicitar al Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional por la serie de cuadernos Prometeo que, con fines didácticos, viene publicando periódicamente.

Concebido como un informe que debiera rendir a la Comisión Campesina de su Partido sobre las fechorías del latifundista Luis Morice  (¿cuándo se le aplicará la justicia a este malhechor del pueblo costarricense?), sus editores presentan este relato como un modelo de estudio sobre sociología rural, añadiendo en calidad de epílogo, una entrevista campesina llevada a cabo por el Lic. Miguel  Sobrado, especialista en problemática agraria de nuestro país. Sin negar en absoluto los méritos que el trabajo de Fallas tenga al respecto, estas breves líneas tienen como objetivo resaltar el valor literario del mismo. Aún en las notas más circunstanciales y destinadas para fines nada literarios, la pluma de Calufa es inconfundible.

En ella, como en su acción política, ese hombre extraordinario que fuera Carlos Luis Fallas, se entrega de cuerpo entero. Sencillo y tierno, poético y rigurosamente objetivo al describir la realidad, su realismo social aflora a cada línea de su apasionada pluma.

Todas sus líneas resuman ese cúmulo de valores humanos que hicieran de Calufa el más alto y noble revolucionario que haya engendrado esta tierra, que tanto amó y la que hoy le acoge en su regazo.

Sin otra pretención que la de invitar a los lectores a obtener este número de los cuadernos Prometeo, no resisto la tentación de transcribir, a guisa de confirmación de lo que antecede, el siguiente párrafo, en el que el autor describe uno de los ranchos campesinos que le cupo en suerte visitar:

“Todo allí esta bien ordenado y limpio”.

En el rancho, una canoa de madera, bien tapada, cerca del fogón, con agua para lavar los trastes, y otra acá, más pequeña, llena de agua para beber, también con su buena tapa, sobre la que permanecen embrocados el guacal de sacar el agua y las jícaras para tomarla ; el cuarto, amplio y cerrado; encima de la mesa, el radio de batería; en un rincón, la canoa grande para los granos y demás víveres; arriba, en las varas del techo, el arroz en espiga y el corredor abierto, una banca, el pilón de arroz y los aperos de las bestias. Afuera, alrededor del rancho, muchos árboles frutales, el encierro de los terneros y gallinas y patos correteando. Y allá,  bastante cerca, un sereno riachuelo que no se seca nunca, sombreado por árboles inmensos que dejan caer sobre la tranquila superficie del agua multitud de pequeñas florecillas; una inmensa raíz sirve de puente y por debajo de ella el agua escapa y chorrea a una pocita, a cuya orilla se lava la ropa y en donde uno se puede bañar echándose agua con un guacal”. (pág. 12)

Fallas el novelista

Marín Cañas, José. “Fallas el novelista”. Excelsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976.  p. 4. (Fragmento)

No tuve el privilegio de ser amigo de Carlos Luis Fallas.

Lo vi dos veces en mi vida, y lo oí una, cuando la derrota en Dominical. Hablaba desde la cama, exhausto, con una gran fatiga, “como quien se desangra” para usar el grafismo de Güiraldes.

De las dos veces que lo vi, me quedó la impresión de ser un hombre-higuerón. Tenía las características de ellos, grueso, alto tranquilo. El destino de ellos: la tormenta los mueve, solo el rayo los abate.

A pesar de que en forma modesta, yo trajinaba por los mismos campos en los que Fallas andaba quebrando lanzas literarias, nuestro único contacto, o por lo menos, lo único que de él supe y oí, fue en ocasión de que un común amigo le preguntara su criterio sobre dos libracos– ninguno llegó a segunda edición, niguno fue traducido a lengua extranjera alguna– que soportaban en las vitrinas de las librerías esa melancólica derrota de no venderse. Lo instó, Emilio Valverde Vega, abogado de alto coturno, estudiado en París y también en un pupitre de una misma clase, allá por los dorados años liceísticos del 18 al 20, cual era su opinión sobre mis libros. Fallas lo redujo en breves palabras a una amarga, acertada y demoledora crítica, que hoy repito, precisamente, porque de ella voy a sacar la verdad de las suyos, el doloroso trazo de su mano de artista excepcional, el humano valor de páginas universales que graban el nombre de Fallas a la cabeza de nuestros más conspicuos valores literarios.

Dijo asi: “No me interesan esos libros, porque son producto de la fantasía. Para mí, solo tiene valor la realidad”.

Esta crítica constituye, escuetamente el perfil exacto de su obra, que ha de hacerlo famoso en el 42 e inmortal en el 56. Con “Mamita Yunai”, primero, con “Marcos Ramírez, después, y ya para siempre.

Tenemos, pues, dichas por él mismo, las palabras que nos han de dar lo mollar de su obra, pero vamos a ir más lejos. Además del perfil, la dimensión tercera con la que adquiere el volúmen; la que la hace viva bullente y humana, de espíritu y sangre, de carácter y genio. Todo esto que integra al autor dentro del retablo lierario nacional.

Porque  Fallas, que es realista –ya lo dijo él : “Solo tiene valor la realidad”– no es realista a lo Balzac, a lo Dostoievski–  aunque algo arrastra de ellos lejanamente, quizás por lo denso y poblado de las novelas; el tamaño físico y la longitud del segundo relato– pero lo ha  sido por lo secillo y directo .

Abelardo Bonilla en su “Historia y Antología de la Literatura costarricense”, lo encasilla como naturalista, y en elllo está precisamente su acierto y su peligro.

En Costa Rica, o por lo menos dentro del concepto de lo que es literatura costarricense, se ha calificado como escritor costarricense, el que escribe costumbrismo. Costumbristas fueron nuestros clásicos. Tenemos el costumbrismo, porque lo que tenemos –con la poca  edad recorrida, historia pacífica, carente de grandes conmociones– es la costumbre. Es lo que más resalta en el vivir nuesto. El escritor, artista que moviliza su tema sobre un fondo de escenario, tiene que recurrir a la costumbre, que es a la postre, el insoslayable retablo. De ese copia, generalmente lo que ha venido a hacerse, es una viñeta.

Quizás por ello, considero que el costumbrismo es un arte menor. Como la artesanía del “souvenir”, lo es en grado aún menor. Contra esta desviación, trinó, en sus artículos juveniles. Yolanda Oreamuno. El costumbrismo es la fotografía, con gracia de color, acento castizo y dejo criollo, pero arte menor. Fallas, es, para resumirlo en breves palabras, el primero que no hace costumbrismo. Porque el costumbrismo es el retrato de la costumbre, y la costumbre es lo cotidiano, lo de todos los días, lo intranscendente. A los que vemos esto, este hacer, este rutinario molde, nos hace gracia su reproducción en la prosa galana o en el verso festivo. Pero la prosa y el verso pierden su valor, en cuanto el lector desconozca el original del que se sacaron las fotografías. La proyección del costumbrismo tiene como límite la frontera nacional. Es producto de consumo interno. Fallas es universal en su tema, sea cualquiera el fondo que le dé asiento al drama.

Escenario limpio y sazonado. Acuarela de trazo firme –a la manera de Fausto Pacheco y con sol de Fausto Pacheco– delante de la cual el drama ruge.

“Mamita Yunai” lo hizo famoso y “Marcos Ramírez” lo transforma en permanente, dentro de nuestros cuadros literarios nacionales. La primera obra citada es maestra en vitalidad y en acción. El escritor fluye desangrandose con una gracia darmática, que absorbe y deleita. Fue su aparición como un estallido dentro del raquítico medio de la época. Habia sido presentada en un Concurso, en el que los jurados resolvieron eliminarlo por “no tener forma de novela”. El libro bien pronto transpuso las fronteras patrias y alcanzó la traducción en los países detrás de la Cortina de Hierro.

Crei siempre, y aún lo sigo creyendo, que su obra pinacular por excelencia, el libro en donde el artista refleja su potencia, con gracia alada y poderoso genio creador –narrativo, matizante y fluido, travieso y diabólico, picarón y añorante– es Marcos Ramírez”.

¿Es acaso su vida? Quizás en una parte la sea; quizás de lo que oyó o le contaron. En cada página novelesca, se entremezclan siempre pedazos de vida propia del auto, con escombros, paredes rotas tejados con goteras, de otras personas que dejaron en el oido del escritor una visión de algo ocurrido. …..

La gran huelga de 1934. “ Calufa” en los bananales

Naranjo Chacón, Gustavo A. “La gran huelga de 1934. “ Calufa” en los bananales”. La Prensa Libre. (San José,C.R.), 4 de agosto del 2001. p.3.

Hace 67 años Jaime Cerdas Mora y Carlos Luis Fallas lideraron la huelga contra la United Fruit Co.

La gran huelga bananera de 1934 fue el epítome de las diversas huelgas y protestas iniciadas en 1888 por diferentes grupos de trabajadores que solicitaban en su mayoría las mismas cosas: mejora en las condiciones y los salarios, seguridad laboral…

Fueran los italianos, los trabajadores bananeros o los “tutiles”, esta cadena de rebeldía no podía pasar desapercibida por el incipiente Partido Comunista, el cual había visto validar su posición tras la crisis de 1929.

En 1934 Manuel Mora es elegido diputado al Congreso. Ese mismo año se da la gran huelga bananera, en la que participan cerca de 10 mil trabajadores, jefeados por Carlos Luis Fallas y Jaime Cerdas. Al año siguiente, aparecen dos de las obras más polémicas que haya visto el país: “ Costa Rica, Suiza Centroamericana” de Mario Sancho y “El Infierno Verde” de José Marín Cañas y hay una gran polémica por la medalla de oro que recibe Francisco Zúñiga por su Monumento a la Madre. Poco a poco, los alegres años veinte iban quedando más y más atrás en el tiempo.

La grande

Ya desde entonces -¿Quién dice que ahora es diferente? –el precio del banano dependía de la demanda de los mercados estadounidenses, mucho más temperamentales que los europeos y únicos accesibles desde la primera Guerra Mundial. Muchas fueron las ocasiones en que la United destruía las recimas de banano para mantener sus precios altos en el país del norte, haciendo a os finqueros nacionales asumir las pérdidas. Estos a su vez, preocupados por quedar con algo de ganancia, pagaban a sus trabajadores por las racimas recibidas en lugar de las cosechadas… cuando no remuneraban con boletas. Esta práctica fue denunciada por el escritor izquierdista de pensamiento y socialista de corazón Carlos Luis Fallas:

“Así llenan sus áreas de los ogros que viven en Wall Street, con el oro amasado con lágrimas, sudor, esputos de sangre y gritos de angustia y que hiede a pus, a pierna podrida y a ron”.

Magnificado en ocasiones, deplorables eran las condiciones y nulas las garantías que tenían los trabajadores de la tierra de Mr. Chittenden –gerente de la bananera- negándose a entrar las leyes nacionales dentro de aquellos parajes.

Bajo estas condiciones no fue difícil hacerles entender la necesidad de organización.

Aquí hace su entrada Carlos Luis Fallas quien habiendo sido trabajador bananero y encontrándose exiliado en Limón por increpar al Gobernador de Alajuela, comenzó la monumental tarea de crear comités dentro de la inmensidad de las fincas que se extendían desde el Valle de la Estrella hasta Guápiles.

Fallas se convirtió así en el eslabón que unió al Partido Comunista con la masa de trabajadores, y gracias a su labor de hormiga, pudo junto a Jaime Cerdas levantar en huelga a 10.000 trabajadores para el 9 de agosto.

Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte

Castro R., Guillermo. “Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte”. Excelsior (San José, Costa Rica), 8 de mayo de 1976, p. 3

No deja de ser intrigante, para cualquier lector costarricense, conocer la razón del escaso favor que algunos sectores del país le brindaron a la obra de Fallas, desde el mismo momento en que un jurado nacional le negó a Mamita Yunai, la primera de sus obras, categoría de novela en el año 1940.

   Que la Fundación Faulkner de los Estados Unidos distinguiera a Carlos Luis Fallas con el Premio Iberoamericano de Novela en 1962, mientras algunos compatriotas se oponían a que se le concediera el Premio Nacional de Literatura, es un hecho sorprendente. Que en Costa Rica se dificultara la circulación de la primera edición de Mamita Yunai, mientras se hacían numerosas ediciones y traducciones en otras partes de mundo, es toda una ironía.

  Y no menos intrigante fue presenciar la solemnidad y el dolor con que el pueblo lo despidió el día de sus exequias, en tanto que otros, mientras vivió, se prodigaron en ofrecerle cárcel y destierro.

  ¿Qué había pues de especial en la persona de Fallas para merecerle tanta intriga? ¿Qué significó su presencia en el ámbito nacional para acreditarse, en cambio, numerosos elogios y muchas distinciones? ¿Qué valor tiene por ejemplo, Mamita Yunai en sus contenidos y en su conformación, pero que hoy se le estime como la mejor novela nacional y se le juzgue entre las obras más significativas de Hispanoamérica?

  He aquí en la respuestas a estas interrogantes, la razón del artículo que hoy, a diez años de la muerte material del eximo escritor costarricense, publicamos en calidad de homenaje póstumo.

VIDA Y OBRA

 Carlos Luis Fallas nació en Alajuela el 21 de enero de 1909. Su infancia transcurrió en medio de numerosas privaciones. A los pocos años se traslado a San José, en donde realizó sus primeros y escasos estudios. Por su carácter fuerte se vislumbraba ya el hombre de carácter rebelde e insatisfecho que conoceríamos después.

 Ese temperamento recio, casi innato, los indujo a independizarse de su hogar y a enfrentarse a su destino, duro y hostil, cuando apenas tenía dieciséis años. Aquí comenzó la segunda etapa de su vida, decisivo en la afirmación de su espíritu combativo.

 Corría el año 1925. Se conservaba todavía en su apogeo la emigración de los campesinos del interior del país hacia el Atlántico, atraídos por la fiebre del oro verde. El mismo Fallas no escapó a la euforia del momento, y se fue a Limón, en donde pasó seis años realizando diversos trabajos. Durante algún tiempo se interno en los bananales de la United Fruit Co. en el Valle de la Estrella. Fueron años muy difíciles, sin duda los de mayores congojas, pero los más productivos de su vida, porque su larga permanencia en los campamentos inmundos y todas sus peripecias le harían descubrir su vocación narrativa y su espíritu revolucionario. La emoción biográfica que apreciamos en sus obras, es precisamente, el resultado de sus vivencias personales.

 En el año 1931 regresó de Limón con motivo del fallecimiento de su madre, con cuyo suceso puede señalarse el comienzo de la tercera, etapa, de su vida, ahora en condición, de agitado militante. La adversidad y las injusticias que había presenciado en los bananales terminaron de cincelar su espíritu combativo, y decidió permanecer en la ciudad para participar más de cerca, en las actividades proselitistas en defensa de la clase obrera.

 Histórica es, para mencionar un hecho, su valiente actitud en la Manifestación de Desocupados del 22 de mayo de 1933.  La represión y la cárcel no hicieron mella en sus arrestos; pero a raíz de este acontecimiento, tuvo que trasladarse nuevamente al Atlántico, desterrado por sus actividades revolucionarias.

 Una de sus más fieras luchas fue la que libró en el año 1934 como organizador de la Gran Huelga  Bananera de 24 Millas, que fue una verdadera liberación de su afán de justicia largamente reprimido ante los desplantes de la Compañía Bananera. En esa oportunidad, la prensa se ensaño contra los huelguistas y el gobierno desató su persecución, pero nadie pudo evitar que la histórica huelga fuera el primer eslabón de las conquistas sociales con que Fallas soñaba. No valieron entonces los engaños, ni las amenazas, ni el tremendo poder de los dólares para hacer claudicar la actitud honesta y heroica del gran dirigente obrero.

 En 1940 quiso ordenar y ampliar, con una perspectiva literaria, las experiencias que en forma de crónicas había escrito en el órgano periodístico del partido comunista, Trabajo, y se produjo esa inesperada revelación suya en la esfera narrativa dando a su luz Mamita Yunai, obra combativa y conmovedora que habría de consagrarlo como nuestro más destacado novelista.

 Esta cuarta faceta de su trayectoria se enriqueció después con la publicación de otras  obras: Gentes y Gentecillas (1947), de variados conflictos humanos cuyo escenario principal es la Hacienda Pejibaye, propiedad de la Compañía Bananera; Marcos Ramírez (1952), serie remembranzas infantiles de sabor picaresco: Mi Madrina (1954), obra anecdótica, de estilo autobiográfico, en la que se incluyó el cuento Barreteros y una novela corta titulada El Taller. En ese mismo año publicó en México  su Reseña de la intervención y penetración yanki en Centro América valiosa desde el punto de vista histórico y político. Después escribió un folleto sobre el problema del latifundio, bajo el título de Don Bárbaro, que hace recordar la obra de Gallegos. En forma póstuma apareció Tres Cuentos (1967) en la cual se recogen por aparte dos relatos suyos ya mencionados: El Taller, primera parte de lo que iba a ser una novela sindical; Barreteros, cuento sobre las tragedias y el problemas de las bananeras a los que se agrego un pequeño relato de adolescencia: La dueña de la guitarra de las conchas de colores que el autor se había negado a publicar por su fondo sentimental y su estilo de inmaduro. Como obra inédita, debe mencionarse Un mes en la China Roja “dedicada a todos los hombres honrados de América Latina.” En ella recopila una serie de impresiones sobre la sociedad de la China Comunista. Otros dos quedaron inconclusos: Cartas a Juan, en la que el autor recoge todas las misivas que desde Rusia le había ido enviando a su tío Juan Fallas, y Rojo y verde, que refiere sus experiencias como líder sindical.

 En 1944, sus continuas luchas por el logro de una patria mejor para la clase trabajadora le merecieron la responsabilidad de ser electo diputado al Congreso Nacional, como representante del Partido Vanguardia Popular. Al final de su período parlamentario, estalló la Guerra Civil de 1948, acontecimiento que debió vivir en todas sus consecuencias como jefe de las tropas gobiernistas. Al terminar el fragor de la lucha, derrotados los suyos, tuvo que sufrir algunos meses cárcel, la cárcel que ya había conocido por sus afanes de reivindicación social. Con el apoyo de muchas voces amigas obtuvo la libertad y emigro a México por algún tiempo.

 Finalmente se le hizo justo reconocimiento por su valioso aporte a la narrativa costarricense, al otorgársele el Premio Nacional de Literatura Magón de 1965. Pocos meses después el 7 de mayo de 1966, murió en San José, rodeado del calor de sus muchos amigos y compañeros de lucha, que derramaron sus lágrimas sobre el ataud de aquel hombre, humilde y honesto, que había entregado lo mejor de su vida a luchar por la superación de los oprimidos, que había enriquecido con sus escritos los alcances literarios de su patria y que ahora partía, con su espíritu vigoroso al fin en paz.

LA MEJOR OBRA DE FALLAS

  Lo es, sin duda, Mamita Yunai, que responde a un anhelo de redención, nacional. Refleja la responsabilidad moral y social del autor, su definición clara y valiente contra la servidumbre, contra los hechos insólitos de la explotación extranjera. La critica franca, el vocabulario sin ambages y algunas escenas de la obra un tanto violentas escandalizaron, sin embargo, al lector de pocos alcances y a las mentalidades retrógradas. Los perjuicios y la hipocresía de la época forjaron una acogida fría y despectiva, al punto de negársele, como se dijo categoría literaria en el Concurso de la Mejor Novela Hispanoamericana de 1940, y de haber sido “saboteado” la primera edición por más de veinticuatro años.

 No obstante, gracias al soplo divino de Pablo Neruda, que inmortalizó a Calero en su Canto General (1950), la obra de Fallas alcanzó el merecido privilegio de la universalidad. No otra cosa demuestran las numerosas ediciones que se han hecho de la  misma en diversos idiomas: Rumano (1949); Ruso (1952, 1957, 1962), Búlgaro (1955), Polaco (1953, 1955); Eslovaco (1954); Italiano (1955) Húngaro (1955); Chino (1959); Alemán (1961); Francés (1964); y Estoniano (1965). En Español se han hecho hasta el presente las siguientes ediciones: en Costa Rica (1941, 1966, 1970, 1971,1974); Chile (1949, 1972); Argentina (1955); México (1957) y Cuba(1960, 1961).

 Pese a esta muestra fehaciente de la trascendencia de la obra Fallas, algunos compatriotas quisieron negarle sus méritos En el Editorial del periódico La Nación del 17 de marzo de 1966, por ejemplo, comentando una publicación que días antes habían hecho distinguidos  ciudadanos de todos los credos políticos, a fin de sugerir el nombre de Fallas para otorgarle el Premio Nacional de Literatura se externo el siguiente criterio: “…si las obras del señor Fallas han sido favorecidas más que ninguna de los otros escritores nacionales, con numerosas traducciones en el exterior, sobre en los países comunistas, se debe ante todo a la temática que desarrollan, de fondo social y político más que a los méritos propiamente literarios de las mismas” (El subrayado es nuestro).

 El artículo refleja precisamente la intriga y la mezquindad con que algunos elementos de la prensa y de la crítica nacional lo aludieron muchas veces. Pese a tanta pequeñez, últimamente se ha hecho una justa valoración de su obra. Las nuevas generaciones han comprendido que todas esas criticas obedecían solamente a ciertos intereses de grupo. Han comprendido que Mamita Yunai debe valorarse por sus méritos literarios, ajenos al carácter panfletario que algunos se han empecinado en atribuirle. Se le reconoce ahora, el vigor de la expresión, su hermosa sencillez, la síntesis magistral que logra de la temática hispanoamericana, su significado humano, su vinculación con la experiencia personal del autor y su valor cono representación estética de una plenitud objetiva.

Mamita Yunai es una novela sencilla, ciertamente, en la que el lector no siente la presencia de grandes caracteres humanos ni el embellecimiento expresivo de los modernistas ni los complejos procedimientos formales de la novelística contemporánea. Mamita Yunai no esta hecha, en fin, para impresionar al lector intelectual, que se deleita formulando hipótesis y desentrañando con vanidad los misterios del diseño con que se ha pretendido deslumbrarlo. La obra de Fallas esta planeada para presentar un orden de cosas que urge atender. Consecuentemente, es una novela de tesis, un mensaje que insiste en la necesidad de que los pueblos de América despierten de su enajenación y actúen frente al ultraje foráneo; es una demanda de justicia para la raza indígena, una sátira contra  los gobiernos corruptos.

 El autor vivió en sus carnes la hostilidad del ambiente que denuncia. Y estas vivencias nos llegan dramáticamente y nos llaman a meditar y a asumir una actitud de solidaridad. Sentimos de cerca la degradación de nuestros compatriotas, que es también la desgracia del hombre americano consumidos por el monstruo verde de la selva y de los bananales aliados a la prepotencia del dólar. Asistimos a la rudeza de un ambiente que, siendo nuestro desconocíamos.

 La obra es cruda, a veces más allá de lo que algunos desearían. Y, sin embargo, no pedía ser de otra manera. Es una exigencia de las circunstancias. No obstante, dentro de tanta adversidad, se enmarcan escenas de gran ternura, a manera de contraste, porque los individuos actuantes, más que héroes, son seres humanos ligados a un destino común.

 La despedida de Herminio, por ejemplo, es desgarradora. En nuestra memoria queda, como un eco lejano y doloroso, su “adióos hermaanoo”, perdido en las tinieblas de la noche, oscura como el destino de nuestros compatriotas.

 Y a la voz de los que, como Herminio, no pudieron salir de los bananales quedara viva eternizada, como un testimonio de nuestra realidad histórica, al tiempo que la imagen fantasmagórica de Calero, con su mueca trágica, seguirá arrastrándose por los latifundios de las compañías extranjeras, como un clamar de justicia  para el hombre americano.

 Y mientras existan Caleros y Herminios explotados que será siempre, permanecerá vivo entre nosotros el recuerdo de Fallas como nuestro mejor narrador y como un profeta de redención social.

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Chavela

“Chabela”. En: Gutiérrez, Joaquín. Te conozco Mascarita. Santiago de Chile: Editorial Nascimento, 1973

“Chavela, nombre familiar de Carmen Lira, la gran escritora costarricense, madre y camarada de toda mi generación, muerta en el destierro, en México, a raíz de la guerra civil de 1948”

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Señora de la libertad

Carazo, Juan J. La Prensa Libre (San José, Costa Rica), 14 de junio de 1999, p. 2

Carmen Lyra: 50 años después de su muerte

No era una simple maestra de adorno y de ficción que se contentaba con llenar de contenidos a sus alumnos: era madre de los niños de su escuela y cuando vio la miseria, el frío y las desnudeces de sus hogares, se sintió inmersa y lanzó un grito que aún resuena y resonará siempre… mientras existan en nuestro país y en el mundo niños enfermos, raquíticos, descarriados que padecen todas las miserias por culpa de una sociedad egoísta.

Uno de los más altos y finos espíritus de nuestro país, escritora brillante, poetisa profunda, maestra extraordinaria, mujer ejemplar, militante inapreciable de las causas más elevadas de nuestra América Latina, estos son sólo algunos de los calificativos que se le dan a María Isabel Carvajal, más conocida como Carmen Lyra.

Nació un 15 de enero de 1888 en la cuidad de San José. Muy pronto siente la inclinación o  vocación de servir a los pobres. Después de haber concluido sus estudios en esta ciudad, inició su labor como novicia en el Hospital San Juan de Dios. Se graduó como Maestra Normal.

El dolor humano y las miserias que cada día observa le van provocando la necesidad de relatarlas, inicia así su labor literaria. Posteriormente se integra al Centro de Estudios Germinal y asume la dirección de la Revista Renovación.

Viaja a Europa a estudiar en la Universidad de París, enviada por el Gobierno de la República. A su regreso volvió a la enseñanza, a la que se había dedicado antes de su viaje y en especial a la educación infantil preescolar.

Ella fue quien fundó en San José la primera escuela maternal Montessoriana; para la que creó el material y los métodos indispensables.

Su talento y su inquietud la llevaron siempre en una actitud de protesta contra la inmoralidades cometidas por el orden establecido, en diversas actividades sociales y políticas. En su vieja casa de San José se reunían los grupos de jóvenes intelectuales y escritores en los años 30 y 40.

Desde 1931 se afilió al reciente partido comunista, que se llamó  bloque de Obreros y Campesinos y más tarde Vanguardia Popular. Como ella había leído muchísimo y poseía una amplia cultura universal, desde el primer momento fue directora intelectual del partido.

Su ingreso al Partido Comunista de nuestro país le permite publicar artículos en el semanario “Trabajo”; en ellos denuncia las pésimas condiciones  en que viven los barrios pobres. Nadie puede dudar del gran valor de esta mujer que amó sobre todas las cosas la tierra en la que nació. Carmen Lyra condujo al pueblo en su lucha contra la dictadura de los hermanos Tinoco, que culminó con el incendio del diario La información. Fue perseguida por diferentes gobiernos que vieron en ella a una defensora de la justicia y de la razón.

Su obra literaria

Sus primeros trabajos escritos fueron exclusivamente literarios y aparecieron en las revistas Pandemonium, Ariel y Atenea, o como parte de publicaciones colectivas.

Más tarde cuando privó en ella la ideología social, publicó en Repertorio Americano, en las revistas Renovación (la que ella dirigió y en los diarios del país, sobre todo en “Trabajo”, órgano del Partido Comunista. Sus primeras publicaciones fueron cuentos cortos y artículos de crítica literaria.

Su primera obra importante apareció en 1918, “Las Fantasías de Juan Silvestre” y poco después se publicó su mejor obra de juventud la novela “ En una silla de ruedas”, obra costumbrista y sentimental. Su libro más conocido y popular del que se han hecho gran número de ediciones, es “ Los cuentos de mi tía Panchita”, colección de narraciones para niños, sobre temas populares de diversas fuentes, vertidos por la autora al lenguaje y a las circunstancias costarricenses.

Otro aspecto interesante de esta escritora es la serie de dramatizaciones infantiles, que escribió para las escuelas.

El resto de su obra es periodística y de combate, cuadro sociales de sátira y pequeños ensayos, entre los que se destaca el conjunto titulado “Bananos y hombres”. En sus últimos escritos hay fuertes censuras contra la explotación extranjera, la sociedad, la iglesia y las instituciones oficiales.

Es interesante observar que, a pesar de que conocía la doctrina marxista, en sus escritos no acude a razones doctrinarias sino a la copia de la realidad, con fuerza y recursos de verdadera escritora.

Su legado social

Durante el gobierno de Julio Acosta, Carmen Lyra es enviada a Europa en un viaje de estudios. Allí recibe la influencia de las ideas de Haya de la Torre, la naciente revolución Rusa, el fascismo Italiano y la revolución de ideas de Rodó, Vasconcelos, Ingeniero y Hostos entre otros.

Todo esto provocó un cambio en el estilo de Carmen Lyra nacido de la trasformación de sus ideas relacionadas con educación, cultura y las relaciones sociales entre las diferentes clases.

Por su actividad política fue castigada con el exilio en México, país en el cual murió, un 13 de mayo de 1949.

La violencia política trajo a Carmen Lyra hasta México.

Arrancada de su pueblo y de su tierra; como acto final de una serie de hondas conmociones que sufriera en nuestro país, vivió en México llena de angustias por la suerte de los suyos y por los acontecimientos dramáticos que se venían desarrollando en esa época.

Allá enfermó y murió. Su último deseo era morir en su Patria; pero eso no fue viable.

La muerte de María Isabel Carvajal dejó un sitio que muy pocos pueden ocupar; pero también dejó una senda llena de luz para nuestros niños, mujeres y hombres de estas tierras.

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Su obra no ha de extinguirse, sino que con el tiempo ha de creer, porque parte de ella se renueva cada año por estos ámbitos, en los cuentos maravillosos que ella contó para todos los niños actuales y futuros.

Carlos Luis Fallas: El hombre, el escritor y el político

Aguilar, Thais. “Carlos Luis Fallas : el hombre, el escritor y el político”. La Nación. (San José, C.R.), 26 de setiembre, 1984.

Todo comenzó en el Atlántico hace 50 años. Era la primera huelga de un “enclave bananero” de un país latinoamericano, hecho que seis años más tarde sería el tema de la novela Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas Monge, (1909-1966).

“Especial” es el calificativo que se le puede dar a Calufa. Esta característica se desprende de los comentarios que hacen las personas que lo conocieron de cerca.

Su aporte no se reduce únicamente al legado literario que dejó, se mide también en su activa vida política como dirigente del partido comunista y, para quienes fueron sus amigos –e incluso sus enemigos–, su recuerdo perdura por la simpatía y el encanto del buen conversador y el hombre sencillo.

Literario y político.

Muchos críticos y escritores nacionales consideran que Carlos Luis Fallas conjuga notablemente la actividad política con la labor literaria, sin embargo, sólo Mamita Yunai –o A la sombra del banano como él la tituló originalmente– presenta, en una forma realista y directa, la confrontación política y sus consecuencias en una huelga bananera.

El resto de sus obras: Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez, Mi madrina y Tres cuentos, carecen de todo tinte político y se limitan únicamente a recoger la particular forma de vida del pueblo costarricense.

Franco, sincero, desaliñado, conversador y polémico, ese es el recuerdo que se tiene del escritor nacional Carlos Luis Fallas, CALUFA.

Calufa se lanzó a la vida literaria en 1940, con Mamita Yunai, seis años después de haber participado activamente en la huelga. Esta obra ha sido la más leída y traducida de las que escribió.

Mamita Yunai, título sugerido por Carmen Lyra, fue la ampliación de varias crónicas escritas en el periódico comunal Trabajo, sobre una versión electoral que cumplió el autor en Talamanca. Posteriormente, las reunió en una novela que presentó el jurado nacional del concurso literario de la Editorial Farrar and Rinehart, en ese mismo año, en el que participaban los más notables escritores de la época. El jurado rechazó la obra por considerarla un reportaje de tipo periodístico y no una obra literaria.

El resto de sus escritos sigue predominando en lenguaje periodístico y dramático, pero alejado totalmente de su sentimiento político.

Aproximadamente 12 años después de escribir Mi madrina y estando cercana su muerte, Fallas preparaba un libro que dejó inconcluso, titulado Rojo y verde, en el que aparece una serie de crónicas y relatos sobre sus luchas políticas y sindicales y su participación en la guerra civil de 1948.

Pese a sus raíces campesinas y a la escasa educación formal que tuvo de joven, Calufa se propuso, guiado por la escritora Carmen Lyra, adquirir una sólida cultura por medio de libros y afinar su tendencia a la escritura.

Se le recuerda por su extraordinaria capacidad de comunicación y su innegable dote de buen conversador. Práctico y franco, reflejó estas cualidades en su vida y en su literatura. Conoció los vicios, las penurias, la inmoralidad y la nobleza de los hombres sencillos, analfabetos y olvidados del mundo, y supo recoger estos sentimientos para transmitirlos tal cual son. Conoció todo lo humano y aprendió la lección de la vida, como lo comentó el dirigente comunista Manuel Mora en una ocasión.

Nunca se cuidó de las modas literarias, ni buscó trucos ni recursos refinados para impresionar, tenía mucho que contar, mucha experiencia humana que transmitir, y por medio de la conversación no era suficiente.

Hombre de letras, también es recordado por su activa labor como dirigente sindical.

Fallas representa el caso extraordinario de quien, sin proponérselo, hace obra literaria.

Su mayor influencia fue Carmen Lyra, y él mismo aseguraba que ella le enseñó a escribir. La mano de la autora se nota en el estilo muy musical, en la frase rítmica y la ligereza clásica de su obra. Después de Lyra, él ha sido uno de los pocos escritores nacionales que ha podido llevar a las letras la autenticidad del lenguaje popular, rural y urbano del costarricense.

Sencillo pero intelectualmente polémico, le importaba poco su aspecto personal y vivió mucho como un aventurero, por ello conocía muy bien al ser humano.

De todos es conocida su ascendencia campesina. Nació en un barrio de Alajuela y fue criado por un zapatero. Cursó cinco años de escuela y dos en el liceo. Cuando tenía 16 años se fue a vivir a Limón, y allí trabajó como cargador en los muelles para pasar luego a los bananales de la United Fruit Company.

Cuatro años después regresó a Alajuela, y empezó a participar en los movimientos políticos antiimperialistas y obreros de la época.

Intervino en la creación de sindicatos, participó en huelgas y fue encarcelado en varias ocasiones. Fue regidor municipal entre 1940 y 1942, y de 1944 a 1948 fue diputado por el partido comunista. Para la revolución de 1948, participó como jefe de las Fuerzas Armadas del gobierno de Picado.

Cuando enfermó de cáncer en 1965, se le concedió el premio de cultura “Magón” de ese año, y lo compartió con Hernán Peralta; ésta ha sido la única vez que el premio se ha dado compartido. No logró recibir personalmente el galardón, murió en 1966.

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Alberto F. Cañas

Morales, Francisco. Alberto F. Cañas.  La República (San José, Costa Rica), 16 de marzo de 1995, p. 18A

Otros hablarán de él como intelectual, periodista y escritor.

Yo pertenezco a una generación –la de 1960– que tuvo el privilegio de formarse políticamente durante la época de oro de Liberación Nacional. El Liberación del decenio del 50: invasión del 55, primera lucha de tendencias, derrota electoral del 58 y las revoluciones boliviana y cubana.

El Liberación del parque Morazán.

Vimos el heroísmo de las batallas de Guanacaste: los Puercos, el Amo, Santa Rosa y La Cruz. Las acciones militares de Marshall, Aguiluz, Domingo García, la muerte de Eloy Morúa y Valdeperas y civiles transformados en soldados como Oduber, Juan Arrea y Beto Franco.

En la Universidad, durante el día recibíamos clases de Rodrigo Facio, el padre Núñez, Carlos Monge, Isaac Felipe Azofeifa y León Pacheco. También de Fidel Tristán, Isamel Antonio Vargas, Carlos Camaño, Alfonso Carro, Eugenio Rodríguez, Carlos José Gutiérrez, Raúl Hess, Bernal Jiménez, José Manuel Salazar, Eugenio Fonseca y Virgina Zúñiga Tristán.

Y por las noches, en el partido en el Morazán, también clases de esos universitarios reforzados por políticos como Figueres, Orlich, Oduber, Monge, Gonzalo Facio, Madrigal Nieto, Volio Jiménez, Molina Quesada, Luis Bonilla, Arauz Aguilar, Garrón, Carazo Odio, Cordero Croceri, Obregón y Solano Orfila.

Había entonces estudio, ideas, planteamientos, idealismos y hasta heroísmo. Universidad, era Liberación.

Y allí estaba Alberto F. Cañas el intelectual, el periodista, el escritor y crítico de cine que firmaba entonces con el seudónimo de O.M. Para los jóvenes, después de Rodrigo Facio, Cañas era el modelo intelectual. Tal vez por eso don Chico lo llevó en 1962 a diputado junto al presidente de la Juventud Liberacionista, Fernando Salazar Navarrete.

En 1970, en campaña electoral se empezó a estudiar la idea del Ministerio de Juventud, Cultural y Deportes y entre broma y serio nos decía don Pepe: “No tenemos ministerio pero tenemos ministro: Alberto”.

Su prestigio intelectual ayudó –políticamente– a consolidar el Ministerio. Y se aleja –o lo alejan– de la política por dos décadas.

Pero ya en su juventud septuagenaria y empujado por otros dos jóvenes, el padre Núñez y Hernán Garrón, se amarra las botas de político y se lanza a la batalla por la precandidatura de José María Figueres.

En la última década, por ejemplo, cuando el huracán neoliberal irrumpió prepotente y altanero también en Liberación, Alberto F. Cañas se mantuvo enhiesto. Liberacionista. Costarricense.

Hoy (1999) en la juventud de sus 75 años lo vemos –prestigiando– la Presidencia de la Asamblea Legislativa. Que siga alumbrando.

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Cantera

Barahona Riera, Macarena“Cantera”. La República, Opinión (San José, Costa Rica), 21 de febrero de 2002,  p. 10A

Este mes de enero cumplió 114 años de haber nacido en la ciudad de San José, María Isabel Carvajal.

Vecina de su adorado Parque Morazán, allí creció; estudió en el Edificio Metálico, en el Colegio de Señoritas, trabajó en varias escuelas de San José y de Heredia. Fundó la primera escuela maternal del país, en la vieja casona que aún permanece resquebrajada y olvidada, al costado noroeste del Parque España.

Fue la primera docente de literatura infantil en la desaparecida Escuela Normal. Trabajó en la desaparecida también, Biblioteca Nacional y el Patronato Nacional.

María Isabel Carvajal, “Chavela”, como la conocieron sus amigos y compañeros de luchas y amistades, fue una mujer privilegiada en su inteligencia, en sus capacidades y sensibilidades y sobre todo tuvo el halo de la magia y la creación que la acompañó en su escritura.

Vivió su corta vida (61) dirigida por esa fuerza que tienen las mujeres cuando cumplen su destino. Escribiendo, formando opinión, convencida de sus ideas, enfrascada en argumentos y luchas, donde las mujeres eran invisibles. Tuvo la sagacidad de permanecer soltera, aunque de amores, seguro que tuvo amores.

Su independencia le trajo más arrojo y valentía, tanta que por supuesto, fue temida. Como solo las mujeres se estremecen, y ella enérgica, delgada y fuerte, dueña de sí, de su pluma hizo una espada valiente, de su hogar poblado de hermosísimas guarias, un fuego de reuniones y de ideas.

Es lógico, cuando la lógica es una leve pero intensa lucha de los contrarios, que fue odiada, pero no sometida. Y cuando en la guerra civil, fue objeto de amenazas, esta maestra normal que había ganado en las luchas callejeras contra los Tinoco un lugar de honor, que había ganado la primera beca de estudios a Europa, del gobierno de don Julio Acosta a una mujer, y había realizado su sueño en la fundación de la Escuela Maternal, y habiendo quedado destituida, como todos los empleados públicos conocidos como simpatizantes de los “calderocomunistas”, tuvo que huir de este país, y solicitar asilo al siempre leal y digno México, ya enferma, para nunca más regresar con vida.

¿Cómo es posible que un ser humano resulte tan temido como para que en los meses que transcurrieron de su enfermedad su solicitud fuera reiteradamente negada, primando el temor de ver rodeada a la escritora con un recibimiento masivo y que se convirtiera en una amenaza de oposición para la Junta Fundadora de la República.

Será por eso, y por otras razones que aún no conocemos, que no pudo morir en su amada casa del Barrio Morazán, donde las guarias de su tapia la esperaban para despedirla; que su obra periodística, sus novelas, guardan silencio en los anaqueles de la Biblioteca Nacional y solo conocen los niños y los mayores las recopilaciones de los pícaros cuentos del sincretismo americano de su Tía Panchita, y en el Museo de los niños nos aguarda una figura horrible con cara de viejita y santulona cuentacuentos, como nunca lo fue ella.

Será por eso que su casa fue demolida, y solo existe una humilde placa que recuerda el sitio donde habitó una mujer valiente de pluma aguerrida y ofendida hasta en su muerte.

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