Su nombre es su título

López Trigo, Manuel E. “Su nombre es su título“. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 2

Alberto Cañas es para todo costarricense medianamente informado, mucho más que un nombre: ¡es un título!

Ciertamente, basta escuchar este nombre para saber de quién y de qué se trata. Porque, verdad de verdades, se está hablando de una persona de sustancia y valor superlativos, que por los hechos de su existencia venturosamente prolongada y fecunda, ha alcanzado calidad emblemática en nuestro horizonte cultural y político.

La familia ha sido, en su vida, referente fundamental y fuente de inspiración y fortaleza. Profundamente orgulloso de sus orígenes y respetuoso del buen nombre de sus antepasados, mantuvo una tierna relación con su señora madre, doña Claudia, a quien solía visitar casi todos los días. El hogar que construyó y los hijos que procreó en la amorosa y solidaria compañía de la noble dama doña Alda Collado, ha sido, siempre, su refugio y su alegría.

Ideal quijotesco. Inconformista de espíritu libérrimo y romántico que lo acerca al ideal quijotesco, sensible ante la necesidad y el sufrimiento ajenos, nuestro personaje sin importarle lo que otros piensen o digan, ha sido consistente y aguerrido defensor de elevados principios y valores.

Son innumerables los temas de su interés e impresionante la diversidad de los caminos que con brillo y distinción ha recorrido este abogado, diplomático, político, escritor, periodista profesor en el aula y maestro en la vida, hombre auténtico y apasionado que ha conquistado admiración y respeto entre sus conciudadanos.

No sabe Alberto Cañas de vanidades ni de poses. Se expresa de manera sencilla y clara, sin ostentaciones retóricas pese a su exquisito dominio del idioma, que le ha llevado a ser miembro de número y por años presidente de la Academia Costarricense de la Lengua. No le preocupan apariencias o formalismos, ni conoce de fingimientos.

Aunque sus manifestaciones directas y vehementes respecto de personas y situaciones, o el fervor que empeña en la defensa y promoción de sus ideas y convicciones, pudieren haberle ganado alguna malquerencia él sabe perdonar, no alimenta rencores ni procede con torcida intención. Ha consagrado honesta y sinceramente su fructífera existencia a defender las causas en que ha creído, a difundir sus verdades, a promover la cultura y las bellas artes, a conocer y tratar de entender a su pueblo, y, en fin, a servirle a la nación costarricense en las formas que ha considerado apropiadas.

De su cultura enciclopédica, lúcida inteligencia, agudo sentido del humor, elocuente verbo y fina pluma ha ido dejando abundantes muestras en la cátedra, el libro, la columna periodística, el programa de radio o de televisión, la curul, el cónclave de los académicos y la tertulia de los amigos.

Armoniosa combinación. Profundo conocedor de la historia y de la realidad nacional, combina armoniosamente su vocación crítica con una visión más bien optimista del futuro de Costa Rica, por lo cual sigue permanentemente activo en su  papel de centinela de la Patria.

Lector incansable y de tiempo completo desde que tenía tres años, hace solo 87, Alberto Cañas ha encontrado siempre, no se sabe cómo, tiempo suficiente para crear hermosas obras literarias de los más variados géneros, para desempeñar más que cumplidamente elevados cargos públicos y diplomáticos, dirigir medios de comunicación, gozar la belleza en todas sus formas, formar y forjar una familia -como ya quedó dicho- en dulce sociedad con su recordada doña Alda, y, ¡claro!, cultivar la amistad sin distingos de ninguna clase.

Mucho la debo yo, aunque quizás él no se haya enterado, a este hombre extraordinario a quien tengo el privilegio de conocer desde mi ya lejana juventud. Atesoro nuestra amistad, que con justa razón califica él de inalterable en su suculenta obra autobiográfica Ochenta años no es nada, porque no habrá, nunca, diferencia, distancia ni tiempo capaz de disminuir en mí ese inquebrantable sentimiento. Además lo cito con frecuencia, pues aparte de llevar en mi corazón afecto y admiración enormes hacia él, tengo invariablemente presentes sus sabias reflexiones, agudas observaciones y aleccionadoras anécdotas.

¿Qué puedo desear en su nonagésimo aniversario a quien ocupa lugar de privilegio en mi mundo afectivo? Salud, buenísima salud, para que siga dándonos luz y alegría por muchos, muchos, muchísimos años más. Con mis mejores deseos, llegue hasta el dilecto cumpleañero mi abrazo fraternal.

*Manuel López Trigo: Empresario, exembajador en Israel, exviceministro de Información y Comunicación.

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¿Doblegarse? ¡Jamás!

Villegas Hoffmaister, Guillermo. “¿Doblegarse? ¡Jamás!“. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.4

Durante aquellos tiempos de nuestra juventud, unos con tantos o cuantos años más que otros, lo que no importaba para que, en todos los rincones de la nación, los corazones palpitaran al máximo de la violencia de que son capaces cuando lo hacen por amor a algo o hacia alguien, y en este caso la patria, desde las columnas de los periódicos con mayor o menor razón, una pléyade de muchachos escogidos por el destino libraban sus batallas. Entre los luchadores de lo impreso destacaba, sin duda, Alberto Cañas Escalante, quien un día dijo a la pluma: -“Descansa, te cambio por un rifle…”. Así lo hizo y cuando estalló la paz, cuando el intelecto debía necesariamente, sustituir a la fuerza, fue escogido para servir cargos importantes de los que otros, en esta publicación, escribirán con mayor autoridad que este mortal.

El momento llegó cuando el recién nacido partido Liberación Nacional fundó un periódico informativo como todos, pero con línea ideológica muy, pero muy bien definida: la lucha por la democracia pura. Nada tenían en este mundo que hacer las dictaduras y, desde luego, su primer Director fue don Alberto Cañas Escalante, quien entendía muy bien la definición martiana de que “el periódico ha de ser tribuna para denunciar, cátedra para enseñar y novia para enamorar”.

Y sin temores de ninguna clase, acompañado de un grupo de jóvenes que hacían, los más, sus primeros pinitos en el periodismo, se lanzaron al ruedo con todo entusiasmo. Cosas y cosillas hicieron que don Alberto dejara la dirección del periódico más no el periodismo, porque el periodista de verdad lleva en sus venas más tinta que glóbulos rojos. En la Nación, diario que ayudó a fundar en 1946, bajo el seudónimo O.M., fue crítico de cine.

Sin dobleces ni medias tinta.

En agosto de 1960 se realizaron en San José dos conferencias de cancilleres de la OEA para conocer temas extremadamente difíciles: una sanción al Gobierno de República Dominicana, feudo del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo, por el atentado, impulsado por ese matarife en contra de la vida del Presidente de Venezuela don Rómulo Betancourt…  Lógicamente era un gran acontecimiento y el Lic. don Fernando Volio Jiménez, en esos ayeres director de La República, pidió a don Alberto que comentara, en una columna diaria, lo que iba sucediendo en aquel trascendental cónclave. Así nació y aún permanece, vigilante, sin dobleces ni medias tintas, Chisporroteos: látigo para los poca pen a, aplauso para los destacados al servicio de la patria. Chisporroteos llegó para sentar cátedra ¡y la sienta! Jamás se ha doblegado pese a que muchas, muchas veces ha cruzado por aguas procelosas de distintas procedencias. Allí sigue airoso como si los años que lleva imprimiéndose fueran pocos.

Otra aventura: nació, para servir a la causa de la libertad, un periódico que sentó cátedra, que varió el panorama informativo del país: Excélsior de Costa Rica; y allí estaba presente la figura de don Beto Cañas, como uno de sus tres editores. Lo acompañaban en la empresa don Enrique Obregón Valverde, intelectual de altos vuelos y José María Penabad López, periodista de altos quilates. Excélsior marchó a paso de vencedor obligando a la competencia a superarse pero, como sucede con todo lo bueno, en su entorno hubo celos, hubo mezquindad, y Excélsior el mejor periódico de Costa Rica viera durante todo el siglo XX, cerró, casi que vergonzosamente, sus puertas. De nada valió la calidad de sus editores, la calidad de su equipamiento, la aplicación de sus periodistas, no, la rastrera sierpe de la envidia –y aclaro que no de fuera– clavó sus colmillos en el cuerpo del diario y ¡adiós¡ ilusiones, desvelos, empeños, esperanzas y rectitud.

Comprometido con la patria.

Don Alberto regresó al aula universitaria a seguir tratando de hacer de sus alumnos periodistas comprometidos con la causa mayor que es la de la patria, y allí sigue, con juveniles entusiasmados, predicando el santo evangelio del periodismo recto, no venal, decente, valiente y en pos de altas miras.

Pero la labor allí no concluye, no, más bien recién ha comenzado con el programa radial “Así es la cosa”, transmitido a través de Radio Monumental, en conjunto con su viejo compañero de andurriales el Lic. Álvaro Fernández Escalante, y de quien estas líneas escribe. Es una tertulia entre tres veteranos de la vida transitada a plenitud, como sujetos activos más que como simples observadores del diario quehacer en el mundo y, desde luego aquí entre nosotros los costarricenses. Hay látigo y don Alberto, nuestro maestro, lo esgrime con gusto y justicia, hay enseñanza en los relatos de mil cosas realizadas por gentes a las que, vaya usted a saber por qué, se mantiene en el olvido. Don Alberto busca rescatarlas y va lográndolo. A sus fecundísimos noventa años desde el fondo de mi corazón digo: Dios todo poderoso, gracias por habernos dado a Alberto Cañas Escalante. Gracias por haber empujado con tanto acierto las velas del batel que condujo en hora buena a nuestras playas al bisabuelo de don Alberto, el General José María Cañas quien, con su talento, valor y espada escribiera, como lo hace hoy por la prensa escrita, radiada e incluso televisada, su descendiente, páginas esplendorosas en nuestra historia.

¡Salud don Alberto! Dentro de otros noventa años, nos veremos para ver si “Así es la cosa”.

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En los noventa años de Alberto F. Cañas Escalante. La sabiduría nacional

Vargas Araya, Armando. “En los noventa años de Alberto F. Cañas Escalante. La sabiduría nacional”. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.1

Si una persona pierde el rumbo en esta ciudad capital, vuelve sus ojos hacia Las Tres Marías y sabe donde está el Norte, por La Carpintera encuentra el Este o el Sur por el Pico Blanco. Cuando un costarricense requiere orientarse en las encrucijadas cotidianas de nuestra civilización y de nuestra cultura -constreñidas ciertamente pero de nosotros aún-, busca con el entendimiento a don Alberto F. Cañas y pronto recupera el sentido vital. Porque Don Beto, que alcanza la respetabilísima edad de 90 años, es el Norte Intelectual de la costarriqueñidad contemporánea. Se puede estar a favor o se puede estar en contra de sus perspicaces afirmaciones, más su criterio singular es indispensable como término modélico de referencia.

Sí, Don Beto, a secas. Porque a fuer de razonar y de actuar, de escribir y de discurrir a lo largo de las décadas, es, por antonomasia, el Alberto de los Albertos. Así como se reconocen a don Juan Rafael Mora y a don José Figueres por sus honorables renombres sonoros de Don Juanito y Don Pepe, el licenciado Cañas Escalante es, en la admiración, el aprecio y el cariño de sus compatriotas, Don Beto. Dicho sea con el debido respeto, beneméritos se cuentan por docenas, Don Beto solamente hay uno.

Piensa y siente Don Beto con mente y corazón entrañablemente costarricenses. Existe una manera de oler, de saborear, de escuchar, de ojear y de palpar distinta –que no mejor a otras- en quienes, junto con la leche materna, embebieron el ser de nuestra nacionalidad. Es una sensibilidad única, que trasciende la razón pero que él logra aprehender y expresar con su lenguaje culto y fuerte. Consúltese, a manera de ejemplo, su añoso y actual ensayo “Uso y práctica del chunche” en el cual nos define. Sus reflexiones son ágiles, chispeantes, ligeras en la apariencia como profundas en la realidad, entretejidas con el comentario sobre hechos comunes y corrientes de la educación y la cultura, los usos y las costumbres, la política y todo aquello que concierna a la persona. A veces, ese pensamiento resplandece en un feliz manojo de palabras que corren de boca en oído y de oído en boca por academias y autobuses, el hogar o la oficina. Es una voz que habla por muchos.

Heredero de ideales y de valores esenciales para nosotros, pues sustentan la convivencia humana forjada entre estos valles y llanuras, estas montañas y mares, su talante y su talento son de magnífica prosapia. Doña Manuelita Escalante, su tía bisabuela, descolló como intelectual de fama centroamericana en el áureo siglo XX. El general Don José Maria Cañas, su bisabuelo, fue héroe de la Guerra Patria y arquetipo de centroamericano generoso. Lo suyo es oro viejo, no relumbrón reciente. Por eso protege y promueve, con elocuente bravura, el patrimonio espiritual que nos une a todos. Para él, la patria es esperanza.

Es un intelectual de acción, nunca aislado en una torre de marfil. Secretario de actas en el último Gobierno de facto que conoció el país, embajador en Naciones Unidas, vice Canciller de la República, dos veces diputado y presidente del Poder Legislativo, primer ministro de Cultura, Juventud y Deportes, en fin nuestro André Malraux. Por cierto, le duele que su generación se quedara sin formación europea debido a la Segunda Guerra Mundial. A la abogacía que practicó poco y al periodismo que le es inherente, agrega la docencia universitaria, estatal o particular, que ejerce, entre otros motivos, para mantener alerta su ánimo por el contacto con la juventud estudiosa. Su vida es un combate permanente, sin jadear ni descansar, a favor de las mejores causas de la libertad, la justicia, la cultura y la democracia sin objetivos.

Su voz áspera y, si se quiere, bronca, así como una expresión vehemente, pueden velar una personalidad afectuosa y delicada en lo íntimo de la amistad y de la familiaridad. La prosa sutil de sus cuentos y de sus novelas, su poesía suave y tierna, el dramaturgo ingenioso y pulido, reflejan matices de una rica vida interior. Bueno… y hasta hace poco bailaba melancólicos boleros, en dos por cuatro, sobre un ladrillo. Cualquier ciudadano puede abordarlo en la calle, como sus discípulos que realizan diálogos socráticos con él en los pasillos universitarios.

Lector insigne, asumió voluntario el apostolado de la literatura nacional desde la Editorial Costa Rica, las páginas de la prensa y la Academia Costarricense de la lengua. Participa en toda empresa que propenda al impulso de los escritores, a la difusión del libro y al ensanchamiento del público lector. Su gestión ministerial produjo notables series editoriales como “Nos ven” o “Quien fue y qué hizo”, que ahora continúa en la presidencia del Consejo Editorial de la EUNED. Por muchos años reseñaba cada sábado una obra de autor costarricense; me cuento entre quienes ampliaron su horizonte literario gracias a ese impagable servicio cultural.

O. M. es uno de los seudónimos suyos para la crítica de cine y de teatro que, desde diversos periódicos, alumbra toda una época de avance estético del país. Las artes representativas, sobre las tablas y en el celuloide de ayer o el video de hoy, se arraigan, crecen y fructifican con la crítica que ilumina el gusto y educa el alma hacia lo bello. ¿Quién puede imaginar aquel Londres de la primera mitad del siglo XX sin la pluma fulgente de George Bernard Shaw, o aquel San José de la segunda mitad de la pasada centuria sin los espléndidos análisis artísticos y aleccionadores del O. M. de Don Beto? Se impone realizar una antología de sus más sustanciosas columnas de crítica cinematografía o teatral como valioso aporte a la historia del desarrollo cultural en la Costa Rica agrícola e industrial previa a la mundialización de los servicios digitalizados.

Hay un ejercicio puntilloso de ciudadanía vigilante es sus “Chisporroteos” bisemanales, que igual celebran o censuran desde su muy personal perspectiva. Con su acendrado civismo, va, en enunciados sapienciales, del humor a la ironía, de la fisga a la ternura, en pro y defensa de esa evanescente quintaesencia costarriqueña. Su periodismo de opinión es, en verdad, una llama de conciencia encendida; a la manera de Rubén Darío, puede decir: “mi filosofía práctica es mía en mí”. Así, verbo en ristre, ejercitaban sus derechos fundamentales los compatriotas de antaño –de Don Ricardo para abajo-, cuando aún no habían sido emasculadas generaciones enteras por medio de una escuela, de una prensa y de un sistema que en vez de espolear, amansan.

En sus artículos se respeta la autoridad, pero se la escudriña, se la reprocha o se la aprueba con libertad absoluta, sin temor a consecuencias autoritarias.

Es que, guardadas las proporciones, Don Beto es a esta Costa Rica anhelante lo que Ralph Waldo Emerson fue en su tiempo a los Estados Unidos o Michel de Montaigne en sus días a la Francia perenne: la sabiduría nacional. Afortunados nosotros, sus contemporáneos.

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Octubre de sombra corta

Bermúdez, Manuel. “Octubre de sombra corta“. Semanario Universidad. Forja (San José, Costa Rica), octubre 2002, p. 8

Casi todo es sombras, vaguedad. La memoria es flaca cuando se pretende recordar puntualmente un hecho que tiene que ver con un ser querido. Sin embargo, como para desafiar las certezas, vienen imágenes, como ramalazos. Octubre no puede pasar impune; arrebujarse, los aguaceros, el salpicón en el charco, un café humeante, el ulular de la muchacha, un libro de tercera a precio de segunda y de pronto, como un monumento a sí mismo, aparece la enorme figura de Joaquín Gutiérrez.

El mandarín de los Andes desprende una dulce sonrisa de anciano que contrasta con la exageración de sus cejas de ceño fruncido. Tras la sonrisa viene la voz grave, pero las palabras le brotan casi con dejadez, con esa cadencia que tiene el campesino costarricense entre sencillo y suspicaz.

Varado en el medio pasillo, no le niega palabra a nadie y comenta los libros que exponen unas muchachas en su embrión de librería, que no es más que unos estantes con amarillentos volúmenes de la editorial Progreso o Novosti, de fabricación soviética, y algunos manoseados ejemplares de las revistas Internacional y Cuba.

En un octubre 71 años atrás, se encendió la llama de una esperanza para los pobres del mundo, fue el final de un terrible reinado y la posibilidad de una organización social y política distintas, donde primaran los intereses de las mayorías.

Aquella flama inextinguible era ahora apenas un mechero que pervive a los embates de un viento helado. Su escasa lucecita brilla en las pupilas de un hombre que ha visto mundo devorando horizontes.

Sus ojos se refugian bajo el alerón de sus cejas. Ensimismado en recuerdos inabarcables, atiende cuidadoso al proceso llamado Perestroika que se desarrolla en su amada Unión Soviética. A la izquierda de su pecho de viejo comunista se debaten los románticos anhelos de poeta y el pragmatismo del periodista curtido en la corresponsalía de guerra.

Entre los libros en el estante está uno suyo publicado aquel mismo año, la primera edición de Vietnam: Crónicas de Guerra. Esto es para que lo recuerden los muchachos de El Salvador, es un homenaje a ellos, explica el veterano reportero.

En octubre de 1988 Joaquín Gutiérrez estaba parado en el medio del pasillo en la entrada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica, a la puerta del antiguo local del Seminario UNIVERSIDAD. El era miembro del consejo editorial de este suplemento, el muchacho que lo acompañaba era un estudiante de periodismo que lo miraba con respeto de sobrecogimiento ante la soberanía incontestable del baluarte que constituye aquel escritor.

Este octubre presente se descubre a sí mismo con su artilugio de recuerdos. La Unión Soviética es un vago diagrama: Perestroika parece telón de fondo de la versión postmoderna de El aprendiz de Brujo de Paul Dukas; El Salvador calló sus armas, pero todavía obsesionan sus calles los gritos de dolor; el gran autor parece recorrer apresurado la historia con su paso zancudo. Es octubre, de este nuevo siglo, el anterior, el de don Joaquín, ya se acabó.

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Alberto Cañas y la Política

Salazar Navarrete, Fernando*. “Alberto Cañas y la Política”. Diario Extra. Página Abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p. 4

De las múltiples facetas de la personalidad de Alberto Cañas, quizás hay una que sobresale: la de político. Es en este campo en el cual lo he conocido y cultivado una amistad que se ha prolongado por varios decenios, a pesar de la dispareja frecuencia con que solemos vernos. Afirmar que su condición de político domina sobre otras múltiples aptitudes, aficiones y vocaciones suyas es aventurar un juicio que quizás roce con quienes han estado a su lado en otras disciplinas a que ha entregado su talento y en la que igualmente ha brillado. Porque, en cierto modo, en grado equivalente a su entrega a la política, destaca su sobresaliente participación en el periodismo, las artes, la literatura y la cátedra.

Quienes hemos seguido el paso de Alberto en la política admiramos la vehemencia con que defiende sus principios y cómo revela una lealtad a las causas sociales que inspiraron su formación desde la juventud, dentro de una corriente de pensamiento que no ha abandonado.

Podría creerse que por su condición intelectual ilustrado, tomaría el rumbo de quienes salen de esas formaciones, para la izquierda o la derecha, con inclinaciones elitistas. Nada de eso va con Alberto Cañas. Sus posiciones políticas, que defiende con ardor, tienen acentos populares y nacionalistas que lo llevan a dar un cierto matiz ideológico a su pensamiento, en contraposición a otras propuestas que suelen calificarse de pragmáticas.

Ideas y acción. En un mundo en que las ideologías han cedido a otras formulaciones, no menos ideológicas, el pensamiento de Alberto sigue consecuente y fiel a las ideas por las que él siempre ha luchado. Son, si quiere, predecibles sus posturas en asuntos que tocan la participación y dimensión del estado, las políticas de concesión de obra, los monopolios estatales, las obras públicas por administración, y otras áreas que suscitan controversias en torno a quién debe hacer las cosas.

Sin embargo, Alberto no ha quedado rezagado en el ámbito solamente de las ideas. Cuando le tocó actuar en cargos ejecutivos como titular de los ministerios de Relaciones Exteriores, y de Cultura, Juventud y Deportes, sobresalió como un activo creador y realizador de proyectos que se tradujeron en obras perdurables. Dejó huella en la diplomacia desde que entró a la arena internacional como embajador ante las Naciones Unidas, en cuyo seno cosechó el honor de ser parte de históricas decisiones: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la asamblea general que tuvo lugar en París, en 1948; y en la asamblea general celebrada en Nueva York, en 1949, emitir el voto para la admisión de Israel como miembro de las Naciones Unidas, acontecimiento que extendió reconocimiento internacional al joven estado judío.

Hombre de Partido.  Correligionario suyo en el activismo político, me acostumbre a ver a Alberto Cañas como un hombre de partido. Sus ideas no brotaron como formulaciones aisladas, ni fue jamás una pieza suelta y desequilibrante en el seno del partido. Desde la juventud en el histórico Centro en que cultivó su ideario social demócrata, forjó colectivamente con otros brillantes miembros de su generación todo el andamiaje ideológico que más tarde inspiró la fundación del Partido Liberación Nacional en el año de 1951. En las dos ocasiones en que fue electo diputado por el PLN, la primera de las cuales viví muy cerca de él, lo recuerdo como el infatigable jefe de fracción dotado de una extraordinaria capacidad de negociación, preocupado por crear consensos para sacar adelante el programa del partido en ejercicio del gobierno. Sin hacer juicio sobre las razones que llevaron a Alberto a su alejamiento del PLN, tengo para mí que fue algo lamentable y que el  partido pedió a una de sus figuras más destacadas, que no solo brilló por sus dotes de una inteligencia excepcional, sino por la ejemplar conducta ética que siempre exhibió a su paso por la vida pública y en su desempeño como político.

 *Abogado, exdiputado, exvicecanciller y exembajador

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Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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