Generación Comprometida y Espiga Amotinada

Argueta, Manlio. Generación Comprometida y Espiga Amotinada. Diario Latino. Suplemento Cultural 3000. (San Salvador, El Salvador), 18 de diciembre de 1993

Roberto Armijo, poeta de mi generación –juntamente con Roque Dalton-, reclamaba allá por los años 58 que los poetas (se refería a nuestro grupo del Círculo Literario Universitario), no tuviéramos un árbol de amate. Un apoyo, un maestro, lo cual debía decirse con eufemismo, dada nuestras proyecciones de rebeldía e iconoclastia. Armijo, originario de una provincia marginada, Chalatenango, podía decir estas frases inocentes, sin reparar que, además, eran también conceptos de su intuición popular campesina. Algunos de sus compañeros reían porque en aquella época de iniciales cambios en la mentalidad de los intelectuales jóvenes salvadoreños, exigir un árbol amate, es decir una sombra donde cobijarse, era admitir la debilidad de sentirnos sin compañía espiritual, en una época heroica que no admitía debilidades. Independientemente que fuéramos o no conscientes de ello: el poeta necesita la sombra del amate, defenderse de la marginación en ese oficio solitario que nosotros empleábamos para exigir todo lo que se negaba a la sociedad civil. Un amate, quería decir apoyo a la palabra, que a nuestra edad buscaba un esclarecimiento frente a tanto silencio y, lo que nos parecía, decrepitud de ideas, inopia en el debate. Los jóvenes poetas comenzamos a buscar y a encontrar por donde hacer fluir nuestra voz. Exigiendo responsabilidad o recriminando a quienes guardaban su poesía para la hora de los honores, agasajos y reuniones diplomáticas; no era fácil pero había que descubrir una vía de la creación literaria hacia el cuerpo social. Comprendíamos que el temor era capaz de ahogar el poema y que la poesía hecha de palabras y retos –aspirando a erigir un vanguardismo literario- no tenía las mejores condiciones para proyectarse. Las sombras del amate, estarían ahí, no en silencio, como todas las sombras, sino acalladas. Nuestra generación irrumpió con sus demandas y, a la vez, con la necesidad de encontrar ideas que fuesen fundamentación a reclamos que se tornaban recriminaciones. A medida que iba creciendo nuestra rebeldía, las actitudes fueron más reflexivas, percibiéndose mucho más justificadas. No podíamos continuar solos. Dejamos de pensar menos en la ingenuidad de la frase de Roberto Armijo y más es sus contenidos reales y de sabiduría. La generación literaria se convierte entonces en gregarismo cultural con ambiciones utópicas. Buscamos arbolitos de amate, por lo menos así los considerábamos porque se podían tocar con las manos y aquerenciarlos con miradas, asombros y admiraciones. Así nos acercamos a Oswaldo Escobar Velado, el poeta que escribe sus libros primigenios “Árbol de lucha y esperanza” y “Cristoamérica”. Sus poemas recogen la memoria social y nos conmueve sobre dos mujeres que mueren en una calle de San Salvador en 1944 y cuyos nombres ya hubiéramos olvidado si no hubiese sido por ese poema: “Romance de las dos mujeres”, dedicado a Altagracia Kalil y Adelina Suncin (Valiente la policía/orden de los coroneles/ en la noche más amarga/mataron a dos mujeres). Otro amate fue Salarrué, quien –según testimonio de Eraclio Zepeda, en una entrevista publicada en Costa Rica- Juan Rulfo afirmó que había dado a la literatura el cuento más tierno y bello escrito en América Latina “Semos malos”. Publicado allá por 1933 y que es premonitorio del drama salvadoreño de esta década con casi la quinta parte de su población acobijada en muchos países del mundo. Emigración que Salarrué registra desde los años 30 con ternura y sensibilidad en dicho cuento. También nos dio su sombra una mujer, a quién amamos todos aunque nunca nos hubiéramos soñado junto a ella: salvadoreña-irlandesa, Claudia Lars. Nuestra Alfonsina Storni, que creía en la verdad de los astros y en las curas maravillosas por medio de hierbas, astros, raíces y duendes. Toda Claudia era poesía, y por eso quizás era aún más bella por dentro, más allá de sus ojos verdes y su piel niña de Jaguar. Y los árboles de amate siguieron apareciendo, ahora más allá de la frontera. Un Neruda que admiramos hasta que nos dimos cuenta que su palabra de ventisqueros, amores salvajes, ríos desbordados y neviscas en los picos andinos, eran más estruendosas de lo que podían soportar nuestra introversión e interioridad heredada de la cultura nahuatl y maya, en silencio aún, pese a los sonidos de la naturaleza por más de quinientos años. Nos acogimos a Vallejo cuya sonoridad y estruendo es hacia la sangre. De grandeza interior como los grandes desfiladeros entre montañas, espejeantes en la luz del agua que fluye al fondo. Comenzamos entonces a conocer el mundo. Se nos hizo más liviana esa carga de la soledad poética. Reparamos que nuestra aldea era también universo si nos abríamos a oir otras voces. La voz de la poesía será siempre la palabra que procrea hermanos. Ovulo y semen compenetrados, que nos hace fruto de una misma rama florida. Había otros arbolitos de amate que nos darían sombra. Comenzamos a encontrarlos: por ahí resonaba el tambor de los cinco de la Espiga Amotinada, (Oscar Oliva, Eraclio Zepeda, Jaime Labastida) poetas de México. Amates de nuestra misma edad. Los teníamos cerca, un poco más allá de la cabeza de quetzal que conforma el norte de la geografía de Guatemala, y acercándose a la cintura femenina de Tehuantepec: los poetas de la Espiga. Su voz nos llegó desde el centro de México, cinco poetas hermanos, tres de ellos nacerían en Chiapas, hermana mayor de las repúblicas de Centroamérica. Nosotros en El Salvador éramos el Círculo Literario Universitario (1956), germen de la Generación  ComprometidaEspiga Amotinada (1950) y ellos, los mejicanos, la Espiga Amotinada (1959). También fue una coincidencia que, además de la raíz común de la poesía, proveníamos de una común y original cultura. Ellos eran entonces hermanos referentes. No estábamos solos ni nuestras actitudes eran irreconciliables con los  movimientos que estaban naciendo en los años 60, con raíces comunes, concitándonos el hecho de estar en el bando de los vencidos. La dispersión y la incomunicación es la pena perpetua de los derrotados. Pero a través de los poetas de Chiapas nos hemos ido encontrando con México, congregándonos en la poesía. Y ellos como ríos afluentes, nos llevaron a torrentes mayores. A varias corrientes fundamentales donde figuraba Jaime Sabines, Efraín Huerta, Carlos Fuentes, López Velarde, Gorostiza, Octavio Paz, Juan Rulfo. Quienes a su vez partían de los poetas abuelos que escribieron en la corteza del amati, amate. Y así tuvimos el acompañamiento y la sombra reconfortante de poetas hermanos. Roberto Armijo, y los demás poetas de ese generación que nos comprometimos con un oficio vital, ahí en El Salvador, ya nunca más nos sentiríamos solitarios en ese oficio de inexactitudes que es la literatura. El vínculo se hizo interminable. Más tarde descubriríamos otra voz desde Chiapas, hacia adentro, maravillosa en su sencillez y feliz en su fragilidad de niña constante: Rosario Castellanos, llorosa y fuerte a la vez, en el breve y deslumbrante muestrario de mujeres poetas de América. Bajo esas sombras de árbol, en los caminos soleados de la tierra seca, hemos ido al mar. Es decir por esos ríos. Hasta descubrir la grandeza de la cultura común, aunada en su poesía. Ustedes tan mejicanos hasta el fin. Nosotros tan salvadoreños y guatemaltecos, y hondureños, panameños y costarricenses y nicaragüenses, hasta la sobrevivencia. Tratando de concertarnos a la sombra de una diferente Centroamérica antigua y nueva, a la vez, que se extiende desde el sur de México, hasta Guanacaste y Nicoya en Costa Rica. Independientemente de la patria política. Y que estos Encuentros de Poesía, sean el reinicio y otro despertar de esa denodada conciencia de vivir bajo la sombra del amati, el árbol madre de papel indígena, donde la poesía se hizo eterna, en tanto crea los fundamentos para buscar la Patria de todos. La Nación perdida de siglos atrás y que debemos recuperar en la cultura común de la poesía. Lectura en el Encuentro “Jaime Sabines”. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Dic/91

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Concultura denuncia venta de obras. Piratas tras la obra de Salarrue

Ramos, Wendy. “Concultura denuncia venta de obras. Piratas tras la obra de Salarrue”. La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador), 8 de octubre de 2002, p. 14

La obra literaria “Cuento de Barro”, del salvadoreño Salvador Salazar Arrué, Salarrué, es pirateada y se comercializa en varias librerías del país.

Así lo informaron en exclusiva a LA PRENSA GRAFICA autoridades de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), dependencia del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA).

Sin embargo, CONCULTURA no cuenta con estimaciones de las pérdidas ni de la cantidad de ejemplares que circulan. La institución es la dueña de los derechos de autor.

La piratería se descubrió luego de que empleados de la DPI detectaron la venta de libros a precios más bajos del que la imprenta estatal da a los distribuidores.

Ante el hallazgo, la dirección ubicó varias librerías en Sonsonate, San Miguel, San Vicente y Santa Ana que vendían imitaciones.

Mala calidad

La gerente de ventas de la DPI, Claudia Guerra, dijo que en los libros ilegítimos se evidencian las diferencias en la calidad y el acabado de cada ejemplar.

De acuerdo con una representante del Departamento Jurídico de CONCULTURA, Yanira de Soundy, por el momento no cuentan con mayores detalles sobre el lugar donde se imprimen los libros.

Solicitó a la Fiscalía General de la República que investigue el caso.

Un delito difícil de perseguir

Por su parte, el coordinador de la Unidad de Delitos contra la Propiedad Intelectual de la FGR, Adolfo Muñoz, confesó que desconocía este caso.

Sin embargo, explicó que el Código Penal castiga la piratería con penas que van de uno a tres años de prisión, pero hasta el momento no hay ningún caso donde los piratas hayan terminado en la cárcel.

De 2000 a la fecha, solamente se han conocido 10 casos de piratería de libros, cuyos procesos terminaron por la vía de conciliación entre las partes.

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Casa de Salarrué pide auxilio

Reyes, Alfonso. “Casa de Salarrué pide auxilio”. El Diario de Hoy (San Salvador, El Salvador), 7 de julio de 2000

Desde 1996 se trata de instaurar la “Quinta Monserrat” para convertirla en museo y patrimonio nacional.

Casi en la cúspide de Los Planes de Renderos, se encuentra una casa que relata, por sí misma, un trozo de la cultura salvadoreña. Este es sólo un trozo, una valiosa moneda de oro de un gran tesoro nacional, se trata pues, de los últimos días artísticos de Salvador Salazar Arrué en su casa, la Quinta Monserrat.

En este espacio, vivió sus últimos días el célebre escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, dejando con ésta gran cantidad de objetos personales y artísticos que a través de los tiempos han adquirido gran valor cultural.

Actualmente, la Quinta Monserrat se encuentra en grave deterioro por lo que urge sacarla de tal situación, pues la inclemencia del tiempo pretende destruir lo que podría constituirse en un patrimonio cultural salvadoreño con proyecciones internacionales.

Con el fin de salvar a la Quinta Monserrat, la Fundación “Casa de Salarrué” se encuentra en proceso de venta de este domicilio al gobierno de El Salvador a través de Concultura. Ciertamente desde 1994 la casa está a la venta como cualquier otra.

En 1999 el presidente Francisco Flores propuso utilizar parte del presupuesto de la nación para comprar e instalar el centro cultural.

En enero del presente año, aún no se había definido algo concreto, pero en el Pleno Legislativo ya se había aprobado el presupuesto destinado para la compra de la Quinta Monserrat.

En pocos días el presidente de la Fundación “Casa de Salarrué”, Ricardo Aguilar, sostendrá una reunión con Gustavo Herodier, Presidente de Concultura, para formalizar los detalles de compra y venta de la casa, y de esta manera encaminar la Quinta Monserrat hacia un mejor futuro.

La fundación “Casa de Salarrué” no tiene los medios económicos para sostener la Quinta Monserrat, pues esta fundación no cuenta con ayuda gubernamental o privada, por lo tanto el financiamiento para la mayoría de las actividades correspondientes a las obras de Salarrué corren por cuenta de los miembros de la Fundación, que por cierto la conforman Ricardo Aguilar y la escultora Verónica Vides.

Proyecto original

La fundación “Casa de Salarrué” había planeado crear un centro cultural donde se mostraría una gran cantidad de obras literarias, artísticas y otras pertenencias de uno de los escritores que más renombre tiene en El Salvador. Este centro se instalará inicialmente en la ciudad de La Palma Chalatenango, pues “en el año de 1961 Salarrué quería cambiar de casa y vivir allá (en La Palma)” comenta Ricardo Aguilar,

Se renunció a esta idea, ya que “el camino hacia la Palma resulta agotador por lo tanto mucha gente se iba abstener a visitar este centro cultural” continúa Aguilar. Luego, se concibe fundar este proyecto en San Salvador, pero, por limitaciones económicas por parte de la Fundación “Casa de Salarrué”, este proyecto nunca llegó a concretarse.

En la actualidad, la Fundación “Casa de Salarrué”, con el consentimiento de la única hija viva del escritor salvadoreño, Olga Salazar, se moviliza para vender la casa y dejar a cargo del gobierno el legado que Salarrué dejó a El Salvador. Al concretarse la venta de la casa, la Fundación “Casa de Salarrué” desaparece, pues no poseen financiamiento que lo sostenga y mantenga las actividades que se desarrollan a favor de la obra de este escritor salvadoreño.

El legado de Salarrué

En 1986, Maya Salazar hace una entrega legal de las que fueron pertenencias, documentos y obras artísticas y literarias, del escritor Salvador Salazar Arrué, a Ricardo Aguilar. Cuando este legado fue entregado a Aguilar, aún se encontraba en los lugares donde Salvador Salazar Arrué los había dejado, pero “como había pasado el terremoto del 86, y la humedad de Los Planes, entonces encontré papeles vueltos lodos, cosas valiosas entre lodo” asegura Aguilar.

Con la venta de la casa, este legado quedaría en custodia del gobierno de salvadoreño, “pero con una garantía de que eso no se va a perder, que eso no se va a deteriorar” afirma.

Durante los meses de mayo y julio se mantuvo una exposición de objetos y obras de

Salarrué en Santa Ana. Dado el éxito obtenido, esa exposición se mantendrá durante julio.

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Cuentos de barro, de Salarrué

Mistral, Gabriela. “Cuentos de barro, de Salarrué”. En: Repertorio Americano. Tomo 23 (15): 236, 17 octubre de 1931  (fragmento)

Comentó 

El Salvador da sus sorpresas: a mi me ha dado la de un fermento intelectual admirable, la de la levadura que pone a un grupo selecto y que acabará por enliudar al país. No todos están en formación; algunos se hayan formados; son dueños ya de su lengua u aun maestros en algún género. Así este Salarrué, prosista de una originalidad que se podrá apreciar en los cuentos de esta página y persona fascinante en la vida interior que confiesa sin confesar y que le labra la obra de buen modo: de adentro hacia afuera. Antes de ser un escritor ha querido ser un hombre depurado y rematado, artesano lento y seguro de sus potencias.

Gabriela Mistral. San Salvador, octubre de 1981

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Nueva edición de Cuentos de Barro

Menjívar Ochoa, Rafael. “Nueva edición de Cuentos de  Barro”. El Diario de Hoy (San Salvador, El Salvador), 1 de julio de 2000

Una de las más hermosas ediciones de los cuentos del maestro Salarrué, acaba de ser lanzada al mercado por Editorial Legado, de Costa Rica.

San José. – La editorial Legado acaba de lanzar en San José de Costa Rica una magnífica edición el libro “Cuentos de barro”, del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué (Salarrué).

“Cuentos de barro” de Salarrué

La edición fue realizada por el también salvadoreño Sebastián Vaquerano, quien durante casi quince años fuera director de la Editorial Universitaria Centroamericana y que ahora dirige su propio sello editorial.

El libro está ilustrado con los grabados del pintor José Mejía Vides realizados para la edición que publicó en 1948 la editorial Nacimiento, de Chile, y que son prácticamente desconocidos en El Salvador. La portada es un óleo del mismo autor, también realizada especialmente para el libro.

Aunque no se trata de una edición de lujo (su precio es bastante razonable), ésta es seguramente la mejor que se ha hecho en Centroamérica de “Cuentos de Barro”, digna de un editor experimentado como Sebastián Vaquerano.

La idea, dice, es dar a conocer de manera más amplia la obra de Salarrué en Costa Rica (aunque como editor de  EDUCA realizó varios tirajes en rústica de “Cuentos de  Barro”) y, por otra parte, ofrecerle a los lectores salvadoreños un modo de que disfruten el libro ya no sólo por su contenido sino también por su presentación.

“Cuentos de Barro”, en edición de Legado, estará a la venta próximamente en las principales librerías salvadoreñas.

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Cuentos de barro

Cuentos de barro

Cuentos de barro

Salarrué, Seud.; Vides, José María, Ils. Cuentos de barro. San José, Costa Rica : Editorial Legado, 2000

“Salarrué (seudónimo de Salvador Salazar Arrué, 1899-1975), gran patriarca de la literatura salvadoreña, de fecunda actividad en la pintura, el cuento, la novela y la poesía, tiene un lugar de privilegio en la cultura de su país y un reconocimiento en todo el continente. Es uno de los maestros del realismo costumbrista en América Latina. Aunque esa clasificación es aplicable sólo a la primera fase de su obra narrativa, dentro de esa corriente llegó a producir verdaderas joyas del relato vernáculo. Publicó cinco libros de cuentos: Cuentos de barro, Trasmallo, Eso y más, La espada y otras narraciones, y Cuentos de cipotes; cuatro novelas: El señor de la burbuja, sed de Siln Badler, Catleya luna e Íngrimo; tres libros de relatos: El cristo negro, O-Yarkandal, y Remotando el Uluán; tres de ensayos: Conjeturas en la penumbra, Vilanos, El libro desnudo, y uno de categoría inubicable: La sombra y otros motivos literarios. Sobre el célebre Cuentos de barro, la poetisa chilena Gabriela Mistral (Premio Nobel de literatura en 1945) comentó:

“El Salvador da sus sorpresas; a mi me ha dado la de un fermento intelectual admirable, la de la levadura que pone un grupo selecto y que acabará por enliudar al país. No todos están en formación; algunos se hallan formados; son dueños ya de su lengua y maestros en algún género. Así este Salarrué, prosista de una originalidad que se podrá apreciar en los cuentos de esta página y persona fascinante en la vida interior que confiesa sin confesar y que le labra la obra del buen modo: de adentro hacia fuera. Antes de ser un escritor ha querido ser un hombre depurado y rematado, artesano lento y seguro de sus potencias.” (Repertorio Americano, Tomo XXIII, Nº15, Costa Rica, 17 de octubre de 1931) , La presente edición es ilustrada con grabados del pintor salvadoreño José Mejía Vides, publicados en 1943 por la Editorial Nascimento, de Chile.

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