Las Concherías

Rojas, Margarita; Ovares, FloraLas Concherías. En: “100 años de literatura costarricense, Fin de siglo y literatura. Ediciones Farben, 1995. Página 35  (fragmento)

Si consideramos la literatura como el gran texto en el que se inventa, se escribe y se fija la identidad nacional, veremos que son las Concherías (1905) las que, más que de cualquier otra, se ha percibido y memorizado la obra definidora del “alma nacional”. Gracias a las Concherías su autor, Aquileo Echeverría se inmortalizó como un gran clásico de la literatura costarricense. Como Magón, Aquileo crea y mitologiza tipos humanos, actividades, ambientes, costumbres, con información detallada: funda un tipo, el concho y en él, se dice, se reconoce el ser costarricense.

En la misma época sucedía en otras literaturas latinoamericanas algo similar: en Venezuela aparecía el llanero, en Puerto Rico, el jíbaro, el charro en México y el gaucho en Argentina. El género literario se ha seleccionado para presentar a estas figuras es el romance, el verso “popular” por excelencia. El romance está construido por versos de ocho sílabas con rima asonante. Un ejemplo de este género es la poesía gauchesca, producida por escritores urbanos, y que recurre al habla regional y el tema rural (las “aventuras, los sufrimientos y los reclamos de la vida del gaucho”). Se trata de una poesía narrativa y dialogada, que se folclorizó, es decir, se volvió texto oral. Iguales características se pueden atribuir a las Concherías que, de este modo se inscriben en un contexto literario reconocido en la historia del continente.

La incorporación de tiquismos en los diálogos y las narraciones es una característica de las Concherías y también de los cuadros de Magón. Otros rasgos son:

  • la concentración de las situaciones relatadas en un espacio interior (la casa, la aldea, Costa Rica);
  • la escogencia de los personajes dentro del núcleo familiar;
  • los temas tomados de la vida cotidiana;
  • la inclusión de las listas de productos, remedios y alimentos.
  • el humor, el chiste, el doble sentido, los personajes y situaciones cómicas.

Pero a diferencia de los cuadros magonianos, en las Concherías se habla de hechos tristes y hasta trágicos: la figura de la madre que llora después del casamiento de su hija (“Boda campestre”), la viuda que cuenta a su amiga, sencilla pero sinceramente, la falta de su marido reción muerto (“Diálogo”), la enfermedad, la agonía y la muerte de un hombre joven en “Visita del pésame”, la muerte de un joven en “Cuatro filazos”; en fin, la violencia, el abuso y hasta la policía en “La firmita”.

Tanto las situaciones cómicas como las tristes transcurren generalmente a lo largo del diálogo entre dos personajes, uno le cuenta a otro lo sucedido. Para hacerlo, se prefiere el tiempo presente. Así, más que narrado, cada relato es sobre todo un diálogo “actuado” frente al lector, como en el teatro. De ahí la posibilidad real que ofrece el texto a su dramatización casi inmediata…

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Alberto F. Cañas

Morales, Francisco. Alberto F. Cañas.  La República (San José, Costa Rica), 16 de marzo de 1995, p. 18A

Otros hablarán de él como intelectual, periodista y escritor.

Yo pertenezco a una generación –la de 1960– que tuvo el privilegio de formarse políticamente durante la época de oro de Liberación Nacional. El Liberación del decenio del 50: invasión del 55, primera lucha de tendencias, derrota electoral del 58 y las revoluciones boliviana y cubana.

El Liberación del parque Morazán.

Vimos el heroísmo de las batallas de Guanacaste: los Puercos, el Amo, Santa Rosa y La Cruz. Las acciones militares de Marshall, Aguiluz, Domingo García, la muerte de Eloy Morúa y Valdeperas y civiles transformados en soldados como Oduber, Juan Arrea y Beto Franco.

En la Universidad, durante el día recibíamos clases de Rodrigo Facio, el padre Núñez, Carlos Monge, Isaac Felipe Azofeifa y León Pacheco. También de Fidel Tristán, Isamel Antonio Vargas, Carlos Camaño, Alfonso Carro, Eugenio Rodríguez, Carlos José Gutiérrez, Raúl Hess, Bernal Jiménez, José Manuel Salazar, Eugenio Fonseca y Virgina Zúñiga Tristán.

Y por las noches, en el partido en el Morazán, también clases de esos universitarios reforzados por políticos como Figueres, Orlich, Oduber, Monge, Gonzalo Facio, Madrigal Nieto, Volio Jiménez, Molina Quesada, Luis Bonilla, Arauz Aguilar, Garrón, Carazo Odio, Cordero Croceri, Obregón y Solano Orfila.

Había entonces estudio, ideas, planteamientos, idealismos y hasta heroísmo. Universidad, era Liberación.

Y allí estaba Alberto F. Cañas el intelectual, el periodista, el escritor y crítico de cine que firmaba entonces con el seudónimo de O.M. Para los jóvenes, después de Rodrigo Facio, Cañas era el modelo intelectual. Tal vez por eso don Chico lo llevó en 1962 a diputado junto al presidente de la Juventud Liberacionista, Fernando Salazar Navarrete.

En 1970, en campaña electoral se empezó a estudiar la idea del Ministerio de Juventud, Cultural y Deportes y entre broma y serio nos decía don Pepe: “No tenemos ministerio pero tenemos ministro: Alberto”.

Su prestigio intelectual ayudó –políticamente– a consolidar el Ministerio. Y se aleja –o lo alejan– de la política por dos décadas.

Pero ya en su juventud septuagenaria y empujado por otros dos jóvenes, el padre Núñez y Hernán Garrón, se amarra las botas de político y se lanza a la batalla por la precandidatura de José María Figueres.

En la última década, por ejemplo, cuando el huracán neoliberal irrumpió prepotente y altanero también en Liberación, Alberto F. Cañas se mantuvo enhiesto. Liberacionista. Costarricense.

Hoy (1999) en la juventud de sus 75 años lo vemos –prestigiando– la Presidencia de la Asamblea Legislativa. Que siga alumbrando.

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Una entrevista con Carlos Luis Fallas

“Una entrevista con Carlos Luis Fallas”. En: Teatro Carpa, 21 de octubre de 1981, Página 1

Extracto de una entrevista realizada por Alfonso Chase a Carlos Luis Fallas, y publicada por el periódico Excelsior en 1976

– ¿Crees que la literatura debe ser literatura social y nada más?
Creo que sí. El escritor debe servirle al pueblo de Costa Rica, luchar junto con él por una vida mejor, una democracia más amplia, mayor libertad, independencia y disfrute pleno de sus riquezas. No hay nada que justifique otra posición de un escritor costarricense.

– ¿Crees entonces, que no hay oposición entre los que podríamos llamar literatura universal y literatura nacional, o bien, entre literatura proletaria y literatura burguesa?
En este momento comienza en el mundo la etapa de la literatura proletaria. Así como vino la literatura burguesa a desplazar a la literatura aristocrática y de la nobleza ahora viene el período del triunfo, de esta nueva concepción –profundamente humana– de literatura y la vida. Es un proceso de dialéctica. La literatura proletaria entra al juego de mundo y adquiere vigencia para el futuro. Hay en Costa Rica, sin embargo, en el presente una serie de escritores que sin ser proletarios están también haciendo una literatura positiva que en cierta forma responde a las necesidades de nuestro pueblo. Yo no estoy de acuerdo con esas gentes que dicen que en Costa Rica no se puede hacer nada de categoría en la literatura, porque nosotros no tenemos tradición histórica heroica, ni gauchos como los argentinos en sus pampas. Tenemos iguales posibilidades. Lo que sucede es que los temas y los argumentos no se pueden encontrar en una esquina de la Avenida Central. Hasta que podamos profundizar en nuestra patria y encontrar los argumentos en el llano, en las bananeras, en las montañas, las ciudades y sus pobres barriadas: ahí está Costa Rica. Ya se han escrito bastantes cursilerías y ya es hora de explotar directamente los problemas vitales de nuestro pueblo. Quienes se empeñan en seguir escribiendo historias bonitas, más o menos superficiales, ya no están colocadas en ninguna perspectiva. Hay problemas sociales profundos, y yo me pregunto, ¿por el hecho de ser sociales no se pueden tocar con arte? Pues claro que sí. Es nuestro deber. Ahí está el futuro de nuestra literatura. Es mi criterio, la literatura social es la única que puede tener permanencia porque se justifica en nuestra propia realidad.

– ¿Y con respecto a los personajes de tus novelas?
En su mayoría son tomados de la vida real. Hay otros que son formados de dos o más fuentes del mismo grupo humano. Yo creo que la sociedad presenta grupos bien definidos en cuanto a su carácter y a su forma de ser. Personas que misteriosamente pertenecen a un mismo grupo y cuya diferenciación de los otros es notable. No pertenecen, incluso, a una misma clase social. Doña Rosita, por ejemplo, está formada por tres mujeres de distinta condición social y distinto grado de cultura, pero en cuanto al carácter, pertenecen al mismo grupo.
Mis personajes no son creación pura de la fantasía, y por esto, yo no hago plan de trabajo al comenzar una novela. Es que los personajes se mueven, tienen vida propia y se van. Los personajes se escapan. Es imposible controlarlos. Lo que importa, ante una situación específica, es la actitud y la reacción propia del personaje y no lo que a mi me interesaría como escritor. El plan nos limita porque nos obliga a trabajar de acuerdo a unas metas ya previamente determinadas. Si hacemos coincidir a los personajes con el plan, los matamos y hacemos de ellos unos simples títeres.

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La ruta de su evasión

La Ruta de su evasión

Una radiografía, una descripción, o acaso será mejor decir, la disección de una conflictiva familia latinoamericana en los años cuarenta, es lo que plantea esta magistral trama y obra cumbre de la más brillante escritora de Costa Rica en el siglo pasado. La ruta de su evasión fue ganadora del Premio Centroamericano de Novela convocado por el Ministerio de Educación Pública de Guatemala en 1948. En un penetrante esfuerzo de introspección y análisis de caracteres, la autora retrata la conservadora sociedad de posguerra y con gran despliegue de técnicas literarias innovadoras, describe cómo se cruzan en ella las almas de una estirpe atormentada. Don Vasco, un hipócrita jefe de familia que proclama rectitud y verticalidad, aunque es incapaz de dar el ejemplo, cohabita con Teresa, una esposa oprimida que desde su lecho de muerte lo perdona y justifica ante sus tres retorcidos vástagos que se deshacen en angustias y dudas existenciales.

Los diversos tiempos y narradores, el fluir de la conciencia, el soliloquio y hasta el diálogo interior que viven los neuróticos personajes, hacen de La ruta de su evasión una obra compleja, pero, al mismo tiempo, son esos recursos vanguardistas los que le imprimen una profundidad psicológica y social rara vez alcanzada por los escritores latinoamericanos de su generación. Yolanda Oreamuno nació el 8 de abril de 1916 y en Costa Rica todavía cimbra el recuerdo de su belleza física e inteligencia deslumbrante. Dos virtudes que se tornarían un asedio para su espíritu generoso y que la llevarían a emprender un destino trágico que incluye el abandono de su tierra, la irreparable pérdida de casi toda su obra, una jornada de privaciones en los Estados Unidos y la muerte triste y dolorosa en México, el 9 de julio de 1956, en casa de su amiga y también excelsa poeta nacional, Eunice Odio.

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Joa­quín Gu­tié­rrez, con­tem­po­rá­neo de to­dos los hom­bres

Cortés, Carlos. “Joaquín Gutiérrez contemporáneo de todos los hombres”. Revista Nacional de Cultura: Págs. 8-12, 1993 (fragmento)

¿Quién es Joaquín Gutiérrez?

Ajedrecista de talento; editor de éxito —diez millones de ejemplares en la editorial Quimantú, en el tiempo de la Unidad Popular, hablan por sí mismos—; escritor para niños de una sola obra que le ha dado la vuelta al mundo —en 80 ediciones y más—; novelista de fama y traductor de genio  —empezó con Mao Tse Tung y terminó con William Shakespeare, algunos dicen que mejorándolo—. Todo eso es y no es Joaquín Gutiérrez. Todo eso es y no es suficiente.

Militante comunista por 60 años: amigo de Neruda y de Allende…., corresponsal de guerra en Vietnam: testigo de la revolución cultural de Mao y del deshielo de Krushov, nigromante confeso; navegante con regreso y Odiseo pródigo; fumador inclaudicable; palabrero; amiguero y amigable; visionario y socialista utópico; mirador de absolutos; gozador de felicidades; vividor de bondades; dicharachero; poeta; cuentero y amigo de sus amigos; soñador de todo lo soñable: decidor de todo lo decible.

Todo eso es y no es Joaquín Gutiérrez. Todo esto y más, pero sobre todo, simple y llanamente escritor. Y no ha querido ser otra cosa más que eso en el mundo.

Su vida se ha trenzado y transado, tejido y destejido en palabras. Su vida ha sido un nudo interminable de palabras, una continua transpiración de tinta, una red de sentido detrás del gran significado de la vida, de la gran balada universal de la que hablaban los antiguos”…

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Un siglo de Concherías

Bermúdez, Manuel. “Un siglo de concherías”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 11 de diciembre de 2005, p. 2

 

Aquileo Echeverría, además del consagrado poeta, fue un personaje curioso, entusiasta como un niño.

A cien años de la publicación de su primera edición, aparecida en 1905, cabe volver sobre una de las obras esenciales de la literatura costarricense, el conjunto de romances del poeta Aquileo J. Echeverría, conocido como Cónchenos y que recientemente tuvo una cuidada edición por parte de la editorial Legado.

Aunque este autor ha sido convertido en toda una institución y muchos esperan de él una figura solemne que recogió el habla popular como una rareza, lo cierto es que Aquileo es el poeta de Costa Rica, pero a la vez es una figura curiosa, inquieta como un niño, entusiasta, pícaro y uno de los hombres proverbialmente más simpático que ha teñido este país.

Aquileo y la bohemia. El díscolo muchacho que aborrecía las lecciones nació en San José, el 22 de mayo de 1866. Se enlistó en el ejército para ir a luchar a Nicaragua contra Justo Rufino Barrios en 1885, pero como la guerra terminó a poco de empezada, su brevísima experiencia militar le sirvió para desplazarse hasta Nicaragua y probar allá alguna aventura para su espíritu inquieto.

Como le era propio, con simpatía proverbial y su sentido del humor, pronto cosechó amigos. A las puertas de una vida bohemia, de tertulias y literatura, conoció a un dilecto amigo y compinche, el poeta Rubén Darío.

A su regreso a Costa Rica, la decisión estaba tomada, la academia no era para él, su mente inquieta, su espíritu inquieto y su gran sensibilidad lo llevaron a ser lector voraz, pero necesitaba la calle, la aventura, la conversación.

Empezó entonces a publicar con pseudónimo algunos versos y epigramas en periódicos como La República, Costa Rica Ilustrada, El Comercio y en una provocadora publicación que él mismo dirige y que lleva al nombre sugerente de Boccaccio.

En 1887, el gobierno lo nombró secretario en la embajada en Washington por lo que le correspondió asistir a la firma del acuerdo de límites de Costa Rica y Nicaragua.

Al poco tiempo regresó al país, pero su vida errabunda lo llevó a El Salvador donde mantuvo su labor en el periódico La Unión, que en 1889, llegó a dirigir su entrañable amigo Rubén Darío. Pero Aquileo vuelve a Costa Rica y poco tiempo también Darío.

Nuevamente vuelverían a coincidir en labores periodísticas. Una elocuente nota que envió Darío a Aquileo, y que se mantuvo guardada como recuerdo, refleja la cotidianidad de aquellos compinches.

Dice: Aquileo: “Si contribuís con un peso, vamos a almorzar juntos. Vino a discreción. Pero ya”. Rubén: “Búscame por la ventana de la oficina. Pero antes contéstame con el portador sí o no”.

Pese a su cercanía con el portento poético de Rubén Darío, Aquileo Echeverría arriesgó con una forma literaria propia, inédita y que consistía en una producción poética a partir de guardar la mayor fidelidad posible al habla popular.

Las andanzas de estos dos escritores y bohemios los separaron cuando el tico viaja a Guatemala, donde trabajó en periódicos y hasta puso un café que fue centro de tertulia intelectual, mientras el nica viajó a Buenos Aires.

Pero una vez más la aventuras empresariales del poeta nacional fracasaron, y volvió a Costa Rica. Desde la capital argentina le escribió su amigo y le dijo: “Hágase serio por una vez en su vida y véngase para acá”.

Pero Aquileo no acogió la propuesta de marcharse, aunque quizás sí la de ponerse serio, pues se casó con María Dolores Flores y se fue a vivir a Heredia en la finquita que le regaló su suegro.

En esos años recogió el material esencial de sus historias de conchos, pues en casi todas fue testigo o protagonista. Puso una pulpería, condenada también al fracaso de sus torpes manejos administrativos, pero que le sirvió de vínculo con el hacer y decir de sus vecinos campesinos. Darío celebró los romances de Aquileo y sin dudas lo llamó el poeta de Costa Rica en un prólogo elogioso que se ha respetado en muchas de las ediciones posteriores a la de 1909.

El decir campesino. La atrevida obra del joven poeta apareció junto a romances, poesías y otras formas poéticas en muchas revistas de la época y la demanda de sus lectores hizo que las reuniera en algún volumen.

Al presentar la primera edición de Concherías, Roberto Brenes Mesen, señaló el valor literario de esta propuesta, e incluso su importancia filológica, pues muchas palabras señaladas como impropias son arcaísmos y algunas responden a leyes fonéticas que rigieron la formación del castellano.

Incluso, titular estos romances con el nombre de Concherías, ya es toda una declaración por parte del autor, pues, según dice Brenes Mesen, el término “concho” para referirse al campesino apenas tiene pocos años de ser utilizado por los costarricenses, en particular por los josefinos.

En su estudio Ángela Baldares retoma ese valor filológico de las Concherías, al transcribir intentando la mayor fidelidad posible al habla popular.

Con el análisis fonológico, morfológico y sintáctico de estos versos demuestra el valor que tienen para el estudio de la lengua y su comportamiento en el pueblo costarricense. Esto sólo fue posible por el interés del mismo autor de mantener una grafía correspondiente a la pronunciación.

Este respeto no fue visto de esta manera y, con torpeza, aunque quizás sin mala intención, el texto ha sufrido supuestas correcciones que hicieron que algunas ediciones se consideren completamente intervenidas y alejadas de la intención y valor por el que el mismo Aquileo apostó.

La grafía de Concherías varía en las distintas ediciones, por ejemplo, la de 1927. El celo correctivo de filólogos y editores hizo que en varias ocasiones fueran sustituidas las “y” por “ll”, la “b” por “v” y la “s” por “c”, según la norma gramática, pero con eso irrespetaron el intento del autor de señalar que las pronunciaciones “U”, “v” y “c” no existen en el habla del campesino tico. Estos errores de excesivo celo correctivo se mantienen, aunque quizás de manera más justificada, en la edición de Clásicos del Istmo, colección que impulsó el gobierno guatemalteco de Arévalo Martínez en 1948, con un bello prólogo de Georgina Ibarra.

El mismo Aquileo J. Echeverría destacó en la edición de 1909 en Barcelona que la publicación contaba con su propia corrección y revisión, pero esto tampoco fue respetado por el voraz entusiasmo de los correctores.

Situación que recuerda una caricatura de Quino en la que una trabajadora doméstica ordena no solo el desbarajuste en la sala de un apartamento, sino incluso los elementos de una reproducción de Guernica que cuelga en la pared.

Según la doctora María Amoretti, de orientación sociocrítica, se pueden plantear al menos dos hipótesis, al respecto de las correcciones. Por un lado, el intento de reducir la dificultad del lector al topar constantemente con formas escritas que le son desconocidas. Por otra parte, un celo de corrección asentado en la percepción que los editores quieren promover del costarricense.

Amoretti, quien ha estudiado con especial interés a ese otro referente de la identidad literaria costarricense que es Manuel González Zeledón (Mogón), así como al autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, José María Billo Zeledón, no deja de destacar que ambos eran primos de Aquileo.

En estas tres figuras se asienta mucho de la imagen que el costarricense ha aprendido de sí mismo.

Aunque, al igual que Magón, Aquileo tiene un matiz de humor infranqueable, éste se debe a la comicidad propia de las situaciones que escribe. Sin embargo, no deja de existir un tinte burlón, choteador que prima en la idiosincrasia costarricense.

Últimos años. Aquileo J. Echeverría enfermó en 1902, precisamente en los años en que su labor era más productiva y en que había definido con claridad su devoción al habla y costumbres nacionales. Con apoyo del gobierno viajó a París en agosto de 1908, para intentar algún alivio y para realizarle uno de sus sueños. Pero en la capital francesa mantuvo su vida alegre. Luego viajó a Barcelona, donde editó a principios de 1909 sus Concherías con una dedicatoria a Manuel María Peralta, una presentación de Antonio Zambrana y el célebre prólogo de su entrañable Rubén Darío.

Murió el 11 de marzo de ese año, poco antes de cumplir 43 de vida. El 22 de mayo del año próximo (2006) se cumplirán 140 de su natalicio.

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Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos

Víctor J. Flury. “Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos”. La Nación (San José, Costa Rica),  11 de julio de 2003, p. 19A


Byron Moreno / La Nación

El libro de Joaquín Gutiérrez, Cocorí, está hoy en el ojo de la tormenta. A 56 años de su publicación, y en medio de un debate que no cesa, pocos recuerdan que este ya clásico cuento pertenece a la literatura, no a la historia de las ideas o de las doctrinas.

Pocos recuerdan, asimismo, que a lo largo de sus 80 páginas lo que se desarrolla es una fábula selvática y apasionada, a partir de las andanzas de un chico negro en busca de la verdad.

La verdad de la existencia ¿Qué duda cabe?, cuyo símbolo es una rosa, como la flor es el símbolo existencial de El principito, obra maestra de Saint-Exupéry (“soy responsable de mi flor…”, declara el principito); y comparo los dos textos porque ostentan el mismo tono y un similar afán de aprender de la realidad, aunque Cocorí guste más de la picaresca que su hermano de ficción.

La relectura de Cocorí permite, ahora, apreciar dicha semejanza oculta y ver cómo Joaquín Gutiérrez nos remite al término de su faena hacia una categórica elección entre vivir y durar.

Vivir y durar. Vivir es lo que hace la rosa, darse íntegra a la dulzura y el perfume; durar, lo que hacen los centenarios don Torcuata, temible caimán, o Talamanca la Bocaracá, terrible serpiente, ambas extendidas a lo largo del tiempo de un modo mezquino y perverso.

¿Y qué es lo que pone en marcha toda la aventura? El precoz amor del güila por una chica rubia; y aquí hay un corto respingo de la trama: el contacto inicial de la chica y Cocorí provoca una crisis (de extrañeza en ella, de vergüenza en él) que ha llevado a algunos críticos a hablar de discriminación, de antinegritud.

Una calificación que, a mi juicio, es errónea y precipitada. Porque el relato sigue, y los protagonistas de la escena superan la discordia y rectifican el pasmo original.

La otredad no dirige, entonces, el cuento. Al revés: la escritura, de acuerdo con sus reglas, traza el conflicto y le aporta una solución que (creo yo) reconcilia los espíritus.

“Cocorí soy yo”. ¿Qué diría Joaquín Gutiérrez de su protagonista, en caso de que pudiera terciar en la polémica? Algo vecino, supongo, a aquella gran frase de Flau-bert respecto de su mejor novela (también muy discutida): “Madame Bovary soy yo”, lo que –en el punto que abordamos– arrojaría el siguiente resultado: “Cocorí soy yo”. Una definición exacta. Porque el autor, hoja tras hoja, se identifica con su criatura negra y es igual a Cocorí; y desde tal perspectiva retrata el mundo que lo rodea y sus mecanismos básicos.

Que esto haya ocurrido en 1947, y dentro de Costa Rica, no deja de causarnos perplejidad. Eran épocas en que las sociedades occidentales no percibían a los afro-caribeños: los negaban llana y lisamente.

Discurso literario. De allí que Cocorí, el cuento, y Cocorí, el personaje, representan un hito en la crónica de los derechos humanos; y habría que pedirles a quienes piensan lo contrario que traten de compaginar dos cosas: la situación del país a fines de los 40 y las características del discurso literario que, a menudo, es tan imperfecto como lo que pinta y a su vez tan revelador como lo que adivina.

Por ejemplo, el libro adivina la necesidad ecológica mediante un sugestivo rodeo: personifica a la tortuga, el mono, el hombre… y los reúne gracias a un objetivo, una leyenda comunitaria, un mito natural, mientras teje afinidades y armonías.

Siento que Cocorí es nuestro Principito; y el hecho de que el héroe sea negro no me parece un hecho baladí. Al contrario, fue y es un acto inspirado del escritor, de cuyas cenizas –a la inversa de lo que dice el refrán­– todavía queda mucho fuego.

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Cocorí

Cocorí

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Esta es la mágica historia de un intrépido negrito que, en busca de respuesta a una inquietud filosófica nacida del afecto a una niña, emprende una peligrosa travesía en plena selva tropical con peripecias que ponen a prueba su ingenio y valentía. Las ilustraciones de esta edición fueron hechas por Hugo Díaz,  gran maestro costarricense de la plumilla y el color.

Joaquín Gutiérrez, figura emblemática de la literatura costarricense, es sin duda, el más internacional de sus escritores.

Ha publicado seis novelas (Manglar, Puerto Limón, La hoja de aire, Cocorí, Murámonos Federico, y Te acordás hermano), tres de ellas traducidas a doce idiomas y premiadas en Chile, Cuba y Costa Rica; tres poemarios (Poesía, Jicaral, Te conozco mascarita); cuatro libros de viajes (Del Mapocho al Vístula, La URSS tal cual, Crónicas de otro mundo y Vietnam: crónicas de guerra); uno de memorias (Los azules días), y cuatro traducciones de Shakespeare (El rey Lear, Hamlet, Macbeth y Julio César).

En China tradujo diversas obras de Lu Sün y Mao Tse Tung. Miembro de la Academia Costarricense de la Lengua, posee el Premio Nacional de Cultura, máxima distinción literaria que otorga su patria; la Universidad de Costa Rica le confirió el Doctorado Honoris Causa y, al concluir 1999, el diario La Nación lo declaró personaje del siglo en la literatura nacional.

Candidato a la Vicepresidencia de la República en dos elecciones, ha sido condecorado por los gobiernos de Chile, Nicaragua, Polonia y Cuba. Su busto en bronce se exhibe permanentemente en el Teatro Nacional de su país.

Cocorí tiene una notable historia de trotamundos. En 1947 obtuvo en Chile el Premio Rapa Nui, fue posteriormente publicado en inglés, francés, alemán, portugués, ruso, ucraniano, holandés, eslovaco, lituano, búlgaro y, con patrocinio de la UNESCO, en sistema Braille para ciegos. Ha sido numerosas veces llevado al teatro en Alemania, Checoeslovaquia, México, Perú, Ecuador,Venezuela, Colombia, Argentina, Chile y Costa Rica. Con el auspicio de la Unión Europea integra una colección destinada a tres mil bibliotecas de los países de América Central. En la actualidad circulan sendas ediciones en Argentina, Costa Rica, Honduras y Cuba.

Reseña de Cocorí

Portadas de Cocorí al rededor del mundo

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