Ginger sin Fred

Cañas, Alberto. “Ginger sin Fred”. La Nación. (San José, C. R.), 15 de mayo, 1993. Sección D, p. 1

 

La pantallita del televisor ha obrado un milagro: ha pasado del usual colorido brillante, ofensivo, puede que natural y trasunto auténtico de lo que vemos continuamente, al grave blanco y negro, signo de lo añejo, de lo antiguo, de aquellos tiempos en que las pantallas –a veces enormes pantallas- nos servían para soñar y no para vernos reflejados en ellas con nuestros vicios, nuestras frustraciones, nuestras violencias y nuestros complejos. Comprendo ahora mejor el significado oculto de esa transición –para algunos meramente tecnológica- del blanco y negro al color, al color estruendoso: esto sirvió para que los hombres de este siglo, que nos hemos pasado buena parte de nuestras vidas contemplado imágenes en pantallas de distintos géneros y tamaños, comprendamos que las pantallas dejaron de ser ventana para ser espejo. Las imágenes en blanco y negro carentes de ese elemento brutalmente realista que es el color (color que ahora puede uno acentuar o suavizar si lo desea) eran francamente irreales, con conciencia de serlo. Eran sueños. Eso es lo que eran. Y la pantalla nos servía para soñar; para salirnos de nuestro mundo, quisiéramos o no, y deslizarnos en otro. ¿Mejor, peor? Simplemente otro.

Frente a mis ojos está Ginger Rogers, y canta una vieja canción, perdida desde entonces, de aquellas que Irving Berlin componía para ella, para que ella las cantara sin Fred. Fred no está en la pantalla. Mi viejo rival Fred. Viejo por lo antiguo, viejo por su edad: tenía por lo menos veinte años más que yo, y se alzaba siempre con aquel dechado de feminidad, de atractivo sexual (sensualidad decíamos entonces) franco, inocente pero apabullante que era Ginger.

Ginger está cantando. Instintivamente, acerco mi sillón un poco más al televisor. Como en aquellos tiempos en que uno concluía que desde la primera fila de lunetas, no es que se pudiera ver mejor a Ginger: es que tal vez pudiese verse más de ella; algo más de lo que los preciosos calzoncitos con que cantaba y bailaba estaban diseñados para mostrar. Un descuido de Ginger, un descuido del camarógrafo, una inclinación mayor del escote, lo que fuera.

En aquellos tiempos, yo no sé si todos los que teníamos quince y dieciséis años estábamos enamorados de Ginger. Pero yo sí lo estaba. Y ese es la realidad que estoy afrontando en este momento. Contemplado ahora a Ginger tal como era, juvenil, refrescante, sonriente, acariciando o enardeciendo con su vocecilla de pájaro, me doy cuenta de que, sin saberlo, el adolescente que yo era, que yo soy, estaba enamorado de ella. No con el amor romántico y pretendidamente becqueriano que dedicábamos a las colegialas de entonces –respetables matronas luego y hoy- sino con un amor de verdad cuya índole no conocíamos, imbuidos como estábamos de la moralidad de las abuelas, para quienes una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa. Pero al ver y escuchar otra vez a Ginger, a ese milagro que es Ginger intacta, Ginger por la que no han pasado los años, Ginger que tiene hoy –frente a los muchos míos- los mismos veintipico que se lleva Fred después de noventa minutos de película, lo comprendo plenamente y sin ningún género de titubeos: de esa Ginger sin mácula, yo estaba enamorado. Yo algo más grave: lo estoy en este momento. De esa imagen que canta y baila (sin Fred) para mí, estoy enamorado. Yo sé que en alguna parte, probablemente en un apartamento de Nueva York a cuarenta metros del suelo, hay otra Ginger, la que algunos llamarían la Ginger de verdad, una octogenaria fuertemente maquillada que goza de un merecido retiro. Pero aquí, en mi sala, frente a mí, está la Ginger que amé, la Ginger que amo. Y esta es, para mí, la verdadera, la genuina, la auténtica. Tan real es para mí esta guapísima chica que canta y baila, que hago un gesto que nunca hice desde las lunetas de la primera fila: extiendo la mano para ver de tocarla.

Y la toco. Sí, mi mano ha acariciado el rostro de la Ginger que amé y que amo; y en uno de los ademanes de su canto, su mano ha rozado la mía. Se ha producido un contacto.

De alguna manera, mi mano trata de deslizarse por su cuello y tomar la nuca de esta Ginger que canta. Lo consigo. Me he apoderado de ella. Me he levantado, ¡claro!, del sillón y la he rodeado con mis brazos. Estamos bailando.

No sé, y a nadie le importa, si es que me introduje en la pantalla, o si Ginger –esta Ginger de veinticinco años que ninguna relación tiene con la que vive en ese apartamento de Nueva York que he inventado- ha entrado a este aposento donde se halla mi televisor.

No creo haberme rejuvenecido. El hombre que baila en este momento con Ginger es el mismo que hace cinco minutos estaba en su sillón contemplando a una Ginger de cincuenta y pico de años atrás. No se ha producido dentro de mí ningún fenómeno que me autorice a creer que he retrocedido en el tiempo. Lo que sucede es que me siento intemporal y puedo tener los años que desee, todos. Y estoy bailando con Ginger. No como bailaba con ella aborrecido rival Fred, sino como yo, en aquellos tiempos, bailaba con mis colegialas. Mi mano es su espalda, la suya en mi cuello, cheek to cheek, bailamos sin complicaciones, como una pareja de enamorados un poco torpes en esas artes. Para bailar conmigo, Ginger ha olvidado todas las exquisiteces y filustrías de la bailarina profesional, para convertirse en la sencilla muchacha que de desliza por el piso con su novio. La música, claro, es la misma que sale de la película, la olvidada canción de Irving Berlin.

Debo hablarle. Se me ocurre decirle en español “ ¿Bailarías conmigo así, siempre …?” Y ella me contesta en inglés (sin subtítulos porque yo no soy parte de la película): “Always”. No hablamos más.

Estoy enamorado de una mujer que no existe. O que existe en otras condiciones y con otro aspecto. Estoy enamorado de una sombra, podría decir alguno que no entiende. Tal vez la sombra sea yo.

La banda sonora de la película anuncia que va a llegar Fred. Mi compañera de baile me dice, en inglés, que debemos separarnos. Nos separamos, y en algún momento estamos cogidos de la mano con los brazos extendidos, como en alguna película –o en todas- lo hicieron Ginger y Fred. ¿Nos volvemos a ver? La respuesta es que sí, que cada vez que ella llegue a la pantalla del televisor…

Regreso a mi sillón. Contemplo a Ginger conversar con Fred. Pero ya no odio a Fred. Porque ahora sé a quien es al que verdaderamente ama la diosa.  Madrid, 20-5-91.

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Prólogo

Morales, Carlos. “Prólogo”. En: Gutiérrez, Joaquín. Vietnam crónicas de guerra. San José, Costa Rica. Editorial Legado, 2002. P. 9-11

Para estas cosas de la historia, veinte años son un buen término. Es un período adecuado a la comprensión en escorzo de los fenómenos político sociales, con la ventaja de que, al cabo de dos décadas, la legislación de los Estados Unidos permite ventilar ciertos documentos del Pentágono y de sus organismos de defensa, que durante el correr de los hechos permanecían en secreto.

Por eso no es de extrañar que Vietnam se haya puesto de moda en los ochenta. La prensa, los investigadores, todos los medios de comunicación y el cine en particular, han tenido mejor acceso y documentación más segura sobre lo que fue aquella guerra. La cadena de películas sobre la gesta de Indochina es buena prueba de que esa guerra de los 60 alcanza hoy nueva repercusión. “Regreso sin gloria”, “El cazador”, “Apocalipsis now”, “Platoon”, “Full metal jackett”, “Hamburger Hill”, etc., son una muestra de ese gran interés.

Pero además la guerra de Vietnam se dio en un contexto muy particular en las relaciones del mundo. Los años sesenta son la época de los Beatles, de las revueltas de mayo en París, de la matanza en Tlaltelolco, de la Revolución Cultural en China, de las manifestaciones en Berkeley, de la aparición de los hippies, del Che. En fin, toda una época para, inspirar nostalgia y señalizar rumbos.

Es natural entonces que ese despertar de los sesenta, ese resurgimiento de las atrocidades de Vietnam sea también interpretado y visualizado desde nuestro prisma occidental. Recuperamos sus imágenes y su historia, desde un enfoque doliente, nostálgico y distorsionado por la diversidad de valores que nos separan del heroico pueblo peninsular.

Joaquín Gutiérrez, el más certero novelista de Costa Rica y uno de sus periodistas andariegos más experimentados y en mejor posesión del lenguaje noticioso-literario, nos trae ahora —con estas “Crónicas de guerra”— un Vietnam distinto. Un Vietnam mucho más real y verídico, en el que no figuran aquellas páginas engañosas de la prensa ni los corresponsales maniatados por su agencia.

El suyo es un Vietnam desde adentro, contemplado desde las llamas de esa ametralladora que en un abril como este derribó —hace veinte años— el avión número 1.000 de las fuerzas invasoras. Es el Vietnam bizarro de los campesinos espectrales que combaten como hormigas heroicas para salvar la soberanía y la dignidad de la tierra que los alumbró. Es la Indochina secular y maravillosa de ese bardo llamado Ho Chi Minh, a quien el propio cronista tuvo ocasión de entrevistar.

El libro de Joaquín Gutiérrez, reportero, convoca muchas satisfacciones en el rescate vívido para la memoria colectiva de todos nuestros pueblos, con un estilo vibrante, preciso, fresco, de admiración, de ternura y con limpio sentido del humor. Y contempla también dos enseñanzas que quisiera resaltar: una la juventud indoblegable de un escritor revolucionario que, en la cumbre de sus 70, sigue tan firme, joven y leal a sus principios de una vida, como si acabara de velar las armas en el templo de Minerva. Y la otra, la fuerza crepuscular de ese pueblo indómito que en medio de las penurias más asombrosas y los sacrificios más increíbles, hizo valer su garra y alteza hasta derrotar y poner en fuga al último de los intrusos.

Es este un libro hermoso, rico de contenidos, nostálgico, aleccionador y pleno de enseñanzas para nuestro futuro. Se juntan en él ambas fuerzas: la del escritor comprometido que arriesgó su vida y afiló su pluma por una causa que le apasionaba; la de un pueblo admirable que le ha enseñado al mundo que cuando se tiene decoro, no hay expoliador posible —por grande y amenazante que sea— capaz de imponer su jáquima a una población erguida.

Apenas para Centroamérica. Apenas para nuestro tiempo  y nuestros rostros mestizos y hambreados. Y todo en un hermosísimo estilo que rompe las barreras entre periodismo y literatura, y entre los dos discursos, la trágica realidad y el artístico relato.

Una visión inusual y oportuna de ese Vietnam que nos marcó a todos, que marcó al mundo, y se volvió inolvidable.

Carlos Morales

Abril 1988 – octubre 1999

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Un Pícaro en la Asamblea

Azofeifa, Isaac Felipe. “Un pícaro en la Asamblea. “Semanario Universidad (San José, Costa Rica), 27 de mayo de 1983 (Fragmento)

Alberto Cañas acaba de sacar en la Editorial Costa Rica su último libro. Se titula La soda y el F. C. y lleva un subtitulo: Biografía de una partida específica. Es un relato simple que deja un sabor a cuento largo porque no llega a alcanzar la complejidad narrativa de una novela corta. En realidad, parece pensado como un episodio más de esa obra más basta que esperemos ver desarrollarse, y que llegará a tener su buen título: Historias de San Luis, por ejemplo.

Uno se pregunta por qué no se ha hecho en Costa Rica la segunda edición de Feliz Año, Cháves, Cháves, cuya primera edición, de 1975 en Buenos Aires, debe haber circulado muy poco entre nosotros. Y es que esta no es solo una de las mejores obras de nuestra narrativa contemporánea, sino que con ella inaugura Alberto Cañas la saga de nuestro pueblo y de nuestro siglo. Radica en el mismo San Luis nuestro autor la historia de Uvieta, (1980) que es una obra maestra de nuestro teatro. Y ahora, contando la hazaña del diputado por San Luis, Lesmes Arrieta, nos agrega la tercera de sus obras al propósito estético-literario de ir penetrando en la carne, la sangre y la moral de nuestros prójimos sanluiseños para que los ticos nos veamos en ellos como en un espejo.

San Luis va adquiriendo un valor claro de símbolo. San Luis es Costa Rica misma. Pero la Costa Rica rural, aldeana, que se resiste a desaparecer y sigue profundamente anclada en nuestras provincias, en los cantones, en los cientos de pueblos silenciosos pero presentes como el San Luis de Alberto Cañas.

La intuición de Cañas no es nada simple, también ha visto que la ciudad sigue un destino diferente: el cambio de su sociedad, de sus instituciones, de sus costumbres, es lo que nos ha ofrecido en su novela corta Una casa en el barrio del Carmen y luego en su obra dramática tan melancólica por eso mismo: Ni mi casa es ya mi casa.

Lo mismo que le admiramos en su teatro, en su narración despliega Alberto Cañas sus cualidades de humor jovial y aguda observación irónica de nuestras costumbres y de nuestra gente. Especialmente rico en sorpresas de estilo es su hábil manejo de los matices de nuestra lengua hablada. Y sabe colocarlos con clara intención de castigar con la risa de la sátira amable nuestras costumbres expresivas. Jerga de los educadores, de los técnicos, de los hampones, de los abogados, y de los diputados junto con los burócratas.

Pero en La soda y el F. C. lo mismo que en Feliz Año, Chaves, Chaves, nuestro gran narrador y dramaturgo pone en juego mucho de su experiencia en los ajetreos políticos de muchos años….

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