Calufa, investigador

Molina Jiménez, Iván. ʺCalufa, investigadorʺ. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 27 de abril de 2013, p. 34A

En la literatura costarricense, a Carlos Luis Fallas Sibaja (1909-1966) se le considera fundamentalmente un autor de novelas y relatos, justamente célebre por obras como Mamita Yunai, Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez y Mi madrina.

Fallas, sin embargo, fue también un escritor de ensayos políticos, sociales e históricos, como se puede apreciar en el libro De mi vida, que acaba de publicar la Editorial de la Universidad Nacional.

De los materiales incluidos en esa obra, hay tres ensayos que son de particular interés, ya que para elaborarlos Fallas realizó un detallado trabajo de campo con el fin de conocer las condiciones de vida y laborales de ciertas categorías de obreros y productores agrícolas.

El primero, publicado en diciembre de 1933, se refiere a la situación de los barreteros en el Caribe y a sus conflictos con la United Fruit Company. Este estudio constituye un antecedente fundamental del relato “Barreteros”, que Fallas terminó de escribir en 1941 y publicó en 1954.

En una línea similar, el segundo ensayo, publicado en agosto de 1935, explora el mundo social de los mineros de Desmonte y de los campesinos de las áreas aledañas, enfrentados con los intereses de dos empresarios extranjeros. Curiosamente, esta importante contribución de Fallas no ha sido considerada por los historiadores costarricenses y extranjeros que décadas después analizaron la problemática minera.

Finalmente, el tercer ensayo es el más conocido de todos, dado que circuló como folleto en 1960 y fue reimpreso en 1978: “Don Bárbaro”. En este trabajo, cuyo título evoca la célebre novela que Rómulo Gallegos publicó en 1929, Fallas analiza la concentración de la tierra en Guanacaste y, especialmente, la lucha de los pequeños y medianos productores agrícolas por defender sus propiedades, amenazadas por lo que él denominó “el latifundio de los Morice”.

Los dos primeros ensayos referidos evidencian ya los tempranos esfuerzos de Fallas por observar, describir, recoger testimonios, revisar documentos, verificar la información obtenida, ordenarla, comparar resultados y analizarlos. Las capacidades indicadas encontraron su mejor expresión en “Don Bárbaro”, que destaca por una mayor exhaustividad en la recolección, sistematización y análisis de los datos.

Por estos ensayos, y otros que también están incluidos en De mi vida, Fallas debería empezar a ser considerado como una figura relevante en el desarrollo de las ciencias sociales en Costa Rica. Imaginativo practicante de la historia oral, fue también pionero en la construcción de la historia de los trabajadores, de los pequeños y medianos productores agrícolas y de los movimientos sociales.

http://www.nacion.com/2013-04-27/Opinion/Calufa–investigador.aspx

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Concultura denuncia venta de obras. Piratas tras la obra de Salarrue

Ramos, Wendy. “Concultura denuncia venta de obras. Piratas tras la obra de Salarrue”. La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador), 8 de octubre de 2002, p. 14

La obra literaria “Cuento de Barro”, del salvadoreño Salvador Salazar Arrué, Salarrué, es pirateada y se comercializa en varias librerías del país.

Así lo informaron en exclusiva a LA PRENSA GRAFICA autoridades de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), dependencia del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA).

Sin embargo, CONCULTURA no cuenta con estimaciones de las pérdidas ni de la cantidad de ejemplares que circulan. La institución es la dueña de los derechos de autor.

La piratería se descubrió luego de que empleados de la DPI detectaron la venta de libros a precios más bajos del que la imprenta estatal da a los distribuidores.

Ante el hallazgo, la dirección ubicó varias librerías en Sonsonate, San Miguel, San Vicente y Santa Ana que vendían imitaciones.

Mala calidad

La gerente de ventas de la DPI, Claudia Guerra, dijo que en los libros ilegítimos se evidencian las diferencias en la calidad y el acabado de cada ejemplar.

De acuerdo con una representante del Departamento Jurídico de CONCULTURA, Yanira de Soundy, por el momento no cuentan con mayores detalles sobre el lugar donde se imprimen los libros.

Solicitó a la Fiscalía General de la República que investigue el caso.

Un delito difícil de perseguir

Por su parte, el coordinador de la Unidad de Delitos contra la Propiedad Intelectual de la FGR, Adolfo Muñoz, confesó que desconocía este caso.

Sin embargo, explicó que el Código Penal castiga la piratería con penas que van de uno a tres años de prisión, pero hasta el momento no hay ningún caso donde los piratas hayan terminado en la cárcel.

De 2000 a la fecha, solamente se han conocido 10 casos de piratería de libros, cuyos procesos terminaron por la vía de conciliación entre las partes.

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¿Doblegarse? ¡Jamás!

Villegas Hoffmaister, Guillermo. “¿Doblegarse? ¡Jamás!“. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.4

Durante aquellos tiempos de nuestra juventud, unos con tantos o cuantos años más que otros, lo que no importaba para que, en todos los rincones de la nación, los corazones palpitaran al máximo de la violencia de que son capaces cuando lo hacen por amor a algo o hacia alguien, y en este caso la patria, desde las columnas de los periódicos con mayor o menor razón, una pléyade de muchachos escogidos por el destino libraban sus batallas. Entre los luchadores de lo impreso destacaba, sin duda, Alberto Cañas Escalante, quien un día dijo a la pluma: -“Descansa, te cambio por un rifle…”. Así lo hizo y cuando estalló la paz, cuando el intelecto debía necesariamente, sustituir a la fuerza, fue escogido para servir cargos importantes de los que otros, en esta publicación, escribirán con mayor autoridad que este mortal.

El momento llegó cuando el recién nacido partido Liberación Nacional fundó un periódico informativo como todos, pero con línea ideológica muy, pero muy bien definida: la lucha por la democracia pura. Nada tenían en este mundo que hacer las dictaduras y, desde luego, su primer Director fue don Alberto Cañas Escalante, quien entendía muy bien la definición martiana de que “el periódico ha de ser tribuna para denunciar, cátedra para enseñar y novia para enamorar”.

Y sin temores de ninguna clase, acompañado de un grupo de jóvenes que hacían, los más, sus primeros pinitos en el periodismo, se lanzaron al ruedo con todo entusiasmo. Cosas y cosillas hicieron que don Alberto dejara la dirección del periódico más no el periodismo, porque el periodista de verdad lleva en sus venas más tinta que glóbulos rojos. En la Nación, diario que ayudó a fundar en 1946, bajo el seudónimo O.M., fue crítico de cine.

Sin dobleces ni medias tinta.

En agosto de 1960 se realizaron en San José dos conferencias de cancilleres de la OEA para conocer temas extremadamente difíciles: una sanción al Gobierno de República Dominicana, feudo del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo, por el atentado, impulsado por ese matarife en contra de la vida del Presidente de Venezuela don Rómulo Betancourt…  Lógicamente era un gran acontecimiento y el Lic. don Fernando Volio Jiménez, en esos ayeres director de La República, pidió a don Alberto que comentara, en una columna diaria, lo que iba sucediendo en aquel trascendental cónclave. Así nació y aún permanece, vigilante, sin dobleces ni medias tintas, Chisporroteos: látigo para los poca pen a, aplauso para los destacados al servicio de la patria. Chisporroteos llegó para sentar cátedra ¡y la sienta! Jamás se ha doblegado pese a que muchas, muchas veces ha cruzado por aguas procelosas de distintas procedencias. Allí sigue airoso como si los años que lleva imprimiéndose fueran pocos.

Otra aventura: nació, para servir a la causa de la libertad, un periódico que sentó cátedra, que varió el panorama informativo del país: Excélsior de Costa Rica; y allí estaba presente la figura de don Beto Cañas, como uno de sus tres editores. Lo acompañaban en la empresa don Enrique Obregón Valverde, intelectual de altos vuelos y José María Penabad López, periodista de altos quilates. Excélsior marchó a paso de vencedor obligando a la competencia a superarse pero, como sucede con todo lo bueno, en su entorno hubo celos, hubo mezquindad, y Excélsior el mejor periódico de Costa Rica viera durante todo el siglo XX, cerró, casi que vergonzosamente, sus puertas. De nada valió la calidad de sus editores, la calidad de su equipamiento, la aplicación de sus periodistas, no, la rastrera sierpe de la envidia –y aclaro que no de fuera– clavó sus colmillos en el cuerpo del diario y ¡adiós¡ ilusiones, desvelos, empeños, esperanzas y rectitud.

Comprometido con la patria.

Don Alberto regresó al aula universitaria a seguir tratando de hacer de sus alumnos periodistas comprometidos con la causa mayor que es la de la patria, y allí sigue, con juveniles entusiasmados, predicando el santo evangelio del periodismo recto, no venal, decente, valiente y en pos de altas miras.

Pero la labor allí no concluye, no, más bien recién ha comenzado con el programa radial “Así es la cosa”, transmitido a través de Radio Monumental, en conjunto con su viejo compañero de andurriales el Lic. Álvaro Fernández Escalante, y de quien estas líneas escribe. Es una tertulia entre tres veteranos de la vida transitada a plenitud, como sujetos activos más que como simples observadores del diario quehacer en el mundo y, desde luego aquí entre nosotros los costarricenses. Hay látigo y don Alberto, nuestro maestro, lo esgrime con gusto y justicia, hay enseñanza en los relatos de mil cosas realizadas por gentes a las que, vaya usted a saber por qué, se mantiene en el olvido. Don Alberto busca rescatarlas y va lográndolo. A sus fecundísimos noventa años desde el fondo de mi corazón digo: Dios todo poderoso, gracias por habernos dado a Alberto Cañas Escalante. Gracias por haber empujado con tanto acierto las velas del batel que condujo en hora buena a nuestras playas al bisabuelo de don Alberto, el General José María Cañas quien, con su talento, valor y espada escribiera, como lo hace hoy por la prensa escrita, radiada e incluso televisada, su descendiente, páginas esplendorosas en nuestra historia.

¡Salud don Alberto! Dentro de otros noventa años, nos veremos para ver si “Así es la cosa”.

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En los noventa años de Alberto F. Cañas Escalante. La sabiduría nacional

Vargas Araya, Armando. “En los noventa años de Alberto F. Cañas Escalante. La sabiduría nacional”. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.1

Si una persona pierde el rumbo en esta ciudad capital, vuelve sus ojos hacia Las Tres Marías y sabe donde está el Norte, por La Carpintera encuentra el Este o el Sur por el Pico Blanco. Cuando un costarricense requiere orientarse en las encrucijadas cotidianas de nuestra civilización y de nuestra cultura -constreñidas ciertamente pero de nosotros aún-, busca con el entendimiento a don Alberto F. Cañas y pronto recupera el sentido vital. Porque Don Beto, que alcanza la respetabilísima edad de 90 años, es el Norte Intelectual de la costarriqueñidad contemporánea. Se puede estar a favor o se puede estar en contra de sus perspicaces afirmaciones, más su criterio singular es indispensable como término modélico de referencia.

Sí, Don Beto, a secas. Porque a fuer de razonar y de actuar, de escribir y de discurrir a lo largo de las décadas, es, por antonomasia, el Alberto de los Albertos. Así como se reconocen a don Juan Rafael Mora y a don José Figueres por sus honorables renombres sonoros de Don Juanito y Don Pepe, el licenciado Cañas Escalante es, en la admiración, el aprecio y el cariño de sus compatriotas, Don Beto. Dicho sea con el debido respeto, beneméritos se cuentan por docenas, Don Beto solamente hay uno.

Piensa y siente Don Beto con mente y corazón entrañablemente costarricenses. Existe una manera de oler, de saborear, de escuchar, de ojear y de palpar distinta –que no mejor a otras- en quienes, junto con la leche materna, embebieron el ser de nuestra nacionalidad. Es una sensibilidad única, que trasciende la razón pero que él logra aprehender y expresar con su lenguaje culto y fuerte. Consúltese, a manera de ejemplo, su añoso y actual ensayo “Uso y práctica del chunche” en el cual nos define. Sus reflexiones son ágiles, chispeantes, ligeras en la apariencia como profundas en la realidad, entretejidas con el comentario sobre hechos comunes y corrientes de la educación y la cultura, los usos y las costumbres, la política y todo aquello que concierna a la persona. A veces, ese pensamiento resplandece en un feliz manojo de palabras que corren de boca en oído y de oído en boca por academias y autobuses, el hogar o la oficina. Es una voz que habla por muchos.

Heredero de ideales y de valores esenciales para nosotros, pues sustentan la convivencia humana forjada entre estos valles y llanuras, estas montañas y mares, su talante y su talento son de magnífica prosapia. Doña Manuelita Escalante, su tía bisabuela, descolló como intelectual de fama centroamericana en el áureo siglo XX. El general Don José Maria Cañas, su bisabuelo, fue héroe de la Guerra Patria y arquetipo de centroamericano generoso. Lo suyo es oro viejo, no relumbrón reciente. Por eso protege y promueve, con elocuente bravura, el patrimonio espiritual que nos une a todos. Para él, la patria es esperanza.

Es un intelectual de acción, nunca aislado en una torre de marfil. Secretario de actas en el último Gobierno de facto que conoció el país, embajador en Naciones Unidas, vice Canciller de la República, dos veces diputado y presidente del Poder Legislativo, primer ministro de Cultura, Juventud y Deportes, en fin nuestro André Malraux. Por cierto, le duele que su generación se quedara sin formación europea debido a la Segunda Guerra Mundial. A la abogacía que practicó poco y al periodismo que le es inherente, agrega la docencia universitaria, estatal o particular, que ejerce, entre otros motivos, para mantener alerta su ánimo por el contacto con la juventud estudiosa. Su vida es un combate permanente, sin jadear ni descansar, a favor de las mejores causas de la libertad, la justicia, la cultura y la democracia sin objetivos.

Su voz áspera y, si se quiere, bronca, así como una expresión vehemente, pueden velar una personalidad afectuosa y delicada en lo íntimo de la amistad y de la familiaridad. La prosa sutil de sus cuentos y de sus novelas, su poesía suave y tierna, el dramaturgo ingenioso y pulido, reflejan matices de una rica vida interior. Bueno… y hasta hace poco bailaba melancólicos boleros, en dos por cuatro, sobre un ladrillo. Cualquier ciudadano puede abordarlo en la calle, como sus discípulos que realizan diálogos socráticos con él en los pasillos universitarios.

Lector insigne, asumió voluntario el apostolado de la literatura nacional desde la Editorial Costa Rica, las páginas de la prensa y la Academia Costarricense de la lengua. Participa en toda empresa que propenda al impulso de los escritores, a la difusión del libro y al ensanchamiento del público lector. Su gestión ministerial produjo notables series editoriales como “Nos ven” o “Quien fue y qué hizo”, que ahora continúa en la presidencia del Consejo Editorial de la EUNED. Por muchos años reseñaba cada sábado una obra de autor costarricense; me cuento entre quienes ampliaron su horizonte literario gracias a ese impagable servicio cultural.

O. M. es uno de los seudónimos suyos para la crítica de cine y de teatro que, desde diversos periódicos, alumbra toda una época de avance estético del país. Las artes representativas, sobre las tablas y en el celuloide de ayer o el video de hoy, se arraigan, crecen y fructifican con la crítica que ilumina el gusto y educa el alma hacia lo bello. ¿Quién puede imaginar aquel Londres de la primera mitad del siglo XX sin la pluma fulgente de George Bernard Shaw, o aquel San José de la segunda mitad de la pasada centuria sin los espléndidos análisis artísticos y aleccionadores del O. M. de Don Beto? Se impone realizar una antología de sus más sustanciosas columnas de crítica cinematografía o teatral como valioso aporte a la historia del desarrollo cultural en la Costa Rica agrícola e industrial previa a la mundialización de los servicios digitalizados.

Hay un ejercicio puntilloso de ciudadanía vigilante es sus “Chisporroteos” bisemanales, que igual celebran o censuran desde su muy personal perspectiva. Con su acendrado civismo, va, en enunciados sapienciales, del humor a la ironía, de la fisga a la ternura, en pro y defensa de esa evanescente quintaesencia costarriqueña. Su periodismo de opinión es, en verdad, una llama de conciencia encendida; a la manera de Rubén Darío, puede decir: “mi filosofía práctica es mía en mí”. Así, verbo en ristre, ejercitaban sus derechos fundamentales los compatriotas de antaño –de Don Ricardo para abajo-, cuando aún no habían sido emasculadas generaciones enteras por medio de una escuela, de una prensa y de un sistema que en vez de espolear, amansan.

En sus artículos se respeta la autoridad, pero se la escudriña, se la reprocha o se la aprueba con libertad absoluta, sin temor a consecuencias autoritarias.

Es que, guardadas las proporciones, Don Beto es a esta Costa Rica anhelante lo que Ralph Waldo Emerson fue en su tiempo a los Estados Unidos o Michel de Montaigne en sus días a la Francia perenne: la sabiduría nacional. Afortunados nosotros, sus contemporáneos.

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Casa de Salarrué pide auxilio

Reyes, Alfonso. “Casa de Salarrué pide auxilio”. El Diario de Hoy (San Salvador, El Salvador), 7 de julio de 2000

Desde 1996 se trata de instaurar la “Quinta Monserrat” para convertirla en museo y patrimonio nacional.

Casi en la cúspide de Los Planes de Renderos, se encuentra una casa que relata, por sí misma, un trozo de la cultura salvadoreña. Este es sólo un trozo, una valiosa moneda de oro de un gran tesoro nacional, se trata pues, de los últimos días artísticos de Salvador Salazar Arrué en su casa, la Quinta Monserrat.

En este espacio, vivió sus últimos días el célebre escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, dejando con ésta gran cantidad de objetos personales y artísticos que a través de los tiempos han adquirido gran valor cultural.

Actualmente, la Quinta Monserrat se encuentra en grave deterioro por lo que urge sacarla de tal situación, pues la inclemencia del tiempo pretende destruir lo que podría constituirse en un patrimonio cultural salvadoreño con proyecciones internacionales.

Con el fin de salvar a la Quinta Monserrat, la Fundación “Casa de Salarrué” se encuentra en proceso de venta de este domicilio al gobierno de El Salvador a través de Concultura. Ciertamente desde 1994 la casa está a la venta como cualquier otra.

En 1999 el presidente Francisco Flores propuso utilizar parte del presupuesto de la nación para comprar e instalar el centro cultural.

En enero del presente año, aún no se había definido algo concreto, pero en el Pleno Legislativo ya se había aprobado el presupuesto destinado para la compra de la Quinta Monserrat.

En pocos días el presidente de la Fundación “Casa de Salarrué”, Ricardo Aguilar, sostendrá una reunión con Gustavo Herodier, Presidente de Concultura, para formalizar los detalles de compra y venta de la casa, y de esta manera encaminar la Quinta Monserrat hacia un mejor futuro.

La fundación “Casa de Salarrué” no tiene los medios económicos para sostener la Quinta Monserrat, pues esta fundación no cuenta con ayuda gubernamental o privada, por lo tanto el financiamiento para la mayoría de las actividades correspondientes a las obras de Salarrué corren por cuenta de los miembros de la Fundación, que por cierto la conforman Ricardo Aguilar y la escultora Verónica Vides.

Proyecto original

La fundación “Casa de Salarrué” había planeado crear un centro cultural donde se mostraría una gran cantidad de obras literarias, artísticas y otras pertenencias de uno de los escritores que más renombre tiene en El Salvador. Este centro se instalará inicialmente en la ciudad de La Palma Chalatenango, pues “en el año de 1961 Salarrué quería cambiar de casa y vivir allá (en La Palma)” comenta Ricardo Aguilar,

Se renunció a esta idea, ya que “el camino hacia la Palma resulta agotador por lo tanto mucha gente se iba abstener a visitar este centro cultural” continúa Aguilar. Luego, se concibe fundar este proyecto en San Salvador, pero, por limitaciones económicas por parte de la Fundación “Casa de Salarrué”, este proyecto nunca llegó a concretarse.

En la actualidad, la Fundación “Casa de Salarrué”, con el consentimiento de la única hija viva del escritor salvadoreño, Olga Salazar, se moviliza para vender la casa y dejar a cargo del gobierno el legado que Salarrué dejó a El Salvador. Al concretarse la venta de la casa, la Fundación “Casa de Salarrué” desaparece, pues no poseen financiamiento que lo sostenga y mantenga las actividades que se desarrollan a favor de la obra de este escritor salvadoreño.

El legado de Salarrué

En 1986, Maya Salazar hace una entrega legal de las que fueron pertenencias, documentos y obras artísticas y literarias, del escritor Salvador Salazar Arrué, a Ricardo Aguilar. Cuando este legado fue entregado a Aguilar, aún se encontraba en los lugares donde Salvador Salazar Arrué los había dejado, pero “como había pasado el terremoto del 86, y la humedad de Los Planes, entonces encontré papeles vueltos lodos, cosas valiosas entre lodo” asegura Aguilar.

Con la venta de la casa, este legado quedaría en custodia del gobierno de salvadoreño, “pero con una garantía de que eso no se va a perder, que eso no se va a deteriorar” afirma.

Durante los meses de mayo y julio se mantuvo una exposición de objetos y obras de

Salarrué en Santa Ana. Dado el éxito obtenido, esa exposición se mantendrá durante julio.

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Cuentos de barro, de Salarrué

Mistral, Gabriela. “Cuentos de barro, de Salarrué”. En: Repertorio Americano. Tomo 23 (15): 236, 17 octubre de 1931  (fragmento)

Comentó 

El Salvador da sus sorpresas: a mi me ha dado la de un fermento intelectual admirable, la de la levadura que pone a un grupo selecto y que acabará por enliudar al país. No todos están en formación; algunos se hayan formados; son dueños ya de su lengua u aun maestros en algún género. Así este Salarrué, prosista de una originalidad que se podrá apreciar en los cuentos de esta página y persona fascinante en la vida interior que confiesa sin confesar y que le labra la obra de buen modo: de adentro hacia afuera. Antes de ser un escritor ha querido ser un hombre depurado y rematado, artesano lento y seguro de sus potencias.

Gabriela Mistral. San Salvador, octubre de 1981

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Nueva edición de Cuentos de Barro

Menjívar Ochoa, Rafael. “Nueva edición de Cuentos de  Barro”. El Diario de Hoy (San Salvador, El Salvador), 1 de julio de 2000

Una de las más hermosas ediciones de los cuentos del maestro Salarrué, acaba de ser lanzada al mercado por Editorial Legado, de Costa Rica.

San José. – La editorial Legado acaba de lanzar en San José de Costa Rica una magnífica edición el libro “Cuentos de barro”, del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué (Salarrué).

“Cuentos de barro” de Salarrué

La edición fue realizada por el también salvadoreño Sebastián Vaquerano, quien durante casi quince años fuera director de la Editorial Universitaria Centroamericana y que ahora dirige su propio sello editorial.

El libro está ilustrado con los grabados del pintor José Mejía Vides realizados para la edición que publicó en 1948 la editorial Nacimiento, de Chile, y que son prácticamente desconocidos en El Salvador. La portada es un óleo del mismo autor, también realizada especialmente para el libro.

Aunque no se trata de una edición de lujo (su precio es bastante razonable), ésta es seguramente la mejor que se ha hecho en Centroamérica de “Cuentos de Barro”, digna de un editor experimentado como Sebastián Vaquerano.

La idea, dice, es dar a conocer de manera más amplia la obra de Salarrué en Costa Rica (aunque como editor de  EDUCA realizó varios tirajes en rústica de “Cuentos de  Barro”) y, por otra parte, ofrecerle a los lectores salvadoreños un modo de que disfruten el libro ya no sólo por su contenido sino también por su presentación.

“Cuentos de Barro”, en edición de Legado, estará a la venta próximamente en las principales librerías salvadoreñas.

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Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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Carlos Luis Fallas

Montero Vega, Arturo. “Carlos Luis Fallas”. Excélsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976. p. 6.

Aquí vengo de nuevo con las manos heladas

los ojos tristes

y la voz entrecortada,

para decir Calufa,

hermano mío,

escritor a veces, militar a ratos,

obrero entre los  obreros,

definitivamente camarada.

En el cuarenta y ocho vimos

tu estirpe de soldado.

Capitán de los pobres.

General en jefe de los que no tenían

nada que perder, si no cadenas.

Porque la muerte tiene

esa forma tremenda de expresarse,

porque el dolor se vierte gota a gota

hasta la muerte, vengo a decirte :

Tu  voz será siempre nuestra voz.

Tu firme decisión de combate

será siempre nuestra propia decisión .

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos  Ramírez

para llevarlo de nuevo a los bananales

ahora limpios sin yunai, sin policías.

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos Ramírez

y juntos, hombre y poeta,

escritor y obrero,

marcharán por la senda

de los que se han ido,

dejándonos amor, lucha, agonía,

dejándonos bondad, puño, semilla.

Y al final de la brega,

hermano mío,

cogerás de la mano a tu Marcos Ramírez,

porque entonces habrá nacido la simiente,

estarán los campos florecidos,

el pan se comerá con el sudor de la frente,

y tú sonreirás con la sonrisa

de los hombres prudentes.

Arturo Montero Vega (Naranjo, 1924)… compañero de luchas de Fallas

El conversador más ameno

Herrera, Adolfo. “El conversador más ameno”. Excelsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976,  p. 6.

Fue un chiquillo vivo, pero triste por la pobreza, por las necesidades de la casa, porque se sintió sin padre, teniéndolo vivo; porque tuvo que velar por los suyos desde muy joven ; porque sintió en su niñez la dureza de piedra del egoísta mundo de la burguesía. Pero esa tristeza no fue en él la amargura nunca. A veces triste, pero nunca amargado. En sus novelas se revela ese fenómeno. Al final de “Gentecillas”, el personaje que es él mismo, triste por una pena que es de amor y de lucha,se aleja de la escena y en la última página, agita la gorra sobre la cabeza en un gesto tal vez melancólico que no tiene sin embargo nada de amargura de derrota. Un gesto de hombre que quizås ha perdido una batalla, pero que sabe que ganará la guerra. Sobre una infancia triste el chiquillo agita un arrogante pendon de bizarria y de optimismo.

Esa circunstancia no lo arrojó a la desesperación ni a escalar puestos lejos de la miseria poniéndose al servicio de los poderosos.

Sencillamente lo sitúo entre los que llevan en si mismos la simiente del futuro. Se le apareó para siempre al pueblo.

No se ha escrito sobre la inmensa simpatía, cálida de tibieza humana, que despertaba Fallas cuando contaba cuentos y sus aventuras. Y no conozco un conversador más ameno que Fallas. Captaba en el relato la esencia de lo pintoresco, la entraña de lo rídiculo, el alma de la cómico y conociendo y queriendo a nuestro pueblo como él lo conoció y lo quiso reproducía fielmente su habla, sus características. Sus momentos de socarronería, o de nobleza, de viveza o de tontera. Esa comprensión y ese conocimiento del pueblo, rodeandolos de cariño como se rodean de algodones las piedras preciosas….

Oyéndolo hablar se iban las horas muertas. Así como se oía al pueblo en sus palabras y en sus dichos, así olía uno al pueblo, lo palpaba y lo  veía cuando Fallas lo pintaba en una anécdota, en un cuento, en algo que le había pasado en La Linea, en la cárcel, en la pulpería, en una reunión, en un campamento, en la calle, en el bananal o en el taller, el sidicato o el Partido. Ese poder de contar bien, de reproducir fielmente al pueblo, no lo tiene quien no lo ame.

Asi como hay personas que imitan a otras a quienes admiran y que les “pegan” hasta sus tics, sus dichos su manera de andar, Fallas reprodujo el pueblo porque lo quería y lo admiraba. No hay otra explicación. Pero además lo reprodujo, hasta cuando era burlista, con ternura, con la gran ternura de los hombres fuertes, la ternura viril que Shakespeare llamaba la “tibia leche de la ternura humana” sin la cual la Revolución perdería, como un niño huerfano la leche del seno materno.

Cáscara amarga al parecer. Pero dulce por dentro, como esos frutos de carne jugosa que estan envueltos en una cáscara aspera y dura. Cáscara amarga por fuera, quizás  por pudor, porque tenía el pudor de la ternura. Una ternura con pudor es más ternura porque es más verdadera. Bajo el carácter fragoso de Fallas corría un hilito de ternura clara y cristalina que con sólo escarbarle un poco la superficie salía bullicioso y refrescante.

Ya herido de muerte, en la cama, junto a él las muletas, con dolores inhumanos, me conto sucesos de su historia con aquella amenidad, con aquella vida, con aquella simpatía que siempre tuvo y que no lo abandonaron ni por el dolor ni por la cercanía de la muerte, ni por una invalidez que en él era más dolorosa que en otro.

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Adolfo Herrera Garcia (1914-1975), periodista y narrador (“Juan Varela”,1939), obtuvo poco antes de su muerte los Premios Pío Viquez y Garcia Monge de periodismo.