Octubre de sombra corta

Bermúdez, Manuel. “Octubre de sombra corta“. Semanario Universidad. Forja (San José, Costa Rica), octubre 2002, p. 8

Casi todo es sombras, vaguedad. La memoria es flaca cuando se pretende recordar puntualmente un hecho que tiene que ver con un ser querido. Sin embargo, como para desafiar las certezas, vienen imágenes, como ramalazos. Octubre no puede pasar impune; arrebujarse, los aguaceros, el salpicón en el charco, un café humeante, el ulular de la muchacha, un libro de tercera a precio de segunda y de pronto, como un monumento a sí mismo, aparece la enorme figura de Joaquín Gutiérrez.

El mandarín de los Andes desprende una dulce sonrisa de anciano que contrasta con la exageración de sus cejas de ceño fruncido. Tras la sonrisa viene la voz grave, pero las palabras le brotan casi con dejadez, con esa cadencia que tiene el campesino costarricense entre sencillo y suspicaz.

Varado en el medio pasillo, no le niega palabra a nadie y comenta los libros que exponen unas muchachas en su embrión de librería, que no es más que unos estantes con amarillentos volúmenes de la editorial Progreso o Novosti, de fabricación soviética, y algunos manoseados ejemplares de las revistas Internacional y Cuba.

En un octubre 71 años atrás, se encendió la llama de una esperanza para los pobres del mundo, fue el final de un terrible reinado y la posibilidad de una organización social y política distintas, donde primaran los intereses de las mayorías.

Aquella flama inextinguible era ahora apenas un mechero que pervive a los embates de un viento helado. Su escasa lucecita brilla en las pupilas de un hombre que ha visto mundo devorando horizontes.

Sus ojos se refugian bajo el alerón de sus cejas. Ensimismado en recuerdos inabarcables, atiende cuidadoso al proceso llamado Perestroika que se desarrolla en su amada Unión Soviética. A la izquierda de su pecho de viejo comunista se debaten los románticos anhelos de poeta y el pragmatismo del periodista curtido en la corresponsalía de guerra.

Entre los libros en el estante está uno suyo publicado aquel mismo año, la primera edición de Vietnam: Crónicas de Guerra. Esto es para que lo recuerden los muchachos de El Salvador, es un homenaje a ellos, explica el veterano reportero.

En octubre de 1988 Joaquín Gutiérrez estaba parado en el medio del pasillo en la entrada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica, a la puerta del antiguo local del Seminario UNIVERSIDAD. El era miembro del consejo editorial de este suplemento, el muchacho que lo acompañaba era un estudiante de periodismo que lo miraba con respeto de sobrecogimiento ante la soberanía incontestable del baluarte que constituye aquel escritor.

Este octubre presente se descubre a sí mismo con su artilugio de recuerdos. La Unión Soviética es un vago diagrama: Perestroika parece telón de fondo de la versión postmoderna de El aprendiz de Brujo de Paul Dukas; El Salvador calló sus armas, pero todavía obsesionan sus calles los gritos de dolor; el gran autor parece recorrer apresurado la historia con su paso zancudo. Es octubre, de este nuevo siglo, el anterior, el de don Joaquín, ya se acabó.

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Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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