Generación Comprometida y Espiga Amotinada

Argueta, Manlio. Generación Comprometida y Espiga Amotinada. Diario Latino. Suplemento Cultural 3000. (San Salvador, El Salvador), 18 de diciembre de 1993

Roberto Armijo, poeta de mi generación –juntamente con Roque Dalton-, reclamaba allá por los años 58 que los poetas (se refería a nuestro grupo del Círculo Literario Universitario), no tuviéramos un árbol de amate. Un apoyo, un maestro, lo cual debía decirse con eufemismo, dada nuestras proyecciones de rebeldía e iconoclastia. Armijo, originario de una provincia marginada, Chalatenango, podía decir estas frases inocentes, sin reparar que, además, eran también conceptos de su intuición popular campesina. Algunos de sus compañeros reían porque en aquella época de iniciales cambios en la mentalidad de los intelectuales jóvenes salvadoreños, exigir un árbol amate, es decir una sombra donde cobijarse, era admitir la debilidad de sentirnos sin compañía espiritual, en una época heroica que no admitía debilidades. Independientemente que fuéramos o no conscientes de ello: el poeta necesita la sombra del amate, defenderse de la marginación en ese oficio solitario que nosotros empleábamos para exigir todo lo que se negaba a la sociedad civil. Un amate, quería decir apoyo a la palabra, que a nuestra edad buscaba un esclarecimiento frente a tanto silencio y, lo que nos parecía, decrepitud de ideas, inopia en el debate. Los jóvenes poetas comenzamos a buscar y a encontrar por donde hacer fluir nuestra voz. Exigiendo responsabilidad o recriminando a quienes guardaban su poesía para la hora de los honores, agasajos y reuniones diplomáticas; no era fácil pero había que descubrir una vía de la creación literaria hacia el cuerpo social. Comprendíamos que el temor era capaz de ahogar el poema y que la poesía hecha de palabras y retos –aspirando a erigir un vanguardismo literario- no tenía las mejores condiciones para proyectarse. Las sombras del amate, estarían ahí, no en silencio, como todas las sombras, sino acalladas. Nuestra generación irrumpió con sus demandas y, a la vez, con la necesidad de encontrar ideas que fuesen fundamentación a reclamos que se tornaban recriminaciones. A medida que iba creciendo nuestra rebeldía, las actitudes fueron más reflexivas, percibiéndose mucho más justificadas. No podíamos continuar solos. Dejamos de pensar menos en la ingenuidad de la frase de Roberto Armijo y más es sus contenidos reales y de sabiduría. La generación literaria se convierte entonces en gregarismo cultural con ambiciones utópicas. Buscamos arbolitos de amate, por lo menos así los considerábamos porque se podían tocar con las manos y aquerenciarlos con miradas, asombros y admiraciones. Así nos acercamos a Oswaldo Escobar Velado, el poeta que escribe sus libros primigenios “Árbol de lucha y esperanza” y “Cristoamérica”. Sus poemas recogen la memoria social y nos conmueve sobre dos mujeres que mueren en una calle de San Salvador en 1944 y cuyos nombres ya hubiéramos olvidado si no hubiese sido por ese poema: “Romance de las dos mujeres”, dedicado a Altagracia Kalil y Adelina Suncin (Valiente la policía/orden de los coroneles/ en la noche más amarga/mataron a dos mujeres). Otro amate fue Salarrué, quien –según testimonio de Eraclio Zepeda, en una entrevista publicada en Costa Rica- Juan Rulfo afirmó que había dado a la literatura el cuento más tierno y bello escrito en América Latina “Semos malos”. Publicado allá por 1933 y que es premonitorio del drama salvadoreño de esta década con casi la quinta parte de su población acobijada en muchos países del mundo. Emigración que Salarrué registra desde los años 30 con ternura y sensibilidad en dicho cuento. También nos dio su sombra una mujer, a quién amamos todos aunque nunca nos hubiéramos soñado junto a ella: salvadoreña-irlandesa, Claudia Lars. Nuestra Alfonsina Storni, que creía en la verdad de los astros y en las curas maravillosas por medio de hierbas, astros, raíces y duendes. Toda Claudia era poesía, y por eso quizás era aún más bella por dentro, más allá de sus ojos verdes y su piel niña de Jaguar. Y los árboles de amate siguieron apareciendo, ahora más allá de la frontera. Un Neruda que admiramos hasta que nos dimos cuenta que su palabra de ventisqueros, amores salvajes, ríos desbordados y neviscas en los picos andinos, eran más estruendosas de lo que podían soportar nuestra introversión e interioridad heredada de la cultura nahuatl y maya, en silencio aún, pese a los sonidos de la naturaleza por más de quinientos años. Nos acogimos a Vallejo cuya sonoridad y estruendo es hacia la sangre. De grandeza interior como los grandes desfiladeros entre montañas, espejeantes en la luz del agua que fluye al fondo. Comenzamos entonces a conocer el mundo. Se nos hizo más liviana esa carga de la soledad poética. Reparamos que nuestra aldea era también universo si nos abríamos a oir otras voces. La voz de la poesía será siempre la palabra que procrea hermanos. Ovulo y semen compenetrados, que nos hace fruto de una misma rama florida. Había otros arbolitos de amate que nos darían sombra. Comenzamos a encontrarlos: por ahí resonaba el tambor de los cinco de la Espiga Amotinada, (Oscar Oliva, Eraclio Zepeda, Jaime Labastida) poetas de México. Amates de nuestra misma edad. Los teníamos cerca, un poco más allá de la cabeza de quetzal que conforma el norte de la geografía de Guatemala, y acercándose a la cintura femenina de Tehuantepec: los poetas de la Espiga. Su voz nos llegó desde el centro de México, cinco poetas hermanos, tres de ellos nacerían en Chiapas, hermana mayor de las repúblicas de Centroamérica. Nosotros en El Salvador éramos el Círculo Literario Universitario (1956), germen de la Generación  ComprometidaEspiga Amotinada (1950) y ellos, los mejicanos, la Espiga Amotinada (1959). También fue una coincidencia que, además de la raíz común de la poesía, proveníamos de una común y original cultura. Ellos eran entonces hermanos referentes. No estábamos solos ni nuestras actitudes eran irreconciliables con los  movimientos que estaban naciendo en los años 60, con raíces comunes, concitándonos el hecho de estar en el bando de los vencidos. La dispersión y la incomunicación es la pena perpetua de los derrotados. Pero a través de los poetas de Chiapas nos hemos ido encontrando con México, congregándonos en la poesía. Y ellos como ríos afluentes, nos llevaron a torrentes mayores. A varias corrientes fundamentales donde figuraba Jaime Sabines, Efraín Huerta, Carlos Fuentes, López Velarde, Gorostiza, Octavio Paz, Juan Rulfo. Quienes a su vez partían de los poetas abuelos que escribieron en la corteza del amati, amate. Y así tuvimos el acompañamiento y la sombra reconfortante de poetas hermanos. Roberto Armijo, y los demás poetas de ese generación que nos comprometimos con un oficio vital, ahí en El Salvador, ya nunca más nos sentiríamos solitarios en ese oficio de inexactitudes que es la literatura. El vínculo se hizo interminable. Más tarde descubriríamos otra voz desde Chiapas, hacia adentro, maravillosa en su sencillez y feliz en su fragilidad de niña constante: Rosario Castellanos, llorosa y fuerte a la vez, en el breve y deslumbrante muestrario de mujeres poetas de América. Bajo esas sombras de árbol, en los caminos soleados de la tierra seca, hemos ido al mar. Es decir por esos ríos. Hasta descubrir la grandeza de la cultura común, aunada en su poesía. Ustedes tan mejicanos hasta el fin. Nosotros tan salvadoreños y guatemaltecos, y hondureños, panameños y costarricenses y nicaragüenses, hasta la sobrevivencia. Tratando de concertarnos a la sombra de una diferente Centroamérica antigua y nueva, a la vez, que se extiende desde el sur de México, hasta Guanacaste y Nicoya en Costa Rica. Independientemente de la patria política. Y que estos Encuentros de Poesía, sean el reinicio y otro despertar de esa denodada conciencia de vivir bajo la sombra del amati, el árbol madre de papel indígena, donde la poesía se hizo eterna, en tanto crea los fundamentos para buscar la Patria de todos. La Nación perdida de siglos atrás y que debemos recuperar en la cultura común de la poesía. Lectura en el Encuentro “Jaime Sabines”. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Dic/91

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Poeta olvidado: Se impone la edición antológica de la poesía de don Beto

Ross, Marjorie. “Poeta olvidado: Se impone la edición antológica de la poesía de don Beto”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 3

 Tanto privilegió el periodismo escrito, la narración y el teatro, que muchos incluso ignoran que Alberto F. Cañas es poeta. Así lo digo, en presente, porque quien lo es no abandona jamás ese sombrero de arcoiris y tormentas, aunque quizás lo cuelgue lejos de la mirada ajena.

En el Liceo de Costa Rica, en donde se graduó en 1937, ya era conocida su pasión por la literatura. Cuando se celebraron los cincuenta años de la fundación de ese centro de estudios, se organizó un concurso literario y Cañas ganó los premios de poesía y cuento. Rogelio Sotela recogió en su obra antológica “Escritores de Costa Rica”, de 1942, en el capítulo de la Nueva Generación, un poema de Cañas de ese entonces, “El Punto Guanacasteco”.

Copio aquí un corto fragmento: “…La blanca marimba de dientes/ que la esquiva mozal/ con cara sonriente exhibe orgullosa/ parece que canta, que tal es su risa…/ Y aquella garganta perfecta, torneada/ hacia atrás echada, se crispa, se eriza…/Y la risa loca, y la loca risa, se desgrana en canto, sale de la boca, y se pierde rauda, divina, alocada,/ en el laberinto de una carcajada”.

Acerca del amor. De distinto aliento es el segundo poema que recoge Sotela, de carácter amoroso, titulado “Hemos estado juntos anoche”, que transcribió completo: “Hemos estado juntos anoche, sin embargo… Yo no sé en donde estabas. Yo no sé que decías. Pese a la larga lluvia y al silencio tan largo estábamos muy juntos. Tus manos y las mías se perdían en recuerdos de otras noches mejores. Estaba la cruel noche llena de despedida, y la luna invisible cantaba los rumores de la niebla implacable y la noche perdida. Al través de la noche tu recuerdo se me iba. Estabas tan lejana y perdida. Mas tan viva…y tan larga la lluvia…y el silencio tan largo…Amada: En donde estabas? Entonces qué decías?

Pensabas en los besos y la palabras mías? …y hemos estado juntos anoche, sin embargo”.

En 1946, Cañas recogió este poema en su libro “Elegía Inmóvil”, publicado en San José, en una edición de 500 ejemplares, por la Editorial Cuervo.

En el prólogo, escrito por Enrique Macaya, leemos: “Romances y Letrillas (mencionados en el título del primer capítulo), tan lejanos en su trajinar histórico (…), tienen en Alberto Cañas una desconcertante actualidad. Por su audaz oposición de contrastes en las imágenes y la subjetiva presencia del paisaje(…). Magnífica unidad lírica dentro de la distante añoranza de las viejas formas castellanas. Unidad que es afirmación y buena y única senda para la renovación literaria del futuro”.

Mario Marcilese incluyo el poema anterior en su libro “Antología poética Hispanoamericana Actual” (1968, Editorial Platense, Río de la Plata). Del mismo libro, antologó “El Beso”, del que copio un fragmento: “El beso, canción inmóvil,/ llegó y se sentó a mi vera,/ y las rojas armonías se ensañaron traicioneras,/ mientras las luces miraban/ con guiños de luna enferma./ El beso, canción del viento,/ me acarició con luz tierna,/ y el pelo bajo la luna se enredaba como tea…/ El beso, canción con alas,/ se estaba envolviendo en seda…”.

Los hombres de la Trinchera. Dos años después de la aparición de “Elegía Inmóvil”, en julio, recién terminada la guerra civil de 48, don Beto publicó el poema largo “Los Hombres de la Trinchera” -escrito en Nueva York-, del que recojo estos fragmentos: “Para hablar, compatriotas de estos compatriotas,/ se necesita amar mucho nuestra tierra;/ hay que saber lo duro que es amarla;/ se necesita haber llorado por ella;/ se necesita haber contado una por una/ todas las lágrimas que cuesta,(…) / ¡San Isidro en peligro! ¡San Isidro en peligro! Perdido San Isidro, todo estará perdido.! Los hombres se contaron y eran tan sólo treinta./ Que pueden treinta hombres hacer contra trescientos (…), / Noche y sed, tomad nota. / No hay nada que beber en la trinchera/ y no hay otra luz/ que la luz desigual de las estrellas./ Y la muerte al otro lado de la calle/ en la iglesia, en la Escuela,/ y en todos los lugares/ que rodean la trinchera./ La muerte y las estrellas/ están allí presentes./ la muerte y las estrellas./ y la muerte y la luna;/ y la muerte y la sed siempre presentes./ Pero no hay que rendirse, que nada se ha perdido/ mientras un hombre quede en la trinchera (…)”.

En una entrevista que le hizo Rafael Cuevas Molina, en el 2009, dijo don Alberto, criticando el uso de encorsetar en forma de libro los poemas recién nacidos: “Estoy escribiendo un libro de poemas”. “Ya tengo dos libros de poemas”. ¡No! “Dígame cuantos poemas tiene, no cuántos libros”. Estoy segura de que además de los mencionados, Cañas ha de tener muchos otros poemas escritos que no se conocen. Se impone una publicación antológica de su obra poética, para que quede atrás el poeta Cañas olvidado.

*Marjorie Ross:Periodista y escritora, Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez, Premio Nacional de Literatura  Aquileo J. Echeverría.

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Siento que estoy comenzando

Escudos, Jacinta. “Siento que estoy comenzando”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 8 de octubre de 2006, p. 5 http://wvw.nacion.com/ancora/2006/octubre/08/ancora6.html

Entrevista. El destacado autor salvadoreño, Manlio Argueta, conversó sobre sus escritos más recientes.

Manlio Argueta es, sin duda, uno de los escritores vivos más importantes de la región centroamericana. Nacido en 1935 en El Salvador, ganó en 1977 el Premio Casa de las Américas por Caperucita en la Zona Roja, una novela que tuvo gran influencia en los autores salvadoreños de generaciones futuras. Fue miembro de la llamada Generación Comprometida, un grupo de intelectuales que creía que los artistas y escritores no podían darle la espalda a la realidad social de su país. Entre otros miembros destacados de esta generación estaban Italo López Vallecillos y Álvaro Menen Desleal. También participó en el Círculo Literario Universitario junto a Roque Dalton y Otto René Castillo.

Por sus escritos y su actividad política tuvo que exiliarse en 1972 en Costa Rica, aunque Manlio prefiere no llamarlo así. “Me da pena llamarlo exilio porque los ticos se portaron muy bien conmigo”, dice. Después de casi 20 años de vivir en San José y de nacionalizarse costarricense, regresó en los 90 a El Salvador, donde ha ejercido diversos cargos culturales. Actualmente se desempeña como Director de la Biblioteca Nacional.

Su obra literaria le ha valido numerosos reconocimientos. En el 2000, su novela Un día en la vida obtuvo el quinto lugar en la lista de las cien mejores novelas latinoamericanas, según la Modern Library. En el 2004 fue declarado “Escritor Meritísimo de El Salvador” según decreto de la Asamblea Nacional. Y el año pasado ganó la Beca Guggenheim para trabajar en una novela cuyo tema será la migración salvadoreña.

Acá en Costa Rica, Editorial Legado publicó hace poco su cuento El Cipitío, con ilustraciones de Vicky Ramos. Basado en una tradición oral salvadoreña, El Cipitío es la historia de un niño abandonado por su madre que vive en los ríos, come ceniza de los fogones en los ranchos y le gusta enamorar a las niñas bonitas. Se dice que es un niño que nunca envejece y, como tal, disfruta haciendo una que otra travesura.

–¿Cómo nace la idea de combinar cuentos para niños con leyendas tradicionales de El Salvador?

–Era un tema que para mí estaba en el aire. Comencé a escribir estas historias para darles identidad escrita, porque personajes como el cipitío, la siguanaba, el cadejo y la chinchintora son parte de nuestras historias orales. Ya existen otras versiones anteriores, como las que hicieron Miguel Ángel Espino y Francisco Gavidia, pero no se han reeditado. Me pareció importante retomarlas como elementos de la identidad.

El Cipitío es un libro que tenía como 6 años de estarse cocinando. De hecho, el ilustrador seleccionado era el fallecido Hugo Díaz, a quien Sebastián Vaquerano (el editor) y yo bombardeamos con fotografías y dibujos para que las ilustraciones fueran lo más parecidas posibles al entorno de donde provenía la historia. Luego de fallecido Hugo, yo le sugerí a Sebastián algunos ilustradores de Cuba y Colombia, pero Sebastián se decidió por Vicky Ramos por su calidad como ilustradora y porque él quería estar cerca de todo el proceso de producción para cuidar la edición lo mejor posible.

–¿Le parece que con el fenómeno migratorio actual que se vive y con la urbanización de las zonas rurales se están perdiendo ciertas tradiciones?

–La intención principal de retomar estas historias es rescatar nuestras tradiciones, nuestros valores, y aportar algo propio a la literatura infantil. Se lee literatura infantil hecha desde Colombia o España. De hecho, mi generación se alimentó con lo infantil que venía de Argentina. Me pareció importante rescatar lo nuestro pensando en la migración y que los muchachos allá puedan leer algo que viene de la región centroamericana.

–Cambiando de tema, en los últimos meses parece haber mucho interés sobre su poesía…

–En las próximas semanas aparecerá publicada mi poesía completa en Hispamérica, una editorial de la Universidad de Maryland. El compilador es el Dr. Astvaldur Astvaldsson de la Universidad de Liverpool. Astvaldsson incluso descubrió poemas de mi adolescencia, que a estas alturas yo preferiría no publicar, pero el investigador dice que en la historia literaria de alguien, todos los textos son válidos.

 Además, fui honrado con el Premio de Poesía Naim Frashëri, de Macedonia, que se otorga en el marco de un festival de poesía famoso en el área de la cultura balcánica, que este año cumple su décima edición. También se hará una publicación conmemorativa con diez poemas míos.

–Recientemente usted fue jurado de un concurso literario en El Salvador, y una de las cosas que se comentaron mucho es que todos los cuentos participantes tocaban el tema de la violencia y la muerte. ¿No le parece excesivo el tema de la violencia en la narrativa salvadoreña?

–Cuando los jóvenes escriben sobre la violencia se debe a que es la realidad que están viviendo ahora. Casi todos los cuentos que concursaron tenían que ver con la muerte.

Los jóvenes escritores tienden a ligar la realidad con la literatura. Es claro que hay violencia y no me extraña que seguirá siendo el tema predominante en nuestra literatura, sobre todo en la narrativa. Pero el tema no lo dice todo, sino cómo se maneja. Creo que lo importante es insistir en que haya disciplina y cultura para escribir. Y tomarlo con seriedad.

–A estas alturas del campeonato, ¿cuál podría decir que fue el aporte de la Generación Comprometida a la literatura salvadoreña y centroamericana?

–Creo que el mejor aporte fue la actitud del escritor frente a su realidad, a no marginarse, a no sentirse especial ni separado de la realidad. Nuestro grupo tuvo en su momento mucho contacto con otros escritores, grupos, revistas culturales e intelectuales de toda la región, y eso creó un intercambio de ideas que, aunque no todos estuviéramos de acuerdo, lo importante era el diálogo.

Pienso por ejemplo que estos muchachos que escriben ahora sobre la violencia es por influencia nuestra. Lo que habrá que ver es qué ocurre con ellos cuando esa realidad se desvanezca, si perderán su tema narrativo. Por eso lo importante es escribir con calidad y pensando en la permanencia, hacer trascender esta realidad en el tiempo.

A mí por ejemplo mucha gente me dijo que acabada la guerra se acabó Manlio Argueta, porque yo había escrito mucho sobre la guerra. Y eso me lo dijeron algunos amigos en son de broma y otra gente que lo decía muy en serio. Pensaron que acabada la guerra ya no tendría sobre qué escribir. Pero todo lo contrario. He seguido escribiendo, y la verdad siento que estoy comenzando, que tengo mucho qué decir todavía.

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Carlos Luis Fallas

Montero Vega, Arturo. “Carlos Luis Fallas”. Excélsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976. p. 6.

Aquí vengo de nuevo con las manos heladas

los ojos tristes

y la voz entrecortada,

para decir Calufa,

hermano mío,

escritor a veces, militar a ratos,

obrero entre los  obreros,

definitivamente camarada.

En el cuarenta y ocho vimos

tu estirpe de soldado.

Capitán de los pobres.

General en jefe de los que no tenían

nada que perder, si no cadenas.

Porque la muerte tiene

esa forma tremenda de expresarse,

porque el dolor se vierte gota a gota

hasta la muerte, vengo a decirte :

Tu  voz será siempre nuestra voz.

Tu firme decisión de combate

será siempre nuestra propia decisión .

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos  Ramírez

para llevarlo de nuevo a los bananales

ahora limpios sin yunai, sin policías.

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos Ramírez

y juntos, hombre y poeta,

escritor y obrero,

marcharán por la senda

de los que se han ido,

dejándonos amor, lucha, agonía,

dejándonos bondad, puño, semilla.

Y al final de la brega,

hermano mío,

cogerás de la mano a tu Marcos Ramírez,

porque entonces habrá nacido la simiente,

estarán los campos florecidos,

el pan se comerá con el sudor de la frente,

y tú sonreirás con la sonrisa

de los hombres prudentes.

Arturo Montero Vega (Naranjo, 1924)… compañero de luchas de Fallas

Un siglo de Concherías

Bermúdez, Manuel. “Un siglo de concherías”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 11 de diciembre de 2005, p. 2

 

Aquileo Echeverría, además del consagrado poeta, fue un personaje curioso, entusiasta como un niño.

A cien años de la publicación de su primera edición, aparecida en 1905, cabe volver sobre una de las obras esenciales de la literatura costarricense, el conjunto de romances del poeta Aquileo J. Echeverría, conocido como Cónchenos y que recientemente tuvo una cuidada edición por parte de la editorial Legado.

Aunque este autor ha sido convertido en toda una institución y muchos esperan de él una figura solemne que recogió el habla popular como una rareza, lo cierto es que Aquileo es el poeta de Costa Rica, pero a la vez es una figura curiosa, inquieta como un niño, entusiasta, pícaro y uno de los hombres proverbialmente más simpático que ha teñido este país.

Aquileo y la bohemia. El díscolo muchacho que aborrecía las lecciones nació en San José, el 22 de mayo de 1866. Se enlistó en el ejército para ir a luchar a Nicaragua contra Justo Rufino Barrios en 1885, pero como la guerra terminó a poco de empezada, su brevísima experiencia militar le sirvió para desplazarse hasta Nicaragua y probar allá alguna aventura para su espíritu inquieto.

Como le era propio, con simpatía proverbial y su sentido del humor, pronto cosechó amigos. A las puertas de una vida bohemia, de tertulias y literatura, conoció a un dilecto amigo y compinche, el poeta Rubén Darío.

A su regreso a Costa Rica, la decisión estaba tomada, la academia no era para él, su mente inquieta, su espíritu inquieto y su gran sensibilidad lo llevaron a ser lector voraz, pero necesitaba la calle, la aventura, la conversación.

Empezó entonces a publicar con pseudónimo algunos versos y epigramas en periódicos como La República, Costa Rica Ilustrada, El Comercio y en una provocadora publicación que él mismo dirige y que lleva al nombre sugerente de Boccaccio.

En 1887, el gobierno lo nombró secretario en la embajada en Washington por lo que le correspondió asistir a la firma del acuerdo de límites de Costa Rica y Nicaragua.

Al poco tiempo regresó al país, pero su vida errabunda lo llevó a El Salvador donde mantuvo su labor en el periódico La Unión, que en 1889, llegó a dirigir su entrañable amigo Rubén Darío. Pero Aquileo vuelve a Costa Rica y poco tiempo también Darío.

Nuevamente vuelverían a coincidir en labores periodísticas. Una elocuente nota que envió Darío a Aquileo, y que se mantuvo guardada como recuerdo, refleja la cotidianidad de aquellos compinches.

Dice: Aquileo: “Si contribuís con un peso, vamos a almorzar juntos. Vino a discreción. Pero ya”. Rubén: “Búscame por la ventana de la oficina. Pero antes contéstame con el portador sí o no”.

Pese a su cercanía con el portento poético de Rubén Darío, Aquileo Echeverría arriesgó con una forma literaria propia, inédita y que consistía en una producción poética a partir de guardar la mayor fidelidad posible al habla popular.

Las andanzas de estos dos escritores y bohemios los separaron cuando el tico viaja a Guatemala, donde trabajó en periódicos y hasta puso un café que fue centro de tertulia intelectual, mientras el nica viajó a Buenos Aires.

Pero una vez más la aventuras empresariales del poeta nacional fracasaron, y volvió a Costa Rica. Desde la capital argentina le escribió su amigo y le dijo: “Hágase serio por una vez en su vida y véngase para acá”.

Pero Aquileo no acogió la propuesta de marcharse, aunque quizás sí la de ponerse serio, pues se casó con María Dolores Flores y se fue a vivir a Heredia en la finquita que le regaló su suegro.

En esos años recogió el material esencial de sus historias de conchos, pues en casi todas fue testigo o protagonista. Puso una pulpería, condenada también al fracaso de sus torpes manejos administrativos, pero que le sirvió de vínculo con el hacer y decir de sus vecinos campesinos. Darío celebró los romances de Aquileo y sin dudas lo llamó el poeta de Costa Rica en un prólogo elogioso que se ha respetado en muchas de las ediciones posteriores a la de 1909.

El decir campesino. La atrevida obra del joven poeta apareció junto a romances, poesías y otras formas poéticas en muchas revistas de la época y la demanda de sus lectores hizo que las reuniera en algún volumen.

Al presentar la primera edición de Concherías, Roberto Brenes Mesen, señaló el valor literario de esta propuesta, e incluso su importancia filológica, pues muchas palabras señaladas como impropias son arcaísmos y algunas responden a leyes fonéticas que rigieron la formación del castellano.

Incluso, titular estos romances con el nombre de Concherías, ya es toda una declaración por parte del autor, pues, según dice Brenes Mesen, el término “concho” para referirse al campesino apenas tiene pocos años de ser utilizado por los costarricenses, en particular por los josefinos.

En su estudio Ángela Baldares retoma ese valor filológico de las Concherías, al transcribir intentando la mayor fidelidad posible al habla popular.

Con el análisis fonológico, morfológico y sintáctico de estos versos demuestra el valor que tienen para el estudio de la lengua y su comportamiento en el pueblo costarricense. Esto sólo fue posible por el interés del mismo autor de mantener una grafía correspondiente a la pronunciación.

Este respeto no fue visto de esta manera y, con torpeza, aunque quizás sin mala intención, el texto ha sufrido supuestas correcciones que hicieron que algunas ediciones se consideren completamente intervenidas y alejadas de la intención y valor por el que el mismo Aquileo apostó.

La grafía de Concherías varía en las distintas ediciones, por ejemplo, la de 1927. El celo correctivo de filólogos y editores hizo que en varias ocasiones fueran sustituidas las “y” por “ll”, la “b” por “v” y la “s” por “c”, según la norma gramática, pero con eso irrespetaron el intento del autor de señalar que las pronunciaciones “U”, “v” y “c” no existen en el habla del campesino tico. Estos errores de excesivo celo correctivo se mantienen, aunque quizás de manera más justificada, en la edición de Clásicos del Istmo, colección que impulsó el gobierno guatemalteco de Arévalo Martínez en 1948, con un bello prólogo de Georgina Ibarra.

El mismo Aquileo J. Echeverría destacó en la edición de 1909 en Barcelona que la publicación contaba con su propia corrección y revisión, pero esto tampoco fue respetado por el voraz entusiasmo de los correctores.

Situación que recuerda una caricatura de Quino en la que una trabajadora doméstica ordena no solo el desbarajuste en la sala de un apartamento, sino incluso los elementos de una reproducción de Guernica que cuelga en la pared.

Según la doctora María Amoretti, de orientación sociocrítica, se pueden plantear al menos dos hipótesis, al respecto de las correcciones. Por un lado, el intento de reducir la dificultad del lector al topar constantemente con formas escritas que le son desconocidas. Por otra parte, un celo de corrección asentado en la percepción que los editores quieren promover del costarricense.

Amoretti, quien ha estudiado con especial interés a ese otro referente de la identidad literaria costarricense que es Manuel González Zeledón (Mogón), así como al autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, José María Billo Zeledón, no deja de destacar que ambos eran primos de Aquileo.

En estas tres figuras se asienta mucho de la imagen que el costarricense ha aprendido de sí mismo.

Aunque, al igual que Magón, Aquileo tiene un matiz de humor infranqueable, éste se debe a la comicidad propia de las situaciones que escribe. Sin embargo, no deja de existir un tinte burlón, choteador que prima en la idiosincrasia costarricense.

Últimos años. Aquileo J. Echeverría enfermó en 1902, precisamente en los años en que su labor era más productiva y en que había definido con claridad su devoción al habla y costumbres nacionales. Con apoyo del gobierno viajó a París en agosto de 1908, para intentar algún alivio y para realizarle uno de sus sueños. Pero en la capital francesa mantuvo su vida alegre. Luego viajó a Barcelona, donde editó a principios de 1909 sus Concherías con una dedicatoria a Manuel María Peralta, una presentación de Antonio Zambrana y el célebre prólogo de su entrañable Rubén Darío.

Murió el 11 de marzo de ese año, poco antes de cumplir 43 de vida. El 22 de mayo del año próximo (2006) se cumplirán 140 de su natalicio.

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“Costa Rica tiene un poeta. Tiene, en verdad, otros poetas, pero su poeta, el poeta nacional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría”. Con esas palabras, el ingenio mayor de la poesía hispanoamericana, Rubén Darío, dejó señalada —para siempre— la envergadura, la fuerza y la autenticidad de esos versos que, en Concherías, logró producir el más genuino poeta costarricense. Al prologar la obra, Darío se amparó en Antonio Zambrana, Brenes Mesén y otros, para disimular un tris sus poliédricos afectos, pero los mayores elogios son propios y llega a decir, por ejemplo, que “aquel verso bien modulado, demuestra su descendencia clásica… fuente original de donde ha fluido el admirable y bien sonante romancero castellano… Su poesía me conmueve, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria”. Lo que el virtuoso leonés percibió en aquellos profundos cantos de alma campesina y sabor a jocote, la tradición secular lo confirmó: convertidos en dominio público, los épicos octosílabos —síntesis del ser costarricense— se recitan de memoria en cualquier tertulia intelectual y son chascarrillo frecuente en la conversación cotidiana.

Signo claro de su graciosa originalidad inmortal. La presente edición los rescata de su fuente más prístina: la que se publicó, bajo firma del autor, en Barcelona, en 1909, y supera cambios y “correcciones” que se acumularon en un siglo de travesías. Aquileo Echeverría Zeledón nació en San José el 22 de mayo de 1866 y murió en Barcelona el 11 de marzo de 1909. Tenía apenas 43 años. Su vida alegre y fogosa, aunque pobre, lo derivó a ser militar en la lucha centroamericana contra Rufino Barrios; ayudante de campo del Presidente Cárdenas, en Nicaragua; periodista en Costa Rica, El Salvador y Guatemala; diplomático improvisado en París y Washington; pulpero en Heredia; bohemio en todas partes y máximo poeta del alma nacional por los siglos de los siglos.

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