3 de febrero, 6 de la tarde

Cañas, Alberto. “3 de febrero, 6 de la tarde”. La República. (San José, C. R.), 11 de feb, 1974.  p.15

 Existe en el día de elecciones, aunque no lo sepamos, ese momento del atardecer en que al hombre a quien una ley idiota mutila y disminuye, se le despiertan viejos encuentros, vivencias, sentimientos y escenas; lo que está sucediendo en aquel instante y en el resto del día, entre aromas de fiesta, niños en las aceras y campesinos con expresión de orgullo, le está afectando personalmente; piensa que son sus afectos y emociones los que están jugando; que su juventud misma (que ahora comprende es lo mejor que se tuvo o se tiene) está de por medio, y que el acto ciudadano y patriótico trasciende para transformarse en un hecho íntimo, individual, de hombre a hombre, de amigo a amigo, de hermano a hermano. ¡No es la Patria, demonio, la que está en juego, sino mis 20 años!.

Eran unas luminosas cuatro de la tarde. Mi automóvil estaba despojado de la placa con bandera que lo distingue y me inutiliza. Yo podía discurrir por las calles y caminos como cualquier mortal. Y aquel joven muy cercano a mi casa desde hace muchos años, se instaló a la par mía para emprender el paseo de inspección y nervios.

Era el día decisivo, pero la pelea estaba terminada. Los costarricenses dejamos de enseñarnos los dientes precisamente cuando otros los afilan. Ya la gente esta votando y hay que dejar que lo hagan en paz. Los demás somos espectadores y no debemos perturbar al que esta metido, a solas con Dios y con la historia, en el sagrado recinto hecho de cartones. La paz que le proporcionemos le ayudará a decidir.

De suerte que si estamos en la calle es para disfrutar y para que nos disfruten. Porque aquél que se detiene en la acera con su banderita en la mano a gozar del espectáculo se convierte a su vez en parte del espectáculo, para que le gocen a él. Y todos los que acuden a presenciar el espectáculo a él se integran, y tantos somos los participantes como los espectadores.

Recorríamos las calles, y luego las carreteras, y los distritos, y las cabeceras de los cantones cercanos, haciendo recuento de banderas o bien de vehículos empeñados en descifrar por medio de los signos exteriores el misterio de las urnas, en conocer el secreto con tres, tal vez con apenas dos horas de anticipación. No hay curiosidad más intensa que aquélla que sólo debe esperar breve plazo para satisfacerse.

Atardecía y así avanzábamos en dirección oeste del resplandor del poniente procuraba que algunas banderas se confundieran con otras, y de pronto sentíamos que hacía falta acercarse mucho para saber si una bandera era de un partido o de otro. (Y no saquen de aquí metafóricas conclusiones rápidas los corifeos de la izquierda, que la confusión no reconoce barreras ideología, y muchas veces el acercarse era para distinguir si se trataba de colores del más racial de los extremismos o del conservatismo más correcto y engolado).

Hay algo de insólito, de inverosímil más bien, en ese vehículo que se introduce dentro de la vorágine de colores y sonido sin llevar insignia ni demostración. Yo iba en él y sentía sobre mis ojos y sobre mi nuca, miradas de desconfianza que no acertaban a comprender en qué consistíamos yo y mi carro.

Sin embargo, el que se siente extraño, o forastero, o sospechoso, tiene de pronto la sorpresa y breve alivio de notar que alguno le reconoce y le lanza una mirada de inteligencia para expresarle que comprende la difícil y engorrosa situación por la que pasa.

El interés sectario o anímico del paseo, fue pronto sustituido por una participación silenciosa en la euforia colectiva que -conforme avanzan las horas- iba perdiendo su interés partidista para ser únicamente la fiesta, la auténtica fiesta.

Esto lo vimos muy claro cuando ingresamos a la Avenida Central. Dos hileras de vehículos exhibían las ocho banderas de la campaña (algunos de ellos efectivamente las ocho) y sus ocupantes se cambiaban miradas de provocación (yo voy ganando) o de conmiseración (ya perdiste y no lo sabés) o de complicidad (la victoria es de ambos). Todo ello, sin que a ninguno de los que esperaban el triunfo -los muy menores ya se sabe que no lo esperaban- admitiese siquiera la posibilidad de no alcanzarlo.

Los radios difundían los boletines e instrucciones del Tribunal. Pero eso terminó cuando dieron las seis de la tarde. Entonces, del radio se desprendieron las notas del Himno Nacional.

Instintivamente le di al de mi vehículo todo el volumen posible. Tengo la sensación de que en todos los automóviles hicieron lo mismo, y de que la Avenida Central fue un gran Himno de nudo pegado.

Mi acompañante me dijo con toda sencillez:

-Entonces ya la elección terminó.

-Ya terminó.

-El próximo presidente ya esta elegido.

-Ya tenemos presidente aunque no sepamos quien es.

-Ya  no hay campaña política.

-Ya no hay campaña política, ni entre quienes ser neutrales.

-Entonces ya puedo hacer esto. No se de donde extrajo (creo que de debajo del asiento) una bandera de partido que me pareció enorme; la sacó por la ventanilla derecha del carro, y comenzó a agitarla con la fruición del esclavo liberado.

Yo pensé: “¿En donde me meto si me reconocen?”, y luego: “Ya no hay campaña y la elección terminó, de suerte que no puede haber partidarismo” (El abogado interpretando las leyes). Pero sin embargo y por si acaso, en la próxima esquina doblé al norte y me salí de allí, para tomar en cuanto pude la Avenida Primera y el camino de mi casa.

A las seis de la tarde y cuando se marcha hacia el este, las calles son más grises. Son lo más gris del mundo. El cielo se estaba un poco encapotando, pero el día –lo que quedaba del día- seguía luminoso. El Himno Nacional terminaba pero seguirían otros.

La Avenida Primera quedó casi desierta, porque los vehículos se apartaban de ella para participar en el orgiástico desfile final que se desarrollaba a una cuadra de allí, y del cual me llegaban los sonidos estridentes, rítmicos, desafiantes y clásicos.

Yo –pensé- podía o no podía participar de aquel desfile que, a pesar de las banderas y de los toques característicos de las bocinas, tenía ya carácter nacional. Pero en la duda abstente y puse el pie sobre el acelerador. El automóvil cobró velocidad y el viento entonces agitó con más fuerza la bandera que sobresalía de la ventanilla derecha, en las manos de mi sonriente y joven acompañante.

Yo compartía aquella sonrisa. Era mía también y era de todos. Y es probable que la ayudara a crecer, a hacerse más completa y definida, la canción que, a todo volumen, como si por la fuerza de mi voluntad hubiese de inundar todas las calles y avenidas, propalaba desde el radio la gran verdad de aquel momento y de aquel día: “Los hijos del pueblo levanten la frente, al sol refulgente de la libertad…”

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Alberto Cañas y la Política

Salazar Navarrete, Fernando*. “Alberto Cañas y la Política”. Diario Extra. Página Abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p. 4

De las múltiples facetas de la personalidad de Alberto Cañas, quizás hay una que sobresale: la de político. Es en este campo en el cual lo he conocido y cultivado una amistad que se ha prolongado por varios decenios, a pesar de la dispareja frecuencia con que solemos vernos. Afirmar que su condición de político domina sobre otras múltiples aptitudes, aficiones y vocaciones suyas es aventurar un juicio que quizás roce con quienes han estado a su lado en otras disciplinas a que ha entregado su talento y en la que igualmente ha brillado. Porque, en cierto modo, en grado equivalente a su entrega a la política, destaca su sobresaliente participación en el periodismo, las artes, la literatura y la cátedra.

Quienes hemos seguido el paso de Alberto en la política admiramos la vehemencia con que defiende sus principios y cómo revela una lealtad a las causas sociales que inspiraron su formación desde la juventud, dentro de una corriente de pensamiento que no ha abandonado.

Podría creerse que por su condición intelectual ilustrado, tomaría el rumbo de quienes salen de esas formaciones, para la izquierda o la derecha, con inclinaciones elitistas. Nada de eso va con Alberto Cañas. Sus posiciones políticas, que defiende con ardor, tienen acentos populares y nacionalistas que lo llevan a dar un cierto matiz ideológico a su pensamiento, en contraposición a otras propuestas que suelen calificarse de pragmáticas.

Ideas y acción. En un mundo en que las ideologías han cedido a otras formulaciones, no menos ideológicas, el pensamiento de Alberto sigue consecuente y fiel a las ideas por las que él siempre ha luchado. Son, si quiere, predecibles sus posturas en asuntos que tocan la participación y dimensión del estado, las políticas de concesión de obra, los monopolios estatales, las obras públicas por administración, y otras áreas que suscitan controversias en torno a quién debe hacer las cosas.

Sin embargo, Alberto no ha quedado rezagado en el ámbito solamente de las ideas. Cuando le tocó actuar en cargos ejecutivos como titular de los ministerios de Relaciones Exteriores, y de Cultura, Juventud y Deportes, sobresalió como un activo creador y realizador de proyectos que se tradujeron en obras perdurables. Dejó huella en la diplomacia desde que entró a la arena internacional como embajador ante las Naciones Unidas, en cuyo seno cosechó el honor de ser parte de históricas decisiones: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la asamblea general que tuvo lugar en París, en 1948; y en la asamblea general celebrada en Nueva York, en 1949, emitir el voto para la admisión de Israel como miembro de las Naciones Unidas, acontecimiento que extendió reconocimiento internacional al joven estado judío.

Hombre de Partido.  Correligionario suyo en el activismo político, me acostumbre a ver a Alberto Cañas como un hombre de partido. Sus ideas no brotaron como formulaciones aisladas, ni fue jamás una pieza suelta y desequilibrante en el seno del partido. Desde la juventud en el histórico Centro en que cultivó su ideario social demócrata, forjó colectivamente con otros brillantes miembros de su generación todo el andamiaje ideológico que más tarde inspiró la fundación del Partido Liberación Nacional en el año de 1951. En las dos ocasiones en que fue electo diputado por el PLN, la primera de las cuales viví muy cerca de él, lo recuerdo como el infatigable jefe de fracción dotado de una extraordinaria capacidad de negociación, preocupado por crear consensos para sacar adelante el programa del partido en ejercicio del gobierno. Sin hacer juicio sobre las razones que llevaron a Alberto a su alejamiento del PLN, tengo para mí que fue algo lamentable y que el  partido pedió a una de sus figuras más destacadas, que no solo brilló por sus dotes de una inteligencia excepcional, sino por la ejemplar conducta ética que siempre exhibió a su paso por la vida pública y en su desempeño como político.

 *Abogado, exdiputado, exvicecanciller y exembajador

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