Pájaros de la memoria. Literatura

Núñez Olivas, Oscar. Pájaros de la memoria. Literatura. La Nación. Ancora, (San José, Costa Rica), 30 de julio de 2000

La novela más reciente de Fernando Contreras Castro, El tibio recinto de la oscuridad, demuestra el peso literario de un escritor fiel a sí mismo y capaz de innovarse en cada obra. Esta es su tercera novela después de Única mirando al mar y Los Peor.

Cosa del destino o del azar, nunca lo sabré. Lo cierto es que el mismo día que había dispuesto para escribir esta reseña, recibimos la noticia infausta: diecisiete personas murieron calcinadas en Tilarán, en uno de esos vertederos de huérfanos grandes que se denominan con circunloquios tales como “hogar” o “asilo de ancianos”.

Los partes de defunción culparán al fuego, pero todos sabremos en nuestra íntima conciencia que los mató el olvido, que fueron víctimas de una serie de abandonos superpuestos y que hay cientos -sino miles- de hombres y mujeres en circunstancias similares, arrojados al “asilo” en pago a una larga vida de trabajo y de renuncias personales.

De no haber ocurrido la desgracia, no nos hubiéramos enterado nunca de que esa noche dormían solos cuarenta y un ancianos, en su mayoría inválidos o con sus capacidades físicas severamente disminuidas, al “cuido” de un guarda solitario y casi tan añoso como ellos. Y no tendríamos ahora la sospecha de que muchos otros están en riesgo de acabar su vida de un modo injusto y despiadado.

De esa gran paradoja de la sociedad moderna, la exclusión de los ancianos, nos quiso hablar Fernando Contreras en su novela de reciente aparición,El tibio recinto de la oscuridad, y la vida se encargó de ilustrar con brutal realismo este conmovedor lamento literario.

Autor, como recordaremos, de Única mirando al mar, Los Peor y Urbanoscopio, Contreras es el escritor costarricense de la marginalidad urbana, ingenio capaz de verter en prosa poética a los habitantes del basurero municipal o a las residentes del prostíbulo barato. Poesía, vale aclarar, no de mitificación sino de denuncia y compromiso con la realidad social.

El tibio recinto de la oscuridad no se aparta de esa línea narrativa aunque, como veremos más adelante, constituye una auténtica novedad desde el punto de vista de la forma.

¿Por qué esta vez los ancianos?, le preguntamos al autor en el curso de una esclarecedora conversación, y él nos habla de su angustia por esa gente que llaman de la tercera edad, a la que cada vez más tendemos a descartar, con el mismo criterio con que desechamos las maquinillas de afeitarnos cuando se les gasta el filo.

“Lo que conocemos como asilo de ancianos -nos dice Contreras- es la forma que finalmente adquiere esa condición de exclusión que acompaña la senectud. Creo que ahí no siempre se le da al anciano un asilo afectivo o existencial, sino que muchas veces es un depósito de seres humanos en desecho.”

“Creo que existe un desmedido temor al envejecimiento”, agrega, “quizá por ese culto a la juventud y al cuerpo que nos vende la publicidad. Se aísla a los ancianos como temiendo un contagio.”

La historia

Una mujer sin nombre, escritora por imperativo vital, cumple sus ochenta años y decide recluirse en el “senectario” (término que acuña Contreras por analogía con leprosario o lugares peores), en un acto soberano y consecuente con la que ha sido una vida de ininterrumpidos exilios. Estando ahí, decide escribir sus memorias.

Toda la acción de la novela transcurre en la cabeza de esta mujer que relee sus escritos, repasa los episodios de su vida y, observando el entorno, hace inventario de la senectud y sus miserias.

Al adentrarse en el texto, uno tiene la certeza de estar penetrando en la biografía secreta de alguna de esas tantas mártires de la literatura costarricense. Se barajan y se desechan nombres: Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Virginia Grutter.

Pero “es un personaje metafórico; no alude a ninguna mujer en especial, sino a todas -nos explica Contreras-, porque lo importante de un personaje no es que se parezca a una persona, sino que sean las personas las que se parezcan al personaje”.

“Podríamos pensar, ciertamente, en muchas escritoras costarricenses, pero también en mujeres como Chavela Vargas”, agrega.

Al elegir una mujer, una escritora y una anciana para construir su personaje, el autor modeló, ciertamente, un prototipo de marginación. Se reúnen en ella las formas de exclusión propias de la edad, de las que venimos hablando, pero también las que corresponden a la condición femenina, que en el caso de nuestras artistas de principios y mediados del siglo XX se convirtieron en acoso social, en verdadero estado de sitio.

La “ruptura”

Contreras nos presenta una obra imprevista desde el punto de la forma. Casi podría hablarse de ruptura con todo su texto anterior. No se trata, para empezar, de un relato en línea continua, sino de una rayuela temporal, con saltos hacia atrás y hacia adelante. Es una narración desde la memoria de alguien y “la memoria -nos explica el personaje- es una rama que alberga más nidos de los que aguanta. En cualquier momento se desgarra, y vuelan todos los pájaros”.

Los recuerdos son páginas sueltas, sin reverso, líneas sin extensión determinada y así se nos presenta el libro, de modo que Contreras nos produce la extraña sensación de estar frente a un género literario recientemente inventado. Prosa en verso, poesía novelada…, póngale nombre.

Para él, sin embargo, esa ruptura formal no es especialmente significativa, ni marca un periodo nuevo en su proceso creador. “Solo quise distanciarme de una forma lineal de escribir que no me servía para contar lo que tenía que contar en esta ocasión”, nos asegura.

“La estructura de este relato obedece más a esa forma antojadiza, aleatoria, de la memoria, que tiene tanto de azar, de mecanismo inconsciente.”

Del estilo, lo que sí permanece invariable es el oficio poético que se advierte en sus obras anteriores. Veamos, por ejemplo, la metáfora de la memoria como una rama llena de nidos, citada arriba, o este otro texto:

“Me pregunto cuál será la reina de las letras,/ esa a la que todas cuidan, henchida de huevos fecundos/. Si cada nueva reina abandona el hormiguero/ para iniciar su propio libro”.

O esta otra, en la que se refiere al proceso de adaptación de los ancianos al asilo: “Mientras dura la esperanza, mientras se tragan el cuento/ de que están en un hospital porque se cayeron o porque/ enfermaron de algo, un brillo en sus ojos los diferencia/ de la mirada opaca de los fantasmas. Por ahí sucede/ un día que la precaria esperanza se despluma en pleno vuelo,/ como alcanzada por una pedrada”.

Epígrafe

Hace algún tiempo comentaba una amiga que leyendo Única mirando al mar, llegó a comprender no solo intelectualmente, sino con todos los sentidos, el absurdo del consumismo. Una sensación análoga experimentaron muchos lectores de esa primera y exitosa obra de Contreras.

Y, aunque sabemos que el buen escritor no enseña ni moraliza, sino que narra; aunque sabemos que El tibio recinto de la oscuridad trasciende en mucho el tema de los ancianos, sería deseable que esta novela -así como el sacrificio de esos 17 viejitos que no salen de nuestra conciencia culpable- nos haga comprender el absurdo de aplicar a las personas los parámetros del mercado. Así sea.

http://wvw.nacion.com/ancora/2000/julio/30/ancora3.html

 

 

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Pájaros de la memoria. Literatura

Núñez Olivas, Oscar. Pájaros de la memoria. Literatura. La Nación. Ancora, (San José, Costa Rica), 30 de julio de 2000

La novela más reciente de Fernando Contreras Castro, El tibio recinto de la oscuridad, demuestra el peso literario de un escritor fiel a sí mismo y capaz de innovarse en cada obra. Esta es su tercera novela después de Única mirando al mar y Los Peor.

Cosa del destino o del azar, nunca lo sabré. Lo cierto es que el mismo día que había dispuesto para escribir esta reseña, recibimos la noticia infausta: diecisiete personas murieron calcinadas en Tilarán, en uno de esos vertederos de huérfanos grandes que se denominan con circunloquios tales como “hogar” o “asilo de ancianos”.

Los partes de defunción culparán al fuego, pero todos sabremos en nuestra íntima conciencia que los mató el olvido, que fueron víctimas de una serie de abandonos superpuestos y que hay cientos -sino miles- de hombres y mujeres en circunstancias similares, arrojados al “asilo” en pago a una larga vida de trabajo y de renuncias personales.

De no haber ocurrido la desgracia, no nos hubiéramos enterado nunca de que esa noche dormían solos cuarenta y un ancianos, en su mayoría inválidos o con sus capacidades físicas severamente disminuidas, al “cuido” de un guarda solitario y casi tan añoso como ellos. Y no tendríamos ahora la sospecha de que muchos otros están en riesgo de acabar su vida de un modo injusto y despiadado.

De esa gran paradoja de la sociedad moderna, la exclusión de los ancianos, nos quiso hablar Fernando Contreras en su novela de reciente aparición,El tibio recinto de la oscuridad, y la vida se encargó de ilustrar con brutal realismo este conmovedor lamento literario.

Autor, como recordaremos, de Única mirando al mar, Los Peor y Urbanoscopio, Contreras es el escritor costarricense de la marginalidad urbana, ingenio capaz de verter en prosa poética a los habitantes del basurero municipal o a las residentes del prostíbulo barato. Poesía, vale aclarar, no de mitificación sino de denuncia y compromiso con la realidad social.

El tibio recinto de la oscuridad no se aparta de esa línea narrativa aunque, como veremos más adelante, constituye una auténtica novedad desde el punto de vista de la forma.

¿Por qué esta vez los ancianos?, le preguntamos al autor en el curso de una esclarecedora conversación, y él nos habla de su angustia por esa gente que llaman de la tercera edad, a la que cada vez más tendemos a descartar, con el mismo criterio con que desechamos las maquinillas de afeitarnos cuando se les gasta el filo.

“Lo que conocemos como asilo de ancianos -nos dice Contreras- es la forma que finalmente adquiere esa condición de exclusión que acompaña la senectud. Creo que ahí no siempre se le da al anciano un asilo afectivo o existencial, sino que muchas veces es un depósito de seres humanos en desecho.”

“Creo que existe un desmedido temor al envejecimiento”, agrega, “quizá por ese culto a la juventud y al cuerpo que nos vende la publicidad. Se aísla a los ancianos como temiendo un contagio.”

La historia

Una mujer sin nombre, escritora por imperativo vital, cumple sus ochenta años y decide recluirse en el “senectario” (término que acuña Contreras por analogía con leprosario o lugares peores), en un acto soberano y consecuente con la que ha sido una vida de ininterrumpidos exilios. Estando ahí, decide escribir sus memorias.

Toda la acción de la novela transcurre en la cabeza de esta mujer que relee sus escritos, repasa los episodios de su vida y, observando el entorno, hace inventario de la senectud y sus miserias.

Al adentrarse en el texto, uno tiene la certeza de estar penetrando en la biografía secreta de alguna de esas tantas mártires de la literatura costarricense. Se barajan y se desechan nombres: Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Virginia Grutter.

Pero “es un personaje metafórico; no alude a ninguna mujer en especial, sino a todas -nos explica Contreras-, porque lo importante de un personaje no es que se parezca a una persona, sino que sean las personas las que se parezcan al personaje”.

“Podríamos pensar, ciertamente, en muchas escritoras costarricenses, pero también en mujeres como Chavela Vargas”, agrega.

Al elegir una mujer, una escritora y una anciana para construir su personaje, el autor modeló, ciertamente, un prototipo de marginación. Se reúnen en ella las formas de exclusión propias de la edad, de las que venimos hablando, pero también las que corresponden a la condición femenina, que en el caso de nuestras artistas de principios y mediados del siglo XX se convirtieron en acoso social, en verdadero estado de sitio.

La “ruptura”

Contreras nos presenta una obra imprevista desde el punto de la forma. Casi podría hablarse de ruptura con todo su texto anterior. No se trata, para empezar, de un relato en línea continua, sino de una rayuela temporal, con saltos hacia atrás y hacia adelante. Es una narración desde la memoria de alguien y “la memoria -nos explica el personaje- es una rama que alberga más nidos de los que aguanta. En cualquier momento se desgarra, y vuelan todos los pájaros”.

Los recuerdos son páginas sueltas, sin reverso, líneas sin extensión determinada y así se nos presenta el libro, de modo que Contreras nos produce la extraña sensación de estar frente a un género literario recientemente inventado. Prosa en verso, poesía novelada…, póngale nombre.

Para él, sin embargo, esa ruptura formal no es especialmente significativa, ni marca un periodo nuevo en su proceso creador. “Solo quise distanciarme de una forma lineal de escribir que no me servía para contar lo que tenía que contar en esta ocasión”, nos asegura.

“La estructura de este relato obedece más a esa forma antojadiza, aleatoria, de la memoria, que tiene tanto de azar, de mecanismo inconsciente.”

Del estilo, lo que sí permanece invariable es el oficio poético que se advierte en sus obras anteriores. Veamos, por ejemplo, la metáfora de la memoria como una rama llena de nidos, citada arriba, o este otro texto:

“Me pregunto cuál será la reina de las letras,/ esa a la que todas cuidan, henchida de huevos fecundos/. Si cada nueva reina abandona el hormiguero/ para iniciar su propio libro”.

O esta otra, en la que se refiere al proceso de adaptación de los ancianos al asilo: “Mientras dura la esperanza, mientras se tragan el cuento/ de que están en un hospital porque se cayeron o porque/ enfermaron de algo, un brillo en sus ojos los diferencia/ de la mirada opaca de los fantasmas. Por ahí sucede/ un día que la precaria esperanza se despluma en pleno vuelo,/ como alcanzada por una pedrada”.

Epígrafe

Hace algún tiempo comentaba una amiga que leyendo Única mirando al mar, llegó a comprender no solo intelectualmente, sino con todos los sentidos, el absurdo del consumismo. Una sensación análoga experimentaron muchos lectores de esa primera y exitosa obra de Contreras.

Y, aunque sabemos que el buen escritor no enseña ni moraliza, sino que narra; aunque sabemos que El tibio recinto de la oscuridad trasciende en mucho el tema de los ancianos, sería deseable que esta novela -así como el sacrificio de esos 17 viejitos que no salen de nuestra conciencia culpable- nos haga comprender el absurdo de aplicar a las personas los parámetros del mercado. Así sea.

http://wvw.nacion.com/ancora/2000/julio/30/ancora3.html

Biografía de la tierra

Soto, Gerardo J. Biografía de la tierra. La Nación, Ancora (San José, Costa Rica), 24 de julio de 2005

Biografías noveladas hay muchas. Como la del emperador Adriano, de Marguerite Yourcenar. Biografías de la Tierra también abundan, como la de Francisco Anguita, de corte científico divulgativo. Novedoso es ver la biografía del planeta en ocho páginas en el relato Krakatoa (Leyenda preludio), contenido en el más reciente libro de Fernando Contreras Castro, Sonambulario.

Alguna vez le leímos decir al autor que “él era un hijo del Irazú”, porque había nacido en aquel aciago año de 1963, cuando las cenizas del volcán cubrían inmisericordemente la ciudad de San José y alrededores. No cabe duda de que le ha marcado esa paternidad, cuando en el primer relato de su libro escribe que “las erupciones volcánicas de tierra y de mar son las pesadillas más horrendas del planeta y los pájaros que comen sueños, por ley del instinto, se abstienen de probarlas, porque no matan por veneno sino por la aspereza de su sabor.”

En Krakatoa, la hecatombe volcánica de 1883, aunada a la del tsunami asesino que le sucedió, dan cabida a una elucubración filosófica del origen del planeta, hasta la aparición del hombre y el porqué está aquí: “el camino de la evolución no fue sino una variante más de la ciega voluntad sobre la materia animal”.

Bien documentado, Contreras nos lleva de paseo desde la tectónica de placas hasta Darwin, en una ciencia geológica hecha literatura, que va más allá de las sempiternas descripciones geológicas de Alejo Carpentier. Sugestivo, perturbador, si se quiere, es este relato. Y es que perturbadora es la historia toda de este planeta azul, repleta de extinciones masivas, inquietas placas y épocas glaciales. Tanto así, que la ciencia que lo estudia, la Geología, es quizás la más irreverente de todas, porque se ha encargado de desmentir los seis días de la creación, y demostrar que en realidad son 4.600 millones de años de historia terrestre.

Ahí está el único lunar del relato: no son “4.65 billones de años”. Perdonable, porque el mismo autor lo afirma en la contraportada: “Este libro es una bitácora de sueños”.

http://wvw.nacion.com/ancora/2005/julio/24/ancora16.html

Fernando Contreras Castro: Una pausa entre novelas

Díaz, Doriam. “Fernando Contreras Castro: Una pausa entre novelas”. La Nación (San José, Costa Rica), 30 de julio de 2005

El autor de Única mirando al mar y Los peor y ganador de dos premios nacionales habla acerca de Sonambulario, su nuevo libro de cuentos (editorial Norma). Él se confiesa sonámbulo, a su juicio, una experiencia alucinante

Edad: 42 años

Estado civil: Soltero

Profesión: Escritor

¿Cómo surge Sonambulario, su segundo libro de cuentos?

Lo siento como una pausa temática y estética en mi producción en general y mis temas recurrentes. Tiene una búsqueda diferente, va más en el sentido de lo onírico y lo estético. Igual que Urbanoscopio -mi primer libro de relatos- sale en medio de la escritura de una novela.

¿De qué trata esa novela?

Um… Es una novela que he trabajado durante varios años, ahora la estoy terminando y espero que salga en el 2006. Prefiero no hablar mucho de ella por ahora porque quizá después cambie.

¿Por qué le interesaron los sueños y el sonambulismo para este libro?

Soy sonámbulo. Me pareció un material de primer orden para trabajarlo en los relatos. El germen de cada cuento ha estado en un sueño o en un episodio de sonambulismo; lo demás es trabajo de creación literaria. A veces hay sueños que lo marcan a uno, lo cual es una cosa rara porque los sueños se disipan rápido.

Define Sonambulario como una bitácora de sueños. ¿Cómo llevó una bitácora de este tipo?

Hay sueños que te marcan, te perturban, te intrigan, te obsesionan y no se van. Empecé a trabajar a partir de esos que tenía en la memoria, de los sueños que quedan como huella. Además trabajé temas como la música de Johann Sebastian Bach, que no es un sueño, sino una obsesión. El libro es una amalgama entre el sueño y la obsesión.

Pausa suena a divertimento, pero su pausa es para trabajar estética. ¿Por qué?

Escribir un cuento es muy complicado. Lo que pasa es que los temas de mis novelas son espesos, con un contenido social fuerte y hasta doloroso; la novela que estoy trabajando no es la excepción. De pronto, hice un alto y me puse a trabajar este libro de cuentos.

¿Por qué considera que el sonambulismo no es un padecimiento, sino un raro privilegio?

No todo mundo es sonámbulo. Creo que hay muchos prejuicios alrededor de los sonámbulos: la gente les tiene miedo. Sin embargo, la experiencia es realmente alucinante y es muy diferente a la del sueño. En el sonambulismo hay una participación activa del soñante, ya que él participa en el sueño con toda su corporeidad. En ese sentido, yo reivindico el sonambulismo. El libro es un mensaje a los sonámbulos para que lo disfruten.

Se le conoce más como novelista que como cuentista. ¿Con cuál de esos dos géneros se identifica más?

La novela es el género en que me siento más cómodo. El cuento me permite sugerir, no darlo todo sino señalar un camino y que el lector decida si lo recorre o no. La novela tiene que mostrar mucho más; tiene otra intención.

Sobre la nueva versión de Única mirando al mar

Contreras Castro, Fernando. “Sobre la nueva versión de Única mirando al mar”. San José, Costa Rica: El autor, 4 de marzo de 2010

Fernando Contreras Castro

¿Debe un escritor alguna explicación acerca del por qué escribe o reescribe algo?
En principio, la respuesta es no. El escritor ofrece un relato y, en palabras de Barthes: “el texto propone y el lector dispone”.
Queda así en manos del lector el papel de completar la totalidad juego, y en esto, está solo. El escritor, aunque quisiera colaborar y fuera esa su mejor intención, nada puede hacer al respecto: la novela está escrita, editada, y en manos del lector.
Soy escritor cuando estoy sentado frente a mi máquina escribiendo, o cuando en el momento más inesperado se me ocurre un tema. Soy escritor también mientras ando con ese tema en la cabeza luchando por llevarlo a lo que considere el mejor de los finales posibles, aunque eso sea sólo una vana aspiración pues, ya se sabe: siempre habrá un mejor final para cada relato precisamente ahí, en el abismo que precede al punto final.
Una vez entregado el texto a los lectores, inmediatamente dejo de ser escritor y paso a ser cualquiera otra cosa, un autor, por ejemplo o, en el mejor de los casos, un lector más así sea de lo que acabo de entregar. Ya nada hay que pueda hacer al respecto… o casi nada, dado que como lector estoy en la misma libertad que otro para hablar sobre lo escrito. Pienso aquí, irremediablemente en Cervantes cuando en el prólogo al desocupado lector le dice: “puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella.”
Si lo anterior no me exculpa y libera de las secuelas provocadas por la lectura de mis libros, tengo aquí un último argumento que seguro sí lo hará: El lector toma un libro bajo su cuenta y riesgo. Después de un par de líneas o de páginas sabrá si obedeciendo a su más inapelable albedrío lo sigue leyendo, o si por el contrario, lo abandona en ese punto. Sea su decisión la que sea, no vuelva los ojos en busca de los del escritor para ver en su mirada la aprobación benigna, o el gesto condenatorio que lo arrastraría a seguir leyendo, porque en ese momento el escritor ya no existe.
Como lector entonces, y sólo en esa condición, me atrevo a señalar algunos aspectos sobre la reescritura de la novela Única Mirando al Mar.
Veamos: Una reescritura no es una corrección de un texto, sino que significa retomarlo de principio a fin para volver a decirlo de otra manera.
Pero, ¿por qué un escritor se toma semejante molestia? La respuesta solo puede ser una: porque nunca quedó satisfecho con la forma en la que lo dijo esa primera vez. De modo que su intención no es otra que la de permitirse una segunda (a veces hasta una tercera), oportunidad para replantear la fórmula de la novela.
Una segunda consideración no menos importante: Un escritor se toma la molestia de reescribir alguno de sus textos porque sigue creyendo que el tema es bueno, por lo que merece ser narrado de mejor manera.
La reescritura está más que justificada, se emprende y culmina con el nacimiento de un nuevo texto sobre un antiguo tema. Lo que conlleva necesariamente a un problema: ¡Tenemos entonces dos relatos, o dos variaciones sobre un mismo tema!
Como lector, cuando me enfrento a un fenómeno de esta naturaleza, así lo asumo: tengo un tema dicho de dos maneras diferentes, por tanto, me enfrento ahora a un diálogo entre estas dos variantes formales. Los dos textos dialogan, se complementan, se niegan y se afirman mutuamente, todo ello, claro, si el lector así lo desea, porque puede optar también, sin que ello le acarree culpa alguna, por quedarse con solo una de las dos versiones.
En el caso del lector curioso (y desocupado, insistiría Cervantes), o cómplice, como preferiría Cortázar, se trata de una gran oportunidad para adentrarse aún más en aquel mundo que ya creía conocer y que ahora le ofrece toda una “Terra Incógnita” para husmear.

Única Mirando al Mar sigue siendo el tema que el lector ya conoce, la historia aquella de un hombre que llevado por las contradicciones de un sistema injusto al límite de la exclusión social, no encuentra otra salida que la de lanzarse a la basura como un desecho más. En el botadero de la gran área metropolitana, este hombre, rescatado por una mujer buzo y su hijo adoptivo, se ve en el dilema de dejarse morir, como seguramente era su primera intención o bien, replantearse su vida, reinventarse a él mismo y volver a las filas de los que luchan a cada instante por ganarse el sentido de la vida con el sudor de la frente.
El estilo ha cambiado. Ahora es más liviano, lo que permite levantar observaciones más pesadas. El texto es más corto, al punto de calificar dentro de lo que se conoce como “novela breve”: una gran cantidad de lastre fue arrojada al mar en aras de la economía del lenguaje, y el narrador alivia en gran medida a los personajes de sus pesados y viejos parlamentos.
Por lo demás, el paisaje es el mismo, los problemas fundamentales que plantea la novela son los mismos. Personajes más, personajes menos, el elenco es el mismo, y si bien, parece a primera vista que el final ha cambiado… ¡atención desprevenido lector! Se trata sólo de una ilusión óptica, el final es el mismo, sólo parece diferente porque ahora nos ahorramos la metáfora para quedarnos en la ingrata realidad.
Y acaban aquí las consideraciones de un lector más de la mencionada novela, que no por coincidir con la persona del autor se considera en más derecho (ni menos), a intentar una opinión, entiéndase: una lectura.