Calufa, investigador

Molina Jiménez, Iván. ʺCalufa, investigadorʺ. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 27 de abril de 2013, p. 34A

En la literatura costarricense, a Carlos Luis Fallas Sibaja (1909-1966) se le considera fundamentalmente un autor de novelas y relatos, justamente célebre por obras como Mamita Yunai, Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez y Mi madrina.

Fallas, sin embargo, fue también un escritor de ensayos políticos, sociales e históricos, como se puede apreciar en el libro De mi vida, que acaba de publicar la Editorial de la Universidad Nacional.

De los materiales incluidos en esa obra, hay tres ensayos que son de particular interés, ya que para elaborarlos Fallas realizó un detallado trabajo de campo con el fin de conocer las condiciones de vida y laborales de ciertas categorías de obreros y productores agrícolas.

El primero, publicado en diciembre de 1933, se refiere a la situación de los barreteros en el Caribe y a sus conflictos con la United Fruit Company. Este estudio constituye un antecedente fundamental del relato “Barreteros”, que Fallas terminó de escribir en 1941 y publicó en 1954.

En una línea similar, el segundo ensayo, publicado en agosto de 1935, explora el mundo social de los mineros de Desmonte y de los campesinos de las áreas aledañas, enfrentados con los intereses de dos empresarios extranjeros. Curiosamente, esta importante contribución de Fallas no ha sido considerada por los historiadores costarricenses y extranjeros que décadas después analizaron la problemática minera.

Finalmente, el tercer ensayo es el más conocido de todos, dado que circuló como folleto en 1960 y fue reimpreso en 1978: “Don Bárbaro”. En este trabajo, cuyo título evoca la célebre novela que Rómulo Gallegos publicó en 1929, Fallas analiza la concentración de la tierra en Guanacaste y, especialmente, la lucha de los pequeños y medianos productores agrícolas por defender sus propiedades, amenazadas por lo que él denominó “el latifundio de los Morice”.

Los dos primeros ensayos referidos evidencian ya los tempranos esfuerzos de Fallas por observar, describir, recoger testimonios, revisar documentos, verificar la información obtenida, ordenarla, comparar resultados y analizarlos. Las capacidades indicadas encontraron su mejor expresión en “Don Bárbaro”, que destaca por una mayor exhaustividad en la recolección, sistematización y análisis de los datos.

Por estos ensayos, y otros que también están incluidos en De mi vida, Fallas debería empezar a ser considerado como una figura relevante en el desarrollo de las ciencias sociales en Costa Rica. Imaginativo practicante de la historia oral, fue también pionero en la construcción de la historia de los trabajadores, de los pequeños y medianos productores agrícolas y de los movimientos sociales.

http://www.nacion.com/2013-04-27/Opinion/Calufa–investigador.aspx

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Primero fue Marcos

Ordóñez, Jaime. “Primero fue Marcos”. La Nación. Opinión (San José, Costa Rica), 1 de mayo de 2003

 *La falacia de la literatura pura

Primero fue Marcos Ramírez, de Carlos Luis Fallas (quizás la mejor novela escrita en Costa Rica), excluida hace unos años del Programa del MEP por razones aún inentendibles. Se alegó en su día que ese logradísimo Lazarillo de Tormes o Huckelberry Finn a la tica, era muy antiguo y ajeno al actual contexto costarricense. Como si la Ilíada o El Fausto no fueran aún más lejanas y, no por ello, ¡absolutamente vigentes e importantes! Ahora le toca el turno a una de la obras más puras de la literatura costarricense: Cocorí. La razón esta vez es otra: supuestos elementos discriminadores en la obra que atentan contra la equidad o la igualdad étnica. Con todo respeto, en ambos casos ha existido un error de apreciación del MEP y de sus comisiones asesoras. Y, además, con peligrosas consecuencias.

Toda literatura es ideológica y, como tal, tiene una concepción decantada del mundo, en una u otra dirección. Tiene prejuicios, puntos de vista discutibles, incluso violentamente polémicos y justo en eso reside su riqueza. Una obra neutra no es literatura, como apunta aguda y certeramente el escritor y abogado Vérnor Muñoz en su texto Lo terrible de la hoja en blanco, difundido por Internet durante las últimas semanas. Un currículum educativo sobre literatura debe tener buena literatura –que nunca es aséptica– y punto. Todo gran arte incluye la compleja gama de lo humano, sus prejuicios, pasiones e, inclusive, desatinos. La clave del sistema educativo (y de los buenos profesores) es que los adolescentes la entiendan en su contexto, de la biografía de su autor, del complejo y terrible nudo humano que se revela en el arte.

Las principales obras literarias de nuestra civilización han sido profundamente ideológicas, controvertidas y arrastran, casi siempre, una visión enfrentativa del mundo. Siguiendo la misma pauta usada por el MEP, muchas deberían ser alejadas de los ojos de nuestros estudiantes.

Argumento llevado al absurdo. Habría que prohibir Eurípides, por promover el homicidio de una hija (en Ifigenia) y también por instar al parricidio y a ser amante de la madre (Electra). A Sófocles y Esquilo les iría parecido. Tendríamos que prohibir a Aristófanes, por declarar la guerra de sexos y atacar al orden político establecido. Habría que sacar al Mío Cid, por racista, toda vez de su persecución contra los moros, y también al Quijote, obra de Cervantes claramente antisemita. Habría que prohibir las dos Odiseas –la de Homero y el Ulises de Joyce– porque en ambas el papel de la mujer es de sumisa espera, y eso podría promover el machismo. Habría que mandar al sótano a Hemingway, a Henry Miller y a Julio Cortázar, porque tanto Por quién doblan las campanas, ambos Trópicos y la Rayuela, no favorecen el papel de igualdad de la mujer, todo lo contrario. Habría que prohibir Muerte en Venecia, de Thomas Man, porque promueve el homosexualismo. También habría que mandar al sótano a García Márquez, pues el coronel Aureliano Buendía tuvo cerca de 80 hijos en el largo mundo, de muchas mujeres, la mayoría no reconocidos, y eso promueve la promiscuidad sexual y la irresponsabilidad.

La lista es de nunca acabar, como imaginará el lector. Graham Greene debería ser erradicado, pues El poder y la gloria narra la historia de un sacerdote que sucumbe a los pecados de la carne. Habría que enviar al ostracismo a muchos Nobel. A Camus, pues en El Extranjero no solo muestra la insensibilidad del protagonista ante la muerte de su madre, sino, además, abjura ante el crucifijo y el sacerdote. (A Camus, más bien habría que mandarlo al paredón, pues también promueve el suicidio el Hombre rebelde). A Sartre también, pues A puerta cerrada constituye un catálogo de todas las razones de la autodestrucción humana. A Becket, por hacer una apología de la soledad como condición connatural de nuestra especie.

Casi toda gran obra literaria puede ser acusada de un ismo, de una desviación, de una particular ideología del mundo y de los seres que lo llenan. Y en eso constituye su gran riqueza. Apostar a una literatura que no “transgreda ningún valor” es apostar a la mediocridad. Las decisiones del Ministerio de Educación Pública en esta materia son sumamente preocupantes y, aparte de pauperizar nuestro currículum, pueden abrir una senda peligrosa en las relaciones que deben existir entre libertad y educación.

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Lecturas juveniles ¿en manos de quién?

Herrera, Franklin. “Lecturas juveniles ¿en manos de quién?”. La República. Opinión (San José, Costa Rica), 20 de mayo de 2002

 El misterio alrededor de cómo se eligen los libros que deben leer nuestros hijos en la educación primaria y secundaria es hondo.

De los programas aparecen y desaparecen textos como por arte de magia sin que los ciudadanos sepamos a ciencia cierta las razones por las que un texto asciende y otro es decapitado.

Me ha sorprendido enterarme que ya nuestros jóvenes no tienen que leer el maravilloso libro de Carlos Luis Fallas, Marcos Ramírez, uno de los principales y más bellos exponentes de la vida de nuestros niños y jóvenes en una etapa determinada de nuestra historia patria, que ha dado la vuelta al mundo y que ha motivado incluso importantes producciones televisivas, además de haber nacido de la pluma del más vigoroso de nuestros escritores, que ha contribuido en mucho a dar fama internacional a nuestras letras.

Me vuelve a sorprende el hecho de que quienes deciden sobre lo que los estudiantes costarricenses deben o no leer hayan cometido el  pecado capital de excluir de esas lecturas la obra teatro Uvieta, del más connotado de nuestros dramaturgos, Alberto Cañas, recientemente publicada por la Editorial Legado, y la verdad sea dicha, me gustaría conocer las razones de ese dislate.

No creo que pueda argumentarse que la obra no tiene calidad puesto que incluso recibió en 1980 el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. El texto es ameno, el tema pertenece a la cultura popular y está tratado con fantasía y sano humor y ha tenido innumerables montajes, muchos de ellos por parte de grupos de aficionados y de colegiales.

Personalmente no atino a entender las razones de esta disposición, a no ser que la decisión sobre las lecturas que deben hacer nuestros estudiantes no esté en las manos adecuadas.

Tengo ante mí la copia de las recomendaciones que la asesora de español del Ministerio de Educación Pública hace para 2002 y que fueron entregadas el 16 de noviembre de 2001 e increíblemente aprobadas por el Consejo Superior de Educación. No viene al caso la identidad de esa connotada profesional. Pero sí me interesa decir que es sintomático que recomiende la lectura de tres textos de Julio Verne: La isla del tesoro, Viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en ochenta días. ¿Qué más decir o qué pensar?.

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El retablo de Calufa

 Soto G., Rodrigo. “El retablo de Calufa”. La Nación. Suplemento Áncora. (San José, C.R.), 30 de setiembre, 2001. p.4

Una nueva lectura de la obra del gran escritor costarricense Carlos Luis Fallas (1909-1966), se impone en la  época de la posguerra fría, no para despolitizarla y hacer de ella algo neutral y escéptico (cosa por demás imposible), sino para ir a su encuentro despojados de las anteojeras y prejuicios propios de la confrontación ideológica, política y militar en que el autor la produjo, y que marcó tan hondamente su propia vida. Con la notas que siguen no pretendo demostrar una tesis, sino compartir impresiones acerca de la reciente relectura de algunos de sus libros, y convidar a una aventura que garantizo será gratificante para quien le emprenda.

El gran tema literario de la mayoría de los autores de la generación del medio siglo (Fallas, Dobles, Marín Cañas, Salazar Herrera, Herrera García y, en menor medida, Gutiérrez) es la vida del campesino y de los trabajadores agrícola. Cada uno de ellos lo abordó desde diferente ángulo, de modo que en conjunto nos heredan una imagen completa de lo que la vida de los hombres y mujeres de las zonas rurales durante la primera mitad del siglo XX.

Cultura popular

La impresión que me deja la relectura de los libros de Calufa es que, junto a la “literatura militante” que se propuso escribir, existía un proyecto estético de mayor envergadura: recrear, en un gran “fresco”, la cultura popular de la primera mitad del siglo XX, sobre todo en sus formas rurales y campesinas. Sin pretensiones sociológicas ni de ningún otro tipo, sino a partir de la recuperación de su propia experiencia vital, Calufa construye en sus obras un  enorme “retablo” narrativo que, a la manera de las pinturas de Brueghel, se compone de múltiples escenas, de gran cantidad de personajes y de descripciones puntillosas hasta es sus detalles más nimios.

Por supuesto el retablo comienza con el mismo lenguaje campesino; la recreación del habla popular que realiza Calufa es fresca, hermosa y profunda, como las pozas de los ríos donde se bañan los personajes de sus libros. Pero va mucho más lejos, pues Fallas reconstruye minuciosamente sentimientos y costumbres, y a menudo se toma el cuidado de consignar variedades animales y vegetales, formas de trabajo y de lo que de manera pedante podríamos llamar “prácticas culturales”. Un ejemplo son las serenatas que una y otra vez aparecen en sus libros, y de las que a menudo transcribe estrofas completas de canciones perdidas en el tiempo ¿Alguien ha pensado alguna vez en Calufa como “folclorista”?

Sus descripciones de las tareas agrícolas son las más convincentes que jamás haya leído. Inolvidables, por ejemplo, son las imágenes de la forma como palea Calero, en Mamita Yunai: “Fuera arcillosa o suelta la tierra, él sacaba la palada con un enorme cucurucho y la revoleaba altísimo; y allá iba en el aire, describiendo un arco cerrado, dando vueltas sobre sí misma sin que se le desprendiera un  terroncito siquiera y hasta con la entrada del cabo dibujada, a caer sonoramente sobre el relleno”.

A menudo da la impresión de que para Fallas es esencial demostrar al lector que conoce a cabalidad cada una de las cosas que describe, que no nos está cuenteando, como en las minuciosas, casi obsesivas descripciones de los trabajos dinamiteros que leemos en Gentes y gentecillas y en Mamita Yunai.

No menos memorables es la descripción de los peces que pescan con dinamita en el río los personajes de Mamita Yunai: las machacas, “de un verde tornasolado, pero que no sirven nada más que para sopa por su gran cantidad de finísimas espinas; metidas dentro de una bolsita de manta y bien hervidas, dan un caldo delicioso y nutritivo”; los bobos “de panza blanca y cuerpo de un negro lustroso que se iba opacando al secarse al aire el grueso pellejo”, los (tepemechines) “medianos y lambuzos, de escamas menuditas y grisáceas; y las escasísimas guabinas, punteadas hacia la cola y cabezonas, con cerdas gruesas en el ancho hocico y una bolsa blancuzca pegada a la barriga…” ¿No parece esta meticulosidad más propia de un naturalista en afanes descriptivos que de un dirigente político urgiéndonos a la revolución social?

La práctica de pescar con “bomba” en los ríos resulta escandalosa hoy día, pero algo de conciencia ambiental no le faltaba a nuestro autor, pues en el mismo libro hace exclamar a uno de sus personajes, ante el espectáculo de millones y millones de metros cúbicos de robles y cedros y laureles que se pudren de abono para el banano; “Hasta el clima nos van a cambiar botando las montañas”.

La recreación que del mundo rural y campesino plasma Calufa no es externa, surge de los mismos valores y de una mirada afín a la de sus personajes. En otras palabras: Calufa no solo habla de lo rural, sino desde lo rural; no habla solo de los trabajadores y campesinos, sino como campesino y trabajador. Esta es la médula de su obra, su singularidad y belleza, y por ello puede equipararse, en cierta forma, con la que en el campo poético iniciará Debravo un par de décadas después.

Por ello, no debe sorprendernos que cuando Calufa trata con personajes de otra condición social, su dibujo tienda a ser más inseguro y su mirada más distante, como en el retrato satírico de las señoras “de sociedad” que sufren su “destierro” en la hacienda de Gentes y gentecillas.

Identidad y alteridad

Mientras trabaja en una hacienda en las cercanías de Turrialba, Jerónimo, el joven protagonista de Gentes y gentecillas, evoca su casa familiar en Heredia. Con la misma maniática minuciosidad que el autor ha desplegado en otros momentos, Jerónimo describe a lo largo de varias paginas cómo están dispuestos los aposentos, los materiales utilizados en la construcción, los árboles frutales que crecen en el solar, la cría de abejas para la miel, las plantas cultivadas por su madre, la gallinas y gallos, los cerdos y los perros, etc. Se trata, ni más ni menos, de una escenificación insuperable de lo que, ya en 1939, Yolanda Oreamuno  llamaba burlonamente el “mito religioso de la tierra muy repartida, la casita pintada de blanca y azul y el pequeño propietario de chanchos y gallinas que lleva al cuello un pañuelo colorado”.

Fallas nos revela así que esta visión idílica, en la que muchos historiadores recientes ven poco menos que una invención descarada para manipular a los costarricenses, brota, mana, emerge directamente del imaginario campesino. Será tal vez porque -distancias sea temporal geográfica-,  nos lleva a idealizar aquello que evocamos, y cuando más lejano sea el pasado, más lo convertimos en mito.

Un detalle que no pasa inadvertido es que, salvo los indígenas de Talamanca que aparecen en Mamita Yunai, los trabajadores rurales de los libros de Calufa saben leer y escriben cartas a sus parientes. ¿En cuántos países de América Latina es verosímil esta escena?.

Se ha dicho que en la obra de Fallas y en la de algunos de sus compañeros de generación, la representación literaria del país desborda los límites del Valle Central y se expande hacia ambas costas. Al hacerlo, el campesino meseteño entra en contacto con “las otras costa ricas”: la negra, la indígena, la de los inmigrantes chinos, etc.

En los libros de Calufa, indígenas y negros figuran como algo extraño, incomprensible y ajeno como “la alteridad” del tico-mesteño: “Cantaban en inglés, formados en rueda, una canción salvaje y monótona y se acompañaban dando palmadas con las manos y pateando con ritmo en el suelo…” dice de los trabajadores de origen jamaiquino en Mamita. Y en ese mismo libro, de los indígenas talamanqueños: “Gritaban en indio, en inglés y en español. (…) Los hombres se acercaban a las mujeres y, sin decirles nada ni alzarlas a ver siquiera, las cogían de la mano, tiraban de ellas hacia el centro y comenzaban a imitar torpemente pasos de son o fox sobre el irregular y sucio piso de maquengue. Bailaban también hombres con hombres e indias con indias…”El carácter ominoso y amenazante de estas imágenes no requiere comentario.

Por cierto que  para los personajes de Calufa, uno de los atributos infalibles de la belleza fenenina, es la blancura de carnes. Más blanca una mujer más bella y atractiva resulta. Para encontrar una explicación, basta remitirnos a Marcos Ramírez: “Mi madre era entonces una mujer muy hermosa, alta, blanca y abundante y negra cabellera que, cuando ella se la soltaba para peinarse, le caía hasta las rodillas”.

Ahora que tanto escándalo se hace de la inmigración nicaragüense, conviene releer Mamita Yunai, en donde Fallas nos recuerda que la presencia de trabajadores de esa nación es antigua y ha sido siempre importante para el país. Por cierto que el “cabo Pancho”, contratista nicaragüense para el que trabajan Calero, Herminio y José Francisco en Mamita Yunai, es mucho más decente y considerado que sus iguales ticos.

Autobiografía Novelada

Tengo entendido que Marcos Ramírez es considerado un libro de aventuras infantiles. ¡Qué estrecha esta visión! A mí me parece más bien el primer tomo de una autobiografía novelada, pues ahí tenemos a un hombre adulto que abre para nosotros, con sencillez y honestidad, el saco donde carga su pasado. Así por ejemplo, el libro empieza con un relato del linaje de los Ramírez (cosa que desde luego no tiene nigún interés para los niños). Las escenas del levantamiento popular contra la dictadura de los Tinoco son otro ejemplo del carácter “autobiográfico” del libro, y revelan que Fallas lo escribió para lectores adultos, no para chiquillos. Lo mismo puede decirse de la escena en donde una muchacha abusa sexualmente de los niños. (Por cierto, y aunque no venga al caso, debo protestar contra las horribles ediciones de la Editorial Costa Rica. ¿Cuánto se honrará a Fallas con algo más decente?)

Creo que toda la obra de Fallas puede leerse en esta misma clave de “autobigráfia novelada”. El uso casi permanentemente de la primera persona del singular es un indicador más de ello. En las páginas de sus libros podemos reconstuir la trayectoria vital de es niño extraordinario, hijo “natural” de una mujer campesina, nacido en Alajuela y criado entre esa ciudad y San José, lector infatigable, terco, rebelde y soñador, que cursó hasta el segundo año en el Instituto de Alajuela y que, muchacho aún, marchó a la zona bananera para buscar su vida y su destino. Por su obra literaria sabemos también de los trabajos, humillaciones y sufrimientos que ahí enfrentó, y de sus andanzas posteriores como trabajador agrícola en las cercanías de Turrialba, cuando la United Fruit Company trasladaba su actividad bananera a la costa del Pacífico.

Aunque en diversas ocasiones manifestó su propósito de escribir una roja literatura edificante acerca de sus luchas como dirigente de la gran huelga bananera de 1934, como combatiente de los batallones comunistas durante la Guerra Civil de 1948 y de la posterior represión que él y sus camaradas sufrieron, lo cierto del caso es que en su obra literaria vemos más bien poco de todo ello. Será tal vez porque, junto al valiente luchador social que fue, había en su corazón un auténtico y profundo escritor, y para dicha nuestra, Calufa siempre supo distinguirlos.

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Carlos Luis Fallas

Montero Vega, Arturo. “Carlos Luis Fallas”. Excélsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976. p. 6.

Aquí vengo de nuevo con las manos heladas

los ojos tristes

y la voz entrecortada,

para decir Calufa,

hermano mío,

escritor a veces, militar a ratos,

obrero entre los  obreros,

definitivamente camarada.

En el cuarenta y ocho vimos

tu estirpe de soldado.

Capitán de los pobres.

General en jefe de los que no tenían

nada que perder, si no cadenas.

Porque la muerte tiene

esa forma tremenda de expresarse,

porque el dolor se vierte gota a gota

hasta la muerte, vengo a decirte :

Tu  voz será siempre nuestra voz.

Tu firme decisión de combate

será siempre nuestra propia decisión .

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos  Ramírez

para llevarlo de nuevo a los bananales

ahora limpios sin yunai, sin policías.

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos Ramírez

y juntos, hombre y poeta,

escritor y obrero,

marcharán por la senda

de los que se han ido,

dejándonos amor, lucha, agonía,

dejándonos bondad, puño, semilla.

Y al final de la brega,

hermano mío,

cogerás de la mano a tu Marcos Ramírez,

porque entonces habrá nacido la simiente,

estarán los campos florecidos,

el pan se comerá con el sudor de la frente,

y tú sonreirás con la sonrisa

de los hombres prudentes.

Arturo Montero Vega (Naranjo, 1924)… compañero de luchas de Fallas

Fallas el novelista

Marín Cañas, José. “Fallas el novelista”. Excelsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976.  p. 4. (Fragmento)

No tuve el privilegio de ser amigo de Carlos Luis Fallas.

Lo vi dos veces en mi vida, y lo oí una, cuando la derrota en Dominical. Hablaba desde la cama, exhausto, con una gran fatiga, “como quien se desangra” para usar el grafismo de Güiraldes.

De las dos veces que lo vi, me quedó la impresión de ser un hombre-higuerón. Tenía las características de ellos, grueso, alto tranquilo. El destino de ellos: la tormenta los mueve, solo el rayo los abate.

A pesar de que en forma modesta, yo trajinaba por los mismos campos en los que Fallas andaba quebrando lanzas literarias, nuestro único contacto, o por lo menos, lo único que de él supe y oí, fue en ocasión de que un común amigo le preguntara su criterio sobre dos libracos– ninguno llegó a segunda edición, niguno fue traducido a lengua extranjera alguna– que soportaban en las vitrinas de las librerías esa melancólica derrota de no venderse. Lo instó, Emilio Valverde Vega, abogado de alto coturno, estudiado en París y también en un pupitre de una misma clase, allá por los dorados años liceísticos del 18 al 20, cual era su opinión sobre mis libros. Fallas lo redujo en breves palabras a una amarga, acertada y demoledora crítica, que hoy repito, precisamente, porque de ella voy a sacar la verdad de las suyos, el doloroso trazo de su mano de artista excepcional, el humano valor de páginas universales que graban el nombre de Fallas a la cabeza de nuestros más conspicuos valores literarios.

Dijo asi: “No me interesan esos libros, porque son producto de la fantasía. Para mí, solo tiene valor la realidad”.

Esta crítica constituye, escuetamente el perfil exacto de su obra, que ha de hacerlo famoso en el 42 e inmortal en el 56. Con “Mamita Yunai”, primero, con “Marcos Ramírez, después, y ya para siempre.

Tenemos, pues, dichas por él mismo, las palabras que nos han de dar lo mollar de su obra, pero vamos a ir más lejos. Además del perfil, la dimensión tercera con la que adquiere el volúmen; la que la hace viva bullente y humana, de espíritu y sangre, de carácter y genio. Todo esto que integra al autor dentro del retablo lierario nacional.

Porque  Fallas, que es realista –ya lo dijo él : “Solo tiene valor la realidad”– no es realista a lo Balzac, a lo Dostoievski–  aunque algo arrastra de ellos lejanamente, quizás por lo denso y poblado de las novelas; el tamaño físico y la longitud del segundo relato– pero lo ha  sido por lo secillo y directo .

Abelardo Bonilla en su “Historia y Antología de la Literatura costarricense”, lo encasilla como naturalista, y en elllo está precisamente su acierto y su peligro.

En Costa Rica, o por lo menos dentro del concepto de lo que es literatura costarricense, se ha calificado como escritor costarricense, el que escribe costumbrismo. Costumbristas fueron nuestros clásicos. Tenemos el costumbrismo, porque lo que tenemos –con la poca  edad recorrida, historia pacífica, carente de grandes conmociones– es la costumbre. Es lo que más resalta en el vivir nuesto. El escritor, artista que moviliza su tema sobre un fondo de escenario, tiene que recurrir a la costumbre, que es a la postre, el insoslayable retablo. De ese copia, generalmente lo que ha venido a hacerse, es una viñeta.

Quizás por ello, considero que el costumbrismo es un arte menor. Como la artesanía del “souvenir”, lo es en grado aún menor. Contra esta desviación, trinó, en sus artículos juveniles. Yolanda Oreamuno. El costumbrismo es la fotografía, con gracia de color, acento castizo y dejo criollo, pero arte menor. Fallas, es, para resumirlo en breves palabras, el primero que no hace costumbrismo. Porque el costumbrismo es el retrato de la costumbre, y la costumbre es lo cotidiano, lo de todos los días, lo intranscendente. A los que vemos esto, este hacer, este rutinario molde, nos hace gracia su reproducción en la prosa galana o en el verso festivo. Pero la prosa y el verso pierden su valor, en cuanto el lector desconozca el original del que se sacaron las fotografías. La proyección del costumbrismo tiene como límite la frontera nacional. Es producto de consumo interno. Fallas es universal en su tema, sea cualquiera el fondo que le dé asiento al drama.

Escenario limpio y sazonado. Acuarela de trazo firme –a la manera de Fausto Pacheco y con sol de Fausto Pacheco– delante de la cual el drama ruge.

“Mamita Yunai” lo hizo famoso y “Marcos Ramírez” lo transforma en permanente, dentro de nuestros cuadros literarios nacionales. La primera obra citada es maestra en vitalidad y en acción. El escritor fluye desangrandose con una gracia darmática, que absorbe y deleita. Fue su aparición como un estallido dentro del raquítico medio de la época. Habia sido presentada en un Concurso, en el que los jurados resolvieron eliminarlo por “no tener forma de novela”. El libro bien pronto transpuso las fronteras patrias y alcanzó la traducción en los países detrás de la Cortina de Hierro.

Crei siempre, y aún lo sigo creyendo, que su obra pinacular por excelencia, el libro en donde el artista refleja su potencia, con gracia alada y poderoso genio creador –narrativo, matizante y fluido, travieso y diabólico, picarón y añorante– es Marcos Ramírez”.

¿Es acaso su vida? Quizás en una parte la sea; quizás de lo que oyó o le contaron. En cada página novelesca, se entremezclan siempre pedazos de vida propia del auto, con escombros, paredes rotas tejados con goteras, de otras personas que dejaron en el oido del escritor una visión de algo ocurrido. …..

Escritores costarricenses: Carlos Luis Fallas (Calufa)

Carlos Luis Fallas, gran escritor costarricense

Escritores costarricenses: Carlos Luis Fallas (Calufa)”. Diario Extra (San José, Costa Rica), 30 de mayo de 1986, página 5

Autobiografía

Nací el 21 de enero de 1909, en un barrio humilde de Alajuela. Por parte de mi madre soy de extracción campesina. Cuando yo tenía cuatro o cinco años de edad, mi madre contrajo matrimonio con un obrero zapatero, muy pobre, con el que tuvo seis hijas. Me crié, pues en un hogar proletario.

Cursé los cinco años de la escuela primaria y luego dos de la enseñanza secundaria.

Tuve que abandonar los estudios, fui aprendiz en los talleres de un ferrocarril, y a los dieciséis años, me trasladé a la provincia de Limón, en el litoral Atlántico de mi país, feudo de la United Fruit Company, el poderoso trust norteamericano que extiende su imperio bananero a lo largo de todos los países del Caribe. En Puerto Limón trabajé como cargador, en los muelles. Después me interné por las inmensas y sombrías bananeras de la United, en las que por años hice mi vida de peón, de ayudante, de albañil, de dinamitero, de tractorista, etc. Y allí fui ultrajado por los capataces, atacado por las fiebres, vejado en el hospital.

Andaba en los 22 años cuando regresé a Alajuela, para ver morir a mi madre. Entusiasmado por las ideas revolucionarias y anti-imperialistas que por ese entonces comenzaban a agitar al proletariado costarricense ingresé al naciente movimiento obrero y, para poder vivir y luchar en las ciudades, aprendí en tres meses el oficio de zapatero, oficio que ejercí por largos años.

Intervine en la organización de los primeros sindicatos alajuelenses y en la dirección de las primeras huelgas; fui a la cárcel varias veces; resulté herido en un sangriento choque de obreros con la policía, en 1933, y ese mismo año, con el pretexto de un discurso mío, los Tribunales me condenaron a un año de destierro en la costa Atlántica provincia de Limón. Allí, entre otras actividades revolucionarias, intervine en la organización de la gran Huelga Bananera del Atlántico de 1934, que movilizó 15.000 trabajadores y que conmovió profundamente al país entero. Por mi participación en esa huelga fui encarcelado una vez más, me declaré en huelga de hambre, y gracias a la acción del pueblo, recobré mi libertad.

Fui electo por los obreros del Regidor Municipal en 1942 y diputado al Congreso Nacional en 1944.

Me tocó improvisarme jefe militar de los mal armados batallones obreros que derramaron su sangre durante la guerra civil costarricense de 1948. Derrotados por las intrigas imperialistas, y bajo la brutal y sangrienta represión que desataron nuestros enemigos, fui a la cárcel, estuve a punto de ser fusilado y me adobaron en un proceso calumnioso e infamante, pero salvé la vida y recobré la libertad gracias a las protestas del pueblo y a la solidaridad internacional.

En mi vida de militante obrero, obligado muchas veces a hacer actas, redactar informes y a escribir artículos para la prensa obrera, mejoré mi ortografía y poco a poco fui aprendiendo a expresar con más claridad mi pensamiento. Pero, para la labor literaria, a la que soy aficionado, tengo muy mala preparación: no domino siquiera las más elementales reglas gramaticales, del español, que es el único idioma que conozco, ni tengo tiempo ahora para dedicarlo a superar mis deficiencias.

Mi labor literaria es muy escasa, porque la mayor parte de mi tiempo lo dedico a la lucha por la total liberación de mi pequeña patria. En 1940 escribí Mamita Yunai, publicada en Costa Rica en 1941, y que pasó desapercibida por años, hasta que el soplo poderoso del gran poeta Pablo Neruda la echó a correr por el mundo; hasta el momento se ha editado en italiano, ruso, polaco, alemán, checo, eslovaco y rumano y pronto aparecerá también en búlgaro y húngaro, se editó de nuevo en español en Chile en 1949 y en Argentina en 1955, donde actualmente se prepara su reedición.

Y ahora esta edición mexicana que es la definitiva. En 1947 publiqué la novela “Gentes y gentecillas”, en una pécima edición que corregí luego, pero que no he podido volver a editar. Ese mismo año escribí una novela y unos cuentos cortos que me fueron robados y destruidos durante la represión de 1948. En 1952 publiqué aquí “Marcos Ramírez”, libro de aventuras infantiles traducido ya al francés, al alemán y al polaco (actualmente se prepara una nueva edición española, en Argentina). Y en 1954 publiqué aquí “Mi Madrina”, en un tomo que contiene dos novelas cortas y un cuento, y que se tradujo y editó ya en Polonia. Y esto es todo por el momento.

Esta autobiografía fue escrita en 1957, para la edición mexicana de “Mamita Yunai”. Carlos Luis Fallas murió en San José el 7 de mayo de 1966.

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“Gentes y gentecillas” de Calufa

Kasari, Joris. “Gentes y gentecillas” de Calufa”. La Prensa Libre (San José, Costa Rica),  2 de abril de 1977

Uno de los escritores costarricenses que más ha entrado en lo profundo del pueblo tico es Carlos Luis Fallas.

Llamado cariñosamente Calufa, este autor describe con autenticidad, el ambiente costarricense, con la manera de hablar del tico, su humor y su forma de ser.

Aunque la primera vez que se publicó esta obra en 1947, como la segunda novela de Carlos Luis Fallas, lo cierto es que, treinta años* después continúa siendo actual.

Es una novela que se lee y se disfruta, ya que los personajes tienen una vitalidad que se encuentra sólo en los buenos novelistas.

Para el lector, Jerónimo, Soledad, Rodolfo, Ñor Concho, doña Rosita y otros son seres de carne y hueso. Personas a las que podemos encontrarnos en cualquier momento. Son también prototipos de las distintas capas de nuestra sociedad.

Esa sociedad que da el campesino ingenuo así como el pícaro; el funcionario explotador y el trabajador sincero; el obrero que espera los días de pago y la mujer que trabaja para ayudarle a salir adelante con la carga… De todo hay en la novela de Carlos Luis Fallas.

Ningún nombre mejor hubiera podido ponerle que “Gentes y gentecillas”. Porque en sus páginas pulula lo mismo el poderoso que el sencillo; la mujer educada que la muchacha fácil que cree encontrar a la vuelta de la esquina la fortuna o el amor de novela.

Carlos Luis Fallas nació en 1909 en Alajuela y murió en 1966. De origen campesino, se crió al lado de un zapatero remendón. Hizo únicamente dos años de secundaria. Su viaje a Limón, cuando tenía 16 años lo hizo conocer y comprender la lucha del hombre sencillo por ganarse el pan.

En la costa atlántica trabajó en los muelles y en los bananales de la United Fruit Company, por eso, sus descripciones del trabajo, de las luchas de la clase de vida que llevaba el trabajador de las compañías extranjeras, es verídico.

Cuando regresó a Alajuela, a los 22 años, se dedicó a participar en movimientos políticos y obreros, participó en huelgas y en algunas ocasiones su militancia lo llevó a la cárcel. Fue miembro importante del Partido Comunista y elegido para cargos de elección popular como munícipe y diputado más tarde. Sin embargo, su militancia política no le apartó de la literatura, sino que le sirvió de base para sus temas y sus personajes.

Escribió “Mamita Yunai”, publicada en 1941. “Gentes y gentecillas”, editada en 1947 y luego con el sello de la Editorial Costa Rica en 1975. “Marcos Ramírez, Aventuras de un muchacho”, “Mi madrina” y “Tres cuentos”.

Su colaboración en periódicos y revistas de la época también fue copiosa.

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y es uno de los escritores latinoamericanos de mayor valor literario y social. Vale la pena volver a leer los libros de Carlos Luis Fallas.

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