Anacristina Rossi: verbo mestizo, verbo del Caribe

Soto, Michelle; Montoya Rodrigo (fotógrafo).  “Anacristina Rossi: verbo mestizo, verbo del Caribe”. Perfil (555): 74-77, 19 de octubre 2007

En agosto, la Academia Costarricense de la Lengua dio la bienvenida a Anacristina Rossi, y con ella, a la literatura afrocaribeña.

Escuchar a Anacristina Rossi es como oír las olas reventar. Su verbo es tan furioso como el mar, pero sus palabras también tocan la orilla como espuma.

Con ella se conversa de literatura, de lengua, del ser mujer, de utopías y sueños, de medio ambiente y, sobre todo, de Limón. Rossi lleva el sol en la piel y el viento en el cabello, ella es Caribe.

El pasado 23 de agosto, se incorporó a la Academia Costarricense de la Lengua. Es así como su nombre se une al de Arnoldo Mora Rodríguez, Rafael Ángel Herra, Adolfo Constenla, Samuel Rovinski, Estrella Cartín, Julieta Pinto y Alberto Cañas, entre otros.

En su discurso de incorporación rescató del silencio los textos de Samuel Charles Nation y, con estos, una literatura afrolimonense de principios del siglo XX.

SUS LETRAS

Rossi estudió lingüística y lenguas modernas en Inglaterra, Francia y Holanda. Obtuvo una maestría en idiomas y un doctorado en ciencias de la traducción.

Es activista ambiental y social, rasgo que se refleja en su libro La loca de Gandoca de 1991. Sus novelas María de la noche (1985) y Limón Blues (2002) fueron distinguidas con el Premio Nacional en ese género. Sus escritos son objeto de estudio en universidades costarricenses  y estadounidenses.

Ha participado en congresos sobre literatura en Estados Unidos, Alemania y Panamá, entre otros. Fue invitada por el Ministerio de Cultura de Francia como representante del istmo en el Programa “Belles Etrangéres”, el cual fue dedicado a Centroamérica en 1997.

Asimismo, recibió la Medalla Presidencial del Centenario del Nacimiento de Pablo Neruda, la cual fue otorgada por el Gobierno de Chile por la proyección social de su obra literaria.

Por más que sus textos trascienden fronteras, Rossi suele regresar a Limón de su infancia, al que lleva siempre del lado izquierdo del pecho.

UTOPÍAS

En la última década, la voz mestiza de Anacristina Rossi tiene la sonoridad de un blues, y últimamente, de un reggae.

A finales de 1997, emprendió la investigación que le llevó a escribir Limón Blues y que le despertaría la necesidad de seguir recopilando y escribiendo aún después de Limón Reggae.

En la Biblioteca Nacional, desempolvó periódicos limonenses publicados entre 1903 y 1942, génesis de una literatura costarricense escrita por afrodescendientes.

“¿Qué es lo que nos dice esa literatura sobre Costa Rica?  En ella, los ticos nos vemos reflejados desde el punto de vista de alguien que nos ve –al mismo tiempo- desde adentro y afuera, desde otra y nuestra cultura”, comenta Rossi.

Fue así como conoció los textos del periodista y ensayista Samuel Charles Nation. En su prosa se develaron los ideales y las luchas por la reivindicación de los afrodescendientes y la figura mítica de Marcus Garvey.

“Mi esfuerzo es tratar de recuperar la literatura que hay en esos periódicos, hay una enorme riqueza en ensayos periodísticos y poemas. Eran el único lugar donde los afrodescendientes podían publicar porque no tenían editoriales”.

Mi sueño es, algún día, tener tiempo y el dinero para recoger esos ensayos, sacarlos de los periódicos, seleccionar, ordenar y ver cómo hago un libro para jóvenes y otro que recoja todo el material” añade la escritora con ímpetu.

En Limón Blues, la pluma de Anacristina de el primer acercamiento a esta literatura donde se retrata esa búsqueda de la utopía.

Con esa prosa de prisa, cargada de blancos que asesinan, negros que forman sindicatos, periodistas que publican páginas muchas veces censuradas, bananos destrozados por el machete de la Compañía, tambores que suenan hasta el amanecer, mujeres blancas que tiemblan por la carne oscura de sus sirvientes negros, olas que no dejan de reventar en la arena cálida y amores que se hacen y se deshacen bajo ese sol tropical que todo lo envuelve y todo lo embruja, los años transcurren con una velocidad vertiginosa, como si el tiempo se nos fuera a acabar sin permitirnos terminar la historia.

Y con esas esperanzas que se truncan con el paso de los años, Limón parece una de esas niñas rurales que envejecen antes de tiempo. Como resultado, solo queda el recuerdo, la nostalgia de un pasado que este país, que se precia de multiétnico, simplemente prefiere olvidar y que esta escritora nuestra, que se llama Anacristina Rossi, nos lo resucita de entre los muertos”, reseñó Manuel Delgado a propósito de la novela para Club de Libros.

Pero, Limón Blues terminó en 1973. Aún quedaba mucho por escribir, la escritora quería hablar de ese Limón que conoció de niña y adolescente. Fue así como se desencadenó una segunda utopía, la propia y la colectiva.

Limón Reggae habla de la revolución en Centroamérica durante los 70, centrada en El Salvador. Pero, también recata los ideales de Afrotsco de Limón y los Rastafari de Puerto Viejo.

“En Centroamérica se trató de tener dos utopías: la revolución nicaragüense y la salvadoreña. La salvadoreña terminó en gran fracaso, la nicaragüense por lo menos tuvo su periodo. Lo mismo le pasó a los Rastafari, pero ellos recrearon la utopía en el interior, y en lugar de aspirar a una utopía colectiva y grande, decidieron tener una más pequeña y es sobre todo interior.

Lo mismo pensaban los grupos negros en Limón durante los 70, Afrotsco era un grupo real y Milton Franklin (quien fue uno de sus integrantes) sigue pensando que los ideales de un cambio interior son vigentes. Para los socialistas y los de la teoría del marxismo, la utopía está afuera; pero lo lindo de él es que la utopía esta adentro”, recuerda la “loca de Gandoca”

-Y ahora, ¿cuál es la utopía que estamos persiguiendo?

-La única utopía posible es la paz con la naturaleza. Pero no la que dice nuestro presidente, con la que no estoy de acuerdo, porque la incluye con cosas tan devastadoras como este tratado de libre comercio. Las luchas ecológicas han costado tanto y han sido siempre como mitad perdidas y mitad ganadas, y cuando se ha ganado siempre ha sido gracias a la Sala Constitucional.

“No es que los seres humanos destruyan el ambiente porque son malos, sino porque la conservación entra en conflicto con sus ideas de dinero. Está bien que hagan dinero, no tengo nada en contra del comercio ni los negocios, pero tienen que tener un límite.

“Se necesita un cambio de actitud de todos y todas para detener el calentamiento global, es el reto más grande. La utopía está en ponernos un freno a nosotros mismos, debe ser modesta en ese sentido”.

NUESTRO AFROASCENDIENTE

La palabra evoca. Se dice que se empieza a existir en el momento en que se nombra. En ese sentido, la prosa de Rossi nos confronta con nuestra afroascendencia, nuestra identidad como costarricenses.

“Las mujeres cobran existencia cuando se les nombra, de lo contrario no están. Lo mismo pasa con nuestra afrodescendencia.

¿Dónde está ese abuelo y abuela negra?

¿Por qué nos vemos en el espejo y decimos que somos blancos, por qué los negamos?.

Tengo 10 años de confrontar esa cultura y de confrontarme a mí misma con mis propios ascendientes. Ese ha sido un reencuentro lindísimo, quisiera que ese reencuentro fuera de toda Costa Rica”, reconoce.

Como dijo una vez María Lourdes Cortés, Limón “es la síntesis de lo que es Ana la mujer, y Ana la escritora: de sus fantasmas, sus deseos y sus luchas. Es el rondón de sus de sus raíces, hundidas en el pasado y de sus sueños volando hacia el futuro”.

-¿La Academia Costarricense de la lengua con su incorporación está reconociendo, como un primer paso, a ese antepasado negro que tenemos los costarricenses? ¿Nos estamos viendo en la literatura afrodescendiente?

-Es un primer paso. Todavía no nos estamos viendo, aún falta recuperarlo y rescatarlo.

“Como académicos, cada uno tiene su campo de estudio. Todos tenemos nuestras locuras y teleles con la lengua. El mío ha sido tratar de ser un puente entre la cultura y la literatura afrodescendiente de principios del siglo XX y la actual, porque siempre negamos el problema de racismo y no hay que tenerle miedo a las palabras, ese racismo nos ha hecho estereotipar lo que fue.

“Limón no es solo ese rice and beans y carnavales, tiene un enorme bagaje cultural y una enorme riqueza que aportarnos, pero nosotros le damos la espalda”.

-¿En que consiste el trabajo de la Academia Costarricense de la Lengua?

-Somos traductores entre la lengua clásica y la de hoy. La lengua es un organismo vivo y funciona quieran los académicos o no. Entonces, lo que nos toca es ser puentes entre esa lengua que va evolucionando y la lengua clásica, como un filtro que permita ir incorporando al acervo clásico toda esa novedad. Habrá cosas que se podrán incorporar y otras no. Una tiene que estar atenta para recordar la estructura de nuestra lengua y así se pueda asimilar lo nuevo, sin perder la estructura.

-Ha señalado que para que la Academia Costarricense de la Lengua pueda trabajar, requiere de una sede, ¿Son como Quijotes sin Rocinantes o Sanchos sin burros, qué ha pasado?

-Andamos como del tumbo al tambo, como gitanos, y no podemos asentarnos para hacer un trabajo serio porque no tenemos sede.

“Al final del gobierno de don Abel, estaba lista la sede en la avenida central. Pero, por problemas burocráticos, no se concretó. Entonces, le hemos pedido ha este gobierno que nos dé un lugar donde estar.

“¿Cómo vamos a hacer un buen trabajo si tenemos que andar con todo bajo el brazo? ¿Adónde se va a sentar uno a guardar los documentos? ¿Cómo vamos a hacer trabajos en conjunto en la Academia si vamos de aquí para allá? Somos Quijotes a pie”

-¿Son  necesarias las editoriales pequeñas para leernos como costarricenses y tener variedad de voces sobre nosotros mismos?

-Hay un problema en Costa Rica muy grande, que la existencia de editoriales no va a arreglar y tiene como resultado la mediocridad. El problema es que no nos atrevemos a decirnos la verdad sobre lo que pensamos de los textos de los otros.

“Aquí no hay crítica porque no se soporta. No tenemos la madurez para aguantar vernos expuestos. Eso nos impide crecer como escritores y quedarnos en una mediocridad, los golpazos son los que nos van haciendo crecer.

“Los golpes que me he llevado hicieron que tratara de superarme. Los golpes que realmente se asimilan son los fuertes, como los que se dan en público. Para que nuestra literatura crezca, hay dos cosas que deben ir juntas: que hayan editoriales para leernos y que podamos hacernos crítica”.

Deuda saldada

Soto, Rodrigo. “Deuda saldada”. La Nación. Ancora. (San José, Costa Rica), 16 de febrero 2003, p. 6

Han pasado casi 20 años desde que Anacristina Rossi publicara su novela María la noche (Lumen, 1985). En ese lapso, publicó la nouvelle La Loca de Gandoca (EDUCA, 1992), a la que no obstante su éxito editorial hemos de considerar una obra menor, y los desiguales relatos incluidos en la colección Situaciones conyugales (REI, 1993). De este modo, la sensación de que la autora de María la noche estaba en deuda con los lectores era, creo, bastante generalizada. Hoy, con la publicación de su novela Limón Blues (Alfaguara, 2002), me atrevo a afirmar que la deuda ha sido saldada, pues con ella, Rossi retoma la senda de su mejor narrativa: rigurosa, profunda y de largo aliento.

En esta ocasión, la autora lanza una mirada retrospectiva a la historia de la inmigración antillana -particularmente la jamaiquina- a la costa caribe costarricense. Por ello, la novela de Rossi se relaciona con otras que, en años recientes, han  abordado desde distintos ángulos ese mismo tema: Calypso, de Tatiana Lobo, La Flota Negra, de Yazmín Ross, así como con la de los autores afrocostarricenses, en particular la de Quince Duncan. Sin embargo, y sin ser un especialista en la materia, tengo la impresión de que ninguno de los intentos anteriores había sido tan abarcador y riguroso en su afán de recrear la historia de esta inmigración.

La novela se teje alrededor de la historia de tres personajes principales -los jamaiquinos Orlandus Robinson y su mujer, Irene, y Leonor, una aristócrata costarricense (es decir, ticomeseteña)-, cuyas vidas se cruzan en diferentes momentos y circunstancias. A partir de ellas, la autora reconstruye con trazo firme y abundante documentación una de las facetas más ricas, pero también más relegadas, de la historia contemporánea del país: la de los antillanos, que a partir de finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX llegaron a las costas limonense y talamanqueña y cambiaron para siempre la fisonomía de nuestra nación.

En esta historia -y en la vida de los personajes que conducen la narración-, jugará un papel determinante la U.N.I.A., el movimiento político fundado por Marcus Garvey, cuyo programa aspiraba en última instancia a la repatriación de todos los negros al África. La mirada que nos propone la autora sobre ese movimiento y sobre su carismático líder dista de ser simplista o apologética. Por el contrario, trata de ahondar en las contradicciones que lo tensaron y que, en última instancia, condujeron a su fracaso. Asimismo, la novela dibuja el papel que jugó el enclave bananero de la United Fruit Company, no solo en la vida de estos inmigrantes, sino en la de toda la nación costarricense.

Sabia amalgama

En conjunto, la novela arroja una visión muy diferente de la que la mayoría de los costarricenses tenemos de esa zona del país y de ese momento de la historia, y nos propone un Limón cosmopolita y dinámico, mucho más vinculado con el extranjero de la que estaba entonces el resto del país. Y aun cuando en lo personal he tenido la impresión de que algunos trazos de ese dibujo están un tanto magnificados o idealizados, uno termina de leer el libro con la convicción de que ahí se encuentra una imagen aproximada -y en todo caso mucho más completa de la que hasta entonces teníamos- de esa parte de la historia del país.

Aun tratándose de una novela rigurosamente, documentada, en ningún momento la obra deja de ser eso: una novela. Y la autora se encarga de recordárselo, no solo mediante la construcción de personajes ricos y complejos, que son quienes en todo momento conducen los hilos de la trama, sino también con algunas escenas que, alejándose del tono documental que impregna la obra, se adentran decididamente en la imaginación poética y literaria. Salvo algunos detalles que más allá de su realidad histórica resultan poco verosímiles -como una copia fotostática en los años veintes-, la novela resulta convincente desde el punto de vista histórico. Más importante aún, resulta convincente y con frecuencia apasionante como relato novelístico. Quizás por momentos la narración se hace demasiado atropellada y los lectores hubiéramos agradecido alguna pausa o signo tipográfico que separa las escenas, pero estos detalles carecen de relieve al lado de la fuerza narrativa y de la riqueza documental de lo obra.

Novela en donde la recreación histórica, el apunte político, la reconstrucción cultural y el dibujo psicológico se armonizan y amalgaman sabiamente, Limón Blues se anuncia como la primera parte de un díptico cuya segunda parte esperamos desde ya los lectores.

Color en el mapa literario

Durán Luzio, Juan. “Color en el mapa literario”. La Nación. Ancora.  (San José, C.R.),  23 de febrero de 2003, p. 9


Con la novela Limón Blues, de Anacristina Rossi, culmina el proceso de inclusión al territorio letrado de la patria, de la tradición afrolimonense, que se yergue aquí indiscutidamente como otro de los pilares de la nacionalidad

En un ensayo revelador aparecido en 1954, León Pacheco postulaba que el costarricense, enraizado desde la colonia en el valle central, apenas había comenzado, ya bien entrado el siglo XX, la incorporación de las otras regiones del país a su visión cultural, en especial, a su mapa literario: “Los centros urbanos históricos, situados en la Meseta Central, continúan siendo el escenario de su vida social, económica, intelectual, emocional. El litoral del Atlántico, primero, y el del Pacífico, después, han sido regiones del territorio nacional añadidas muy recientemente a la totalidad del país desde todos los puntos de vista. En ellos viven tipos humanos extraños a nuestras tradiciones: el negro jamaicano y el nicaragüense en el Atlántico. Últimamente, en las nuevas plantaciones bananeras del Pacífico, el nicaragüense y el panameño. El tico es un ser esporádico en esos litorales. Para el habitante de la Meseta Central esas zonas se hallan fuera de su alcance y representan, para las modalidades de su existencia sedentaria y perezosa, la aventura de un mundo nebuloso”

Primicias caribes

Sin duda que desde 1931, con la aparición en forma de libro de los relatos de Bananos y hombres, de Carmen Lyra, se comenzaba a percibir el Atlántico; luego en 1941, Mamita Yunai expande esa mirada primera pero, en ambos casos, la visión era guiada por una perspectiva unilateral: focalizan necesariamente solo el conflicto que entonces creaba entre sus trabajadores locales la célebre compañía transnacional. Tales eran, por lo demás, las urgencias políticas de Carmen Lyra y Fallas, quienes –sobre todo Calufa– con sus obras respondían más bien a las demandas sociales y estéticas de una posición partidista.

Después, con las novelas de Joaquín Gutiérrez, el espacio del Caribe apenas deja de ser el territorio plano de las fechorías de la United Fruit, pues sus obras (Puerto Limón, en 1950 y Murámonos Federico en 1973) si bien de alcance más amplio, situaban otra vez como centro el asunto de los bananales: el hombre blanco de la meseta afincado allí en pugna con las compañías extranjeras. Acaso por eso Cocorí, libre de aquellas presencias, aparezca, más allá de la fábula infantil, como una primera visión amable y mítica de ese escenario espectacular.

Luego sobresalen los cuentos y novelas de Quince Duncan, nieto de aquellos emigrantes jamaiquinos, “tipos humanos extraños a, nuestras tradiciones”, como temió Pacheco.

De niño, Duncan crece en Estrada de Matina, leyendo autores y periódicos ingleses, pero se hace escritor en San José, situado entre la divergencia de dos lenguas, el inglés y el español, con sus culturas diversas y, ciertamente, habitado por regiones diferentes. Aunque en su narrativa el mundo es visto a menudo desde la perspectiva de un hombre negro, estos se refieren más a la vida del valle intermontano que a Limón; dejó, en cambio, la crónica del pasado de su gente en un libro de historia, El negro en Costa Rica, compilado y escrito en 1972 con la sólida colaboración de Carlos Meléndez.

Concurrencia histórica

Pero en estos días, con la aclamada aparición de la obra de Anacristina Rossi, esas tierras y seres dejarán por fin de ser “la aventura de un mundo nebuloso” porque en sus páginas han llegado a ser un capítulo claro y definido en el mapa histórico y humano de la formación de la nacionalidad. Al amplio escenario de esta crónica novelada, que arranca a fines del XX, apoyada en un rico cuerpo de documentos históricos, concurren el negro jamaicano tanto como otros emigrantes caribeños, hispano o anglo hablantes, además del costarricense meseteño. Y a esta convocatoria asisten movidos por los fines más variados, aunque las tres figuras centrales de Limón Blues van impulsadas por el amor: dos historias, una de pasión y otra de afecto, organizan el desarrollo de una novela que alcanza con creces su afán totalizador porque la cultura afrolimonense descrita es la de allí y la de todo el Caribe, y gracias a esas historias el relato se expande hasta Jamaica, Cuba y Nueva York, porque ocurre durante años en los cuales surge un universalismo panafricano encabezado por el polémico Marcus Garbey –el de la Black Star Line– mentor de la fallida cruzada por el retorno al África y personaje importante en la novela. Es por eso que la voluntad de inclusión narrativa de esta obra de cuatrocientas páginas llega más allá del continente: hasta la convulsionada Liberia, utopía soñada y fallida para el retorno del negro americano.

Con Limón Blues viene a culminar el proceso de inclusión al territorio letrado de la patria, de aquella geografía visitada pero apenas editada en las páginas de sus dramas cotidianos. Pero, por otra parte, desde esta novela comienza el desafío para enriquecer, más allá de lo ahora propuesto, la tradición afrolimonense que se yergue aquí indiscutidamente como otro de los pilares de la nacionalidad.

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El Limón de Anacristina

Mora Rodríguez, Arnoldo. “El Limón de Anacristina”. La República.  (San José, C.R.), 07 de enero 2003

 

Más que por razones climáticas o geográficas, nuestra región del litoral caribeño ha ido forjando desde los días de la Colonia un perfil muy propio, que se tipifica por una identidad cultural de trazos muy definidos. Su característica principal es su gran diversidad étnica, lingüística y religiosa que se refleja en una historia económica, social y política tan dramática y sorprendente como ignorada por el resto del país, especialmente por los sectores tradicionalmente dominantes originarios de la Meseta Central y que han regido los destinos de nuestro pueblo imponiendo su mentalidad y sus intereses como si solo ellos existieran. Esto nos explica el aislamiento que esta región nacional ha sufrido a través de nuestra historia, que le ha permitido ir forjando un perfil o identidad cultural muy bien definida frente al resto de la nación.

Estos rasgos socio-culturales han suministrado una riquísima veta de inspiración a no pocos y notables creadores en el campo de las artes (música, plástica, danza, literatura) que dichosamente parece estar lejos de haberse agotado, por lo que cada día nos ofrece obras de incomparable belleza y originalidad. La más reciente la constituye la novela “Limón Blues” surgida de la pluma de una escritora, que ya es bastante conocida en nuestro medio cultural por su originalidad no exenta de polémica, que le ha granjeado notables éxitos editoriales que han trascendido las fronteras nacionales.

Anacristina Rossi es una escritora de gran cultura y de una personalidad muy definida, que no teme desafiar prejuicios y afrontar polémicas en defensa de sus firmes convicciones en muchos y diversos temas, especialmente en los campos ecológico y socio-político. Esto le ha valido, igualmente, ser acreedora con justicia a diversos premios dentro del país y ver sus obras ser objeto de traducciones más allá de nuestras fronteras.

El año que acaba de terminar publicó una novela dedicada a la sorprendente y poco conocida historia política y cultural de la comunidad limonense de origen africano. La novela lleva por título “Limón Blues“, fruto de una erudita, prolongada y, sobre todo, apasionada investigación en fuentes originales de la historia de la comunidad negra de esa región de la vertiente atlántica del territorio nacional, donde la autora ha pasado buena parte de su vida y cuya experiencia la ha dejado marcada para siempre, provocando en ella un amor total y una admiración que se refleja en cada línea de esta notable obra.

De mi parte, confieso que he leído con hondo interés sus tres obras anteriores, lo mismo que sus artículos periodísticos, pero considero que en “Limón Blues” Anacristina Rossi alcanza su madurez como escritora. Se anuncia como la primera parte de un tríptico que nuestra autora se propone publicar en un futuro cercano, pues ya las otras dos partes están terminadas.

La prestigiosa casa editorial Alfaguara ha tenido el acierto de asumir la tarea de publicarlas, cosa que, en el caso de la obra que comentamos, lo ha hecho con su característica pulcritud. Como se ve, se trata de una especie de saga sobre la comunidad negra de Costa Rica, cosa inédita en nuestro medio a pesar de la ya abundante -producción de que esta comunidad ha sido objeto de parte de novelistas, poetas, ensayistas e historiadores.

En esta novela, Anacristina Rossi demuestra un dominio total de lo que caracteriza el género de la novela histórica clásica que remonta al siglo XIX. En ella, su autora ha logrado crear personajes, sobre todo, los femeninos que, sin duda, pasarán a la historia de nuestras letras como de los mejor logrados. También considero que algunos pasajes son de antología, combinando con rítmica cadencia —de ahí el título de “blues” que ostenta la obra— conmovedoras descripciones realistas con vertiginosos diálogos, cercanos al género dramático. En fin, son muchas las páginas de esta novela que me han seducido, haciendo de su lectura uno de los más exquisitos regalos de esta Navidad. ¡Gracias Anacristina!

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Al fin, María la noche llegó

Díaz, Doriam. “Al fin, María la noche llegó”. La Nación.  (San José, C.R.), 20 de noviembre, 2003


Hoy (20 de noviembre de 2003) se presenta la edición tica de la novela de Anacristina Rossi.

FOTO DE KATTIA VARGAS / LA NACIÓN

“Después de 18 años, he vuelto a leer María la noche y pensé que la hubiera vuelto a escribir igual”, dijo la escritora Anacristina Rossi.

A María la noche le tomó 18 años llegar a Costa Rica. Esta noche, a las 8 pm., en el Centro Cultural Chile se presentará la primera edición costarricense, bajo el sello de la Editorial Costa Rica (ECR), de esa novela de 1985 de Anacristina Rossi.

Para llegar hasta aquí, la obra creció fuera de Costa Rica, mientras que aquí apenas era conocida por un pequeño grupo de lectores, en su mayoría bien impresionado por la irreverencia y los aportes del texto.

María la noche fue publicada en 1985 por la editorial Lumen en España y por el sello Actes Sud en Francia en 1997. Además ganó el Premio Aquileo J. Echeverría en novela en 1985.

De oídas muchos lectores se enteraron de que la novela era importante; no obstante, en Costa Rica circularon pocos ejemplares que pasaron de mano en mano.

A partir de ahora, la novela podrá conseguirse con facilidad en las librerías nacionales.

Poco conocida

“La primera edición costarricense es algo muy hermoso y duro. Duro porque la novela prácticamente no se conoció en Costa Rica, fue un secreto que se pasó de mano en mano. Se vendió y se leyó en España, pero no tuvo suficiente repercusión”, afirmó Rossi, autora de La loca de Gandoca y Limón Blues (Premio Aquileo J. Echeverría 2002 y Premio Áncora 2001-2002 en literatura).

Para la autora, el libro no ha sido tomado en cuenta por el grueso de los expertos en literatura costarricense y los lectores ni lo conocen. “En un Congreso de Literatura Centroamericana no se ha hablado de ella”, dijo.

No obstante, ese saborcillo amargo por la suerte de su texto se endulza al pensar que la ECR se tendrá que encargar de distribuirlo por todo el país.

Búsqueda femenina

Anacristina asegura que si hubiese escrito María la noche ayer sería igual que la que publicó hace 15 años. Es decir, sigue vigente.

Ella puntualizó: “Su búsqueda sigue vigente, es la búsqueda del mundo interno femenino en un mundo totalmente masculino. María la noche es un libro en femenino, es la búsqueda de la sensibilidad, de las relaciones humanas y de la sexualidad desde una mujer. Cuando una habla con las mujeres se da cuenta de que existe una insatisfacción inmensa”.

María la noche muestra a la Anacristina poética, pues otro de sus intereses fue desarrollar en el texto el lenguaje poético.

De todo esto y más se hablará esta noche. La novela será presentada por Ginnette Barrantes y Werner Mackenbach.

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