Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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Traducciones y otras vagabunderías

Figueres Ferrer, José. 1982. “Traducciones y otras vagabunderías. Notas literarias”. La Presa Libre. (San José, C.R.), 3 de junio 1982,  p. 7

Joaquín Gutiérrez con José María Figueres Ferrer, 1975

¿A cuál vagabundo se le ocurre a esta hora ponerse a traducir a Shakespeare al español? —Del todo vagabundo no debe de ser, porque la traducción es en verso, y probablemente llevó muchas toneladas de trabajo. Tampoco puede ser mal juez el traductor, porque escogió precisamente dos tragedias del bardo que son las preferidas de la gran crítica: el Hamlet y el Rey Lear.

Por casualidad recuerdo que Macauley expresó de pasada esta opinión sobre ambas obras, si la memoria me funciona bien, en su ensayo sobre Milton. Y, para mí, Lord Macauley es el papá y la mamá de los críticos literarios, y de los estetas.

Paradójicamente, por ser yo lector de los originales (desde la época remota de mis propias vagabunderías en Boston), no puedo establecer comparación entre estas traducciones “ticas” recientes, y otras anteriores, producidas a través de varios siglos. Ni siquiera se me hubiera ocurrido leer estos trabajos de ahora, si no fuera porque estoy prejuiciado favorablemente hacia las letras de Joaquín Gutiérrez.

Pero una vez encaminado en la lectura, comencé a sentir algo extraño. He aquí una obra literaria que me es nueva en el idioma, pero viejísima en lo que narra y dialoga, y en sus personajes y sus parábolas y sus metáforas. Me sentía como transitando por los corredores conocidos de un viejo palacio encantado, en un país remoto, oyendo voces familiares expresarse en español.

Ya una vez antes tuve esa misma sensación, al encontrarme no sé donde con los ensayos de Emerson, que yo había conocido desde mi adolescencia traducidos al catalán, que es el idioma universal en que aprendí a hablar como niño, en San Ramón de Alajuela, Costa Rica.

El lector joven de hoy, no conocedor aún de Shakespeare, al iniciarse en estas traducciones llevará una enorme ventaja, además del goce de leer las obras clásicas en lengua propia; la ventaja de no topar con todo un léxico arcaico, que tanto dificulta la lectura, y exige el auxilio frecuente de notas y diccionarios.

Gran parte del trabajo de hacha, de abrirse camino por la selva, lo ha realizado para él, el traductor, sin perder el mágico ambiente del bosque original.

Recuerdo la primera vez que leí el Hamlet en Boston, en tiempo de Cristián Rodríguez y Emilio Valverde Vega. A pesar de estar familiarizado ya con clásicos ingleses más recientes, las dificultades del vocabulario shakespeariano (aunque menos abstracto que el de Chaucer), me detuvieron durante gran parte de la noche. Pero antes de amanecer decidí, por fin, impaciente, echar carrera adelante, sin detenerme a examinar obstáculos, con la intención de volver después, sabiendo a donde iba, a explorar las curvas y recovecos del camino. Pocas páginas antes del final, tuve la sensación de que mi trabajo había sido inútil. No aparecía el desenlace trágico esperado, después de tantas horas de amenazadores nubarrones. Pero de pronto, como por encanto, se desató por todos lados la tormenta. Todos los héroes cayeron, súbitamente, dejando el escenario cubierto de cadáveres sangrientos.

Comprendí que aquellos momentos de duda y desilusión habían sido una triquiñuela; triquiñuela genial del dramaturgo.

Quien empiece hoy por leer la traducción de Gutiérrez, repetirá exactamente mi primera experiencia con el Hamlet, sin el trabajo de abrirse paso por el matorral de los arcaísmos.

Otras dos grandes ventajas tendrá a su favor quien lea directamente a don Joaquín: primera, le sucederá como a un principiante del Quijote, que comenzase por leer el Prólogo de la Segunda Parte. Sería víctima de amor a primera vista. Asimismo, los dos prólogos del propio Gutiérrez, que anteceden a las traducciones, son valiosos enfoques de un pensador de nuestro tiempo, sobre las conocidas tragedias del Siglo XVII.

Le sucederá también, pasando a otro campo enteramente distinto, como al joven matemático, que tiene a su alcance ahora, de una vez, la computadora. Quienes tuvimos que empezar por las tablas de multiplicación, después por las de logaritmos; luego por la regla de cálculo; para llegar, ya de viejos, a la época de las computadoras, envidiamos por analogía a los estudiantes de la tragedia clásica por la facilidad de que disfrutarán hoy, en sus estudios iniciales, gracias a la audacia y a la inspiración de un traductor tico vagabundo (El Hamlet y el Rey Lear de Gutiérrez están a la venta en las librerías de San José, y yo tengo comisión, según los editorialistas de La Nación).

Mucha gente ignora (y por eso el mundo anda tan mal) que yo fui traductor en Nueva York, en 1926 y 1927. Mi despacho, por si algo se les ofrece, estaba en 14 Battery Place, donde nace Broadway, en la punta de Manhattan. Pero no era yo traductor de poesía, ¡Dios me libre! Dictaba fácilmente de las lenguas latinas al inglés, en las materias técnicas cuyo vocabulario sencillo conocía: Física, Electricidad, Maquinaria. A pesar de que sabía de memoria, por otra vagabundería, buena parte de Edgar Allan Poe, y de Walt Whitman, jamás hubiera osado, ni entonces ni ahora, ponerme a traducirlos. Además, no había peligro: la oficina de traducciones de que yo formaba parte, no podía ser más burguesa. El arte y la filosofía les eran tan ajenos, como la virtud a las mozas de la venta, que Don Quijote tomaba por doncellas.

Con más ingenio que justicia se acuñó la frase italiana: “traduttore, traditore”. Hasta nuestro manchego se dejó decir que “las traducciones, como no sean de las lenguas clásicas, no arguyen mérito alguno”. Tal vez por castigo, el propio Ingenioso Hidalgo, nacido al principio del Siglo XVII, no llegó a conocer una buena versión de sus andanzas en inglés, sino hasta 1960. Anteriormente, parece mentira, el texto se pasaba del español al alemán, y de ahí al inglés. Yo debo tener todavía algunos viejos ejemplares, que resultan patéticamente malos (sin ánimo de elogiar a nadie). La única traducción buena, y definitiva, es la de Putman, que requirió once años de trabajo, y apareció hace solamente tres o cuatro lustros. El disfrute que proporciona Putnam es casi tan intenso como el del original de don Miguel. Y que me perdonen la herejía. No todo traduttore, y menos aun don Joaquín, es traditore.

Dicen que un hacendado latinoamericano residente en Chicago, que al parecer no era ningún Joaquín Gutiérrez, al leer Putnam exclamó: ¡Qué lástima que este libro tan interesante no se publique en español!

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