Chavela

“Chabela”. En: Gutiérrez, Joaquín. Te conozco Mascarita. Santiago de Chile: Editorial Nascimento, 1973

“Chavela, nombre familiar de Carmen Lira, la gran escritora costarricense, madre y camarada de toda mi generación, muerta en el destierro, en México, a raíz de la guerra civil de 1948”

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Joaquín Gutiérrez Mangel

Gallardo,  Helio. Joaquín Gutiérrez Mangel“. Semanario Universidad N° 1417 (San José, Costa Rica), Octubre del 2000

Publicado también en: Retrato de Joaquín Gutiérrez. Compilado por Rodolfo Arias Formoso. San José, Costa Rica : EUCR, 2002. Página 121-124


En la jugada 39 las blancas arriesgan rey tres dama y las negras replican con un peón tres torre. Los contendores intercambian peones. A continuación las blancas atacan con un rey cuatro alfil que provoca el jaque del rey negro. Las negras no logran salir del jaque mediante su caballo seis dama. Las blancas desplazan su rey a tres caballo. Las negras abandonan. ¿De qué color eran las piezas de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Ni negras, ni blancas. Multipintas, como el variado color de la gente. Jaspeadas o nítidas —celestes, amarillas, oscuras, grises— como suele desplazarse y mostrarse la vida. Joaquín fue rojo. Comunista. Las piezas del ajedrez, cada una, tienen una determinada capacidad de combate. Joaquín Gutiérrez quiso sentir a la gente con una capacidad de lucha y de esperanza ilimitadas. Imaginó el comunismo como el milagroso pan evangélico que crece cuanto más se reparte. Lo vivió y lo sintió chino, soviético, chileno, costarricense, vietnamita, cubano, nicaragüense, planetario. Lo quiso alegre, plural. ¿Con qué acento hablaba el comunismo de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Con el acento de los humildes, de los campesinos, de los obreros, de los combatientes, de los niños, de los artistas, de las mujeres. Con el diverso vigor de la sonrisa, de la abierta carcajada y del estudioso silencio, constructores compañeros del hoy y del futuro.

Joaquín Gutiérrez tradujo tenazmente del inglés al castellano el tomo cuarto de las Obras Escogidas de Mao para su edición por la militante Editorial del Pueblo de Pekín. Su desempeño como traductor incluía extendidas sesiones de debate con los responsables políticos y académicos designados por el Partido Comunista Chino. Un objetivo era poner a prueba al traductor. —Camarada Joaquín, ¿por qué usó este adjetivo y no tal otro sinónimo?

El constante cónclave de expertos se designaba con un nombre ceremonioso y extenso. Algo así como “Comisión Responsable de la Vigilancia de la Exactitud en la Traducción del Pensamiento del Camarada Mao Tsetung”. Gutiérrez, multíglota, lo rebautizó “El Elefante”. Con un ligero recelo alguno preguntó: —¿Por qué, camarada, nos llama Ud., así? ¡Ah! Es que el elefante es grande, poderoso, noble, imponente, venerable…” No pasó mucho para que los camaradas chinos, siempre muy serios, empezaran a recordarle a Joaquín, el traductor: “Camarada Joaquín, mañana nos toca Elefante”. Y en la mirada Joaquín, el comunista, adivinaba una amistosa sonrisa cómplice.

Joaquín Gutiérrez, el comunista trashumante, semiancló en Chile porque sintió que en ese país frío, duro y sensible “ningún grito se perdía”. No era el país, entonces. Eran las tramas de relaciones establecidas por sus  gentes. Una de sus novelas se ocupa de esas tramas y sugiere / convoca lo que Joaquín Gutiérrez descubrió o confirmó acerca de sí mismo en ellas. Narra la muerte de un camarada amigo y su vela en la Morgue de Santiago. A la morgue se llegaba atravesando un “patio reseco, grande, de tierra. Como maldito, porque cualquiera sabe que en todas partes crece por lo menos una brizna de hierba y allí no, ni una. Al fondo del patio, un portón enorme, de dos hojas, con la pintura escarapelada”. Los amigos y camaradas velan toda la noche al muerto, un estudiante venezolano de Medicina, Luis Febres, comunista. Al amanecer, tras conversar y callar sobre la tortura y la muerte, los jóvenes improvisan, en el patio seco, una acción semejante al fútbol: “Poco a poco todos fuimos saliendo, a cual más entumido. ¡Una sola pelota para tantos! Pero igual comenzamos todos a correr, a hacer dribles fantásticos, a lanzar chutes imaginarios contra arcos invisibles. Se armó un partido fenomenal. La pelota era lo de menos. Lo importante era sacudirse, gritar, saltar, dar codazos, empujones, lanzar garabatos sin sentido. A quien por casualidad le caía en los pies, corría con ella abrazado como si fuera rugby y no fútbol. En una de esas se armó tal montón, todos tirándonos encima que los de abajo casi se asfixian.

“Estaba saliendo el sol”.

“Era la revancha. De la vitalidad. De la juventud. La vida es capaz de estallar de pronto con esos fulgores extraordinarios. ‘Pásamela’. ‘No, a mí’. ‘Entrégala’. Cada uno gritando a todo lo que daban los pulmones.

‘Chutea’. ‘Pendejo’. ‘Goooooool’. Saltando todo lo que permitían las piernas.

Estaba saliendo el sol.

Lucho, perdona: estaba saliendo el sol”.

Joaquín Gutiérrez, el escritor comunista, no amaba las palabras, amaba la vida, la montaba, la chuteaba, la reía, la enamoraba, la nostalgiaba, la quería, la comía, la bebía, la soñaba, la entretenía, la urgía, la perdonaba. La presentía. La esperaba.

Joaquín Gutiérrez Mangel sentía crujir y resoplar la vida en la gente sencilla, pero de combate. Cronista de la guerra antiimperialista vietnamita, rescató de ella su energía perseverante para multiplicar el alimento bajo las bombas —la llamó guerra del arroz—, la espiritualidad que les permitía levantar y perder el amor personal sin desalojar la esperanza histórica, —la llamó guerra contra el miedo— y la agudeza heroica para enfrentar militarmente al enemigo. Perseverancia, espiritualidad, eficacia histórica.

Celo, entereza anímica, inteligencia, destreza y fiereza en el combate fueron también los valores exigidos y testimoniados por Gutiérrez, el comunista, desde la dirección del departamento editorial de Quimantú, en Chile, durante la experiencia de la Unidad Popular. Ganó con su trabajo, exigente y cálido, a obreros y empleados, y el empeño de todos, del colectivo, hizo de los libros de Quimantú esfuerzo por multiplicar lectores y sacar a los autores del enrarecido aire de los pequeños círculos, un anuncio del horizonte abierto para el país con la experiencia socialista. El peón de Chillán, el minero de Lota, el niño de Lebu, el empleado de Ñuñoa, la maestra de San Antonio, el carabinero de La Serena, el pueblo, el camarada, nunca fueron fichas o piezas para Joaquín Gutiérrez, el comunista. Le parecieron siempre complejos y sutiles testimonios de la vida, convites para vivir, para compartir, para ser, para “reconstruir el mundo con el aporte de todos y hacerlo más hermoso”.

Joaquín Gutiérrez Mangel nunca transitó desde la literatura a la vida. Su estética era la vida misma militando rebelde en la literatura. “Somos las primeras estrofas de un poema épico, y esta es una metáfora que no se escribe con tinta sino con sangre. Y tenemos un baluarte inexpugnable: la porfía. Y una bocanada de aire fresco: la dignidad. Y nos rebullimos, injuriamos, maldecimos. Nos pateamos el culo de rabia si no podemos hacer más o más ligero, y nos perdemos como niños con fiebre por los caminos del sueño y somos unos locos estupendos que sabemos que este mundo horrible que han hecho los cuerdos nosotros lo vamos a arreglar. Y en una vasija de barro, en una pobre vasija de barro cultivamos una añañuca. Y esa añañuca nadie nunca nos la podrá arrancar”.

Esa añañuca, flor roja y silvestre que desafía a la muerte, es la misma Hoja de Aire que inmortalizara a Joaquín Gutiérrez Mangel, el comunista, en la literatura y en el imaginario de los pueblos del mundo. Las piezas multicromáticas de Joaquín Gutiérrez, el rojo, nunca abandonan la partida.

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La sombra de don Joaquín

Porras, Carlos. “La sombra de don Joaquín”. Tiempos del mundo, 26 de octubre, 2000. Publicado también en: Retrato de Joaquín Gutiérrez. Compilado por Rodolfo Arias Formoso. San José, Costa Rica : EUCR, 2002. Página 55-56

En Kasajastán, 1964

Estaba don Joaquín Gutiérrez en Bujara, una remota población de Kazajastán, tan antigua que se menciona en Las mil y una noches. Ante sí tenía un trillo polvoriento que, aunque no lo pareciera, era el camino de la seda por el que transitaron los mercaderes medievales desde Venecia hasta la China. Otro trillo hacía una encrucijada, era el camino del ámbar, que iba hasta la India.

En aquella remotidad apareció un personaje vestido de túnica y turbante, como brotando del pasado más lejano. Don Joaquín lo saludó tan ceremoniosamente como pudo, y el extraño contestó con unas palabras en su idioma, que nuestro escritor, naturalmente, no pudo entender. Más tarde se las tradujeron: “que no se le acorte la sombra”. Y se las explicaron: la sombra puede acortarse cuando uno se hace viejito y se encorva, o porque el Visir le manda cortar la cabeza.

De eso hace mucho tiempo y, aunque hoy a sus ochenta años don Joaquín ya no tiene las cejas y el bigote negro de aquél entonces, sí continúa poseyendo sus casi dos metros de altura, y su sombra sigue tan larga como antes. El más brillante de nuestros ajedrecistas, el máximo novelista tico del siglo, viajero infatigable, traductor de Shakespeare, corresponsal de la guerra de Viet Nam, profesor, poeta, todo eso es su verdadera gran sombra, que se extiende a su alrededor con naturalidad, como es él, dándole la vuelta al mundo, como quien dice nada.

[…] La popularidad de don Joaquín Gutiérrez queda de manifiesto con una anécdota de la celebración de sus ochenta años, en marzo de 1998. Todos los medios de prensa, radio y televisión brindaron reseñas de su persona y su obra. El día del homenaje no cabía un alma en el recinto del Centro Cultural de México, cuando entró el Presidente de la República don José María Figueres. Más o menos cinco minutos después, llegó también don Miguel Angel Rodríguez, entonces presidente electo. Ambos, el presidente entrante como el saliente, abrazaron al escritor con evidente cariño y respeto. Don Joaquín fue, desde su juventud hasta su muerte, un comunista, y tenía a su lado a un presidente social demócrata y uno social cristiano abriéndose espacio para saludarlo. Alguien declaró que solo en Costa Ricia pasan cosas así, pero pronto lo corrigieron: cosas así, solo pasan con don Joaquín.

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Joa­quín Gu­tié­rrez, con­tem­po­rá­neo de to­dos los hom­bres

Cortés, Carlos. “Joaquín Gutiérrez contemporáneo de todos los hombres”. Revista Nacional de Cultura: Págs. 8-12, 1993 (fragmento)

¿Quién es Joaquín Gutiérrez?

Ajedrecista de talento; editor de éxito —diez millones de ejemplares en la editorial Quimantú, en el tiempo de la Unidad Popular, hablan por sí mismos—; escritor para niños de una sola obra que le ha dado la vuelta al mundo —en 80 ediciones y más—; novelista de fama y traductor de genio  —empezó con Mao Tse Tung y terminó con William Shakespeare, algunos dicen que mejorándolo—. Todo eso es y no es Joaquín Gutiérrez. Todo eso es y no es suficiente.

Militante comunista por 60 años: amigo de Neruda y de Allende…., corresponsal de guerra en Vietnam: testigo de la revolución cultural de Mao y del deshielo de Krushov, nigromante confeso; navegante con regreso y Odiseo pródigo; fumador inclaudicable; palabrero; amiguero y amigable; visionario y socialista utópico; mirador de absolutos; gozador de felicidades; vividor de bondades; dicharachero; poeta; cuentero y amigo de sus amigos; soñador de todo lo soñable: decidor de todo lo decible.

Todo eso es y no es Joaquín Gutiérrez. Todo esto y más, pero sobre todo, simple y llanamente escritor. Y no ha querido ser otra cosa más que eso en el mundo.

Su vida se ha trenzado y transado, tejido y destejido en palabras. Su vida ha sido un nudo interminable de palabras, una continua transpiración de tinta, una red de sentido detrás del gran significado de la vida, de la gran balada universal de la que hablaban los antiguos”…

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Homenaje póstumo a don Joaquín Gutiérrez

Carlos Porras. “Homenaje póstumo a don Joaquín Gutiérrez”. Tiempos del Mundo. (San José, C.R.), 21 de agosto, 2003. página 3

La tertulia literaria “Entre Líneas” de agosto será dedicada a la novela Murámonos Federico, de Joaquín Gutiérrez, publicada hace 30 años. Familiares, amigos y estudiosos de la obra de don Joaquín participarán en el encuentro.

Nació premiada por partida doble. En 1973, la novela Murámonos Federico ganó el Premio Editorial Costa Rica, que se convocaba por primera vez ese año y, una vez editada, ganó también el Premio Nacional de Novela Aquileo Echeverría. La novela fue recibida con entusiasmo, pero generó también un brote de polémica ya que muchos la criticaron fuertemente. Las críticas, sin embargo, eran tan disparatadas, que empujaron al filósofo Constantino Láscaris a escribir un irónico artículo titulado: “Defensa de un libro que no he leído”.

Láscaris nunca aclaró si finalmente leyó el libro o no, pero lo cierto es que tras su aparición, en 1973, la novela pronto llegó a convertirse en texto de lectura obligatoria en la secundaria y fueron muchas las generaciones de estudiantes que descubrieron en sus páginas toda la vitalidad de un drama doloroso pero cargado de heroísmo. “Murámonos Federico”, considerada una obra maestra de la literatura costarricense, es quizá la más compleja de las seis novelas de nuestro recordado escritor.

A través de un alternado concierto de voces, en que se entremezclan diálogos con amigos, cartas, páginas de un diario, recuerdos, reflexiones y sueños, se va dibujando el desmoronamiento de la vida de Federico García, un hombre terco, abogado y finquero, a quien en un breve lapso le cambia la fortuna de repente. De respetado profesional, feliz padre de familia, próspero cultivador de banano y hombre ingenioso y robusto que comparte charlas con Colacho, su amigo de toda la vida, Federico pasa a una situación desesperada. Muere su amigo, su esposa se enferma, dejan de recibirle la cosecha de banano y, por ello, termina hundido en deudas, su hijo abandona los estudios, su hija se va de la casa con el novio, la compañía bananera lo acorrala para quitarle sus propiedades y, casi simultáneamente, empieza a perder peso, a envejecer, y el médico le anuncia que está enfermo del corazón.

Todas se le vinieron juntas y tratando de hacer frente a las batallas de tantos frentes abiertos, Federico logra a pesar de todo mantener su dignidad y su sentido del humor. Dolorosamente efectivas, las ironías que suelta Federico mientras todo el mundo se le está cayendo encima conmueven por su fortaleza y vitalidad.

Una novela extraordinaria en la que el humor, el amor, la ironía, la denuncia y la reflexión profunda convergen en una drama palpitante, escrito con la genial maestría de un Joaquín Gutiérrez en plena madurez.

El lunes 25 de agosto, a las siete de la noche, en el Instituto de México, se realizará la Tertulia Entre Líneas para conmemorar los treinta años de la novela Murámonos Federico. El acto consistirá en una breve conferencia sobre la obra y una tertulia con la participación de doña Elena Nascimento de Gutiérrez, su esposa, así como algunos de sus amigos, como el escritor Rodolfo Arias y el editor Sebastián Vaquerano, entre otros.

(Redactado el 21 de agosto de 2003)

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¡Enhorabuena, Cocorí! Reflexiones sobre una obra literaria

Cartín de Guir, Estrella. “¡Enhorabuena, Cocorí! Reflexiones sobre una obra literaria”. La Nación (San José, Costa Rica), 15 de agosto de 2003, página 19A

Byron Moreno / La Nación

Hemos presenciado recientemente una polémica de corte inusual en nuestro medio. El tema en discusión ha sido una obra literaria: Cocorí, el relato maestro de Joaquín Gutiérrez, una de las más reconocidas obras de la literatura costarricense.

Pero lo interesante y positivo de esta polémica ha sido la disposición de la sociedad para atender y reaccionar ante el debate creado. Se ha suscitado enorme interés por la obra. El que no la había leído corrió a hacerlo y quien ya la conocía y se había deleitado con ella la releyó con nuevos ojos. El interés por una obra literaria ha sustituido por unos días los más gratos temas del costarricense: la política y el fútbol. Síntoma todo esto de un avance del nivel cultural del país porque solo una comunidad culta y reverente de sus valores reacciona así ante el destino de una de sus obras más apreciables.

Se han publicado múltiples y conceptuosos artículos sobre el relato; se han realizado mesas redondas, entrevistas, debates, etc. y lo más importante es que no solo han participado intelectuales, sino que estudiantes, padres de familia y el pueblo en general se han involucrado en el asunto y están ávidos de recabar opiniones sobre el tema. ¡Enhorabuena, Cocorí!

Aprovecho la ocasión para exponer algunas reflexiones sobre la obra como creación literaria.

El epígrafe de una obra es un elemento deíctico o marca textual que sintetiza el contenido de un texto y orienta al lector acerca de la intencionalidad del autor y el desarrollo de la temática.

Brevedad de la rosa. El epígrafe de Cocorí está tomado de un soneto de Quevedo y alude a un tema de antigua tradición cultural: la fugacidad de la vida y las vanidades humanas, simbolizada en la brevedad de la vida de la rosa: “A breve vida nace destinada, sus edades son horas en un día”. Símbolo reiterado en la literatura grecolatina, aparece en Horacio asociado al tema del Carpe diem (Goza el día).

Esa exhortación a gozar de la vida y a gustar el fruto de la primavera pasa de la cultura clásica al Renacimiento, donde es posible rastrear el tema en poetas como Garcilaso de la Vega, Poliziano, Ronsard.

En un soneto del poeta toledano leemos: “En tanto que de rosa y azucena/ se muestra la color en vuestro gesto/ y que vuestro mirar airado, honesto/ enciende el corazón y lo refrena…/ Coged de vuestra alegre primavera/ el dulce fruto…/ Marchitará la rosa el viento helado,/ todo lo mudará la edad ligera”.

En el barroco es visible de nuevo en Góngora y Quevedo. Un soneto de Quevedo, alusivo a la rosa comienza así: “Naciste ayer y morirás mañana/ para tan breve ser ¿quién te dio vida?”.

La obra de Joaquín Gutiérrez está inserta en la tradición de la cultura universal. En la configuración del protagonista, el autor recrea los grandes arquetipos de la cultura occidental.

En pos de la verdad. Cocorí es un héroe a la manera del héroe universal. Este es un personaje que, impulsado por un acontecimiento crucial en su vida, emprende un viaje en busca de la verdad, la justicia y los más nobles valores del ser humano. En ese viaje único, el héroe debe superar pruebas y vencer obstáculos. Ejemplos de este arquetipo heroico son Jasón en pos del Vellocino de Oro, Ulises, Don Quijote, etc. Cocorí responde a este paradigma. Es un niño pensador, inquisidor, que busca una verdad. Necesita una explicación para algo ilógico: la muerte prematura de su rosa. ¿Por qué si era tan hermosa y lo hizo feliz, vivió solo una horas, en tanto que otros tienen una larga e inútil existencia?

En busca de la respuesta, emprende su periplo por la selva y enfrenta peligrosas aventuras. El crucial acontecimiento motivador en su vida ha sido el encuentro con la niña del barco. Ella se convierte en la dama de sus sueños, es su Dulcinea. En su viaje, el héroe va siempre acompañado de un escudero que, a veces temeroso, lo secunda en sus aventuras. Cocorí comparte sus andanzas con el monito Tití.

En su recorrido indagatorio visita al campesino, quien no está para dar respuesta a niños preguntones; interroga a la tortuga, cuya experiencia de la vida la ha convertido en filósofa y aconseja al niño que visite al caimán y a Talamanca, la Bocaracá. Pero ninguno es capaz de dar una respuesta a Cocorí.

Es, finalmente, el Negro Cantor, el artista, el filósofo, él que, como otro Orfeo que encantaba a los animales con la música de su lira, congrega a su alrededor las abejas con el hilo de miel de sus melodías, quien le da la respuesta. De nuevo, dentro de la tradición de la cultura universal, la verdad está en el arte; su poseedor es el creador artístico.

Una linda vida. Es él quien responde satisfactoriamente a Cocorí. Ante la queja del niño por la brevedad de la vida de su rosa que era linda y buena, responde sabiamente: “Te engañas Cocorí, no fue una vida corta. ¿No viste que tu rosa tuvo una linda vida? ¿No viste que cada minuto se daba entera hecha dulzura y perfume? ¿No ves que tu rosa tuvo en su vida luz, generosidad, amor? Tu rosa vivió en algunas horas más que los centenares de años de Talamanca y don Torcuato. Porque cada minuto útil vale más que un año inútil”.

Esta universalidad de la obra y su arraigo en la cultura occidental las ha reconocido el lector europeo, y esto podría explicar en parte la entusiasta acogida que el relato ha tenido fuera de la patria.

Su universalidad, unida a los valores básicos del comportamiento humano contenidos en la obra, tales como amor, amistad, solidaridad, verdad, generosidad, hacen de Cocorí un libro cuya lectura se vuelve imprescindible y obligatoria para niños y jóvenes.

No permitamos que estos valores se opaquen y se dañe la comprensión del texto por enfrascarnos en una estéril lectura en blanco y negro.

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El personaje literario Cocorí

Conde, Eric. “El personaje literario Cocorí”.  Semanario Universidad (San José, Costa Rica), 12 de febrero de 2004, p. 18

 

La primera característica que debe tener un buen personaje es que sea nuevo, y Cocorí lo es. Sus rasgos individuales físicos y psicológicos son únicos.

Cocorí es un personaje memorable, por lo menos dentro de la literatura infantil costarricense.

Carmen Lyra estableció una literatura para niños contundente, que no ha sido igualada en nuestro país hasta hoy; pero sus aciertos (muy bien merecidos), son en el nivel de lenguaje, de estilo, de gracia, de fantasía y autenticidad criolla (que no es poco), pero Carmen Lyra no creó ningún personaje nuevo: desde Tío Conejo hasta la Cucarachita Mandinga (Cucarachita Martina en el resto del mundo), todos sin excepción fueron tomados de la literatura clásica europea.

Sin embargo, Cocorí es costarricense, y no tiene otro equivalente en la literatura. Cocorí es convincente y típico.

No podemos hacer un análisis literario de un libro infantil, cuyo primer propósito es lúdico, esperando que el niño lector haga un análisis político del texto, como han pretendido algunos críticos literarios. Sin embargo, debemos tener en cuenta la época y las circunstancias históricas en que se escribe el libro. Tenemos que ubicarnos en un niño limonense anterior a 1947, cincuenta y seis años atrás. Si este personaje literario, que es un ser de papel, hubiese tenido un equivalente humano, hoy fuera un viejo de más de sesenta y tres años.

Un elemento básico que no puede obviar ningún análisis crítico en narrativa, es el punto de vista del narrador, que en este libro es positivo y transparente. Si el escritor hubiese contradicho el punto de vista del narrador con cualquier elemento negativo en contra del héroe: racismo, cobardía, fealdad física, hubiese destruido el poder de persuasión de la novela; en otras palabras es literariamente imposible asumir el racismo en un texto para niños en detrimento del héroe (desde la voz del narrador).

El narrador no puede atacar al héroe en un libro destinado a los niños. Eso sólo puede hacerlo otro personaje (un villano, una bruja, una madrastra mala…), pero en el libro “Cocorí” no existe un antihéroe que pueda asumir ese rol. El cocodrilo y la bocaracá no están diseñados para burlarse del niño por ser de raza negra, la niña del barco no puede hacerlo porque es buena y le da un beso y una rosa.

Para decir que el racismo está sugerido en el libro habría que cargarle las culpas al narrador. No existe en el mundo un narrador omnisciente o testigo en un texto destinado a los niños que agreda al héroe y muchísimo menos un narrador protagonista que se agreda a sí mismo.

Cocorí como héroe y protagonista de un libro destinado a los niños es lo único que puede ser en su rol: un niño valiente, bonito, audaz, que se gana nuestra simpatía.

La literatura destinada al lector adulto se rige por otros patrones. El protagonista en “El Perfume”, de Patrick Süs-kind es un asesino jorobado y deforme, y en “La Metamorfosis”, de Kafka, el protagonista se ve transformado en un enorme insecto aborrecido por su familia.

Se supone que a nadie se le ocurre leer estos textos en el kínder.

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Joaquín Gutiérrez

Joaquín Gutiérrez

Joaquín Gutiérrez, figura emblemática de la literatura costarricense, es, sin duda, el más internacional de sus escritores. Ha publicado seis novelas (Manglar, Puerto Limón, La hoja de aire, Cocorí, Murámonos Federico, y Te acordás hermano), tres de ellas traducidas a doce idiomas y premiadas en Chile, Cuba y Costa Rica; tres poemarios (Poesía, Jicaral, Te conozco mascarita); cuatro libros de viajes (Del Mapocho al Vístula, La URSS tal cual, Crónicas de otro mundo y Vietnam: crónicas de guerra); uno de memorias (Los azules días), y cuatro traducciones de Shakespeare (El rey Lear, Hamlet, Macbeth y Julio César). En China tradujo diversas obras de Lu Sün y Mao Tse Tung. Miembro de la Academia Costarricense de la Lengua, posee el Premio Nacional de Cultura, máxima distinción literaria que otorga su patria; la Universidad de Costa Rica le confirió el Doctorado Honoris Causa y, al concluir 1999, el diario La Nación lo declaró personaje del siglo en la literatura nacional.

Candidato a la Vicepresidencia de la República en dos elecciones, ha sido condecorado por los gobiernos de Chile, Nicaragua, Polonia y Cuba. Su busto en bronce se exhibe permanentemente en el Teatro Nacional de su país. Cocorí tiene una notable historia de trotamundos. En 1947 obtuvo en Chile el Premio Rapa Nui, fue posteriormente publicado en inglés, francés, alemán, portugués, ruso, ucraniano, holandés, eslovaco, lituano, búlgaro y, con patrocinio de la UNESCO, en sistema Braille para ciegos. Ha sido numerosas veces llevado al teatro en Alemania, Checoeslovaquia, México, Perú, Ecuador, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile y Costa Rica. Con el auspicio de la Unión Europea integra una colección destinada a tres mil bibliotecas de los países de América Central. En la actualidad circulan sendas ediciones en Argentina, Costa Rica, Honduras y Cuba.

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Vietnam. Crónicas de guerra

La hoja de aire

Vietnam. Crónicas de guerra

El Vietnam de Joaquín Gutiérrez es un Vietnam desde adentro. Libro hermoso, rico de contenidos, nostálgico y pleno de enseñanzas. Apenas para Centroamérica. Apenas para nuestro tiempo. Y todo con una admirable conjunción de estilo, que rompe las barreras entre la trágica realidad y el artístico relato. Una visión inusual y oportuna de ese Vietnam que nos marcó a todos, que marcó al mundo, que se volvió inolvidable.
Joaquín Gutiérrez recibió el premio Nacional de Cultura, máxima distinción en el campo cultural que otorga su patria y fue miembro de la Academia Costarricense de la lengua; la Universidad de Costa Rica le confirió el Doctorado Honoris Causa y, al concluir 1999, el diario La Nación lo declaró personaje del siglo en la literatura nacional. Su busto se exhibe permanentemente en el Teatro Nacional.

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