Carlos Luis Fallas: El hombre, el escritor y el político

Aguilar, Thais. “Carlos Luis Fallas : el hombre, el escritor y el político”. La Nación. (San José, C.R.), 26 de setiembre, 1984.

Todo comenzó en el Atlántico hace 50 años. Era la primera huelga de un “enclave bananero” de un país latinoamericano, hecho que seis años más tarde sería el tema de la novela Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas Monge, (1909-1966).

“Especial” es el calificativo que se le puede dar a Calufa. Esta característica se desprende de los comentarios que hacen las personas que lo conocieron de cerca.

Su aporte no se reduce únicamente al legado literario que dejó, se mide también en su activa vida política como dirigente del partido comunista y, para quienes fueron sus amigos –e incluso sus enemigos–, su recuerdo perdura por la simpatía y el encanto del buen conversador y el hombre sencillo.

Literario y político.

Muchos críticos y escritores nacionales consideran que Carlos Luis Fallas conjuga notablemente la actividad política con la labor literaria, sin embargo, sólo Mamita Yunai –o A la sombra del banano como él la tituló originalmente– presenta, en una forma realista y directa, la confrontación política y sus consecuencias en una huelga bananera.

El resto de sus obras: Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez, Mi madrina y Tres cuentos, carecen de todo tinte político y se limitan únicamente a recoger la particular forma de vida del pueblo costarricense.

Franco, sincero, desaliñado, conversador y polémico, ese es el recuerdo que se tiene del escritor nacional Carlos Luis Fallas, CALUFA.

Calufa se lanzó a la vida literaria en 1940, con Mamita Yunai, seis años después de haber participado activamente en la huelga. Esta obra ha sido la más leída y traducida de las que escribió.

Mamita Yunai, título sugerido por Carmen Lyra, fue la ampliación de varias crónicas escritas en el periódico comunal Trabajo, sobre una versión electoral que cumplió el autor en Talamanca. Posteriormente, las reunió en una novela que presentó el jurado nacional del concurso literario de la Editorial Farrar and Rinehart, en ese mismo año, en el que participaban los más notables escritores de la época. El jurado rechazó la obra por considerarla un reportaje de tipo periodístico y no una obra literaria.

El resto de sus escritos sigue predominando en lenguaje periodístico y dramático, pero alejado totalmente de su sentimiento político.

Aproximadamente 12 años después de escribir Mi madrina y estando cercana su muerte, Fallas preparaba un libro que dejó inconcluso, titulado Rojo y verde, en el que aparece una serie de crónicas y relatos sobre sus luchas políticas y sindicales y su participación en la guerra civil de 1948.

Pese a sus raíces campesinas y a la escasa educación formal que tuvo de joven, Calufa se propuso, guiado por la escritora Carmen Lyra, adquirir una sólida cultura por medio de libros y afinar su tendencia a la escritura.

Se le recuerda por su extraordinaria capacidad de comunicación y su innegable dote de buen conversador. Práctico y franco, reflejó estas cualidades en su vida y en su literatura. Conoció los vicios, las penurias, la inmoralidad y la nobleza de los hombres sencillos, analfabetos y olvidados del mundo, y supo recoger estos sentimientos para transmitirlos tal cual son. Conoció todo lo humano y aprendió la lección de la vida, como lo comentó el dirigente comunista Manuel Mora en una ocasión.

Nunca se cuidó de las modas literarias, ni buscó trucos ni recursos refinados para impresionar, tenía mucho que contar, mucha experiencia humana que transmitir, y por medio de la conversación no era suficiente.

Hombre de letras, también es recordado por su activa labor como dirigente sindical.

Fallas representa el caso extraordinario de quien, sin proponérselo, hace obra literaria.

Su mayor influencia fue Carmen Lyra, y él mismo aseguraba que ella le enseñó a escribir. La mano de la autora se nota en el estilo muy musical, en la frase rítmica y la ligereza clásica de su obra. Después de Lyra, él ha sido uno de los pocos escritores nacionales que ha podido llevar a las letras la autenticidad del lenguaje popular, rural y urbano del costarricense.

Sencillo pero intelectualmente polémico, le importaba poco su aspecto personal y vivió mucho como un aventurero, por ello conocía muy bien al ser humano.

De todos es conocida su ascendencia campesina. Nació en un barrio de Alajuela y fue criado por un zapatero. Cursó cinco años de escuela y dos en el liceo. Cuando tenía 16 años se fue a vivir a Limón, y allí trabajó como cargador en los muelles para pasar luego a los bananales de la United Fruit Company.

Cuatro años después regresó a Alajuela, y empezó a participar en los movimientos políticos antiimperialistas y obreros de la época.

Intervino en la creación de sindicatos, participó en huelgas y fue encarcelado en varias ocasiones. Fue regidor municipal entre 1940 y 1942, y de 1944 a 1948 fue diputado por el partido comunista. Para la revolución de 1948, participó como jefe de las Fuerzas Armadas del gobierno de Picado.

Cuando enfermó de cáncer en 1965, se le concedió el premio de cultura “Magón” de ese año, y lo compartió con Hernán Peralta; ésta ha sido la única vez que el premio se ha dado compartido. No logró recibir personalmente el galardón, murió en 1966.

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Alberto F. Cañas

Morales, Francisco. Alberto F. Cañas.  La República (San José, Costa Rica), 16 de marzo de 1995, p. 18A

Otros hablarán de él como intelectual, periodista y escritor.

Yo pertenezco a una generación –la de 1960– que tuvo el privilegio de formarse políticamente durante la época de oro de Liberación Nacional. El Liberación del decenio del 50: invasión del 55, primera lucha de tendencias, derrota electoral del 58 y las revoluciones boliviana y cubana.

El Liberación del parque Morazán.

Vimos el heroísmo de las batallas de Guanacaste: los Puercos, el Amo, Santa Rosa y La Cruz. Las acciones militares de Marshall, Aguiluz, Domingo García, la muerte de Eloy Morúa y Valdeperas y civiles transformados en soldados como Oduber, Juan Arrea y Beto Franco.

En la Universidad, durante el día recibíamos clases de Rodrigo Facio, el padre Núñez, Carlos Monge, Isaac Felipe Azofeifa y León Pacheco. También de Fidel Tristán, Isamel Antonio Vargas, Carlos Camaño, Alfonso Carro, Eugenio Rodríguez, Carlos José Gutiérrez, Raúl Hess, Bernal Jiménez, José Manuel Salazar, Eugenio Fonseca y Virgina Zúñiga Tristán.

Y por las noches, en el partido en el Morazán, también clases de esos universitarios reforzados por políticos como Figueres, Orlich, Oduber, Monge, Gonzalo Facio, Madrigal Nieto, Volio Jiménez, Molina Quesada, Luis Bonilla, Arauz Aguilar, Garrón, Carazo Odio, Cordero Croceri, Obregón y Solano Orfila.

Había entonces estudio, ideas, planteamientos, idealismos y hasta heroísmo. Universidad, era Liberación.

Y allí estaba Alberto F. Cañas el intelectual, el periodista, el escritor y crítico de cine que firmaba entonces con el seudónimo de O.M. Para los jóvenes, después de Rodrigo Facio, Cañas era el modelo intelectual. Tal vez por eso don Chico lo llevó en 1962 a diputado junto al presidente de la Juventud Liberacionista, Fernando Salazar Navarrete.

En 1970, en campaña electoral se empezó a estudiar la idea del Ministerio de Juventud, Cultural y Deportes y entre broma y serio nos decía don Pepe: “No tenemos ministerio pero tenemos ministro: Alberto”.

Su prestigio intelectual ayudó –políticamente– a consolidar el Ministerio. Y se aleja –o lo alejan– de la política por dos décadas.

Pero ya en su juventud septuagenaria y empujado por otros dos jóvenes, el padre Núñez y Hernán Garrón, se amarra las botas de político y se lanza a la batalla por la precandidatura de José María Figueres.

En la última década, por ejemplo, cuando el huracán neoliberal irrumpió prepotente y altanero también en Liberación, Alberto F. Cañas se mantuvo enhiesto. Liberacionista. Costarricense.

Hoy (1999) en la juventud de sus 75 años lo vemos –prestigiando– la Presidencia de la Asamblea Legislativa. Que siga alumbrando.

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Una entrevista con Carlos Luis Fallas

“Una entrevista con Carlos Luis Fallas”. En: Teatro Carpa, 21 de octubre de 1981, Página 1

Extracto de una entrevista realizada por Alfonso Chase a Carlos Luis Fallas, y publicada por el periódico Excelsior en 1976

– ¿Crees que la literatura debe ser literatura social y nada más?
Creo que sí. El escritor debe servirle al pueblo de Costa Rica, luchar junto con él por una vida mejor, una democracia más amplia, mayor libertad, independencia y disfrute pleno de sus riquezas. No hay nada que justifique otra posición de un escritor costarricense.

– ¿Crees entonces, que no hay oposición entre los que podríamos llamar literatura universal y literatura nacional, o bien, entre literatura proletaria y literatura burguesa?
En este momento comienza en el mundo la etapa de la literatura proletaria. Así como vino la literatura burguesa a desplazar a la literatura aristocrática y de la nobleza ahora viene el período del triunfo, de esta nueva concepción –profundamente humana– de literatura y la vida. Es un proceso de dialéctica. La literatura proletaria entra al juego de mundo y adquiere vigencia para el futuro. Hay en Costa Rica, sin embargo, en el presente una serie de escritores que sin ser proletarios están también haciendo una literatura positiva que en cierta forma responde a las necesidades de nuestro pueblo. Yo no estoy de acuerdo con esas gentes que dicen que en Costa Rica no se puede hacer nada de categoría en la literatura, porque nosotros no tenemos tradición histórica heroica, ni gauchos como los argentinos en sus pampas. Tenemos iguales posibilidades. Lo que sucede es que los temas y los argumentos no se pueden encontrar en una esquina de la Avenida Central. Hasta que podamos profundizar en nuestra patria y encontrar los argumentos en el llano, en las bananeras, en las montañas, las ciudades y sus pobres barriadas: ahí está Costa Rica. Ya se han escrito bastantes cursilerías y ya es hora de explotar directamente los problemas vitales de nuestro pueblo. Quienes se empeñan en seguir escribiendo historias bonitas, más o menos superficiales, ya no están colocadas en ninguna perspectiva. Hay problemas sociales profundos, y yo me pregunto, ¿por el hecho de ser sociales no se pueden tocar con arte? Pues claro que sí. Es nuestro deber. Ahí está el futuro de nuestra literatura. Es mi criterio, la literatura social es la única que puede tener permanencia porque se justifica en nuestra propia realidad.

– ¿Y con respecto a los personajes de tus novelas?
En su mayoría son tomados de la vida real. Hay otros que son formados de dos o más fuentes del mismo grupo humano. Yo creo que la sociedad presenta grupos bien definidos en cuanto a su carácter y a su forma de ser. Personas que misteriosamente pertenecen a un mismo grupo y cuya diferenciación de los otros es notable. No pertenecen, incluso, a una misma clase social. Doña Rosita, por ejemplo, está formada por tres mujeres de distinta condición social y distinto grado de cultura, pero en cuanto al carácter, pertenecen al mismo grupo.
Mis personajes no son creación pura de la fantasía, y por esto, yo no hago plan de trabajo al comenzar una novela. Es que los personajes se mueven, tienen vida propia y se van. Los personajes se escapan. Es imposible controlarlos. Lo que importa, ante una situación específica, es la actitud y la reacción propia del personaje y no lo que a mi me interesaría como escritor. El plan nos limita porque nos obliga a trabajar de acuerdo a unas metas ya previamente determinadas. Si hacemos coincidir a los personajes con el plan, los matamos y hacemos de ellos unos simples títeres.

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“Gentes y gentecillas” de Calufa

Kasari, Joris. “Gentes y gentecillas” de Calufa”. La Prensa Libre (San José, Costa Rica),  2 de abril de 1977

Uno de los escritores costarricenses que más ha entrado en lo profundo del pueblo tico es Carlos Luis Fallas.

Llamado cariñosamente Calufa, este autor describe con autenticidad, el ambiente costarricense, con la manera de hablar del tico, su humor y su forma de ser.

Aunque la primera vez que se publicó esta obra en 1947, como la segunda novela de Carlos Luis Fallas, lo cierto es que, treinta años* después continúa siendo actual.

Es una novela que se lee y se disfruta, ya que los personajes tienen una vitalidad que se encuentra sólo en los buenos novelistas.

Para el lector, Jerónimo, Soledad, Rodolfo, Ñor Concho, doña Rosita y otros son seres de carne y hueso. Personas a las que podemos encontrarnos en cualquier momento. Son también prototipos de las distintas capas de nuestra sociedad.

Esa sociedad que da el campesino ingenuo así como el pícaro; el funcionario explotador y el trabajador sincero; el obrero que espera los días de pago y la mujer que trabaja para ayudarle a salir adelante con la carga… De todo hay en la novela de Carlos Luis Fallas.

Ningún nombre mejor hubiera podido ponerle que “Gentes y gentecillas”. Porque en sus páginas pulula lo mismo el poderoso que el sencillo; la mujer educada que la muchacha fácil que cree encontrar a la vuelta de la esquina la fortuna o el amor de novela.

Carlos Luis Fallas nació en 1909 en Alajuela y murió en 1966. De origen campesino, se crió al lado de un zapatero remendón. Hizo únicamente dos años de secundaria. Su viaje a Limón, cuando tenía 16 años lo hizo conocer y comprender la lucha del hombre sencillo por ganarse el pan.

En la costa atlántica trabajó en los muelles y en los bananales de la United Fruit Company, por eso, sus descripciones del trabajo, de las luchas de la clase de vida que llevaba el trabajador de las compañías extranjeras, es verídico.

Cuando regresó a Alajuela, a los 22 años, se dedicó a participar en movimientos políticos y obreros, participó en huelgas y en algunas ocasiones su militancia lo llevó a la cárcel. Fue miembro importante del Partido Comunista y elegido para cargos de elección popular como munícipe y diputado más tarde. Sin embargo, su militancia política no le apartó de la literatura, sino que le sirvió de base para sus temas y sus personajes.

Escribió “Mamita Yunai”, publicada en 1941. “Gentes y gentecillas”, editada en 1947 y luego con el sello de la Editorial Costa Rica en 1975. “Marcos Ramírez, Aventuras de un muchacho”, “Mi madrina” y “Tres cuentos”.

Su colaboración en periódicos y revistas de la época también fue copiosa.

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y es uno de los escritores latinoamericanos de mayor valor literario y social. Vale la pena volver a leer los libros de Carlos Luis Fallas.

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Joaquín Gutiérrez Mangel

Gallardo,  Helio. Joaquín Gutiérrez Mangel“. Semanario Universidad N° 1417 (San José, Costa Rica), Octubre del 2000

Publicado también en: Retrato de Joaquín Gutiérrez. Compilado por Rodolfo Arias Formoso. San José, Costa Rica : EUCR, 2002. Página 121-124


En la jugada 39 las blancas arriesgan rey tres dama y las negras replican con un peón tres torre. Los contendores intercambian peones. A continuación las blancas atacan con un rey cuatro alfil que provoca el jaque del rey negro. Las negras no logran salir del jaque mediante su caballo seis dama. Las blancas desplazan su rey a tres caballo. Las negras abandonan. ¿De qué color eran las piezas de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Ni negras, ni blancas. Multipintas, como el variado color de la gente. Jaspeadas o nítidas —celestes, amarillas, oscuras, grises— como suele desplazarse y mostrarse la vida. Joaquín fue rojo. Comunista. Las piezas del ajedrez, cada una, tienen una determinada capacidad de combate. Joaquín Gutiérrez quiso sentir a la gente con una capacidad de lucha y de esperanza ilimitadas. Imaginó el comunismo como el milagroso pan evangélico que crece cuanto más se reparte. Lo vivió y lo sintió chino, soviético, chileno, costarricense, vietnamita, cubano, nicaragüense, planetario. Lo quiso alegre, plural. ¿Con qué acento hablaba el comunismo de Joaquín Gutiérrez Mangel?

Con el acento de los humildes, de los campesinos, de los obreros, de los combatientes, de los niños, de los artistas, de las mujeres. Con el diverso vigor de la sonrisa, de la abierta carcajada y del estudioso silencio, constructores compañeros del hoy y del futuro.

Joaquín Gutiérrez tradujo tenazmente del inglés al castellano el tomo cuarto de las Obras Escogidas de Mao para su edición por la militante Editorial del Pueblo de Pekín. Su desempeño como traductor incluía extendidas sesiones de debate con los responsables políticos y académicos designados por el Partido Comunista Chino. Un objetivo era poner a prueba al traductor. —Camarada Joaquín, ¿por qué usó este adjetivo y no tal otro sinónimo?

El constante cónclave de expertos se designaba con un nombre ceremonioso y extenso. Algo así como “Comisión Responsable de la Vigilancia de la Exactitud en la Traducción del Pensamiento del Camarada Mao Tsetung”. Gutiérrez, multíglota, lo rebautizó “El Elefante”. Con un ligero recelo alguno preguntó: —¿Por qué, camarada, nos llama Ud., así? ¡Ah! Es que el elefante es grande, poderoso, noble, imponente, venerable…” No pasó mucho para que los camaradas chinos, siempre muy serios, empezaran a recordarle a Joaquín, el traductor: “Camarada Joaquín, mañana nos toca Elefante”. Y en la mirada Joaquín, el comunista, adivinaba una amistosa sonrisa cómplice.

Joaquín Gutiérrez, el comunista trashumante, semiancló en Chile porque sintió que en ese país frío, duro y sensible “ningún grito se perdía”. No era el país, entonces. Eran las tramas de relaciones establecidas por sus  gentes. Una de sus novelas se ocupa de esas tramas y sugiere / convoca lo que Joaquín Gutiérrez descubrió o confirmó acerca de sí mismo en ellas. Narra la muerte de un camarada amigo y su vela en la Morgue de Santiago. A la morgue se llegaba atravesando un “patio reseco, grande, de tierra. Como maldito, porque cualquiera sabe que en todas partes crece por lo menos una brizna de hierba y allí no, ni una. Al fondo del patio, un portón enorme, de dos hojas, con la pintura escarapelada”. Los amigos y camaradas velan toda la noche al muerto, un estudiante venezolano de Medicina, Luis Febres, comunista. Al amanecer, tras conversar y callar sobre la tortura y la muerte, los jóvenes improvisan, en el patio seco, una acción semejante al fútbol: “Poco a poco todos fuimos saliendo, a cual más entumido. ¡Una sola pelota para tantos! Pero igual comenzamos todos a correr, a hacer dribles fantásticos, a lanzar chutes imaginarios contra arcos invisibles. Se armó un partido fenomenal. La pelota era lo de menos. Lo importante era sacudirse, gritar, saltar, dar codazos, empujones, lanzar garabatos sin sentido. A quien por casualidad le caía en los pies, corría con ella abrazado como si fuera rugby y no fútbol. En una de esas se armó tal montón, todos tirándonos encima que los de abajo casi se asfixian.

“Estaba saliendo el sol”.

“Era la revancha. De la vitalidad. De la juventud. La vida es capaz de estallar de pronto con esos fulgores extraordinarios. ‘Pásamela’. ‘No, a mí’. ‘Entrégala’. Cada uno gritando a todo lo que daban los pulmones.

‘Chutea’. ‘Pendejo’. ‘Goooooool’. Saltando todo lo que permitían las piernas.

Estaba saliendo el sol.

Lucho, perdona: estaba saliendo el sol”.

Joaquín Gutiérrez, el escritor comunista, no amaba las palabras, amaba la vida, la montaba, la chuteaba, la reía, la enamoraba, la nostalgiaba, la quería, la comía, la bebía, la soñaba, la entretenía, la urgía, la perdonaba. La presentía. La esperaba.

Joaquín Gutiérrez Mangel sentía crujir y resoplar la vida en la gente sencilla, pero de combate. Cronista de la guerra antiimperialista vietnamita, rescató de ella su energía perseverante para multiplicar el alimento bajo las bombas —la llamó guerra del arroz—, la espiritualidad que les permitía levantar y perder el amor personal sin desalojar la esperanza histórica, —la llamó guerra contra el miedo— y la agudeza heroica para enfrentar militarmente al enemigo. Perseverancia, espiritualidad, eficacia histórica.

Celo, entereza anímica, inteligencia, destreza y fiereza en el combate fueron también los valores exigidos y testimoniados por Gutiérrez, el comunista, desde la dirección del departamento editorial de Quimantú, en Chile, durante la experiencia de la Unidad Popular. Ganó con su trabajo, exigente y cálido, a obreros y empleados, y el empeño de todos, del colectivo, hizo de los libros de Quimantú esfuerzo por multiplicar lectores y sacar a los autores del enrarecido aire de los pequeños círculos, un anuncio del horizonte abierto para el país con la experiencia socialista. El peón de Chillán, el minero de Lota, el niño de Lebu, el empleado de Ñuñoa, la maestra de San Antonio, el carabinero de La Serena, el pueblo, el camarada, nunca fueron fichas o piezas para Joaquín Gutiérrez, el comunista. Le parecieron siempre complejos y sutiles testimonios de la vida, convites para vivir, para compartir, para ser, para “reconstruir el mundo con el aporte de todos y hacerlo más hermoso”.

Joaquín Gutiérrez Mangel nunca transitó desde la literatura a la vida. Su estética era la vida misma militando rebelde en la literatura. “Somos las primeras estrofas de un poema épico, y esta es una metáfora que no se escribe con tinta sino con sangre. Y tenemos un baluarte inexpugnable: la porfía. Y una bocanada de aire fresco: la dignidad. Y nos rebullimos, injuriamos, maldecimos. Nos pateamos el culo de rabia si no podemos hacer más o más ligero, y nos perdemos como niños con fiebre por los caminos del sueño y somos unos locos estupendos que sabemos que este mundo horrible que han hecho los cuerdos nosotros lo vamos a arreglar. Y en una vasija de barro, en una pobre vasija de barro cultivamos una añañuca. Y esa añañuca nadie nunca nos la podrá arrancar”.

Esa añañuca, flor roja y silvestre que desafía a la muerte, es la misma Hoja de Aire que inmortalizara a Joaquín Gutiérrez Mangel, el comunista, en la literatura y en el imaginario de los pueblos del mundo. Las piezas multicromáticas de Joaquín Gutiérrez, el rojo, nunca abandonan la partida.

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Joa­quín Gu­tié­rrez, con­tem­po­rá­neo de to­dos los hom­bres

Cortés, Carlos. “Joaquín Gutiérrez contemporáneo de todos los hombres”. Revista Nacional de Cultura: Págs. 8-12, 1993 (fragmento)

¿Quién es Joaquín Gutiérrez?

Ajedrecista de talento; editor de éxito —diez millones de ejemplares en la editorial Quimantú, en el tiempo de la Unidad Popular, hablan por sí mismos—; escritor para niños de una sola obra que le ha dado la vuelta al mundo —en 80 ediciones y más—; novelista de fama y traductor de genio  —empezó con Mao Tse Tung y terminó con William Shakespeare, algunos dicen que mejorándolo—. Todo eso es y no es Joaquín Gutiérrez. Todo eso es y no es suficiente.

Militante comunista por 60 años: amigo de Neruda y de Allende…., corresponsal de guerra en Vietnam: testigo de la revolución cultural de Mao y del deshielo de Krushov, nigromante confeso; navegante con regreso y Odiseo pródigo; fumador inclaudicable; palabrero; amiguero y amigable; visionario y socialista utópico; mirador de absolutos; gozador de felicidades; vividor de bondades; dicharachero; poeta; cuentero y amigo de sus amigos; soñador de todo lo soñable: decidor de todo lo decible.

Todo eso es y no es Joaquín Gutiérrez. Todo esto y más, pero sobre todo, simple y llanamente escritor. Y no ha querido ser otra cosa más que eso en el mundo.

Su vida se ha trenzado y transado, tejido y destejido en palabras. Su vida ha sido un nudo interminable de palabras, una continua transpiración de tinta, una red de sentido detrás del gran significado de la vida, de la gran balada universal de la que hablaban los antiguos”…

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Joaquín Gutiérrez

Joaquín Gutiérrez

Joaquín Gutiérrez, figura emblemática de la literatura costarricense, es, sin duda, el más internacional de sus escritores. Ha publicado seis novelas (Manglar, Puerto Limón, La hoja de aire, Cocorí, Murámonos Federico, y Te acordás hermano), tres de ellas traducidas a doce idiomas y premiadas en Chile, Cuba y Costa Rica; tres poemarios (Poesía, Jicaral, Te conozco mascarita); cuatro libros de viajes (Del Mapocho al Vístula, La URSS tal cual, Crónicas de otro mundo y Vietnam: crónicas de guerra); uno de memorias (Los azules días), y cuatro traducciones de Shakespeare (El rey Lear, Hamlet, Macbeth y Julio César). En China tradujo diversas obras de Lu Sün y Mao Tse Tung. Miembro de la Academia Costarricense de la Lengua, posee el Premio Nacional de Cultura, máxima distinción literaria que otorga su patria; la Universidad de Costa Rica le confirió el Doctorado Honoris Causa y, al concluir 1999, el diario La Nación lo declaró personaje del siglo en la literatura nacional.

Candidato a la Vicepresidencia de la República en dos elecciones, ha sido condecorado por los gobiernos de Chile, Nicaragua, Polonia y Cuba. Su busto en bronce se exhibe permanentemente en el Teatro Nacional de su país. Cocorí tiene una notable historia de trotamundos. En 1947 obtuvo en Chile el Premio Rapa Nui, fue posteriormente publicado en inglés, francés, alemán, portugués, ruso, ucraniano, holandés, eslovaco, lituano, búlgaro y, con patrocinio de la UNESCO, en sistema Braille para ciegos. Ha sido numerosas veces llevado al teatro en Alemania, Checoeslovaquia, México, Perú, Ecuador, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile y Costa Rica. Con el auspicio de la Unión Europea integra una colección destinada a tres mil bibliotecas de los países de América Central. En la actualidad circulan sendas ediciones en Argentina, Costa Rica, Honduras y Cuba.

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