Joaquín Gutiérrez vive en francés

Doriam Díaz. “Joaquín Gutiérrez vive en francés”. La Nación. Suplemento Viva (San José, Costa Rica), 6 de junio de 2003, p. 9

La espera de más de una década se transformó en un logro para la literatura costarricense. La editorial Actes Sud, una de las más prestigiosas de Francia y Bélgica, acaba de publicar en francés la novela Murámonos Federico (1973), del escritor costarricense Joaquín Gutiérrez  (1918-2000).

Dicha edición se titulada Mourons (ensemble), Federico (Murámonos (juntos), Federico) y es una traducción del español realizada por Roland Faye, quién también pasó al francés la novela Ceremonia de casta, de Samuel Rovinski.

Faye tradujo la novela de Gutiérrez a principios de los años 90; no obstante, el trabajo tuvo un azaroso destino que culminó en mayo pasado con la publicación del libro en Actes Sud.

Y la espera valió la pena pues Actes Sud, fundada en 1978, tiene un catálogo con 1.800 títulos, publica 140 títulos nuevos por año y ha dado a conocer en lengua francesa a unos 2.200 autores.

Es más, ese sello le ha descubierto a los francófonos a autores como el húngaro y Premio Nóbel de Literatura Imre Kertész, la cubana Zoé Valdés y el norteamericano Paul Auster.

Cuidadoso trabajo

Mientras en Costa Rica se ha  privilegiado la lucha de Federico contra la compañía bananera, la edición en francés acentúa desde la portada hasta la contratapa los elementos más universales de la novela.

“Son justamente los elementos menos realistas del texto: la historia casi mágica de Estebanita, el humor, la ironía, la pugna entre dos mundos sometidos ambos –el personal –subjetivo y el social-objetivo- a la presión de la modernidad y de la tradición …”, explicó el escritor Carlos Cortés, quien revisó en detalle la obra en francés.

Es más, la contratapa del libro llamada El punto de vista de los editores expresa: “…el autor diseña una pintura de la alienación de los pueblos centroamericanos. Él entrega a sus personajes, todos admirablemente cincelados y coloreados, a las fronteras estrechas y reductoras de un mundo que vacila entre la tradición y la modernidad, seducción del sur y presión de norte”.

Según afirmó Cortés, la traducción es muy cuidadosa. Por ejemplo, las expresiones y nombres de los personajes se mantienen en el texto y se explican brevemente en notas al pie. Además, “…la versión reproduce el lirismo ingenuo del niño frente al relato narrativo de acción”, agregó.

La traducción de Murámonos Federico tiene 256 páginas y se encuentra en el catálogo de Actes Sud (www.actes-sud.fr).

Un detalle curioso: la novela estuvo dentro de las novedades de mayo del sello, junto a un libro del Nóbel Kertész.

Esta es la segunda novela costarricense que publica Actes Sud, la primera fue María, la noche (Maria, la nuit), de Anacristina Rossi.

El camino de Murámonos Federico en francés apenas comienza. La novela le sigue los pasos a Cocorí, que ha sido traducido a 10 idiomas, y mantienen vivo en el ambiente literario a Joaquín Gutiérrez.

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Nuevas y viejas Concherías

Herrera, Franklin. “Nuevas y viejas Concherías”.  La República, Opinión (San José, Costa Rica), 2005, página 18

 

No hay duda de que Concherías, de Aquileo J. Echeverría, tiene el bien merecido título de clásico de la literatura costarricense y su autor, calificado por Rubén Darío como “el poeta de Costa Rica”, es sin dudas un referente fundamental de nuestra literatura y una fuente de primerísimo nivel para el conocimiento y comprensión de nuestras raíces históricas y lingüísticas y de nuestra nacionalidad y forma de ser.

Por estos días, la editorial Legado publicó otras Concherías. La versión sorprende en primera instancia por la perfecta presentación, que asoma desde su portada, ilustrada con una acuarela de Ana Griselda Hine, que adornó ya otra edición en 1989.

Un aspecto es de novedad en un texto tan leído, publicado, estudiado y representado como Concherías. A diferencia de otras ediciones, Legado consideró como original el libro que salió en 1909, publicado por la Imprenta Elzeviriana de Borrás y Mestres de Barcelona, España, que fuera firmado por el autor el 6 de marzo de ese año, cinco días antes de morir, cuando tenía apenas 43 años, vividos de manera pobre pero alegre y multifacética, ya fuera como militar en la guerra centroamericana contra Rufino Barrios, como ayudante del presidente Cárdenas de Nicaragua, como periodista en Costa Rica, El Salvador y Guatemala, como diplomático en París y Washington, como pulpero en Heredia o como bohemio siempre.

En ese sentido, la nueva edición rescata el primerísimo origen del texto y lo sustrae a un siglo de cambios y “correcciones”, practicados fundamentalmente sobre la ortografía de vocablos que el mismo autor quiso escribir tal cual los escuchaba en boca de sus protagonistas, los conchos, seguramente desconocedores de las sutilezas de la pronunciación y la ortografía reglamentadas por la academia y las variantes lingüísticas de prestigio.

Así, el texto que publica Legado escapa al excesivo celo de correcciones, estudiosos y editores, que consideraron quizá más conveniente trasladar a un lenguaje algo más culto o “correcto” unas palabras puestas ahí por el autor como reflejo de un mundo que surge de la contemplación por parte de un espectador externo y privilegiado. Solo La vela de un angelito, por ejemplo, ha sufrido a lo largo del tiempo más de 40 cambios de esa naturaleza.

En esa dimensión vale la pena releer esta nueva publicación de uno de los clásicos de nuestra literatura, en el entendido de que nos acercará mejor a un mundo de ingenuidad primaria y sencillez campesina.

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Entonces, vale recordar las palabras de Darío en el Prólogo de aquella edición barcelonesa: “Echeverría habla bien su lengua patriótica (…). Y yo aprovecho la ocasión para decir cuánto me encantan los poetas que como el árbol de su floresta dan la flor propia”.

Única mirando al mar

Única mirando al mar

Única mirando al mar

Un hombre le da al canario su última ración de alpiste… y lo libera; después se tira a la basura como un desecho más. Esta es una de las imágenes más brillantes que haya inventado algún escritor costarricense, no sólo por el ingenio que la adorna, sino por lo que vislumbra y desencadena en uno de los mejores relatos sobre la miseria global del siglo XX. El personaje “suicida”, Mondolfo Moya Garro, modesto vigilante nocturno cansado de la vida, se lanza así al camión recolector de los desechos y termina en el relleno sanitario de Río Azul, donde descubrirá el sustento de la indigencia y el amor inesperado de una maestra desahuciada que busca todos los días -entre los restos orgánicos y minerales- una luz o una rosa blanca para que no todo sea tan tenebroso como la vida en el muladar. Única Oconitrillo es el soporte de la esperanza en el putrefactorio de los buzos del “mar de los peces de aluminio”, peleado basural capitalino donde se refugian cientos de familias en pobreza extrema para escarbar, entre zopilotes, una lata brillante o una botella vieja que pueda intercambiarse por algo de comida.

Denuncia irónica de nuestra corte de los milagros, la breve y laureada novela ha sido profundizada por su autor, y nos la ofrece ahora en versión mejorada y definitiva.

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