Milagro de la Paz: novela de la realidad salvadoreña de posguerra

Canales, Tirso. Milagro de la Paz: novela de la realidad salvadoreña de posguerra. Diario Latino. Suplemento Cultural 3000. (San Salvador, El Salvador), 24 de junio de 1995

Es la quinta de Manlio Argueta, y en ella el autor revela un alto grado de desarrollo estilístico de su narrativa.

Tributa merecido homenaje a la mujer trabajadora que se debate en medio de una situación trágico-optimista.

I

La primera cuestión que debo destacar como importante en la novela Milagro de la Paz, de Manlio Argueta, es el protagonismo trágico-optimista de tres mujeres: Latina, Magdalena y Crista. Ellas son laboriosas y emprendedoras para no dejarse amilanar ni vencer por las duras situaciones que les antepone la vida, la discriminación social, el fetichismo y el peso casi aplastante de las creencias y tradiciones culturales oscurantistas. Latina, Magdalena y Crista influyen en nuestro ánimo con su universo espiritual de inseguridad, miedo, desasosiego y lo inexplicable, “al pensar si los perros aúllan de miedo a la noche, a los hombres que trotan o a los seres desconocidos que en los últimos días han ido a tirar cadáveres en la calle de Las Angustias”.

De manera imperceptible, el ambiente taciturno se nos figura gris y deviene apoderándose de nuestros sentimientos de lástima, conmiseración hipócrita-católica para con que el prójimo… ¿O es el corazón del salvadoreño sentimental el que funciona? Yo diría que es sólo un aspecto de esto último. Los sentimientos que experimentamos surgen de la solidaridad más que social, humana, entre personas que sufren de soledad y desesperación por ellas mismas y por sus seres queridos. Múltiple sufrimiento. No hablo del clima de fatalidad en que están formados los personajes protagónicos, ya que estos son apenas criaturas ungidas de vida por el autor, para que digan lo que tienen que decir inmersas en sus circunstancias particulares; particulares sí, pero no exclusivas. Los personajes son símbolos, entes, vehículos estéticos, formas del ser artístico.

Pienso que el estado de ánimo protagónico creado desde el principio en Milagro de la Paz homologa una situación de expectativa salvadoreña en el período de la posguerra. Hay ciertos períodos en la vida de las sociedades en que el ánimo parece concentrarse y generalizarse en ciertos asuntos. Es lógico que para que suceda ese fenómeno “sicológico-social” debe existir interés “de todos” aunque por distintas razones e interpretaciones. Milagro de la Paz ha sido creada recientemente.

El autor empezó a escribirla luego de que la mayoría del pueblo, partícipe directo en el conflicto vivido en El Salvador, comenzó a sentir el gran vacío dejado en sus expectativas por los resultados de la guerra. Los salvadoreños pobres, o sea el 90% esperaban más de un conflicto que penetró tanto en el espíritu por lo doloroso, cruel y traumatizante. No fue para menos. La guerra civil, como sabemos, devino en la manifestación armada de un conflicto largamente acumulado. En el transcurso de varias décadas, no pocas generaciones hubieran querido pelearla y echar sus suertes en la historia de una vez por todas: espíritu salvadoreño, si no exclusivo, típico por su radicalismo, “hoy ya me desgracié y voy a terminar de desgraciarme”.

Pero ocurrió que el pueblo que peleó la guerra esperaba otros resultados.

Esperaba más que una paz bastante formal. Mas que una guerra sorda, sin explosiones, pero aún latente. Cifraba esperanzas mayores. Por ello se involucró en la guerra y lo hizo de todo corazón.

Después de muchos anhelos reprimidos, de tantísimos sueños truncados, de tantas vidas sacrificadas, encontrarse con una realidad que muchos estiman prácticamente la misma, con sólo algunos matices insustanciales que no satisfacen porque lo esperado era mucho más. ¿Pero qué era?. Sencillamente, mucho más: la medida de su satisfacción, ese es ahora el conflicto espiritual. Una gran parte de la nación no siente que tiene lo que se fue formando en sus expectativas y sigue haciéndole falta, ¿justicia? La acepción de ese concepto es amplia, igualmente las formas en que se concreta; peor aún, si la “paz” cobra con creces su “disfrute” mediante el encarecimiento y enflaquecimiento de la  canasta básica.

Los estados de ánimo de las sociedades son trasuntados por el arte, y tanto lo poesía como la narrativa tienen la virtud inmediata de aprehenderlos dotados con la nuevas formas apreciativas de la vida. Magdalena, la hija mayor de Latina, fue asesinada no por fantasmas, sino por hombres de carne, hueso y nefastas ideas, con nombres y apellidos conocidos en los expedientes gubernamentales y grupos de poder; sin embargo, nada se hizo ni se hace para satisfacer lo que el pueblo esperaba y aún espera. Ese es el asunto tipificado por la realidad y captado por el autor para ser contado en forma de novela. Un asunto, una situación, entre millares. Seguramente otros autores podrían estar escogiendo los casos y sucesos que narrarán. ¿Quién de nosotros no ha escuchado, como interlocutor tácito o expreso, estas innegables realidades? “Nosotros habíamos oído de los seres desconocidos, pero pensamos que nunca vendrían acá, mucho menos a matar a una mujer embarazada. Al principio creíamos que era obra de los coyotes, pero descubrimos las heridas en el cuello”. Eso responde a los hechos sufridos por personas, por seres sensibles, inteligentes, que conocen origen y esencia de tragedias que les duelen como familiares, y que la paz abstracta ignora por distintos intereses y motivos.

Los significados reales de “la paz” se establecen claramente en cada salvadoreño de acuerdo al dolor infligido por la guerra o por lo que la favoreció. No es lo mismo una paz cualquiera, o, si se quiere, “esa paz” y la que se esperaba con justicia. “La paz sea con vosotros” tampoco es equivalente a “la paz es entre vosotros”. Conocidos los hechos, Milagro de la Paz señala sin tapujos pero con el arte de las formas intelectivas de la ironía, al régimen responsable de la guerra y de tantas muertes, y que poco ha faltado para que condecoren a quienes las cometieron. La amnistía y la burla han sido sangrientas carcajadas de bocas enwhiskadas. El narrador: “El forense dictaminó que se trataba de balas. Tiradores certeros que pegan en el cuello a la distancia de un metro. Su marca registrada de la muerte, pues desde antes del disparo ya no hay posibilidad de vida”.

¿Qué historia es esta? La víctima propiciatoria de siempre se auto-interroga atribulada: ¿Por qué nosotras, que nunca hemos dañado a nadie?”. Esa es la pregunta cuestionadora que la hija menor hace a su madre, mientras esta le prepara la cesta con ropa para la venta con que deberá proseguir el trabajo que efectuaba Magdalena cuando fuera asesinada.

Es conmovedor para cualquier salvadoreño de posguerra, con inteligencia atenta para analizar, medir y asimilar la realidad de su país, escuchar la imprecación de la madre partida por el dolor ante el asesinato de su hija, a manos de “individuos fuertemente armados”, y que repitieron escenas de terror durante la guerra “de baja intensidad”, diariamente: “De ahora en adelante me dará vergüenza vivir”. Así sentencia Latina, mientras en una carreta baja del volcán con el cadáver de su hija Magdalena.

Con manos, que son todas corazón, acaricia el vientre muerto de su primogénita, que lleva en su seno igualmente muerto al nieto esperado. El, juntamente con quien sería abuela y con quien es ya madre muerta, ha sido la víctima del régimen que tiene por “sacrosanto el derecho a la vida de seres inocentes creados por Dios”. Latina, sin saber nada de la política mentirosa y de la moral hipócrita del gobierno de su país, El Salvador, con sus “manos de madre tan acariciadoras”, acaricia el vientre abultado de su hija. Siente a la distancia los perdidos pálpitos del pequeño corazón de quién habría sido su nieto y en ese contacto entre la muerte y la vida palpa su gran tragedia: “ ¿Por qué Dios es bueno con unos y malo con otros?”.

El autor de la novela demuestra esta vez, de mejor forma, que sabe captar aspectos sustantivos del pensar y sentir popular. Cuando habla de los “tiradores que exhiben su certera puntería para matar gente dormida y aciertan en el cuello a la distancia de un metro”. Aspecto este ampliamente manejado por la conciencia por el pueblo. ¿Quién no ha oído en El Salvador referirse a los “grandes guerreros”, minuciosamente preparados en la Escuela Militar y posgraduados en esas técnicas en Fort Braggs y Fort Bennigs? Armados hasta los dientes, necesitaron ir a matar a la población civil mientras dormía.

Sí, para quien está educado para matar, matar es su necesidad de oficio, su ocupación habitual, por ello es que intuitivamente la sociedad civil razona: “el que ha sido educado para matar no esta apto para sembrar frijoles, curar o sacar muelas”; a menos, digo yo, sin una re-educación radical que procure desalojar de la conciencia criminal la conducta que le enseñaron a practicar.

El pueblo se burla. No pierde oportunidad para lanzar sus dardos vengativos contra los responsables de millares de crímenes. De ese modo castiga a los verdugos. Así lo hará durante muchísimos años. De ello estoy seguro.

No es necesario ser profeta, en este caso, al menos, si se estudia el carácter del salvadoreño esencial. Este aspecto nunca será materia de reconciliación en El Salvador. El resentimiento y el sentimiento histórico-social se transmiten de generación en generación y son mucho más persistentes que todas las prédicas publicitarias de las clases gobernantes. ¿Qué Latina podría olvidar a su Magdalena mientras viva? ¿Qué hermano, qué hijo, qué nieto, qué patriota sería capaz de deponer el dolor sentido en sus entrañas y más allá de ellas, por la muerte de sus seres queridos? Como en Milagro de la Paz, el resentimiento y el sentimiento son heridas protagónicas de nuestra historia.

A través del espíritu adolorido, digno, estoico y optimista, la lucha continúa: la vida sigue su curso en el espíritu de Latina, Crista y la niña Lluvia, preparada ya por la naturaleza para ser mujer. Tres generaciones de mujeres portadoras de este nódulo que encarna lo peculiar para la narración, ampliamente tipificado entre las clases populares de El Salvador.

Manlio Argueta tributa merecidísimo homenaje a la mujer trabajadora. Ya antes lo ha hecho en su segunda novela, Caperucita en la Zona Roja, con su bello decir poético, Mamá.  Personalmente me alegro mucho de ello, pues conozco los sentimientos de Manlio. ¡Vaya si los conozco, en cuarenta años de amistad y camaradería! Los personajes de las novelas de Manlio no son “heroicos” ni hazañosos.

Son el caso de Milagro de la Paz, seres anónimos, ignorados, encarnaciones de mujeres trabajadoras, sin fisonomía de “mujeres lindas” de cosmética brillante de televisión a colores; son seres con quienes nos juntamos en las páginas de la novela por obra y gracia de la sensibilidad del autor y las bondades de su arte narrativo; son seres que pisan las mismas piedras de nuestro país; son la mayoría de la nación. Esas mujeres transmiten unas formas de solidaridad, unos modos de amor y de amar, de seres humanos y tienen su concepto de la cultura en que viven, su inteligencia ha penetrado y enraizado en el  medio que las rodea. Lo hacen con y desde el marasmo de supersticiones, creencias religiosas y otras maneras de oscurantismo en que es atraso histórico-social las ha estancado por siglos. Sin embargo, tienen sus formas de conocer e interpretar el mundo, como tenemos todos los individuos que pasajeramente habitamos en este planeta. Y no se crea que las mujeres de Milagro de la Paz están fuera de tiempo con su pensamiento y concepciones. No. Ellas están en el tiempo que viven en su país. Ser como son no es responsabilidad de ellas. ¿Acaso no repiten patrones de conducta del mundo cristiano, en que grandes intereses decisorios del modo de vivir de la gente fundamentan la omnipresente cultura occidental?

¿Conoce alguien que haya nacido en esta tierra y permanecido muriendo su vida aquí, otra cultura y otros tipos de cultura? La trágico-optimista depresión espiritual salvadoreña es consustancial e histórica. La incertidumbre, la inseguridad económica y social, la amenaza política, el miedo, el terror, la pobreza, el analfabetismo, el bayunquismo, el atraso general, en fin, son producto “hechos en casa” en el “país de la sonrisa”. Son elaboraciones histórico-sociales con “sabor a patria”, y otras pamplinas que seguramente puede agregar “la mente venérica de la publicidad”, según lo dijera el poeta Rafael Góchez Sosa. Si usted lo desea puede también decir que son constitucionales y no dirá nada fuera de realidad.

Decía que me alegra mucho que sean mujeres quienes comanden el asunto principal, la trama y el decurso de Milagro de la Paz. En la novelística latinoamericana contemporánea –que yo sepa- este aspecto es raro. En el pasado lo fue menos: Amalia Batista, María, Amalia, Juana Usurdy (Santa Juana de América) y seguramente hay otras. En lo referente a la escasísima narrativa salvadoreña, de plano no existe este aspecto. Nuestros autores han sido muy “machos”. Este Milagro de la Paz, que burla burlando le ha puesto tremenda trampa entre líneas al concepto homologado con otro “Milagro de la Paz”, podría engendrar uno muy necesario, como sería que los lectores empezaran a ver quién rodea con mayor frecuencia sus alrededores. Verían a muchos seres que apenas tienen un nombre sin apellidos, como los personajes de Milagro de la Paz.

II

Magdalena omnipresente

Aunque parezca que Latina –madre de Magdalena y Crista- por ser la madre soltera y cabeza de familia determina el desarrollo de Milagro de la Paz, no es así. El aparente “matriarcado”, en el que la mujer mayor gobierna la familia y es el centro económico-social en la obra, es sólo otro producto “hecho en El Salvador” por el machismo y la deformación socio-cultural: la madre soltera, cabeza de familia, trabaja para procurarle subsistencia a la prole que es hija “de espíritu santo”. En el país no se conoce la fórmula para que los hijos nazcan de engendros “milagrosos” de la nada ni siquiera del aire. Magdalena y Crista, en Milagro de la Paz, no tienen padre ni deben tenerlo necesariamente en la obra, pero fueron engendradas por hombre.

El espíritu de la obra que Manlio relata es Magdalena. Ella es presencia viva, laboral y activa en la primera parte de la obra y aun después de muerta. Es ella quien sale al campo a vender la ropa confeccionada por la madre. Los pensamientos de quienes quedan en casa se mueven en torno a sus viajes. Es su ausencia, Magdalena tiene los hilos de la incertidumbre, la preocupación y el temor por todas las cosas peligrosas que ocurren.

Es presencia y ausencia; hace mutis de la escena concreta, pero continúa siendo el hilo conductor del guión visualizado, escuchado y narrado, con música sorda de fondo que mezcla todos los tiempos de los personajes alrededor de….

En el caso específico de las gentes animadas por el autor, está presente una de las relaciones “inventadas” por la sociedad salvadoreña: no es rural ni urbana. Son seres que, como las aves migratorias, pasan la noche de sus vidas en cualquier sitio. En cualquier lugar donde exista un espacio hacen cobijo y allí se forma y se deforma la familia. Sus componentes ni siquiera saben que la sociedad tenga una estructura con las que clasifica a los grupos de individuos. En definitiva, de lo que se trata es de sobrevivir y nuestros personajes viven-mueren, o viceversa, en cualquier sitio donde haya un solar para urdir una zona marginal”. Allí surgirá un “barrio” y con el tiempo quizá una población y será denominada con la primera ocurrencia de alguien. Cárcel podría ser su nombre con toda propiedad. La casa de Latina y su familia es eso. Algo harán allí los recién llegados; algo improvisaran para ganarse la vida. Veamos la “sociología” de Milagro de la Paz: Magdalena. “La hija mayor sale a la calle todas las mañanas a vender ropa a los campesinos. Ropa que confecciona su madre y que poco a poco ha ido aprendiendo ella también a confeccionar.

La madre cose y la hija menor ayuda a los oficios de casa. Así comparten las obligaciones. Hay soledad en Milagro de Paz, nada más las campanas del reloj público, sonando cada hora”. De ese modo, simple y complicado, es la estructura socio-económica que organiza el autor. Por supuesto que para vivificar su narración debe tipificar los puntos de relación, de lo contrario no crearía arte con su narrativa realista.

El sitio donde transcurre la narración que revelan los seres de Milagro de Paz, unas veces es la casa improvisada donde se cohesiona la vida familiar y económica y donde también está el espacio de los sueños, las nostalgias y el dolor. Otras veces es el pozo donde Juan Bautista (hijo de Crista) ve las estrellas tratando de conocer a su “madre”, Magdalena. No obstante algunas “evidencias” que a propósito deja sueltas el autor, el lector piensa como también “piensa” la familia que Magdalena es madre de Juan Bautista. Sin embargo, el niño es resultado de la fiebre de pubertad que juntamente con la soledad y el deseo de que hubiera un hombre en casa, donde sólo había mujeres, invadió a Crista. Ella pidió y exigió al Chele Pintura que fecundara su vientre.

Sitio novelístico hay igualmente debajo de las cobijas donde las mujeres y los niños sueñan, piensan y desean sin importarles que hora de la noche sea. El insomnio es por igual sueño, enfermedad, fantasía y realidad en los seres novelados. Por el ojo de la llave atisbamos una realidad trágica, pero en la vida real hay millares de esas tragedias a nuestro alrededor que a propósito no queremos ver.

Sitio de novela es también el propio pensamiento de los personajes, sobre todo cuando ocurren cambios en la conducta de Magdalena debido a los soldados de Casamata y/o los coyotes y/o los seres misteriosos. La calle de Las Angustias fue la Puerta del Diablo, El Playón, las carreteras, los barrancos, El Salvador todo: cárcel y tumba.

Los personajes universo-novelísticos elucubran, conjeturan, cuestionan buscando respuestas que quisieran escuchar acerca de tantos asuntos que deben conocerse mientras se vive: “madre, ¿por qué los hombres son valientes y nosotras no?”. Contesta. “Ellos se han inventado que son valientes, pero a la hora de la verdad son más cobardes que nosotras”. Juicio y sentencia muy bien dichos sobre el machismo, que es lo más común y lo más vulgar de la “cultura” salvadoreña: ¿miedo y complejo de inferioridad?

Sitio de novela son también las mariposas en el pelo de Lluvia y en el vientre de Crista, porque donde estén seguirán teniendo la autonomía de vuelo de la imaginación y la belleza poética que tienen en Milagro de Paz; seguirán siendo levadura que dará cuerpo, volumen y alas al pensamiento.

El desprestigio del “machismo salvadoreño”, si es que alguna vez tuvo prestigio, queda peor parado. La leyenda de que los hombres son malos cuando están frente a las mujeres, “aunque nunca hallas sufrido una maldad de ellos”, no es negra, es real. Nos guste o nos moleste: estamos desprestigiados como “machistas”. No lo dudemos. Nicolás embarazó a Magdalena y desapareció; cuando regresó fue para suicidarse. Dicen que Judas igualmente se ahorcó de “arrepentimiento”. El Chele Pintura parece al principio de; la novela que encarnaría al personaje salvadoreño, picaresco, aventurero, vagabundo en el sentido de ser “listo” cargador de barcos, pensador y aficionado a libros, “con mucho mundo”, tampoco es lúcido. Que hay cambios en las apreciaciones de las mujeres de esta ultraconservadora-sociedad- inculta los hay: El Chele reaccionó y se dio cuenta de que estaba encegueciendo. Crista, como buena “machita”, tomó la iniciativa, ¡pero de qué forma!: “Chele, esta será la única vez y vos no serás el padre de nadie, ni voy a necesitar tu compañía, sólo vas a regalarme tu sangre, un hijo”. Elocuente fue Crista. Manlio Argueta, con propósitos o sin ellos, lanzó sus mejores hachas contra la sociedad salvadoreña prejuiciosa, supersticiosa, camandulera, curera, hipócrita, fetichista, fuera de tiempo, etc. Asismismo, llama la atención sobre las “genéricas” que, revelándose contra los estragos que históricamente ha causado el machismo, caen de manera metafísica en el otro extremo: en la mujer sin el hombre y bien sabemos que no se trata de eso, sino de humanizarse: los humanos y las humanas. El sitio en el discurso sigue siendo el original: de ambos. La tergiversación ha sido la culpa principal de los hombres, jefes de los recursos económicos.

Milagro de la Paz es una novela muy rica en planos de apreciación. Está moderadamente estructurada y es narrada con novísimas formas. Vale la pena leerla y, si se lee bien, al grado de asimilarla, mejor. Si nos deja opinión, mejor aún.

Lluvia: la poesía y la esperanza.

Lluvia es una niña encarnación de la aventura y la esperanza. No es otra cosa que la vida del salvadoreño pobre.

Ella bajó del volcán Chaparrastique a Milagro de la Paz. Llegó a buscar a su madrina que le habían dicho que tenía y no conocía.

Llegó a aquella casa donde jugaría el papel de espíritu nuevo, de rediviva Magdalena, por obra y gracia del arte casual-creación. La niña se constituye en el vínculo vitalizador de la obra y llega a ella para quedarse, aún después de haber jugado su rol. Ella es la poesía de Milagro de la Paz y es símbolo de ese algo poético sin el cual el espíritu humano no puede vivir, aunque se viva como mujer y hombre ordinarios. Cuando terminamos de leer un libro, de ver una película o un cuadro pictórico o escuchar un concierto olvidamos estructuras, dimensiones y todo, pero aun después del olvido queda algo: la poesía, el grano de belleza que germinará y nos hará un poco más humanos y alguito más cultos, si se quiere.

Con razón Manlio dice: “Lluvia no va a regresar al volcán porque no tiene a nadie allí”. Como estrella del azar, la Niña ayudó a iluminar un poco los espíritus acongojados de los personajes de Milagro de la Paz, a nosotros también nos proyectó su luz de humilde luciérnaga, que llegó perdida del volcán en busca de un destino que únicamente un poeta pudo brindarle.

San Salvador, abril de 1995.

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Manlio Argueta recibe el Guggenheim

Ernesto García, Carlos. Manlio Argueta recibe el Guggenheim. Co Latino (San Salvador, El Salvador), 25 de julio de 2005.

La noche en que Manlio Argueta me comentó que la Fundación Guggenheim le había concedido una beca, por acto reflejo hice un recuento de la cantidad de Premios Nobel, Premios Cervantes, Rómulo Gallegos o Juan Rulfo con que cuentan las letras centroamericanas. Esa relación seguramente no la harían los chilenos o los colombianos, pero a los salvadoreños no nos queda más que pensar de esa forma, porque no contamos a menudo con este tipo de distinciones, que al fin y al cabo nos atañen desde el punto de vista de la pertenencia a un entorno que determina nuestra propia historia. Algunos, de manera maliciosa quizá pensarán que no se trata más que de una beca que podría haber recaído en cualquier otro escritor que se lo hubiera propuesto. Yo simplemente me limitaré a decir, que aún en el caso de que eso fuese así, la verdad es que recayó en Manlio Argueta quien con novelas de la talla de Un día en la vida, El valle de las hamacas y Caperucita en la zona roja le han dado identidad propia a la novela salvadoreña y por extensión centroamericana.

En San Salvador sellamos con Argueta el acuerdo de esta breve entrevista y me marché a releer algunos poemas de toda una generación en la que destacan los versos de Roque Dalton, Roberto Cea, Tirso Canales, Roberto Armijo, Alfonso Quijada Urías y por supuesto de Manlio Argueta, es decir, la misma que iluminó como ninguna otra el sendero por donde transitan las palabras de este universo poético que hoy podemos llamar nuestro.

Carlos. Manlio, para un escritor salvadoreño, debe de ser muy importante recibir una beca tan prestigiosa como la Guggenheim pero también supongo que debe de suponer un reto y un compromiso.

Manlio. Carlos, el compromiso como escritor lo tengo desde hace mucho tiempo, y lo sentí más fuerte estando fuera de mi país, en Costa Rica, en Holanda, Canadá, en los Estados Unidos; el compromiso de escribir lo mejor posible y darlo todo por ello, pues por algo escogí ese oficio. Pero sí tienes razón, es un reto, porque en mi proyecto me propuse escribir sobre un tema, -el proyecto que presenté a la Guggenheim- y no siempre se sabe cómo enfocar la obra, estructura, personajes. Porque el trabajo de creación literaria va más allá de un plan o proyecto. Me siento como si hubiera salido embarazado, feliz por supuesto, y debo cumplir con responsabilidad profesional mi propuesta presentada a la Fundación Guggenheim de Nueva York. Debo decirte más, en los 81 años que tiene sólo la han ganado cuatro artistas, Ana Istarú de Costa Rica; Claudia Gordillo, fotógrafa y Pablo Antonio Cuadra, poeta y periodista de Nicaragua. Cuatro científicos de Costa Rica y uno de Nicaragua. Yo inicio por El Salvador.

C. El próximo año se cumple el 50 aniversario de la irrupción en las letras salvadoreñas de la llamada “Generación Comprometida” de la que tú, junto a otros escritores, fuiste forjador. Algunos de ellos han muerto por muy diversas razones, otros siguen escribiendo y publicando sus obras con un cierto éxito ¿Qué ha quedado de todo aquello en el espíritu literario de Manlio Argueta?

M. Los que cumplen cincuenta años somos los del Círculo Literario Universitario, que quede claro y no vaya a pasarnos como la Manyula. El Círculo fue fundado en 1956 por Otto René Castillo y Roque Dalton, ambos muertos trágicamente en esa utopía nunca definida. Dalton, asesinado con un balazo en la cabeza; Castillo quemado vivo en Guatemala por las fuerzas contrainsurgentes de su país. Mientras que la Generación Comprometida fue nominada así en 1950 por Ítalo López Vallecillos, y fue el más activo y promotor de ese grupo junto a Menen Desleal y otros. Como ves, es una paradoja increíble si no fuera porque la realidad es más ficticia que la propia ficción. Cuando vemos los traumas posteriores a esa época dorada de rebeldías, es decepcionante, en muchas cosas los retrocesos son increíbles, el vandalismo de todo tipo, mental y material ha sustituido los ideales que pudieron ser equivocados, pero ideales al fin.

C. Cómo ves ahora los sueños utópicos de tu juventud estudiantil, como poeta y promotor cultural de los años 60, ya que ustedes crearon periódicos, revistas y libros desde la Universidad.

M. La utopía ha sido reinventada por los nuevos políticos a la medida de sus intereses personales. Pero bien, a mí sólo me toca registrar los hechos como secretario de mi sociedad, no puedo mistificarlos, ni flexibilizarlos al impulso de dogmatismos superados. El problema es que no se ha sabido reinventar lo real, por no contar con un archivo de ideas y pensamiento, por no comprender el impulso dinámico de la palabra.

C. Sé que piensas escribir una novela sobre los emigrantes salvadoreños en los Estados Unidos ¿qué es lo que más te llama la atención de ese fenómeno social?

M. Es difícil definirlo en pocas palabras, debo enmarcarlos en toda la novela que aun no he escrito. Pero veamos, me llama la atención que ya no somos los mismos y no nos damos cuenta, o si nos damos cuenta, seguimos dando respuestas fuera de tiempo, nosotros mismos nos damos atol con el dedo. Al no reparar en ese cambio de lo que podríamos llamar “identidad”. Olvidamos que los valores salvadoreños han ido al mundo para hacernos diferentes. Pero también es paradójico, tengo amigos salvadoreños en lugares lejanos como Australia y Nueva Zelanda que siguen siendo más nacionales que los que permanecen dentro del territorio. Lo malo es creer que somos los mejores patriotas del mundo porque vivimos entre las reducidas fronteras salvadoreñas. La gente por sí misma, se da cuenta que esos conceptos de estrechez se vuelve cada vez más en una bayuncada.

El paisito en que nos tocó nacer es cada vez más diferente de lo que creemos, ese paisito sólo existe en mentes que involucionan. Creo que todo lo dicho tiene que ver con la visión de país que deseamos. No sólo no debemos dormirnos en los laureles sino sembrar la estaca para que se reproduzca en bosque.

C. Un día en la vida, se ha convertido en tu novela de mayor proyección internacional y sé que está próxima a reeditarse en España y que de igual manera muy pronto verá la luz una nueva novela tuya ¿Crees que se esta abriendo un nuevo tiempo para la narrativa centroamericana en este país?

M. A veces pienso que perdí buenas oportunidades debido al tiempo de rencor y odio que nos tocó vivir, por lo menos como lo interpretamos en esos años, porque no cabe duda que todavía hay rencor y odio. No sé si es peor que el tiempo de esperanzas y optimismos de antes. Porque ahora el desencanto produce destrucción así en la paz como en la guerra; antes hubo ideales para superar el problema social; ahora veo más vandalismo y bandidismo colectivo. Digo que perdí oportunidades porque fui publicado en Londres por la editorial que fue de los Wolf, de Virginia y esposo (The Hogart Press o Chato & Windus; o por Random House de Nueva York), como escritor fui publicitado por Newsweek, N.Y. Times, Washington Post, para citar periódicos de Estados Unidos. En el exterior gané a mi país y gané otros países no de habla española donde reconocieron mi obra literaria, incluyendo a Israel, los países escandinavos y Rusia.

C. ¿Cómo piensas combinar tu cargo al frente de la Biblioteca Nacional de El Salvador y el acto de escribir tu nueva obra?

Buscaré adaptarme a las leyes que habla sobre becarios. Soy un trabajador emotivo, hay proyectos de desarrollo y modernización de la divulgación y conservación del patrimonio bibliográfico que me es difícil dejar, por eso no quiero dejar la biblioteca y debo coordinar para cumplir mi compromiso adquirido con la Guggenheim Foundation.

Comprar obras de Manlio Argueta

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El deleite de lo prohibido: a la caza del “Putolión” después de un caso insólito

Castro, Iván. El deleite de lo prohibido: a la caza del “Putolión” después de un caso insólito. Diario Latino (San Salvador, El Salvador), 13 de noviembre de 1995

“El miedo, que jamás confiesa su nombre, dice llamarse realismo, y se disfraza de prudencia”. Eduardo Galeno.

 Pocos ejemplares de la novela burlaron la orden la destrucción, en un hecho inédito en el que se cruzan presiones desconocidas, irrespeto a la libertad de expresión, miedo al pasado del país y llamadas insultantes contra el autor.

Manlio Argueta, quien escribió el prólogo a Putolión, la segunda novela escrita por David Hernández, expresa su sorpresa por la decisión tomada a raíz de una alusión, que en un pequeño pasaje del libro, se hace del poeta David Escobar Galindo.

“El contenido más importante de la obra, lo que más me impacto, es la historia del grupo de poetas de la Cebolla Púrpura. No reparé mucho en los detalles ni hice alusión a ellos”, dijo Argueta.

“Para mí fue una sorpresa cuando algunos libreros me comunicaron que estaban pidiendo la devolución de la novela para que fuera sacada de circulación”, agrego el escritor.

La medida se originó en un pasaje de Putolión que reproduce una cita del periódico estudiantil “La Jodarria”, en la página 177 de la edición de mil ejemplares que UCA Editores lanzó en septiembre de 1995.

“La  Jodarria” era una revista escrita por los poetas de la Cebolla Púrpura, un colectivo al que pertenecía Hernández en los años 70 y cuya mayoría de integrantes fue asesinada o murió en la década siguiente.

Salía a la  vista que existieron presiones para que la novela tuviera una corta vida. El Vicerrector de la UCA, Rodolfo Cardenal, rechazó que la universidad las haya recibido.

Sin embargo, Manlio Argueta dijo que el Director de Publicaciones de la UCA le comentó: “que había recibido presiones de un poeta y funcionario de la UCA, a quien le acaban de otorgar el Premio Nacional de Cultura”.

Argueta sostuvo que el poeta Escobar Galindo hubiera tolerado la alusión indirecta que de él se hace en la novela. Otros recuerdan que Galindo publicó en UCA Editores una antología poética en la que incluyó un texto que Roque Daltón le dedicó, además de un alias de fuerte connotación que el adjudico (“perra de hielo”).

“Pienso que el poeta Escobar Galindo tiene la entereza moral suficiente para tolerar un hecho literario ante la disyuntiva de condenar una obra. No me lo imagino haciendo presiones autoritarias porque he conversado con él  y sé los principios que sustentan respecto al tema de la libre expresión.

En todo caso y como señala Manlio, “las presiones deben haber sido muy grandes” porque una editorial de prestigio –que incluso ha publicado muchas voces alternativas- tiene sus requerimientos y sus exigencias para lograr calidad.

El presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), Rennan Alcides Orellana, estimo que la decisión es comprable a “la destrucción de un medio de comunicación, de un medio de ideas permanente”.

La mayoría de escritores, periodistas, estudiantes, y o aficionados a esto o a lo otro, coinciden en condenar la destrucción de la obra.

Además, como grito unánime aparece la advertencia sobre el peligro de los “cancerberos literarios”, que desde una actitud cuestionable pretenden poner postas fronterizas para delimitar y decidir cuál es el quehacer literario  será lo literario.

“Se ha tomado una decisión que pueda sentar un precedente nefasto, especialmente porque hemos sabido ya de esa época de la que venimos que produjo un conflicto bélico que (ahora) tratamos de reparar”, dijo Manlio.

David Hernández dijo desde Hannover, Alemania que la destrucción de su libro plantea “un intento de querer olvidar el pasado a cualquier precio”.

Pero Manlio Argueta agrega que “un hecho de esta naturaleza no se dio siquiera en lo regímenes autoritarios que muchos intelectuales criticamos, y que incluso hizo víctimas a los maestros fundadores de la UCA”.

“Pienso en un homenaje a estos mártires , la novela de Hernández debe rescatarse. Y si acaso alguien cree que trasgrede la ley, debe dársele curso a un procedimiento legal, pero no debe condenarse a priori”, agregó.

Según fuentes cercanas a Hernández, antes de conocer la destrucción de su libro, este ha recibió llamadas desde los Angeles, Estados Unidos, en las que se le insultaba.

Mientras los ejemplares de Putolión van a parar a las casas convertidos quizá en papel higiénico o servilletas después del respectivo reciclaje, dando inicio a una difusión inusual: la de los números sobrevivientes.

Estos ejemplares son buscados con  pasión de cazador, comprobándose que las prohibiciones tienes un enorme poder de incentivo para buscar lo prohibido.

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