Nuevas catedrales del conocimiento y cultura global

Argueta, Manlio. Nuevas catedrales del conocimiento y cultura global. La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador), 10 de marzo de 2002. p.27b

 Los conocimientos almacenados en libros y documento abonan el espíritu patriótico, ese que nuestro escritor Salarrué definió con sencillez e inocencia.

Cuando se dice que las bibliotecas nacionales son las “nuevas catedrales de la información y del saber” no se trata sólo de una frase bien lograda.

En verdad, nos estamos refiriendo al “boom” de construcción y reconstrucción de edificaciones especiales para Bibliotecas Nacionales que para recibir el siglo XXI diseñan nuevos palacios bibliográficos de un país.

La paradoja de estas visiones arquitectónicas se presenta cuando reparamos en las modernas tecnologías de la información. Así, la Internet pone al alcance de hogares e instituciones gran parte del conocimiento del mundo. Un disco compacto puede concentrar los volúmenes de una enciclopedia o los tomos de periódicos de un siglo entero.

¿Por qué entonces las bibliotecas nacionales han comenzado a proyectarse en nuevos diseños de arquitectura moderna?

 Para salvar la tradición.

¿Qué hace que el micro procesador, ese nuevo David de la tecnología, no logre borrar la tradición y se construyan los edificios del saber que nos identifica con los libros? Una primera respuesta: la globalidad de la cultura, producida por ese pequeño gigante de la electrónica, el “micro chip”, que no contradice la necesidad de consolidar los elementos de indentidad y la preexistencia de valores regionales y locales que nos ligan a una nación determinada. Para el caso salvadoreño, la necesidad es evidente por su población migratoria unida económicamente y emotivamente a su país.

 Nuestras huellas digitales.

Las bibliotecas nacionales registran el signo o huella digital que nos individualiza en la gran aldea del mundo: tradicionales, creencias espirituales, costumbres, lenguaje y mitos, razón de ser de la humanidad compuesta por individuos y comunidades sin diferencias de tamaño de país, de poder político o económico; y que se concretan en valores literarios, históricos, científicos y ecológicos, es decir en libros y documentos.

No es extraño entonces que ante la tecnología informática exista un afán de preservar como se merece la bibliografía y para ello se construyen y reconstruyen modernas edificaciones.

Y esto se está dando en países que aún no saltan al primer mundo, que incluso han salido de guerras culturales o coloniales recientes, caso de Croacia, Serbia, Argelia, Túnez; no digamos aquellos de mayor avance tecnológico, estabilidad y riqueza como Francia, Portugal, Suecia, Estados Unidos.

Los conocimientos almacenados en libros y documentos abonan el espíritu patriótico, ese que nuestro escritor Salarrué definió con sencillez, pero con alto sentido crítico, como amor al terruño, al paisaje, a la familia, a la creencia mítica o religiosa.

Ni la tecnología ni la globalidad opacan las fuerzas morales del espíritu humano que se expresa en memoria documental desde comunidades específicas. La biblioteca estará por siempre proyectando la vida contemporánea y pasada de esas comunidades que dicen presente como nación dentro de la actual cultura que borra fronteras.

Artículo escrito por Manlio Argueta, poeta y novelista salvadoreño y actual director de la Biblioteca Nacional.

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Sergio Ramírez y Manlio Argueta se reúnen en la UES

Benítez, Pablo. “Sergio Ramírez y Manlio Argueta se reúnen en la UES”. El Diario de Hoy (San Salvador, El Salvador), 25 de abril de 2003, p. 89

 El miércoles, en el mismo evento, Sergio Ramírez presentó su nuevo libro y Manlio Argueta recibió un reconocimiento.

El miércoles pasado, al final de la tarde, una buena cantidad de personas se dio cita en el cine teatro de la Universidad de El Salvador.

Asistieron a una actividad que tenía doble propósito: la presentación de la novela “Sombras nada más”, del nicaragüense Sergio Ramírez, y la entrega de una placa de reconocimiento al escritor salvadoreño Manlio Argueta, por parte de la Cámara Salvadoreña del Libro.

El evento inició con las palabras de la doctora María Isabel Rodríguez, rectora de la UES, quien expresó su satisfacción porque dos “escritores centroamericanos tan importantes y tan cercanos a la universidad” estuvieran una vez más en esa casa de estudios.

Anunció además que el novelista nicaragüense realizará en junio otra visita a la universidad, con el objeto de emprender la reactivación de la editorial universitaria.

La novela.

Es escritor Geovani Galeas fue el encargado de hacer el cometario crítico de la novela del literato nicaragüense.

En su intervención, Galeas destacó dos aspectos importantes: la profundidad en el tratamiento temático y la complejidad de la estructura narrativa. Señalo que el libro es “sumamente disfrutable y de lectura simple”. Galeas concluyó su participación con un juicio definitivo: “Sombras nada más” es seguramente un clásico de la literatura centroamericana y latinoamericana”.

Ramírez hizo un somero repaso de algunas de sus ideas con respecto a la literatura y, en especial, con respecto al arte de la novela. Expresó que su compromiso como escritor es “primero con el lector y luego consigo mismo”, que el reto es cumplir ese compromiso sin traicionarse a sí mismo ni traicionar al lector.

Al final, esbozó una interesante definición: “La novela es un aparato de mentiras”.

El reconocimiento

La segunda parte de la actividad fue breve. Consistió en la entrega de una placa de reconocimiento al novelista salvadoreño y actual director de la Biblioteca Nacional, Manlio Argueta.

Carlos Arabia, miembro de la Cámara Salvadoreña del Libro y gerente del Grupo Santillana en El Salvador, aseguró que cada año la cámara realiza la entrega de un galardón a personas que hayan contribuido al fortalecimiento de la cultura y el arte nacionales.

“Manlio Argueta ha puesto en alto repetidas veces el nombre de El Salvador”, enfatizó Arabia. El escritor salvadoreño manifestó también sus sinceros agradecimientos por la realización de este homenaje.

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1980: transición, crisis y esperanzas

Sáenz, Andrés. “1980: transición, crisis y esperanzas”. La Nación, Crítica de Teatro. (San José, Costa Rica), 9 de enero de 1981, p. 4b

Para el movimiento teatral costarricense y para el público aficionado al teatro, 1980 fue un año de transición. Si bien se recuperaron espectadores que se habían alejado de las salas en 1979, no hubo, en el 80, un aumento importante del número de asistentes. Aunque el Teatro Carpa hizo esfuerzos encomiables de divulgación a comunidades, esta actividad estuvo circunscrita al Valle Central, y si a la Compañía Nacional de Teatro le correspondía según su reglamento, hacer giras por el territorio nacional, en 1980 no realizó ninguna, y delegó esta importante función en jóvenes egresados del Taller Nacional de Teatro.

Quizá el problema fundamental con que se enfrenta el teatro en Costa Rica sea la selección del repertorio. En general, durante la temporada pasada el escogimiento de las obras no fue atinado, pues muchas estaban por encima de las capacidades de los grupos mientras que otras sencillamente eran malas o no tenían nada que decirle al público local. Sin embargo los jóvenes del Teatro Tiempo y del Teatro Estudio de la Universidad Nacional supieron escoger las piezas que presentaron e hicieron un aporte valioso al año teatral debido a la calidad de sus representaciones.

La Compañía Nacional de Teatro está en franca crisis. En todo el año sólo realizó tres montajes, uno de ellos estrenado en diciembre, del que de dieron unas pocas funciones antes de que el elenco entrara en su receso anual. Además, la sala de CNT se mantuvo cerrada semanas enteras. Esto es señal de que la compañía oficial del país ha sucumbido a la arteriosclerosis burocrática y que su actividad no justifica el elevado presupuesto que le paga el contribuyente.

El Teatro del Ángel cumplió en octubre cinco años de ininterrumpida labor en su sala de Cuesta de Moras. Como en los años anteriores, su principal contribución fue mantener la sala abierta todo el año con montajes de alta calidad profesional. Los demás grupos harían bien en aprender la lección que la estadía del Ángel en Costa Rica les enseña: guardar a cabalidad el compromiso adquirido con el público y con el oficio del teatro. Su anunciada partida del país dejará un vacío que únicamente la dedicación y la constancia de las otras agrupaciones podrían llenar.

Un estreno del autor nacional Alberto Cañas que obtuvo éxito de público y de crítica salvó la temporada del Teatro Universitario (TU), cuyas presentaciones anteriores a esta obra fueron decepcionantes. El TU debe escoger con mayor tino y esmero, no solo las piezas que presenta, sino igualmente a los directores que confía los montajes.

El año 1980 no reveló ningún talento extraordinario, pero el buen trabajo de los jóvenes Gerardo Bejarano y Ana Istarú promete mucho para el futuro. También, Jaime Hernández confirmo su capacidad como director y Leonardo Perucci demostró en las tablas que ha sido una magnífica adquisición para la escena costarricense.

A la larga, tal vez el hecho más significativo para el teatro nacional durante 1980 será la traducción de Troilo y Cresida, de William Shakespeare, hecha por don José Basileo Acuña y publicada por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia. El medio artístico e intelectual del país no ha manifestado aún ninguna reacción ante el trabajo de don José Basileo y quizá tardará años en hacerlo. Pero sin duda la semilla sembrada por el insigne escritor nacional, con ésta y otras traducciones del inmortal dramaturgo inglés, dará abundantes frutos en el porvenir.

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Uvieta, de Alberto Cañas

“Uvieta, de Alberto Cañas”. La Nación (San José, Costa Rica), 16 de enero de 1981, p.3C

 Con la última obra de nuestro dramaturgo mas prolífico y constante se inicia el festival al aire libre en el teatro Carpa, concebido como homenaje a don Alberto por su labor como uno de los principales promotores del auge del teatro costarricense durante la última década. Por su desempeño en el papel del personaje epónimo, Luis Fernando Gómez obtuvo el premio como mejor actor de 1980.

La obra fue acogida favorablemente por la crítica. Víctor Valembois dijo en La República que Cañas “aprovecha para salpicar su texto de chistosas observaciones sobre diversas facetas del acontecer y vivir nacionales (…) La comedia transcurre ágilmente sin decaer en ningún momento”. De su parte, el comentarista de La Nación manifestó que la pieza “es un indicio significativo en la búsqueda literaria de Cañas, caracterizada por la indagación del alma criolla, por la fina observación de la conducta de sus compatriotas, quienes son a menudo blanco de su fisga”. Igualmente, afirmó que el director “encontró el ritmo adecuado para la evolución de las escenas y artículo de manera eficaz el desenvolvimiento de las situaciones para que obtuvieran sus puntos culminantes”.

Dirección de Lenín Garrido. Presentación del Teatro Universitario, en el teatro Carpa (pero al aire libre), costado este del Parque Morazán, de Martes a domingo, a las 8 p.m. Gradería ¢10, luneta, ¢15. Temporada finaliza el domingo 18 de enero.

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