Biografía de la tierra

Soto, Gerardo J. Biografía de la tierra. La Nación, Ancora (San José, Costa Rica), 24 de julio de 2005

Biografías noveladas hay muchas. Como la del emperador Adriano, de Marguerite Yourcenar. Biografías de la Tierra también abundan, como la de Francisco Anguita, de corte científico divulgativo. Novedoso es ver la biografía del planeta en ocho páginas en el relato Krakatoa (Leyenda preludio), contenido en el más reciente libro de Fernando Contreras Castro, Sonambulario.

Alguna vez le leímos decir al autor que “él era un hijo del Irazú”, porque había nacido en aquel aciago año de 1963, cuando las cenizas del volcán cubrían inmisericordemente la ciudad de San José y alrededores. No cabe duda de que le ha marcado esa paternidad, cuando en el primer relato de su libro escribe que “las erupciones volcánicas de tierra y de mar son las pesadillas más horrendas del planeta y los pájaros que comen sueños, por ley del instinto, se abstienen de probarlas, porque no matan por veneno sino por la aspereza de su sabor.”

En Krakatoa, la hecatombe volcánica de 1883, aunada a la del tsunami asesino que le sucedió, dan cabida a una elucubración filosófica del origen del planeta, hasta la aparición del hombre y el porqué está aquí: “el camino de la evolución no fue sino una variante más de la ciega voluntad sobre la materia animal”.

Bien documentado, Contreras nos lleva de paseo desde la tectónica de placas hasta Darwin, en una ciencia geológica hecha literatura, que va más allá de las sempiternas descripciones geológicas de Alejo Carpentier. Sugestivo, perturbador, si se quiere, es este relato. Y es que perturbadora es la historia toda de este planeta azul, repleta de extinciones masivas, inquietas placas y épocas glaciales. Tanto así, que la ciencia que lo estudia, la Geología, es quizás la más irreverente de todas, porque se ha encargado de desmentir los seis días de la creación, y demostrar que en realidad son 4.600 millones de años de historia terrestre.

Ahí está el único lunar del relato: no son “4.65 billones de años”. Perdonable, porque el mismo autor lo afirma en la contraportada: “Este libro es una bitácora de sueños”.

http://wvw.nacion.com/ancora/2005/julio/24/ancora16.html

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Ginger sin Fred

Cañas, Alberto. “Ginger sin Fred”. La Nación. (San José, C. R.), 15 de mayo, 1993. Sección D, p. 1

 

La pantallita del televisor ha obrado un milagro: ha pasado del usual colorido brillante, ofensivo, puede que natural y trasunto auténtico de lo que vemos continuamente, al grave blanco y negro, signo de lo añejo, de lo antiguo, de aquellos tiempos en que las pantallas –a veces enormes pantallas- nos servían para soñar y no para vernos reflejados en ellas con nuestros vicios, nuestras frustraciones, nuestras violencias y nuestros complejos. Comprendo ahora mejor el significado oculto de esa transición –para algunos meramente tecnológica- del blanco y negro al color, al color estruendoso: esto sirvió para que los hombres de este siglo, que nos hemos pasado buena parte de nuestras vidas contemplado imágenes en pantallas de distintos géneros y tamaños, comprendamos que las pantallas dejaron de ser ventana para ser espejo. Las imágenes en blanco y negro carentes de ese elemento brutalmente realista que es el color (color que ahora puede uno acentuar o suavizar si lo desea) eran francamente irreales, con conciencia de serlo. Eran sueños. Eso es lo que eran. Y la pantalla nos servía para soñar; para salirnos de nuestro mundo, quisiéramos o no, y deslizarnos en otro. ¿Mejor, peor? Simplemente otro.

Frente a mis ojos está Ginger Rogers, y canta una vieja canción, perdida desde entonces, de aquellas que Irving Berlin componía para ella, para que ella las cantara sin Fred. Fred no está en la pantalla. Mi viejo rival Fred. Viejo por lo antiguo, viejo por su edad: tenía por lo menos veinte años más que yo, y se alzaba siempre con aquel dechado de feminidad, de atractivo sexual (sensualidad decíamos entonces) franco, inocente pero apabullante que era Ginger.

Ginger está cantando. Instintivamente, acerco mi sillón un poco más al televisor. Como en aquellos tiempos en que uno concluía que desde la primera fila de lunetas, no es que se pudiera ver mejor a Ginger: es que tal vez pudiese verse más de ella; algo más de lo que los preciosos calzoncitos con que cantaba y bailaba estaban diseñados para mostrar. Un descuido de Ginger, un descuido del camarógrafo, una inclinación mayor del escote, lo que fuera.

En aquellos tiempos, yo no sé si todos los que teníamos quince y dieciséis años estábamos enamorados de Ginger. Pero yo sí lo estaba. Y ese es la realidad que estoy afrontando en este momento. Contemplado ahora a Ginger tal como era, juvenil, refrescante, sonriente, acariciando o enardeciendo con su vocecilla de pájaro, me doy cuenta de que, sin saberlo, el adolescente que yo era, que yo soy, estaba enamorado de ella. No con el amor romántico y pretendidamente becqueriano que dedicábamos a las colegialas de entonces –respetables matronas luego y hoy- sino con un amor de verdad cuya índole no conocíamos, imbuidos como estábamos de la moralidad de las abuelas, para quienes una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa. Pero al ver y escuchar otra vez a Ginger, a ese milagro que es Ginger intacta, Ginger por la que no han pasado los años, Ginger que tiene hoy –frente a los muchos míos- los mismos veintipico que se lleva Fred después de noventa minutos de película, lo comprendo plenamente y sin ningún género de titubeos: de esa Ginger sin mácula, yo estaba enamorado. Yo algo más grave: lo estoy en este momento. De esa imagen que canta y baila (sin Fred) para mí, estoy enamorado. Yo sé que en alguna parte, probablemente en un apartamento de Nueva York a cuarenta metros del suelo, hay otra Ginger, la que algunos llamarían la Ginger de verdad, una octogenaria fuertemente maquillada que goza de un merecido retiro. Pero aquí, en mi sala, frente a mí, está la Ginger que amé, la Ginger que amo. Y esta es, para mí, la verdadera, la genuina, la auténtica. Tan real es para mí esta guapísima chica que canta y baila, que hago un gesto que nunca hice desde las lunetas de la primera fila: extiendo la mano para ver de tocarla.

Y la toco. Sí, mi mano ha acariciado el rostro de la Ginger que amé y que amo; y en uno de los ademanes de su canto, su mano ha rozado la mía. Se ha producido un contacto.

De alguna manera, mi mano trata de deslizarse por su cuello y tomar la nuca de esta Ginger que canta. Lo consigo. Me he apoderado de ella. Me he levantado, ¡claro!, del sillón y la he rodeado con mis brazos. Estamos bailando.

No sé, y a nadie le importa, si es que me introduje en la pantalla, o si Ginger –esta Ginger de veinticinco años que ninguna relación tiene con la que vive en ese apartamento de Nueva York que he inventado- ha entrado a este aposento donde se halla mi televisor.

No creo haberme rejuvenecido. El hombre que baila en este momento con Ginger es el mismo que hace cinco minutos estaba en su sillón contemplando a una Ginger de cincuenta y pico de años atrás. No se ha producido dentro de mí ningún fenómeno que me autorice a creer que he retrocedido en el tiempo. Lo que sucede es que me siento intemporal y puedo tener los años que desee, todos. Y estoy bailando con Ginger. No como bailaba con ella aborrecido rival Fred, sino como yo, en aquellos tiempos, bailaba con mis colegialas. Mi mano es su espalda, la suya en mi cuello, cheek to cheek, bailamos sin complicaciones, como una pareja de enamorados un poco torpes en esas artes. Para bailar conmigo, Ginger ha olvidado todas las exquisiteces y filustrías de la bailarina profesional, para convertirse en la sencilla muchacha que de desliza por el piso con su novio. La música, claro, es la misma que sale de la película, la olvidada canción de Irving Berlin.

Debo hablarle. Se me ocurre decirle en español “ ¿Bailarías conmigo así, siempre …?” Y ella me contesta en inglés (sin subtítulos porque yo no soy parte de la película): “Always”. No hablamos más.

Estoy enamorado de una mujer que no existe. O que existe en otras condiciones y con otro aspecto. Estoy enamorado de una sombra, podría decir alguno que no entiende. Tal vez la sombra sea yo.

La banda sonora de la película anuncia que va a llegar Fred. Mi compañera de baile me dice, en inglés, que debemos separarnos. Nos separamos, y en algún momento estamos cogidos de la mano con los brazos extendidos, como en alguna película –o en todas- lo hicieron Ginger y Fred. ¿Nos volvemos a ver? La respuesta es que sí, que cada vez que ella llegue a la pantalla del televisor…

Regreso a mi sillón. Contemplo a Ginger conversar con Fred. Pero ya no odio a Fred. Porque ahora sé a quien es al que verdaderamente ama la diosa.  Madrid, 20-5-91.

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Cocorí no va a morir nunca

Ríos, Lara. “Cocorí no va a morir nunca”. La República (San José, Costa Rica) 18 de febrero de 1995

 San José, 14 de diciembre de 1994

Muy querido Cocorí:

En días pasados fui a Puerto Limón a buscarte. Quería hacerte unas preguntas sobre tortugas, caimanes y boas, pero no te encontré. Yo sabía que andabas cerca, porque podía escuchar tu risa enredada entre las hojas de las palmeras y tu amigo, el mono Tití, me tiró un pedazo de banano y si no me quito el tiro, me hace una chicota en la cabeza.

Estuve en tu casa y conversé con tu mamá Drusila. Estaba muy ocupada limpiando la casa y el patio. Me dijo que en estos días había caído tanta agua del cielo que casi se nacen, como los frijoles negros cuando se humedecen y les salen tallitos.

Pero lo que más me alegró fue conocer tu rosal lleno de botones. Me dijo mamá Drusila, que cada vez que se abre una flor, es un beso que le regalás a ella. Y claro… porque es un rosal de amor. Ella me contó tu secreto para que las rosas sean grandes y perfumadas: ¡les cantás de noche!.

Te cuento que yo también tengo un rosal pequeño y como lo hacés vos, le estoy cantando por las noches. Le canto villancicos del Niño Dios, mientras que la luna gorda y brillante me acompaña. Y pienso que allá en Limón, a vos negrito lindo, también te acompaña ella… A fin de cuenta compartimos la misma luna.

Aquí en San José el tiempo cambió. El aire se ha vuelto más transparente y pareciera que el mundo tiene más luz. Seguro porque ya se acerca Navidad.

Quiero llegar a visitarte en los primeros días de enero, porque estoy casi segura, que tu rosal de amor en vez de rosas, va a tener estrellas. ¡Y eso quiero verlo!

Te quiere mucho,

 Lara Ríos

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El personaje literario Cocorí

Conde, Eric. “El personaje literario Cocorí”.  Semanario Universidad (San José, Costa Rica), 12 de febrero de 2004, p. 18

 

La primera característica que debe tener un buen personaje es que sea nuevo, y Cocorí lo es. Sus rasgos individuales físicos y psicológicos son únicos.

Cocorí es un personaje memorable, por lo menos dentro de la literatura infantil costarricense.

Carmen Lyra estableció una literatura para niños contundente, que no ha sido igualada en nuestro país hasta hoy; pero sus aciertos (muy bien merecidos), son en el nivel de lenguaje, de estilo, de gracia, de fantasía y autenticidad criolla (que no es poco), pero Carmen Lyra no creó ningún personaje nuevo: desde Tío Conejo hasta la Cucarachita Mandinga (Cucarachita Martina en el resto del mundo), todos sin excepción fueron tomados de la literatura clásica europea.

Sin embargo, Cocorí es costarricense, y no tiene otro equivalente en la literatura. Cocorí es convincente y típico.

No podemos hacer un análisis literario de un libro infantil, cuyo primer propósito es lúdico, esperando que el niño lector haga un análisis político del texto, como han pretendido algunos críticos literarios. Sin embargo, debemos tener en cuenta la época y las circunstancias históricas en que se escribe el libro. Tenemos que ubicarnos en un niño limonense anterior a 1947, cincuenta y seis años atrás. Si este personaje literario, que es un ser de papel, hubiese tenido un equivalente humano, hoy fuera un viejo de más de sesenta y tres años.

Un elemento básico que no puede obviar ningún análisis crítico en narrativa, es el punto de vista del narrador, que en este libro es positivo y transparente. Si el escritor hubiese contradicho el punto de vista del narrador con cualquier elemento negativo en contra del héroe: racismo, cobardía, fealdad física, hubiese destruido el poder de persuasión de la novela; en otras palabras es literariamente imposible asumir el racismo en un texto para niños en detrimento del héroe (desde la voz del narrador).

El narrador no puede atacar al héroe en un libro destinado a los niños. Eso sólo puede hacerlo otro personaje (un villano, una bruja, una madrastra mala…), pero en el libro “Cocorí” no existe un antihéroe que pueda asumir ese rol. El cocodrilo y la bocaracá no están diseñados para burlarse del niño por ser de raza negra, la niña del barco no puede hacerlo porque es buena y le da un beso y una rosa.

Para decir que el racismo está sugerido en el libro habría que cargarle las culpas al narrador. No existe en el mundo un narrador omnisciente o testigo en un texto destinado a los niños que agreda al héroe y muchísimo menos un narrador protagonista que se agreda a sí mismo.

Cocorí como héroe y protagonista de un libro destinado a los niños es lo único que puede ser en su rol: un niño valiente, bonito, audaz, que se gana nuestra simpatía.

La literatura destinada al lector adulto se rige por otros patrones. El protagonista en “El Perfume”, de Patrick Süs-kind es un asesino jorobado y deforme, y en “La Metamorfosis”, de Kafka, el protagonista se ve transformado en un enorme insecto aborrecido por su familia.

Se supone que a nadie se le ocurre leer estos textos en el kínder.

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Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos

Víctor J. Flury. “Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos”. La Nación (San José, Costa Rica),  11 de julio de 2003, p. 19A


Byron Moreno / La Nación

El libro de Joaquín Gutiérrez, Cocorí, está hoy en el ojo de la tormenta. A 56 años de su publicación, y en medio de un debate que no cesa, pocos recuerdan que este ya clásico cuento pertenece a la literatura, no a la historia de las ideas o de las doctrinas.

Pocos recuerdan, asimismo, que a lo largo de sus 80 páginas lo que se desarrolla es una fábula selvática y apasionada, a partir de las andanzas de un chico negro en busca de la verdad.

La verdad de la existencia ¿Qué duda cabe?, cuyo símbolo es una rosa, como la flor es el símbolo existencial de El principito, obra maestra de Saint-Exupéry (“soy responsable de mi flor…”, declara el principito); y comparo los dos textos porque ostentan el mismo tono y un similar afán de aprender de la realidad, aunque Cocorí guste más de la picaresca que su hermano de ficción.

La relectura de Cocorí permite, ahora, apreciar dicha semejanza oculta y ver cómo Joaquín Gutiérrez nos remite al término de su faena hacia una categórica elección entre vivir y durar.

Vivir y durar. Vivir es lo que hace la rosa, darse íntegra a la dulzura y el perfume; durar, lo que hacen los centenarios don Torcuata, temible caimán, o Talamanca la Bocaracá, terrible serpiente, ambas extendidas a lo largo del tiempo de un modo mezquino y perverso.

¿Y qué es lo que pone en marcha toda la aventura? El precoz amor del güila por una chica rubia; y aquí hay un corto respingo de la trama: el contacto inicial de la chica y Cocorí provoca una crisis (de extrañeza en ella, de vergüenza en él) que ha llevado a algunos críticos a hablar de discriminación, de antinegritud.

Una calificación que, a mi juicio, es errónea y precipitada. Porque el relato sigue, y los protagonistas de la escena superan la discordia y rectifican el pasmo original.

La otredad no dirige, entonces, el cuento. Al revés: la escritura, de acuerdo con sus reglas, traza el conflicto y le aporta una solución que (creo yo) reconcilia los espíritus.

“Cocorí soy yo”. ¿Qué diría Joaquín Gutiérrez de su protagonista, en caso de que pudiera terciar en la polémica? Algo vecino, supongo, a aquella gran frase de Flau-bert respecto de su mejor novela (también muy discutida): “Madame Bovary soy yo”, lo que –en el punto que abordamos– arrojaría el siguiente resultado: “Cocorí soy yo”. Una definición exacta. Porque el autor, hoja tras hoja, se identifica con su criatura negra y es igual a Cocorí; y desde tal perspectiva retrata el mundo que lo rodea y sus mecanismos básicos.

Que esto haya ocurrido en 1947, y dentro de Costa Rica, no deja de causarnos perplejidad. Eran épocas en que las sociedades occidentales no percibían a los afro-caribeños: los negaban llana y lisamente.

Discurso literario. De allí que Cocorí, el cuento, y Cocorí, el personaje, representan un hito en la crónica de los derechos humanos; y habría que pedirles a quienes piensan lo contrario que traten de compaginar dos cosas: la situación del país a fines de los 40 y las características del discurso literario que, a menudo, es tan imperfecto como lo que pinta y a su vez tan revelador como lo que adivina.

Por ejemplo, el libro adivina la necesidad ecológica mediante un sugestivo rodeo: personifica a la tortuga, el mono, el hombre… y los reúne gracias a un objetivo, una leyenda comunitaria, un mito natural, mientras teje afinidades y armonías.

Siento que Cocorí es nuestro Principito; y el hecho de que el héroe sea negro no me parece un hecho baladí. Al contrario, fue y es un acto inspirado del escritor, de cuyas cenizas –a la inversa de lo que dice el refrán­– todavía queda mucho fuego.

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Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillas

La ciencia y las tradiciones de culturas muy  antiguas, como la griega y la china, han logrado establecer que el cerebro humano está compuesto por dos hemisferios que se alternan en el desarrollo de los procesos cognitivos y conductuales. Un hemisferio izquierdo que responde a lo racional y otro, derecho, que funciona más con lo intuitivo. Platón, en el siglo V a. C. ya los había definido, respectivamente, como logistikon y nous, para separar lo lógico y ordenado, de lo sentimental y no secuencial.

Se dice que en los ingenieros y los científicos predomina el uso del lóbulo izquierdo, mientras que en los artistas el sector derecho, aunque obviamente, ambos funcionan de modo simultáneo y alternativo según el acto y las circunstancias.

Este cuento de Alicia que nos ha legado la pluma erudita de Lewis Carroll (seudónimo del inglés Charles Dodgson, 1832-1898) es, además de una pieza clásica de la literatura universal, una clara incitación a las circunvoluciones cerebrales de nuestra media esfera derecha.

Si bien la historia de Alicia es un poco, como el juicio contra el naipe de su sueño, es decir absurda, sin mucho sentido final; la narración se ha sostenido por siglo y medio, y ha merecido infinidad de traducciones y varias versiones en la pantalla de plata, gracias a esa invitación a lo onírico, a lo lúdico, a lo intuitivo, a lo irracional, a los ingredientes de lo fantástico y fabulesco que también conforman este mundo práctico que disfrutamos o sufrimos.

No ha de extrañar que el propio autor fuera –a la vez– científico, clérigo y poeta, diversidades existenciales que se reflejan en el texto, donde abundan las pruebas de lógica matemática, las enseñanzas doctrinales y las locuras de la poesía. Entremezcladas todas como en la vida de su creador, quien empleó, para distinguirlas y  separarlas, dos nombres o álter egos, siendo Lewis –el del soñador– el que lo inmortalizó. Porque de Charles Dodgson nadie se acuerda.

Ideal para despertar la imaginación de los niños, Alicia en el país de las maravillas es un relato sencillo que tiene el encanto de saltar de una sorpresa a otra sin quebrantos en el estilo ni en el hilo conductor. Va de exageración a fantasía, de trabalenguas a surrealismo, pasando por la canción y la fábula, siempre de la mano de lo realista, pues en el fondo no se trata nada más que de un sueño como el de cualquier otro infante que ve pasar un conejo entre los matorrales de su antejardín.

Aunque la imaginación de Carroll es desbordada, siempre hay un trasfondo realista  que invita a lo lúdico, al ejercicio mental y ¿por qué no?, hasta a la crítica de ciertas instituciones sociales de su tiempo, como el sistema educativo, los procesos judiciales, la demagogia  política, la manipulación del idioma, etc.

Precisamente, por esa esencia pedagógica que el cuento encierra, es una pieza ideal para inducir a los infantes en temas cruciales de la vida en sociedad, como por ejemplo la logomaquia de nuestros diputados, ejemplificada en el debate de los animales, o el valor de los signos y sus significados, satirizados en el juego de croquet y en el baile de la langosta.

Todo el cuento serpentea por los dominios de la lógica, una de las especialidades de Carroll, y por eso son hermosos sus juegos estilísticos con los sofismas, los sin sentidos, las premisas falsas, las pruebas del error, las tautologías y las incongruencias. Por ejemplo: ¿puede un verdugo decapitar a un cuerpo que es sólo cabeza? O ¿es cierto que el amor es lo que hace girar al mundo? O ¿se puede sacar  una taza de melaza estando dentro de la melaza?

En fin, el libro despierta inquietudes más profundas que su aparente historia de ingenuas aventuras infantiles y es, por lo mismo, que los siglos lo preservan y aun lo consagran con grandes producciones cinematográficas o teatrales que rescatan esa sabiduría de educador que predominaba en los dos hemisferios de Lewis Carroll: por un lado, el matemático de Oxford que trató de explicarse el mundo con ensayos rigurosos como Compendio de Geometría Algebraica Plana o El quinto libro de Euclides y, por otro, el apasionado soñador que dejaba volar tan alto su imaginación literaria que, halagado por el éxito mundial de Alicia, hubo de escribir una continuación con el nombre de A través del Espejo,  la cual ha tenido tanto éxito como la primera.

Y todo no era más que un cuento, un cuento para niños, pero vaciados en él los estímulos al hemisferio derecho e izquierdo del cerebro de todos los hombres del planeta,  con una buena dosis de elegancia en el decir.

Un artilugio poético para emocionar el ying y el yang, como llaman los chinos a esa dualidad de la especie humana que tanto nos intriga e inquieta.

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El bosque que desapareció

El bosque que desapareció

El bosque que desapareció

Se trata de una didáctica historia en la que Diego, el niño protagonista, se deslumbra primero con las maravillas de la naturaleza y luego se conmueve al contemplar los perjuicios que el hombre es capaz de producir.

El niño ve como una montaña, a causa de la deforestación, es arrasada por los deslaves y, el propio hombre, culpable del daño, sufre las consecuencias. Una lección de dolorosa actualidad, expresada con lenguaje conciso al alcance de los niños, bellamente ilustrada por los hermosos dibujos que la propia autora confecciona con mucha fuerza, gracia y colorido. Nacida en Suecia, ha convivido en cinco continentes y su amor por el planeta que habitamos lo ha cultivado tanto en Francia como Colombia, Argentina, Singapur, Sarawak, Vanuatu o Nueva Caledonia, donde alguna vez fijo su residencia, previo a enamorarse del bosque tropical húmedo del volcán Barva, en Costa Rica. Aquí, junto a su esposo Christian Spinelli, han creado una extensa finca destinada a restituir el bosque originario y a la construcción de corredores forestales donde las especies primigenias puedan habitar sin los riesgos de la llamada civilización. Con anterioridad publicó el libro para niños Tori (Editorial Demain, Nueva Caledonia, 1994) y un cuento bellamente defensor de la libertad de los pájaros frente al encarcelamiento irracional a que los someten los humanos (La Jaula, Editorial Legado, Costa Rica, 2002).

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La muñeca de Emilia

La muñeca de Emilia

La muñeca de Emilia

La eventualidad de que un día despertemos enterrados en los desechos de todo tipo que a diario producimos y a nuestro alrededor tiramos, no es sólo una angustia fantasiosa de la literatura tremendista. De hecho, eso podría convertirse en una espantosa realidad, si no controlamos esos desperdicios que nuestra sociedad apática desparrama, sin conciencia, por el globo terráqueo . La niñez —futuro natural de la Humanidad— es la primera víctima de los actos que ensucian o degradan el hábitat, y es también la mejor reserva para combatir la depredación que hacemos del medio ambiente los adultos. A esa infancia frágil y receptiva es hacia donde apunta este texto mágico y directo en el que María, la niña protagonista, es aleccionada y puesta en alerta por peces y pájaros para que la contaminación del entorno y su consecuente destrucción del planeta, dejen de ser una costumbre o un mal hábito de sus descuidados habitantes.

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Tía Panchita y la niña Carmen

“Tía Panchita y la niña Carmen”. La Nación.  Zurquí, (San José, Costa Rica),  17 de abril de 1996

Mi Tía Panchita era una mujer bajita y menuda…” así nos describe Carmen Lyra a esta mítica narradora de increíbles historias para niños.

Ilustración tomada del artículo mencionado con anterioridad.

Pero qué casualidad que su descripción nos recuerde a la de la niña María Isabel, esa incasable maestra costarricense que hacia los años veinte inició su gran labor de escritora y educadora.

Y es que de su mágica mano salieron los cuentos más queridos por generaciones de costarricenses, cuentos que ella dijo haber recogido de la estancia de la propia Tía Panchita, en una limpia casita allá por las inmediaciones del Morazán, la misma instancia donde la prolija viejtia desgranaba esas historias y cuentos para entretener y hacer reír a los niños de esos tiempos.

María Isabel Carvajal o Carmen Lyra (como mejor la conocemos) nació en San José, en 1888.

Sus estudios primarios los realizó en la escuela del Edificio Metálico y los secundarios en el Colegio Superior de Señoritas, además recibió el certificado de maestra normal y se dedicó a enseñar en varias escuelas tanto de la capital como la escuela rural de El Monte, en Heredia.

Ingresó a trabajar como novicia en el hospital San Juan de Dios y luego de dos años, comprobó que su verdadera vocación era otra.

Así que continuó con su labor educativa e inició su actividad literaria publicando artículos y obras en las más prestigiosas revistas y periódicos de la época. En 1918 publicó sus primeros libros.

En 1920 publicó la obra por la que la recordamos tantas generaciones de ticos: Los cuentos de mi tía Panchita, un libro que recoge 23 relatos de la tradición popular y otra serie de cuentos cómicos y picarescos del famoso Tío Conejo.

Dos años después fue becada por el gobierno a Europa, donde el contacto con los revolucionarios ideales socialistas cambiaron su vida.

Si antes había estado comprometida con la educación y la justicia, desde ese momento se involucró además con los movimientos sociales costarricenses de la época y llegó a formar parte del partido comunista.

Pero su actividad política no la sustrajo de su principal interés: los niños y la educación. En 1926 fundó la Escuela Maternal Montessoriana, escribió libros de texto y lectura para nuestros escolares, introdujo el teatro para niños dentro de la literatura nacional, impartió la cátedra de literatura infantil en la Escuela Normal de Costa Rica y junto a la escritora Luisa González, publicó la revista para niños: San Celerín.

Y como si fuera poco, esta incansable mujer, tan inalcansable como la Tía Panchita, colaboró con el Patronato Nacional de la Infancia y la Biblioteca Nacional.

Pero eran otros tiempos y su actividad política fue castigada con el exilio. Así que la niña María Isabel, Carmen Lyra y la Tía Panchita, todas fueron expulsadas de la tierra que tanto amaban y tuvieron que vivir sus últimos días en México. María Isabel Carvajal murió en el año 1949.

Pero no creamos que con ella se fueron Carmen Lyra y su Tía Panchita, no señor, esas siguen muy vivas, como si el tiempo no pasara y aun estuvieran en la estancia de la casita del Morazán, donde entre risas y sueños deleitan a los niños de Costa Rica con sus historias y cuentos.

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¡Salir con un domingo siete!

La cuentacuentos Teresita Borge, nos ha permitido presentarles su interpretación del cuento “Salir con un domingo siete” de Carmen Lyra, que aparece en los Cuentos de mi Tía Panchita.

¡Aquí se los dejamos para su disfrute!


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