Milagro de la Paz: novela de la realidad salvadoreña de posguerra

Canales, Tirso. Milagro de la Paz: novela de la realidad salvadoreña de posguerra. Diario Latino. Suplemento Cultural 3000. (San Salvador, El Salvador), 24 de junio de 1995

Es la quinta de Manlio Argueta, y en ella el autor revela un alto grado de desarrollo estilístico de su narrativa.

Tributa merecido homenaje a la mujer trabajadora que se debate en medio de una situación trágico-optimista.

I

La primera cuestión que debo destacar como importante en la novela Milagro de la Paz, de Manlio Argueta, es el protagonismo trágico-optimista de tres mujeres: Latina, Magdalena y Crista. Ellas son laboriosas y emprendedoras para no dejarse amilanar ni vencer por las duras situaciones que les antepone la vida, la discriminación social, el fetichismo y el peso casi aplastante de las creencias y tradiciones culturales oscurantistas. Latina, Magdalena y Crista influyen en nuestro ánimo con su universo espiritual de inseguridad, miedo, desasosiego y lo inexplicable, “al pensar si los perros aúllan de miedo a la noche, a los hombres que trotan o a los seres desconocidos que en los últimos días han ido a tirar cadáveres en la calle de Las Angustias”.

De manera imperceptible, el ambiente taciturno se nos figura gris y deviene apoderándose de nuestros sentimientos de lástima, conmiseración hipócrita-católica para con que el prójimo… ¿O es el corazón del salvadoreño sentimental el que funciona? Yo diría que es sólo un aspecto de esto último. Los sentimientos que experimentamos surgen de la solidaridad más que social, humana, entre personas que sufren de soledad y desesperación por ellas mismas y por sus seres queridos. Múltiple sufrimiento. No hablo del clima de fatalidad en que están formados los personajes protagónicos, ya que estos son apenas criaturas ungidas de vida por el autor, para que digan lo que tienen que decir inmersas en sus circunstancias particulares; particulares sí, pero no exclusivas. Los personajes son símbolos, entes, vehículos estéticos, formas del ser artístico.

Pienso que el estado de ánimo protagónico creado desde el principio en Milagro de la Paz homologa una situación de expectativa salvadoreña en el período de la posguerra. Hay ciertos períodos en la vida de las sociedades en que el ánimo parece concentrarse y generalizarse en ciertos asuntos. Es lógico que para que suceda ese fenómeno “sicológico-social” debe existir interés “de todos” aunque por distintas razones e interpretaciones. Milagro de la Paz ha sido creada recientemente.

El autor empezó a escribirla luego de que la mayoría del pueblo, partícipe directo en el conflicto vivido en El Salvador, comenzó a sentir el gran vacío dejado en sus expectativas por los resultados de la guerra. Los salvadoreños pobres, o sea el 90% esperaban más de un conflicto que penetró tanto en el espíritu por lo doloroso, cruel y traumatizante. No fue para menos. La guerra civil, como sabemos, devino en la manifestación armada de un conflicto largamente acumulado. En el transcurso de varias décadas, no pocas generaciones hubieran querido pelearla y echar sus suertes en la historia de una vez por todas: espíritu salvadoreño, si no exclusivo, típico por su radicalismo, “hoy ya me desgracié y voy a terminar de desgraciarme”.

Pero ocurrió que el pueblo que peleó la guerra esperaba otros resultados.

Esperaba más que una paz bastante formal. Mas que una guerra sorda, sin explosiones, pero aún latente. Cifraba esperanzas mayores. Por ello se involucró en la guerra y lo hizo de todo corazón.

Después de muchos anhelos reprimidos, de tantísimos sueños truncados, de tantas vidas sacrificadas, encontrarse con una realidad que muchos estiman prácticamente la misma, con sólo algunos matices insustanciales que no satisfacen porque lo esperado era mucho más. ¿Pero qué era?. Sencillamente, mucho más: la medida de su satisfacción, ese es ahora el conflicto espiritual. Una gran parte de la nación no siente que tiene lo que se fue formando en sus expectativas y sigue haciéndole falta, ¿justicia? La acepción de ese concepto es amplia, igualmente las formas en que se concreta; peor aún, si la “paz” cobra con creces su “disfrute” mediante el encarecimiento y enflaquecimiento de la  canasta básica.

Los estados de ánimo de las sociedades son trasuntados por el arte, y tanto lo poesía como la narrativa tienen la virtud inmediata de aprehenderlos dotados con la nuevas formas apreciativas de la vida. Magdalena, la hija mayor de Latina, fue asesinada no por fantasmas, sino por hombres de carne, hueso y nefastas ideas, con nombres y apellidos conocidos en los expedientes gubernamentales y grupos de poder; sin embargo, nada se hizo ni se hace para satisfacer lo que el pueblo esperaba y aún espera. Ese es el asunto tipificado por la realidad y captado por el autor para ser contado en forma de novela. Un asunto, una situación, entre millares. Seguramente otros autores podrían estar escogiendo los casos y sucesos que narrarán. ¿Quién de nosotros no ha escuchado, como interlocutor tácito o expreso, estas innegables realidades? “Nosotros habíamos oído de los seres desconocidos, pero pensamos que nunca vendrían acá, mucho menos a matar a una mujer embarazada. Al principio creíamos que era obra de los coyotes, pero descubrimos las heridas en el cuello”. Eso responde a los hechos sufridos por personas, por seres sensibles, inteligentes, que conocen origen y esencia de tragedias que les duelen como familiares, y que la paz abstracta ignora por distintos intereses y motivos.

Los significados reales de “la paz” se establecen claramente en cada salvadoreño de acuerdo al dolor infligido por la guerra o por lo que la favoreció. No es lo mismo una paz cualquiera, o, si se quiere, “esa paz” y la que se esperaba con justicia. “La paz sea con vosotros” tampoco es equivalente a “la paz es entre vosotros”. Conocidos los hechos, Milagro de la Paz señala sin tapujos pero con el arte de las formas intelectivas de la ironía, al régimen responsable de la guerra y de tantas muertes, y que poco ha faltado para que condecoren a quienes las cometieron. La amnistía y la burla han sido sangrientas carcajadas de bocas enwhiskadas. El narrador: “El forense dictaminó que se trataba de balas. Tiradores certeros que pegan en el cuello a la distancia de un metro. Su marca registrada de la muerte, pues desde antes del disparo ya no hay posibilidad de vida”.

¿Qué historia es esta? La víctima propiciatoria de siempre se auto-interroga atribulada: ¿Por qué nosotras, que nunca hemos dañado a nadie?”. Esa es la pregunta cuestionadora que la hija menor hace a su madre, mientras esta le prepara la cesta con ropa para la venta con que deberá proseguir el trabajo que efectuaba Magdalena cuando fuera asesinada.

Es conmovedor para cualquier salvadoreño de posguerra, con inteligencia atenta para analizar, medir y asimilar la realidad de su país, escuchar la imprecación de la madre partida por el dolor ante el asesinato de su hija, a manos de “individuos fuertemente armados”, y que repitieron escenas de terror durante la guerra “de baja intensidad”, diariamente: “De ahora en adelante me dará vergüenza vivir”. Así sentencia Latina, mientras en una carreta baja del volcán con el cadáver de su hija Magdalena.

Con manos, que son todas corazón, acaricia el vientre muerto de su primogénita, que lleva en su seno igualmente muerto al nieto esperado. El, juntamente con quien sería abuela y con quien es ya madre muerta, ha sido la víctima del régimen que tiene por “sacrosanto el derecho a la vida de seres inocentes creados por Dios”. Latina, sin saber nada de la política mentirosa y de la moral hipócrita del gobierno de su país, El Salvador, con sus “manos de madre tan acariciadoras”, acaricia el vientre abultado de su hija. Siente a la distancia los perdidos pálpitos del pequeño corazón de quién habría sido su nieto y en ese contacto entre la muerte y la vida palpa su gran tragedia: “ ¿Por qué Dios es bueno con unos y malo con otros?”.

El autor de la novela demuestra esta vez, de mejor forma, que sabe captar aspectos sustantivos del pensar y sentir popular. Cuando habla de los “tiradores que exhiben su certera puntería para matar gente dormida y aciertan en el cuello a la distancia de un metro”. Aspecto este ampliamente manejado por la conciencia por el pueblo. ¿Quién no ha oído en El Salvador referirse a los “grandes guerreros”, minuciosamente preparados en la Escuela Militar y posgraduados en esas técnicas en Fort Braggs y Fort Bennigs? Armados hasta los dientes, necesitaron ir a matar a la población civil mientras dormía.

Sí, para quien está educado para matar, matar es su necesidad de oficio, su ocupación habitual, por ello es que intuitivamente la sociedad civil razona: “el que ha sido educado para matar no esta apto para sembrar frijoles, curar o sacar muelas”; a menos, digo yo, sin una re-educación radical que procure desalojar de la conciencia criminal la conducta que le enseñaron a practicar.

El pueblo se burla. No pierde oportunidad para lanzar sus dardos vengativos contra los responsables de millares de crímenes. De ese modo castiga a los verdugos. Así lo hará durante muchísimos años. De ello estoy seguro.

No es necesario ser profeta, en este caso, al menos, si se estudia el carácter del salvadoreño esencial. Este aspecto nunca será materia de reconciliación en El Salvador. El resentimiento y el sentimiento histórico-social se transmiten de generación en generación y son mucho más persistentes que todas las prédicas publicitarias de las clases gobernantes. ¿Qué Latina podría olvidar a su Magdalena mientras viva? ¿Qué hermano, qué hijo, qué nieto, qué patriota sería capaz de deponer el dolor sentido en sus entrañas y más allá de ellas, por la muerte de sus seres queridos? Como en Milagro de la Paz, el resentimiento y el sentimiento son heridas protagónicas de nuestra historia.

A través del espíritu adolorido, digno, estoico y optimista, la lucha continúa: la vida sigue su curso en el espíritu de Latina, Crista y la niña Lluvia, preparada ya por la naturaleza para ser mujer. Tres generaciones de mujeres portadoras de este nódulo que encarna lo peculiar para la narración, ampliamente tipificado entre las clases populares de El Salvador.

Manlio Argueta tributa merecidísimo homenaje a la mujer trabajadora. Ya antes lo ha hecho en su segunda novela, Caperucita en la Zona Roja, con su bello decir poético, Mamá.  Personalmente me alegro mucho de ello, pues conozco los sentimientos de Manlio. ¡Vaya si los conozco, en cuarenta años de amistad y camaradería! Los personajes de las novelas de Manlio no son “heroicos” ni hazañosos.

Son el caso de Milagro de la Paz, seres anónimos, ignorados, encarnaciones de mujeres trabajadoras, sin fisonomía de “mujeres lindas” de cosmética brillante de televisión a colores; son seres con quienes nos juntamos en las páginas de la novela por obra y gracia de la sensibilidad del autor y las bondades de su arte narrativo; son seres que pisan las mismas piedras de nuestro país; son la mayoría de la nación. Esas mujeres transmiten unas formas de solidaridad, unos modos de amor y de amar, de seres humanos y tienen su concepto de la cultura en que viven, su inteligencia ha penetrado y enraizado en el  medio que las rodea. Lo hacen con y desde el marasmo de supersticiones, creencias religiosas y otras maneras de oscurantismo en que es atraso histórico-social las ha estancado por siglos. Sin embargo, tienen sus formas de conocer e interpretar el mundo, como tenemos todos los individuos que pasajeramente habitamos en este planeta. Y no se crea que las mujeres de Milagro de la Paz están fuera de tiempo con su pensamiento y concepciones. No. Ellas están en el tiempo que viven en su país. Ser como son no es responsabilidad de ellas. ¿Acaso no repiten patrones de conducta del mundo cristiano, en que grandes intereses decisorios del modo de vivir de la gente fundamentan la omnipresente cultura occidental?

¿Conoce alguien que haya nacido en esta tierra y permanecido muriendo su vida aquí, otra cultura y otros tipos de cultura? La trágico-optimista depresión espiritual salvadoreña es consustancial e histórica. La incertidumbre, la inseguridad económica y social, la amenaza política, el miedo, el terror, la pobreza, el analfabetismo, el bayunquismo, el atraso general, en fin, son producto “hechos en casa” en el “país de la sonrisa”. Son elaboraciones histórico-sociales con “sabor a patria”, y otras pamplinas que seguramente puede agregar “la mente venérica de la publicidad”, según lo dijera el poeta Rafael Góchez Sosa. Si usted lo desea puede también decir que son constitucionales y no dirá nada fuera de realidad.

Decía que me alegra mucho que sean mujeres quienes comanden el asunto principal, la trama y el decurso de Milagro de la Paz. En la novelística latinoamericana contemporánea –que yo sepa- este aspecto es raro. En el pasado lo fue menos: Amalia Batista, María, Amalia, Juana Usurdy (Santa Juana de América) y seguramente hay otras. En lo referente a la escasísima narrativa salvadoreña, de plano no existe este aspecto. Nuestros autores han sido muy “machos”. Este Milagro de la Paz, que burla burlando le ha puesto tremenda trampa entre líneas al concepto homologado con otro “Milagro de la Paz”, podría engendrar uno muy necesario, como sería que los lectores empezaran a ver quién rodea con mayor frecuencia sus alrededores. Verían a muchos seres que apenas tienen un nombre sin apellidos, como los personajes de Milagro de la Paz.

II

Magdalena omnipresente

Aunque parezca que Latina –madre de Magdalena y Crista- por ser la madre soltera y cabeza de familia determina el desarrollo de Milagro de la Paz, no es así. El aparente “matriarcado”, en el que la mujer mayor gobierna la familia y es el centro económico-social en la obra, es sólo otro producto “hecho en El Salvador” por el machismo y la deformación socio-cultural: la madre soltera, cabeza de familia, trabaja para procurarle subsistencia a la prole que es hija “de espíritu santo”. En el país no se conoce la fórmula para que los hijos nazcan de engendros “milagrosos” de la nada ni siquiera del aire. Magdalena y Crista, en Milagro de la Paz, no tienen padre ni deben tenerlo necesariamente en la obra, pero fueron engendradas por hombre.

El espíritu de la obra que Manlio relata es Magdalena. Ella es presencia viva, laboral y activa en la primera parte de la obra y aun después de muerta. Es ella quien sale al campo a vender la ropa confeccionada por la madre. Los pensamientos de quienes quedan en casa se mueven en torno a sus viajes. Es su ausencia, Magdalena tiene los hilos de la incertidumbre, la preocupación y el temor por todas las cosas peligrosas que ocurren.

Es presencia y ausencia; hace mutis de la escena concreta, pero continúa siendo el hilo conductor del guión visualizado, escuchado y narrado, con música sorda de fondo que mezcla todos los tiempos de los personajes alrededor de….

En el caso específico de las gentes animadas por el autor, está presente una de las relaciones “inventadas” por la sociedad salvadoreña: no es rural ni urbana. Son seres que, como las aves migratorias, pasan la noche de sus vidas en cualquier sitio. En cualquier lugar donde exista un espacio hacen cobijo y allí se forma y se deforma la familia. Sus componentes ni siquiera saben que la sociedad tenga una estructura con las que clasifica a los grupos de individuos. En definitiva, de lo que se trata es de sobrevivir y nuestros personajes viven-mueren, o viceversa, en cualquier sitio donde haya un solar para urdir una zona marginal”. Allí surgirá un “barrio” y con el tiempo quizá una población y será denominada con la primera ocurrencia de alguien. Cárcel podría ser su nombre con toda propiedad. La casa de Latina y su familia es eso. Algo harán allí los recién llegados; algo improvisaran para ganarse la vida. Veamos la “sociología” de Milagro de la Paz: Magdalena. “La hija mayor sale a la calle todas las mañanas a vender ropa a los campesinos. Ropa que confecciona su madre y que poco a poco ha ido aprendiendo ella también a confeccionar.

La madre cose y la hija menor ayuda a los oficios de casa. Así comparten las obligaciones. Hay soledad en Milagro de Paz, nada más las campanas del reloj público, sonando cada hora”. De ese modo, simple y complicado, es la estructura socio-económica que organiza el autor. Por supuesto que para vivificar su narración debe tipificar los puntos de relación, de lo contrario no crearía arte con su narrativa realista.

El sitio donde transcurre la narración que revelan los seres de Milagro de Paz, unas veces es la casa improvisada donde se cohesiona la vida familiar y económica y donde también está el espacio de los sueños, las nostalgias y el dolor. Otras veces es el pozo donde Juan Bautista (hijo de Crista) ve las estrellas tratando de conocer a su “madre”, Magdalena. No obstante algunas “evidencias” que a propósito deja sueltas el autor, el lector piensa como también “piensa” la familia que Magdalena es madre de Juan Bautista. Sin embargo, el niño es resultado de la fiebre de pubertad que juntamente con la soledad y el deseo de que hubiera un hombre en casa, donde sólo había mujeres, invadió a Crista. Ella pidió y exigió al Chele Pintura que fecundara su vientre.

Sitio novelístico hay igualmente debajo de las cobijas donde las mujeres y los niños sueñan, piensan y desean sin importarles que hora de la noche sea. El insomnio es por igual sueño, enfermedad, fantasía y realidad en los seres novelados. Por el ojo de la llave atisbamos una realidad trágica, pero en la vida real hay millares de esas tragedias a nuestro alrededor que a propósito no queremos ver.

Sitio de novela es también el propio pensamiento de los personajes, sobre todo cuando ocurren cambios en la conducta de Magdalena debido a los soldados de Casamata y/o los coyotes y/o los seres misteriosos. La calle de Las Angustias fue la Puerta del Diablo, El Playón, las carreteras, los barrancos, El Salvador todo: cárcel y tumba.

Los personajes universo-novelísticos elucubran, conjeturan, cuestionan buscando respuestas que quisieran escuchar acerca de tantos asuntos que deben conocerse mientras se vive: “madre, ¿por qué los hombres son valientes y nosotras no?”. Contesta. “Ellos se han inventado que son valientes, pero a la hora de la verdad son más cobardes que nosotras”. Juicio y sentencia muy bien dichos sobre el machismo, que es lo más común y lo más vulgar de la “cultura” salvadoreña: ¿miedo y complejo de inferioridad?

Sitio de novela son también las mariposas en el pelo de Lluvia y en el vientre de Crista, porque donde estén seguirán teniendo la autonomía de vuelo de la imaginación y la belleza poética que tienen en Milagro de Paz; seguirán siendo levadura que dará cuerpo, volumen y alas al pensamiento.

El desprestigio del “machismo salvadoreño”, si es que alguna vez tuvo prestigio, queda peor parado. La leyenda de que los hombres son malos cuando están frente a las mujeres, “aunque nunca hallas sufrido una maldad de ellos”, no es negra, es real. Nos guste o nos moleste: estamos desprestigiados como “machistas”. No lo dudemos. Nicolás embarazó a Magdalena y desapareció; cuando regresó fue para suicidarse. Dicen que Judas igualmente se ahorcó de “arrepentimiento”. El Chele Pintura parece al principio de; la novela que encarnaría al personaje salvadoreño, picaresco, aventurero, vagabundo en el sentido de ser “listo” cargador de barcos, pensador y aficionado a libros, “con mucho mundo”, tampoco es lúcido. Que hay cambios en las apreciaciones de las mujeres de esta ultraconservadora-sociedad- inculta los hay: El Chele reaccionó y se dio cuenta de que estaba encegueciendo. Crista, como buena “machita”, tomó la iniciativa, ¡pero de qué forma!: “Chele, esta será la única vez y vos no serás el padre de nadie, ni voy a necesitar tu compañía, sólo vas a regalarme tu sangre, un hijo”. Elocuente fue Crista. Manlio Argueta, con propósitos o sin ellos, lanzó sus mejores hachas contra la sociedad salvadoreña prejuiciosa, supersticiosa, camandulera, curera, hipócrita, fetichista, fuera de tiempo, etc. Asismismo, llama la atención sobre las “genéricas” que, revelándose contra los estragos que históricamente ha causado el machismo, caen de manera metafísica en el otro extremo: en la mujer sin el hombre y bien sabemos que no se trata de eso, sino de humanizarse: los humanos y las humanas. El sitio en el discurso sigue siendo el original: de ambos. La tergiversación ha sido la culpa principal de los hombres, jefes de los recursos económicos.

Milagro de la Paz es una novela muy rica en planos de apreciación. Está moderadamente estructurada y es narrada con novísimas formas. Vale la pena leerla y, si se lee bien, al grado de asimilarla, mejor. Si nos deja opinión, mejor aún.

Lluvia: la poesía y la esperanza.

Lluvia es una niña encarnación de la aventura y la esperanza. No es otra cosa que la vida del salvadoreño pobre.

Ella bajó del volcán Chaparrastique a Milagro de la Paz. Llegó a buscar a su madrina que le habían dicho que tenía y no conocía.

Llegó a aquella casa donde jugaría el papel de espíritu nuevo, de rediviva Magdalena, por obra y gracia del arte casual-creación. La niña se constituye en el vínculo vitalizador de la obra y llega a ella para quedarse, aún después de haber jugado su rol. Ella es la poesía de Milagro de la Paz y es símbolo de ese algo poético sin el cual el espíritu humano no puede vivir, aunque se viva como mujer y hombre ordinarios. Cuando terminamos de leer un libro, de ver una película o un cuadro pictórico o escuchar un concierto olvidamos estructuras, dimensiones y todo, pero aun después del olvido queda algo: la poesía, el grano de belleza que germinará y nos hará un poco más humanos y alguito más cultos, si se quiere.

Con razón Manlio dice: “Lluvia no va a regresar al volcán porque no tiene a nadie allí”. Como estrella del azar, la Niña ayudó a iluminar un poco los espíritus acongojados de los personajes de Milagro de la Paz, a nosotros también nos proyectó su luz de humilde luciérnaga, que llegó perdida del volcán en busca de un destino que únicamente un poeta pudo brindarle.

San Salvador, abril de 1995.

Comprar obras de Manlio Argueta

Comprar obras de Manlio Argueta

Anuncios

1980: transición, crisis y esperanzas

Sáenz, Andrés. “1980: transición, crisis y esperanzas”. La Nación, Crítica de Teatro. (San José, Costa Rica), 9 de enero de 1981, p. 4b

Para el movimiento teatral costarricense y para el público aficionado al teatro, 1980 fue un año de transición. Si bien se recuperaron espectadores que se habían alejado de las salas en 1979, no hubo, en el 80, un aumento importante del número de asistentes. Aunque el Teatro Carpa hizo esfuerzos encomiables de divulgación a comunidades, esta actividad estuvo circunscrita al Valle Central, y si a la Compañía Nacional de Teatro le correspondía según su reglamento, hacer giras por el territorio nacional, en 1980 no realizó ninguna, y delegó esta importante función en jóvenes egresados del Taller Nacional de Teatro.

Quizá el problema fundamental con que se enfrenta el teatro en Costa Rica sea la selección del repertorio. En general, durante la temporada pasada el escogimiento de las obras no fue atinado, pues muchas estaban por encima de las capacidades de los grupos mientras que otras sencillamente eran malas o no tenían nada que decirle al público local. Sin embargo los jóvenes del Teatro Tiempo y del Teatro Estudio de la Universidad Nacional supieron escoger las piezas que presentaron e hicieron un aporte valioso al año teatral debido a la calidad de sus representaciones.

La Compañía Nacional de Teatro está en franca crisis. En todo el año sólo realizó tres montajes, uno de ellos estrenado en diciembre, del que de dieron unas pocas funciones antes de que el elenco entrara en su receso anual. Además, la sala de CNT se mantuvo cerrada semanas enteras. Esto es señal de que la compañía oficial del país ha sucumbido a la arteriosclerosis burocrática y que su actividad no justifica el elevado presupuesto que le paga el contribuyente.

El Teatro del Ángel cumplió en octubre cinco años de ininterrumpida labor en su sala de Cuesta de Moras. Como en los años anteriores, su principal contribución fue mantener la sala abierta todo el año con montajes de alta calidad profesional. Los demás grupos harían bien en aprender la lección que la estadía del Ángel en Costa Rica les enseña: guardar a cabalidad el compromiso adquirido con el público y con el oficio del teatro. Su anunciada partida del país dejará un vacío que únicamente la dedicación y la constancia de las otras agrupaciones podrían llenar.

Un estreno del autor nacional Alberto Cañas que obtuvo éxito de público y de crítica salvó la temporada del Teatro Universitario (TU), cuyas presentaciones anteriores a esta obra fueron decepcionantes. El TU debe escoger con mayor tino y esmero, no solo las piezas que presenta, sino igualmente a los directores que confía los montajes.

El año 1980 no reveló ningún talento extraordinario, pero el buen trabajo de los jóvenes Gerardo Bejarano y Ana Istarú promete mucho para el futuro. También, Jaime Hernández confirmo su capacidad como director y Leonardo Perucci demostró en las tablas que ha sido una magnífica adquisición para la escena costarricense.

A la larga, tal vez el hecho más significativo para el teatro nacional durante 1980 será la traducción de Troilo y Cresida, de William Shakespeare, hecha por don José Basileo Acuña y publicada por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia. El medio artístico e intelectual del país no ha manifestado aún ninguna reacción ante el trabajo de don José Basileo y quizá tardará años en hacerlo. Pero sin duda la semilla sembrada por el insigne escritor nacional, con ésta y otras traducciones del inmortal dramaturgo inglés, dará abundantes frutos en el porvenir.

Comprar libros de Alberto Cañas Escalante

Comprar libros de Alberto Cañas Escalante

Única mirando al mar. Belleza, amistad y amor en medio de la podredumbre y la suciedad

Formoso, Manuel. “Única mirando al mar. Belleza, amistad y amor en medio de la podredumbre y la suciedad”. La Nación. Opinión (San José, Costa Rica), 16 de agosto de 2007

 Mi nieta mayor –lectora incansable– debió leer, como tarea en el colegio, Única mirando al mar, de Fernando Contreras. Para acompañarla en la lectura y ayudado por la casualidad de tropezar con un ejemplar en el desorden que reina en mi biblioteca, leí la obra de Contreras que alguna vez comencé, pero que la hice a un lado porque no me gustó el tema de que trata. En realidad, no es para menos porque la narración transcurre en Río Azul y los personajes son los buzos zampados día y noche, buscando frenéticamente objetos de valor o que tengan alguna utilidad en su miserable vida de habitantes permanentes en ese mar de basura.

Fernando Contreras tiene la enorme capacidad poética de introducir belleza, amistad y hasta una historia de amor en medio de ese constante olor a podredumbre, suciedad y mosquerío que se desprende de los cientos de toneladas que día a día arrojan los camiones transportadores de basura producida en la Gran Área Metropolitana. Igualmente, los personajes que dan vida a la novela, sucios, de piel renegrida, pelo tieso del tierrero que contiene y vestidos de andrajos, se nos vuelven entrañablemente queridos y su destino trágico nos angustia como si se tratara de amigos de toda la vida.

Madre proveedora. Única es única por su bondad de madre y capacidad de proveedora de comida, perfumes, pasta de dientes y mil cosas que llegan con la basura. Encuentra Única entre la basura un hijo y un hombre –totalmente derrotado, tanto que él mismo se lanzó a un camión que lo llevó a Río Azul– que llegará a ser su marido. El matrimonio de Única con este hombre lo realiza un sacerdote que se consagró a sí mismo después de haberse encontrado una túnica púrpura, y la fiesta consiguiente con la asistencia de numerosos buzos es de una ternura y un optimismo conmovedor pues se trata de seres humanos situados en el escalón más bajo del orden social, mostrando una capacidad para reciclarse, embellecer su vida con el amor, todo sin salirse del basurero de Río Azul y sus implacables leyes nacidas de una realidad putrefacta, maloliente y llena de moscas.

La casualidad ha querido que termine de escribir estas líneas el 31 de julio del 2007, día en que se cierra oficialmente Río Azul y 14 años después de haber escrito Fernando Contreras su valiosa novela.

P.S. Río Azul parece tener más vidas que un gato. Al día siguiente de haberse declarado oficialmente cerrado, las municipalidades de Curridabat, Moravia, Coronado y Alajuelita no tienen dónde tirar basura, y los posibles botaderos carecen de vías en buen estado para soportar el paso de los camiones cargados con los desechos, por lo que ya se habla de prolongar en 18 meses la vida de Río Azul.

Deuda saldada

Soto, Rodrigo. “Deuda saldada”. La Nación. Ancora. (San José, Costa Rica), 16 de febrero 2003, p. 6

Han pasado casi 20 años desde que Anacristina Rossi publicara su novela María la noche (Lumen, 1985). En ese lapso, publicó la nouvelle La Loca de Gandoca (EDUCA, 1992), a la que no obstante su éxito editorial hemos de considerar una obra menor, y los desiguales relatos incluidos en la colección Situaciones conyugales (REI, 1993). De este modo, la sensación de que la autora de María la noche estaba en deuda con los lectores era, creo, bastante generalizada. Hoy, con la publicación de su novela Limón Blues (Alfaguara, 2002), me atrevo a afirmar que la deuda ha sido saldada, pues con ella, Rossi retoma la senda de su mejor narrativa: rigurosa, profunda y de largo aliento.

En esta ocasión, la autora lanza una mirada retrospectiva a la historia de la inmigración antillana -particularmente la jamaiquina- a la costa caribe costarricense. Por ello, la novela de Rossi se relaciona con otras que, en años recientes, han  abordado desde distintos ángulos ese mismo tema: Calypso, de Tatiana Lobo, La Flota Negra, de Yazmín Ross, así como con la de los autores afrocostarricenses, en particular la de Quince Duncan. Sin embargo, y sin ser un especialista en la materia, tengo la impresión de que ninguno de los intentos anteriores había sido tan abarcador y riguroso en su afán de recrear la historia de esta inmigración.

La novela se teje alrededor de la historia de tres personajes principales -los jamaiquinos Orlandus Robinson y su mujer, Irene, y Leonor, una aristócrata costarricense (es decir, ticomeseteña)-, cuyas vidas se cruzan en diferentes momentos y circunstancias. A partir de ellas, la autora reconstruye con trazo firme y abundante documentación una de las facetas más ricas, pero también más relegadas, de la historia contemporánea del país: la de los antillanos, que a partir de finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX llegaron a las costas limonense y talamanqueña y cambiaron para siempre la fisonomía de nuestra nación.

En esta historia -y en la vida de los personajes que conducen la narración-, jugará un papel determinante la U.N.I.A., el movimiento político fundado por Marcus Garvey, cuyo programa aspiraba en última instancia a la repatriación de todos los negros al África. La mirada que nos propone la autora sobre ese movimiento y sobre su carismático líder dista de ser simplista o apologética. Por el contrario, trata de ahondar en las contradicciones que lo tensaron y que, en última instancia, condujeron a su fracaso. Asimismo, la novela dibuja el papel que jugó el enclave bananero de la United Fruit Company, no solo en la vida de estos inmigrantes, sino en la de toda la nación costarricense.

Sabia amalgama

En conjunto, la novela arroja una visión muy diferente de la que la mayoría de los costarricenses tenemos de esa zona del país y de ese momento de la historia, y nos propone un Limón cosmopolita y dinámico, mucho más vinculado con el extranjero de la que estaba entonces el resto del país. Y aun cuando en lo personal he tenido la impresión de que algunos trazos de ese dibujo están un tanto magnificados o idealizados, uno termina de leer el libro con la convicción de que ahí se encuentra una imagen aproximada -y en todo caso mucho más completa de la que hasta entonces teníamos- de esa parte de la historia del país.

Aun tratándose de una novela rigurosamente, documentada, en ningún momento la obra deja de ser eso: una novela. Y la autora se encarga de recordárselo, no solo mediante la construcción de personajes ricos y complejos, que son quienes en todo momento conducen los hilos de la trama, sino también con algunas escenas que, alejándose del tono documental que impregna la obra, se adentran decididamente en la imaginación poética y literaria. Salvo algunos detalles que más allá de su realidad histórica resultan poco verosímiles -como una copia fotostática en los años veintes-, la novela resulta convincente desde el punto de vista histórico. Más importante aún, resulta convincente y con frecuencia apasionante como relato novelístico. Quizás por momentos la narración se hace demasiado atropellada y los lectores hubiéramos agradecido alguna pausa o signo tipográfico que separa las escenas, pero estos detalles carecen de relieve al lado de la fuerza narrativa y de la riqueza documental de lo obra.

Novela en donde la recreación histórica, el apunte político, la reconstrucción cultural y el dibujo psicológico se armonizan y amalgaman sabiamente, Limón Blues se anuncia como la primera parte de un díptico cuya segunda parte esperamos desde ya los lectores.

Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

Comprar "Murámonos Federico"

Comprar “Murámonos Federico”

Don Bárbaro de Calufa

Mora Rodríguez, Arnoldo. “Don Bárbaro de Calufa”. Semanario Universidad (San José, C.R.), 21-27 de julio, 1978

Coincidiendo casi con el reconocimiento oficial tributado a los méritos de hombre extraordinario en el campo de la historia política y las letras patrias, que le fuera dado por el Primer Poder de la Nación al declarlo Benemérito de la Patria (¿cuándo hubiera Calufa soñado que sus encarnizados perseguidores del 40 le otorgarían tan elevado honor?), la EUNA (Editorial de la Universidad Nacional) publica en el Cuaderno Prometeo No. 6, uno de los relatos que saliera de su pluma en los últimos años de su vida, Don Bárbaro. Valga la ocasión para felicitar al Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional por la serie de cuadernos Prometeo que, con fines didácticos, viene publicando periódicamente.

Concebido como un informe que debiera rendir a la Comisión Campesina de su Partido sobre las fechorías del latifundista Luis Morice  (¿cuándo se le aplicará la justicia a este malhechor del pueblo costarricense?), sus editores presentan este relato como un modelo de estudio sobre sociología rural, añadiendo en calidad de epílogo, una entrevista campesina llevada a cabo por el Lic. Miguel  Sobrado, especialista en problemática agraria de nuestro país. Sin negar en absoluto los méritos que el trabajo de Fallas tenga al respecto, estas breves líneas tienen como objetivo resaltar el valor literario del mismo. Aún en las notas más circunstanciales y destinadas para fines nada literarios, la pluma de Calufa es inconfundible.

En ella, como en su acción política, ese hombre extraordinario que fuera Carlos Luis Fallas, se entrega de cuerpo entero. Sencillo y tierno, poético y rigurosamente objetivo al describir la realidad, su realismo social aflora a cada línea de su apasionada pluma.

Todas sus líneas resuman ese cúmulo de valores humanos que hicieran de Calufa el más alto y noble revolucionario que haya engendrado esta tierra, que tanto amó y la que hoy le acoge en su regazo.

Sin otra pretención que la de invitar a los lectores a obtener este número de los cuadernos Prometeo, no resisto la tentación de transcribir, a guisa de confirmación de lo que antecede, el siguiente párrafo, en el que el autor describe uno de los ranchos campesinos que le cupo en suerte visitar:

“Todo allí esta bien ordenado y limpio”.

En el rancho, una canoa de madera, bien tapada, cerca del fogón, con agua para lavar los trastes, y otra acá, más pequeña, llena de agua para beber, también con su buena tapa, sobre la que permanecen embrocados el guacal de sacar el agua y las jícaras para tomarla ; el cuarto, amplio y cerrado; encima de la mesa, el radio de batería; en un rincón, la canoa grande para los granos y demás víveres; arriba, en las varas del techo, el arroz en espiga y el corredor abierto, una banca, el pilón de arroz y los aperos de las bestias. Afuera, alrededor del rancho, muchos árboles frutales, el encierro de los terneros y gallinas y patos correteando. Y allá,  bastante cerca, un sereno riachuelo que no se seca nunca, sombreado por árboles inmensos que dejan caer sobre la tranquila superficie del agua multitud de pequeñas florecillas; una inmensa raíz sirve de puente y por debajo de ella el agua escapa y chorrea a una pocita, a cuya orilla se lava la ropa y en donde uno se puede bañar echándose agua con un guacal”. (pág. 12)

Conferencia sobre Yolanda Oreamuno

La Ruta de su evasión

El pasado 19 de julio de 2011, en el Instituto México, Jacques Sagot, maestro al piano y escritor, nos deleitó con un análisis literario y musical sobre la “Apología del limón dulce y el paisaje”. Nos tomamos la libertar de transcribir el texto “Ella, en su palabra”, tomado de la Revista Nacional de Cultura, con el fin de rescatar una de los más bellos análisis literarios sobre la obra de Yolanda Oreamuno. Debido a las limitaciones de Facebook se ha puesto al final, las notas aclaratorias marcadas con asteriscos (*) en el texto que les facilitamos a continuación:

ELLA, EN SU PALABRA

Jacques Sagot

Me gusta estudiar ciertos textos como si brotasen de una campana de vacío, o como si fuesen cuerpos celestes caídos de cualquier parte, valiosos únicamente en virtud de su belleza intrínseca. Me gusta poner entre paréntesis todo cuanto en ellos es contexto, y ver si son capaces de conservar su vigencia y su poder de encantación. Ser seducido por ellos, no por la suma de todo cuanto, siendo puntos de abordaje posibles, no los constituye esencialmente. Rehúso transformar la literatura en un mero campo para la interdiscursividad, esto es, en un tinglado para las chácharas teóricas y críticas.

Detesto verla evaporarse en todo lo que no es ella. Considero que la tendencia a transformar el texto en pretexto es una de las peores aberraciones –¡y miren que hay de dónde escoger!– de la moderna crítica literaria. Me gusta aproximarme a una obra de arte con un espíritu de castidad intelectual; movilizando, por supuesto, el arsenal teórico de que dispongo, pero ello únicamente cuando la sensibilidad y la intuición de la belleza presiden la gestión analítica. Es así como pienso perderme por los senderos del texto “Apología del limón dulce y el paisaje”, de Yolanda Oreamuno, perderme, sí, y no encontrarme, que es, en el fondo, lo que uno hace con aquellas cosas que ama. Una observación capital: todo cuanto analizo a continuación es letra muerta, todo el fervor que intento contagiar vale menos que nada, sin la lectura previa del texto en cuestión. Sea mi primera recomendación, amigos, leer la obra para luego verificar la confluencia o la divergencia –ambas son saludables– de sensibilidades que se desprenderá de mi comentario. Estar o no de acuerdo es menos importante que el mero hecho de dialogar. La “Apología” es, junto con “Valle alto”, alguna de las cartas y La ruta de su evasión, lo que más quiero en la obra de Yolanda. No hay, por lo demás, una sola página de su autoría que carezca de mérito; si menciono estas obras es por honrar ese “sistema innato de dilecciones” que nos constituye y que mejor revela –según Ortega y Gasset- nuestra siempre dinámica, veleidosa sensibilidad.

Gemelitud de dos textos que dialogan y se iluminan recíprocamente. Soberbio experimento formal. Cinco párrafos corresponden al Limón, cuatro al Paisaje. Relación de estricta alternancia. Dos textos en uno. Podríamos tomar todos los párrafos consagrados al Limón (Ll, L2, L3, L4, L5), segregados del resto de la obra, y quedarnos con un texto perfectamente coherente y completo en sí mismo. Otro tanto podríamos hacer con las cuatro secciones atinentes al Paisaje. El Limón tiene menos temps de parole que el Paisaje, pero abre y cierra el texto, convirtiéndose en marco formal de la obra, y además se beneficia de las metáforas matrices –que no por casualidad son también las más bellas– de la obra. Yolanda ha evitado la simultaneidad de los textos. Formalmente, los ha yuxtapuesto según una relación de estricta contigüidad, como compartimentos estancos. Es al lector a quien corresponde exclusivamente la labor de establecer la síntesis dinámica entre ambos planos. Yo no hablaría de polifonía ni de contrapunto (concepto que supone la simultaneidad de las voces). Evocaría más bien el juego de preguntas y respuestas antifonales del canto gregoriano o de la música del maestro renacentista Andrea Gabrieli, que apostaba pequeñas orquestas de bronces en diferentes puntos de la iglesia para que a la distancia intercambiaran sus “parlamentos”, uniendo voces solo en esporádicas ocasiones.

En el dominio poético hay una forma que, mutatis mutcmdi, puede emparentarse con toda legitimidad al experimento de Yolanda. Me refiero al pantoum, género poético de origen malasio introducido en Francia (con las “aclimataciones” inevitables) por Théodore de Banville (Pequeño tratado de la poesía francesa) y Victor Hugo (notas de su colección Las orientales). Nuevo juego de gemelitud, de diferencia en la identidad. Musical, sinuoso, desafiante para el intelecto (que trata desesperadamente de discernir los “dos poemas en uno”) y seductor para la sensibilidad (hechizada esta por la ambigüedad semántica y el misterio del texto). Desde el principio hasta él final del pantoum, el poeta desarrolla dos sentidos paralelamente: un sentido en los versos primero y segundo de cada estrofa; otro sentido en los versos tercero y cuarto de cada estrofa. Otra regla fundamental: el segundo verso de la estrofa se convierte en el primero de la siguiente, y el cuarto verso de la estrofa deviene el tercero de la subsecuente. En suma, dos poemas trenzados, que deben conservar un sentido global y unitario, y al mismo tiempo dos sentidos independientes inextricablemente ligados. Para probar la eficacia del pantoum basta con reescribir los versos que construyen el “primer sentido”, y hacer lo mismo con los versos del “segundo”. Si ambos conservan su integridad semántica y sonora, el poema puede considerarse un éxito. Como hacer el “crucigrama absoluto”, aquel donde no habría casillas negras sino saturación y plenitud de sentido. Un tour de forcé poético, si alguna vez lo hubo. La “Apología del limón dulce y el paisaje” bien puede ser descrita como un pantoum en prosa. Invito ya mismo al lector a seguir de manera continua los párrafos Ll, L2, L3, L4, L5 por una parte, luego los párrafos Pl, P2, P3, P4, para constatar la perfecta coherencia de ambos textos y, de surplus, la eficacia formal del macrotexto. ¿Pasa algo en la obra que estudiamos? Por otra parte, ¿qué es pasar? Digamos, si así lo prefieren, ¿acontece, sucede, o nos es narrado algo? Respuesta aporética: pasa todo y al mismo tiempo no pasa nada. No es un relato. No es exactamente un poema en prosa, a la manera de los que nos legaran Baudelaire, Rimbaud, Valéry, Valle Inclán o Martí. No es exactamente un ensayo. ¿Lo que Unamuno llamaría –y tal fue el título que dio a una de sus obras menos conocidas- “paisaje del alma”? Quizás. Acudamos, desesperados por saciar nuestra manía taxonómica, a las formas híbridas: ¿un ensayo poético”?, ¿un “apunte”?, ¿una “divagación introspectiva”? ¿una “viñeta poética”?, ¿una “acuarela literaria”? (¡cuan cursi!), ¿una “meditación poética” a la Lamartine?, ¿un “cuento poético-ensayístico”? Sin duda todas esas cosas y algunas que ni siquiera sospechamos. Yo propongo otra cosa: que nos reservemos los catálogos para las líneas de electrodomésticos, los cosméticos o los inventarios de modelitos “de marca”. La literatura no necesita catálogos. Es, por definición, lo que no se puede catalogar. En nada contribuye al gozo o la elucidación formal de la obra el colgarle un marbete consignando su género “oficial”. ¿Qué es entonces la “Apología del limón dulce y el paisaje”? Se lo voy a decir, renunciando con ello de una vez por todas a los conatos de definición alguna vez intentados: es un texto supremamente bello. Nada más y nada menos que eso. Si hemos de entender la narración en su sentido convencional, tendríamos que concluir que en el texto no acontece nada. Todo en él es descripción. Una ininterrumpida sucesión de stasis. Pero esto no significa inmovilidad: está el dinamismo interno de la contemplación, del pensamiento. Solo él se mueve. No de manera especulativa-proposicional, como en el discurso científico, sino analógica-metafórica, que es lo propio de la literatura. En vano buscaremos los nuclei barthesianos, esos puntos de articulación, esas “bisagras narrativas” que imprimen insospechados golpes de timón al relato. No puede haber tales en un texto que no narra, sino describe dinámicamente la sucesión de imágenes y el itinerario espiritual que estas trazan en una sensibilidad contemplativa y buscadora de sentido. Una aventura interior. Decurso del pensamiento. Tengo para mí que cuando la narración está ausente la descripción debe ataviarse de colores, texturas y olores lo más llamativos posibles. La descripción profusa en el contexto de una acción vertiginosa es un despropósito. Otro tanto lo sería la descripción a lo Balzac (sus secas enumeraciones de inventario) cuando la acción externa es lenta o nula. Y, en efecto, la “Apología del limón dulce y el paisaje” es una verdadera apoteosis de la descripción, en lo que esta puede tener de más polícromo y ricamente texturado. Los cinco párrafos del Limón acumulan veintiséis adjetivos, veintitrés sustantivos y seis versos. Aun cuando la riqueza adjetival es propia de la descripción, las proporciones que Yolanda ofrece saturan el texto de calificativos, sin dejarnos por ello una impresión de barroquismo. Buen momento para recusar uno de los peores lugares comunes a que lectores y escritores suelen adscribir acríticamente. Barroco puede ser un texto perfectamente limpio y dépouillé en virtud de lo abigarrado e intrincado del pensamiento. Correlativamente, puede ser nítido y económico un texto lleno de adjetivos, si estos se saben distribuir correctamente. En otras palabras, la profusión adjetival no equivale a barroquismo, y la concisión del lenguaje no implica necesariamente la claridad y sencillez del pensamiento. Aunque ciertamente profusa y suntuosa, la prosa de la “Apología del limón dulce y el paisaje” no es barroca (¡y bien podría serlo, que esta no es, después de todo, una mala palabra!) El barroquismo no es una magnitud: no depende de la cantidad de adjetivos que se usen, sino de la forma en que se administren y del ritmo que se les imprima. Los párrafos “del limón” incrementan la función adjetival metódicamente: ningún adjetivo en Ll, dos en L2, seis en L3, ocho en L4 y once en L5: “El limón amarillo de pulpa gótica ha dejado en mis labios un regusto amargo, peregrino, que por inusitado tiene la maravilla ignota de una sorpresa y por seco, oportuno, cierto, el sello de una olvidada, añeja elegancia” “peregrino” opera aquí como una hipóstasis, esto, es, una palabra usada en una función sintáctica distinta a la que le es habitual: siendo sustantivo asume el momentáneo rol de adjetivo). Cierto lo que decía Musset: un sustantivo que siempre apareciera acompañado por un adjetivo es como un soldado que fuese a la guerra con su propio valet. Ello no obstante, debemos recordar que el adjetivo no solo singulariza, distingue y confiere un carácter concreto a un sustantivo: lo constituye, además. La sustancia de Aristóteles es inconcebible sin los atributos. Imaginemos, por ejemplo, un caballo. Comencemos a despojarlo de cada uno de sus atributos: blanco, brioso, grande, bello, salvaje, leal, raudo, saludable, manchado, viripotente, trotón, alegre, juguetón… al final nos quedamos sin caballo, la sustancia se evapora al verse despojada de todos sus atributos. Termina uno concluyendo que, si el adjetivo no podría existir sin el sustantivo, lo inverso es igualmente cierto. El adjetivo no es una función o un ornamento del sustantivo. Su misión no es engalanarlo: ¡es constituirlo! Es mucho, sospecho, lo que la lingüística del género podría decir al respecto: el hombre-sustantivo, la mujer-adjetivo que no tiene densidad ontológica y está ahí únicamente para adornarlo… Sea como fuere, Yolanda confiere al adjetivo una función constitutiva de la realidad, no puramente evocativa u ornamental. Todos los registros sensoriales son convocados: la forma (“oblon-gada”), el color (“amarillo”), el tacto (“oleosos”), el sabor (“amargo”) y el olor (“aromados”). Texto “en La menor”, su tonalidad predominante es, a oídos del músico que esto escribe, la nostalgia (“secreta”, peregrino , ignoto , olvidado , anejo , gris , vagarosa, sueño”). La obra replantea, por medio de la sinestesia (la correspondencia entre diferentes estímulos sensoriales), la inmemorial doctrina de la unidad indivisa del universo. Bajo la apariencia sensible y los datos fenoménicos que los sentidos nos procuran, el mundo está concebido como “una tenebrosa y profunda unidad, vasta como la noche y la claridad, donde los perfumes, los colores y los sonidos se responden” (Baudelaire: “Correspondencias”) Inmediatamente después, añade el autor de Las Flores del Mal: “Hay perfumes frescos como las carnes de los niños, dulces como los oboes, verdes como las praderas.” Cuando Yolanda habla, por ejemplo, de la “arquitectura” de un limón, establece un vínculo sinestésico entre lo gustativo (el limón) y lo visual (la catedral). De esta compleja red de analogías se desprende una concepción de mundo unitario, un mundo en el que la diferencia es tan solo aparente. Indisolublemente ligada a este principio está la prosopopeya, por mor de la cual el autor atribuye facultades humanas a objetos inanimados, a seres abstractos, animales (en el caso de las fábulas) o simplemente a personajes ausentes o muertos. Hija del viejo y narcisista humanismo antropocéntrico de Protágoras (“El hombre es la medida de todas las cosas”), la prosopopeya o personificación “contamina” –como diría Robbe-Grillet– el mundo exterior de humanidad. Es de manera un tanto derogatoria que en 1856 (Modern Painters) John Ruskin denomina este procedimiento “falacia patética”, esto es, adscribirle falazmente sentimientos (pathos) a cosas o seres que son incapaces de ellos. No es exagerado afirmar que en la prosopopeya encuentra Yolanda la matriz metafórica de toda su obra. Miles son los ejemplos que de ella podríamos mencionar. El más elocuente se encuentra en su relato “Misa de ocho”: “La maravillosa luz de verano lo va llenando todo, se sienta en las bancas, se arrodilla sobre los reclinatorios, se acuesta en el mosaico y se soba suavemente con las molduras doradas del altar. “La gente va entrando: desaloja lentamente la luz de los asientos, de los reclinatorios, hasta del suelo y va llenando, llenando como una arteria derramada, el ámbito de la iglesia”. “La luz que antes se había apoderado del cuadro saliendo de su marco, vuelve a colocarse en él, tirante, transparente y sedosa. Sólo queda un abrazo luminoso que se dan las dos puertas de un extremo a otro de la iglesia. Ha salido el ambiente y ha entrado el color.” La “Apología del limón dulce y el paisaje” revienta de prosopopeyas igualmente bellas, pero no tan extensas. El ejemplo anteriormente citado corresponde a lo que los franceses hubieran llamado une métaphore filée (una metáfora tejida), esto es, una metáfora axial que da lugar a otras figuras derivadas. Imposible hablar de prosopopeyas sin aludir al animismo, esto es, la doctrina que consiste en atribuir a las cosas un alma análoga a la humana: “Objetos inanimados, ¿tenéis acaso un alma que se aferra a nuestra alma y nos fuerza a amar?” -se pregunta Lamartine en Milly o la tierra natal. El animismo siempre nos remite a la infancia, esa época en la que todavía no entendemos el fenómeno de proyección del sujeto sobre el objeto, y todo a nuestro alrededor siente, vive, desea, ríe o llora. Baudelaire dijo alguna vez que es el niño el que en todo artista crea. Si esto es así, animismo, infancia y arte son inconcebibles los unos sin los otros. Y ahí está Yolanda, con mirada de niña-poeta, descubriendo el alma del limón, del árbol, del crepúsculo, de la noche, y recogiendo con ello una tradición que va de Píndaro a Borges sin haber nunca perdido su vigencia como tropo poético fundamental. El Limón y el Paisaje se trenzan en un solo texto como si de secuencias paralelas se tratase. En el campo cinematográfico una secuencia es una serie de planos unidos por un tema común. Una secuencia paralela nos revela dos series de planos asociados a acciones, personajes o lugares diferentes (los planos de una armada que cabalga en una dirección, los planos de la armada rival, que corre hacia la inevitable colisión). La “Apología del limón dulce y el paisaje” bien puede ser descrita como una secuencia paralela: la “edición” hace que las “tomas” del limón alternen rigurosamente con las “tomas” del paisaje. Un caso de secuencia paralela avant la lettre nos la proporciona el magistral capítulo de los comicios agrícolas en la novela Madame Bovary, de Flaubert. Por una parte, el alcalde de la rústica Yionville anuncia a gritos a los ganadores de los premios por la mejor vaca, el mejor cerdo, la mejor cabra del año; por otra, Emma y Rodolphe dialogan amorosamente, sobrepujando cada uno el lirismo del otro. Consideremos ahora en detalle los cinco párrafos consagrados al Limón. Ll – “He bebido en este limón todo el tibior de mayo”. Una oración. Sinestesia inaugural entre “bebido” (gustativo) y “tibior” (táctil). Un auténtico verso de catorce sílabas, con cesura después de “limón”, esto es: 8 + 7. La palabra clave “limón” conjuga todos los sentidos: vista, olfato, gusto, tacto y sonido (implícito en el acto de beber). L2 – “El limón que muerdo tiene una arquitectura secreta en góticas catedrales de cristal”. Nueva oración aislada. Entran en juego los imaginarios religioso y arquitectural. La catedral gótica nos remite al cristal de los vitrales, mientras que el epíteto “secreto” evoca los subsuelos y laberintos del templo. El Limón contiene una catedral. Lo desmesurado y monumental cabe en lo pequeño. El Limón-catedral deviene microcosmos. Es un mundo cerrado, como el “Rosebud” del Ciudadano Kane, el pequeño domo de cristal en el interior del cual se apretaba el “tiempo en flor” (Machado) del protagonista, la cabaña bajo la nieve… tan cercano y al tiempo tan lejano. Auto-contenido. Hermético. El misterio de “lo infinitamente pequeño” (Pascal). En La ruta de su evasión encontramos una fascinación similar por los mundos cerrados. Roberto sale de su casa en busca de don Vasco y se cruza, como había adquirido ya la costumbre de hacerlo, con una criadita de piel morena, dorada. Roberto desea que “esa carne morena esté a su alcance alguna vez para limpiar con la mano, suavemente, las gotitas que el agua al ser vertida prende sobre ella;” anhela hasta el martirio “ver las gotitas convertirse en chorro y resbalar de las panto-rrillas de la muchacha a sus manos que las recogerán cuidadosamente”. El mundo en una gotita de agua… L3 – “El Limón tiene entre los joyeles de su pulpa múltiple, almidonados tabiques blancos que regulan, crispados y húmedos, el gusto pronto a desbordarse en el dulzor uniforme de la fruta”. De nuevo, una sola oración, solo que esta vez sintácticamente más compleja. Claro queda el predominio de lo táctil y, en menor medida, de lo visual: “almidonado”, “crispado”, “húmedo”, “uniforme”. Las palabras “joyel” y “tabiques” nos sumergen aún más hondamente en los imaginarios sagrado y arquitectural. El joyel es, por definición, algo cerrado, oculto, sacro. Yolanda nos propone la imagen de un microcosmos (el joyel) alojado dentro de otro microcosmos (el Limón-catedral). Como las muñequitas rusas o las cajas chinas, cada elemento es a un tiempo contenido y continente. L4 – “La piel amarilla clara del limón yace a mis pies, en blandas cunas oblongadas de lecho níveo, lunadas de soles oleosos y aromados en su cubierta exterior”. Hermosa la configuración de sustantivo y adjetivos: “.. .blandas cunas oblongadas…” (ASA), donde el sustantivo queda flanqueado por dos adjetivos que a su vez conforman una aliteración: “blandas”, “oblongadas”1. Se me viene a la mente -¿y cómo resistir la tentación de citarla?- una hermosa instancia de sustantivo flanqueado: “Bullanguero bando súbito de los gorriones” (Juan Ramón Jiménez: Platero y Yo) En general, las otras configuraciones obedecen al esquema (SAA). Una vez más, los adjetivos no crean aquí una impresión de barroquismo, sino de oleaje, de fluidez musical producto de las asonancias y aliteraciones* hábilmente distribuidas a lo largo de la oración única. “Amarilla clara”: cinco aes que abren el sonido hacia la luz. La escogencia del epíteto “oleosos” después de “sol” no es en modo alguno adventicia. Después de todo, otras opciones no faltaban: “oleaginoso”, “aceitoso”, “untuoso” (“oleaginoso” es, convendrán ustedes, una palabra fónicamente fea, así que bien se entiende que haya sido descartada). Yolanda ha elegido “oleoso” para crear un efecto paronomástico con “sol”. La primera palabra “contiene” a la segunda. Basta con repetirla varias veces para constatarlo: oleososoleososoleoso. El resultado es próximo al de un calambur, es decir, un juego de palabras que se produce cuando un reagrupamiento y una redistribución de una o más palabras producen un sentido distinto, tal el caso de “Sóngoro cosóngoro” (Guillén). No menos significativo es el uso del adjetivo “oblongadas” en lugar de “oblongas”: la primera es una palabra resonante –lo que los pianistas llamarían un nota “con pedal”: se prolonga, dilata y diluye a través del tiempo–. “Oblongas” es, en cambio, una palabra “sin pedal”, seca, parca, inapropiada al ritmo general de la prosa. No debemos dejar de señalar la antítesis “lunadas de soles”, así como la sinestesia “soles oleosos y aromados” donde se conjugan lo térmico con lo táctil y lo olfativo. La frase “blandas cunas oblongadas de lecho níveo” nos instala de lleno bajo el régimen metafórico de la maternidad, reforzado por el adjetivo “lunadas”, que no solo nos remite al simbolismo materno de la luna, sino que, por la forma que sugiere (la media luna), evoca la cuna ya mencionada antes. “Blandas cunas oblongadas (…) lunadas de soles oleosos y aromados en su cubierta exterior”: ¿qué lector no habría de sentir la impresión de deliciosa blandura, de lento arrullo que las sonoridades (predominantemente óes y úes) crean por medio de su pura materialidad sonora? El valor fonosimbólico conferido al lenguaje acerca este pasaje a la poesía pura. Armonía imitativa o fonética impresiva (Brémond) son los términos con que suele designarse este fenómeno. Cuando Racine escribe “Pour qui sont ees serpentes qui sifflent sur vos tetes?”** , la saturación de la frase con el fonema “s” evoca de inmediato el sibilante sonido de la lengua de la serpiente. En otro registro, “Les sanglots longs des violons de l’automne bles-sent mon coeur d’une langueur monotone”*** , de Verlaine, extrae de la sonoridad “on” el máximo partido para crear en el lector la impresión de un lamento, y si no queremos ser tan explícitos, por lo menos de una profunda melancolía. L5 – “El limón amarillo de pulpa gótica ha dejado en mis labios un regusto amargo, peregrino, que por inusitado tiene la maravilla ignota de una sorpresa, y por seco, oportuno, cierto, tiene el sello de una olvidada, añeja elegancia”. Un ensayo de considerable extensión podría escribirse sobre este párrafo-oración, soberbio acorde final para un texto que ha evolucionado de la hipo-connotación a la hiper-connotación, de lo simple a lo complejo a ritmo lento pero seguro. Once adjetivos, ocho sustantivos. Del sujeto (el Limón) se predican, mediante una serie de ingeniosas subordinadas, los siguientes atributos: “amarillo”, “gótico”, “amargo”, “peregrino”, “inusitado”, “ignoto”, “seco”, “oportuno”, “cierto”, “olvidado” “añejo”. Como era imposible hacer del Limón el referente de tal torrente adjetival, Yolanda crea, por así decirlo, una serie de sujetos secundarios, todos ellos conectados a la fruta en cuestión por una relación de hiperonimia, esto es, una proceso de inclusión dirigido desde lo más general hacia lo más específico. Así, “Limón” es hiperónimo (es decir, “contiene a”) de “pulpa” , “regusto” “maravilla” y “elegancia”, aunque de lo que más se habla en el párrafo (seis adjetivos) es del “regusto”. De esta manera, el Limón es amarillo; la pulpa, gótica; el regusto, amargo, peregrino, inusitado, seco, oportuno y cierto; la maravilla, ignota; la elegancia, olvidada y añeja. El esquema general es (SA) o (SAAA), pero para el último segmento de la oración, Yolanda nos sorprende con un oportuno AAS que cierra con toda elegancia (¡precisamente la última palabra!) el texto. Volvemos aquí a la lexia religiosa de L2: “gótica”, “peregrino”, “maravilla”, “ignota”, con lo que el texto asume una estructura circular (ABA), Ll actuando quizás como un brevísimo, casi epigramático preludio. Todo lector sensible agradecerá, en tan profusa adjetivación, la supresión de la partícula “y”. Los epítetos se hallan tan solo separados por comas. El sistemático uso de la conjunción copulativa “y” –especialmente antes del último adjetivo de cada serie– hubiera tornado el texto pesado y reiterativo. Por lo demás, la sinestesia campea soberana, así como la prosopopeya: ¡un regusto “peregrino”, “oportuno” y “cierto”! ¿Quién sino un poeta o una poeta de primer orden podría “ver” tantas cosas en el regusto de un limón dulce? Pl, P2, P3 y P4 son mucho más extensos. Comparadas con ellos, las oraciones consagradas al Limón operan como pilotes demárcatenos o puntos de articulación del discurso. También aquí los fragmentos van en aumento. Del Pl conciso y lleno de suspicacia por la dulzura de la tarde- al extenso y proustiano P4, la longitud de los períodos tiende a incrementarse, y las oraciones devienen más largas, más circunvolutas. Estamos, así pues, frente a dos secuencias que crecen de manera paralela, equidistantes en todo punto de sus trayectos. Observemos, por ejemplo, la primera oración de Pl, una vez más, seca y desprovista de pedal”, de resonancia: “La tarde tiene una dulzura en la que no creo”. Pasemos ahora a la última oración de P4: “Los que pasaban vertiginosos e inasibles momentos antes, se incrustan tenaces, abiertos, todos a la vez, en báquica orgía de perfumes, y ya no se sabe si son muchos y definidos, si es el humilde olor de la tierra este enervante aroma sensual que sube pesado como una promesa por el aire; si es el casto olor de las piedras este tibio, jugoso, circunvalante gusto que pulsa la sensibilidad; si es el argentino, transparente olor de las flores este mieloso, espeso perfume que gana la atmósfera, la oprime y la domina persistente, abrasador, embriagante, olor impositivo, el que horada los sentidos y permanece allí, seguro para siempre”. Como en los fragmentos del Limón, la adjetivación se hace más torrencial: veinticuatro epítetos, a veces asumiendo la forma acumulativa del asíndeton (etimológicamente: supresión de “nudos”), esto es, la figura sintáctica consistente en la eliminación de los lazos formales entre dos términos o proposiciones, particularmente en las enumeraciones descriptivas. He aquí a lo que me refiero: “.. .espeso perfume que gana la atmósfera, la oprime y la domina persistente, abrasador, embriagante, olor impositivo…” Una acumulación desprovista de partículas sintácticas unitivas, muy en el estilo de ciertos versos de Victor Hugo (“El siglo ingrato, el siglo atroz, el siglo inmundo;”)**** Solo para calificar el perfume de la tarde Yolanda convoca los adjetivos “mieloso”, “espeso”, “persistente”, “abrasador”, “embriagante”, según el esquema (AASAAA). Bella prosopopeya en la primera oración de P4: “La noche cae, despacio y aburrida”, que también opera como una’enálage, esto es, una figura gramatical apoyada en el cambio funcional de una parte del discurso por otra, por ejemplo, los modos y tiempos del verbo, el adjetivo en lugar del verbo o el adjetivo en lugar del adverbio (por ejemplo: “mañana me iré, corre rápido”, en lugar de “mañana me iré, corre rápidamente”). En el caso del texto de Yolanda, la enálage está en la sustitución de “despaciosamente” y “aburridamente” por despacio y aburrida. Una cosa es segura en la indefinición formal del texto: se mueve entre la andadura lineal de la prosa y la andadura sinuosa y curvilínea de la poesía. Camina bailando. (La sustancia poética de este estilo queda manifiesta en la adaptación poética versificada que del “Espíritu de mi tierra” ensaya Lilly Guardia). Se apoya en la realidad material y sensible para construir, a partir de ella, un mundo mágico (no poco en él parece anticipar algunos de los recursos retóricos más socorridos del realismo mágico). No es descabellado asumir que la naturaleza tan frondosamente descrita por Yolanda corresponde a la realidad geográfica costarricense, como se desprende de la vegetación lujuriosa (el “verde veronés”), el polícromo colorido, la humedad, el calor, la peculiar tonalidad de la luz vespertina… A la arquitectura gótica (manifestación eminente de la cultura) responde la arquitectura de la naturaleza (¿no describe Baudelaire los árboles como grandes pilares?***** ; ¿no se habla con frecuencia de la bóveda de los bosques y del santuario de la naturaleza?) Tal es precisamente la metáfora matriz en que se sustenta el texto “Apología del limón dulce y el paisaje”. Pero Yolanda se reserva para el lector un secreto más. Cifrado. Un elemento autorreferencial, la clave, (la clef de voüte) de su admirable texto. Todo está dicho en L2: “El limón que muerdo tiene una arquitectura secreta en góticas catedrales de cristal”. El guiño de ojos. La insinuación del “secreto”. Y este no es otro que la autorreferencia. Referencia a la arquitectura misma del texto, que el lector debe desentrañar. El limón está estructurado como el texto, el limón es el texto, su correlato y equivalente material. El limón contiene el texto, o si así lo prefieren, el texto tiene lugar dentro de ese espacio acotado que es el limón. Todo reposa sobre una enorme metonimia: el limón y el texto están vinculados por una relación continente-contenido, y en el interior de esta metonimia se decantan mil espléndidas metáforas. “Apología del limón dulce y el paisaje”: ¿prosa? ¿poesía? No lo sé. Pero ciertamente, acertijo. NOTAS: * Recordemos que en el idioma francés la aliteración se diferencia de la asonancia en que la primera designa un paralelismo fónico de consonancias, mientras que en la segunda aludimos a un paralelismo vocálico.

Comprar “La ruta de su evasión”

En español el término genérico “aliteración” suele ser usado indistintamente para ambos fenómenos. ** Andrómaca: Acto V, escena V *** Poemas saturnianos: “Canción de otoño” **** La leyenda de los siglos: “La visión de donde surgió este libro” ***** Las Flores del Mal: “Correspondencias”

Enlace original del artículo, página de diario La Nación

¡Enhorabuena, Cocorí! Reflexiones sobre una obra literaria

Cartín de Guir, Estrella. “¡Enhorabuena, Cocorí! Reflexiones sobre una obra literaria”. La Nación (San José, Costa Rica), 15 de agosto de 2003, página 19A

Byron Moreno / La Nación

Hemos presenciado recientemente una polémica de corte inusual en nuestro medio. El tema en discusión ha sido una obra literaria: Cocorí, el relato maestro de Joaquín Gutiérrez, una de las más reconocidas obras de la literatura costarricense.

Pero lo interesante y positivo de esta polémica ha sido la disposición de la sociedad para atender y reaccionar ante el debate creado. Se ha suscitado enorme interés por la obra. El que no la había leído corrió a hacerlo y quien ya la conocía y se había deleitado con ella la releyó con nuevos ojos. El interés por una obra literaria ha sustituido por unos días los más gratos temas del costarricense: la política y el fútbol. Síntoma todo esto de un avance del nivel cultural del país porque solo una comunidad culta y reverente de sus valores reacciona así ante el destino de una de sus obras más apreciables.

Se han publicado múltiples y conceptuosos artículos sobre el relato; se han realizado mesas redondas, entrevistas, debates, etc. y lo más importante es que no solo han participado intelectuales, sino que estudiantes, padres de familia y el pueblo en general se han involucrado en el asunto y están ávidos de recabar opiniones sobre el tema. ¡Enhorabuena, Cocorí!

Aprovecho la ocasión para exponer algunas reflexiones sobre la obra como creación literaria.

El epígrafe de una obra es un elemento deíctico o marca textual que sintetiza el contenido de un texto y orienta al lector acerca de la intencionalidad del autor y el desarrollo de la temática.

Brevedad de la rosa. El epígrafe de Cocorí está tomado de un soneto de Quevedo y alude a un tema de antigua tradición cultural: la fugacidad de la vida y las vanidades humanas, simbolizada en la brevedad de la vida de la rosa: “A breve vida nace destinada, sus edades son horas en un día”. Símbolo reiterado en la literatura grecolatina, aparece en Horacio asociado al tema del Carpe diem (Goza el día).

Esa exhortación a gozar de la vida y a gustar el fruto de la primavera pasa de la cultura clásica al Renacimiento, donde es posible rastrear el tema en poetas como Garcilaso de la Vega, Poliziano, Ronsard.

En un soneto del poeta toledano leemos: “En tanto que de rosa y azucena/ se muestra la color en vuestro gesto/ y que vuestro mirar airado, honesto/ enciende el corazón y lo refrena…/ Coged de vuestra alegre primavera/ el dulce fruto…/ Marchitará la rosa el viento helado,/ todo lo mudará la edad ligera”.

En el barroco es visible de nuevo en Góngora y Quevedo. Un soneto de Quevedo, alusivo a la rosa comienza así: “Naciste ayer y morirás mañana/ para tan breve ser ¿quién te dio vida?”.

La obra de Joaquín Gutiérrez está inserta en la tradición de la cultura universal. En la configuración del protagonista, el autor recrea los grandes arquetipos de la cultura occidental.

En pos de la verdad. Cocorí es un héroe a la manera del héroe universal. Este es un personaje que, impulsado por un acontecimiento crucial en su vida, emprende un viaje en busca de la verdad, la justicia y los más nobles valores del ser humano. En ese viaje único, el héroe debe superar pruebas y vencer obstáculos. Ejemplos de este arquetipo heroico son Jasón en pos del Vellocino de Oro, Ulises, Don Quijote, etc. Cocorí responde a este paradigma. Es un niño pensador, inquisidor, que busca una verdad. Necesita una explicación para algo ilógico: la muerte prematura de su rosa. ¿Por qué si era tan hermosa y lo hizo feliz, vivió solo una horas, en tanto que otros tienen una larga e inútil existencia?

En busca de la respuesta, emprende su periplo por la selva y enfrenta peligrosas aventuras. El crucial acontecimiento motivador en su vida ha sido el encuentro con la niña del barco. Ella se convierte en la dama de sus sueños, es su Dulcinea. En su viaje, el héroe va siempre acompañado de un escudero que, a veces temeroso, lo secunda en sus aventuras. Cocorí comparte sus andanzas con el monito Tití.

En su recorrido indagatorio visita al campesino, quien no está para dar respuesta a niños preguntones; interroga a la tortuga, cuya experiencia de la vida la ha convertido en filósofa y aconseja al niño que visite al caimán y a Talamanca, la Bocaracá. Pero ninguno es capaz de dar una respuesta a Cocorí.

Es, finalmente, el Negro Cantor, el artista, el filósofo, él que, como otro Orfeo que encantaba a los animales con la música de su lira, congrega a su alrededor las abejas con el hilo de miel de sus melodías, quien le da la respuesta. De nuevo, dentro de la tradición de la cultura universal, la verdad está en el arte; su poseedor es el creador artístico.

Una linda vida. Es él quien responde satisfactoriamente a Cocorí. Ante la queja del niño por la brevedad de la vida de su rosa que era linda y buena, responde sabiamente: “Te engañas Cocorí, no fue una vida corta. ¿No viste que tu rosa tuvo una linda vida? ¿No viste que cada minuto se daba entera hecha dulzura y perfume? ¿No ves que tu rosa tuvo en su vida luz, generosidad, amor? Tu rosa vivió en algunas horas más que los centenares de años de Talamanca y don Torcuato. Porque cada minuto útil vale más que un año inútil”.

Esta universalidad de la obra y su arraigo en la cultura occidental las ha reconocido el lector europeo, y esto podría explicar en parte la entusiasta acogida que el relato ha tenido fuera de la patria.

Su universalidad, unida a los valores básicos del comportamiento humano contenidos en la obra, tales como amor, amistad, solidaridad, verdad, generosidad, hacen de Cocorí un libro cuya lectura se vuelve imprescindible y obligatoria para niños y jóvenes.

No permitamos que estos valores se opaquen y se dañe la comprensión del texto por enfrascarnos en una estéril lectura en blanco y negro.

Comprar obra “Cocorí”

El personaje literario Cocorí

Conde, Eric. “El personaje literario Cocorí”.  Semanario Universidad (San José, Costa Rica), 12 de febrero de 2004, p. 18

 

La primera característica que debe tener un buen personaje es que sea nuevo, y Cocorí lo es. Sus rasgos individuales físicos y psicológicos son únicos.

Cocorí es un personaje memorable, por lo menos dentro de la literatura infantil costarricense.

Carmen Lyra estableció una literatura para niños contundente, que no ha sido igualada en nuestro país hasta hoy; pero sus aciertos (muy bien merecidos), son en el nivel de lenguaje, de estilo, de gracia, de fantasía y autenticidad criolla (que no es poco), pero Carmen Lyra no creó ningún personaje nuevo: desde Tío Conejo hasta la Cucarachita Mandinga (Cucarachita Martina en el resto del mundo), todos sin excepción fueron tomados de la literatura clásica europea.

Sin embargo, Cocorí es costarricense, y no tiene otro equivalente en la literatura. Cocorí es convincente y típico.

No podemos hacer un análisis literario de un libro infantil, cuyo primer propósito es lúdico, esperando que el niño lector haga un análisis político del texto, como han pretendido algunos críticos literarios. Sin embargo, debemos tener en cuenta la época y las circunstancias históricas en que se escribe el libro. Tenemos que ubicarnos en un niño limonense anterior a 1947, cincuenta y seis años atrás. Si este personaje literario, que es un ser de papel, hubiese tenido un equivalente humano, hoy fuera un viejo de más de sesenta y tres años.

Un elemento básico que no puede obviar ningún análisis crítico en narrativa, es el punto de vista del narrador, que en este libro es positivo y transparente. Si el escritor hubiese contradicho el punto de vista del narrador con cualquier elemento negativo en contra del héroe: racismo, cobardía, fealdad física, hubiese destruido el poder de persuasión de la novela; en otras palabras es literariamente imposible asumir el racismo en un texto para niños en detrimento del héroe (desde la voz del narrador).

El narrador no puede atacar al héroe en un libro destinado a los niños. Eso sólo puede hacerlo otro personaje (un villano, una bruja, una madrastra mala…), pero en el libro “Cocorí” no existe un antihéroe que pueda asumir ese rol. El cocodrilo y la bocaracá no están diseñados para burlarse del niño por ser de raza negra, la niña del barco no puede hacerlo porque es buena y le da un beso y una rosa.

Para decir que el racismo está sugerido en el libro habría que cargarle las culpas al narrador. No existe en el mundo un narrador omnisciente o testigo en un texto destinado a los niños que agreda al héroe y muchísimo menos un narrador protagonista que se agreda a sí mismo.

Cocorí como héroe y protagonista de un libro destinado a los niños es lo único que puede ser en su rol: un niño valiente, bonito, audaz, que se gana nuestra simpatía.

La literatura destinada al lector adulto se rige por otros patrones. El protagonista en “El Perfume”, de Patrick Süs-kind es un asesino jorobado y deforme, y en “La Metamorfosis”, de Kafka, el protagonista se ve transformado en un enorme insecto aborrecido por su familia.

Se supone que a nadie se le ocurre leer estos textos en el kínder.

Comprar “Cocorí”