Milagro de la Paz: novela de la realidad salvadoreña de posguerra

Canales, Tirso. Milagro de la Paz: novela de la realidad salvadoreña de posguerra. Diario Latino. Suplemento Cultural 3000. (San Salvador, El Salvador), 24 de junio de 1995

Es la quinta de Manlio Argueta, y en ella el autor revela un alto grado de desarrollo estilístico de su narrativa.

Tributa merecido homenaje a la mujer trabajadora que se debate en medio de una situación trágico-optimista.

I

La primera cuestión que debo destacar como importante en la novela Milagro de la Paz, de Manlio Argueta, es el protagonismo trágico-optimista de tres mujeres: Latina, Magdalena y Crista. Ellas son laboriosas y emprendedoras para no dejarse amilanar ni vencer por las duras situaciones que les antepone la vida, la discriminación social, el fetichismo y el peso casi aplastante de las creencias y tradiciones culturales oscurantistas. Latina, Magdalena y Crista influyen en nuestro ánimo con su universo espiritual de inseguridad, miedo, desasosiego y lo inexplicable, “al pensar si los perros aúllan de miedo a la noche, a los hombres que trotan o a los seres desconocidos que en los últimos días han ido a tirar cadáveres en la calle de Las Angustias”.

De manera imperceptible, el ambiente taciturno se nos figura gris y deviene apoderándose de nuestros sentimientos de lástima, conmiseración hipócrita-católica para con que el prójimo… ¿O es el corazón del salvadoreño sentimental el que funciona? Yo diría que es sólo un aspecto de esto último. Los sentimientos que experimentamos surgen de la solidaridad más que social, humana, entre personas que sufren de soledad y desesperación por ellas mismas y por sus seres queridos. Múltiple sufrimiento. No hablo del clima de fatalidad en que están formados los personajes protagónicos, ya que estos son apenas criaturas ungidas de vida por el autor, para que digan lo que tienen que decir inmersas en sus circunstancias particulares; particulares sí, pero no exclusivas. Los personajes son símbolos, entes, vehículos estéticos, formas del ser artístico.

Pienso que el estado de ánimo protagónico creado desde el principio en Milagro de la Paz homologa una situación de expectativa salvadoreña en el período de la posguerra. Hay ciertos períodos en la vida de las sociedades en que el ánimo parece concentrarse y generalizarse en ciertos asuntos. Es lógico que para que suceda ese fenómeno “sicológico-social” debe existir interés “de todos” aunque por distintas razones e interpretaciones. Milagro de la Paz ha sido creada recientemente.

El autor empezó a escribirla luego de que la mayoría del pueblo, partícipe directo en el conflicto vivido en El Salvador, comenzó a sentir el gran vacío dejado en sus expectativas por los resultados de la guerra. Los salvadoreños pobres, o sea el 90% esperaban más de un conflicto que penetró tanto en el espíritu por lo doloroso, cruel y traumatizante. No fue para menos. La guerra civil, como sabemos, devino en la manifestación armada de un conflicto largamente acumulado. En el transcurso de varias décadas, no pocas generaciones hubieran querido pelearla y echar sus suertes en la historia de una vez por todas: espíritu salvadoreño, si no exclusivo, típico por su radicalismo, “hoy ya me desgracié y voy a terminar de desgraciarme”.

Pero ocurrió que el pueblo que peleó la guerra esperaba otros resultados.

Esperaba más que una paz bastante formal. Mas que una guerra sorda, sin explosiones, pero aún latente. Cifraba esperanzas mayores. Por ello se involucró en la guerra y lo hizo de todo corazón.

Después de muchos anhelos reprimidos, de tantísimos sueños truncados, de tantas vidas sacrificadas, encontrarse con una realidad que muchos estiman prácticamente la misma, con sólo algunos matices insustanciales que no satisfacen porque lo esperado era mucho más. ¿Pero qué era?. Sencillamente, mucho más: la medida de su satisfacción, ese es ahora el conflicto espiritual. Una gran parte de la nación no siente que tiene lo que se fue formando en sus expectativas y sigue haciéndole falta, ¿justicia? La acepción de ese concepto es amplia, igualmente las formas en que se concreta; peor aún, si la “paz” cobra con creces su “disfrute” mediante el encarecimiento y enflaquecimiento de la  canasta básica.

Los estados de ánimo de las sociedades son trasuntados por el arte, y tanto lo poesía como la narrativa tienen la virtud inmediata de aprehenderlos dotados con la nuevas formas apreciativas de la vida. Magdalena, la hija mayor de Latina, fue asesinada no por fantasmas, sino por hombres de carne, hueso y nefastas ideas, con nombres y apellidos conocidos en los expedientes gubernamentales y grupos de poder; sin embargo, nada se hizo ni se hace para satisfacer lo que el pueblo esperaba y aún espera. Ese es el asunto tipificado por la realidad y captado por el autor para ser contado en forma de novela. Un asunto, una situación, entre millares. Seguramente otros autores podrían estar escogiendo los casos y sucesos que narrarán. ¿Quién de nosotros no ha escuchado, como interlocutor tácito o expreso, estas innegables realidades? “Nosotros habíamos oído de los seres desconocidos, pero pensamos que nunca vendrían acá, mucho menos a matar a una mujer embarazada. Al principio creíamos que era obra de los coyotes, pero descubrimos las heridas en el cuello”. Eso responde a los hechos sufridos por personas, por seres sensibles, inteligentes, que conocen origen y esencia de tragedias que les duelen como familiares, y que la paz abstracta ignora por distintos intereses y motivos.

Los significados reales de “la paz” se establecen claramente en cada salvadoreño de acuerdo al dolor infligido por la guerra o por lo que la favoreció. No es lo mismo una paz cualquiera, o, si se quiere, “esa paz” y la que se esperaba con justicia. “La paz sea con vosotros” tampoco es equivalente a “la paz es entre vosotros”. Conocidos los hechos, Milagro de la Paz señala sin tapujos pero con el arte de las formas intelectivas de la ironía, al régimen responsable de la guerra y de tantas muertes, y que poco ha faltado para que condecoren a quienes las cometieron. La amnistía y la burla han sido sangrientas carcajadas de bocas enwhiskadas. El narrador: “El forense dictaminó que se trataba de balas. Tiradores certeros que pegan en el cuello a la distancia de un metro. Su marca registrada de la muerte, pues desde antes del disparo ya no hay posibilidad de vida”.

¿Qué historia es esta? La víctima propiciatoria de siempre se auto-interroga atribulada: ¿Por qué nosotras, que nunca hemos dañado a nadie?”. Esa es la pregunta cuestionadora que la hija menor hace a su madre, mientras esta le prepara la cesta con ropa para la venta con que deberá proseguir el trabajo que efectuaba Magdalena cuando fuera asesinada.

Es conmovedor para cualquier salvadoreño de posguerra, con inteligencia atenta para analizar, medir y asimilar la realidad de su país, escuchar la imprecación de la madre partida por el dolor ante el asesinato de su hija, a manos de “individuos fuertemente armados”, y que repitieron escenas de terror durante la guerra “de baja intensidad”, diariamente: “De ahora en adelante me dará vergüenza vivir”. Así sentencia Latina, mientras en una carreta baja del volcán con el cadáver de su hija Magdalena.

Con manos, que son todas corazón, acaricia el vientre muerto de su primogénita, que lleva en su seno igualmente muerto al nieto esperado. El, juntamente con quien sería abuela y con quien es ya madre muerta, ha sido la víctima del régimen que tiene por “sacrosanto el derecho a la vida de seres inocentes creados por Dios”. Latina, sin saber nada de la política mentirosa y de la moral hipócrita del gobierno de su país, El Salvador, con sus “manos de madre tan acariciadoras”, acaricia el vientre abultado de su hija. Siente a la distancia los perdidos pálpitos del pequeño corazón de quién habría sido su nieto y en ese contacto entre la muerte y la vida palpa su gran tragedia: “ ¿Por qué Dios es bueno con unos y malo con otros?”.

El autor de la novela demuestra esta vez, de mejor forma, que sabe captar aspectos sustantivos del pensar y sentir popular. Cuando habla de los “tiradores que exhiben su certera puntería para matar gente dormida y aciertan en el cuello a la distancia de un metro”. Aspecto este ampliamente manejado por la conciencia por el pueblo. ¿Quién no ha oído en El Salvador referirse a los “grandes guerreros”, minuciosamente preparados en la Escuela Militar y posgraduados en esas técnicas en Fort Braggs y Fort Bennigs? Armados hasta los dientes, necesitaron ir a matar a la población civil mientras dormía.

Sí, para quien está educado para matar, matar es su necesidad de oficio, su ocupación habitual, por ello es que intuitivamente la sociedad civil razona: “el que ha sido educado para matar no esta apto para sembrar frijoles, curar o sacar muelas”; a menos, digo yo, sin una re-educación radical que procure desalojar de la conciencia criminal la conducta que le enseñaron a practicar.

El pueblo se burla. No pierde oportunidad para lanzar sus dardos vengativos contra los responsables de millares de crímenes. De ese modo castiga a los verdugos. Así lo hará durante muchísimos años. De ello estoy seguro.

No es necesario ser profeta, en este caso, al menos, si se estudia el carácter del salvadoreño esencial. Este aspecto nunca será materia de reconciliación en El Salvador. El resentimiento y el sentimiento histórico-social se transmiten de generación en generación y son mucho más persistentes que todas las prédicas publicitarias de las clases gobernantes. ¿Qué Latina podría olvidar a su Magdalena mientras viva? ¿Qué hermano, qué hijo, qué nieto, qué patriota sería capaz de deponer el dolor sentido en sus entrañas y más allá de ellas, por la muerte de sus seres queridos? Como en Milagro de la Paz, el resentimiento y el sentimiento son heridas protagónicas de nuestra historia.

A través del espíritu adolorido, digno, estoico y optimista, la lucha continúa: la vida sigue su curso en el espíritu de Latina, Crista y la niña Lluvia, preparada ya por la naturaleza para ser mujer. Tres generaciones de mujeres portadoras de este nódulo que encarna lo peculiar para la narración, ampliamente tipificado entre las clases populares de El Salvador.

Manlio Argueta tributa merecidísimo homenaje a la mujer trabajadora. Ya antes lo ha hecho en su segunda novela, Caperucita en la Zona Roja, con su bello decir poético, Mamá.  Personalmente me alegro mucho de ello, pues conozco los sentimientos de Manlio. ¡Vaya si los conozco, en cuarenta años de amistad y camaradería! Los personajes de las novelas de Manlio no son “heroicos” ni hazañosos.

Son el caso de Milagro de la Paz, seres anónimos, ignorados, encarnaciones de mujeres trabajadoras, sin fisonomía de “mujeres lindas” de cosmética brillante de televisión a colores; son seres con quienes nos juntamos en las páginas de la novela por obra y gracia de la sensibilidad del autor y las bondades de su arte narrativo; son seres que pisan las mismas piedras de nuestro país; son la mayoría de la nación. Esas mujeres transmiten unas formas de solidaridad, unos modos de amor y de amar, de seres humanos y tienen su concepto de la cultura en que viven, su inteligencia ha penetrado y enraizado en el  medio que las rodea. Lo hacen con y desde el marasmo de supersticiones, creencias religiosas y otras maneras de oscurantismo en que es atraso histórico-social las ha estancado por siglos. Sin embargo, tienen sus formas de conocer e interpretar el mundo, como tenemos todos los individuos que pasajeramente habitamos en este planeta. Y no se crea que las mujeres de Milagro de la Paz están fuera de tiempo con su pensamiento y concepciones. No. Ellas están en el tiempo que viven en su país. Ser como son no es responsabilidad de ellas. ¿Acaso no repiten patrones de conducta del mundo cristiano, en que grandes intereses decisorios del modo de vivir de la gente fundamentan la omnipresente cultura occidental?

¿Conoce alguien que haya nacido en esta tierra y permanecido muriendo su vida aquí, otra cultura y otros tipos de cultura? La trágico-optimista depresión espiritual salvadoreña es consustancial e histórica. La incertidumbre, la inseguridad económica y social, la amenaza política, el miedo, el terror, la pobreza, el analfabetismo, el bayunquismo, el atraso general, en fin, son producto “hechos en casa” en el “país de la sonrisa”. Son elaboraciones histórico-sociales con “sabor a patria”, y otras pamplinas que seguramente puede agregar “la mente venérica de la publicidad”, según lo dijera el poeta Rafael Góchez Sosa. Si usted lo desea puede también decir que son constitucionales y no dirá nada fuera de realidad.

Decía que me alegra mucho que sean mujeres quienes comanden el asunto principal, la trama y el decurso de Milagro de la Paz. En la novelística latinoamericana contemporánea –que yo sepa- este aspecto es raro. En el pasado lo fue menos: Amalia Batista, María, Amalia, Juana Usurdy (Santa Juana de América) y seguramente hay otras. En lo referente a la escasísima narrativa salvadoreña, de plano no existe este aspecto. Nuestros autores han sido muy “machos”. Este Milagro de la Paz, que burla burlando le ha puesto tremenda trampa entre líneas al concepto homologado con otro “Milagro de la Paz”, podría engendrar uno muy necesario, como sería que los lectores empezaran a ver quién rodea con mayor frecuencia sus alrededores. Verían a muchos seres que apenas tienen un nombre sin apellidos, como los personajes de Milagro de la Paz.

II

Magdalena omnipresente

Aunque parezca que Latina –madre de Magdalena y Crista- por ser la madre soltera y cabeza de familia determina el desarrollo de Milagro de la Paz, no es así. El aparente “matriarcado”, en el que la mujer mayor gobierna la familia y es el centro económico-social en la obra, es sólo otro producto “hecho en El Salvador” por el machismo y la deformación socio-cultural: la madre soltera, cabeza de familia, trabaja para procurarle subsistencia a la prole que es hija “de espíritu santo”. En el país no se conoce la fórmula para que los hijos nazcan de engendros “milagrosos” de la nada ni siquiera del aire. Magdalena y Crista, en Milagro de la Paz, no tienen padre ni deben tenerlo necesariamente en la obra, pero fueron engendradas por hombre.

El espíritu de la obra que Manlio relata es Magdalena. Ella es presencia viva, laboral y activa en la primera parte de la obra y aun después de muerta. Es ella quien sale al campo a vender la ropa confeccionada por la madre. Los pensamientos de quienes quedan en casa se mueven en torno a sus viajes. Es su ausencia, Magdalena tiene los hilos de la incertidumbre, la preocupación y el temor por todas las cosas peligrosas que ocurren.

Es presencia y ausencia; hace mutis de la escena concreta, pero continúa siendo el hilo conductor del guión visualizado, escuchado y narrado, con música sorda de fondo que mezcla todos los tiempos de los personajes alrededor de….

En el caso específico de las gentes animadas por el autor, está presente una de las relaciones “inventadas” por la sociedad salvadoreña: no es rural ni urbana. Son seres que, como las aves migratorias, pasan la noche de sus vidas en cualquier sitio. En cualquier lugar donde exista un espacio hacen cobijo y allí se forma y se deforma la familia. Sus componentes ni siquiera saben que la sociedad tenga una estructura con las que clasifica a los grupos de individuos. En definitiva, de lo que se trata es de sobrevivir y nuestros personajes viven-mueren, o viceversa, en cualquier sitio donde haya un solar para urdir una zona marginal”. Allí surgirá un “barrio” y con el tiempo quizá una población y será denominada con la primera ocurrencia de alguien. Cárcel podría ser su nombre con toda propiedad. La casa de Latina y su familia es eso. Algo harán allí los recién llegados; algo improvisaran para ganarse la vida. Veamos la “sociología” de Milagro de la Paz: Magdalena. “La hija mayor sale a la calle todas las mañanas a vender ropa a los campesinos. Ropa que confecciona su madre y que poco a poco ha ido aprendiendo ella también a confeccionar.

La madre cose y la hija menor ayuda a los oficios de casa. Así comparten las obligaciones. Hay soledad en Milagro de Paz, nada más las campanas del reloj público, sonando cada hora”. De ese modo, simple y complicado, es la estructura socio-económica que organiza el autor. Por supuesto que para vivificar su narración debe tipificar los puntos de relación, de lo contrario no crearía arte con su narrativa realista.

El sitio donde transcurre la narración que revelan los seres de Milagro de Paz, unas veces es la casa improvisada donde se cohesiona la vida familiar y económica y donde también está el espacio de los sueños, las nostalgias y el dolor. Otras veces es el pozo donde Juan Bautista (hijo de Crista) ve las estrellas tratando de conocer a su “madre”, Magdalena. No obstante algunas “evidencias” que a propósito deja sueltas el autor, el lector piensa como también “piensa” la familia que Magdalena es madre de Juan Bautista. Sin embargo, el niño es resultado de la fiebre de pubertad que juntamente con la soledad y el deseo de que hubiera un hombre en casa, donde sólo había mujeres, invadió a Crista. Ella pidió y exigió al Chele Pintura que fecundara su vientre.

Sitio novelístico hay igualmente debajo de las cobijas donde las mujeres y los niños sueñan, piensan y desean sin importarles que hora de la noche sea. El insomnio es por igual sueño, enfermedad, fantasía y realidad en los seres novelados. Por el ojo de la llave atisbamos una realidad trágica, pero en la vida real hay millares de esas tragedias a nuestro alrededor que a propósito no queremos ver.

Sitio de novela es también el propio pensamiento de los personajes, sobre todo cuando ocurren cambios en la conducta de Magdalena debido a los soldados de Casamata y/o los coyotes y/o los seres misteriosos. La calle de Las Angustias fue la Puerta del Diablo, El Playón, las carreteras, los barrancos, El Salvador todo: cárcel y tumba.

Los personajes universo-novelísticos elucubran, conjeturan, cuestionan buscando respuestas que quisieran escuchar acerca de tantos asuntos que deben conocerse mientras se vive: “madre, ¿por qué los hombres son valientes y nosotras no?”. Contesta. “Ellos se han inventado que son valientes, pero a la hora de la verdad son más cobardes que nosotras”. Juicio y sentencia muy bien dichos sobre el machismo, que es lo más común y lo más vulgar de la “cultura” salvadoreña: ¿miedo y complejo de inferioridad?

Sitio de novela son también las mariposas en el pelo de Lluvia y en el vientre de Crista, porque donde estén seguirán teniendo la autonomía de vuelo de la imaginación y la belleza poética que tienen en Milagro de Paz; seguirán siendo levadura que dará cuerpo, volumen y alas al pensamiento.

El desprestigio del “machismo salvadoreño”, si es que alguna vez tuvo prestigio, queda peor parado. La leyenda de que los hombres son malos cuando están frente a las mujeres, “aunque nunca hallas sufrido una maldad de ellos”, no es negra, es real. Nos guste o nos moleste: estamos desprestigiados como “machistas”. No lo dudemos. Nicolás embarazó a Magdalena y desapareció; cuando regresó fue para suicidarse. Dicen que Judas igualmente se ahorcó de “arrepentimiento”. El Chele Pintura parece al principio de; la novela que encarnaría al personaje salvadoreño, picaresco, aventurero, vagabundo en el sentido de ser “listo” cargador de barcos, pensador y aficionado a libros, “con mucho mundo”, tampoco es lúcido. Que hay cambios en las apreciaciones de las mujeres de esta ultraconservadora-sociedad- inculta los hay: El Chele reaccionó y se dio cuenta de que estaba encegueciendo. Crista, como buena “machita”, tomó la iniciativa, ¡pero de qué forma!: “Chele, esta será la única vez y vos no serás el padre de nadie, ni voy a necesitar tu compañía, sólo vas a regalarme tu sangre, un hijo”. Elocuente fue Crista. Manlio Argueta, con propósitos o sin ellos, lanzó sus mejores hachas contra la sociedad salvadoreña prejuiciosa, supersticiosa, camandulera, curera, hipócrita, fetichista, fuera de tiempo, etc. Asismismo, llama la atención sobre las “genéricas” que, revelándose contra los estragos que históricamente ha causado el machismo, caen de manera metafísica en el otro extremo: en la mujer sin el hombre y bien sabemos que no se trata de eso, sino de humanizarse: los humanos y las humanas. El sitio en el discurso sigue siendo el original: de ambos. La tergiversación ha sido la culpa principal de los hombres, jefes de los recursos económicos.

Milagro de la Paz es una novela muy rica en planos de apreciación. Está moderadamente estructurada y es narrada con novísimas formas. Vale la pena leerla y, si se lee bien, al grado de asimilarla, mejor. Si nos deja opinión, mejor aún.

Lluvia: la poesía y la esperanza.

Lluvia es una niña encarnación de la aventura y la esperanza. No es otra cosa que la vida del salvadoreño pobre.

Ella bajó del volcán Chaparrastique a Milagro de la Paz. Llegó a buscar a su madrina que le habían dicho que tenía y no conocía.

Llegó a aquella casa donde jugaría el papel de espíritu nuevo, de rediviva Magdalena, por obra y gracia del arte casual-creación. La niña se constituye en el vínculo vitalizador de la obra y llega a ella para quedarse, aún después de haber jugado su rol. Ella es la poesía de Milagro de la Paz y es símbolo de ese algo poético sin el cual el espíritu humano no puede vivir, aunque se viva como mujer y hombre ordinarios. Cuando terminamos de leer un libro, de ver una película o un cuadro pictórico o escuchar un concierto olvidamos estructuras, dimensiones y todo, pero aun después del olvido queda algo: la poesía, el grano de belleza que germinará y nos hará un poco más humanos y alguito más cultos, si se quiere.

Con razón Manlio dice: “Lluvia no va a regresar al volcán porque no tiene a nadie allí”. Como estrella del azar, la Niña ayudó a iluminar un poco los espíritus acongojados de los personajes de Milagro de la Paz, a nosotros también nos proyectó su luz de humilde luciérnaga, que llegó perdida del volcán en busca de un destino que únicamente un poeta pudo brindarle.

San Salvador, abril de 1995.

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Presentación de Fragmentos de la tierra prometida, de Fernando Contreras Castro

Rojas, Katheryne. “Presentación de Fragmentos de la tierra prometida, de Fernando Contreras Castro”.  Heredia, Costa Rica: UNA. Facultad de Filosofía y Letras. Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. 26 de setiembre 2012 (ponencia)

En primer lugar, quiero agradecer en mi nombre y en el de mis compañeros de la ELCL, la oportunidad que nos brinda Fernando Contreras para que en esta ocasión seamos estudiantes los que vamos a presentar y comentar su último libro. Es un gesto que agradecemos y solo esperamos que él se vaya satisfecho de la actividad y de lo que para nosotros es una experiencia nueva y emocionante.

Fernando Contreras pertenece a la generación actual de narradores costarricenses, con una obra consolidada desde que en 1993 cuando publicó su primera novela, Única mirando al mar, luego Los Peor (1995), Urbanoscopio (1997) El tibio recinto de la oscuridad (2000), Sonambulario (2005), Cantos de guerras preventivas (2006) y  Cierto Azul(2009). Básicamente su obra se hilvana dentro de una línea de marginalidad urbana, en ambientes esperpénticos y personajes precisamente desvalorizados socialmente, contradictorios en cuanto a una “normalidad” discursiva. Sus textos  representan gráficamente a esa Costa Rica de grandes transformaciones sociales y que se contrapone a aquella visión bucólica que tanto identificaba a la generación del Olimpo en el antaño, Contreras plantea un gran desafío al discurso convencional, una crítica simultanea que no distingue la sociedad contemporánea.

Ahora bien, Fragmentos de la tierra prometida es su última obra que se distingue de las demás no solo en el sentido formal sino en su temática, pues su discurso representa una gran ironía a la tierra idílica del mito, que emanaba leche y miel. La nueva tierra que Contreras transforma o describe es aquella donde subyace el aplastamiento de la gran esfera del poder hacia seres explotados.

El nuevo mundo “prometido” es aquel que surge a la sombra de unas circunstancias devastadoras, con individuos controlados, dominados y en ambientes muy desfavorables para vida. Una especie de antesala apocalíptica.

Al hablarse de una sociedad futura, conformada por sujetos y un ambiente desolador, el texto revela una visión distópica del mundo, paradigma ideológico que se caracteriza básicamente por demostrar cómo los diferentes cambios que sufre una cultura se convierte en algo esperpéntico, inhabitable. Así mismo un texto distópico muestra con ironía y sátira (tal como lo hace Contreras) el futuro apocalíptico de un pueblo, una profecía que se desarrolla entorno a todas esas transformaciones que se hilan en un posible presente.

Fragmentos de la tierra prometida es un texto distópico, advierte necesariamente una crisis, la evolución de las fuerzas militares que han violado conscientemente la tierra de los nómadas y que a su vez, la desboronaron poco a poco. Tal es el caso del micro-relato Zonas protegidas donde se muestra lo mencionado anteriormente:

“Uno reconoce inmediatamente la zonas donde la tierra es buena, donde hay agua potable, donde hay granjas. Siempre están alambradas y dicen ‘Zona Militar, Prohibido el paso a particulares’ ”. (p 35)

Parece que la tierra al ser despojada de los habitantes ha adquirido otra función, y es darle soporte a esa gran esfera del poder, no importa si el mundo se cae en pedazos o si afuera de esa Zona Protegida la gente se muere de hambre o sed, eso no importa si en este lugar los peces grandes se tragan a los flacos. No sé porque distingo cierta relación de este texto con los diferentes cambios por los que atraviesa la pequeña suiza Centroamericana.

Hay una enorme relación entre los espacios desolados y los personajes, en especial los ancianos, son personajes cargan la desesperanza, la negación, el olvido y añoranza, por ejemplo en el micro relato “Ojos de perro azul” se relata la preferencia de los viejos con el color azul, pero la voz de la narración omite el azul por el gris, los ojos del abuelo, las montañas, el mar, el cielo. El cambio de los colores no es una mención simple, sino significativa, pues constituye tanto la representación física del ambiente como las emociones; la esperanza, la opulencia, el bienestar ha sido sustituido esporádicamente por el luto, la escases y la injusticia.

Un elemento recurrente sería la mención del espacio Zonas protegidas, donde hay un gran cambio semántico en el concepto. Pues estas Zonas no vienen a ser un área geográfica o ecológica puramente, todo lo contrario representa un campo militar de esta visión futurista. El término aparece en doce de los microrelatos, en tanto libro futurista (libro que imagina una sociedad futura), Fragmentos nos habla de cómo funcionará una sociedad si los signos actuales se desarrollan en la misma línea en que lo están haciendo ahora, y por lo tanto prefigura una sociedad con prácticas culturales deshumanizadas, llenas de controles, las zonas protegidas son zonas de exclusión y de división entre los seres humanos. Es una cultura de muerte, propio de una distopía.

Hay una estrecha relación entre el mundo primitivo y el futuro distópico, pues los términos de Nómadas y Sedentarios aparecen, producto de la desvalorización antes mencionada. Fuera de las Zonas son nómadas y guarda ese significado de un ser despojado: sin tierras, sin casa, totalmente excluidos. Tal es el caso del microrelato “Inseminación artificial” que dice:

“Los nómadas se meten un grano en el oído. Cuando germina, se lo sacan con cuidado y lo siembran en esos esos sacos de tierra que cargan en las espaldas” (p 65)

Si tuviera que hacer una pequeña relación entre este texto y los demás del autor, podría mencionar su primera novela Única mirando al mar, donde a pesar de que son formalmente distintos en su estructura narrativa (Única es una novela y este es un conjunto de microrrelatos), pero ambos imaginan un mundo con problemáticas más o menos semejantes: una tierra prometida que es una especie de basurero de la historia, en la que lo humano como categoría vital está perdido. Aunque, claro, en Única no del todo: la vida aquí es un basurero en que hay posibilidad de recrear algo vital, lazos humanos. Fragmentos es más radical y negativo: lo humano no tiene lugar, la distopía pareciera no tener salida, es una especie de antesala del apocalipsis. En Única se desarrolla en una zona de exclusión (el basurero), pero en donde se puede recrear una cultura de vida, solidaria. Esa es precisamente la diferencia.

El diálogo que establece el texto con el lector, podría reflejarse como una posible reflexión. Los fragmentos de esa tierra prometida, son las múltiples granadas que explotaron, es la visión futurista de un mundo cegado, no obstante esta distopía guarda mucha relación con la sociedad actual, en que el mundo se encuentra dominado por las grandes transnacionales tecnológicas y los gobiernos se vuelven cada vez más irrelevantes, no tanto lo irrelevantes como inútiles. Hay algo del presente que no funciona… podría ser esa pequeña parte de un sistema de mierda.

El texto es un excelente discurso para la humanidad, cuando se lea desde una perspectiva reflexiva, pero toda esperanza que nos evoca el microrelato “Before Vendetta” se desploma cuando el país más feliz del mundo prepara a jóvenes y niños a celebrar sus 191 años de vida independiente, sin saber en realidad que a quienes preparan es a un posible ejército y un ambiente desfavorable con esta percepción distópica de una tierra prometida.

 

Para “Fragmentos de la tierra prometida”, de Fernando Contreras

Soto, Carlos. “Para ´Fragmentos de la tierra prometida´, de Fernando Contreras”. Heredia, Costa Rica: UNA. Facultad de Filosofía y Letras. Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. 26 de setiembre 2012 (ponencia)

La peor acusación, no recuerdo adonde la oí, o la leí, fue que el microcuento era una falsificación de la literatura. Un billete falso. Que el material era similar, que se fabricaba con el mismo rigor y paciencia. Que incluso tenía el mismo efecto. Pero que no era literatura.

Otro, que el microcuento existe gracias a las redes sociales. La comunicabilidad del mundo moderno, la necesidad de enviar un mensaje directo y sin rodeos (¿qué es la literatura que un gran rodeo alrededor de básicamente nada?) obligaba a los escritores a escribir microficción. Por necesidad cultural y para vender (en ningún orden particular). Uno no puede dejar de imaginarse a Augusto Monterroso despertándose a media tarde y luego de ver un peluche en forma de dragón de su hija o quien sea tirado por ahí, tener la terrible necesidad de prender la computadora y actualizar Facebook o Twitter y compartir su soñolienta imagen con sus seguidores.

También hay poetas furiosos contra esa mala prosa poética que ni es ni deja de ser.

Se ha dicho: que el argumento es imposible, que trata formas estereotípicas, que es un género imposible. Pero existe, así que por el otro lado: se dice que es la depuración máxima del lenguaje literario, que es el género perfecto para la posmodernidad, que es pura ética literaria, etc.

Hay gente para todo. Pero, sin creer y dejar de creer uno ve que el pensamiento mágico alrededor del microrrelato es evidencia del interés que el género tiene actualmente.

¿Qué se sabe? Es un género viejo, de formas tan variadas e incluso incompatibles. Los contemporáneos han deseado delimitar esa estructura y de una vez por todas decir lo que es y lo que no es.

La crítica es casi unánime al presentar la intertextualidad como el material básico del microrrelato, o mejor dicho, al microrrelato como el género más intertextual que hay. Eso pareciera ir en par con el principio de incertidumbre, las referencias, a veces exactas, en otras ocasiones disparan en direcciones insospechadas.

Ahora, Fragmentos de la tierra prometida, de Fernando Contreras. El año pasado salió otro texto de microrrelato (esa vez en forma de fábula) con intertexto bíblico: La divina Chusma de Rafael Ángel Herra.

La Divina Chusma y Fragmentos de la Tierra Prometida. En ambos el planteamiento es bastante claro: transformar el mito, acortarlo, reducirlo, revertirlo. En uno la inmundicia está revestida de dignidad cósmica (o por el contrario los poderes divinos obligados a vivir entre nosotros) y en el otro se transforma de inmediato el espacio del mito redimensionándolo: “cortar” el mito es transgredir, es quebrar el gran espejo simbólico y quedarse con las. Cambiar todo el inventario cósmico a unidades menores, el orden, las convenciones, revalorar siempre, tal vez sea la propuesta principal de estos “fragmentos”. Tal vez.

La expulsión del paraíso fue el hecho desencadenador de la historia humana. Lo que el texto presenta es una visión de éxodo contemporáneo: las promesas, las utopías, la luz, se visualizan desde el desierto del lenguaje, del juego, de los textos anteriores. Llamemos al becerro de oro por sus nombres: dinero, paz mundial, las zonas verdes. Es un grupo de textos que tienen como metáfora un muro. Como la puerta de Kafka, no es imponente, pero si impenetrable.

Hay ironía (tal vez su mejor punto), y valentía. Veamos la aclaración del autor (leer la aclaración). Ver el autor defendiendo su obra tan valientemente siempre es digno de poner atención.

Repito; el género no es nuevo, pero las maneras en que se lee sí lo son. Y esta lectura refuerza lo que ya sabemos que es la literatura.

Mientras haya un texto que no se acomode, que causa disonancia, que haga que la crítica se sienta con nauseas de repente, todo marcha bien.

El microcuento es muy violento en ese sentido: ataca, muerde, viola la literatura que tiene antes. Y todas esas cosas son buenas, según mi parecer. Es un hijito malcriado, un enano muerto en los arrabales con un cadáver hediondo y bello.

El valor básico de la literatura (o por lo menos de la buena) es la incertidumbre. El microcuento se ha querido acercar a este principio: en términos formales, el microcuento está obligado a otra función primaria: decir más de lo que realmente dice.  Obliga a releer. Si es bueno, por supuesto. O por lo menos está obligado, para ser bueno, a dejar al lector en un sentimiento intermedio entre la indignación, la risa y la pura ignorancia, si es que eso es posible. La incomodidad es la forma más pura de memoria en la literatura, la comodidad, la tranquilidad, por otro lado, es la muerte.

Y por eso todos estamos aquí. Para volver a sentirnos incómodos, para dormir mal y seguir pensando en dinosaurios, paraísos construidos en una línea y quemados en la siguiente.

Ahora, lo único que queda es leer, y ver que tienen estos textos para ofrecer.

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Algunas notas sobre Fragmentos de la tierra prometida, de Fernando Contreras Castro

Camacho y Guzmán, Gustavo. “Algunas notas sobre Fragmentos de la tierra prometida, de Fernando Contreras Castro”. Heredia, Costa Rica: UNA. Facultad de Filosofía y Letras. Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. 26 de setiembre 2012 (ponencia)

En la producción literaria de Fernando Contreras ha sido notorio su carácter predominantemente novelesco, pero su última publicación, si bien cuenta con gran unidad formal y estilística, no es un tipo de literatura al que el medio nacional esté familiarizado.

El volumen Fragmentos de la tierra prometida (2012)ofrece una serie de relatos caracterizados por su extrema brevedad, a los que la crítica ha llamado como minicuento, microrrelato, ficción súbita, entre otros. Si bien es cierto esta forma de narrar ha existido desde hace tiempo, la teoría de la literatura aún no muestra un criterio unánime, aunque algunos estudiosos han intentado sistematizar algunas ideas claras sobre el minirrelato.

Dentro de los ensayos teóricos de la minificción hispanoamericana, Rodríguez Romero (2007: 35-36) sostiene que este tipo de escritura ha existido en diversas latitudes como Japón, la India y Grecia a lo largo de la historia, aunque fue en el siglo xx cuando en el mundo hispánico se experimentó un auge del relato breve gracias a autores como Julio Cortázar con el clásico Historiasdecronopiosydefamas (1962), y Augusto Monterroso, a quien se ha considerado como uno de los maestros del género por su microrrelato “El dinosaurio” (1959).

La crítica parece mostrar unanimidad en cuanto al carácter polémico de la minificción, al considerartla como de difícil filiación con las características convencionales de la narrativa. Una de las razones que saltan a la vista para declarar al minicuento como ajeno a las clasificaciones tradicionales es que, en general, no ofrece el desarrollo de una historia; más bien, sus acciones se condensan en exceso y su narración es muy económica (Rojo, 2009: 34). El no mostrar grandes desarrollos en la narración es uno de los aspectos sobresalientes del género: los minirrelatos no presentan una gran descripción de ambientes y personajes, como es el caso de la novela, además de que en algunos casos se elimina el aspecto temporal (Rodríguez, 2007: 44).

David Lagmanovich, en El microrrelato hispanoamericano, sostiene que el auge de esta forma de escritura no es un fenómeno aislado ni exclusivamente propio de la literatura del siglo anterior, sino que obedece a toda una tendencia del arte de la modernidad, que buscaba “eliminar las redundancias, rechazar la ‘ornamentación’ innecesaria, abolir los desarrollos extensos y privilegiar, en definitiva, las líneas puras y la consiguiente brevedad” (2007: 49). Desde esta perspectiva, se podría argumentar que, para el caso de Contreras, la publicación de Urbanoscopio(1997)es la antesala a los Fragmentosdelatierraprometida(2012), puesto que para Violeta Rojo (2009: 34), así como para la tradición literaria anglosajona, se considera que la microficción puede llegar a ser de hasta cinco páginas, cuando las narraciones de Urbanoscopiono superan las tres cuartillas.

Dentro de las características propias de Fragmentosdelatierraprometida,tres subtítulos con el nombre de “Coordenadas espaciales”, “Coordenadas temporales” y “Personajes”, funcionan como didascalia y presentan, al estilo de un texto dramático, el contenido general del libro en cuanto al espacio, el tiempo y los personajes, los tres elementos en que se encuentra la unidad temática del libro.

Cuando los minirrelatos presentan el elemento espacial, se va a tratar, generalmente, de lugares devastados o estériles. Un ejemplo de esta hostilidad del espacio se encuentra en el minicuento titulado “Inseminación artificial”, puesto que la siembra no puede llevarse a cabo con los métodos tradicionales: “Los nómadas se meten un grano en el oído. Cuando germina, se lo sacan con cuidado y lo siembran en esos sacos de tierra que cargan en las espaldas” (Contreras, 2012: 65). A este lugar hostil se le oponen las “zonas protegidas”, amuralladas por entero, donde la tierra es buena, hay agua potable y granjas (35) y donde viven los poderosos, ajenos al padecer del “nosotros” que narra muchos de los textos.

Otra de las características del espacio es la contaminación excesiva y el deterioro irreversible del medio ambiente. En “San Francisco caminó sobre las aguas”, los personajes sobreviven a un terremoto caminando sobre la basura que cubría el mar (44).

Con respecto a los personajes, más que caracteres o funciones definidos, el lector se encontrará con grupos: con entidades colectivas que sufren hambre, despojo, abandono y frío  interior y que buscan la forma de sobrevivir un minuto más. El minirrelato “No es solo por el frío” expresa elocuentemente esta idea, el narrador busca un poco de calidez, el calor de un abrazo más que el abrigo del cuerpo (89).

En pocas palabras, los personajes que se encuentran a lo largo de estos minicuentos no conocen más realidad que la supervivencia del más fuerte y la constante competencia despiadada por subsistir, como es el caso del texto titulado “Del libre comercio”: “Todo es negocio, todo es canje en los caminos y en los precarios en torno a las zonas protegidas, especialmente las armas con que nos matamos unos a otros” (45).

Contreras también ofrece en algunos relatos de esta colección, un abordaje paródico a la misma literatura, pues algunos de estos minicuentos retoman textos canonizados por la crítica literaria con el fin de continuarlos o reescribirlos desde la estética que rige el texto. Algunos ejemplos de narraciones breves que abordan este aspecto presentan en el título su antecedente literario, sea que se trate de una reelaboración, tal es el caso de “451 F”, “Arquetipo de Romeo y Julieta”; aunque en ciertos casos haya una referencia directa al texto del que se trata, por ejemplo: “’Casa tomada’” escribe un nuevo final al cuento homónimo de Cortázar; otra posibilidad en cuanto al abordaje de la literatura es presentar el comentario de otro texto; en “Augusto M.” el lector se encontrará con una reflexión en trono a “El dinosaurio”, el minicuento considerado como paradigma de la minificción hispanoamericana

En general, el tono que priva en ciento catorce páginas de lectura es amargo, desencantado y marcado por la desesperanza ante la desolación de un mundo destruido, de ahí que su carácter postapocalíptico tenga matices proféticos y sea una apelación directa para el lector de los Fragmentosdelatierraprometida;uno de los mejores ejemplos de esta idea  es el texto titulado “Relación precio/costo”:“Mucho tiempo… Muchas vidas… Mucho dolor… Mucho absurdo… Muchas esperanzas… Mucha agua hubo de pasar bajo el puente para llegar a comprender que lo contrario de la competencia era la solidaridad” (112).

Referenciasbibliográficas

Contreras Castro, Fernando. Fragmentos de la tierra prometida. San José: Legado, 2012.

___. Urbanoscopio. San José: Norma, 1997.

Lagmanovich, David. Elmicrorrelato hispanoamericano. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2007.

Quesada Soto, Álvaro. Brevehistoriadelaliteraturacostarricense. San José: Editorial Costa Rica, 2010.

Rodríguez Romero, Nana. Elementos para una teoría del minicuento. 2 ed. Boyacá: Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 2007.

Rojo, Violeta. Breve manual (ampliado) para reconocer minicuentos. Miranda: Equinoccio/Universidad Simón Bolívar, 2009.

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1980: transición, crisis y esperanzas

Sáenz, Andrés. “1980: transición, crisis y esperanzas”. La Nación, Crítica de Teatro. (San José, Costa Rica), 9 de enero de 1981, p. 4b

Para el movimiento teatral costarricense y para el público aficionado al teatro, 1980 fue un año de transición. Si bien se recuperaron espectadores que se habían alejado de las salas en 1979, no hubo, en el 80, un aumento importante del número de asistentes. Aunque el Teatro Carpa hizo esfuerzos encomiables de divulgación a comunidades, esta actividad estuvo circunscrita al Valle Central, y si a la Compañía Nacional de Teatro le correspondía según su reglamento, hacer giras por el territorio nacional, en 1980 no realizó ninguna, y delegó esta importante función en jóvenes egresados del Taller Nacional de Teatro.

Quizá el problema fundamental con que se enfrenta el teatro en Costa Rica sea la selección del repertorio. En general, durante la temporada pasada el escogimiento de las obras no fue atinado, pues muchas estaban por encima de las capacidades de los grupos mientras que otras sencillamente eran malas o no tenían nada que decirle al público local. Sin embargo los jóvenes del Teatro Tiempo y del Teatro Estudio de la Universidad Nacional supieron escoger las piezas que presentaron e hicieron un aporte valioso al año teatral debido a la calidad de sus representaciones.

La Compañía Nacional de Teatro está en franca crisis. En todo el año sólo realizó tres montajes, uno de ellos estrenado en diciembre, del que de dieron unas pocas funciones antes de que el elenco entrara en su receso anual. Además, la sala de CNT se mantuvo cerrada semanas enteras. Esto es señal de que la compañía oficial del país ha sucumbido a la arteriosclerosis burocrática y que su actividad no justifica el elevado presupuesto que le paga el contribuyente.

El Teatro del Ángel cumplió en octubre cinco años de ininterrumpida labor en su sala de Cuesta de Moras. Como en los años anteriores, su principal contribución fue mantener la sala abierta todo el año con montajes de alta calidad profesional. Los demás grupos harían bien en aprender la lección que la estadía del Ángel en Costa Rica les enseña: guardar a cabalidad el compromiso adquirido con el público y con el oficio del teatro. Su anunciada partida del país dejará un vacío que únicamente la dedicación y la constancia de las otras agrupaciones podrían llenar.

Un estreno del autor nacional Alberto Cañas que obtuvo éxito de público y de crítica salvó la temporada del Teatro Universitario (TU), cuyas presentaciones anteriores a esta obra fueron decepcionantes. El TU debe escoger con mayor tino y esmero, no solo las piezas que presenta, sino igualmente a los directores que confía los montajes.

El año 1980 no reveló ningún talento extraordinario, pero el buen trabajo de los jóvenes Gerardo Bejarano y Ana Istarú promete mucho para el futuro. También, Jaime Hernández confirmo su capacidad como director y Leonardo Perucci demostró en las tablas que ha sido una magnífica adquisición para la escena costarricense.

A la larga, tal vez el hecho más significativo para el teatro nacional durante 1980 será la traducción de Troilo y Cresida, de William Shakespeare, hecha por don José Basileo Acuña y publicada por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia. El medio artístico e intelectual del país no ha manifestado aún ninguna reacción ante el trabajo de don José Basileo y quizá tardará años en hacerlo. Pero sin duda la semilla sembrada por el insigne escritor nacional, con ésta y otras traducciones del inmortal dramaturgo inglés, dará abundantes frutos en el porvenir.

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El limbo de los cuentos incorrectos

Cortés, Carlos. “El limbo de los cuentos incorrectos”. La Nación. Revista Dominical (San José, Costa Rica), 15 de junio de 2003

Cocorí solo disfrutó de un instante para despedirse de Mamá Drusila con una sonrisa. Cuando abrió de nuevo sus grandes y hermosos y acuosos ojos aterciopelados, el decorado de la selva tropical se había transformado en un espejismo y se enfrentaba a un paisaje sin formas visibles. ¿Había sido castigado? Cuando la escena volvió a iluminarse y descubrió los gigantescos cartelones con unos dedos desproporcionados que lo señalaban, y la leyenda: “¡Denuncie a los cuentos incorrectos! ¡Salve a nuestros niños y niñas de la perversión!”, supo que estaba en la Tierra de la Igualdad.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. En el último y temible capítulo del Manual del perfecto personaje literario de los cuentos infantiles había leído la terrible verdad, aunque nunca pensó que sufriría las consecuencias: los personajes de las historias que eran consideradas como políticamente incorrectas perdían el derecho de seguir siendo contados y eran condenados a una vieja historia de la literatura sin reeditar, en una polvosa biblioteca pública, salvo que aceptaran someterse a un proceso de autocrítica, delación contra sus autores, reeducación y libertad bajo palabra. Los casos perdidos iban al molino de papel.

Cocorí trató de llorar, pero no pudo. Recordó lo que le habían contado una vez: a Pinocho, después de varios años en un correccional, lo pusieron frente a un panel de vidrio. Del otro lado desfilaron varios escritores con las manos amarradas y cara de pocos amigos. “¿Cuál es Collodi?”, oyó que le gritaron desde un altoparlante. “No, no lo haré”, pataleó Pinocho por un rato hasta que se le quebró una pata de plywood y el dolor lo obligó a acusar a su creador. Confesó delante de la asamblea de los personajes incorrectos en vías de regeneración que el perverso escritor lo había obligado a beber sustancias prohibidas en una escena tenebrosa. Después le llevaron un retrato de Collodi para que bailara sobre él, lo rompiera y lo arrojara al fuego. Fue perdonado, pero obligado a recibir atención psicológica para resolver la ausencia de figura paterna.

Cocorí se introdujo en la larga fila de personajes sin cuento. Necesitaba ardientemente que alguien lo contara. Los personajes incorrectos tenían apenas algunas horas, antes de que empezara su proceso judicial, para encontrar alojamiento en un argumento breve, sino vivirían a la intemperie, expuestos a que cualquiera los plagiara, o, peor aún, disvariarían por caminos inciertos hasta el olvido.

Llenó la solicitud y se presentó ante el encargado. “En la oficina de los Estudios Disney siempre sobra brete, pero la paga es mala”, le dijeron. Cocorí negó con la cabeza: “Esos maes son capaces de calquier cosa”, se dijo. Sabía que habían falsificado un certificado de matrimonio entre Mickey y Minnie para cubrir las apariencias. Después de años de litigio y millones de dólares, habían demostrado que Hugo, Paco y Luis eran sobrinos del Pato Donald y que no había nada pecaminoso en que el tipo fuera soltero y sin compromiso. No, ese no era su mundo.

–Hay una posibilidad en el Bosque de los 100 Acres. Descubrimos que ese gordo, Winnie Pooh, rechaza el ejercicio sano, tiene una obsesión enfermiza con la miel y su autor se basó en un oso en cautiverio como modelo. Decidimos expulsarlo mientras investigamos–, gruñó el inspector.

“¿Qué voy a hacer?”, se dijo Cocorí, mientras caminaba saltando los charcos.

La Tierra de la Igualdad resplandecía de actividad: Caperucita Roja recibía clases de defensa personal, usaba una pistolita de gas mostaza contra potenciales agresores y lo aprendía todo sobre el acoso sexual. Sobre un largo diván, Peter Pan se deshacía en explicaciones de por qué no quería crecer. En el cuarto del fondo, El Principito negaba con la cabeza que hubiera intentado suicidarse y Blancanieves y los Siete Seres Humanos de 1,40 metros o Menos de Estatura (el nuevo título del cuento) prometían portarse bien.

Cocorí se detuvo a consolar a Tío Conejo –acusado de crueldad con otros animales– quien sufría de una depresión y no tenía dinero para su Prozac diaria. Le habían pedido que en las futuras ediciones de Los cuentos de mi tía Panchita figurara la advertencia: “En este cuento no experimentamos con animales vivos. Cualquier relación con la ficción es pura coincidencia”.

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El papá de Cocorí

Ugalde, Evelyn. “El papá de Cocorí”. La Nación. Zurquí (San José, Costa Rica), 2 de abril de 2003

 Conocé a Joquín Gutiérrez

“Kikiriquí, ya estoy aquí”, dijo Cocorí, remedando a su amigo el gallo, allá en Limón, donde vive con mamá Drusila y el monito tití. Allí comparte aventuras con doña Modorra, don Torcuato y el negro Cantor.

Vengo a contarles un poco de la vida de mi papá Joaquín Gutiérrez, porque, aunque no lo crean, los personajes imaginarios conversamos mucho con nuestros creadores.

Bueno, don Joaquín -como lo llamábamos de cariño-, nació en Limón el 30 de marzo de 1918. Él era un chiquillo curioso que jugaba en las pozas, la playa y la selva caribeña. Su primer recuerdo fue a los 5 años, un día en que despertó alarmado por unos triquitraques que su papá puso en la ventana de su cuarto para sorprenderlo, porque le había traído un velocípedo que deseaba.

Luego, su familia se vino a San José. Allí, Joaquín ingresó a estudiar en la escuela La Dolorosa, donde le hicieron un examen y gracias a que su mamá le había enseñado a sumar y restar, pudo saltarse el primer año.

Siempre me hablaba de su primera “noviecita”, en el barrio La Merced. Joaquín era muy enamoradizo, él siempre recordaba el día en que la niña, le regaló para Nochebuena un monedero de cuero con broche de oro en el que se leía “14 kilates”. Entonces corrió a romper el chancho con sus ahorros para regalarle unos perritos de porcelana.

Desde los 10 años Joaquín escribía versos. Siempre le gustó estar entre escritores. Me contaba que aunque era el más chiquillo del grupo, fueron amigos suyos Carlos Luis Fallas, Yolanda Oreamuno, Francisco Amighetti, Max Jiménez y Carmen Lyra.

Joaquín se fue a estudiar a Estados Unidos, donde aprendió inglés. Luego visitó muchos países, como corresponsal de guerra, traductor o como campeón de ajedrez. ¡Imagínense que hasta boxeo practicó!

Pero su gran amor era la escritura, de la que nací yo, pero también obras como Manglar, Puerto Limón, Murámonos Federico, Te acordás hermano, Chinto Pinto, varios libros de viajes, poesías, memorias y crónicas periodísticas.

No crean que les estoy “rajando” pero les quiero contar que Cocorí -el libro en el que vivo- fue Premio Rapa Nui en 1947. Se ha traducido a muchos idiomas y en varias partes del mundo han hecho títeres y obras de teatro basadas en mi historia.

Sus otros libros también recibieron premios como el Casa de las Américas, el Nacional de Cultura Magón, dos premios Aquileo Echeverría y el Mundial de Literatura José Martí. El día en que la Universidad de Costa Rica le dio el Doctorado Honoris Causa yo no aguantaba la contentera. ¡Todo un señor escritor!

Yo estoy tan orgulloso de ser su “hijo”, su personaje más conocido y cada vez que recuerdo que murió hace 3 años, me salen unas lagrimitas que mi mamá Drusila borra con su delantal. Pero luego salto y canto de la alegría -como me enseña a hacerlo el negro Cantor-, cuando sé que muchos niños y adultos continúan leyendo sus obras, porque esa es la mejor forma de que papá Joaquín esté con nosotros”.

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¿Cocorí racista?

Arias Formoso, Rodolfo. “¿Cocorí racista?“. La Nación. Revista Dominical (San José, Costa Rica), 20 de abril de 2003

Con estupor he leído una circular del Viceministro de Educación, dirigida a directores en todo el país, en la cual se recalca, con mayúscula y subrayado, que Cocorí ya NO es texto  de lectura obligatoria, en vista de la inconformidad que provoca por su carácter “discriminatorio” de la raza negra. Es una opinión que con gran tacto no sostiene el Viceministro, sino que se le adjudica a los miembros de la Asociación Proyecto Caribe, integrada, entre otros, por ilustres figuras públicas como Eulalia Bernard, Esmeralda Brinton, Epsy Cambell o Quince Duncan.

He acudido de inmediato al texto. Y bueno, sí… hay discriminación de unos personajes hacia otros. Cocorí bromea diciendo que al contramaestre del barco, un pelirrojo, “se le está quemando el pelo”, la niña blanca dice que a Cocorí “no se le sale el hollín”, Cocorí, en revancha, piensa “¡a ti no se te sale la harina!”, pero no articula palabra porque la emoción del momento lo tiene paralizado.

Me pregunto: ¿será discriminación igual a racismo? Si así fuera yo soy un perfecto racista. El primer gran amor de mi vida fue una negra limonense terriblemente preciosa. Y mi primera esposa es negra y mi segunda esposa es china. Mis hijas mayores son unas mulatas guapísimas que se burlan de mí cada vez que vamos a la playa y ellas se broncean en dos toques mientras yo me pongo como un tomate. Por otro lado, las nórdicas, pálidas y de ojos celestes, siempre me han parecido insípidas.

El problema, por supuesto, surge cuando el derecho a discriminar, a escoger, cede su lugar al malévolo arte de la segregación, de la exclusión, del castigo político, económico, Psicológico, y muchas otras variantes más, originado en las formas, colores o lenguas de los diversos pueblos.

Las potencias europeas, aves de rapiña de la humanidad durante la así llamada “era de los descubrimientos” se adentraron por ese horrible camino más que nadie. Los genocidios contra los indios americanos, o contra los negros de África son los dos ejemplos que más de cerca nos tocan. Pero también hindúes, chinos, egipcios, turcos, etíopes, árabes o australianos sufrieron vejámenes similares.

Es explicable, entonces, que haya hipersensibilidad por parte de los oprimidos y sus descendientes. Creo entender, de esta óptica, cómo surge la reacción de los estimables miembros de Proyecto Caribe contra Cocorí. Ningún costarricense, con nivel cultural adecuado, puede ignorar que Limón ha sido siempre la provincia olvidada, que en nuestro país hubo legislación segregacionista, que abundan los meseteños despreciativos hacia los negros, los chinos o los indios.

Les sobran, a iniciativas como el Proyecto Caribe, ejemplos de injusticias y opresiones. Y nadan en la abundancia respecto a lo que merece rescatarse y difundirse de la cultura limonense en particular y afrocaribeña en general. Pero se equivocan, de tajo a  rajo, al escoger como chivo expiatorio a una joya de la literatura nacional como lo es Cocorí.

Pueden influir, como lo están haciendo ahora, sobre un viceministro. Pueden crear polémica, alboroto, sentir que la balanza se equilibra. Pueden creer, si quieren y les sirve de algo, que un autor blanco, miembro de una familia de bananeros, tiene forzosamente que ser discriminatorio, injusto, lesivo para sus ideas.

Pero se toparán, una y otra vez, contra la realidad. Contra sentencias como la 0509-96 de la sala constitucional, valiosa pieza jurídica y literaria, en la cual se rechaza de plano la existencia de cualquier elemento racista en el libro, o contra la acogida universal que ha tenido Cocorí, traducido a más idiomas y editado más veces que ningún otro libro en Centroamérica.

Y se toparán por siempre, contra la realidad que fue, y sigue siendo, Joaquín Gutiérrez Mangel. Quienes fuimos sus amigos sabremos, este día y todos los demás, que lo único que lo animó a escribir Cocorífue su amor por la vida, por los niños, por los ideales de justicia y libertad, de belleza y solidaridad, de heroísmo y ternura que lo condujeron por su larga y fértil existencia. Ideales que él siempre refería a su tierra de origen, a su amadísimo Limón, y que están presentes, página tras página, en ese maravilloso relato.

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El doble destino de Cocorí

Chaverri, Amalia. “El doble destino de Cocorí“. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 18 de mayo de 2003, p. 4

 Con este texto, queremos en Áncora culminar la discusión del tema.

Cocorí, como héroe novelesco, cumplió su destino. ¿Qué error cometió Cocorí, como texto literario, para que cambiara su destino en las aulas escolares?

Argumentaré sobre las razones que me llevan a destacar  -siempre respetuosa de otras posiciones, provenientes de personas a quienes estimo-  aspectos significativos que, a mi juicio, son constitutivos del fenómeno literario, y relacionados con la polémica que se ha generado con este texto.

Parto de lo siguiente: una obra literaria, como producto del lenguaje, es susceptible de ser interpretada, así como analizada y explicada en su totalidad y no fragmentariamente. La especificidad del lenguaje literario es su carácter plurisignificativo, el cual está construido con procedimientos estéticos que construyen la capacidad simbólica propia de toda literatura. Su lectura implica insertarse en los códigos de la convención literaria.

Son esencialmente dos oraciones sobre las que se sostiene, a mi juicio, la concepción de racista y las que más han molestado a quienes pidieron su exclusión de los textos de lectura en las escuelas: el que Cocorí haya sido visto como un “monito” por la niña rubia (que luego fue cambiado por “raro”) y el que él piense que tiene la cara tiznada, porque así lo dijo la mamá de esa niña. Asumiendo que esos fueran los elementos válidos para considerarlo como tal, me pregunto: ¿qué pasa con el resto de los contenidos de la novela como una totalidad?, ¿qué implicaciones trajo el encuentro de Cocorí con la niña rubia, luego de que esta hiciera la mencionada pregunta y “le lanza los brazos al cuello y le da un sonoro beso’? Mi interpretación es la siguiente: la fugacidad de la vida de la rosa y del encuentro con la niña es el inicio de un aprendizaje y de maduración Psicológica en la vida de Cocorí.

Cocorí se convierte entonces en un “héroe” novelesco. A partir de la estructura del viaje -tema recurrente en todas las literaturas- este personaje motivado por la incertidumbre, oye el llamado a la aventura y va a la búsqueda de una respuesta sobre el porqué de la fugacidad de la vida y de la efímero de la bello. Hay en esa preocupación un gran tema, y es precisamente Cocorí, un “supuesto” personaje marginado por su color, quien lo encarna y desarrolla.

La riqueza del texto

En ese periplo, Cocorí se nutre de la sabiduría de los otros personajes/animales, y recibiendo conocimientos de todos ellos, aclarará la duda, enriquecerá su vida y alcanzará un mayor grado de madurez. Al final de la novela, Cocorí no es un héroe derrotado, es un héroe con mente inquisidora, un ser inquieto y persistente, un símbolo de perseverancia, un héroe triunfante que fue en búsqueda de una respuesta y la encontró. Con todo respeto, a mi juicio –y por ser el texto literario una totalidad- esta arista no fue considerada.

Me hago otra pregunta:

¿No sería más conveniente, utilizar el texto como instrumento de concientización? Por ejemplo: que los estudiantes problematicen sobre la visión de mundo eurocentrista de la niña; que analicen las acciones de Cocorí luego del encuentro con ella; que se pregunten si no fue más importante el camino recorrido por Cocorí más que el color de su piel; que busquen los valores que encarna Cocorí y su hábitat, así como los valores y disvalores del  texto en su totalidad; que comenten el mensaje esencial del texto. Finalmente, que trasciendan sus contenidos literarios y que, con base en la realidad actual, indaguen sobre los problemas raciales, la diversidad cultural, la situación actual de las etnias negras. El texto da para esto y para muchísimo más.

Ampliando, Cocorí -gracias al carácter plurisignificativo de la literatura- está lleno de símbolos relacionados con el conocimiento de las cualidades y defectos de la condición humana: la experiencia de los “viejos” en doña Modorra, la tortuga; la capacidad profética y la sabiduría de Viejo Cantor que se expresaba en versos; la figura femenina en Mamá Drusila; la solidaridad del mono Tití. También la envidia y pretensiones juveniles de don Torcuato, el cocodrilo; y la vida sin sentido de Talamanca, la inmensa bocaracá.

Es síntesis, creo que se ha fragmentado la interpretación del texto, al haber obviado el mensaje esencial, en palabras del Negro Cantor: “cada minuto útil vale más que un año inútil”, sabio mensaje expresado por personaje negro que hablaba en verso y cuyos contenidos tienen un amplio espectro de posibilidades de ser trabajado y elaborado con el estudiantado.

Todo lo anterior me hace de nuevo preguntarme ¿no sería más enriquecedora la opción de asumir y repensar la novela tanto como objeto de análisis y de goce estético como de discusión y crítica, concientizando desde cualquier posición que se tenga al respecto? ¿No saldríamos ganando todos descubriendo los valores de Cocorí?

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Única mirando al mar. Belleza, amistad y amor en medio de la podredumbre y la suciedad

Formoso, Manuel. “Única mirando al mar. Belleza, amistad y amor en medio de la podredumbre y la suciedad”. La Nación. Opinión (San José, Costa Rica), 16 de agosto de 2007

 Mi nieta mayor –lectora incansable– debió leer, como tarea en el colegio, Única mirando al mar, de Fernando Contreras. Para acompañarla en la lectura y ayudado por la casualidad de tropezar con un ejemplar en el desorden que reina en mi biblioteca, leí la obra de Contreras que alguna vez comencé, pero que la hice a un lado porque no me gustó el tema de que trata. En realidad, no es para menos porque la narración transcurre en Río Azul y los personajes son los buzos zampados día y noche, buscando frenéticamente objetos de valor o que tengan alguna utilidad en su miserable vida de habitantes permanentes en ese mar de basura.

Fernando Contreras tiene la enorme capacidad poética de introducir belleza, amistad y hasta una historia de amor en medio de ese constante olor a podredumbre, suciedad y mosquerío que se desprende de los cientos de toneladas que día a día arrojan los camiones transportadores de basura producida en la Gran Área Metropolitana. Igualmente, los personajes que dan vida a la novela, sucios, de piel renegrida, pelo tieso del tierrero que contiene y vestidos de andrajos, se nos vuelven entrañablemente queridos y su destino trágico nos angustia como si se tratara de amigos de toda la vida.

Madre proveedora. Única es única por su bondad de madre y capacidad de proveedora de comida, perfumes, pasta de dientes y mil cosas que llegan con la basura. Encuentra Única entre la basura un hijo y un hombre –totalmente derrotado, tanto que él mismo se lanzó a un camión que lo llevó a Río Azul– que llegará a ser su marido. El matrimonio de Única con este hombre lo realiza un sacerdote que se consagró a sí mismo después de haberse encontrado una túnica púrpura, y la fiesta consiguiente con la asistencia de numerosos buzos es de una ternura y un optimismo conmovedor pues se trata de seres humanos situados en el escalón más bajo del orden social, mostrando una capacidad para reciclarse, embellecer su vida con el amor, todo sin salirse del basurero de Río Azul y sus implacables leyes nacidas de una realidad putrefacta, maloliente y llena de moscas.

La casualidad ha querido que termine de escribir estas líneas el 31 de julio del 2007, día en que se cierra oficialmente Río Azul y 14 años después de haber escrito Fernando Contreras su valiosa novela.

P.S. Río Azul parece tener más vidas que un gato. Al día siguiente de haberse declarado oficialmente cerrado, las municipalidades de Curridabat, Moravia, Coronado y Alajuelita no tienen dónde tirar basura, y los posibles botaderos carecen de vías en buen estado para soportar el paso de los camiones cargados con los desechos, por lo que ya se habla de prolongar en 18 meses la vida de Río Azul.