Calufa, investigador

Molina Jiménez, Iván. ʺCalufa, investigadorʺ. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 27 de abril de 2013, p. 34A

En la literatura costarricense, a Carlos Luis Fallas Sibaja (1909-1966) se le considera fundamentalmente un autor de novelas y relatos, justamente célebre por obras como Mamita Yunai, Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez y Mi madrina.

Fallas, sin embargo, fue también un escritor de ensayos políticos, sociales e históricos, como se puede apreciar en el libro De mi vida, que acaba de publicar la Editorial de la Universidad Nacional.

De los materiales incluidos en esa obra, hay tres ensayos que son de particular interés, ya que para elaborarlos Fallas realizó un detallado trabajo de campo con el fin de conocer las condiciones de vida y laborales de ciertas categorías de obreros y productores agrícolas.

El primero, publicado en diciembre de 1933, se refiere a la situación de los barreteros en el Caribe y a sus conflictos con la United Fruit Company. Este estudio constituye un antecedente fundamental del relato “Barreteros”, que Fallas terminó de escribir en 1941 y publicó en 1954.

En una línea similar, el segundo ensayo, publicado en agosto de 1935, explora el mundo social de los mineros de Desmonte y de los campesinos de las áreas aledañas, enfrentados con los intereses de dos empresarios extranjeros. Curiosamente, esta importante contribución de Fallas no ha sido considerada por los historiadores costarricenses y extranjeros que décadas después analizaron la problemática minera.

Finalmente, el tercer ensayo es el más conocido de todos, dado que circuló como folleto en 1960 y fue reimpreso en 1978: “Don Bárbaro”. En este trabajo, cuyo título evoca la célebre novela que Rómulo Gallegos publicó en 1929, Fallas analiza la concentración de la tierra en Guanacaste y, especialmente, la lucha de los pequeños y medianos productores agrícolas por defender sus propiedades, amenazadas por lo que él denominó “el latifundio de los Morice”.

Los dos primeros ensayos referidos evidencian ya los tempranos esfuerzos de Fallas por observar, describir, recoger testimonios, revisar documentos, verificar la información obtenida, ordenarla, comparar resultados y analizarlos. Las capacidades indicadas encontraron su mejor expresión en “Don Bárbaro”, que destaca por una mayor exhaustividad en la recolección, sistematización y análisis de los datos.

Por estos ensayos, y otros que también están incluidos en De mi vida, Fallas debería empezar a ser considerado como una figura relevante en el desarrollo de las ciencias sociales en Costa Rica. Imaginativo practicante de la historia oral, fue también pionero en la construcción de la historia de los trabajadores, de los pequeños y medianos productores agrícolas y de los movimientos sociales.

http://www.nacion.com/2013-04-27/Opinion/Calufa–investigador.aspx

gentes-y-gentecillas

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La sotana revive al querido Carmuco

Sánchez C., Alexánder. La sotana revive al querido Carmuco. La Nación, Viva (San José, Costa Rica), 7 de febrero de 2013, p.8

 

Carmuco encuentra su preciada sotana y, en medio de la basura, comienza una nueva vida. Es ahora el “sacerdote” de los buzos, o más bien, el oasis espiritual en medio de viejas penas, carencias y un sinfín de esperanzas.

El miércoles 13 de febrero, en el anfiteatro del Cenac (7 p. m.), se estrenará el cortometraje Carmuco, de Patricia Velázquez. El filme es un extracto de lo que será un próximo largometraje basado en la novela tica Única mirando al mar (1993), de Fernando Contreras.

De hecho, el guion del corto es obra del mismo Contreras y Gabriela Calderón. Ambos autores recrearon el momento en que Oso Carmuco, personaje destacado de la novela, halla su famosa sotana y comienza su peculiar misión.

Con un libro de rezo en mano, Oso Carmuco – que es alcohólico y no respeta del todo el voto de castidad, oficia ‘misas’ y hasta matrimonios en el mismo botadero.

“Al igual que el largo, el corto retrata momentos posteriores a la novela. En el caso del cortometraje, la trama se ubica 20 años antes de los hechos narrados en Única mirando al mar”, explicó Velázquez.

Quien en el corto da vida a Oso Carmuco, es el actor Armando Herrera, quien se desempeña como conductor de bus, en la ruta Tibás-San José.

“Actuar es mi pasión y me entrego al máximo cuando hago un papel. Es como si fuera un actor profesional. Tanto es así, que al igual que Oso Carmuco, llegué a sentir que yo era, realmente, el cura de esa comunidad”, dijo entre risas Herrera.

“Para mí fue impresionante hacer ese papel, pues él, a pesar de que podría verse como un hombre perdido por su vicio, encuentra valoración siendo un cura. Entonces, su vida toma un sentido, que es ayudar a los demás”, agregó Herrera.

Pero no solo el Oso Carmuco saldrá en el corto; también aparecerán personajes como la famosa Única, el Bacán y don Retana, todos muy conocidos de la novela.

Laborioso. El corto Carmuco, de 10 minutos de duración, se filmó durante dos días en Miramar de Puntarenas, con jornadas de trabajo de casi 18 horas continuas.

“El primer día grabamos en un precario a orillas del basurero… Había pobladores muy inquietos por el corto. El segundo día fue peor: estábamos dentro del basurero y el calor de Puntarenas, sumado al hedor de la basura, hacia todo muy duro”, recordó Velázquez.

A pesar de todo, la realizadora destacó que el equipo de trabajo se entregó al máximo para lograr el producto final, el cual usted podrá ver de forma gratuita en el Cenac.

Incluso, Velázquez recordó que Herrera llegó a hundir su cabeza en la basura, como muestra de su compenetración total con el personaje central del filme.

Lo que se viene. La filmación del largometraje –del cual se desprende el cortometraje Carmuco–, se espera realizar en el 2014.

Según Velázquez, el largometraje está en etapa de desarrollo y ya recibió apoyo económico por parte de Proartes y el programa Ibermedia.

“Con la conclusión de este corto, considero que ya tenemos una carpeta sólida para solicitar fondos para la producción del filme”, explicó Velázquez.

“Con Carmuco se cierra un ciclo, pues más allá de realizarlo para facilitar la búsqueda de financiamiento, necesitábamos filmar en el basurero, con todo lo que eso implica”, finalizó la cineasta

http://www.nacion.com/2013-02-07/Entretenimiento/la-sotana-revive-al-querido-carmuco.aspx

¿Para quién es este futuro?

Palavicini, Luciano. ¿Para quién es este futuro?. San José, Costa Rica : Universidad de Costa Rica. Asociación de Estudiantes de Comunicación Colectiva. 12 de setiembre 2012 (ponencia)

¿Para quién es ese futuro, por el que día a día, nos mortificamos en construir?  Me pregunté peligrosamente, luego de leer varios fragmentos de ésta tierra prometida con la que Fernando nos abofetea, y despabila. Será que lo bueno de éste mundo le pertenecerá a cada vez menos familias, y será que los desperdicios de éstos privilegiados,  se repartirán entre cada vez más, entre aquellos a los que podríamos denominar, como “los demás”, (aunque seamos los de-menos). Fue otro pensamiento peligroso que me pasó por la cabeza, al seguir leyendo, seguido por reproches y auto-reproches; era evidente ya, que el tono fuerte, acusador y desesperanzado de los micro-relatos me había calado.

Cada micro-relato leído, hace aún más evidente el olor a sangre con la que éstos han sido impregnados sobre el papel. Me hacen reflexionar en, si me duele más a mí leerlos o al autor haberlos sacado del baúl empolvado de cosas-que-sabemos-pero-no-queremos-que-nos-las-recuerden, ése baúl que vive en el sótano olvidado de nuestro inconsciente colectivo, junto a otros baúles que hoy no vienen al caso mencionar, pero que amontonados y por montones, se encierran y se esconden para no perjudicar el confort de nuestro cotidiano andar y el presente que tanto nos gusta.

A este presente, tan siempre mío, no tuyo, ni mucho menos nuestro, en el cual no queremos que nadie nos incomode, nos mueva el piso, y nos insinúe la posibilidad, por más pequeña e ínfima, de que puede que estemos equivocados; a este presente le sienta bien la verdad seca, directa y con gotas de un ácido que ayude a corroer la costra de promesas con la que se nos bombardea todos los días, promesas que se convirtieron en las dueñas de todas las parcelas en nuestros sueños, deseos y anhelos. Nos viene bien un amargo cable a tierra, a ésta otra tierra, no la que nos prometen y pintan de colores oníricos, sino ésta otra; tan llena de dólares,colones y euros, pero con escases de agua y comida; tan llena de televisión, fútboly modelos, pero méndiga de visión, juegos y amor…  Ésta tierra que se proyecta al futuro y se fragmenta en pequeños pedazos de espejo a manos del autor.

Nos sacaron de la promesa…  la cercaron, y solamente para defenderla de nosotros, los que ayudamos a construirla. El texto presagia nuestro futuro, el de nosotros, el de aquellos que volvemos-a-ver-hacia-el-otro-lado, el futuro de nosotros que cambiamos seis litros de agua por una botella de Coca Cola, el futuro de nosotros que cambiamos  una selva por un anillo de oro, el de nosotros que compramos el cuento viral en el cual se estudia, se trabaja, se compra, se reproduce y se muere;  nosotros los que compramos la promesa a crédito, para luego que se nos dé envuelta en papel de regalo y en forma de crisis, nuestro futuro…

 Los más tristes, los que más se lamentan entre los personajes, son los más viejos. Los que tuvieron la desdicha de vivir y ver, como todo se oscurecía bajo el galope apocalíptico del marketing, ver como país tras país, se ahogaba con cada rescate de la banca, ver la deuda pagada por el pueblo, ver guerra e inversión en el odio, y les duele él sólo haber visto, les duele no haber hecho una afirmación peligrosa, teniendo de tantas opciones de dónde escoger, les duele no haber hecho un pregunta peligrosa, de ésas que paralizan un cuarto y hacen dudar, les duele nunca haber dado un respuesta peligrosa, de ésas que hacen que se levante un pueblo, pero NO las hicieron, NO las hicimos, NO las hacemos.

  En tiempo de necesidad, hasta dan risa los objetos absurdos que recolectamos en vida, compramos y desechamos. El sinsentido con el que queda evidenciado frente al hambre, tantas horas desperdiciadas de trabajo y pensamiento,  dedicadas a estar a la moda, tener un mejor celular al que ya tengo o cualquier esfuerzo para alimentar la banalidad de nuestro ego. ¿Dónde queda el ego cuándo no se tiene que comer?

Sí, el libro tiene un mensaje crudo, espeso y difícil de digerir, en tono de cólera, rabia y disgusto. A mi parecer, justificado. El pueblo aperezado que sigue alimentando al elefante blanco del poder; merece que se le hable en ése tono, aunque luego siga dormitando y sólo sirva para despertar a pocos. Es menester del escritorusar ésa arma de teclas y pegar el grito descorazonado de la verdad,  para sobresalir entre tanto balbuceo literario que se imprime, ése balbuceo que opaca, esconde y maquilla todo-lo-que-no-nos-gusta-escuchar. El autor ahora nos pasa éstas páginas calientes a nosotros sus lectores.

Los fragmentos de la tierra prometida, suenan más a una realidad próxima que a ficción o utopía. Cierro con uno de éstos micro-relatos, un relato de pocas palabras, pero grande en contenido, efectivo a la hora de crispar los bellos de mi piel y de hacerme replantear lo importante.

“The piper at the gates of dawn”

Una flauta es lo más cercano a la naturaleza de los pájaros. Como ya no hay flautas, ni pájaros, el flautista imagina el ocaso, porque tampoco hay ocaso, y silba.

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La promesa de la Tierra prometida

Muñoz González, Rodrigo. La promesa de la Tierra prometida. San José, Costa Rica : Universidad de Costa Rica. Asociación de Estudiantes de Comunicación Colectiva. 12 de setiembre 2012 (ponencia)

La búsqueda por la tierra prometida es subyacente para el ser humano. El eco de esta promesa  tiene resonancia a lo largo de nuestra vida: creemos que algún día encontraremos –o alguien lo hará por nosotros- ese lugar.

A veces, parece que Moisés emprendió un viaje sin sentido, que perseguía una fantasía, un sueño con textura de realidad. El profeta murió castigado sin poder ver su paraíso y no teniendo en cuenta su suerte, ya que lo que se encontraría su pueblo serían ríos por dónde no corre leche, sino sangre.

Y es así como la Tierra Prometida es una paradoja: el hombre la desea con fervor pero siempre muere esperándola. ¿Será acaso que no la queremos o que no nos dejan alcanzarla?

Fragmentos de la Tierra Prometida de Fernando Contreras nos plantea un escenario del futuro cuyo aspecto aterrador radica en su cercanía. El paraíso murió hace mucho tiempo, ahora sólo quedan fragmentos llenos de veneno. Precisamente, esa es la condena del oráculo al hombre: morir en manos de las fantasías que creó, de su reflejo, ser asesinado por sí mismo.

El autor nos indica que cada micro relato es una semilla que contiene un antes y un después. Semillas que son vestigios y profecías, pero también presentes. En cada fragmento que leemos reconocemos cada vez más nuestro “mundo real”.

Pero no es la Tierra Prometida, sino la promesa nuestra droga.

El teórico ruso Mijaíl Bajtín consideraba los lenguajes como multiacentuados; esto significa que existe una dinámica dónde diferentes grupos procuran acentuar el lenguaje para que sus voces, experiencias y valores puedan ser reconocidos.

En nuestra época, el postulado de Bajtín toma fuerza al observarse cómo prevalecen las voces de ciertos grupos por sobre todas las cosas. Los parámetros casi infranqueables de estas voces fijan promesas para llegar al paraíso. Un mercado simbólico alimenta una promesa mediada por el capital.

Estas voces podrán contar con mayor legitimidad, ahínco y fuerza, pero no son las únicas. “El signo –como diría Valentín Voloshinov- es la arena de las luchas sociales”.

Hoy, el mandato del Oráculo de Delfos es peligroso pero necesario: “Conócete a tí mismo”. YaAldous Huxley decía que el ser humano busca su trascendencia y que un medio para empezar es la meditación.

Debemos meditar que los conceptos de la Tierra Prometida y su promesa son inconsistentes. ¿De qué sirven si no comprendemos nuestro entorno?

Al final de cuentas, cuando el ser humano empiece a entender la nada, le será más fácil encontrar la paz. Hay voces cuyas promesas alcanzan un nivel de ruido sorprendente, aturdiéndonos. Sin embargo, prefiero considerar Fragmentos de la Tierra Prometida como una alerta y no como una profecía inmanente.

Nuestro principal reto es, en medio de esa saturación, detenernos y prestar atención, oír a los demás y a nosotros mismos. Como dice mi estimado profesor Carlos Sandoval en su libro Otros Amenazantes: “la escucha, quizá la dimensión más compleja de la comunicación, es lo que a menudo está ausente”.

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Pájaros de la memoria. Literatura

Núñez Olivas, Oscar. Pájaros de la memoria. Literatura. La Nación. Ancora, (San José, Costa Rica), 30 de julio de 2000

La novela más reciente de Fernando Contreras Castro, El tibio recinto de la oscuridad, demuestra el peso literario de un escritor fiel a sí mismo y capaz de innovarse en cada obra. Esta es su tercera novela después de Única mirando al mar y Los Peor.

Cosa del destino o del azar, nunca lo sabré. Lo cierto es que el mismo día que había dispuesto para escribir esta reseña, recibimos la noticia infausta: diecisiete personas murieron calcinadas en Tilarán, en uno de esos vertederos de huérfanos grandes que se denominan con circunloquios tales como “hogar” o “asilo de ancianos”.

Los partes de defunción culparán al fuego, pero todos sabremos en nuestra íntima conciencia que los mató el olvido, que fueron víctimas de una serie de abandonos superpuestos y que hay cientos -sino miles- de hombres y mujeres en circunstancias similares, arrojados al “asilo” en pago a una larga vida de trabajo y de renuncias personales.

De no haber ocurrido la desgracia, no nos hubiéramos enterado nunca de que esa noche dormían solos cuarenta y un ancianos, en su mayoría inválidos o con sus capacidades físicas severamente disminuidas, al “cuido” de un guarda solitario y casi tan añoso como ellos. Y no tendríamos ahora la sospecha de que muchos otros están en riesgo de acabar su vida de un modo injusto y despiadado.

De esa gran paradoja de la sociedad moderna, la exclusión de los ancianos, nos quiso hablar Fernando Contreras en su novela de reciente aparición,El tibio recinto de la oscuridad, y la vida se encargó de ilustrar con brutal realismo este conmovedor lamento literario.

Autor, como recordaremos, de Única mirando al mar, Los Peor y Urbanoscopio, Contreras es el escritor costarricense de la marginalidad urbana, ingenio capaz de verter en prosa poética a los habitantes del basurero municipal o a las residentes del prostíbulo barato. Poesía, vale aclarar, no de mitificación sino de denuncia y compromiso con la realidad social.

El tibio recinto de la oscuridad no se aparta de esa línea narrativa aunque, como veremos más adelante, constituye una auténtica novedad desde el punto de vista de la forma.

¿Por qué esta vez los ancianos?, le preguntamos al autor en el curso de una esclarecedora conversación, y él nos habla de su angustia por esa gente que llaman de la tercera edad, a la que cada vez más tendemos a descartar, con el mismo criterio con que desechamos las maquinillas de afeitarnos cuando se les gasta el filo.

“Lo que conocemos como asilo de ancianos -nos dice Contreras- es la forma que finalmente adquiere esa condición de exclusión que acompaña la senectud. Creo que ahí no siempre se le da al anciano un asilo afectivo o existencial, sino que muchas veces es un depósito de seres humanos en desecho.”

“Creo que existe un desmedido temor al envejecimiento”, agrega, “quizá por ese culto a la juventud y al cuerpo que nos vende la publicidad. Se aísla a los ancianos como temiendo un contagio.”

La historia

Una mujer sin nombre, escritora por imperativo vital, cumple sus ochenta años y decide recluirse en el “senectario” (término que acuña Contreras por analogía con leprosario o lugares peores), en un acto soberano y consecuente con la que ha sido una vida de ininterrumpidos exilios. Estando ahí, decide escribir sus memorias.

Toda la acción de la novela transcurre en la cabeza de esta mujer que relee sus escritos, repasa los episodios de su vida y, observando el entorno, hace inventario de la senectud y sus miserias.

Al adentrarse en el texto, uno tiene la certeza de estar penetrando en la biografía secreta de alguna de esas tantas mártires de la literatura costarricense. Se barajan y se desechan nombres: Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Virginia Grutter.

Pero “es un personaje metafórico; no alude a ninguna mujer en especial, sino a todas -nos explica Contreras-, porque lo importante de un personaje no es que se parezca a una persona, sino que sean las personas las que se parezcan al personaje”.

“Podríamos pensar, ciertamente, en muchas escritoras costarricenses, pero también en mujeres como Chavela Vargas”, agrega.

Al elegir una mujer, una escritora y una anciana para construir su personaje, el autor modeló, ciertamente, un prototipo de marginación. Se reúnen en ella las formas de exclusión propias de la edad, de las que venimos hablando, pero también las que corresponden a la condición femenina, que en el caso de nuestras artistas de principios y mediados del siglo XX se convirtieron en acoso social, en verdadero estado de sitio.

La “ruptura”

Contreras nos presenta una obra imprevista desde el punto de la forma. Casi podría hablarse de ruptura con todo su texto anterior. No se trata, para empezar, de un relato en línea continua, sino de una rayuela temporal, con saltos hacia atrás y hacia adelante. Es una narración desde la memoria de alguien y “la memoria -nos explica el personaje- es una rama que alberga más nidos de los que aguanta. En cualquier momento se desgarra, y vuelan todos los pájaros”.

Los recuerdos son páginas sueltas, sin reverso, líneas sin extensión determinada y así se nos presenta el libro, de modo que Contreras nos produce la extraña sensación de estar frente a un género literario recientemente inventado. Prosa en verso, poesía novelada…, póngale nombre.

Para él, sin embargo, esa ruptura formal no es especialmente significativa, ni marca un periodo nuevo en su proceso creador. “Solo quise distanciarme de una forma lineal de escribir que no me servía para contar lo que tenía que contar en esta ocasión”, nos asegura.

“La estructura de este relato obedece más a esa forma antojadiza, aleatoria, de la memoria, que tiene tanto de azar, de mecanismo inconsciente.”

Del estilo, lo que sí permanece invariable es el oficio poético que se advierte en sus obras anteriores. Veamos, por ejemplo, la metáfora de la memoria como una rama llena de nidos, citada arriba, o este otro texto:

“Me pregunto cuál será la reina de las letras,/ esa a la que todas cuidan, henchida de huevos fecundos/. Si cada nueva reina abandona el hormiguero/ para iniciar su propio libro”.

O esta otra, en la que se refiere al proceso de adaptación de los ancianos al asilo: “Mientras dura la esperanza, mientras se tragan el cuento/ de que están en un hospital porque se cayeron o porque/ enfermaron de algo, un brillo en sus ojos los diferencia/ de la mirada opaca de los fantasmas. Por ahí sucede/ un día que la precaria esperanza se despluma en pleno vuelo,/ como alcanzada por una pedrada”.

Epígrafe

Hace algún tiempo comentaba una amiga que leyendo Única mirando al mar, llegó a comprender no solo intelectualmente, sino con todos los sentidos, el absurdo del consumismo. Una sensación análoga experimentaron muchos lectores de esa primera y exitosa obra de Contreras.

Y, aunque sabemos que el buen escritor no enseña ni moraliza, sino que narra; aunque sabemos que El tibio recinto de la oscuridad trasciende en mucho el tema de los ancianos, sería deseable que esta novela -así como el sacrificio de esos 17 viejitos que no salen de nuestra conciencia culpable- nos haga comprender el absurdo de aplicar a las personas los parámetros del mercado. Así sea.

http://wvw.nacion.com/ancora/2000/julio/30/ancora3.html

 

 

Pájaros de la memoria. Literatura

Núñez Olivas, Oscar. Pájaros de la memoria. Literatura. La Nación. Ancora, (San José, Costa Rica), 30 de julio de 2000

La novela más reciente de Fernando Contreras Castro, El tibio recinto de la oscuridad, demuestra el peso literario de un escritor fiel a sí mismo y capaz de innovarse en cada obra. Esta es su tercera novela después de Única mirando al mar y Los Peor.

Cosa del destino o del azar, nunca lo sabré. Lo cierto es que el mismo día que había dispuesto para escribir esta reseña, recibimos la noticia infausta: diecisiete personas murieron calcinadas en Tilarán, en uno de esos vertederos de huérfanos grandes que se denominan con circunloquios tales como “hogar” o “asilo de ancianos”.

Los partes de defunción culparán al fuego, pero todos sabremos en nuestra íntima conciencia que los mató el olvido, que fueron víctimas de una serie de abandonos superpuestos y que hay cientos -sino miles- de hombres y mujeres en circunstancias similares, arrojados al “asilo” en pago a una larga vida de trabajo y de renuncias personales.

De no haber ocurrido la desgracia, no nos hubiéramos enterado nunca de que esa noche dormían solos cuarenta y un ancianos, en su mayoría inválidos o con sus capacidades físicas severamente disminuidas, al “cuido” de un guarda solitario y casi tan añoso como ellos. Y no tendríamos ahora la sospecha de que muchos otros están en riesgo de acabar su vida de un modo injusto y despiadado.

De esa gran paradoja de la sociedad moderna, la exclusión de los ancianos, nos quiso hablar Fernando Contreras en su novela de reciente aparición,El tibio recinto de la oscuridad, y la vida se encargó de ilustrar con brutal realismo este conmovedor lamento literario.

Autor, como recordaremos, de Única mirando al mar, Los Peor y Urbanoscopio, Contreras es el escritor costarricense de la marginalidad urbana, ingenio capaz de verter en prosa poética a los habitantes del basurero municipal o a las residentes del prostíbulo barato. Poesía, vale aclarar, no de mitificación sino de denuncia y compromiso con la realidad social.

El tibio recinto de la oscuridad no se aparta de esa línea narrativa aunque, como veremos más adelante, constituye una auténtica novedad desde el punto de vista de la forma.

¿Por qué esta vez los ancianos?, le preguntamos al autor en el curso de una esclarecedora conversación, y él nos habla de su angustia por esa gente que llaman de la tercera edad, a la que cada vez más tendemos a descartar, con el mismo criterio con que desechamos las maquinillas de afeitarnos cuando se les gasta el filo.

“Lo que conocemos como asilo de ancianos -nos dice Contreras- es la forma que finalmente adquiere esa condición de exclusión que acompaña la senectud. Creo que ahí no siempre se le da al anciano un asilo afectivo o existencial, sino que muchas veces es un depósito de seres humanos en desecho.”

“Creo que existe un desmedido temor al envejecimiento”, agrega, “quizá por ese culto a la juventud y al cuerpo que nos vende la publicidad. Se aísla a los ancianos como temiendo un contagio.”

La historia

Una mujer sin nombre, escritora por imperativo vital, cumple sus ochenta años y decide recluirse en el “senectario” (término que acuña Contreras por analogía con leprosario o lugares peores), en un acto soberano y consecuente con la que ha sido una vida de ininterrumpidos exilios. Estando ahí, decide escribir sus memorias.

Toda la acción de la novela transcurre en la cabeza de esta mujer que relee sus escritos, repasa los episodios de su vida y, observando el entorno, hace inventario de la senectud y sus miserias.

Al adentrarse en el texto, uno tiene la certeza de estar penetrando en la biografía secreta de alguna de esas tantas mártires de la literatura costarricense. Se barajan y se desechan nombres: Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Virginia Grutter.

Pero “es un personaje metafórico; no alude a ninguna mujer en especial, sino a todas -nos explica Contreras-, porque lo importante de un personaje no es que se parezca a una persona, sino que sean las personas las que se parezcan al personaje”.

“Podríamos pensar, ciertamente, en muchas escritoras costarricenses, pero también en mujeres como Chavela Vargas”, agrega.

Al elegir una mujer, una escritora y una anciana para construir su personaje, el autor modeló, ciertamente, un prototipo de marginación. Se reúnen en ella las formas de exclusión propias de la edad, de las que venimos hablando, pero también las que corresponden a la condición femenina, que en el caso de nuestras artistas de principios y mediados del siglo XX se convirtieron en acoso social, en verdadero estado de sitio.

La “ruptura”

Contreras nos presenta una obra imprevista desde el punto de la forma. Casi podría hablarse de ruptura con todo su texto anterior. No se trata, para empezar, de un relato en línea continua, sino de una rayuela temporal, con saltos hacia atrás y hacia adelante. Es una narración desde la memoria de alguien y “la memoria -nos explica el personaje- es una rama que alberga más nidos de los que aguanta. En cualquier momento se desgarra, y vuelan todos los pájaros”.

Los recuerdos son páginas sueltas, sin reverso, líneas sin extensión determinada y así se nos presenta el libro, de modo que Contreras nos produce la extraña sensación de estar frente a un género literario recientemente inventado. Prosa en verso, poesía novelada…, póngale nombre.

Para él, sin embargo, esa ruptura formal no es especialmente significativa, ni marca un periodo nuevo en su proceso creador. “Solo quise distanciarme de una forma lineal de escribir que no me servía para contar lo que tenía que contar en esta ocasión”, nos asegura.

“La estructura de este relato obedece más a esa forma antojadiza, aleatoria, de la memoria, que tiene tanto de azar, de mecanismo inconsciente.”

Del estilo, lo que sí permanece invariable es el oficio poético que se advierte en sus obras anteriores. Veamos, por ejemplo, la metáfora de la memoria como una rama llena de nidos, citada arriba, o este otro texto:

“Me pregunto cuál será la reina de las letras,/ esa a la que todas cuidan, henchida de huevos fecundos/. Si cada nueva reina abandona el hormiguero/ para iniciar su propio libro”.

O esta otra, en la que se refiere al proceso de adaptación de los ancianos al asilo: “Mientras dura la esperanza, mientras se tragan el cuento/ de que están en un hospital porque se cayeron o porque/ enfermaron de algo, un brillo en sus ojos los diferencia/ de la mirada opaca de los fantasmas. Por ahí sucede/ un día que la precaria esperanza se despluma en pleno vuelo,/ como alcanzada por una pedrada”.

Epígrafe

Hace algún tiempo comentaba una amiga que leyendo Única mirando al mar, llegó a comprender no solo intelectualmente, sino con todos los sentidos, el absurdo del consumismo. Una sensación análoga experimentaron muchos lectores de esa primera y exitosa obra de Contreras.

Y, aunque sabemos que el buen escritor no enseña ni moraliza, sino que narra; aunque sabemos que El tibio recinto de la oscuridad trasciende en mucho el tema de los ancianos, sería deseable que esta novela -así como el sacrificio de esos 17 viejitos que no salen de nuestra conciencia culpable- nos haga comprender el absurdo de aplicar a las personas los parámetros del mercado. Así sea.

http://wvw.nacion.com/ancora/2000/julio/30/ancora3.html

Biografía de la tierra

Soto, Gerardo J. Biografía de la tierra. La Nación, Ancora (San José, Costa Rica), 24 de julio de 2005

Biografías noveladas hay muchas. Como la del emperador Adriano, de Marguerite Yourcenar. Biografías de la Tierra también abundan, como la de Francisco Anguita, de corte científico divulgativo. Novedoso es ver la biografía del planeta en ocho páginas en el relato Krakatoa (Leyenda preludio), contenido en el más reciente libro de Fernando Contreras Castro, Sonambulario.

Alguna vez le leímos decir al autor que “él era un hijo del Irazú”, porque había nacido en aquel aciago año de 1963, cuando las cenizas del volcán cubrían inmisericordemente la ciudad de San José y alrededores. No cabe duda de que le ha marcado esa paternidad, cuando en el primer relato de su libro escribe que “las erupciones volcánicas de tierra y de mar son las pesadillas más horrendas del planeta y los pájaros que comen sueños, por ley del instinto, se abstienen de probarlas, porque no matan por veneno sino por la aspereza de su sabor.”

En Krakatoa, la hecatombe volcánica de 1883, aunada a la del tsunami asesino que le sucedió, dan cabida a una elucubración filosófica del origen del planeta, hasta la aparición del hombre y el porqué está aquí: “el camino de la evolución no fue sino una variante más de la ciega voluntad sobre la materia animal”.

Bien documentado, Contreras nos lleva de paseo desde la tectónica de placas hasta Darwin, en una ciencia geológica hecha literatura, que va más allá de las sempiternas descripciones geológicas de Alejo Carpentier. Sugestivo, perturbador, si se quiere, es este relato. Y es que perturbadora es la historia toda de este planeta azul, repleta de extinciones masivas, inquietas placas y épocas glaciales. Tanto así, que la ciencia que lo estudia, la Geología, es quizás la más irreverente de todas, porque se ha encargado de desmentir los seis días de la creación, y demostrar que en realidad son 4.600 millones de años de historia terrestre.

Ahí está el único lunar del relato: no son “4.65 billones de años”. Perdonable, porque el mismo autor lo afirma en la contraportada: “Este libro es una bitácora de sueños”.

http://wvw.nacion.com/ancora/2005/julio/24/ancora16.html

Mis 80 años

Aguilar Bulgarelli, José Francisco. Mis 80 años. San José, Costa Rica : el autor, mayo 2012

He gozado el privilegio de llegar a los ochenta años de vida. Eso quiere decir que he tenido oportunidad de ver, oír, leer y disfrutar muchas cosas. Solo me quejo de que el tiempo ha pasado demasiado rápido, todavía me queda bastante por conocer y realizar pero ya no tendré ocasión para hacerlo.

Aunque en este mundo hay altos y bajos, alegrías y tristezas, en términos generales puedo decir que estoy contento con lo que la vida me ha dado.

Tuve unos padres excelentes, una familia afectuosa, compañeras de vida tolerantes y amorosas, hijos responsables y cariñosos, nietos y hasta bisnietos que me alegran la vida. No puedo olvidar a los amigos, algunos de corazón de esos para toda la vida, otros que han llegado y salido a través de los años, dejando una estela de afecto que ahora rememoro con nostalgia.

Puedo decir, con un chispazo de vanidad, que siempre hice lo que quería, con un poco de rebeldía, sin someterme a nada ni nadie, lo que equivale a decir que fui libre para pensar y hacer y de eso me siento orgulloso.

Nunca tuve un capital importante, pero tampoco me hizo falta, pues siempre me conformé con que a mi familia no le faltara nada y poder vivir sin estrecheces.

En la familia me reconocen como padre y abuelo, un viejo que reparte pan y come queso; pero no saben lo que he hecho en mi vida, entre otras cosas, porque no he sido dado a contarlo y menos alardear de vanidades. No recuerdo que nadie me haya preguntado alguna vez por mi vida, qué es lo que he hecho, por donde he caminado, qué pienso, qué escribo.

Si eso ocurre con la familia, el resto de la gente no sabe si estoy vivo o muerto. Me pasé la vida perdiendo el tiempo; hice muchas cosas, pero ninguna que valiera la pena para los demás. En cambio a mí, la mayoría de esas cosas me hicieron sentirme bien, me divirtieron, me angustiaron, me realizaron.

Una vez escribí: “He escrito más de veinticinco libros y no soy escritor; tengo títulos de abogado, pero no soy abogado; durante años di clases en la Universidad y no soy profesor; he escrito en medios informativos y los he dirigido, pero no soy periodista; fui militante, dirigente, diputado, candidato a la Presidencia de la República y no soy político; estreché la mano del Papa y no soy creyente; soñé con utopías sin lograr ninguna; viajé por muchos países de todos los continentes y no soy turista; me he puesto muchos sombreros, he pasado por muchos aros, sin llegar a ninguna parte”.

Tengo a orgullo ser rebelde, ponerme del lado de los débiles, defender causas perdidas y estar en contra del orden establecido. El poder me incita a luchar en contra, no me inclino ante los poderosos, no soporto las amarras que imponen leyes y reglamentos y por eso hago lo que me place. Bien decía mi madre. “Ni a su madre le da cuentas de lo que hace”

Adjuntaré un currículum resumido por si alguien tiene la paciencia de leerlo y así enterarse de la vida de un hombre sin importancia, que hizo muchas cosas.  Mayo 10 del 2012.

CURRÍCULUM VITAE

Nombre:

José Francisco Aguilar Bulgarelli

Nació:

10 de mayo de 1932

Padres :

José Ramón Aguilar Villegas

Adela Bulgarelli Flores

Estudios:

Escuela Juan Rudín

Colegio Seminario

Universidad de Costa Rica

Título Académico:

Abogado y Notario.

ACTIVIDADES POLÍTICAS:

1954-1959    Presidente Juventud Calderonista

1959-1963    Secretario de Organización del Partido Republicano

1962-1966    Diputado a la Asamblea Legislativa

1962-1965    Presidente Comisión Asuntos Jurídicos Asamblea Legislativa.

1970               Fundador del Partido Socialista Costarricense

1974               Candidato a la Presidencia de la República por P. Socialista

1981               Fundador y Secretario General de Fuerza Popular Organizada

ACTIVIDADES DE SOLIDARIDAD

1968-1984.1       Vice-Presidente Consejo Nacional de Paz y Solidaridad (16 años)

1967-1979.1       Colaborador activo del Frente Sandinista de Nicaragua

1974-1983.1       Colaborador activo de Resistencia Nacional de El Salvador

1975-1991           Trabajo de divulgación y Solidaridad con Palestina, Yugoslavia, Rumanía, República Arabe Saharahui y

Cuba.

1982                        Recibe Medalla del Consejo Mundial de Paz y Solidaridad

1989                        Recibe Medalla del Ejército Sandinista de Nicaragua.

Se reúne con 6 Jefes de Estado y con el Papa Pablo Sexto.

Asiste a Congresos, Conferencias y Simposios Internacionales en decenas de países en todo el mundo generalmente como Jefe de la Delegación de Costa Rica.

SOLIDARIDAD CON LA R. P. D. DE COREA.

1973-1977.1       Funda en Costa Rica y en diferentes países Latinoamericanos Comités de Apoyo y Solidaridad por la

Reunificación de Corea y Comités Culturales de apoyo a Corea

1978                       Funda y es elegido Presidente del Instituto Latinoamericano para Estudios de la Idea Juche cargo que ejerce

durante 20 años.

1999                       Elegido Presidente Ad Honorem del Instituto Latinoamericano

1979                       Fundador y Vice-Director General del Instituto Internacional de La Idea Juche en Japón cargo que ejerce

hasta 1999.

Recibido SIETE veces por el PRESIDENTE KIM IL SUNG.

En dos ocasiones recibió la MEDALLA DE AMISTAD DE PRIMER ORDEN otorgada por Corea.

1997                       Recibió el PREMIO INTERNACIONAL KIM IL SUNG, máximo galardón que otorga Corea.

Ha asistido a Congresos, Conferencias y Simposios relacionados con Corea en Portugal, Austria, Grecia, Ecuador, Japón, Perú, Panamá, Colombia, Venezuela, Guyana, México, Suecia, Noruega, Suiza, Argentina y muchos otros países. Tiene publicados varios libros relacionados con la R. P. D. de Corea.

TRABAJO EN PERIODISMO

En 1948 fundó EL FARO INFORMADOR DEL ESPACIO un servicio informativo radial.

Fundador y co-director del periódico LA OPINIÓN.

Director y productor del programa televisivo PUNTO FINAL.

Miembro de la Asociación de Periodistas de Costa Rica.

Carnet No. 1 del Colegio de Periodistas de Costa Rica.

Miembro del Sindicato de Periodistas de Costa Rica.

Miembro de la Organización Internacional de Periodistas (OIP)

Fundador en Costa Rica del Comité de la OIP.

Miembro de la Federación latinoamericana de Periodistas (FELAP).

Director del Periódico Denuncia Revolucionaria.

Ha publicado en diversos periódicos nacionales e internacionales.

Ha asistido a Congresos, Conferencias y Simposios en diversos países como Irak, Pyon Yang, Helsinski, etc.

OTRAS COSAS

Miembro del Colegio de Abogados de Costa Rica.

Abogado litigante.

Profesor de Sociología en la Escuela Normal Superior.

Profesor de Sociología en la Universidad Nacional.

Miembro de la Asociación de Cazadores de Costa Rica.

Miembro del Radio Club de Costa Rica.

Miembro de la Cámara Nacional de Radio.

Miembro de la Asociación de Ex-Parlamentarios.

Radioaficionado con las siglas TI 2 LM.

Miembro de las Juntas Administrativas y Asociación de Padres del Colegio de Señoritas y el Liceo de Escazú.

Trabajador radiofónico, desde locutor, guionista, intérprete, vendedor, etc. Y propietario de RADIO AMÉRICA LATINA.

OTRAS MÁS

Lector empedernido. Ha escrito 25 libros.Fue invitado al Congreso Cultural de la Habana en 1968 donde conoció y trató a escritores como Julio Cortázar, Alejo Carpentier,  Gabriel Celaya y Efraín Huertas. Miembro de la Asociación de Autores de Costa Rica.

3 de febrero, 6 de la tarde

Cañas, Alberto. “3 de febrero, 6 de la tarde”. La República. (San José, C. R.), 11 de feb, 1974.  p.15

 Existe en el día de elecciones, aunque no lo sepamos, ese momento del atardecer en que al hombre a quien una ley idiota mutila y disminuye, se le despiertan viejos encuentros, vivencias, sentimientos y escenas; lo que está sucediendo en aquel instante y en el resto del día, entre aromas de fiesta, niños en las aceras y campesinos con expresión de orgullo, le está afectando personalmente; piensa que son sus afectos y emociones los que están jugando; que su juventud misma (que ahora comprende es lo mejor que se tuvo o se tiene) está de por medio, y que el acto ciudadano y patriótico trasciende para transformarse en un hecho íntimo, individual, de hombre a hombre, de amigo a amigo, de hermano a hermano. ¡No es la Patria, demonio, la que está en juego, sino mis 20 años!.

Eran unas luminosas cuatro de la tarde. Mi automóvil estaba despojado de la placa con bandera que lo distingue y me inutiliza. Yo podía discurrir por las calles y caminos como cualquier mortal. Y aquel joven muy cercano a mi casa desde hace muchos años, se instaló a la par mía para emprender el paseo de inspección y nervios.

Era el día decisivo, pero la pelea estaba terminada. Los costarricenses dejamos de enseñarnos los dientes precisamente cuando otros los afilan. Ya la gente esta votando y hay que dejar que lo hagan en paz. Los demás somos espectadores y no debemos perturbar al que esta metido, a solas con Dios y con la historia, en el sagrado recinto hecho de cartones. La paz que le proporcionemos le ayudará a decidir.

De suerte que si estamos en la calle es para disfrutar y para que nos disfruten. Porque aquél que se detiene en la acera con su banderita en la mano a gozar del espectáculo se convierte a su vez en parte del espectáculo, para que le gocen a él. Y todos los que acuden a presenciar el espectáculo a él se integran, y tantos somos los participantes como los espectadores.

Recorríamos las calles, y luego las carreteras, y los distritos, y las cabeceras de los cantones cercanos, haciendo recuento de banderas o bien de vehículos empeñados en descifrar por medio de los signos exteriores el misterio de las urnas, en conocer el secreto con tres, tal vez con apenas dos horas de anticipación. No hay curiosidad más intensa que aquélla que sólo debe esperar breve plazo para satisfacerse.

Atardecía y así avanzábamos en dirección oeste del resplandor del poniente procuraba que algunas banderas se confundieran con otras, y de pronto sentíamos que hacía falta acercarse mucho para saber si una bandera era de un partido o de otro. (Y no saquen de aquí metafóricas conclusiones rápidas los corifeos de la izquierda, que la confusión no reconoce barreras ideología, y muchas veces el acercarse era para distinguir si se trataba de colores del más racial de los extremismos o del conservatismo más correcto y engolado).

Hay algo de insólito, de inverosímil más bien, en ese vehículo que se introduce dentro de la vorágine de colores y sonido sin llevar insignia ni demostración. Yo iba en él y sentía sobre mis ojos y sobre mi nuca, miradas de desconfianza que no acertaban a comprender en qué consistíamos yo y mi carro.

Sin embargo, el que se siente extraño, o forastero, o sospechoso, tiene de pronto la sorpresa y breve alivio de notar que alguno le reconoce y le lanza una mirada de inteligencia para expresarle que comprende la difícil y engorrosa situación por la que pasa.

El interés sectario o anímico del paseo, fue pronto sustituido por una participación silenciosa en la euforia colectiva que -conforme avanzan las horas- iba perdiendo su interés partidista para ser únicamente la fiesta, la auténtica fiesta.

Esto lo vimos muy claro cuando ingresamos a la Avenida Central. Dos hileras de vehículos exhibían las ocho banderas de la campaña (algunos de ellos efectivamente las ocho) y sus ocupantes se cambiaban miradas de provocación (yo voy ganando) o de conmiseración (ya perdiste y no lo sabés) o de complicidad (la victoria es de ambos). Todo ello, sin que a ninguno de los que esperaban el triunfo -los muy menores ya se sabe que no lo esperaban- admitiese siquiera la posibilidad de no alcanzarlo.

Los radios difundían los boletines e instrucciones del Tribunal. Pero eso terminó cuando dieron las seis de la tarde. Entonces, del radio se desprendieron las notas del Himno Nacional.

Instintivamente le di al de mi vehículo todo el volumen posible. Tengo la sensación de que en todos los automóviles hicieron lo mismo, y de que la Avenida Central fue un gran Himno de nudo pegado.

Mi acompañante me dijo con toda sencillez:

-Entonces ya la elección terminó.

-Ya terminó.

-El próximo presidente ya esta elegido.

-Ya tenemos presidente aunque no sepamos quien es.

-Ya  no hay campaña política.

-Ya no hay campaña política, ni entre quienes ser neutrales.

-Entonces ya puedo hacer esto. No se de donde extrajo (creo que de debajo del asiento) una bandera de partido que me pareció enorme; la sacó por la ventanilla derecha del carro, y comenzó a agitarla con la fruición del esclavo liberado.

Yo pensé: “¿En donde me meto si me reconocen?”, y luego: “Ya no hay campaña y la elección terminó, de suerte que no puede haber partidarismo” (El abogado interpretando las leyes). Pero sin embargo y por si acaso, en la próxima esquina doblé al norte y me salí de allí, para tomar en cuanto pude la Avenida Primera y el camino de mi casa.

A las seis de la tarde y cuando se marcha hacia el este, las calles son más grises. Son lo más gris del mundo. El cielo se estaba un poco encapotando, pero el día –lo que quedaba del día- seguía luminoso. El Himno Nacional terminaba pero seguirían otros.

La Avenida Primera quedó casi desierta, porque los vehículos se apartaban de ella para participar en el orgiástico desfile final que se desarrollaba a una cuadra de allí, y del cual me llegaban los sonidos estridentes, rítmicos, desafiantes y clásicos.

Yo –pensé- podía o no podía participar de aquel desfile que, a pesar de las banderas y de los toques característicos de las bocinas, tenía ya carácter nacional. Pero en la duda abstente y puse el pie sobre el acelerador. El automóvil cobró velocidad y el viento entonces agitó con más fuerza la bandera que sobresalía de la ventanilla derecha, en las manos de mi sonriente y joven acompañante.

Yo compartía aquella sonrisa. Era mía también y era de todos. Y es probable que la ayudara a crecer, a hacerse más completa y definida, la canción que, a todo volumen, como si por la fuerza de mi voluntad hubiese de inundar todas las calles y avenidas, propalaba desde el radio la gran verdad de aquel momento y de aquel día: “Los hijos del pueblo levanten la frente, al sol refulgente de la libertad…”

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Ginger sin Fred

Cañas, Alberto. “Ginger sin Fred”. La Nación. (San José, C. R.), 15 de mayo, 1993. Sección D, p. 1

 

La pantallita del televisor ha obrado un milagro: ha pasado del usual colorido brillante, ofensivo, puede que natural y trasunto auténtico de lo que vemos continuamente, al grave blanco y negro, signo de lo añejo, de lo antiguo, de aquellos tiempos en que las pantallas –a veces enormes pantallas- nos servían para soñar y no para vernos reflejados en ellas con nuestros vicios, nuestras frustraciones, nuestras violencias y nuestros complejos. Comprendo ahora mejor el significado oculto de esa transición –para algunos meramente tecnológica- del blanco y negro al color, al color estruendoso: esto sirvió para que los hombres de este siglo, que nos hemos pasado buena parte de nuestras vidas contemplado imágenes en pantallas de distintos géneros y tamaños, comprendamos que las pantallas dejaron de ser ventana para ser espejo. Las imágenes en blanco y negro carentes de ese elemento brutalmente realista que es el color (color que ahora puede uno acentuar o suavizar si lo desea) eran francamente irreales, con conciencia de serlo. Eran sueños. Eso es lo que eran. Y la pantalla nos servía para soñar; para salirnos de nuestro mundo, quisiéramos o no, y deslizarnos en otro. ¿Mejor, peor? Simplemente otro.

Frente a mis ojos está Ginger Rogers, y canta una vieja canción, perdida desde entonces, de aquellas que Irving Berlin componía para ella, para que ella las cantara sin Fred. Fred no está en la pantalla. Mi viejo rival Fred. Viejo por lo antiguo, viejo por su edad: tenía por lo menos veinte años más que yo, y se alzaba siempre con aquel dechado de feminidad, de atractivo sexual (sensualidad decíamos entonces) franco, inocente pero apabullante que era Ginger.

Ginger está cantando. Instintivamente, acerco mi sillón un poco más al televisor. Como en aquellos tiempos en que uno concluía que desde la primera fila de lunetas, no es que se pudiera ver mejor a Ginger: es que tal vez pudiese verse más de ella; algo más de lo que los preciosos calzoncitos con que cantaba y bailaba estaban diseñados para mostrar. Un descuido de Ginger, un descuido del camarógrafo, una inclinación mayor del escote, lo que fuera.

En aquellos tiempos, yo no sé si todos los que teníamos quince y dieciséis años estábamos enamorados de Ginger. Pero yo sí lo estaba. Y ese es la realidad que estoy afrontando en este momento. Contemplado ahora a Ginger tal como era, juvenil, refrescante, sonriente, acariciando o enardeciendo con su vocecilla de pájaro, me doy cuenta de que, sin saberlo, el adolescente que yo era, que yo soy, estaba enamorado de ella. No con el amor romántico y pretendidamente becqueriano que dedicábamos a las colegialas de entonces –respetables matronas luego y hoy- sino con un amor de verdad cuya índole no conocíamos, imbuidos como estábamos de la moralidad de las abuelas, para quienes una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa. Pero al ver y escuchar otra vez a Ginger, a ese milagro que es Ginger intacta, Ginger por la que no han pasado los años, Ginger que tiene hoy –frente a los muchos míos- los mismos veintipico que se lleva Fred después de noventa minutos de película, lo comprendo plenamente y sin ningún género de titubeos: de esa Ginger sin mácula, yo estaba enamorado. Yo algo más grave: lo estoy en este momento. De esa imagen que canta y baila (sin Fred) para mí, estoy enamorado. Yo sé que en alguna parte, probablemente en un apartamento de Nueva York a cuarenta metros del suelo, hay otra Ginger, la que algunos llamarían la Ginger de verdad, una octogenaria fuertemente maquillada que goza de un merecido retiro. Pero aquí, en mi sala, frente a mí, está la Ginger que amé, la Ginger que amo. Y esta es, para mí, la verdadera, la genuina, la auténtica. Tan real es para mí esta guapísima chica que canta y baila, que hago un gesto que nunca hice desde las lunetas de la primera fila: extiendo la mano para ver de tocarla.

Y la toco. Sí, mi mano ha acariciado el rostro de la Ginger que amé y que amo; y en uno de los ademanes de su canto, su mano ha rozado la mía. Se ha producido un contacto.

De alguna manera, mi mano trata de deslizarse por su cuello y tomar la nuca de esta Ginger que canta. Lo consigo. Me he apoderado de ella. Me he levantado, ¡claro!, del sillón y la he rodeado con mis brazos. Estamos bailando.

No sé, y a nadie le importa, si es que me introduje en la pantalla, o si Ginger –esta Ginger de veinticinco años que ninguna relación tiene con la que vive en ese apartamento de Nueva York que he inventado- ha entrado a este aposento donde se halla mi televisor.

No creo haberme rejuvenecido. El hombre que baila en este momento con Ginger es el mismo que hace cinco minutos estaba en su sillón contemplando a una Ginger de cincuenta y pico de años atrás. No se ha producido dentro de mí ningún fenómeno que me autorice a creer que he retrocedido en el tiempo. Lo que sucede es que me siento intemporal y puedo tener los años que desee, todos. Y estoy bailando con Ginger. No como bailaba con ella aborrecido rival Fred, sino como yo, en aquellos tiempos, bailaba con mis colegialas. Mi mano es su espalda, la suya en mi cuello, cheek to cheek, bailamos sin complicaciones, como una pareja de enamorados un poco torpes en esas artes. Para bailar conmigo, Ginger ha olvidado todas las exquisiteces y filustrías de la bailarina profesional, para convertirse en la sencilla muchacha que de desliza por el piso con su novio. La música, claro, es la misma que sale de la película, la olvidada canción de Irving Berlin.

Debo hablarle. Se me ocurre decirle en español “ ¿Bailarías conmigo así, siempre …?” Y ella me contesta en inglés (sin subtítulos porque yo no soy parte de la película): “Always”. No hablamos más.

Estoy enamorado de una mujer que no existe. O que existe en otras condiciones y con otro aspecto. Estoy enamorado de una sombra, podría decir alguno que no entiende. Tal vez la sombra sea yo.

La banda sonora de la película anuncia que va a llegar Fred. Mi compañera de baile me dice, en inglés, que debemos separarnos. Nos separamos, y en algún momento estamos cogidos de la mano con los brazos extendidos, como en alguna película –o en todas- lo hicieron Ginger y Fred. ¿Nos volvemos a ver? La respuesta es que sí, que cada vez que ella llegue a la pantalla del televisor…

Regreso a mi sillón. Contemplo a Ginger conversar con Fred. Pero ya no odio a Fred. Porque ahora sé a quien es al que verdaderamente ama la diosa.  Madrid, 20-5-91.

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