Deuda saldada

Soto, Rodrigo. “Deuda saldada”. La Nación. Ancora. (San José, Costa Rica), 16 de febrero 2003, p. 6

Han pasado casi 20 años desde que Anacristina Rossi publicara su novela María la noche (Lumen, 1985). En ese lapso, publicó la nouvelle La Loca de Gandoca (EDUCA, 1992), a la que no obstante su éxito editorial hemos de considerar una obra menor, y los desiguales relatos incluidos en la colección Situaciones conyugales (REI, 1993). De este modo, la sensación de que la autora de María la noche estaba en deuda con los lectores era, creo, bastante generalizada. Hoy, con la publicación de su novela Limón Blues (Alfaguara, 2002), me atrevo a afirmar que la deuda ha sido saldada, pues con ella, Rossi retoma la senda de su mejor narrativa: rigurosa, profunda y de largo aliento.

En esta ocasión, la autora lanza una mirada retrospectiva a la historia de la inmigración antillana -particularmente la jamaiquina- a la costa caribe costarricense. Por ello, la novela de Rossi se relaciona con otras que, en años recientes, han  abordado desde distintos ángulos ese mismo tema: Calypso, de Tatiana Lobo, La Flota Negra, de Yazmín Ross, así como con la de los autores afrocostarricenses, en particular la de Quince Duncan. Sin embargo, y sin ser un especialista en la materia, tengo la impresión de que ninguno de los intentos anteriores había sido tan abarcador y riguroso en su afán de recrear la historia de esta inmigración.

La novela se teje alrededor de la historia de tres personajes principales -los jamaiquinos Orlandus Robinson y su mujer, Irene, y Leonor, una aristócrata costarricense (es decir, ticomeseteña)-, cuyas vidas se cruzan en diferentes momentos y circunstancias. A partir de ellas, la autora reconstruye con trazo firme y abundante documentación una de las facetas más ricas, pero también más relegadas, de la historia contemporánea del país: la de los antillanos, que a partir de finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX llegaron a las costas limonense y talamanqueña y cambiaron para siempre la fisonomía de nuestra nación.

En esta historia -y en la vida de los personajes que conducen la narración-, jugará un papel determinante la U.N.I.A., el movimiento político fundado por Marcus Garvey, cuyo programa aspiraba en última instancia a la repatriación de todos los negros al África. La mirada que nos propone la autora sobre ese movimiento y sobre su carismático líder dista de ser simplista o apologética. Por el contrario, trata de ahondar en las contradicciones que lo tensaron y que, en última instancia, condujeron a su fracaso. Asimismo, la novela dibuja el papel que jugó el enclave bananero de la United Fruit Company, no solo en la vida de estos inmigrantes, sino en la de toda la nación costarricense.

Sabia amalgama

En conjunto, la novela arroja una visión muy diferente de la que la mayoría de los costarricenses tenemos de esa zona del país y de ese momento de la historia, y nos propone un Limón cosmopolita y dinámico, mucho más vinculado con el extranjero de la que estaba entonces el resto del país. Y aun cuando en lo personal he tenido la impresión de que algunos trazos de ese dibujo están un tanto magnificados o idealizados, uno termina de leer el libro con la convicción de que ahí se encuentra una imagen aproximada -y en todo caso mucho más completa de la que hasta entonces teníamos- de esa parte de la historia del país.

Aun tratándose de una novela rigurosamente, documentada, en ningún momento la obra deja de ser eso: una novela. Y la autora se encarga de recordárselo, no solo mediante la construcción de personajes ricos y complejos, que son quienes en todo momento conducen los hilos de la trama, sino también con algunas escenas que, alejándose del tono documental que impregna la obra, se adentran decididamente en la imaginación poética y literaria. Salvo algunos detalles que más allá de su realidad histórica resultan poco verosímiles -como una copia fotostática en los años veintes-, la novela resulta convincente desde el punto de vista histórico. Más importante aún, resulta convincente y con frecuencia apasionante como relato novelístico. Quizás por momentos la narración se hace demasiado atropellada y los lectores hubiéramos agradecido alguna pausa o signo tipográfico que separa las escenas, pero estos detalles carecen de relieve al lado de la fuerza narrativa y de la riqueza documental de lo obra.

Novela en donde la recreación histórica, el apunte político, la reconstrucción cultural y el dibujo psicológico se armonizan y amalgaman sabiamente, Limón Blues se anuncia como la primera parte de un díptico cuya segunda parte esperamos desde ya los lectores.

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Asturias, un idealista inmortal

IPS Guatemala. Asturias, un idealista inmortalLa Nación, Viva (San José, Costa Rica), 17 de noviembre de 1999, p.3

Este año se celebra el centenario de este novelista, uno de los grandes de este siglo.

El centenario del escritor Miguel Ángel Asturias, que en 1967 ganó el Premio Nobel de Literatura, marco este año la actividad cultural en Guatemala, su país, y los homenajes aún no han terminado.

Asturias, nacido el 19 de octubre de 1899 y muerto el 9 de junio de 1974, dejó un legado de más de 40 obras que lo identifican como uno de los grandes novelistas latinoamericanos  de este siglo. También es uno de los más traducidos a lenguas extranjeras.

“Fue un idealista, preocupado por la solución de los problemas de Guatemala a través de una visión democrática pero  a la vez revolucionaria del sistema”, señaló el excomandante rebelde Rodrigo Asturias, hijo mayor del escritor.

En su homenaje

El gobierno de Álvaro Arzú, presidente de Guatemala, creó la Comisión Nacional del Centenario de Miguel Ángel Asturias, que  desde principios de este año realizó  actividades  oficiales  y populares en homenaje al autor de Mulata de Tal.

El programa comprendió también la reedición de las obras de Asturias, que también fue diplomático y abandonó Guatemala tras el derrocamiento en 1954 del presidente constitucional Jacobo Arbenz, forzado por Estado Unidos.

El Ministerio de Cultura de Guatemala colocó una placa recordatoria en la fachada de la casa de Asturias y dio el nombre del novelista a una avenida de la capital.

El presidente de la Comisión del Centenario, Juan Cifuentes, indicó que se han realizado concursos de literatura y de pintura sobre la vida y “el legado ideológico-cultural” del escritor.

La Comisión gestiona ante una casa editorial la traducción a las lenguas quiché y cakchiquel de dos novelas de Asturias, que probablemente serán El Señor Presidente, de 1946, y Hombres de Maíz, de 1949 informó Cifuentes.

Sus clásicos

El Señor Presidente, una novela que recreó el opresivo clima de la larga dictadura de Manuel Estrada Cabrera (1898-1920), es un clásico latinoamericano y una de las obras que llevaron a la Academia de Suecia a premiar a Asturias con el Nobel.

Pero el escritor guatemalteco prefería Hombres de Maíz, por tratarse de “una denuncia” y “una protesta social” en defensa “de la tierra y de los valores culturales de la población indígena”, dijo  Rodrigo Asturias,  que en la guerrilla era conocido como el comandante Gaspar Ilom.

El compromiso político de Asturias se expresó especialmente en la llamada trilogía bananera, conformada por Viento Fuerte, (1950), El Papa Verde, (1954) y Los Ojos de Enterrados (1960), destacó el ex guerrillero.

Esas obras describen la explotación  de los obreros de las plantaciones y la influencia de las compañías  bananeras estadounidenses en Guatemala hasta la segunda mitad de este siglo. United Fruit, promovió la intervención de Estados Unidos para derrocar a Arbenz.

Entre sus creaciones también se destacan Leyendas de Guatemala, de 1930, Weekend en Guatemala, de 1957, y El Alhajadito, de 1961.

Asturias se matriculó en la Facultad de Medicina en la estatal Universidad de San Carlos, pero abandonó esos estudios por el derecho, y en 1923 obtuvo el título de abogado con una tesis sobre El problema social del indio.

Viajó luego a Londres, para seguir cursos de economía política, y también y realizó estudios sobre las culturas americanas precolombinas en Francia.

Se desempeño como diplomático a partir de 1946 y luego de la caída de Arbenz vivió en Argentina, Italia y Francia. Murió en Madrid, aunque fue sepultado en París, según lo había pedido.

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