¿Doblegarse? ¡Jamás!

Villegas Hoffmaister, Guillermo. “¿Doblegarse? ¡Jamás!“. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.4

Durante aquellos tiempos de nuestra juventud, unos con tantos o cuantos años más que otros, lo que no importaba para que, en todos los rincones de la nación, los corazones palpitaran al máximo de la violencia de que son capaces cuando lo hacen por amor a algo o hacia alguien, y en este caso la patria, desde las columnas de los periódicos con mayor o menor razón, una pléyade de muchachos escogidos por el destino libraban sus batallas. Entre los luchadores de lo impreso destacaba, sin duda, Alberto Cañas Escalante, quien un día dijo a la pluma: -“Descansa, te cambio por un rifle…”. Así lo hizo y cuando estalló la paz, cuando el intelecto debía necesariamente, sustituir a la fuerza, fue escogido para servir cargos importantes de los que otros, en esta publicación, escribirán con mayor autoridad que este mortal.

El momento llegó cuando el recién nacido partido Liberación Nacional fundó un periódico informativo como todos, pero con línea ideológica muy, pero muy bien definida: la lucha por la democracia pura. Nada tenían en este mundo que hacer las dictaduras y, desde luego, su primer Director fue don Alberto Cañas Escalante, quien entendía muy bien la definición martiana de que “el periódico ha de ser tribuna para denunciar, cátedra para enseñar y novia para enamorar”.

Y sin temores de ninguna clase, acompañado de un grupo de jóvenes que hacían, los más, sus primeros pinitos en el periodismo, se lanzaron al ruedo con todo entusiasmo. Cosas y cosillas hicieron que don Alberto dejara la dirección del periódico más no el periodismo, porque el periodista de verdad lleva en sus venas más tinta que glóbulos rojos. En la Nación, diario que ayudó a fundar en 1946, bajo el seudónimo O.M., fue crítico de cine.

Sin dobleces ni medias tinta.

En agosto de 1960 se realizaron en San José dos conferencias de cancilleres de la OEA para conocer temas extremadamente difíciles: una sanción al Gobierno de República Dominicana, feudo del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo, por el atentado, impulsado por ese matarife en contra de la vida del Presidente de Venezuela don Rómulo Betancourt…  Lógicamente era un gran acontecimiento y el Lic. don Fernando Volio Jiménez, en esos ayeres director de La República, pidió a don Alberto que comentara, en una columna diaria, lo que iba sucediendo en aquel trascendental cónclave. Así nació y aún permanece, vigilante, sin dobleces ni medias tintas, Chisporroteos: látigo para los poca pen a, aplauso para los destacados al servicio de la patria. Chisporroteos llegó para sentar cátedra ¡y la sienta! Jamás se ha doblegado pese a que muchas, muchas veces ha cruzado por aguas procelosas de distintas procedencias. Allí sigue airoso como si los años que lleva imprimiéndose fueran pocos.

Otra aventura: nació, para servir a la causa de la libertad, un periódico que sentó cátedra, que varió el panorama informativo del país: Excélsior de Costa Rica; y allí estaba presente la figura de don Beto Cañas, como uno de sus tres editores. Lo acompañaban en la empresa don Enrique Obregón Valverde, intelectual de altos vuelos y José María Penabad López, periodista de altos quilates. Excélsior marchó a paso de vencedor obligando a la competencia a superarse pero, como sucede con todo lo bueno, en su entorno hubo celos, hubo mezquindad, y Excélsior el mejor periódico de Costa Rica viera durante todo el siglo XX, cerró, casi que vergonzosamente, sus puertas. De nada valió la calidad de sus editores, la calidad de su equipamiento, la aplicación de sus periodistas, no, la rastrera sierpe de la envidia –y aclaro que no de fuera– clavó sus colmillos en el cuerpo del diario y ¡adiós¡ ilusiones, desvelos, empeños, esperanzas y rectitud.

Comprometido con la patria.

Don Alberto regresó al aula universitaria a seguir tratando de hacer de sus alumnos periodistas comprometidos con la causa mayor que es la de la patria, y allí sigue, con juveniles entusiasmados, predicando el santo evangelio del periodismo recto, no venal, decente, valiente y en pos de altas miras.

Pero la labor allí no concluye, no, más bien recién ha comenzado con el programa radial “Así es la cosa”, transmitido a través de Radio Monumental, en conjunto con su viejo compañero de andurriales el Lic. Álvaro Fernández Escalante, y de quien estas líneas escribe. Es una tertulia entre tres veteranos de la vida transitada a plenitud, como sujetos activos más que como simples observadores del diario quehacer en el mundo y, desde luego aquí entre nosotros los costarricenses. Hay látigo y don Alberto, nuestro maestro, lo esgrime con gusto y justicia, hay enseñanza en los relatos de mil cosas realizadas por gentes a las que, vaya usted a saber por qué, se mantiene en el olvido. Don Alberto busca rescatarlas y va lográndolo. A sus fecundísimos noventa años desde el fondo de mi corazón digo: Dios todo poderoso, gracias por habernos dado a Alberto Cañas Escalante. Gracias por haber empujado con tanto acierto las velas del batel que condujo en hora buena a nuestras playas al bisabuelo de don Alberto, el General José María Cañas quien, con su talento, valor y espada escribiera, como lo hace hoy por la prensa escrita, radiada e incluso televisada, su descendiente, páginas esplendorosas en nuestra historia.

¡Salud don Alberto! Dentro de otros noventa años, nos veremos para ver si “Así es la cosa”.

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Semana Alberto Cañas

“Semana Alberto Cañas“. La Nación. Editorial (San José, Costa Rica), 28 de setiembre de 1995, p. 14A

 El Colegio de Periodistas celebra en estos momentos la Semana del Periodista, que ha dedicado a don Alberto Cañas Escalante. Que se cumpla con la tradicional celebración de esta semana tiene, este año, un mérito especial. El fallo dado por la Sala Cuarta que declaró inconstitucional la colegiación obligatoria de los periodistas infligió al Colegio un serio golpe. Pero, la actual junta directiva se ha empeñado en demostrar que el golpe no fue ni puede tener esperanza de ser mortal. Contra el temor de que se hiciera de esa manera naufragar al Colegio, este ha aumentado su actividad y participación ciudadana. Ha emprendido una interesante experiencia para la práctica gremial costarricense; esta ha tenido por dogma la colegiación obligatoria como base de toda su existencia. En cambio, el Colegio de Periodistas comienza a mostrar una interesante posibilidad: su mantenimiento pese a la pérdida de esa condición, mediante la demostración de espíritu de cuerpo y de solidaridad profesional. La celebración de la actual Semana de Periodista es un buen paso un esa dirección. El colegio existe, vive y tiene toda la intención de mantener su vitalidad, de lo cual, los órganos de prensa debemos sentirnos muy satisfechos.

El homenajeado de la actual semana no podía ser más distinguido. Sus ejecutorias de hombre de prensa son de lo más brillante que pueda darse en la actual Costa Rica: fue director de este periódico, ha sido editorialista, crítico literario y teatral, comentarista político, humorista y por sobre todo, ha mantenido a través de los años una columna, “Chisporroteos”, que constituye su actual trinchera, y desde la cual habla sobre todo lo divino y humano, y que La República se honra en publicar. Además de periodista ha ejercido la diplomacia, sirviendo la embajada ante Naciones Unidas y el Viceministro de Relaciones Exteriores; fue el primer Ministro de Cultura, dos veces diputado, habiendo ejercido la presidencia de la Asamblea en el primer año de la actual administración. Tiene además una profusa obra literaria, que va desde la poesía hasta la novela, con un énfasis muy especial en el teatro. De vez en cuando, hasta se acuerda de que es abogado, lo cual, dada su gran capacidad argumentativa, tampoco le cuesta.

Por todos los méritos, la escogencia hecha por el Colegio de Periodistas de su nombre para denominar la actual Semana de Prensa es un merecido homenaje de uno de los tantos grupos de profesionales que tienen la fortuna de contar a don Alberto entre sus miembros. Además, permite al Colegio mostrar los valores que se encuentran entre los periodistas.

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Lic. Alberto Cañas Escalante

Castegnaro, Marta. “Lic. Alberto Cañas Escalante”. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 11 de setiembre de 1998, p. 10

 Si solo tomásemos en cuenta la labor que realiza don Alberto Cañas en la columna periodística Chisporroteos en tanto en ella analiza el trabajo literario que se edita en Costa Rica, -columna que utiliza para estimular a los autores y destacar las facetas positivas de su producción- sería suficiente para que su nombre ocupase un lugar sobresaliente en la literatura costarricense. Pero se a ello añadimos que es poeta, autor de cuentos y novelas varias veces premiadas, dramaturgo excepcional (“Conoce a fondo el  teatro contemporáneo y esta especialidad corresponde a su temperamento y a su concepción esencialmente dramática de la vida”, dice don Alberto Bonilla), nos acercamos un poco más a conocer la realidad de este polifacético costarricense, que ha participado activamente en la política nacional –manteniendo siempre un gran prestigio- y que ha sido diputado, ministro, embajador, profesor universitario, crítico y ensayista de gran valor.

Nacido en San José, cursó la segunda enseñanza en le Liceo de Costa Rica; desde su etapa estudiantil sobresalió como poeta; a esa época corresponde su espléndido poema El Punto Guanacasteco, bella exaltación de la célebre danza. Siguió la carrera de Derecho y se graduó de abogado. Sus inquietudes sociales lo llevaron desde muy joven a formar parte del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, y a participar en lides periodísticas. Junto a José Figueres participó en la revolución de 1948.

Embajador ante las Naciones Unidas y encargado de la cartera de Relaciones Exteriores, su paso por la diplomacia ha sido excepcionalmente brillante. Como Ministro de Cultura Juventud y Deportes desarrolló una trascendental labor editorial de recate de los valores culturales y literarios costarricense. Diputado fogoso y apasionado, sus intervenciones provocaron a menudo intensas polémicas; le correspondió presidir la Asamblea Legislativa en 1994. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica, donde se ha desempeñado como profesor.

Entre otros, ha publicado los siguientes libros: Aquí y ahora, Una casa en el barrio del Carmen , y La exterminación de los pobres. Los molinos de Dios, es su novela más ambiciosa; en ella, con ternura y picardía, “acaricia” la historia de la sociedad costarricense. “Su principal característica, y la que le ha llevado a ser el escritor más leído y el dramaturgo más popular de su país, es un afán de analizar y desentrañar la sociedad costarricense, con ojo crítico y un acentuado toque de humor que nunca lo abandona; y esto lo ha conseguido, en el teatro, jugando con elementos de fantasía, imaginación y magia en obras que han sido representadas en casi todos los países de Iberoamérica y divulgadas por la Radio y Televisión Española…”, dice un comentarista. Algunas de sus obras de teatro son Uvieta, Una bruja en el río, El luto robado y La Segua.

Tan intensa y valiosa labor cultural le hizo merecedor, en 1976, del Premio Nacional de Cultura Magón.

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El homenaje a don Alberto

“El homenaje a don Alberto”. La República. Página Editorial (San José, Costa Rica), 2 de abril de 1995, p. 14A

 En la semana pasada, con ocasión de haber cumplido sus 75 años, un grupo de organizaciones rindió un significativo homenaje a don Alberto Cañas Escalante. El acto, así como los organizadores, incluyó una serie de manifestaciones que mostraban un origen tan variado que solo era posible concebirlo por la personalidad multifacética del homenajeado. Había agrupaciones políticas del cantón de Montes de Oca y de varios distritos del cantón central de San José; había representantes de varios grupos culturales; como era de suponer, asistieron diputados de las distintas fracciones de la actual Asamblea, y gran número de amigos personales y parientes. Solo había entre todos ellos un común denominador: la personalidad del homenajeado y la amistad y admiración de todos los presentes para con él.

Como se destacó en el acto, Alberto Cañas es el autor teatral más prolífico de Costa Rica, con éxitos tanto en las tablas como en las versiones escritas de sus obras; ha publicado una serie de novelas y cuentos, una de las cuales, por lo menos, “Los Molinos de Dios”, tiene tal relación con el desarrollo de la cultura política, social y económica costarricense que se puede estar seguro de su persistencia más allá de la vida de su autor; hizo docencia universitaria por muchos años en materia de teatro, con participación en los cursos de extensión anual; fue el primer Ministro de Cultura de Costa Rica, de modo que literalmente le tocó inventar esa cartera; de sus años de poeta juvenil quedó una poesía, “El Punto Guanacasteco”, que se incorporó al acervo básico de las expresiones generalmente conocidas y utilizadas por los estudiantes en sus presentaciones culturales. En sus actuaciones políticas, iniciadas en el Centro de Estudios de los Problemas Nacionales, ocupó una serie de cargos partidistas y oficiales que culminan en su actual segunda ronda como diputado, donde ha ocupado en el primer año de Gobierno la presidencia de la Asamblea Legislativa y se puede estar seguro de que en el resto del cuatrienio mantendrá una participación activa y combativa. De todo eso se habló en el homenaje. Pero no es de eso que corresponde hablar ahora.

Lo importante para nosotros es que Alberto Cañas ha sido y es asimismo periodista. No solo eso sino también que, aunque ha colaborado en casi todos los periódicos de Costa Rica, La República reclama el orgullo de ser el principal órgano a través del cual se ha realizado su labor de prensa. Fue nuestro primer director y, en esa condición, le correspondió sentar algunas orientaciones que todavía perduran. Creó en La República la columna “Chisporroteos”, que se llevó luego a otros periódicos pero que recuperamos en los últimos años y que esperamos mantener por muchos más, para disfrutar de que sea desde nuestras páginas donde Alberto Cañas diserte sobre todo lo divino y lo humano, manteniendo tesis que pueden ser populares o ser exclusivamente personales, pero que, en todo caso, le permitirán revelar los criterios de una personalidad con muchos ribetes de unicidad, pero que puede considerarse representativa de lo mejor de lo costarricense.

Por ello, creemos de absoluta necesidad unirnos al homenaje rendido a Alberto Cañas de expresar nuestro orgullo por tenerlo como parte del grupo que ha hecho La República a través de los años y que continúa pensando desde ella. Por saberlo uno de los grandes activos que nos permiten hacer un buen periódico y contribuir desde él a la cultura y la vida costarricense.

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Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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