El Principito, una novela de amor tormentoso

Bermúdez, Manuel.  “El Principito, una novela de amor tormentoso”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 3 de marzo de 2002, p. 4

La bella historia de El Principito, que en sus casi 60 años ha cautivado y sigue cautivando a miles de personas en el mundo, en realidad responde a la inspiración de un hombre extremadamente sensible, sumido en un amor que nunca pudo administrar al que la misma obra hace referencia al decir en palabras del Principito: “Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

El conde de Saint-Exupéry era un hombre de temperamento fuerte, algo depresivo, amante de la aventura, arrebatado por el amor que sentía por una mujer enigmática, paradójicamente llamada Consuelo.

Poco se sabe y se habla de esta mujer menuda, de sonrisa fácil y mirada profunda. Poco se sabe de la salvadoreña Consuelo Suncín Sandoval con respecto al gran escritor Antoine de Saint-Exupéry, pero ella fue su esposa, su viuda, su rosa.

Una fuerte polémica se desató entre los estudiosos de la vida y obra del escritor, hace un par de años, cuando se dio a conocer el libro Memorias de la rosa, escrito por esta mujer y el cual deja ver aspectos de la vida del autor que hasta entonces la leyenda había ocultado. El debate recuerda al de la relación entre Frida Khalo y Diego Rivera, donde las similitudes físicas y la prominencia de los protagonistas provocan la analogía.

¿Por qué la mujer que Saint-Exupéry amó hasta el último de sus días prácticamente no aparece en las biografías y homenajes que se le rindieron con motivo del centenario de su natalicio hace dos años?

Niña desamparada y sensual

En los convulsos años veintes del siglo pasado, esta muchacha salvadoreña nacida en Armenia, Sonsonate en 1901, estudiaba artes en París. Era la joven viuda de un millonario mexicano y se hablaba de ella como una mujer liberal sexualmente, que cautivaba a los hombres como una emulación de la Naná de Emilio Zola.

En 1926 se casó con uno de los intelectuales más reconocidos de Latinoamérica, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Él le duplicaba la edad y era amigo personal de grandes personajes como Oscar Wilde o la célebre Mata Hari, con quien algunas personas quisieron comparar más adelante a la bella Consuelo.

Desbordada por la eminente figura que le ofrece su amor, Consuelo Suncín inicia una vida intensa, lejos de la hacienda cafetalera de su padre, donde había crecido viendo estrellas y abrigada por los rumores del campo, para entrar en el vertiginoso París de los veintes. Los esposos Gómez Carrillo fijan su residencia en Francia y ahí Consuelo se relaciona con los más renombrados del momento como Gabrielle D’Anunzio, Jean Moreas, Maeterlinck o Alfonso Reyes.

Sin embargo, la vida de gran pompa y de agitado ejercicio intelectual se derrumbó súbitamente, al fallecer Enrique Gómez Carrillo y ella viuda por segunda vez.

Espíritus desafiantes

En 1930, invitada por el presidente Hipólito Yrigoyen de Argentina, durante una recepción, el escritor Benjamin Crémieux insiste en presentarle a una figura predilecta de los amigos, un hombre enorme, de actitud hosca pero directa, precedido por una gran leyenda de aventurero y gran conversador, a quien todos hacían rueda para escuchar sus anécdotas. Apenas tenía 30 años, pero se jactaba de conocer rincones y personas en todos los puntos del planeta, de desafiar mares, desiertos, montañas, selvas y tormentas. La identificación con la figura legendaria de su contemporáneo Ernest Hemingway es inmediata.

El personaje era Antoine de Saint-Exupéry, y el amor que nace esa noche es tan intenso que merece un sitio especial entre las grandes pasiones de la historia.

Consuelo Suncín era una mujer cargada de talento, pintaba, esculpía y escribía. Tenía un temperamento desafiante, que conmovía al mundo intelectual y machista en que se desenvolvía. No tenía reparos en decir lo que sentía y lejos de causar animadversión, generaba grandes simpatías en quienes la rodeaban, con su espíritu intrépido, liberal. Era una mezcla de niña desamparada y exótica sensualidad. Tenía 29 años.

Esa noche cuando Saint-Exypéry la conoció, el hombre mujeriego y aventurero sintió que ella era el amor de su vida y no querría a ninguna otra. Consuelo era frágil y a la vez inasible. Lo retaba con su candidez y su libertad. Inician un romance intenso, cargado de literatura, de cartas muy largas donde la pluma del gran escritor está dedicada a colmar de amor a su musa. Antoine le pide que se casen, la única forma en que pensaba que su alma inquieta podía domarse y permanecer en tierra. Se casaron el 12 de abril de 1931 en Agay, a su regreso a Francia.

El niño y su rosa

En la legendaria figura de Saint-Exupéry, afamado escritor de gran sensibilidad y humanismo, héroe de guerra y piloto arrojado, su esposa es totalmente invisibilizada. Los amigos del mundo intelectual donde destacan figuras como Dalí, Picasso, Miró, André Gide, Max Ernst, sin embargo, muchos veían en Consuelo a una joven inestable y caprichosa.

Pocos podían comprender el amor que unía a esta curiosa pareja que siempre hablaba del amor más grande, de tener hijos y un hogar para recibir a los amigos, pero que aplicaban a la vez una especie de desencuentro constante, plagado de infidelidades y de cambios permanentes de residencia.

La explicación de esta convulsa relación puede hallarse de alguna manera en el temperamento extremadamente sensible del escritor y la personalidad liberal y desafiante de Consuelo. La figura mitificada del autor de El Principito impide la comprensión de un amor tan tormentoso e intenso.

Pero su vida de pareja es muy distinta a la del hombre correcto y sensible. Es su El Principito, que se publica el 6 de abril de 1943, donde deja ver los rasgos de ese conflicto. La incomunicación que separa al niño y su rosa, impulsa al protagonista a viajar por distintos planetas en busca de una explicación para el amor que siente.

El Principito es un reflejo directo de la relación con su esposa, a quien le pide una comprensión que ni siquiera él tiene consigo mismo. Su rosa, de la que reclama que se entregue sin defensa alguna, sufre su abandono, su distancia. “Sabes que tengo que irme” era la expresión que Consuelo escuchaba siempre. cuando empezaba a sentir alguna estabilidad en su relación.

“Soy una mujer acostumbrada a la espera”, dice Consuelo en sus memorias. La espera y la distancia, las dos tristes murallas que separaban al Principito de su rosa amada. Solo el abandono del cuerpo podría volver a unirlos. El 31 de julio de 1944, en una misión de observación con la Fuerza Aérea donde era comandante durante la guerra, su avión se estrelló y jamás fue encontrado. La espera había terminado para una rosa en el asteroide B 612.

Consuelo Suncín

La rosa, en su soledad se sumergió en un duelo largo, marcado por una vida dolorida y constantes depresiones, que llegó a su fin en 1979, cuando ella murió en Grasse, Francia. Sin embargo, jamás reveló los pormenores de la vida tormentosa que fue su historia de amor junto a Antoine. No fue sino hasta el centenario del natalicio del escritor, cuando sus familiares reabrieron los documentos y dieron a conocer el diario “Memorias de la rosa”, fechado en 1946. En ellas se revela mucho la influencia y esencial presencia de Consuelo en la vida y obra de Antoine de Saint-Exupéry. Otras obras que hablan sobre este amor trágico e intenso son “Consuelo de Saint-Exupéry: La rosa del Principito”, de Paul Webster y “Saint-Exupéry oh! Consuelo”, de Alain Vircondelet.

“¡No supe entonces entender nada! Hubiera debido juzgarla por sus acciones y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡Nunca debí huir! Hubiera adivinado de su ternura detrás de sus pobres trampas. ¡Las flores son tan contradictorias! ¡Pero yo era demasiado joven para saberla amar!…”    De “El Principito”

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El Principito reina

AP. París. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 24 de diciembre de 1999, p. 14

La obra de Saint-Exupery fue proclamada como  el libro del siglo.

El Principito, una deliciosa fábula de idealismo e inocencia de Antoine de Saint-Exupéry, fue proclamado por votación el libro del siglo, en una encuesta entre el público francés que publicó el diario Le Parisien.

Antoine de Saint-Exupery, un piloto que nos abrió el reino del corazón  con El Principito.

El libro conquistó los votos del 45 por cientos de los consultados, con una considerable ventaja sobre El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, que obtuvo el 23 por ciento.

En una tercera posición El gran Meaulnes, de Alain Fournier, con un 20 por ciento.

Saint-Exupéry es una figura legendaria en Francia, ya que su trágico destino y su legado literario lo elevaron al rango de uno de los autores más populares.

Desapareció piloteando su avión el 31 de julio de 1944 cerca de la costa francesa, luego de haber despegado de Córcega, en una misión aliada contra los nazis.

Las reiteradas búsquedas que se hicieron cerca de Niza no lograron encontrar su Lockheed P-38, y las teorías relativas a la desaparición del piloto, de 44 años, incluyen fuego enemigo, problemas mecánicos y aun suicidio.

El Principito, una fábula que evoca esperanza universal, fue escrita en 1943 durante plena guerra mundial, se popularizó en todo el mundo y fue traducido a 84 idiomas.

Otros libros destacados por estudio de opinión fueron El extranjero, de Albert Camus, y En busca del tiempo perdido, la obra monumental de Marcel Proust.

Camus, que nació en 1913 en Argelia, ganó el Premio Nobel de literatura en 1957 y murió tres años después en un accidente automovilístico.

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La encuesta, de la agencia especializada CSA, basó sus conclusiones en las respuestas de 1,016 personas.

Carin Heurlin-Spinelli

Carin Heurlin – Spinelli escritora sueca, ha dejado en los muchos países donde ha vivido su imborrable marca de defensora del medio ambiente. Esta escritora sueca dibuja animales silvestres en junglas asediadas, pinta lo que ve y, con sus relatos, educa a los niños para que aprendan a cuidar la madre naturaleza que a todos nos cobija. Ya en 1994 había publicado en los mares de Oceanía (Nueva Caledonia) su primer cuento para niños: Tori, una defensa de los pájaros y su trascendente papel en los ecosistemas del bosque. Luego recorrió medio mundo, y siempre defensora del hábitat, vivió en Suecia, Francia, Argentina, Colombia, Surinam, Singapur, Sarawak y Vanuatu, hasta enamorarse de la Cordillera Central costarricense y sentar sus jaulas en una finca del bosque tropical, donde protege aves, selvas, dibuja y escribe libros sobre esa preocupación existencial y solidaria que la anima. Apoya a su marido Christian en la siembra de retoños para un bosque nuevo y cuida los grandes troncos de una selva primaria en las cumbres del volcán Barva, Costa Rica. En este mismo sello editorial publicó La Jaula (2002), Cambio de Planeta (2004) y La muñeca de Emilia (2006), tres obras para niños que ahora enriquece y complementa con El Bosque que desapareció.

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La muneca de Emilia

Cocorí al rededor del mundo

Estas son las diferentes ediciones de “Cocorí” a través del tiempo…

Chile, 1947, Editorial Rapa Nui

Cocorí

Cocorí, 1947, Editorial Zig Zag

Francia, 1953, Editorial G.P.

Alemania

Alemania, 1956, Editorial Alfred Holz Verlag

Unión Soviética

Unión Soviética, 1960, Editorial Vicielka, Moscú

Holanda

Holanda, 1964, Editorial Van Goor Zonen den Haag

Chile

Chile, 1971, Editorial Nascimento

Argentina

Argentina, 1972, Editorial Guadalupe

Eslovaquia

Eslovaquia, 1973, Editorial Mladé Letá

Ucrania

Ucrania, 1974, Editorial Bicielka

Costa Rica

Costa Rica, 1975, Editorial Costa Rica

Lituania

Lituania, 1980, Editorial Vertimas

Costa Rica, 1983, Editorial Costa Rica

Costa Rica, 1984, Editorial EDUCA

Argentina, 1985, Editorial Guadalupe


¡Enhorabuena, Cocorí! Reflexiones sobre una obra literaria

Cartín de Guir, Estrella. “¡Enhorabuena, Cocorí! Reflexiones sobre una obra literaria”. La Nación (San José, Costa Rica), 15 de agosto de 2003, página 19A

Byron Moreno / La Nación

Hemos presenciado recientemente una polémica de corte inusual en nuestro medio. El tema en discusión ha sido una obra literaria: Cocorí, el relato maestro de Joaquín Gutiérrez, una de las más reconocidas obras de la literatura costarricense.

Pero lo interesante y positivo de esta polémica ha sido la disposición de la sociedad para atender y reaccionar ante el debate creado. Se ha suscitado enorme interés por la obra. El que no la había leído corrió a hacerlo y quien ya la conocía y se había deleitado con ella la releyó con nuevos ojos. El interés por una obra literaria ha sustituido por unos días los más gratos temas del costarricense: la política y el fútbol. Síntoma todo esto de un avance del nivel cultural del país porque solo una comunidad culta y reverente de sus valores reacciona así ante el destino de una de sus obras más apreciables.

Se han publicado múltiples y conceptuosos artículos sobre el relato; se han realizado mesas redondas, entrevistas, debates, etc. y lo más importante es que no solo han participado intelectuales, sino que estudiantes, padres de familia y el pueblo en general se han involucrado en el asunto y están ávidos de recabar opiniones sobre el tema. ¡Enhorabuena, Cocorí!

Aprovecho la ocasión para exponer algunas reflexiones sobre la obra como creación literaria.

El epígrafe de una obra es un elemento deíctico o marca textual que sintetiza el contenido de un texto y orienta al lector acerca de la intencionalidad del autor y el desarrollo de la temática.

Brevedad de la rosa. El epígrafe de Cocorí está tomado de un soneto de Quevedo y alude a un tema de antigua tradición cultural: la fugacidad de la vida y las vanidades humanas, simbolizada en la brevedad de la vida de la rosa: “A breve vida nace destinada, sus edades son horas en un día”. Símbolo reiterado en la literatura grecolatina, aparece en Horacio asociado al tema del Carpe diem (Goza el día).

Esa exhortación a gozar de la vida y a gustar el fruto de la primavera pasa de la cultura clásica al Renacimiento, donde es posible rastrear el tema en poetas como Garcilaso de la Vega, Poliziano, Ronsard.

En un soneto del poeta toledano leemos: “En tanto que de rosa y azucena/ se muestra la color en vuestro gesto/ y que vuestro mirar airado, honesto/ enciende el corazón y lo refrena…/ Coged de vuestra alegre primavera/ el dulce fruto…/ Marchitará la rosa el viento helado,/ todo lo mudará la edad ligera”.

En el barroco es visible de nuevo en Góngora y Quevedo. Un soneto de Quevedo, alusivo a la rosa comienza así: “Naciste ayer y morirás mañana/ para tan breve ser ¿quién te dio vida?”.

La obra de Joaquín Gutiérrez está inserta en la tradición de la cultura universal. En la configuración del protagonista, el autor recrea los grandes arquetipos de la cultura occidental.

En pos de la verdad. Cocorí es un héroe a la manera del héroe universal. Este es un personaje que, impulsado por un acontecimiento crucial en su vida, emprende un viaje en busca de la verdad, la justicia y los más nobles valores del ser humano. En ese viaje único, el héroe debe superar pruebas y vencer obstáculos. Ejemplos de este arquetipo heroico son Jasón en pos del Vellocino de Oro, Ulises, Don Quijote, etc. Cocorí responde a este paradigma. Es un niño pensador, inquisidor, que busca una verdad. Necesita una explicación para algo ilógico: la muerte prematura de su rosa. ¿Por qué si era tan hermosa y lo hizo feliz, vivió solo una horas, en tanto que otros tienen una larga e inútil existencia?

En busca de la respuesta, emprende su periplo por la selva y enfrenta peligrosas aventuras. El crucial acontecimiento motivador en su vida ha sido el encuentro con la niña del barco. Ella se convierte en la dama de sus sueños, es su Dulcinea. En su viaje, el héroe va siempre acompañado de un escudero que, a veces temeroso, lo secunda en sus aventuras. Cocorí comparte sus andanzas con el monito Tití.

En su recorrido indagatorio visita al campesino, quien no está para dar respuesta a niños preguntones; interroga a la tortuga, cuya experiencia de la vida la ha convertido en filósofa y aconseja al niño que visite al caimán y a Talamanca, la Bocaracá. Pero ninguno es capaz de dar una respuesta a Cocorí.

Es, finalmente, el Negro Cantor, el artista, el filósofo, él que, como otro Orfeo que encantaba a los animales con la música de su lira, congrega a su alrededor las abejas con el hilo de miel de sus melodías, quien le da la respuesta. De nuevo, dentro de la tradición de la cultura universal, la verdad está en el arte; su poseedor es el creador artístico.

Una linda vida. Es él quien responde satisfactoriamente a Cocorí. Ante la queja del niño por la brevedad de la vida de su rosa que era linda y buena, responde sabiamente: “Te engañas Cocorí, no fue una vida corta. ¿No viste que tu rosa tuvo una linda vida? ¿No viste que cada minuto se daba entera hecha dulzura y perfume? ¿No ves que tu rosa tuvo en su vida luz, generosidad, amor? Tu rosa vivió en algunas horas más que los centenares de años de Talamanca y don Torcuato. Porque cada minuto útil vale más que un año inútil”.

Esta universalidad de la obra y su arraigo en la cultura occidental las ha reconocido el lector europeo, y esto podría explicar en parte la entusiasta acogida que el relato ha tenido fuera de la patria.

Su universalidad, unida a los valores básicos del comportamiento humano contenidos en la obra, tales como amor, amistad, solidaridad, verdad, generosidad, hacen de Cocorí un libro cuya lectura se vuelve imprescindible y obligatoria para niños y jóvenes.

No permitamos que estos valores se opaquen y se dañe la comprensión del texto por enfrascarnos en una estéril lectura en blanco y negro.

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Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos

Víctor J. Flury. “Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos”. La Nación (San José, Costa Rica),  11 de julio de 2003, p. 19A


Byron Moreno / La Nación

El libro de Joaquín Gutiérrez, Cocorí, está hoy en el ojo de la tormenta. A 56 años de su publicación, y en medio de un debate que no cesa, pocos recuerdan que este ya clásico cuento pertenece a la literatura, no a la historia de las ideas o de las doctrinas.

Pocos recuerdan, asimismo, que a lo largo de sus 80 páginas lo que se desarrolla es una fábula selvática y apasionada, a partir de las andanzas de un chico negro en busca de la verdad.

La verdad de la existencia ¿Qué duda cabe?, cuyo símbolo es una rosa, como la flor es el símbolo existencial de El principito, obra maestra de Saint-Exupéry (“soy responsable de mi flor…”, declara el principito); y comparo los dos textos porque ostentan el mismo tono y un similar afán de aprender de la realidad, aunque Cocorí guste más de la picaresca que su hermano de ficción.

La relectura de Cocorí permite, ahora, apreciar dicha semejanza oculta y ver cómo Joaquín Gutiérrez nos remite al término de su faena hacia una categórica elección entre vivir y durar.

Vivir y durar. Vivir es lo que hace la rosa, darse íntegra a la dulzura y el perfume; durar, lo que hacen los centenarios don Torcuata, temible caimán, o Talamanca la Bocaracá, terrible serpiente, ambas extendidas a lo largo del tiempo de un modo mezquino y perverso.

¿Y qué es lo que pone en marcha toda la aventura? El precoz amor del güila por una chica rubia; y aquí hay un corto respingo de la trama: el contacto inicial de la chica y Cocorí provoca una crisis (de extrañeza en ella, de vergüenza en él) que ha llevado a algunos críticos a hablar de discriminación, de antinegritud.

Una calificación que, a mi juicio, es errónea y precipitada. Porque el relato sigue, y los protagonistas de la escena superan la discordia y rectifican el pasmo original.

La otredad no dirige, entonces, el cuento. Al revés: la escritura, de acuerdo con sus reglas, traza el conflicto y le aporta una solución que (creo yo) reconcilia los espíritus.

“Cocorí soy yo”. ¿Qué diría Joaquín Gutiérrez de su protagonista, en caso de que pudiera terciar en la polémica? Algo vecino, supongo, a aquella gran frase de Flau-bert respecto de su mejor novela (también muy discutida): “Madame Bovary soy yo”, lo que –en el punto que abordamos– arrojaría el siguiente resultado: “Cocorí soy yo”. Una definición exacta. Porque el autor, hoja tras hoja, se identifica con su criatura negra y es igual a Cocorí; y desde tal perspectiva retrata el mundo que lo rodea y sus mecanismos básicos.

Que esto haya ocurrido en 1947, y dentro de Costa Rica, no deja de causarnos perplejidad. Eran épocas en que las sociedades occidentales no percibían a los afro-caribeños: los negaban llana y lisamente.

Discurso literario. De allí que Cocorí, el cuento, y Cocorí, el personaje, representan un hito en la crónica de los derechos humanos; y habría que pedirles a quienes piensan lo contrario que traten de compaginar dos cosas: la situación del país a fines de los 40 y las características del discurso literario que, a menudo, es tan imperfecto como lo que pinta y a su vez tan revelador como lo que adivina.

Por ejemplo, el libro adivina la necesidad ecológica mediante un sugestivo rodeo: personifica a la tortuga, el mono, el hombre… y los reúne gracias a un objetivo, una leyenda comunitaria, un mito natural, mientras teje afinidades y armonías.

Siento que Cocorí es nuestro Principito; y el hecho de que el héroe sea negro no me parece un hecho baladí. Al contrario, fue y es un acto inspirado del escritor, de cuyas cenizas –a la inversa de lo que dice el refrán­– todavía queda mucho fuego.

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Carmen Lyra escribió para todos los niños

“Carmen Lyra escribió para todos los niños”. La Nación, 3 de agosto de 1988, p. 3c

Compuso atractivas páginas de textos de lectura para la escuela primaria. En ellas, lo pedagógico, lo instructivo, lo adoctrinador se convertían en lecturas atractivas con las que encantaba a los lectores.

Uno de los mejores resultados de la cátedra de Literatura Infantil que desempeñó en la Escuela Normal de Costa Rica, fueron sus obras de teatro para niños: “Ponerle el cascabel al gato”, “La Cigarra y la Hormiga”, “Caperucita Roja”, “Zarzuela” con música del maestro Julio Fonseca, “Ensueños de Navidad”, “La Niña Sol” y “Había una Vez”.

Carmen Lyra fue la introductora y la creadora, en nuestro país, del teatro destinado al público infantil.

Entusiasmadas por dar a los niños literatura a su alcance, Lilia González, educadora eminente y Carmen Lyra, publicaron la primera revista con orientación moderna ofrecida a nuestros escolares “San Selerín” la que muy pronto llegó a ser famosa en el mundo escolar del país.

Su famosa obra de la literatura infantil es “Los Cuentos de Mi Tía Panchita” publicado en 1920, en la que recogió 23 relatos de la tradición popular y otra serie de cuentos cómicos y picarescos del personaje Tío Conejo, considerado compatriota nuestro, a pesar de que se cree que vino de África.

Sus preocupaciones sociales

Después de graduarse como maestra normal en el Colegio Superior de Señoritas, Carmen Lyra ingresó como novicia religiosa, a trabajar en el Hospital San Juan de Dios. Pero sus preocupaciones sociales la alejaron de los hábitos e inició su actividad literaria en los periódicos y revistas más importantes de la época, tales como Páginas ilustradas, Pandemonium, Ariel y Atenea.

A sus 26 años, asumió la dirección de la revista artística y pedagógica Renovación y en 1918 se publicaron sus primeros libros Fantasías de Juan Silvestre y la novela romántica En una silla de ruedas.

En 1931 publicó en Repertorio Americano, y su ensayo “Bananos y Hombres” también colaboró con el periódico Trabajo órgano del Partido Comunista. Como ves, Carmen Lyra no sólo fue educadora y escritora, también fue una castigada tiempo completo con el exilio en México, país que la acogió.

Porque Carmen Lyra era tan enérgica y combativa, que identificada con las demandas del pueblo, participaba en mitines y manifestaciones. Ella misma dirigió a los maestros contra el Gobierno de Tinoco, el 13 de junio de 1919, lo que culminó con la quema del periódico “La Información”, vocero de esa dictadura.

El arma de Carmen Lyra, la espada con la que trataba de construir un mundo justo para sus niños, era su pluma.

Carmen Lyra murió un 13 de mayo en Ciudad de México. Sus restos llegaron a Costa Rica el 19 de mayo, y nuestra tierra le dio sepultura.

Tiempo después, Costa Rica quiso brindarle homenaje, y en la planta baja del quiosko del Parque Central, se inauguró en San José en 1971 la Biblioteca Infantil que lleva su nombre.

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