Para “Fragmentos de la tierra prometida”, de Fernando Contreras

Soto, Carlos. “Para ´Fragmentos de la tierra prometida´, de Fernando Contreras”. Heredia, Costa Rica: UNA. Facultad de Filosofía y Letras. Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. 26 de setiembre 2012 (ponencia)

La peor acusación, no recuerdo adonde la oí, o la leí, fue que el microcuento era una falsificación de la literatura. Un billete falso. Que el material era similar, que se fabricaba con el mismo rigor y paciencia. Que incluso tenía el mismo efecto. Pero que no era literatura.

Otro, que el microcuento existe gracias a las redes sociales. La comunicabilidad del mundo moderno, la necesidad de enviar un mensaje directo y sin rodeos (¿qué es la literatura que un gran rodeo alrededor de básicamente nada?) obligaba a los escritores a escribir microficción. Por necesidad cultural y para vender (en ningún orden particular). Uno no puede dejar de imaginarse a Augusto Monterroso despertándose a media tarde y luego de ver un peluche en forma de dragón de su hija o quien sea tirado por ahí, tener la terrible necesidad de prender la computadora y actualizar Facebook o Twitter y compartir su soñolienta imagen con sus seguidores.

También hay poetas furiosos contra esa mala prosa poética que ni es ni deja de ser.

Se ha dicho: que el argumento es imposible, que trata formas estereotípicas, que es un género imposible. Pero existe, así que por el otro lado: se dice que es la depuración máxima del lenguaje literario, que es el género perfecto para la posmodernidad, que es pura ética literaria, etc.

Hay gente para todo. Pero, sin creer y dejar de creer uno ve que el pensamiento mágico alrededor del microrrelato es evidencia del interés que el género tiene actualmente.

¿Qué se sabe? Es un género viejo, de formas tan variadas e incluso incompatibles. Los contemporáneos han deseado delimitar esa estructura y de una vez por todas decir lo que es y lo que no es.

La crítica es casi unánime al presentar la intertextualidad como el material básico del microrrelato, o mejor dicho, al microrrelato como el género más intertextual que hay. Eso pareciera ir en par con el principio de incertidumbre, las referencias, a veces exactas, en otras ocasiones disparan en direcciones insospechadas.

Ahora, Fragmentos de la tierra prometida, de Fernando Contreras. El año pasado salió otro texto de microrrelato (esa vez en forma de fábula) con intertexto bíblico: La divina Chusma de Rafael Ángel Herra.

La Divina Chusma y Fragmentos de la Tierra Prometida. En ambos el planteamiento es bastante claro: transformar el mito, acortarlo, reducirlo, revertirlo. En uno la inmundicia está revestida de dignidad cósmica (o por el contrario los poderes divinos obligados a vivir entre nosotros) y en el otro se transforma de inmediato el espacio del mito redimensionándolo: “cortar” el mito es transgredir, es quebrar el gran espejo simbólico y quedarse con las. Cambiar todo el inventario cósmico a unidades menores, el orden, las convenciones, revalorar siempre, tal vez sea la propuesta principal de estos “fragmentos”. Tal vez.

La expulsión del paraíso fue el hecho desencadenador de la historia humana. Lo que el texto presenta es una visión de éxodo contemporáneo: las promesas, las utopías, la luz, se visualizan desde el desierto del lenguaje, del juego, de los textos anteriores. Llamemos al becerro de oro por sus nombres: dinero, paz mundial, las zonas verdes. Es un grupo de textos que tienen como metáfora un muro. Como la puerta de Kafka, no es imponente, pero si impenetrable.

Hay ironía (tal vez su mejor punto), y valentía. Veamos la aclaración del autor (leer la aclaración). Ver el autor defendiendo su obra tan valientemente siempre es digno de poner atención.

Repito; el género no es nuevo, pero las maneras en que se lee sí lo son. Y esta lectura refuerza lo que ya sabemos que es la literatura.

Mientras haya un texto que no se acomode, que causa disonancia, que haga que la crítica se sienta con nauseas de repente, todo marcha bien.

El microcuento es muy violento en ese sentido: ataca, muerde, viola la literatura que tiene antes. Y todas esas cosas son buenas, según mi parecer. Es un hijito malcriado, un enano muerto en los arrabales con un cadáver hediondo y bello.

El valor básico de la literatura (o por lo menos de la buena) es la incertidumbre. El microcuento se ha querido acercar a este principio: en términos formales, el microcuento está obligado a otra función primaria: decir más de lo que realmente dice.  Obliga a releer. Si es bueno, por supuesto. O por lo menos está obligado, para ser bueno, a dejar al lector en un sentimiento intermedio entre la indignación, la risa y la pura ignorancia, si es que eso es posible. La incomodidad es la forma más pura de memoria en la literatura, la comodidad, la tranquilidad, por otro lado, es la muerte.

Y por eso todos estamos aquí. Para volver a sentirnos incómodos, para dormir mal y seguir pensando en dinosaurios, paraísos construidos en una línea y quemados en la siguiente.

Ahora, lo único que queda es leer, y ver que tienen estos textos para ofrecer.

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Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte

Castro R., Guillermo. “Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte”. Excelsior (San José, Costa Rica), 8 de mayo de 1976, p. 3

No deja de ser intrigante, para cualquier lector costarricense, conocer la razón del escaso favor que algunos sectores del país le brindaron a la obra de Fallas, desde el mismo momento en que un jurado nacional le negó a Mamita Yunai, la primera de sus obras, categoría de novela en el año 1940.

   Que la Fundación Faulkner de los Estados Unidos distinguiera a Carlos Luis Fallas con el Premio Iberoamericano de Novela en 1962, mientras algunos compatriotas se oponían a que se le concediera el Premio Nacional de Literatura, es un hecho sorprendente. Que en Costa Rica se dificultara la circulación de la primera edición de Mamita Yunai, mientras se hacían numerosas ediciones y traducciones en otras partes de mundo, es toda una ironía.

  Y no menos intrigante fue presenciar la solemnidad y el dolor con que el pueblo lo despidió el día de sus exequias, en tanto que otros, mientras vivió, se prodigaron en ofrecerle cárcel y destierro.

  ¿Qué había pues de especial en la persona de Fallas para merecerle tanta intriga? ¿Qué significó su presencia en el ámbito nacional para acreditarse, en cambio, numerosos elogios y muchas distinciones? ¿Qué valor tiene por ejemplo, Mamita Yunai en sus contenidos y en su conformación, pero que hoy se le estime como la mejor novela nacional y se le juzgue entre las obras más significativas de Hispanoamérica?

  He aquí en la respuestas a estas interrogantes, la razón del artículo que hoy, a diez años de la muerte material del eximo escritor costarricense, publicamos en calidad de homenaje póstumo.

VIDA Y OBRA

 Carlos Luis Fallas nació en Alajuela el 21 de enero de 1909. Su infancia transcurrió en medio de numerosas privaciones. A los pocos años se traslado a San José, en donde realizó sus primeros y escasos estudios. Por su carácter fuerte se vislumbraba ya el hombre de carácter rebelde e insatisfecho que conoceríamos después.

 Ese temperamento recio, casi innato, los indujo a independizarse de su hogar y a enfrentarse a su destino, duro y hostil, cuando apenas tenía dieciséis años. Aquí comenzó la segunda etapa de su vida, decisivo en la afirmación de su espíritu combativo.

 Corría el año 1925. Se conservaba todavía en su apogeo la emigración de los campesinos del interior del país hacia el Atlántico, atraídos por la fiebre del oro verde. El mismo Fallas no escapó a la euforia del momento, y se fue a Limón, en donde pasó seis años realizando diversos trabajos. Durante algún tiempo se interno en los bananales de la United Fruit Co. en el Valle de la Estrella. Fueron años muy difíciles, sin duda los de mayores congojas, pero los más productivos de su vida, porque su larga permanencia en los campamentos inmundos y todas sus peripecias le harían descubrir su vocación narrativa y su espíritu revolucionario. La emoción biográfica que apreciamos en sus obras, es precisamente, el resultado de sus vivencias personales.

 En el año 1931 regresó de Limón con motivo del fallecimiento de su madre, con cuyo suceso puede señalarse el comienzo de la tercera, etapa, de su vida, ahora en condición, de agitado militante. La adversidad y las injusticias que había presenciado en los bananales terminaron de cincelar su espíritu combativo, y decidió permanecer en la ciudad para participar más de cerca, en las actividades proselitistas en defensa de la clase obrera.

 Histórica es, para mencionar un hecho, su valiente actitud en la Manifestación de Desocupados del 22 de mayo de 1933.  La represión y la cárcel no hicieron mella en sus arrestos; pero a raíz de este acontecimiento, tuvo que trasladarse nuevamente al Atlántico, desterrado por sus actividades revolucionarias.

 Una de sus más fieras luchas fue la que libró en el año 1934 como organizador de la Gran Huelga  Bananera de 24 Millas, que fue una verdadera liberación de su afán de justicia largamente reprimido ante los desplantes de la Compañía Bananera. En esa oportunidad, la prensa se ensaño contra los huelguistas y el gobierno desató su persecución, pero nadie pudo evitar que la histórica huelga fuera el primer eslabón de las conquistas sociales con que Fallas soñaba. No valieron entonces los engaños, ni las amenazas, ni el tremendo poder de los dólares para hacer claudicar la actitud honesta y heroica del gran dirigente obrero.

 En 1940 quiso ordenar y ampliar, con una perspectiva literaria, las experiencias que en forma de crónicas había escrito en el órgano periodístico del partido comunista, Trabajo, y se produjo esa inesperada revelación suya en la esfera narrativa dando a su luz Mamita Yunai, obra combativa y conmovedora que habría de consagrarlo como nuestro más destacado novelista.

 Esta cuarta faceta de su trayectoria se enriqueció después con la publicación de otras  obras: Gentes y Gentecillas (1947), de variados conflictos humanos cuyo escenario principal es la Hacienda Pejibaye, propiedad de la Compañía Bananera; Marcos Ramírez (1952), serie remembranzas infantiles de sabor picaresco: Mi Madrina (1954), obra anecdótica, de estilo autobiográfico, en la que se incluyó el cuento Barreteros y una novela corta titulada El Taller. En ese mismo año publicó en México  su Reseña de la intervención y penetración yanki en Centro América valiosa desde el punto de vista histórico y político. Después escribió un folleto sobre el problema del latifundio, bajo el título de Don Bárbaro, que hace recordar la obra de Gallegos. En forma póstuma apareció Tres Cuentos (1967) en la cual se recogen por aparte dos relatos suyos ya mencionados: El Taller, primera parte de lo que iba a ser una novela sindical; Barreteros, cuento sobre las tragedias y el problemas de las bananeras a los que se agrego un pequeño relato de adolescencia: La dueña de la guitarra de las conchas de colores que el autor se había negado a publicar por su fondo sentimental y su estilo de inmaduro. Como obra inédita, debe mencionarse Un mes en la China Roja “dedicada a todos los hombres honrados de América Latina.” En ella recopila una serie de impresiones sobre la sociedad de la China Comunista. Otros dos quedaron inconclusos: Cartas a Juan, en la que el autor recoge todas las misivas que desde Rusia le había ido enviando a su tío Juan Fallas, y Rojo y verde, que refiere sus experiencias como líder sindical.

 En 1944, sus continuas luchas por el logro de una patria mejor para la clase trabajadora le merecieron la responsabilidad de ser electo diputado al Congreso Nacional, como representante del Partido Vanguardia Popular. Al final de su período parlamentario, estalló la Guerra Civil de 1948, acontecimiento que debió vivir en todas sus consecuencias como jefe de las tropas gobiernistas. Al terminar el fragor de la lucha, derrotados los suyos, tuvo que sufrir algunos meses cárcel, la cárcel que ya había conocido por sus afanes de reivindicación social. Con el apoyo de muchas voces amigas obtuvo la libertad y emigro a México por algún tiempo.

 Finalmente se le hizo justo reconocimiento por su valioso aporte a la narrativa costarricense, al otorgársele el Premio Nacional de Literatura Magón de 1965. Pocos meses después el 7 de mayo de 1966, murió en San José, rodeado del calor de sus muchos amigos y compañeros de lucha, que derramaron sus lágrimas sobre el ataud de aquel hombre, humilde y honesto, que había entregado lo mejor de su vida a luchar por la superación de los oprimidos, que había enriquecido con sus escritos los alcances literarios de su patria y que ahora partía, con su espíritu vigoroso al fin en paz.

LA MEJOR OBRA DE FALLAS

  Lo es, sin duda, Mamita Yunai, que responde a un anhelo de redención, nacional. Refleja la responsabilidad moral y social del autor, su definición clara y valiente contra la servidumbre, contra los hechos insólitos de la explotación extranjera. La critica franca, el vocabulario sin ambages y algunas escenas de la obra un tanto violentas escandalizaron, sin embargo, al lector de pocos alcances y a las mentalidades retrógradas. Los perjuicios y la hipocresía de la época forjaron una acogida fría y despectiva, al punto de negársele, como se dijo categoría literaria en el Concurso de la Mejor Novela Hispanoamericana de 1940, y de haber sido “saboteado” la primera edición por más de veinticuatro años.

 No obstante, gracias al soplo divino de Pablo Neruda, que inmortalizó a Calero en su Canto General (1950), la obra de Fallas alcanzó el merecido privilegio de la universalidad. No otra cosa demuestran las numerosas ediciones que se han hecho de la  misma en diversos idiomas: Rumano (1949); Ruso (1952, 1957, 1962), Búlgaro (1955), Polaco (1953, 1955); Eslovaco (1954); Italiano (1955) Húngaro (1955); Chino (1959); Alemán (1961); Francés (1964); y Estoniano (1965). En Español se han hecho hasta el presente las siguientes ediciones: en Costa Rica (1941, 1966, 1970, 1971,1974); Chile (1949, 1972); Argentina (1955); México (1957) y Cuba(1960, 1961).

 Pese a esta muestra fehaciente de la trascendencia de la obra Fallas, algunos compatriotas quisieron negarle sus méritos En el Editorial del periódico La Nación del 17 de marzo de 1966, por ejemplo, comentando una publicación que días antes habían hecho distinguidos  ciudadanos de todos los credos políticos, a fin de sugerir el nombre de Fallas para otorgarle el Premio Nacional de Literatura se externo el siguiente criterio: “…si las obras del señor Fallas han sido favorecidas más que ninguna de los otros escritores nacionales, con numerosas traducciones en el exterior, sobre en los países comunistas, se debe ante todo a la temática que desarrollan, de fondo social y político más que a los méritos propiamente literarios de las mismas” (El subrayado es nuestro).

 El artículo refleja precisamente la intriga y la mezquindad con que algunos elementos de la prensa y de la crítica nacional lo aludieron muchas veces. Pese a tanta pequeñez, últimamente se ha hecho una justa valoración de su obra. Las nuevas generaciones han comprendido que todas esas criticas obedecían solamente a ciertos intereses de grupo. Han comprendido que Mamita Yunai debe valorarse por sus méritos literarios, ajenos al carácter panfletario que algunos se han empecinado en atribuirle. Se le reconoce ahora, el vigor de la expresión, su hermosa sencillez, la síntesis magistral que logra de la temática hispanoamericana, su significado humano, su vinculación con la experiencia personal del autor y su valor cono representación estética de una plenitud objetiva.

Mamita Yunai es una novela sencilla, ciertamente, en la que el lector no siente la presencia de grandes caracteres humanos ni el embellecimiento expresivo de los modernistas ni los complejos procedimientos formales de la novelística contemporánea. Mamita Yunai no esta hecha, en fin, para impresionar al lector intelectual, que se deleita formulando hipótesis y desentrañando con vanidad los misterios del diseño con que se ha pretendido deslumbrarlo. La obra de Fallas esta planeada para presentar un orden de cosas que urge atender. Consecuentemente, es una novela de tesis, un mensaje que insiste en la necesidad de que los pueblos de América despierten de su enajenación y actúen frente al ultraje foráneo; es una demanda de justicia para la raza indígena, una sátira contra  los gobiernos corruptos.

 El autor vivió en sus carnes la hostilidad del ambiente que denuncia. Y estas vivencias nos llegan dramáticamente y nos llaman a meditar y a asumir una actitud de solidaridad. Sentimos de cerca la degradación de nuestros compatriotas, que es también la desgracia del hombre americano consumidos por el monstruo verde de la selva y de los bananales aliados a la prepotencia del dólar. Asistimos a la rudeza de un ambiente que, siendo nuestro desconocíamos.

 La obra es cruda, a veces más allá de lo que algunos desearían. Y, sin embargo, no pedía ser de otra manera. Es una exigencia de las circunstancias. No obstante, dentro de tanta adversidad, se enmarcan escenas de gran ternura, a manera de contraste, porque los individuos actuantes, más que héroes, son seres humanos ligados a un destino común.

 La despedida de Herminio, por ejemplo, es desgarradora. En nuestra memoria queda, como un eco lejano y doloroso, su “adióos hermaanoo”, perdido en las tinieblas de la noche, oscura como el destino de nuestros compatriotas.

 Y a la voz de los que, como Herminio, no pudieron salir de los bananales quedara viva eternizada, como un testimonio de nuestra realidad histórica, al tiempo que la imagen fantasmagórica de Calero, con su mueca trágica, seguirá arrastrándose por los latifundios de las compañías extranjeras, como un clamar de justicia  para el hombre americano.

 Y mientras existan Caleros y Herminios explotados que será siempre, permanecerá vivo entre nosotros el recuerdo de Fallas como nuestro mejor narrador y como un profeta de redención social.

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Una entrevista con Carlos Luis Fallas

“Una entrevista con Carlos Luis Fallas”. En: Teatro Carpa, 21 de octubre de 1981, Página 1

Extracto de una entrevista realizada por Alfonso Chase a Carlos Luis Fallas, y publicada por el periódico Excelsior en 1976

– ¿Crees que la literatura debe ser literatura social y nada más?
Creo que sí. El escritor debe servirle al pueblo de Costa Rica, luchar junto con él por una vida mejor, una democracia más amplia, mayor libertad, independencia y disfrute pleno de sus riquezas. No hay nada que justifique otra posición de un escritor costarricense.

– ¿Crees entonces, que no hay oposición entre los que podríamos llamar literatura universal y literatura nacional, o bien, entre literatura proletaria y literatura burguesa?
En este momento comienza en el mundo la etapa de la literatura proletaria. Así como vino la literatura burguesa a desplazar a la literatura aristocrática y de la nobleza ahora viene el período del triunfo, de esta nueva concepción –profundamente humana– de literatura y la vida. Es un proceso de dialéctica. La literatura proletaria entra al juego de mundo y adquiere vigencia para el futuro. Hay en Costa Rica, sin embargo, en el presente una serie de escritores que sin ser proletarios están también haciendo una literatura positiva que en cierta forma responde a las necesidades de nuestro pueblo. Yo no estoy de acuerdo con esas gentes que dicen que en Costa Rica no se puede hacer nada de categoría en la literatura, porque nosotros no tenemos tradición histórica heroica, ni gauchos como los argentinos en sus pampas. Tenemos iguales posibilidades. Lo que sucede es que los temas y los argumentos no se pueden encontrar en una esquina de la Avenida Central. Hasta que podamos profundizar en nuestra patria y encontrar los argumentos en el llano, en las bananeras, en las montañas, las ciudades y sus pobres barriadas: ahí está Costa Rica. Ya se han escrito bastantes cursilerías y ya es hora de explotar directamente los problemas vitales de nuestro pueblo. Quienes se empeñan en seguir escribiendo historias bonitas, más o menos superficiales, ya no están colocadas en ninguna perspectiva. Hay problemas sociales profundos, y yo me pregunto, ¿por el hecho de ser sociales no se pueden tocar con arte? Pues claro que sí. Es nuestro deber. Ahí está el futuro de nuestra literatura. Es mi criterio, la literatura social es la única que puede tener permanencia porque se justifica en nuestra propia realidad.

– ¿Y con respecto a los personajes de tus novelas?
En su mayoría son tomados de la vida real. Hay otros que son formados de dos o más fuentes del mismo grupo humano. Yo creo que la sociedad presenta grupos bien definidos en cuanto a su carácter y a su forma de ser. Personas que misteriosamente pertenecen a un mismo grupo y cuya diferenciación de los otros es notable. No pertenecen, incluso, a una misma clase social. Doña Rosita, por ejemplo, está formada por tres mujeres de distinta condición social y distinto grado de cultura, pero en cuanto al carácter, pertenecen al mismo grupo.
Mis personajes no son creación pura de la fantasía, y por esto, yo no hago plan de trabajo al comenzar una novela. Es que los personajes se mueven, tienen vida propia y se van. Los personajes se escapan. Es imposible controlarlos. Lo que importa, ante una situación específica, es la actitud y la reacción propia del personaje y no lo que a mi me interesaría como escritor. El plan nos limita porque nos obliga a trabajar de acuerdo a unas metas ya previamente determinadas. Si hacemos coincidir a los personajes con el plan, los matamos y hacemos de ellos unos simples títeres.

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“Gentes y gentecillas” de Calufa

Kasari, Joris. “Gentes y gentecillas” de Calufa”. La Prensa Libre (San José, Costa Rica),  2 de abril de 1977

Uno de los escritores costarricenses que más ha entrado en lo profundo del pueblo tico es Carlos Luis Fallas.

Llamado cariñosamente Calufa, este autor describe con autenticidad, el ambiente costarricense, con la manera de hablar del tico, su humor y su forma de ser.

Aunque la primera vez que se publicó esta obra en 1947, como la segunda novela de Carlos Luis Fallas, lo cierto es que, treinta años* después continúa siendo actual.

Es una novela que se lee y se disfruta, ya que los personajes tienen una vitalidad que se encuentra sólo en los buenos novelistas.

Para el lector, Jerónimo, Soledad, Rodolfo, Ñor Concho, doña Rosita y otros son seres de carne y hueso. Personas a las que podemos encontrarnos en cualquier momento. Son también prototipos de las distintas capas de nuestra sociedad.

Esa sociedad que da el campesino ingenuo así como el pícaro; el funcionario explotador y el trabajador sincero; el obrero que espera los días de pago y la mujer que trabaja para ayudarle a salir adelante con la carga… De todo hay en la novela de Carlos Luis Fallas.

Ningún nombre mejor hubiera podido ponerle que “Gentes y gentecillas”. Porque en sus páginas pulula lo mismo el poderoso que el sencillo; la mujer educada que la muchacha fácil que cree encontrar a la vuelta de la esquina la fortuna o el amor de novela.

Carlos Luis Fallas nació en 1909 en Alajuela y murió en 1966. De origen campesino, se crió al lado de un zapatero remendón. Hizo únicamente dos años de secundaria. Su viaje a Limón, cuando tenía 16 años lo hizo conocer y comprender la lucha del hombre sencillo por ganarse el pan.

En la costa atlántica trabajó en los muelles y en los bananales de la United Fruit Company, por eso, sus descripciones del trabajo, de las luchas de la clase de vida que llevaba el trabajador de las compañías extranjeras, es verídico.

Cuando regresó a Alajuela, a los 22 años, se dedicó a participar en movimientos políticos y obreros, participó en huelgas y en algunas ocasiones su militancia lo llevó a la cárcel. Fue miembro importante del Partido Comunista y elegido para cargos de elección popular como munícipe y diputado más tarde. Sin embargo, su militancia política no le apartó de la literatura, sino que le sirvió de base para sus temas y sus personajes.

Escribió “Mamita Yunai”, publicada en 1941. “Gentes y gentecillas”, editada en 1947 y luego con el sello de la Editorial Costa Rica en 1975. “Marcos Ramírez, Aventuras de un muchacho”, “Mi madrina” y “Tres cuentos”.

Su colaboración en periódicos y revistas de la época también fue copiosa.

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y es uno de los escritores latinoamericanos de mayor valor literario y social. Vale la pena volver a leer los libros de Carlos Luis Fallas.

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La sombra de don Joaquín

Porras, Carlos. “La sombra de don Joaquín”. Tiempos del mundo, 26 de octubre, 2000. Publicado también en: Retrato de Joaquín Gutiérrez. Compilado por Rodolfo Arias Formoso. San José, Costa Rica : EUCR, 2002. Página 55-56

En Kasajastán, 1964

Estaba don Joaquín Gutiérrez en Bujara, una remota población de Kazajastán, tan antigua que se menciona en Las mil y una noches. Ante sí tenía un trillo polvoriento que, aunque no lo pareciera, era el camino de la seda por el que transitaron los mercaderes medievales desde Venecia hasta la China. Otro trillo hacía una encrucijada, era el camino del ámbar, que iba hasta la India.

En aquella remotidad apareció un personaje vestido de túnica y turbante, como brotando del pasado más lejano. Don Joaquín lo saludó tan ceremoniosamente como pudo, y el extraño contestó con unas palabras en su idioma, que nuestro escritor, naturalmente, no pudo entender. Más tarde se las tradujeron: “que no se le acorte la sombra”. Y se las explicaron: la sombra puede acortarse cuando uno se hace viejito y se encorva, o porque el Visir le manda cortar la cabeza.

De eso hace mucho tiempo y, aunque hoy a sus ochenta años don Joaquín ya no tiene las cejas y el bigote negro de aquél entonces, sí continúa poseyendo sus casi dos metros de altura, y su sombra sigue tan larga como antes. El más brillante de nuestros ajedrecistas, el máximo novelista tico del siglo, viajero infatigable, traductor de Shakespeare, corresponsal de la guerra de Viet Nam, profesor, poeta, todo eso es su verdadera gran sombra, que se extiende a su alrededor con naturalidad, como es él, dándole la vuelta al mundo, como quien dice nada.

[…] La popularidad de don Joaquín Gutiérrez queda de manifiesto con una anécdota de la celebración de sus ochenta años, en marzo de 1998. Todos los medios de prensa, radio y televisión brindaron reseñas de su persona y su obra. El día del homenaje no cabía un alma en el recinto del Centro Cultural de México, cuando entró el Presidente de la República don José María Figueres. Más o menos cinco minutos después, llegó también don Miguel Angel Rodríguez, entonces presidente electo. Ambos, el presidente entrante como el saliente, abrazaron al escritor con evidente cariño y respeto. Don Joaquín fue, desde su juventud hasta su muerte, un comunista, y tenía a su lado a un presidente social demócrata y uno social cristiano abriéndose espacio para saludarlo. Alguien declaró que solo en Costa Ricia pasan cosas así, pero pronto lo corrigieron: cosas así, solo pasan con don Joaquín.

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Gentes y gentecillas

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Con una pizca de humor y otro tanto de tragedia, Gentes y Gentecillas narra las duras condiciones de vida de los trabajadores en una hacienda cafetalera a principios del siglo pasado en Pejibaye de Turrialba, y en los fatídicos socavones de los montes de Milla 48. Jerónimo, joven y honesto trabajador; la bella Soledad, inspiradora de amores secretos; la insidiosa doña Rosita; y Rosendo, el hipócrita capataz, son algunos de los personajes con los que la pluma de Fallas recrea con magistral autenticidad este pequeño mundo de gente modesta, sin más posesión que su fuerza de trabajo, el recuerdo de una vida mejor y la esperanza de escapar de la explotación a que parecen estar condenados.

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