Lic. Alberto Cañas Escalante

Castegnaro, Marta. “Lic. Alberto Cañas Escalante”. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 11 de setiembre de 1998, p. 10

 Si solo tomásemos en cuenta la labor que realiza don Alberto Cañas en la columna periodística Chisporroteos en tanto en ella analiza el trabajo literario que se edita en Costa Rica, -columna que utiliza para estimular a los autores y destacar las facetas positivas de su producción- sería suficiente para que su nombre ocupase un lugar sobresaliente en la literatura costarricense. Pero se a ello añadimos que es poeta, autor de cuentos y novelas varias veces premiadas, dramaturgo excepcional (“Conoce a fondo el  teatro contemporáneo y esta especialidad corresponde a su temperamento y a su concepción esencialmente dramática de la vida”, dice don Alberto Bonilla), nos acercamos un poco más a conocer la realidad de este polifacético costarricense, que ha participado activamente en la política nacional –manteniendo siempre un gran prestigio- y que ha sido diputado, ministro, embajador, profesor universitario, crítico y ensayista de gran valor.

Nacido en San José, cursó la segunda enseñanza en le Liceo de Costa Rica; desde su etapa estudiantil sobresalió como poeta; a esa época corresponde su espléndido poema El Punto Guanacasteco, bella exaltación de la célebre danza. Siguió la carrera de Derecho y se graduó de abogado. Sus inquietudes sociales lo llevaron desde muy joven a formar parte del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, y a participar en lides periodísticas. Junto a José Figueres participó en la revolución de 1948.

Embajador ante las Naciones Unidas y encargado de la cartera de Relaciones Exteriores, su paso por la diplomacia ha sido excepcionalmente brillante. Como Ministro de Cultura Juventud y Deportes desarrolló una trascendental labor editorial de recate de los valores culturales y literarios costarricense. Diputado fogoso y apasionado, sus intervenciones provocaron a menudo intensas polémicas; le correspondió presidir la Asamblea Legislativa en 1994. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica, donde se ha desempeñado como profesor.

Entre otros, ha publicado los siguientes libros: Aquí y ahora, Una casa en el barrio del Carmen , y La exterminación de los pobres. Los molinos de Dios, es su novela más ambiciosa; en ella, con ternura y picardía, “acaricia” la historia de la sociedad costarricense. “Su principal característica, y la que le ha llevado a ser el escritor más leído y el dramaturgo más popular de su país, es un afán de analizar y desentrañar la sociedad costarricense, con ojo crítico y un acentuado toque de humor que nunca lo abandona; y esto lo ha conseguido, en el teatro, jugando con elementos de fantasía, imaginación y magia en obras que han sido representadas en casi todos los países de Iberoamérica y divulgadas por la Radio y Televisión Española…”, dice un comentarista. Algunas de sus obras de teatro son Uvieta, Una bruja en el río, El luto robado y La Segua.

Tan intensa y valiosa labor cultural le hizo merecedor, en 1976, del Premio Nacional de Cultura Magón.

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El homenaje a don Alberto

“El homenaje a don Alberto”. La República. Página Editorial (San José, Costa Rica), 2 de abril de 1995, p. 14A

 En la semana pasada, con ocasión de haber cumplido sus 75 años, un grupo de organizaciones rindió un significativo homenaje a don Alberto Cañas Escalante. El acto, así como los organizadores, incluyó una serie de manifestaciones que mostraban un origen tan variado que solo era posible concebirlo por la personalidad multifacética del homenajeado. Había agrupaciones políticas del cantón de Montes de Oca y de varios distritos del cantón central de San José; había representantes de varios grupos culturales; como era de suponer, asistieron diputados de las distintas fracciones de la actual Asamblea, y gran número de amigos personales y parientes. Solo había entre todos ellos un común denominador: la personalidad del homenajeado y la amistad y admiración de todos los presentes para con él.

Como se destacó en el acto, Alberto Cañas es el autor teatral más prolífico de Costa Rica, con éxitos tanto en las tablas como en las versiones escritas de sus obras; ha publicado una serie de novelas y cuentos, una de las cuales, por lo menos, “Los Molinos de Dios”, tiene tal relación con el desarrollo de la cultura política, social y económica costarricense que se puede estar seguro de su persistencia más allá de la vida de su autor; hizo docencia universitaria por muchos años en materia de teatro, con participación en los cursos de extensión anual; fue el primer Ministro de Cultura de Costa Rica, de modo que literalmente le tocó inventar esa cartera; de sus años de poeta juvenil quedó una poesía, “El Punto Guanacasteco”, que se incorporó al acervo básico de las expresiones generalmente conocidas y utilizadas por los estudiantes en sus presentaciones culturales. En sus actuaciones políticas, iniciadas en el Centro de Estudios de los Problemas Nacionales, ocupó una serie de cargos partidistas y oficiales que culminan en su actual segunda ronda como diputado, donde ha ocupado en el primer año de Gobierno la presidencia de la Asamblea Legislativa y se puede estar seguro de que en el resto del cuatrienio mantendrá una participación activa y combativa. De todo eso se habló en el homenaje. Pero no es de eso que corresponde hablar ahora.

Lo importante para nosotros es que Alberto Cañas ha sido y es asimismo periodista. No solo eso sino también que, aunque ha colaborado en casi todos los periódicos de Costa Rica, La República reclama el orgullo de ser el principal órgano a través del cual se ha realizado su labor de prensa. Fue nuestro primer director y, en esa condición, le correspondió sentar algunas orientaciones que todavía perduran. Creó en La República la columna “Chisporroteos”, que se llevó luego a otros periódicos pero que recuperamos en los últimos años y que esperamos mantener por muchos más, para disfrutar de que sea desde nuestras páginas donde Alberto Cañas diserte sobre todo lo divino y lo humano, manteniendo tesis que pueden ser populares o ser exclusivamente personales, pero que, en todo caso, le permitirán revelar los criterios de una personalidad con muchos ribetes de unicidad, pero que puede considerarse representativa de lo mejor de lo costarricense.

Por ello, creemos de absoluta necesidad unirnos al homenaje rendido a Alberto Cañas de expresar nuestro orgullo por tenerlo como parte del grupo que ha hecho La República a través de los años y que continúa pensando desde ella. Por saberlo uno de los grandes activos que nos permiten hacer un buen periódico y contribuir desde él a la cultura y la vida costarricense.

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Anacristina Rossi: verbo mestizo, verbo del Caribe

Soto, Michelle; Montoya Rodrigo (fotógrafo).  “Anacristina Rossi: verbo mestizo, verbo del Caribe”. Perfil (555): 74-77, 19 de octubre 2007

En agosto, la Academia Costarricense de la Lengua dio la bienvenida a Anacristina Rossi, y con ella, a la literatura afrocaribeña.

Escuchar a Anacristina Rossi es como oír las olas reventar. Su verbo es tan furioso como el mar, pero sus palabras también tocan la orilla como espuma.

Con ella se conversa de literatura, de lengua, del ser mujer, de utopías y sueños, de medio ambiente y, sobre todo, de Limón. Rossi lleva el sol en la piel y el viento en el cabello, ella es Caribe.

El pasado 23 de agosto, se incorporó a la Academia Costarricense de la Lengua. Es así como su nombre se une al de Arnoldo Mora Rodríguez, Rafael Ángel Herra, Adolfo Constenla, Samuel Rovinski, Estrella Cartín, Julieta Pinto y Alberto Cañas, entre otros.

En su discurso de incorporación rescató del silencio los textos de Samuel Charles Nation y, con estos, una literatura afrolimonense de principios del siglo XX.

SUS LETRAS

Rossi estudió lingüística y lenguas modernas en Inglaterra, Francia y Holanda. Obtuvo una maestría en idiomas y un doctorado en ciencias de la traducción.

Es activista ambiental y social, rasgo que se refleja en su libro La loca de Gandoca de 1991. Sus novelas María de la noche (1985) y Limón Blues (2002) fueron distinguidas con el Premio Nacional en ese género. Sus escritos son objeto de estudio en universidades costarricenses  y estadounidenses.

Ha participado en congresos sobre literatura en Estados Unidos, Alemania y Panamá, entre otros. Fue invitada por el Ministerio de Cultura de Francia como representante del istmo en el Programa “Belles Etrangéres”, el cual fue dedicado a Centroamérica en 1997.

Asimismo, recibió la Medalla Presidencial del Centenario del Nacimiento de Pablo Neruda, la cual fue otorgada por el Gobierno de Chile por la proyección social de su obra literaria.

Por más que sus textos trascienden fronteras, Rossi suele regresar a Limón de su infancia, al que lleva siempre del lado izquierdo del pecho.

UTOPÍAS

En la última década, la voz mestiza de Anacristina Rossi tiene la sonoridad de un blues, y últimamente, de un reggae.

A finales de 1997, emprendió la investigación que le llevó a escribir Limón Blues y que le despertaría la necesidad de seguir recopilando y escribiendo aún después de Limón Reggae.

En la Biblioteca Nacional, desempolvó periódicos limonenses publicados entre 1903 y 1942, génesis de una literatura costarricense escrita por afrodescendientes.

“¿Qué es lo que nos dice esa literatura sobre Costa Rica?  En ella, los ticos nos vemos reflejados desde el punto de vista de alguien que nos ve –al mismo tiempo- desde adentro y afuera, desde otra y nuestra cultura”, comenta Rossi.

Fue así como conoció los textos del periodista y ensayista Samuel Charles Nation. En su prosa se develaron los ideales y las luchas por la reivindicación de los afrodescendientes y la figura mítica de Marcus Garvey.

“Mi esfuerzo es tratar de recuperar la literatura que hay en esos periódicos, hay una enorme riqueza en ensayos periodísticos y poemas. Eran el único lugar donde los afrodescendientes podían publicar porque no tenían editoriales”.

Mi sueño es, algún día, tener tiempo y el dinero para recoger esos ensayos, sacarlos de los periódicos, seleccionar, ordenar y ver cómo hago un libro para jóvenes y otro que recoja todo el material” añade la escritora con ímpetu.

En Limón Blues, la pluma de Anacristina de el primer acercamiento a esta literatura donde se retrata esa búsqueda de la utopía.

Con esa prosa de prisa, cargada de blancos que asesinan, negros que forman sindicatos, periodistas que publican páginas muchas veces censuradas, bananos destrozados por el machete de la Compañía, tambores que suenan hasta el amanecer, mujeres blancas que tiemblan por la carne oscura de sus sirvientes negros, olas que no dejan de reventar en la arena cálida y amores que se hacen y se deshacen bajo ese sol tropical que todo lo envuelve y todo lo embruja, los años transcurren con una velocidad vertiginosa, como si el tiempo se nos fuera a acabar sin permitirnos terminar la historia.

Y con esas esperanzas que se truncan con el paso de los años, Limón parece una de esas niñas rurales que envejecen antes de tiempo. Como resultado, solo queda el recuerdo, la nostalgia de un pasado que este país, que se precia de multiétnico, simplemente prefiere olvidar y que esta escritora nuestra, que se llama Anacristina Rossi, nos lo resucita de entre los muertos”, reseñó Manuel Delgado a propósito de la novela para Club de Libros.

Pero, Limón Blues terminó en 1973. Aún quedaba mucho por escribir, la escritora quería hablar de ese Limón que conoció de niña y adolescente. Fue así como se desencadenó una segunda utopía, la propia y la colectiva.

Limón Reggae habla de la revolución en Centroamérica durante los 70, centrada en El Salvador. Pero, también recata los ideales de Afrotsco de Limón y los Rastafari de Puerto Viejo.

“En Centroamérica se trató de tener dos utopías: la revolución nicaragüense y la salvadoreña. La salvadoreña terminó en gran fracaso, la nicaragüense por lo menos tuvo su periodo. Lo mismo le pasó a los Rastafari, pero ellos recrearon la utopía en el interior, y en lugar de aspirar a una utopía colectiva y grande, decidieron tener una más pequeña y es sobre todo interior.

Lo mismo pensaban los grupos negros en Limón durante los 70, Afrotsco era un grupo real y Milton Franklin (quien fue uno de sus integrantes) sigue pensando que los ideales de un cambio interior son vigentes. Para los socialistas y los de la teoría del marxismo, la utopía está afuera; pero lo lindo de él es que la utopía esta adentro”, recuerda la “loca de Gandoca”

-Y ahora, ¿cuál es la utopía que estamos persiguiendo?

-La única utopía posible es la paz con la naturaleza. Pero no la que dice nuestro presidente, con la que no estoy de acuerdo, porque la incluye con cosas tan devastadoras como este tratado de libre comercio. Las luchas ecológicas han costado tanto y han sido siempre como mitad perdidas y mitad ganadas, y cuando se ha ganado siempre ha sido gracias a la Sala Constitucional.

“No es que los seres humanos destruyan el ambiente porque son malos, sino porque la conservación entra en conflicto con sus ideas de dinero. Está bien que hagan dinero, no tengo nada en contra del comercio ni los negocios, pero tienen que tener un límite.

“Se necesita un cambio de actitud de todos y todas para detener el calentamiento global, es el reto más grande. La utopía está en ponernos un freno a nosotros mismos, debe ser modesta en ese sentido”.

NUESTRO AFROASCENDIENTE

La palabra evoca. Se dice que se empieza a existir en el momento en que se nombra. En ese sentido, la prosa de Rossi nos confronta con nuestra afroascendencia, nuestra identidad como costarricenses.

“Las mujeres cobran existencia cuando se les nombra, de lo contrario no están. Lo mismo pasa con nuestra afrodescendencia.

¿Dónde está ese abuelo y abuela negra?

¿Por qué nos vemos en el espejo y decimos que somos blancos, por qué los negamos?.

Tengo 10 años de confrontar esa cultura y de confrontarme a mí misma con mis propios ascendientes. Ese ha sido un reencuentro lindísimo, quisiera que ese reencuentro fuera de toda Costa Rica”, reconoce.

Como dijo una vez María Lourdes Cortés, Limón “es la síntesis de lo que es Ana la mujer, y Ana la escritora: de sus fantasmas, sus deseos y sus luchas. Es el rondón de sus de sus raíces, hundidas en el pasado y de sus sueños volando hacia el futuro”.

-¿La Academia Costarricense de la lengua con su incorporación está reconociendo, como un primer paso, a ese antepasado negro que tenemos los costarricenses? ¿Nos estamos viendo en la literatura afrodescendiente?

-Es un primer paso. Todavía no nos estamos viendo, aún falta recuperarlo y rescatarlo.

“Como académicos, cada uno tiene su campo de estudio. Todos tenemos nuestras locuras y teleles con la lengua. El mío ha sido tratar de ser un puente entre la cultura y la literatura afrodescendiente de principios del siglo XX y la actual, porque siempre negamos el problema de racismo y no hay que tenerle miedo a las palabras, ese racismo nos ha hecho estereotipar lo que fue.

“Limón no es solo ese rice and beans y carnavales, tiene un enorme bagaje cultural y una enorme riqueza que aportarnos, pero nosotros le damos la espalda”.

-¿En que consiste el trabajo de la Academia Costarricense de la Lengua?

-Somos traductores entre la lengua clásica y la de hoy. La lengua es un organismo vivo y funciona quieran los académicos o no. Entonces, lo que nos toca es ser puentes entre esa lengua que va evolucionando y la lengua clásica, como un filtro que permita ir incorporando al acervo clásico toda esa novedad. Habrá cosas que se podrán incorporar y otras no. Una tiene que estar atenta para recordar la estructura de nuestra lengua y así se pueda asimilar lo nuevo, sin perder la estructura.

-Ha señalado que para que la Academia Costarricense de la Lengua pueda trabajar, requiere de una sede, ¿Son como Quijotes sin Rocinantes o Sanchos sin burros, qué ha pasado?

-Andamos como del tumbo al tambo, como gitanos, y no podemos asentarnos para hacer un trabajo serio porque no tenemos sede.

“Al final del gobierno de don Abel, estaba lista la sede en la avenida central. Pero, por problemas burocráticos, no se concretó. Entonces, le hemos pedido ha este gobierno que nos dé un lugar donde estar.

“¿Cómo vamos a hacer un buen trabajo si tenemos que andar con todo bajo el brazo? ¿Adónde se va a sentar uno a guardar los documentos? ¿Cómo vamos a hacer trabajos en conjunto en la Academia si vamos de aquí para allá? Somos Quijotes a pie”

-¿Son  necesarias las editoriales pequeñas para leernos como costarricenses y tener variedad de voces sobre nosotros mismos?

-Hay un problema en Costa Rica muy grande, que la existencia de editoriales no va a arreglar y tiene como resultado la mediocridad. El problema es que no nos atrevemos a decirnos la verdad sobre lo que pensamos de los textos de los otros.

“Aquí no hay crítica porque no se soporta. No tenemos la madurez para aguantar vernos expuestos. Eso nos impide crecer como escritores y quedarnos en una mediocridad, los golpazos son los que nos van haciendo crecer.

“Los golpes que me he llevado hicieron que tratara de superarme. Los golpes que realmente se asimilan son los fuertes, como los que se dan en público. Para que nuestra literatura crezca, hay dos cosas que deben ir juntas: que hayan editoriales para leernos y que podamos hacernos crítica”.

Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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El conversador más ameno

Herrera, Adolfo. “El conversador más ameno”. Excelsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976,  p. 6.

Fue un chiquillo vivo, pero triste por la pobreza, por las necesidades de la casa, porque se sintió sin padre, teniéndolo vivo; porque tuvo que velar por los suyos desde muy joven ; porque sintió en su niñez la dureza de piedra del egoísta mundo de la burguesía. Pero esa tristeza no fue en él la amargura nunca. A veces triste, pero nunca amargado. En sus novelas se revela ese fenómeno. Al final de “Gentecillas”, el personaje que es él mismo, triste por una pena que es de amor y de lucha,se aleja de la escena y en la última página, agita la gorra sobre la cabeza en un gesto tal vez melancólico que no tiene sin embargo nada de amargura de derrota. Un gesto de hombre que quizås ha perdido una batalla, pero que sabe que ganará la guerra. Sobre una infancia triste el chiquillo agita un arrogante pendon de bizarria y de optimismo.

Esa circunstancia no lo arrojó a la desesperación ni a escalar puestos lejos de la miseria poniéndose al servicio de los poderosos.

Sencillamente lo sitúo entre los que llevan en si mismos la simiente del futuro. Se le apareó para siempre al pueblo.

No se ha escrito sobre la inmensa simpatía, cálida de tibieza humana, que despertaba Fallas cuando contaba cuentos y sus aventuras. Y no conozco un conversador más ameno que Fallas. Captaba en el relato la esencia de lo pintoresco, la entraña de lo rídiculo, el alma de la cómico y conociendo y queriendo a nuestro pueblo como él lo conoció y lo quiso reproducía fielmente su habla, sus características. Sus momentos de socarronería, o de nobleza, de viveza o de tontera. Esa comprensión y ese conocimiento del pueblo, rodeandolos de cariño como se rodean de algodones las piedras preciosas….

Oyéndolo hablar se iban las horas muertas. Así como se oía al pueblo en sus palabras y en sus dichos, así olía uno al pueblo, lo palpaba y lo  veía cuando Fallas lo pintaba en una anécdota, en un cuento, en algo que le había pasado en La Linea, en la cárcel, en la pulpería, en una reunión, en un campamento, en la calle, en el bananal o en el taller, el sidicato o el Partido. Ese poder de contar bien, de reproducir fielmente al pueblo, no lo tiene quien no lo ame.

Asi como hay personas que imitan a otras a quienes admiran y que les “pegan” hasta sus tics, sus dichos su manera de andar, Fallas reprodujo el pueblo porque lo quería y lo admiraba. No hay otra explicación. Pero además lo reprodujo, hasta cuando era burlista, con ternura, con la gran ternura de los hombres fuertes, la ternura viril que Shakespeare llamaba la “tibia leche de la ternura humana” sin la cual la Revolución perdería, como un niño huerfano la leche del seno materno.

Cáscara amarga al parecer. Pero dulce por dentro, como esos frutos de carne jugosa que estan envueltos en una cáscara aspera y dura. Cáscara amarga por fuera, quizás  por pudor, porque tenía el pudor de la ternura. Una ternura con pudor es más ternura porque es más verdadera. Bajo el carácter fragoso de Fallas corría un hilito de ternura clara y cristalina que con sólo escarbarle un poco la superficie salía bullicioso y refrescante.

Ya herido de muerte, en la cama, junto a él las muletas, con dolores inhumanos, me conto sucesos de su historia con aquella amenidad, con aquella vida, con aquella simpatía que siempre tuvo y que no lo abandonaron ni por el dolor ni por la cercanía de la muerte, ni por una invalidez que en él era más dolorosa que en otro.

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Adolfo Herrera Garcia (1914-1975), periodista y narrador (“Juan Varela”,1939), obtuvo poco antes de su muerte los Premios Pío Viquez y Garcia Monge de periodismo.

Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte

Castro R., Guillermo. “Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte”. Excelsior (San José, Costa Rica), 8 de mayo de 1976, p. 3

No deja de ser intrigante, para cualquier lector costarricense, conocer la razón del escaso favor que algunos sectores del país le brindaron a la obra de Fallas, desde el mismo momento en que un jurado nacional le negó a Mamita Yunai, la primera de sus obras, categoría de novela en el año 1940.

   Que la Fundación Faulkner de los Estados Unidos distinguiera a Carlos Luis Fallas con el Premio Iberoamericano de Novela en 1962, mientras algunos compatriotas se oponían a que se le concediera el Premio Nacional de Literatura, es un hecho sorprendente. Que en Costa Rica se dificultara la circulación de la primera edición de Mamita Yunai, mientras se hacían numerosas ediciones y traducciones en otras partes de mundo, es toda una ironía.

  Y no menos intrigante fue presenciar la solemnidad y el dolor con que el pueblo lo despidió el día de sus exequias, en tanto que otros, mientras vivió, se prodigaron en ofrecerle cárcel y destierro.

  ¿Qué había pues de especial en la persona de Fallas para merecerle tanta intriga? ¿Qué significó su presencia en el ámbito nacional para acreditarse, en cambio, numerosos elogios y muchas distinciones? ¿Qué valor tiene por ejemplo, Mamita Yunai en sus contenidos y en su conformación, pero que hoy se le estime como la mejor novela nacional y se le juzgue entre las obras más significativas de Hispanoamérica?

  He aquí en la respuestas a estas interrogantes, la razón del artículo que hoy, a diez años de la muerte material del eximo escritor costarricense, publicamos en calidad de homenaje póstumo.

VIDA Y OBRA

 Carlos Luis Fallas nació en Alajuela el 21 de enero de 1909. Su infancia transcurrió en medio de numerosas privaciones. A los pocos años se traslado a San José, en donde realizó sus primeros y escasos estudios. Por su carácter fuerte se vislumbraba ya el hombre de carácter rebelde e insatisfecho que conoceríamos después.

 Ese temperamento recio, casi innato, los indujo a independizarse de su hogar y a enfrentarse a su destino, duro y hostil, cuando apenas tenía dieciséis años. Aquí comenzó la segunda etapa de su vida, decisivo en la afirmación de su espíritu combativo.

 Corría el año 1925. Se conservaba todavía en su apogeo la emigración de los campesinos del interior del país hacia el Atlántico, atraídos por la fiebre del oro verde. El mismo Fallas no escapó a la euforia del momento, y se fue a Limón, en donde pasó seis años realizando diversos trabajos. Durante algún tiempo se interno en los bananales de la United Fruit Co. en el Valle de la Estrella. Fueron años muy difíciles, sin duda los de mayores congojas, pero los más productivos de su vida, porque su larga permanencia en los campamentos inmundos y todas sus peripecias le harían descubrir su vocación narrativa y su espíritu revolucionario. La emoción biográfica que apreciamos en sus obras, es precisamente, el resultado de sus vivencias personales.

 En el año 1931 regresó de Limón con motivo del fallecimiento de su madre, con cuyo suceso puede señalarse el comienzo de la tercera, etapa, de su vida, ahora en condición, de agitado militante. La adversidad y las injusticias que había presenciado en los bananales terminaron de cincelar su espíritu combativo, y decidió permanecer en la ciudad para participar más de cerca, en las actividades proselitistas en defensa de la clase obrera.

 Histórica es, para mencionar un hecho, su valiente actitud en la Manifestación de Desocupados del 22 de mayo de 1933.  La represión y la cárcel no hicieron mella en sus arrestos; pero a raíz de este acontecimiento, tuvo que trasladarse nuevamente al Atlántico, desterrado por sus actividades revolucionarias.

 Una de sus más fieras luchas fue la que libró en el año 1934 como organizador de la Gran Huelga  Bananera de 24 Millas, que fue una verdadera liberación de su afán de justicia largamente reprimido ante los desplantes de la Compañía Bananera. En esa oportunidad, la prensa se ensaño contra los huelguistas y el gobierno desató su persecución, pero nadie pudo evitar que la histórica huelga fuera el primer eslabón de las conquistas sociales con que Fallas soñaba. No valieron entonces los engaños, ni las amenazas, ni el tremendo poder de los dólares para hacer claudicar la actitud honesta y heroica del gran dirigente obrero.

 En 1940 quiso ordenar y ampliar, con una perspectiva literaria, las experiencias que en forma de crónicas había escrito en el órgano periodístico del partido comunista, Trabajo, y se produjo esa inesperada revelación suya en la esfera narrativa dando a su luz Mamita Yunai, obra combativa y conmovedora que habría de consagrarlo como nuestro más destacado novelista.

 Esta cuarta faceta de su trayectoria se enriqueció después con la publicación de otras  obras: Gentes y Gentecillas (1947), de variados conflictos humanos cuyo escenario principal es la Hacienda Pejibaye, propiedad de la Compañía Bananera; Marcos Ramírez (1952), serie remembranzas infantiles de sabor picaresco: Mi Madrina (1954), obra anecdótica, de estilo autobiográfico, en la que se incluyó el cuento Barreteros y una novela corta titulada El Taller. En ese mismo año publicó en México  su Reseña de la intervención y penetración yanki en Centro América valiosa desde el punto de vista histórico y político. Después escribió un folleto sobre el problema del latifundio, bajo el título de Don Bárbaro, que hace recordar la obra de Gallegos. En forma póstuma apareció Tres Cuentos (1967) en la cual se recogen por aparte dos relatos suyos ya mencionados: El Taller, primera parte de lo que iba a ser una novela sindical; Barreteros, cuento sobre las tragedias y el problemas de las bananeras a los que se agrego un pequeño relato de adolescencia: La dueña de la guitarra de las conchas de colores que el autor se había negado a publicar por su fondo sentimental y su estilo de inmaduro. Como obra inédita, debe mencionarse Un mes en la China Roja “dedicada a todos los hombres honrados de América Latina.” En ella recopila una serie de impresiones sobre la sociedad de la China Comunista. Otros dos quedaron inconclusos: Cartas a Juan, en la que el autor recoge todas las misivas que desde Rusia le había ido enviando a su tío Juan Fallas, y Rojo y verde, que refiere sus experiencias como líder sindical.

 En 1944, sus continuas luchas por el logro de una patria mejor para la clase trabajadora le merecieron la responsabilidad de ser electo diputado al Congreso Nacional, como representante del Partido Vanguardia Popular. Al final de su período parlamentario, estalló la Guerra Civil de 1948, acontecimiento que debió vivir en todas sus consecuencias como jefe de las tropas gobiernistas. Al terminar el fragor de la lucha, derrotados los suyos, tuvo que sufrir algunos meses cárcel, la cárcel que ya había conocido por sus afanes de reivindicación social. Con el apoyo de muchas voces amigas obtuvo la libertad y emigro a México por algún tiempo.

 Finalmente se le hizo justo reconocimiento por su valioso aporte a la narrativa costarricense, al otorgársele el Premio Nacional de Literatura Magón de 1965. Pocos meses después el 7 de mayo de 1966, murió en San José, rodeado del calor de sus muchos amigos y compañeros de lucha, que derramaron sus lágrimas sobre el ataud de aquel hombre, humilde y honesto, que había entregado lo mejor de su vida a luchar por la superación de los oprimidos, que había enriquecido con sus escritos los alcances literarios de su patria y que ahora partía, con su espíritu vigoroso al fin en paz.

LA MEJOR OBRA DE FALLAS

  Lo es, sin duda, Mamita Yunai, que responde a un anhelo de redención, nacional. Refleja la responsabilidad moral y social del autor, su definición clara y valiente contra la servidumbre, contra los hechos insólitos de la explotación extranjera. La critica franca, el vocabulario sin ambages y algunas escenas de la obra un tanto violentas escandalizaron, sin embargo, al lector de pocos alcances y a las mentalidades retrógradas. Los perjuicios y la hipocresía de la época forjaron una acogida fría y despectiva, al punto de negársele, como se dijo categoría literaria en el Concurso de la Mejor Novela Hispanoamericana de 1940, y de haber sido “saboteado” la primera edición por más de veinticuatro años.

 No obstante, gracias al soplo divino de Pablo Neruda, que inmortalizó a Calero en su Canto General (1950), la obra de Fallas alcanzó el merecido privilegio de la universalidad. No otra cosa demuestran las numerosas ediciones que se han hecho de la  misma en diversos idiomas: Rumano (1949); Ruso (1952, 1957, 1962), Búlgaro (1955), Polaco (1953, 1955); Eslovaco (1954); Italiano (1955) Húngaro (1955); Chino (1959); Alemán (1961); Francés (1964); y Estoniano (1965). En Español se han hecho hasta el presente las siguientes ediciones: en Costa Rica (1941, 1966, 1970, 1971,1974); Chile (1949, 1972); Argentina (1955); México (1957) y Cuba(1960, 1961).

 Pese a esta muestra fehaciente de la trascendencia de la obra Fallas, algunos compatriotas quisieron negarle sus méritos En el Editorial del periódico La Nación del 17 de marzo de 1966, por ejemplo, comentando una publicación que días antes habían hecho distinguidos  ciudadanos de todos los credos políticos, a fin de sugerir el nombre de Fallas para otorgarle el Premio Nacional de Literatura se externo el siguiente criterio: “…si las obras del señor Fallas han sido favorecidas más que ninguna de los otros escritores nacionales, con numerosas traducciones en el exterior, sobre en los países comunistas, se debe ante todo a la temática que desarrollan, de fondo social y político más que a los méritos propiamente literarios de las mismas” (El subrayado es nuestro).

 El artículo refleja precisamente la intriga y la mezquindad con que algunos elementos de la prensa y de la crítica nacional lo aludieron muchas veces. Pese a tanta pequeñez, últimamente se ha hecho una justa valoración de su obra. Las nuevas generaciones han comprendido que todas esas criticas obedecían solamente a ciertos intereses de grupo. Han comprendido que Mamita Yunai debe valorarse por sus méritos literarios, ajenos al carácter panfletario que algunos se han empecinado en atribuirle. Se le reconoce ahora, el vigor de la expresión, su hermosa sencillez, la síntesis magistral que logra de la temática hispanoamericana, su significado humano, su vinculación con la experiencia personal del autor y su valor cono representación estética de una plenitud objetiva.

Mamita Yunai es una novela sencilla, ciertamente, en la que el lector no siente la presencia de grandes caracteres humanos ni el embellecimiento expresivo de los modernistas ni los complejos procedimientos formales de la novelística contemporánea. Mamita Yunai no esta hecha, en fin, para impresionar al lector intelectual, que se deleita formulando hipótesis y desentrañando con vanidad los misterios del diseño con que se ha pretendido deslumbrarlo. La obra de Fallas esta planeada para presentar un orden de cosas que urge atender. Consecuentemente, es una novela de tesis, un mensaje que insiste en la necesidad de que los pueblos de América despierten de su enajenación y actúen frente al ultraje foráneo; es una demanda de justicia para la raza indígena, una sátira contra  los gobiernos corruptos.

 El autor vivió en sus carnes la hostilidad del ambiente que denuncia. Y estas vivencias nos llegan dramáticamente y nos llaman a meditar y a asumir una actitud de solidaridad. Sentimos de cerca la degradación de nuestros compatriotas, que es también la desgracia del hombre americano consumidos por el monstruo verde de la selva y de los bananales aliados a la prepotencia del dólar. Asistimos a la rudeza de un ambiente que, siendo nuestro desconocíamos.

 La obra es cruda, a veces más allá de lo que algunos desearían. Y, sin embargo, no pedía ser de otra manera. Es una exigencia de las circunstancias. No obstante, dentro de tanta adversidad, se enmarcan escenas de gran ternura, a manera de contraste, porque los individuos actuantes, más que héroes, son seres humanos ligados a un destino común.

 La despedida de Herminio, por ejemplo, es desgarradora. En nuestra memoria queda, como un eco lejano y doloroso, su “adióos hermaanoo”, perdido en las tinieblas de la noche, oscura como el destino de nuestros compatriotas.

 Y a la voz de los que, como Herminio, no pudieron salir de los bananales quedara viva eternizada, como un testimonio de nuestra realidad histórica, al tiempo que la imagen fantasmagórica de Calero, con su mueca trágica, seguirá arrastrándose por los latifundios de las compañías extranjeras, como un clamar de justicia  para el hombre americano.

 Y mientras existan Caleros y Herminios explotados que será siempre, permanecerá vivo entre nosotros el recuerdo de Fallas como nuestro mejor narrador y como un profeta de redención social.

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El Poeta de Costa Rica

Rubén Darío. “El Poeta de Costa Rica”. En: http://lectorias.com/aquileoecheverria.html (consultado el 16–04–2012)

Costa-Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa-Rica tiene sangre gallega; Costa-Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el Marqués de Peralta; Costa-Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa-Rica tiene la Corte Suprema de Justicia Centro Americana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa-Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores; —y Costa-Rica tiene un Poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero su poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del Presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Washington, donde perteneció a la legación de su país, fue íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Atwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centro-americanas, retornó a su país y se casó y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es su costumbre, había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he ahí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el Poeta de Costa-Rica en un sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa, por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la Ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de Concherías.

¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño señor Brenes Mesén nos lo explicará: “Aunque la palabra ‘conchería’ es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa-Rica, de unos ocho años para acá, se llama ‘concho’ al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino.” Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su país. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y los frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuido a hacer odioso el alejandrino, no ha demostrado ningún rastacuerismo lírico ni se cree un pistonudo genio. Tiene —ah, tener eso todavía, ¡Dios mío!— tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terriblezas de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y sin embargo no hay en él un solo instante de pesimismo, y como buen pájaro natural dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música risueña.
En pocas palabras sintetiza su valer uno de sus amigos, Antonio Zambrana: “No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y coloradota, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barva; sobre eso pueda haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta; hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca; pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verba sonora y abundante; hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido’’. Sí, puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluido el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para decir cuanto me encantan los poetas que como el árbol de su floresta dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño; y mi exotismo el ansia de lo deseado.
Otro escritor, compatriota de Echeverría dice: “Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra, quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos ellos se desprende el valor fortificante de nuestro suelo.’’ Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa-Rica tiene como él ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.

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Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones, mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías.
Fijaos en la primera parte de su libro.
Desde luego, no estamos aun escuchando la parla de los conchos. Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta de pronto aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Melendez Valdés?
Es Clori, la esposa —del Céfiro amante…
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las valerosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, “aliento fresco de los montes, respiración sana de ternezas al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas…” Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa-Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. “No se le da bien disecado en un diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo. La transcripción se ajusta, tanto como es posible para no chocar demasiado con los hábitos existentes, a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente la importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son con frecuencia arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos. Si desde la época anteclásica vemos que la r final de los infinitivos se asimila a la l delante de los sufijos, y así lo observamos en Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la península Ibérica. Entre vocales la síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos, y es ley dominante en la lengua tica y americana en general.’’ Ticos se llama en Centro-América a los habitantes de Costa-Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay, o de Fray Mocho.

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Leed los romances campesinos o criollos.
Decidme si en lo que comprendéis de esa relación y de sus diálogos, al lado de algo baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Alvarez y otros han hecho perdurar aún después de la casi desaparición del gaucho. Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina —a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa también de Costa-Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos— en los cuentos y descripciones criollas, aún en las que casi se dirían trabajos de folk-lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria.
Y queda agradecido el paladar después de saborear la miel aromada de los frutos de la tierra.

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Cronista de la Transformación

Solano, Andrea . “Cronista de la transformación”. Tiempos del Mundo. Suplemento Cultural (San José, Costa Rica), 10 de octubre de 2002

El primer encuentro  de “Entre líneas”, ciclo de tertulias literarias  organizado por Tiempos del Mundo fue un homenaje al polifacéticos Alberto Cañas Escalante cuyos comentarios dieron, como es usual, mucho de qué hablar en una reunión muy familiar con los lectores del periódico.

Con la informalidad y libertad que caracteriza una conversación entre familiares o amigos, sólo que esta vez había un micrófono y no un taza de café de por medio, se realizó el primer encuentro de “Entre líneas”, espacio mensual destinado a la tertulia literaria organizado por Tiempos del Mundo.

Esta primera cita se llevó a cabo el pasado 30 de setiembre en el Instituto México y fue un homenaje a Alberto Cañas Escalante, literato, periodista, abogado y político cuyo aporte en los diferentes  campos ha sido decisivo para la construcción  de la Costa Rica a partir de la segunda mitad del siglo XX. “Entre Líneas” surgió a partir de la misión de nuestro periódico de impulsar el desarrollo y la paz en el hemisferio por medio de la cultura” , declaró el gerente general de Tiempos del Mundo, William Cook.

La idea es abrir un espacio para el intercambio de ideas entre creadores  literarios y público más allá de la mera lectura de una novela, cuento, ensayo, texto dramático o poemario. La próxima  tertulia será el 28 de octubre en el mismo lugar y estará dedicada a la escritora Lara Rios. La iniciativa de este semanario fue aplaudida por muchos de los asistentes, entre ellos gente de letras, teatro, cine plástica y política. “Excelente idea de abrir con Beto este ciclo, pues su aporte a la sociedad costarricense es inigualable. Además es un gran orador, muy ameno y sus palabras están cargadas de humor”, expresó el pintor Rafael “Felo” García. “Es recomendable llevar un orden cronológico y arrancar con escritores consagrados como don Alberto para luego dar oportunidad a creadores más jóvenes”, sugirió la poetisa Delia Mc Donald.

Precursor

La multiplicidad de campos en los que Cañas ha participado activamente hizo necesarias una delimitación del tema  por abordar en la tertulia: “Las generaciones más jóvenes podrían preguntarse: ¿cómo era Costa Rica antes de don Beto?  Muchas de las instituciones con las que crecimos fueron obra suya”, opinó  el crítico literario  de  Tiempos del Mundo, Carlos Porras.

Como político, Cañas fue fundador del Partido Liberación Nacional y recientemente del Partido Acción Ciudadana, como periodista, se le reconoce su importante participación en La Nación, La República, El Excelsior y la Escuela de Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica; como abogado es co-fundador  del bufete Facio y Cañas; como dramaturgo fundó la Compañía Nacional de Teatro, como escritor dirigió  por muchos años la Editorial Costa Rica y fue el primer jerarca del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, entidad que él mismo erigió.

La producción literaria de Cañas es también extensa; abarca poesía, cuento, novela, teatro, ensayo y testimonio. Fue por eso que se decidió destinar el espacio de la tertulia al comentario  de la novela “Los Molinos de Dios”, por cumplirse  11 años de su publicación. A juicio de Porras, esta obras cierra un género, el de la historia de nuestro país contada a través del cultivo, producción y exportación del café.” En las tres novelas suyas persiste una idea: Costa Rica está cambiando y no hay marcha atrás. Don Beto ha sido testigo y protagonista de esas transformaciones”. En “Los Molinos de Dios” se cuentan las vidas paralelas de dos familias y esto sirve de pretexto para la recreación de una sociedad y unos personajes en una época clave para le desarrollo de la Costa Rica actual: la segunda mitad del siglo XIX. En esta obra aparecen personajes arquetípicos basados en gente real con nombre y apellidos. “A partir de 1845 unos pocos se enriquecieron porque exportaban café a Londres; sin embargo, Costa Rica no siguió  el camino de El Salvador en donde el país completo pasó a manos de unas cuantas familias. Se dio el mismo  fenómeno de expropiados iniciaron  una marcha hacia el norte y así se fueron creando pequeños poblados como Grecia, Zarcero, Naranjo y luego San Ramón” Y de ahí arranca para presentar las subsiguientes generaciones de costarricenses y su respectiva forma  de enfrentar los sucesos políticos  que les tocó vivir.

Esa preocupación  por rescatar lo que nos identifica como ticos es constante en su obra “ninguna literatura tiene valor sino es nacional. Las universalizaciones no existen. Los escritores costarricenses tenemos aquí mismo un publiquito que nos lee y nos quiere y tenemos la obligación de escribir para ellos”, aseguró.

Citas “betadas”

“Si uno escribe para que no lo entiendan o está loco, o convencido de que lo que va a decir no vale la pena”.

“El que dice que no lee para entretenerse es un farsante”.

“Las modas pasan, hay que saber distinguir entre lo que queda y lo que no. Uno va más a la segura leyendo lo que ya quedó”.

“El gran novelista de América y del mundo sigue siendo Gabriel García Márquez. Nunca se ha metido en laberintos, posmodernos ni globalizaciones”.

“Costa Rica apenas está saliendo de la economía agrícola; lo que hay es una prótesis del capitalismo”.

“La globalización no cubre todo el globo, solo a las clases poderosas de los países desarrollados”.

“Los dramaturgos son una especie en extinción porque los directores decretaron su muerte. Yo ya me suicidé antes de que me fusilaran. Uno escribe una obra de teatro y termina en una orgía de mecates y hielo seco”.

“No he dejado de leer a los autores jóvenes. Sistemáticamente, los compro, los empiezo y los guardo porque confieso que muchas veces no entiendo qué me quieren decir”.

“Llego como mínimo hasta la página cincuenta de un libro. Si me interesa sigo, sino, lo dejo ahí”.

“La gente en Costa Rica sí está leyendo, pero es que a veces no hay plata para comprar libros”.

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Príncipe de la arena, el viento y las estrellas

Roberto Herrscher. “Príncipe de la arena, el viento y las estrellas”. La Nación.  Áncora (San José, Costa Rica), 9 de julio de 2000, p. 1

Hace cien años nació Antoine de Saint- Exupéry, el mítico autor de El Principio, uno de los libros más populares de la literatura universal.

Antoine de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry

El Principito es uno de los tres libros más leídos del mundo. Desde su primera edición en 1943, ha sido traducido a 102 idiomas y cada año se vende un millón de ejemplares. El aviador y novelista francés Antoine de Saint- Exupéry, su autor, hubiera cumplido 100 años el pasado 29 de junio. Pero murió a los 44, peleando contra los nazis que habían invadido su tierra. El 31 de julio de 1944 su avión de guerra cayó al Mediterráneo y su cuerpo nunca fue encontrado. El año pasado unos buzos hallaron una pulsera que seguramente era suya. El resto se lo debe haber llevado al Asteride B-612, que para millones de agradecidos lectores será por siempre el planeta del Principito… y de lo que nos queda de niños.

Algunos libros autobiográficos tienen el valor de la experiencia. Fueron escritos por hombres y mujeres de acción, que vivieron vidas plenas, viajaron, sufrieron y conocieron a gente fascinante. Después pensaron que sus aventuras merecían ser contadas.

Otros autores siguieron el camino inverso.

Siempre soñaron con llenar el universo de letras, y para poder hacerlo salieron al mundo a buscar el contenido de sus futuros libros. Vivir para contarlo.

El mundo necesita héroes

 Antoine de Saint-Exupéry es el único escritor que conozca para quien la vida y su relato son la misma cosa. Esa es la maravilla de Correo sur, de Vuelo nocturno,  de Tierra de hombres, de Piloto de guerra.  Todas son historias de aviadores-filósofos que viven su oficio como una metáfora que no necesita ser desentrañada. El vuelo en esos aparatos rudimentarios e inestables de los años veintes es el viaje azaroso y mágico por la vida, y el peligro mortal del piloto es el precio que hay que pagar para poder ver en toda su maravilla el mundo de los hombres, las ciudades y los campos que pasan, los pequeños fuegos que iluminan el mar de soledades en la noche.

“Habitamos un planeta errante,” escribe Saint- Exupéry en Tierra de hombres. “De vez en cuando, gracias al avión, nos muestra sus orígenes.”

Esta no es una idea que piensa el escrito cuando ya se bajó del biplano y el viento ya no aturde sus oídos. Tampoco es una noción previa que fue a comprobar en el cielo. Yo siento que Saint- Exupéry nos habla desde su cabina de piloto, mientras controla la altura y la presión y se le congelan las manos sobre el volante. Lo que vive lo va escribiendo para nosotros.

“Las colinas, bajo el avión, ya abrían surco de sombra en el oro de la tarde. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inútil: en este país no terminan nunca de entregar todo su oro, así como después del invierno no terminan de renunciar a su nieve.” Así comienza Vuelo nocturno. Un piloto, que se llama Fabien y es todos los pilotos, debe llevar el correo desde Buenos Aire hasta la Patagonia. Su esposa lo espera, pero sabe que el mundo de Fabien está entre las estrellas y las tenues luces de la costa, que le marcan el camino. Su jefe, el inflexible Rivierè, el duro, el fuerte, jamás podrá confesar. Ninguno de los personajes se pone a pensar si las mentiras y frivolidades que contienen las cartas que transportan los aviones valen la vida de estos héroes, y los de Saint- Exupéry lo son de una pieza. Miran el mundo con lucidez y melancolía, pero nunca dudan.

Aviador

Saint- Ex, como lo llamaban sus amigos, fue desde la infancia una criatura de acción, que buscó infructuosamente su vocación en la marina, en el dibujo y en la milicia. Hasta que la encontró en la libertad del cielo. Y desde que piloteó su primer avión en diciembre de 1921, las estancias en la tierra se le hacían interminables. No veía la hora de volver a volar.

Este es el avión prototipo que piloteaba Saint-Exypéry, reconstruido en Buenos Aires, Argentina, para celebrar el centenario del escritor

Pero también fue un hombre tímido, reflexivo, melancólico, que buscó siempre en la aviación mucho más que el vértigo de la aventura. “No puedes imaginar la calma y la soledad que uno siente a 4000 metros de altura, solo con el motor,” le escribe a su madre en 1923.

Antoine de Saint- Exupéry nació en Lyon. Su padre pertenecía a una antigua familia noble empobrecida, y murió cuando Antoine tenía 4 años. Desde entonces el escritor mantuvo una relación muy fuerte con su madre. Las constantes cartas que le escribe, llenas de dudas sobre su capacidad y temores sobre el futuro, recuerdan mucho a las del joven García Lorca o las del poeta inglés de la Primera Guerra Mundial Wilfred Owen. “Por las noches me siento un poco triste… No tengo perspectivas. Necesito ocuparme con algo que me guste, “le escribe a su madre desde Estrasburgo, donde sufre su servicio militar a los 20 años.

Pero descubre los aviones y ya nunca dudará.

Otra vez a su madre: “¡Sí solo supieras cuán irresistible es mi deseo de volar! De no lograrlo, sería muy infeliz… pero lo lograré.” Casi se mata en las prácticas para obtener la licencia, y un grave accidente lo obliga a buscar trabajo de oficinista. Pero esa vida no es para él, y en 1926 comienza a hacer el vuelo, recién inaugurado, Toulouse-Dakar. Su jefe es el mítico Didier Daurat, el modelo para el Rivière de Vuelo nocturo.

Cuando Daurat le toma confianza, lo envía a una misión terrible: mantener abierto el tráfico aéreo por encima de las fuerzas árabes rebeldes entre Dakar y Casablanca. Saint- Ex pasó 18 meses en Cabo Juby, en medio del desierto. Cuando le dieron la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, se citó su “extrema sangre fría y sus excepcional sentido del sacrificio”.

De 1929 a 1931 abre, con veteranos del desierto como Mermoz y Guillaumet, la ruta de la Patagonia. Vive en Buenos Aires y la odia, como a todas las ciudades. “No comprendo el gentío de los trenes de cercanías, esos hombres que se creen hombres y que, sin embargo,  por una presión de la que no son consientes, están reducidos, como las hormigas, a ser solo usados. ¿Con qué llenan, cuando están libres, sus pobres domingos absurdos?”, escribe en Tierra de hombres.

Lo que ama es el desierto: “Yo conozco la soledad. Tres años en el desierto me han enseñado cómo sabe. Allí no da miedo dejarse la juventud en una tierra mineral. Lo que parece envejecer, lejos de uno, es el resto del mundo. Los árboles ya han dado sus frutos, las tierras se han cubierto de trigo, las mujeres ya no son hermosas… La estación avanza, pero uno se encuentra retenido muy lejos… y los bienes de la tierra resbalan entre los dedos como la fina arena de las dunas”. Para ese entonces, como una natural continuación de sus vuelos, se había convertido en escritor.

 Escritor

El primer relato de Saint- Exupéry se llama, cómo no, El piloto. Aparece en una revista literaria en 1926, y cuenta la historia de un aviador que, como Antoine, sufre depresiones cuando baja del cielo. Correo del sur, de 1929, es su primera novela y se ubica en los escenarios africanos que tan bien conoce. André Gide, el novelista más prestigioso de la época, escribe un comentario elogioso y acepta prologar su siguiente libro, Vuelo nocturno, que aparece en 1931. Para ese entonces, la compañía que llevaba el correo entre Europa y Sudamérica, por la que arriesgaron tantas veces la vida los pioneros de la aviación, ya había quebrado, dejando a todos en la calle.

De vuelta en Francia, Saint-Ex intenta sin éxito ser piloto de pruebas, patenta inventos aeronáuticos y trata de batir el récord en el vuelo París-Saigón. Ya se sentía escritor de pleno derecho, y prueba su mano como periodista. Viaja por todo el mundo, y cubre para el periódico El Intransigente la guerra civil española.

Antes, en 1935, sufre un terrible accidente en el desierto con dos compañeros. Pasan cinco días casi muertos de sed y finalmente los rescata un beduino. Al revivir el momento del encuentro, cuando todo parecía perdido, traza también las líneas de su credo, un humanismo lírico:

“En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, le borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré más de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. No nos has visto nunca y ya nos has reconocido.

Y a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres… Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan  hacia mí, y yo no tengo ya un solo enemigo en el mundo”.

Guerrero

Pero sí tiene enemigos. La Alemania nazi  invade su país, y Saint- Exupéry, ya pasados los cuarenta y maltrecho por tanto accidente, mueve influencias y conexiones para que los Aliados le permitan hacer vuelos de reconocimiento en territorio enemigo. No será él un intelectual que pelee solo con la pluma.

Un año antes del comienzo de las hostilidades había sufrido su peor accidente aéreo. Intentando batir el récord de vuelo desde Nueva York a Tierra del Fuego, su avión sufre un desperfecto al levantar vuelo en el aeropuerto de Ciudad de Guatemala.  Se fractura el cráneo y se destroza un hombro. Durante la lenta recuperación escribe Tierra de hombres,  que gana el Grand Prix de la Academia Francesa y el National Book Award de Estados Unidos.

Con el comienzo de la guerra, exiliado en Estados Unidos y esperando ser admitido entre los combatientes, escribe sin parar. Publica Piloto de guerra, un alegato por la liberación de su país, en 1942, y un año después,  Carta a un rehén, una carta en la que urge a su amigo León Werth, escritor judío francés retenido en territorio ocupado, a no perder la esperanza. En medio de los odios de la guerra, promueve la comprensión y la tolerancia: “La verdad de ayer está muerta; la de hoy, aún por edificar… cada uno de nosotros posee una parcela de la verdad.”

Pero la comprensión de todos los hombres no aparta a Saint- Ex de su misión. Logra que lo admitan como piloto de guerra, y parte para Córcega con la Fuerza Aérea norteamericana, con la que cumpliría peligrosas misiones sobre territorio enemigo.

La última fue el 31 de julio de 1944. Partió a las 8:45 de la mañana desde Cerdeña para fotografiar las zonas ocupadas de Grenoble y Annecy. A la una  y media, cuando le quedaba solo una hora de gasolina, aún no había vuelto. A las dos y media, sus compañeros sospecharon lo peor. Nunca se encontró su cuerpo.

En su habitación, hallaron una carta escrita poco antes, hoy publicada como Carta al General X. “Si llego a salir con vida de este trabajo ingrato pero necesario, me queda solo una pregunta: ¿qué debe decirle uno a la humanidad?”

Tres semanas antes de partir había publicado, en traducción al inglés, un libro totalmente atípico en su obra. Era una fábula “para niños” y estaba dedicada a su amigo León Werth, quien como explica a los niños en su dedicatoria  “es el mejor amigo que tengo en el mundo” y “vive en Francia, donde tiene hambre y frío”. Como pidiéndoles perdón, corrige su dedicatoria: “A León Werth, cuando era niño.”

Como sabemos gracias  a él,  todas las personas mayores, antes  que nada fueron niños, aún cuando muy pocas lo recuerden.

Fabulador

Es el invierno de 1942, en plena guerra. Debió ocurrir de noche, en un tranquilo restaurante de Nueva York. La editora norteamericana Curtice Hitchcock nota que el autor francés con el que está comiendo no le presta atención. Mientras  ella habla, él dibuja. Es el perfil de un niño. Siempre está  dibujando niños, dicen sus amigos.

“¿Qué dibujas?”,  le pregunta. “Nada,” dice él. “ Es el niño que hay en mi corazón.”

 Casi sin pensarlo, Curtice Hitchcock le sugiere: “¿Por qué no escribes la historia de este niño en un libro infantil?”

Nunca había escrito un libro infantil.

Nunca más volvería a hacerlo. Pero el libro que salió a la luz en Nueva York  en abril de 1943 pronto se convirtió en el  libro para niños más famoso del mundo.

 Es, por supuesto, El Principito.

 “En  toda la producción literaria de Saint-Exupéry nada hace imaginar un libro como este,” dice su biógrafa Joelle Eyheramonno. “A primera vista parece un libro  inusual que no tiene relación con sus libros anteriores. Toma la forma de un cuento poético en el que los animales (y las plantas) hablan… Para algunos, era impensable que un hombre de acción, un héroe, se despachara de improviso con un libro para niños. Otros lo tomaron como algo incomprensible, hasta poco serio, digno de ser rechazado y hasta condenado. Por eso, cuando se publicó El Principito tuvo una fría recepción del publicó”

La historia es bien conocida: el autor, un piloto cuyo avión se avería en el Sahara y sufre hambre y sed en el desierto, se encuentra con un niño rubio y triste que viene de un minúsculos planeta donde dejó tres volcanes y una rosa. En su deseo de conocer el universo, el Principito viaja a varios planetas, donde encuentra  un rey patético, un farolero burocrático, un borracho triste, un geógrafo ignorante y un frío hombre de negocios que cree poseer estrellas porque  las tiene anotadas en un papelito. Es un viaje a las miserias y arrogancias de los hombres, un viaje como  los que 200 años antes el irlandés Jonathan Swift imaginara para su Gulliver.

Al llegar al último planeta de su recorrido, la Tierra, el Principito se desencanta porque encuentra miles de flores como la suya. Pero un zorro, que le pide que lo domestique, le da el secreto de la verdadera amistad: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace  que tu rosa sea tan importante.” En los libros para adultos que escribe en ese tiempo, Saint- Exupéry reflexiona con amargura sobre la pérdida de sus amigos. Todos sus compañeros de los gloriosos días de Dakar y de la Patagonia como Mermoz y Guillaumet, están muertos.  Y su último  amigo vivo, León Werth, tiene hambre y corre peligro.

 En medio de la guerra y la destrucción, el zorro le dice al Principito: “ Solo se ve con el corazón. Lo esencial  es invisible a los ojos.”

Hoy, en el centenario del nacimiento de este hombre extraordinario, lo leen los niños del mundo en 102 idiomas.

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El Principito, una novela de amor tormentoso

Bermúdez, Manuel.  “El Principito, una novela de amor tormentoso”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 3 de marzo de 2002, p. 4

La bella historia de El Principito, que en sus casi 60 años ha cautivado y sigue cautivando a miles de personas en el mundo, en realidad responde a la inspiración de un hombre extremadamente sensible, sumido en un amor que nunca pudo administrar al que la misma obra hace referencia al decir en palabras del Principito: “Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

El conde de Saint-Exupéry era un hombre de temperamento fuerte, algo depresivo, amante de la aventura, arrebatado por el amor que sentía por una mujer enigmática, paradójicamente llamada Consuelo.

Poco se sabe y se habla de esta mujer menuda, de sonrisa fácil y mirada profunda. Poco se sabe de la salvadoreña Consuelo Suncín Sandoval con respecto al gran escritor Antoine de Saint-Exupéry, pero ella fue su esposa, su viuda, su rosa.

Una fuerte polémica se desató entre los estudiosos de la vida y obra del escritor, hace un par de años, cuando se dio a conocer el libro Memorias de la rosa, escrito por esta mujer y el cual deja ver aspectos de la vida del autor que hasta entonces la leyenda había ocultado. El debate recuerda al de la relación entre Frida Khalo y Diego Rivera, donde las similitudes físicas y la prominencia de los protagonistas provocan la analogía.

¿Por qué la mujer que Saint-Exupéry amó hasta el último de sus días prácticamente no aparece en las biografías y homenajes que se le rindieron con motivo del centenario de su natalicio hace dos años?

Niña desamparada y sensual

En los convulsos años veintes del siglo pasado, esta muchacha salvadoreña nacida en Armenia, Sonsonate en 1901, estudiaba artes en París. Era la joven viuda de un millonario mexicano y se hablaba de ella como una mujer liberal sexualmente, que cautivaba a los hombres como una emulación de la Naná de Emilio Zola.

En 1926 se casó con uno de los intelectuales más reconocidos de Latinoamérica, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Él le duplicaba la edad y era amigo personal de grandes personajes como Oscar Wilde o la célebre Mata Hari, con quien algunas personas quisieron comparar más adelante a la bella Consuelo.

Desbordada por la eminente figura que le ofrece su amor, Consuelo Suncín inicia una vida intensa, lejos de la hacienda cafetalera de su padre, donde había crecido viendo estrellas y abrigada por los rumores del campo, para entrar en el vertiginoso París de los veintes. Los esposos Gómez Carrillo fijan su residencia en Francia y ahí Consuelo se relaciona con los más renombrados del momento como Gabrielle D’Anunzio, Jean Moreas, Maeterlinck o Alfonso Reyes.

Sin embargo, la vida de gran pompa y de agitado ejercicio intelectual se derrumbó súbitamente, al fallecer Enrique Gómez Carrillo y ella viuda por segunda vez.

Espíritus desafiantes

En 1930, invitada por el presidente Hipólito Yrigoyen de Argentina, durante una recepción, el escritor Benjamin Crémieux insiste en presentarle a una figura predilecta de los amigos, un hombre enorme, de actitud hosca pero directa, precedido por una gran leyenda de aventurero y gran conversador, a quien todos hacían rueda para escuchar sus anécdotas. Apenas tenía 30 años, pero se jactaba de conocer rincones y personas en todos los puntos del planeta, de desafiar mares, desiertos, montañas, selvas y tormentas. La identificación con la figura legendaria de su contemporáneo Ernest Hemingway es inmediata.

El personaje era Antoine de Saint-Exupéry, y el amor que nace esa noche es tan intenso que merece un sitio especial entre las grandes pasiones de la historia.

Consuelo Suncín era una mujer cargada de talento, pintaba, esculpía y escribía. Tenía un temperamento desafiante, que conmovía al mundo intelectual y machista en que se desenvolvía. No tenía reparos en decir lo que sentía y lejos de causar animadversión, generaba grandes simpatías en quienes la rodeaban, con su espíritu intrépido, liberal. Era una mezcla de niña desamparada y exótica sensualidad. Tenía 29 años.

Esa noche cuando Saint-Exypéry la conoció, el hombre mujeriego y aventurero sintió que ella era el amor de su vida y no querría a ninguna otra. Consuelo era frágil y a la vez inasible. Lo retaba con su candidez y su libertad. Inician un romance intenso, cargado de literatura, de cartas muy largas donde la pluma del gran escritor está dedicada a colmar de amor a su musa. Antoine le pide que se casen, la única forma en que pensaba que su alma inquieta podía domarse y permanecer en tierra. Se casaron el 12 de abril de 1931 en Agay, a su regreso a Francia.

El niño y su rosa

En la legendaria figura de Saint-Exupéry, afamado escritor de gran sensibilidad y humanismo, héroe de guerra y piloto arrojado, su esposa es totalmente invisibilizada. Los amigos del mundo intelectual donde destacan figuras como Dalí, Picasso, Miró, André Gide, Max Ernst, sin embargo, muchos veían en Consuelo a una joven inestable y caprichosa.

Pocos podían comprender el amor que unía a esta curiosa pareja que siempre hablaba del amor más grande, de tener hijos y un hogar para recibir a los amigos, pero que aplicaban a la vez una especie de desencuentro constante, plagado de infidelidades y de cambios permanentes de residencia.

La explicación de esta convulsa relación puede hallarse de alguna manera en el temperamento extremadamente sensible del escritor y la personalidad liberal y desafiante de Consuelo. La figura mitificada del autor de El Principito impide la comprensión de un amor tan tormentoso e intenso.

Pero su vida de pareja es muy distinta a la del hombre correcto y sensible. Es su El Principito, que se publica el 6 de abril de 1943, donde deja ver los rasgos de ese conflicto. La incomunicación que separa al niño y su rosa, impulsa al protagonista a viajar por distintos planetas en busca de una explicación para el amor que siente.

El Principito es un reflejo directo de la relación con su esposa, a quien le pide una comprensión que ni siquiera él tiene consigo mismo. Su rosa, de la que reclama que se entregue sin defensa alguna, sufre su abandono, su distancia. “Sabes que tengo que irme” era la expresión que Consuelo escuchaba siempre. cuando empezaba a sentir alguna estabilidad en su relación.

“Soy una mujer acostumbrada a la espera”, dice Consuelo en sus memorias. La espera y la distancia, las dos tristes murallas que separaban al Principito de su rosa amada. Solo el abandono del cuerpo podría volver a unirlos. El 31 de julio de 1944, en una misión de observación con la Fuerza Aérea donde era comandante durante la guerra, su avión se estrelló y jamás fue encontrado. La espera había terminado para una rosa en el asteroide B 612.

Consuelo Suncín

La rosa, en su soledad se sumergió en un duelo largo, marcado por una vida dolorida y constantes depresiones, que llegó a su fin en 1979, cuando ella murió en Grasse, Francia. Sin embargo, jamás reveló los pormenores de la vida tormentosa que fue su historia de amor junto a Antoine. No fue sino hasta el centenario del natalicio del escritor, cuando sus familiares reabrieron los documentos y dieron a conocer el diario “Memorias de la rosa”, fechado en 1946. En ellas se revela mucho la influencia y esencial presencia de Consuelo en la vida y obra de Antoine de Saint-Exupéry. Otras obras que hablan sobre este amor trágico e intenso son “Consuelo de Saint-Exupéry: La rosa del Principito”, de Paul Webster y “Saint-Exupéry oh! Consuelo”, de Alain Vircondelet.

“¡No supe entonces entender nada! Hubiera debido juzgarla por sus acciones y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡Nunca debí huir! Hubiera adivinado de su ternura detrás de sus pobres trampas. ¡Las flores son tan contradictorias! ¡Pero yo era demasiado joven para saberla amar!…”    De “El Principito”

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