El teatro de Alberto Cañas

Gallegos Troyo, Daniel. “El teatro de Alberto Cañas”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 3

Es un hecho indiscutible que el teatro de Alberto Cañas representa un momento decisivo en nuestra literatura dramática porque un teatro bien construido, de envidiable oficio, concebido con personajes ricos y variados, con temas diversos, y un excelente lenguaje. Pero, además de todas esas virtudes tiene algo de lo que yo tengo absoluta certeza. Es y será un teatro perdurable, y este es el mayor triunfo al que puede aspirar un dramaturgo.

¿Qué es lo que le da esa perdurabilidad, esa calidad de contemporaneidad que rompe las barreras del tiempo y de la moda, en esta época en la que abunda un teatro que se consume en tan solo una puesta, y se recuerda más que nada por su calidad de desechable? La respuesta la encontramos en la obra teatral de Cañas, que además de mostrar el inmenso talento y oficio de su dramaturgo, cuenta con ese don tan especial, tan intuitivo y difícil que lo caracteriza y que es la capacidad de conocer y penetrar acertadamente en el alma del ser costarricense, de adivinar con precisión lo que le preocupa y lo que lo hace reír.

En sus comedias nos identificamos fácilmente con sus personajes y, lo que es más importante, nos reímos con ellos, pero nunca de ellos, porque celebramos con buen humor esa mezcla de disimulada astucia, sorna, y buena dosis de sana ingenuidad, con que resuelven sabiamente aquellas situaciones cómicas que son la base de la comedia.

Y en sus dramas, de tan variados temas con los que Cañas nos induce a la reflexión, encontramos, también, un rasgo muy costarricense y es el de no asumir lo trágico como parte de un destino inevitable, porque Cañas piensa que el costarricense es optimista, que si bien acepta el reto de su condición humana, lo acepta no como derrota sino como un estímulo para seguir adelante y vencer escollos.

Carácter Universal. Si bien la obra teatral de don Alberto se desarrolla en localidades totalmente ticas, en áreas rurales, como es el mítico pueblo de San Luis, prototipo del cantón de nuestra meseta central, o en los barrios capitalinos con características muy especificas, en ningún momento los temas, personajes y anécdotas de su obra dejan, por esto, de tener un carácter universal. Poseen, diría yo, la misma magia de un Emilio Caballido, cuyas obras totalmente mejicanas pueden verse a lo largo y ancho de nuestra América y otos países, o la del genial irlandés John M Synge, cuyos personajes tan irlandeses y lejanos Geográficamente se comunican con públicos de diferentes lugares y tiempos.

El teatro de Alberto Cañas es universal porque nos muestra, tanto en sus comedias como en sus dramas, una humanidad que nos envuelve, y como en un espejo nos reconocemos como imagen de lo que somos y queremos ser. Es también, sin lugar a dudas, una resolución del autor para rescatar aquellos valores que más nos identifican. Recolección de memorias colectivas convertidas en acción teatral como esencia de lo que es nuestro y nos libra del olvido. Eso hace que el teatro de Cañas sea un teatro de calidad perdurable y permanente, que encontrará siempre públicos receptivos aquí y en cualquier otra parte en que se represente.

*Daniel Gallegos T.: Dramaturgo, Premio Magón de Cultura.

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Poeta olvidado: Se impone la edición antológica de la poesía de don Beto

Ross, Marjorie. “Poeta olvidado: Se impone la edición antológica de la poesía de don Beto”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 3

 Tanto privilegió el periodismo escrito, la narración y el teatro, que muchos incluso ignoran que Alberto F. Cañas es poeta. Así lo digo, en presente, porque quien lo es no abandona jamás ese sombrero de arcoiris y tormentas, aunque quizás lo cuelgue lejos de la mirada ajena.

En el Liceo de Costa Rica, en donde se graduó en 1937, ya era conocida su pasión por la literatura. Cuando se celebraron los cincuenta años de la fundación de ese centro de estudios, se organizó un concurso literario y Cañas ganó los premios de poesía y cuento. Rogelio Sotela recogió en su obra antológica “Escritores de Costa Rica”, de 1942, en el capítulo de la Nueva Generación, un poema de Cañas de ese entonces, “El Punto Guanacasteco”.

Copio aquí un corto fragmento: “…La blanca marimba de dientes/ que la esquiva mozal/ con cara sonriente exhibe orgullosa/ parece que canta, que tal es su risa…/ Y aquella garganta perfecta, torneada/ hacia atrás echada, se crispa, se eriza…/Y la risa loca, y la loca risa, se desgrana en canto, sale de la boca, y se pierde rauda, divina, alocada,/ en el laberinto de una carcajada”.

Acerca del amor. De distinto aliento es el segundo poema que recoge Sotela, de carácter amoroso, titulado “Hemos estado juntos anoche”, que transcribió completo: “Hemos estado juntos anoche, sin embargo… Yo no sé en donde estabas. Yo no sé que decías. Pese a la larga lluvia y al silencio tan largo estábamos muy juntos. Tus manos y las mías se perdían en recuerdos de otras noches mejores. Estaba la cruel noche llena de despedida, y la luna invisible cantaba los rumores de la niebla implacable y la noche perdida. Al través de la noche tu recuerdo se me iba. Estabas tan lejana y perdida. Mas tan viva…y tan larga la lluvia…y el silencio tan largo…Amada: En donde estabas? Entonces qué decías?

Pensabas en los besos y la palabras mías? …y hemos estado juntos anoche, sin embargo”.

En 1946, Cañas recogió este poema en su libro “Elegía Inmóvil”, publicado en San José, en una edición de 500 ejemplares, por la Editorial Cuervo.

En el prólogo, escrito por Enrique Macaya, leemos: “Romances y Letrillas (mencionados en el título del primer capítulo), tan lejanos en su trajinar histórico (…), tienen en Alberto Cañas una desconcertante actualidad. Por su audaz oposición de contrastes en las imágenes y la subjetiva presencia del paisaje(…). Magnífica unidad lírica dentro de la distante añoranza de las viejas formas castellanas. Unidad que es afirmación y buena y única senda para la renovación literaria del futuro”.

Mario Marcilese incluyo el poema anterior en su libro “Antología poética Hispanoamericana Actual” (1968, Editorial Platense, Río de la Plata). Del mismo libro, antologó “El Beso”, del que copio un fragmento: “El beso, canción inmóvil,/ llegó y se sentó a mi vera,/ y las rojas armonías se ensañaron traicioneras,/ mientras las luces miraban/ con guiños de luna enferma./ El beso, canción del viento,/ me acarició con luz tierna,/ y el pelo bajo la luna se enredaba como tea…/ El beso, canción con alas,/ se estaba envolviendo en seda…”.

Los hombres de la Trinchera. Dos años después de la aparición de “Elegía Inmóvil”, en julio, recién terminada la guerra civil de 48, don Beto publicó el poema largo “Los Hombres de la Trinchera” -escrito en Nueva York-, del que recojo estos fragmentos: “Para hablar, compatriotas de estos compatriotas,/ se necesita amar mucho nuestra tierra;/ hay que saber lo duro que es amarla;/ se necesita haber llorado por ella;/ se necesita haber contado una por una/ todas las lágrimas que cuesta,(…) / ¡San Isidro en peligro! ¡San Isidro en peligro! Perdido San Isidro, todo estará perdido.! Los hombres se contaron y eran tan sólo treinta./ Que pueden treinta hombres hacer contra trescientos (…), / Noche y sed, tomad nota. / No hay nada que beber en la trinchera/ y no hay otra luz/ que la luz desigual de las estrellas./ Y la muerte al otro lado de la calle/ en la iglesia, en la Escuela,/ y en todos los lugares/ que rodean la trinchera./ La muerte y las estrellas/ están allí presentes./ la muerte y las estrellas./ y la muerte y la luna;/ y la muerte y la sed siempre presentes./ Pero no hay que rendirse, que nada se ha perdido/ mientras un hombre quede en la trinchera (…)”.

En una entrevista que le hizo Rafael Cuevas Molina, en el 2009, dijo don Alberto, criticando el uso de encorsetar en forma de libro los poemas recién nacidos: “Estoy escribiendo un libro de poemas”. “Ya tengo dos libros de poemas”. ¡No! “Dígame cuantos poemas tiene, no cuántos libros”. Estoy segura de que además de los mencionados, Cañas ha de tener muchos otros poemas escritos que no se conocen. Se impone una publicación antológica de su obra poética, para que quede atrás el poeta Cañas olvidado.

*Marjorie Ross:Periodista y escritora, Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez, Premio Nacional de Literatura  Aquileo J. Echeverría.

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Su nombre es su título

López Trigo, Manuel E. “Su nombre es su título“. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 2

Alberto Cañas es para todo costarricense medianamente informado, mucho más que un nombre: ¡es un título!

Ciertamente, basta escuchar este nombre para saber de quién y de qué se trata. Porque, verdad de verdades, se está hablando de una persona de sustancia y valor superlativos, que por los hechos de su existencia venturosamente prolongada y fecunda, ha alcanzado calidad emblemática en nuestro horizonte cultural y político.

La familia ha sido, en su vida, referente fundamental y fuente de inspiración y fortaleza. Profundamente orgulloso de sus orígenes y respetuoso del buen nombre de sus antepasados, mantuvo una tierna relación con su señora madre, doña Claudia, a quien solía visitar casi todos los días. El hogar que construyó y los hijos que procreó en la amorosa y solidaria compañía de la noble dama doña Alda Collado, ha sido, siempre, su refugio y su alegría.

Ideal quijotesco. Inconformista de espíritu libérrimo y romántico que lo acerca al ideal quijotesco, sensible ante la necesidad y el sufrimiento ajenos, nuestro personaje sin importarle lo que otros piensen o digan, ha sido consistente y aguerrido defensor de elevados principios y valores.

Son innumerables los temas de su interés e impresionante la diversidad de los caminos que con brillo y distinción ha recorrido este abogado, diplomático, político, escritor, periodista profesor en el aula y maestro en la vida, hombre auténtico y apasionado que ha conquistado admiración y respeto entre sus conciudadanos.

No sabe Alberto Cañas de vanidades ni de poses. Se expresa de manera sencilla y clara, sin ostentaciones retóricas pese a su exquisito dominio del idioma, que le ha llevado a ser miembro de número y por años presidente de la Academia Costarricense de la Lengua. No le preocupan apariencias o formalismos, ni conoce de fingimientos.

Aunque sus manifestaciones directas y vehementes respecto de personas y situaciones, o el fervor que empeña en la defensa y promoción de sus ideas y convicciones, pudieren haberle ganado alguna malquerencia él sabe perdonar, no alimenta rencores ni procede con torcida intención. Ha consagrado honesta y sinceramente su fructífera existencia a defender las causas en que ha creído, a difundir sus verdades, a promover la cultura y las bellas artes, a conocer y tratar de entender a su pueblo, y, en fin, a servirle a la nación costarricense en las formas que ha considerado apropiadas.

De su cultura enciclopédica, lúcida inteligencia, agudo sentido del humor, elocuente verbo y fina pluma ha ido dejando abundantes muestras en la cátedra, el libro, la columna periodística, el programa de radio o de televisión, la curul, el cónclave de los académicos y la tertulia de los amigos.

Armoniosa combinación. Profundo conocedor de la historia y de la realidad nacional, combina armoniosamente su vocación crítica con una visión más bien optimista del futuro de Costa Rica, por lo cual sigue permanentemente activo en su  papel de centinela de la Patria.

Lector incansable y de tiempo completo desde que tenía tres años, hace solo 87, Alberto Cañas ha encontrado siempre, no se sabe cómo, tiempo suficiente para crear hermosas obras literarias de los más variados géneros, para desempeñar más que cumplidamente elevados cargos públicos y diplomáticos, dirigir medios de comunicación, gozar la belleza en todas sus formas, formar y forjar una familia -como ya quedó dicho- en dulce sociedad con su recordada doña Alda, y, ¡claro!, cultivar la amistad sin distingos de ninguna clase.

Mucho la debo yo, aunque quizás él no se haya enterado, a este hombre extraordinario a quien tengo el privilegio de conocer desde mi ya lejana juventud. Atesoro nuestra amistad, que con justa razón califica él de inalterable en su suculenta obra autobiográfica Ochenta años no es nada, porque no habrá, nunca, diferencia, distancia ni tiempo capaz de disminuir en mí ese inquebrantable sentimiento. Además lo cito con frecuencia, pues aparte de llevar en mi corazón afecto y admiración enormes hacia él, tengo invariablemente presentes sus sabias reflexiones, agudas observaciones y aleccionadoras anécdotas.

¿Qué puedo desear en su nonagésimo aniversario a quien ocupa lugar de privilegio en mi mundo afectivo? Salud, buenísima salud, para que siga dándonos luz y alegría por muchos, muchos, muchísimos años más. Con mis mejores deseos, llegue hasta el dilecto cumpleañero mi abrazo fraternal.

*Manuel López Trigo: Empresario, exembajador en Israel, exviceministro de Información y Comunicación.

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El San José de don Beto

Garita, Nora. “El San José de don Beto”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 2

 

En medio de su vasta producción literaria, don Beto Cañas nos ha planteado varios interrogantes sobre la ciudad de San José, en una novela suya llamada “Una casa en el Barrio del Carmen”.

La casa, construida en adobe y bahareque a finales del siglo XIX, era “ancha y esquinera, llena de ventanas en hilera interminable… y un patio interior rodeado por la medianera y tres corredores, y sembrado de helechos casi gigantes y de pacayas… cuando tener pacayas en el patio era señal de elegancia y buen vivir”. En ese tiempo social en el que la misa matinal regulaba los horarios y la Iglesia tenía el poder de las campanas, transcurre la historia de la casa y sus dos habitantes. El barrio tenía el nombre de la Iglesia cercana, pero la vida de barrio va desapareciendo poco a poco. Las casas de familias conocidas quedan deshabitadas, convertidas en despachos de médicos o demolidas. San José se vuelve una ciudad de rótulos. En los años cincuenta, nuevos valores de mercado vuelven la casa objeto de eventual lucro para muchos hombres de negocio.

¿Rematar la casa al vencerse la hipoteca?

¿Venderla para botarla y hacer en esa esquina una gasolinera?

La tesis que sustenta la novela es que los valores de mercado configuraron la ciudad. Esto da vigencia a la novela, cuando se observa el poder de los inversionistas en perfilar el rostro actual de San José: ¿tirar al suelo un edificio patrimonial para hacer un parqueo?

La casa se llama “La República”. Es pues, el recurso usado por el narrador para plasmar su visión social demócrata de la historia de Costa Rica. Refiriéndose a Walter Jiménez, el joven que estudió ciencias económicas, dice: “participó en la Revolución del 48, que fue como la lumbre de una generación y la apertura de un rumbo, como una encrucijada abierta, una oportunidad escondida…” Son los acontecimientos del 48 los que abren oportunidades a la movilidad social a los hijos de maestras, a los hijos de empleados bancarios. Las tesis sobre la historia nacional, en el fondo, es que el Estado de la Segunda República, con sus nuevas Instituciones, crea y amplía la clase media.” ¡Yo soy la clase media!”, dice Walter. Esta posición ante la historia, mantiene vigentes las preguntas sobre el papel del Estado en permitir la concentración en pocas manos, o en discutir la riqueza.

Contar la vida de una casa para hacer un cuadro con visión de país. Esa Costa Rica pintada en el cuadro se transformó, los valores oligarcas quedaron desdibujados, como se destiñeron las liebres y perdices del cuadro colgado en la pared de la casa. Esto ha sido señalado por especialistas en literatura, de la siguiente manera; “la imagen que clausura el texto alcanza una fuerza especial al remitir a un objeto, un cuadro, la sensación de decadencia y pérdida de protagonismo de la clase poseedora, por nacimiento, de los valores auténticos” (Carballo, Ovares, Rojas, 1993:278).

La literatura, con su poder evocador, le gana aquí la partida a la sociología. Gracias, don Beto, por la escritura.

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Homenajeado Alberto Cañas en el Día de la libertad de Expresión

“Homenajeado Alberto Cañas en el Día de la libertad de Expresión“. La Nación (San José, Costa Rica), 2 de setiembre de 1983, p. 2A

 Con la entrega de una medalla de honor al periodista Lic. Alberto Cañas Escalante, por parte del Presidente de la República, don Luis Alberto Monge, se celebró ayer el Día de la Libertad de Expresión.

El acto se efectuó en el auditorio del Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos y contó con la presencia de miembros de los supremos poderes, cuerpo diplomático y representantes de los medios de comunicación del país.

Se eligió esta fecha en conmemoración del natalicio del Dr. José María Castro Madriz, a quien se considera el padre de la libertad de prensa en Costa Rica.

Los oradores, entre los que estuvieron el presidente Monge y el homenajeado, así como  los ministros de Gobernación, Dr. Alfonso Carro Zúñiga y el asesor en comunicación e información, periodista Armando Vargas Araya, resaltaron la figura del Dr. Castro Madriz

Por su parte, el mandatario destacó la amplia libertad de prensa que hay en el país y expresó su solidaridad con los pueblos de América Latina que carecen de ese derecho.

El Lic. Cañas Escalante dijo, vivamente emocionado, que había recibido con sorpresa el anuncio de que iba a ser condecorado con la medalla del honor a la libertad de expresión.

El homenajeado ha ocupado diversos cargos públicos; ha sido diputado, embajador el las Naciones Unidas, ministro fundador del Ministerio de Cultura, Juventud y Deporte y vicecanciller.

Ha trabajado en varios periódicos y durante mucho tiempo publicó en La República la columna “Chisporroteos”. Es profesor universitario de la Escuela de Ciencias y la Comunicación Colectiva, así como decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica.

También es comentarista de radio Monumental. La tarea realizada por Cañas Escalante fue ensalzada por el presidente Monge y el ministro Vargas Araya.

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Lecturas juveniles ¿en manos de quién?

Herrera, Franklin. “Lecturas juveniles ¿en manos de quién?”. La República. Opinión (San José, Costa Rica), 20 de mayo de 2002

 El misterio alrededor de cómo se eligen los libros que deben leer nuestros hijos en la educación primaria y secundaria es hondo.

De los programas aparecen y desaparecen textos como por arte de magia sin que los ciudadanos sepamos a ciencia cierta las razones por las que un texto asciende y otro es decapitado.

Me ha sorprendido enterarme que ya nuestros jóvenes no tienen que leer el maravilloso libro de Carlos Luis Fallas, Marcos Ramírez, uno de los principales y más bellos exponentes de la vida de nuestros niños y jóvenes en una etapa determinada de nuestra historia patria, que ha dado la vuelta al mundo y que ha motivado incluso importantes producciones televisivas, además de haber nacido de la pluma del más vigoroso de nuestros escritores, que ha contribuido en mucho a dar fama internacional a nuestras letras.

Me vuelve a sorprende el hecho de que quienes deciden sobre lo que los estudiantes costarricenses deben o no leer hayan cometido el  pecado capital de excluir de esas lecturas la obra teatro Uvieta, del más connotado de nuestros dramaturgos, Alberto Cañas, recientemente publicada por la Editorial Legado, y la verdad sea dicha, me gustaría conocer las razones de ese dislate.

No creo que pueda argumentarse que la obra no tiene calidad puesto que incluso recibió en 1980 el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. El texto es ameno, el tema pertenece a la cultura popular y está tratado con fantasía y sano humor y ha tenido innumerables montajes, muchos de ellos por parte de grupos de aficionados y de colegiales.

Personalmente no atino a entender las razones de esta disposición, a no ser que la decisión sobre las lecturas que deben hacer nuestros estudiantes no esté en las manos adecuadas.

Tengo ante mí la copia de las recomendaciones que la asesora de español del Ministerio de Educación Pública hace para 2002 y que fueron entregadas el 16 de noviembre de 2001 e increíblemente aprobadas por el Consejo Superior de Educación. No viene al caso la identidad de esa connotada profesional. Pero sí me interesa decir que es sintomático que recomiende la lectura de tres textos de Julio Verne: La isla del tesoro, Viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en ochenta días. ¿Qué más decir o qué pensar?.

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Lic. Alberto Cañas Escalante

Castegnaro, Marta. “Lic. Alberto Cañas Escalante”. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 11 de setiembre de 1998, p. 10

 Si solo tomásemos en cuenta la labor que realiza don Alberto Cañas en la columna periodística Chisporroteos en tanto en ella analiza el trabajo literario que se edita en Costa Rica, -columna que utiliza para estimular a los autores y destacar las facetas positivas de su producción- sería suficiente para que su nombre ocupase un lugar sobresaliente en la literatura costarricense. Pero se a ello añadimos que es poeta, autor de cuentos y novelas varias veces premiadas, dramaturgo excepcional (“Conoce a fondo el  teatro contemporáneo y esta especialidad corresponde a su temperamento y a su concepción esencialmente dramática de la vida”, dice don Alberto Bonilla), nos acercamos un poco más a conocer la realidad de este polifacético costarricense, que ha participado activamente en la política nacional –manteniendo siempre un gran prestigio- y que ha sido diputado, ministro, embajador, profesor universitario, crítico y ensayista de gran valor.

Nacido en San José, cursó la segunda enseñanza en le Liceo de Costa Rica; desde su etapa estudiantil sobresalió como poeta; a esa época corresponde su espléndido poema El Punto Guanacasteco, bella exaltación de la célebre danza. Siguió la carrera de Derecho y se graduó de abogado. Sus inquietudes sociales lo llevaron desde muy joven a formar parte del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, y a participar en lides periodísticas. Junto a José Figueres participó en la revolución de 1948.

Embajador ante las Naciones Unidas y encargado de la cartera de Relaciones Exteriores, su paso por la diplomacia ha sido excepcionalmente brillante. Como Ministro de Cultura Juventud y Deportes desarrolló una trascendental labor editorial de recate de los valores culturales y literarios costarricense. Diputado fogoso y apasionado, sus intervenciones provocaron a menudo intensas polémicas; le correspondió presidir la Asamblea Legislativa en 1994. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica, donde se ha desempeñado como profesor.

Entre otros, ha publicado los siguientes libros: Aquí y ahora, Una casa en el barrio del Carmen , y La exterminación de los pobres. Los molinos de Dios, es su novela más ambiciosa; en ella, con ternura y picardía, “acaricia” la historia de la sociedad costarricense. “Su principal característica, y la que le ha llevado a ser el escritor más leído y el dramaturgo más popular de su país, es un afán de analizar y desentrañar la sociedad costarricense, con ojo crítico y un acentuado toque de humor que nunca lo abandona; y esto lo ha conseguido, en el teatro, jugando con elementos de fantasía, imaginación y magia en obras que han sido representadas en casi todos los países de Iberoamérica y divulgadas por la Radio y Televisión Española…”, dice un comentarista. Algunas de sus obras de teatro son Uvieta, Una bruja en el río, El luto robado y La Segua.

Tan intensa y valiosa labor cultural le hizo merecedor, en 1976, del Premio Nacional de Cultura Magón.

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El homenaje a don Alberto

“El homenaje a don Alberto”. La República. Página Editorial (San José, Costa Rica), 2 de abril de 1995, p. 14A

 En la semana pasada, con ocasión de haber cumplido sus 75 años, un grupo de organizaciones rindió un significativo homenaje a don Alberto Cañas Escalante. El acto, así como los organizadores, incluyó una serie de manifestaciones que mostraban un origen tan variado que solo era posible concebirlo por la personalidad multifacética del homenajeado. Había agrupaciones políticas del cantón de Montes de Oca y de varios distritos del cantón central de San José; había representantes de varios grupos culturales; como era de suponer, asistieron diputados de las distintas fracciones de la actual Asamblea, y gran número de amigos personales y parientes. Solo había entre todos ellos un común denominador: la personalidad del homenajeado y la amistad y admiración de todos los presentes para con él.

Como se destacó en el acto, Alberto Cañas es el autor teatral más prolífico de Costa Rica, con éxitos tanto en las tablas como en las versiones escritas de sus obras; ha publicado una serie de novelas y cuentos, una de las cuales, por lo menos, “Los Molinos de Dios”, tiene tal relación con el desarrollo de la cultura política, social y económica costarricense que se puede estar seguro de su persistencia más allá de la vida de su autor; hizo docencia universitaria por muchos años en materia de teatro, con participación en los cursos de extensión anual; fue el primer Ministro de Cultura de Costa Rica, de modo que literalmente le tocó inventar esa cartera; de sus años de poeta juvenil quedó una poesía, “El Punto Guanacasteco”, que se incorporó al acervo básico de las expresiones generalmente conocidas y utilizadas por los estudiantes en sus presentaciones culturales. En sus actuaciones políticas, iniciadas en el Centro de Estudios de los Problemas Nacionales, ocupó una serie de cargos partidistas y oficiales que culminan en su actual segunda ronda como diputado, donde ha ocupado en el primer año de Gobierno la presidencia de la Asamblea Legislativa y se puede estar seguro de que en el resto del cuatrienio mantendrá una participación activa y combativa. De todo eso se habló en el homenaje. Pero no es de eso que corresponde hablar ahora.

Lo importante para nosotros es que Alberto Cañas ha sido y es asimismo periodista. No solo eso sino también que, aunque ha colaborado en casi todos los periódicos de Costa Rica, La República reclama el orgullo de ser el principal órgano a través del cual se ha realizado su labor de prensa. Fue nuestro primer director y, en esa condición, le correspondió sentar algunas orientaciones que todavía perduran. Creó en La República la columna “Chisporroteos”, que se llevó luego a otros periódicos pero que recuperamos en los últimos años y que esperamos mantener por muchos más, para disfrutar de que sea desde nuestras páginas donde Alberto Cañas diserte sobre todo lo divino y lo humano, manteniendo tesis que pueden ser populares o ser exclusivamente personales, pero que, en todo caso, le permitirán revelar los criterios de una personalidad con muchos ribetes de unicidad, pero que puede considerarse representativa de lo mejor de lo costarricense.

Por ello, creemos de absoluta necesidad unirnos al homenaje rendido a Alberto Cañas de expresar nuestro orgullo por tenerlo como parte del grupo que ha hecho La República a través de los años y que continúa pensando desde ella. Por saberlo uno de los grandes activos que nos permiten hacer un buen periódico y contribuir desde él a la cultura y la vida costarricense.

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Alberto F. Cañas

Morales, Francisco. Alberto F. Cañas.  La República (San José, Costa Rica), 16 de marzo de 1995, p. 18A

Otros hablarán de él como intelectual, periodista y escritor.

Yo pertenezco a una generación –la de 1960– que tuvo el privilegio de formarse políticamente durante la época de oro de Liberación Nacional. El Liberación del decenio del 50: invasión del 55, primera lucha de tendencias, derrota electoral del 58 y las revoluciones boliviana y cubana.

El Liberación del parque Morazán.

Vimos el heroísmo de las batallas de Guanacaste: los Puercos, el Amo, Santa Rosa y La Cruz. Las acciones militares de Marshall, Aguiluz, Domingo García, la muerte de Eloy Morúa y Valdeperas y civiles transformados en soldados como Oduber, Juan Arrea y Beto Franco.

En la Universidad, durante el día recibíamos clases de Rodrigo Facio, el padre Núñez, Carlos Monge, Isaac Felipe Azofeifa y León Pacheco. También de Fidel Tristán, Isamel Antonio Vargas, Carlos Camaño, Alfonso Carro, Eugenio Rodríguez, Carlos José Gutiérrez, Raúl Hess, Bernal Jiménez, José Manuel Salazar, Eugenio Fonseca y Virgina Zúñiga Tristán.

Y por las noches, en el partido en el Morazán, también clases de esos universitarios reforzados por políticos como Figueres, Orlich, Oduber, Monge, Gonzalo Facio, Madrigal Nieto, Volio Jiménez, Molina Quesada, Luis Bonilla, Arauz Aguilar, Garrón, Carazo Odio, Cordero Croceri, Obregón y Solano Orfila.

Había entonces estudio, ideas, planteamientos, idealismos y hasta heroísmo. Universidad, era Liberación.

Y allí estaba Alberto F. Cañas el intelectual, el periodista, el escritor y crítico de cine que firmaba entonces con el seudónimo de O.M. Para los jóvenes, después de Rodrigo Facio, Cañas era el modelo intelectual. Tal vez por eso don Chico lo llevó en 1962 a diputado junto al presidente de la Juventud Liberacionista, Fernando Salazar Navarrete.

En 1970, en campaña electoral se empezó a estudiar la idea del Ministerio de Juventud, Cultural y Deportes y entre broma y serio nos decía don Pepe: “No tenemos ministerio pero tenemos ministro: Alberto”.

Su prestigio intelectual ayudó –políticamente– a consolidar el Ministerio. Y se aleja –o lo alejan– de la política por dos décadas.

Pero ya en su juventud septuagenaria y empujado por otros dos jóvenes, el padre Núñez y Hernán Garrón, se amarra las botas de político y se lanza a la batalla por la precandidatura de José María Figueres.

En la última década, por ejemplo, cuando el huracán neoliberal irrumpió prepotente y altanero también en Liberación, Alberto F. Cañas se mantuvo enhiesto. Liberacionista. Costarricense.

Hoy (1999) en la juventud de sus 75 años lo vemos –prestigiando– la Presidencia de la Asamblea Legislativa. Que siga alumbrando.

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Uvieta

Uvieta

Uvieta

Sobre una leyenda común a la cultura popular de muchas naciones, —la del pícaro que sube a la Muerte en un árbol mágico del que no puede bajarse, con lo cual nadie se morirá— esta comedia toma el título del cuento que Carmen Lyra escribió sobre este asunto, y lo traslada a nuestros días.

El Uvieta de Carmen Lyra era un anciano; el de Alberto Cañas, un joven excéntrico en torno al cual se desarrolla una trama de tintes policiacos y una contemplación de lo que sería el mundo si nadie se muriera, todo tratado con abundante fantasía y un humor explosivo y penetrante. De las quince obras teatrales que su autor tiene estrenadas, probablemente Uvieta (Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de Teatro en 1980) ha sido la de más duradero éxito, como lo prueban los innumerables montajes que de ella han hecho grupos aficionados y colegiales, a más de las presentaciones profesionales del Teatro Universitario de la Universidad de Costa Rica.

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