Uvieta, de Alberto Cañas

“Uvieta, de Alberto Cañas”. La Nación (San José, Costa Rica), 16 de enero de 1981, p.3C

 Con la última obra de nuestro dramaturgo mas prolífico y constante se inicia el festival al aire libre en el teatro Carpa, concebido como homenaje a don Alberto por su labor como uno de los principales promotores del auge del teatro costarricense durante la última década. Por su desempeño en el papel del personaje epónimo, Luis Fernando Gómez obtuvo el premio como mejor actor de 1980.

La obra fue acogida favorablemente por la crítica. Víctor Valembois dijo en La República que Cañas “aprovecha para salpicar su texto de chistosas observaciones sobre diversas facetas del acontecer y vivir nacionales (…) La comedia transcurre ágilmente sin decaer en ningún momento”. De su parte, el comentarista de La Nación manifestó que la pieza “es un indicio significativo en la búsqueda literaria de Cañas, caracterizada por la indagación del alma criolla, por la fina observación de la conducta de sus compatriotas, quienes son a menudo blanco de su fisga”. Igualmente, afirmó que el director “encontró el ritmo adecuado para la evolución de las escenas y artículo de manera eficaz el desenvolvimiento de las situaciones para que obtuvieran sus puntos culminantes”.

Dirección de Lenín Garrido. Presentación del Teatro Universitario, en el teatro Carpa (pero al aire libre), costado este del Parque Morazán, de Martes a domingo, a las 8 p.m. Gradería ¢10, luneta, ¢15. Temporada finaliza el domingo 18 de enero.

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Chisporroteos

Alberto F. Cañas. “Chisporroteos”. La Repúbica (San José, Costa Rica), 21 de octubre de 2000, p. 10A

Mi primer recuerdo de Joaquín Gutiérrez se remonta a mis días del Edificio Metálico, y es el de un manganzón jugando de portero en una mejenga futbolística cerca de la Casa Amarilla, y convertido, por su gigantesca estatura, en una barrera inexpugnable. Cuando se tienen diez u once años, una diferencia de dos es más inexpugnable que aquel portero de la mejenga. Lo miré hacia arriba (cosa en todo caso inevitable) y lo incorporé a la lista de héroes. Todavía puedo reconstruir mentalmente su cabellera alborotada de esa ocasión.

Donde realmente lo conocí fue en la casa de los Cardona Cooper, sede dulcísima y nocturna de una tertulia diaria inolvidable, a la que concurrían parientes, vecinos y amigos de los Cardona y pretendientes de las muchachas de la vecindad (que también participaban en la tertulia). Joaquín Gutiérrez concurría como vecino; yo, como amigo inamovible de Toño Cardona y pretendiente… bueno, eso no importa.

Pero fue allí donde comenzamos a ser amigos. Y yo, a ser el oyente fiel y encantado de sus inagotables historias. Ya para entonces, Joaquín Gutiérrez había sentado plaza de poeta, y de muchas cosas más.

Ya podíamos aquilatar su brillo intelectual. Ya era un ajedrecista de nota. Lo que no presentíamos es que sería una de las figuras claves de nuestra literatura y (desde que volvió a su patria tras décadas de ausencia), parte imprescindible de nuestro paisaje cultural, inconcebible sin él desde que regreso en 1973, gracias a una jugada del presidente José Figueres, que consistió en enviarle un cable cifrado a nuestra Embajada en Santiago de Chile (que la cancillería de Pinochet descifraría con toda seguridad), pidiéndole le preguntara a Joaquín si no pensaba venir a Costa Rica a cumplir el contrato que tenía con el Ministerio de Cultura para realizar determinados trabajos. El interés del gobierno de Costa Rica en él, alivió a la antropófaga dictadura chilena, que se quitó una brasa de las manos permitiendo la salida de Chile a un candidato al fusilamiento.

Una de las últimas hazañas que llevó a cabo desde Chile, fue enviar, al primer concurso de novelas de la Editorial Costa Rica, el manuscrito de “Murámonos Federico”. Ya el jurado, que integrábamos Guido Fernández, Eugenio Rodríguez y yo, tenía casi tomada una decisión sobre el premio, cuando, en los viejos garitos, Joaquín Gutiérrez gritó: “Barajo”, y el fallo en ciernes se vino al suelo. Los tres coincidimos en haber sido los privilegiados lectores iniciales de una de las grandes novelas costarricense, la novela de la década, la mejor novela de un novelista que ya tenía a su haber obras notables. (Agrego yo ahora, después de más se veinticinco años, que “Murámonos Federico” integra, con “El primo”, “Pedro Arnáez”, “El sitio de las Abras” y “Mi Madrina” la selección de honor de la novela costarricense del siglo XX).

Ese formidable aporte suyo, nos queda : “Manglar”, “Cocorí”, “La Hoja de Aire”, “ ¿Te acordás hermano?”, y sus subestimados pero embrujantes libros de poesía, seguirán deleitándonos y permitiendo que nos comuniquemos con él. Pero ¿Qué vamos a hacer sin su vozarrón, sin su delicia de contar anécdotas y sucedidos, sin su cordial conversación estimulante, sin su don de gentes, sin su bonhomía, sin su malicia, sin su firmeza de convicciones unida a un espíritu de tolerancia poco común entre sus correligionarios, sin su facultad para estar enterado de cuanto bueno se escribía en el mundo? Pero más que todo, ¿sin su espíritu de niño? Porque Joaquín Gutiérrez nunca dejó de ser un niño. Era un niño grande . un niño enorme, de un metro noventa. Pero un niño.

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Cronista de la Transformación

Solano, Andrea . “Cronista de la transformación”. Tiempos del Mundo. Suplemento Cultural (San José, Costa Rica), 10 de octubre de 2002

El primer encuentro  de “Entre líneas”, ciclo de tertulias literarias  organizado por Tiempos del Mundo fue un homenaje al polifacéticos Alberto Cañas Escalante cuyos comentarios dieron, como es usual, mucho de qué hablar en una reunión muy familiar con los lectores del periódico.

Con la informalidad y libertad que caracteriza una conversación entre familiares o amigos, sólo que esta vez había un micrófono y no un taza de café de por medio, se realizó el primer encuentro de “Entre líneas”, espacio mensual destinado a la tertulia literaria organizado por Tiempos del Mundo.

Esta primera cita se llevó a cabo el pasado 30 de setiembre en el Instituto México y fue un homenaje a Alberto Cañas Escalante, literato, periodista, abogado y político cuyo aporte en los diferentes  campos ha sido decisivo para la construcción  de la Costa Rica a partir de la segunda mitad del siglo XX. “Entre Líneas” surgió a partir de la misión de nuestro periódico de impulsar el desarrollo y la paz en el hemisferio por medio de la cultura” , declaró el gerente general de Tiempos del Mundo, William Cook.

La idea es abrir un espacio para el intercambio de ideas entre creadores  literarios y público más allá de la mera lectura de una novela, cuento, ensayo, texto dramático o poemario. La próxima  tertulia será el 28 de octubre en el mismo lugar y estará dedicada a la escritora Lara Rios. La iniciativa de este semanario fue aplaudida por muchos de los asistentes, entre ellos gente de letras, teatro, cine plástica y política. “Excelente idea de abrir con Beto este ciclo, pues su aporte a la sociedad costarricense es inigualable. Además es un gran orador, muy ameno y sus palabras están cargadas de humor”, expresó el pintor Rafael “Felo” García. “Es recomendable llevar un orden cronológico y arrancar con escritores consagrados como don Alberto para luego dar oportunidad a creadores más jóvenes”, sugirió la poetisa Delia Mc Donald.

Precursor

La multiplicidad de campos en los que Cañas ha participado activamente hizo necesarias una delimitación del tema  por abordar en la tertulia: “Las generaciones más jóvenes podrían preguntarse: ¿cómo era Costa Rica antes de don Beto?  Muchas de las instituciones con las que crecimos fueron obra suya”, opinó  el crítico literario  de  Tiempos del Mundo, Carlos Porras.

Como político, Cañas fue fundador del Partido Liberación Nacional y recientemente del Partido Acción Ciudadana, como periodista, se le reconoce su importante participación en La Nación, La República, El Excelsior y la Escuela de Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica; como abogado es co-fundador  del bufete Facio y Cañas; como dramaturgo fundó la Compañía Nacional de Teatro, como escritor dirigió  por muchos años la Editorial Costa Rica y fue el primer jerarca del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, entidad que él mismo erigió.

La producción literaria de Cañas es también extensa; abarca poesía, cuento, novela, teatro, ensayo y testimonio. Fue por eso que se decidió destinar el espacio de la tertulia al comentario  de la novela “Los Molinos de Dios”, por cumplirse  11 años de su publicación. A juicio de Porras, esta obras cierra un género, el de la historia de nuestro país contada a través del cultivo, producción y exportación del café.” En las tres novelas suyas persiste una idea: Costa Rica está cambiando y no hay marcha atrás. Don Beto ha sido testigo y protagonista de esas transformaciones”. En “Los Molinos de Dios” se cuentan las vidas paralelas de dos familias y esto sirve de pretexto para la recreación de una sociedad y unos personajes en una época clave para le desarrollo de la Costa Rica actual: la segunda mitad del siglo XIX. En esta obra aparecen personajes arquetípicos basados en gente real con nombre y apellidos. “A partir de 1845 unos pocos se enriquecieron porque exportaban café a Londres; sin embargo, Costa Rica no siguió  el camino de El Salvador en donde el país completo pasó a manos de unas cuantas familias. Se dio el mismo  fenómeno de expropiados iniciaron  una marcha hacia el norte y así se fueron creando pequeños poblados como Grecia, Zarcero, Naranjo y luego San Ramón” Y de ahí arranca para presentar las subsiguientes generaciones de costarricenses y su respectiva forma  de enfrentar los sucesos políticos  que les tocó vivir.

Esa preocupación  por rescatar lo que nos identifica como ticos es constante en su obra “ninguna literatura tiene valor sino es nacional. Las universalizaciones no existen. Los escritores costarricenses tenemos aquí mismo un publiquito que nos lee y nos quiere y tenemos la obligación de escribir para ellos”, aseguró.

Citas “betadas”

“Si uno escribe para que no lo entiendan o está loco, o convencido de que lo que va a decir no vale la pena”.

“El que dice que no lee para entretenerse es un farsante”.

“Las modas pasan, hay que saber distinguir entre lo que queda y lo que no. Uno va más a la segura leyendo lo que ya quedó”.

“El gran novelista de América y del mundo sigue siendo Gabriel García Márquez. Nunca se ha metido en laberintos, posmodernos ni globalizaciones”.

“Costa Rica apenas está saliendo de la economía agrícola; lo que hay es una prótesis del capitalismo”.

“La globalización no cubre todo el globo, solo a las clases poderosas de los países desarrollados”.

“Los dramaturgos son una especie en extinción porque los directores decretaron su muerte. Yo ya me suicidé antes de que me fusilaran. Uno escribe una obra de teatro y termina en una orgía de mecates y hielo seco”.

“No he dejado de leer a los autores jóvenes. Sistemáticamente, los compro, los empiezo y los guardo porque confieso que muchas veces no entiendo qué me quieren decir”.

“Llego como mínimo hasta la página cincuenta de un libro. Si me interesa sigo, sino, lo dejo ahí”.

“La gente en Costa Rica sí está leyendo, pero es que a veces no hay plata para comprar libros”.

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Alberto Cañas

Alberto Cañas

Alberto Cañas

Alberto Cañas (San José, 1920), es sobradamente conocido como dramaturgo y narrador, y también por su persistente labor periodística que lo señala como uno de los formadores de opinión más respetados de Costa Rica. Poseedor de tres Premios Nacionales en teatro, uno en cuento y otro en novela, ha recibido además el Premio García Monge de Periodismo Cultural, en 1963, y el Premio Nacional de Cultura Magón, en 1976. Ha figurado también en la política, y desempeñando cargos de embajador en Naciones Unidas, Ministro de Cultura, y diputado. Fue Presidente de la Academia Costarricense de la Lengua, y actualmente se mantiene activo en los medios de comunicación costarricenses.

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