Fragmentos de la tierra prometida

"Fragmentos de la tierra prometida"

«Fragmentos de la tierra prometida»

Editorial Legado hace del conocimiento público la puesta en circulación de “Fragmentos de la tierra prometida”, la más reciente obra del escritor Fernando Contreras Castro. En 100 relatos de depurada brevedad narrativa muestra un horizonte desolador para la humanidad, fruto de las políticas depredadoras practicadas en las últimas décadas. Escenas en principio inconexas, protagonizadas por personajes colectivos más que casos individuales, conforman un conjunto inquietante —por anticipatorio— que demanda reflexión. Toda una advertencia oportuna para modificar el rumbo.

Fernando Contreras Castro es un consagrado narrador costarricense. Dos obras de su autoría, Los Peor (1995) y El tibio recinto de la oscuridad (2000), recibieron sendos premios nacionales de novela; otras novelas, Única mirando al mar (1993) y Cierto azul (2009), son lecturas recomendadas por el Ministerio de Educación Pública. Buena parte de sus cuentos están reunidos en Urbanoscopio (1997) y Sonambulario (2005.) En 2009 publicó la novela Cantos de las Guerras Preventivas. Integrante de la llamada Generación del Desencanto, aborda la marginalidad como tema central de su producción. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad de Costa Rica.

Se harán tres actos de presentación:

El sábado, 08 de septiembre de 2012 a las 06:00 p.m. en el Museo Regional de San Ramón. Organiza la Universidad de Costa Rica, Sede de Occidente, San Ramón. La presentación estará a cargo de los profesores Gerardo Mora Burgos, Magdalena Vásquez y Oscar Montanaro Meza.

El miércoles, 12 de septiembre de 2012 a las 07:00 p.m. en el Mini Auditorio de Ciencias Sociales, organizado por la Asociación de estudiantes de Comunicación Colectiva, en la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio, San Pedro. La presentación estará a cargo de los estudiantes Gabriela Calderón Luciano Palavicini, Marcelo Palavicini. Rodrigo Muñoz González y Aldo Soto.

El miércoles, 26 de septiembre de 2012 a las 05:00 p.m. en el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, Heredia. La presentación estará a cargo de los estudiantes Katheryne Rojas Barrantes, Carlos Soto y Gustavo Camacho.

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Casa de Salarrué pide auxilio

Reyes, Alfonso. «Casa de Salarrué pide auxilio». El Diario de Hoy (San Salvador, El Salvador), 7 de julio de 2000

Desde 1996 se trata de instaurar la “Quinta Monserrat” para convertirla en museo y patrimonio nacional.

Casi en la cúspide de Los Planes de Renderos, se encuentra una casa que relata, por sí misma, un trozo de la cultura salvadoreña. Este es sólo un trozo, una valiosa moneda de oro de un gran tesoro nacional, se trata pues, de los últimos días artísticos de Salvador Salazar Arrué en su casa, la Quinta Monserrat.

En este espacio, vivió sus últimos días el célebre escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, dejando con ésta gran cantidad de objetos personales y artísticos que a través de los tiempos han adquirido gran valor cultural.

Actualmente, la Quinta Monserrat se encuentra en grave deterioro por lo que urge sacarla de tal situación, pues la inclemencia del tiempo pretende destruir lo que podría constituirse en un patrimonio cultural salvadoreño con proyecciones internacionales.

Con el fin de salvar a la Quinta Monserrat, la Fundación “Casa de Salarrué” se encuentra en proceso de venta de este domicilio al gobierno de El Salvador a través de Concultura. Ciertamente desde 1994 la casa está a la venta como cualquier otra.

En 1999 el presidente Francisco Flores propuso utilizar parte del presupuesto de la nación para comprar e instalar el centro cultural.

En enero del presente año, aún no se había definido algo concreto, pero en el Pleno Legislativo ya se había aprobado el presupuesto destinado para la compra de la Quinta Monserrat.

En pocos días el presidente de la Fundación “Casa de Salarrué”, Ricardo Aguilar, sostendrá una reunión con Gustavo Herodier, Presidente de Concultura, para formalizar los detalles de compra y venta de la casa, y de esta manera encaminar la Quinta Monserrat hacia un mejor futuro.

La fundación “Casa de Salarrué” no tiene los medios económicos para sostener la Quinta Monserrat, pues esta fundación no cuenta con ayuda gubernamental o privada, por lo tanto el financiamiento para la mayoría de las actividades correspondientes a las obras de Salarrué corren por cuenta de los miembros de la Fundación, que por cierto la conforman Ricardo Aguilar y la escultora Verónica Vides.

Proyecto original

La fundación “Casa de Salarrué” había planeado crear un centro cultural donde se mostraría una gran cantidad de obras literarias, artísticas y otras pertenencias de uno de los escritores que más renombre tiene en El Salvador. Este centro se instalará inicialmente en la ciudad de La Palma Chalatenango, pues “en el año de 1961 Salarrué quería cambiar de casa y vivir allá (en La Palma)” comenta Ricardo Aguilar,

Se renunció a esta idea, ya que “el camino hacia la Palma resulta agotador por lo tanto mucha gente se iba abstener a visitar este centro cultural” continúa Aguilar. Luego, se concibe fundar este proyecto en San Salvador, pero, por limitaciones económicas por parte de la Fundación “Casa de Salarrué”, este proyecto nunca llegó a concretarse.

En la actualidad, la Fundación “Casa de Salarrué”, con el consentimiento de la única hija viva del escritor salvadoreño, Olga Salazar, se moviliza para vender la casa y dejar a cargo del gobierno el legado que Salarrué dejó a El Salvador. Al concretarse la venta de la casa, la Fundación “Casa de Salarrué” desaparece, pues no poseen financiamiento que lo sostenga y mantenga las actividades que se desarrollan a favor de la obra de este escritor salvadoreño.

El legado de Salarrué

En 1986, Maya Salazar hace una entrega legal de las que fueron pertenencias, documentos y obras artísticas y literarias, del escritor Salvador Salazar Arrué, a Ricardo Aguilar. Cuando este legado fue entregado a Aguilar, aún se encontraba en los lugares donde Salvador Salazar Arrué los había dejado, pero “como había pasado el terremoto del 86, y la humedad de Los Planes, entonces encontré papeles vueltos lodos, cosas valiosas entre lodo” asegura Aguilar.

Con la venta de la casa, este legado quedaría en custodia del gobierno de salvadoreño, “pero con una garantía de que eso no se va a perder, que eso no se va a deteriorar” afirma.

Durante los meses de mayo y julio se mantuvo una exposición de objetos y obras de

Salarrué en Santa Ana. Dado el éxito obtenido, esa exposición se mantendrá durante julio.

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El Cipitío for kids

Salamanca, Elena. «El Cipitío for kids«. La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador), 14 de agosto de 2006, p. 77

"El Cipitío"

«El Cipitío»

Manlio Argueta tiene a su público acostumbrado a novelas de persecuciones campesinas y revoluciones estudiantiles, pero ahora ofrece una visión, infantil y bilingüe, del Cipitío, ese personaje de la mitología cuscatleca… hijo de la Siguanaba.

“Aparenta unos cinco años y nunca crecerá”, lo describe el autor, en este su nuevo libro, que comenzará a distribuirse en el país a partir de la próxima semana, según su editorial, la costarricense Legado.

Según el director editorial Sebastián Vaquerano, el tiraje consta de 5 mil ejemplares, de los cuales “2 mil ejemplares fueron adquiridos por la Biblioteca Real de Suecia para ser donados a las redes de bibliotecas públicas de Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá”.

Aparte de estos países, “El Cipitío” será distribuido en Estados Unidos, pues cuenta con la traducción de la experta en literatura latinoamericana Linda Craft, y las ilustraciones de Vicky Ramos Quezada.

“La ilustradora estudió gran cantidad de fotografías, postales, libros, pinturas, objetos y texturas que Argueta y yo le suministramos, y diseñó los bocetos de manera que reflejaran el medio en el que se desarrolla el relato. Procuramos que reflejaran el entorno ecológico de un relato precolombino, el de una época en la que el medio ambiente no había sido depredado”, explica el editor.

Dado que la editorial es costarricense, Vaquerano, de origen salvadoreño, argumenta que “la leyenda es bellísima y merece ser conocida por un público más amplio que el salvadoreño. Además, la educación nacional (salvadoreña) necesita reforzar sus raíces, especialmente en tiempos en que la globalización amenaza con desdibujar lo autóctono. Pienso que publicar ‘El Cipitío’ es una modesta contribución a la educación salvadoreña”.

Además, el editor advierte: “En pocas generaciones nuestros niños solo leerán a Walt Disney y similares”.

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Editan El Cipitío bilingüe e ilustrado

Peñate, Susana. «Editan El Cipitío bilingüe e ilustrado». Diario El Mundo (San Salvador, El Salvador), 30 de agosto de 2006, p.22

El reconocido escritor Manlio Argueta ha escrito el cuento del duende que come ceniza y enamora a las niñas bonitas.

Basada en la leyenda que todos los salvadoreños conocen, Manlio Argueta, novelista y director de la Biblioteca Nacional, escribió el cuento “El Cipitío”, editado por la casa Legado de Costa Rica bajo es auspicio de la Biblioteca Nacional de Suecia.

"El Cipitío"

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La editorial tica hizo entrega de un donativo de 780 libros ayer a Concultura, los cuales serán distribuidos en las casas de la cultura, bibliotecas y escuelas públicas del país. Este material infantil fue concebido con la idea de dar a conocer el mito del Cipitío, como parte de los valores nacionales, y el rescate de valores de tipo ecológico, comentó el autor.

El libro ha sido editado en español y en inglés con la idea de fortalecer las raíces salvadoreñas en los niños que reciben educación en el extranjero. En una segunda fase “El Cipitío” será distribuido en Estados Unidos dada la gran cantidad de salvadoreños que habitan en dicho país. Dos mil, de los cinco mil ejemplares del libro, serán distribuidos en el resto de países centroamericanos.

Sebastián Vaquerano, Gerente de Editorial Legado, aseguró que el libro es “un estupendo aporte para el rescate de la literatura nacional y la tradición oral pura”. Este material cuenta con ilustraciones de la artista costarricense Vicky Ramos, quien se documentó ampliamente para ilustrar los animales y plantas del mundo primitivo en el que nació el Cipitío. De ahí que el libro contribuya a dar conocer la fauna y flora nativa salvadoreña.

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La hoja de aire llega en edición especial

Fonseca Q., Pablo. “La hoja de aire llega en edición especial”. La Nación (San José, Costa Rica), 5 de diciembre de 2006, p.22a

Una edición especial de La hoja de aire, una de las obras más conocidas de Joaquín Gutiérrez, será presentada hoy en nuestro país.

El libro ya tiene varios meses de circular en España, donde se imprimieron los 3.000 ejemplares que conforman esta edición limitada. De esta cantidad, solo 300 llegaron a Costa Rica.

Según explicó Sebastián Vaquerano, de Editorial Legado, muchos de estos ejemplares serán donados a bibliotecas e instituciones culturales.

Sin embargo, 100 ejemplares estarán a la venta en Librería Internacional, a un precio de ¢10.000 cada uno.

El origen. Hace 25 años la española Juliana Penagos vino a Costa Rica como parte de su plan de estudios universitarios.

Aquí ahondó en la literatura centroamericana y quedó enamorada de La hoja de aire.

Esta obra del costarricense Joaquín Gutiérrez Mangel (1918-2000) es una pequeña pero muy poética historia.

El chileno Pablo Neruda, quién prologó la primera edición en 1968, dijo: “En mis lecturas desordenadas y acríticas he leído pocos relatos como este, con tanta capacidad de amarrarnos en el hilo del sueño y de la desventura”.

Penagos regresó a España, pero hace algunos meses se propuso editar por primera vez en ese país La hoja de aire.

“Juliana propuso que la obra no fuese un libro más, sino la joyita editorial en que finalmente se convirtió”, explicó Vaquerano.

Penagos se comunicó entonces con editorial Legado, para negociar los derechos de reproducción. Legado consultó a su vez a doña Elena Nascimento, la viuda de Gutiérrez, quien estuvo de acuerdo con la propuesta.

En abril de este año la obra fue finalmente presentada en la ciudad de Santander.

La edición. El prólogo completo del Premio Nobel de Literatura de 1971, Pablo Neruda, así como una presentación de mexicano Jordi Soler, forman parte de esta primera edición española.

Después del texto principal también se ofrece una pequeña biografía del autor costarricense.

El libro, de formato pequeño, tiene cinco pinturas de Emilio González Sáinz, un consagrado pintor español, especiales para la obra.

Además, la caja en que viene fue confeccionada por monjas de un convento Santander.

La presentación del libro será este martes a la 7 p.m., en el Centro Cultural de España, en el barrio Escalante. Participarán Arturo Reig López, embajador de España; María Elena Carballo, ministra de cultura, y Alberto Cañas Escalante, director de la Academia Española de la Lengua. El coordinador del evento será el periodista Carlos Morales.

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Unas Letras para Uvieta

Rojas, Miguel. Unas Letras para Uvieta”. Semanario Universidad (San José, Costa Rica), s,f., p 20.

A pesar de que en Costa Rica existe una producción dramática bastante irregular en cantidad y calidad que tiene más de un siglo, no es sino con Alberto Cañas y Daniel Gallegos en que se dan a luz piezas que realmente valen la pena, hablando en términos de creación por parte de verdaderos dramaturgos, originales y de gran valor literario. Los estilos de ambos son bastante diferentes, pero son importantes para la iniciación de una búsqueda de valores nacionales y universales. Posteriormente, aparecen Samuel Rovinsky y Antonio Iglesias, con una producción que todavía cumple el período de ajuste entre el creador, su obra y el tiempo.

Alberto Cañas tuvo la ocurrencia de crear su UVIETA, un UVIETA que solo toma la idea del cuento africano recreado para nuestra literatura por Carmen Lyra. Su Noé Redondo, como se llama el civil que apodan Uvieta, es un empleado de un hospital de El Seguro Social, del que se vale Beto para darnos una muestra de sensibilidad poética y madurez dramática como dramaturgo. Beto es, por antonomasia, nuestro dramaturgo para dominguera en el terruño.

Al igual que los griegos del siglo V antes de la muerte de Jesucristo, Beto recoge, temas y personajes locales, se apoya en el espejo de una dimensión poética sencilla y directa que tiene olor y sabor de nuestros compatriotas. Y por ahí empieza su éxito. A esto le agrega una estructura dramática convencional de tiempo y espacio –sin ninguna novedad ni experimentación de ningún tipo- para contarnos sus historias y sus ocurrencias que generalmente rompen el molde de lo que creemos irreal pero que en sus manos se convierte en real e imaginativo. Con el paso de los años, Beto se ha ido convirtiendo en un gran tío cuenta historias para el teatro costarricense.

Espejo de su pueblo que tiene arraigo y parto en lo rural y agrario, que cada vez más se larga desbocado hacia una superfluosidad urbana, Beto observa con fina ironía y sarcástico escalpelo aquello que le sirve para sus fines de crítica mordaz. Entonces vemos que le clava sus dardos al Seguro Social, a los diputados, a la policía especializada en desenredar hechos de crimen y misterio, y valerse de soplones para realizar sus pesquisas. Esto nos hace disfrutar a los costarricenses de hoy, como también Aristófanes lo hizo en Grecia, cuna del teatro, allá por los siglos V – IV a. de c. Y es que los espectadores gustan y les gusta que les hablen en su lenguaje y con personajes que ellos conocen en la vida real que los rodea todos los días. Les causa profundo deleite sentirse costarricenses en la butaca y verse representados, viendo transcurrir parte de su idiosincrasia y costumbres en el espejo de la acción dramática.

Cuando reflexionamos sobre el rotundo éxito de UVIETA en el montaje de Lenín Garrido para el Teatro Universitario, encontramos las raíces de una Costa Rica que todos queremos, que quisiéramos ver detenida en el río de la historia, y continuar siendo nosotros, con nuestros mangos, nuestra naranjas y nísperos y toda esa poesía implícita en nuestra sencillez, asentada sobre pequeños valles, candorosas nubes de azul y las sabrosas tertulias que la chispa del costarricense sabe acompañar con el café y el tamal en hoja de plátano.

Desgraciadamente, preferimos imitar como monos los frutos decadentes de los imperios y la parla de los vividores profesionales que trafican con los puestos de Gobierno, Salud y larga vida, Beto. A Daniel Gallegos lo mismo, y que no nos prive de su trilogía, ya escrita pero todavía inédita, pues no le pertenece a él –creemos-, sino que es patrimonio de todos los costarricenses.

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Octubre de sombra corta

Bermúdez, Manuel. «Octubre de sombra corta«. Semanario Universidad. Forja (San José, Costa Rica), octubre 2002, p. 8

Casi todo es sombras, vaguedad. La memoria es flaca cuando se pretende recordar puntualmente un hecho que tiene que ver con un ser querido. Sin embargo, como para desafiar las certezas, vienen imágenes, como ramalazos. Octubre no puede pasar impune; arrebujarse, los aguaceros, el salpicón en el charco, un café humeante, el ulular de la muchacha, un libro de tercera a precio de segunda y de pronto, como un monumento a sí mismo, aparece la enorme figura de Joaquín Gutiérrez.

El mandarín de los Andes desprende una dulce sonrisa de anciano que contrasta con la exageración de sus cejas de ceño fruncido. Tras la sonrisa viene la voz grave, pero las palabras le brotan casi con dejadez, con esa cadencia que tiene el campesino costarricense entre sencillo y suspicaz.

Varado en el medio pasillo, no le niega palabra a nadie y comenta los libros que exponen unas muchachas en su embrión de librería, que no es más que unos estantes con amarillentos volúmenes de la editorial Progreso o Novosti, de fabricación soviética, y algunos manoseados ejemplares de las revistas Internacional y Cuba.

En un octubre 71 años atrás, se encendió la llama de una esperanza para los pobres del mundo, fue el final de un terrible reinado y la posibilidad de una organización social y política distintas, donde primaran los intereses de las mayorías.

Aquella flama inextinguible era ahora apenas un mechero que pervive a los embates de un viento helado. Su escasa lucecita brilla en las pupilas de un hombre que ha visto mundo devorando horizontes.

Sus ojos se refugian bajo el alerón de sus cejas. Ensimismado en recuerdos inabarcables, atiende cuidadoso al proceso llamado Perestroika que se desarrolla en su amada Unión Soviética. A la izquierda de su pecho de viejo comunista se debaten los románticos anhelos de poeta y el pragmatismo del periodista curtido en la corresponsalía de guerra.

Entre los libros en el estante está uno suyo publicado aquel mismo año, la primera edición de Vietnam: Crónicas de Guerra. Esto es para que lo recuerden los muchachos de El Salvador, es un homenaje a ellos, explica el veterano reportero.

En octubre de 1988 Joaquín Gutiérrez estaba parado en el medio del pasillo en la entrada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica, a la puerta del antiguo local del Seminario UNIVERSIDAD. El era miembro del consejo editorial de este suplemento, el muchacho que lo acompañaba era un estudiante de periodismo que lo miraba con respeto de sobrecogimiento ante la soberanía incontestable del baluarte que constituye aquel escritor.

Este octubre presente se descubre a sí mismo con su artilugio de recuerdos. La Unión Soviética es un vago diagrama: Perestroika parece telón de fondo de la versión postmoderna de El aprendiz de Brujo de Paul Dukas; El Salvador calló sus armas, pero todavía obsesionan sus calles los gritos de dolor; el gran autor parece recorrer apresurado la historia con su paso zancudo. Es octubre, de este nuevo siglo, el anterior, el de don Joaquín, ya se acabó.

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Primero fue Marcos

Ordóñez, Jaime. «Primero fue Marcos». La Nación. Opinión (San José, Costa Rica), 1 de mayo de 2003

 *La falacia de la literatura pura

Primero fue Marcos Ramírez, de Carlos Luis Fallas (quizás la mejor novela escrita en Costa Rica), excluida hace unos años del Programa del MEP por razones aún inentendibles. Se alegó en su día que ese logradísimo Lazarillo de Tormes o Huckelberry Finn a la tica, era muy antiguo y ajeno al actual contexto costarricense. Como si la Ilíada o El Fausto no fueran aún más lejanas y, no por ello, ¡absolutamente vigentes e importantes! Ahora le toca el turno a una de la obras más puras de la literatura costarricense: Cocorí. La razón esta vez es otra: supuestos elementos discriminadores en la obra que atentan contra la equidad o la igualdad étnica. Con todo respeto, en ambos casos ha existido un error de apreciación del MEP y de sus comisiones asesoras. Y, además, con peligrosas consecuencias.

Toda literatura es ideológica y, como tal, tiene una concepción decantada del mundo, en una u otra dirección. Tiene prejuicios, puntos de vista discutibles, incluso violentamente polémicos y justo en eso reside su riqueza. Una obra neutra no es literatura, como apunta aguda y certeramente el escritor y abogado Vérnor Muñoz en su texto Lo terrible de la hoja en blanco, difundido por Internet durante las últimas semanas. Un currículum educativo sobre literatura debe tener buena literatura –que nunca es aséptica– y punto. Todo gran arte incluye la compleja gama de lo humano, sus prejuicios, pasiones e, inclusive, desatinos. La clave del sistema educativo (y de los buenos profesores) es que los adolescentes la entiendan en su contexto, de la biografía de su autor, del complejo y terrible nudo humano que se revela en el arte.

Las principales obras literarias de nuestra civilización han sido profundamente ideológicas, controvertidas y arrastran, casi siempre, una visión enfrentativa del mundo. Siguiendo la misma pauta usada por el MEP, muchas deberían ser alejadas de los ojos de nuestros estudiantes.

Argumento llevado al absurdo. Habría que prohibir Eurípides, por promover el homicidio de una hija (en Ifigenia) y también por instar al parricidio y a ser amante de la madre (Electra). A Sófocles y Esquilo les iría parecido. Tendríamos que prohibir a Aristófanes, por declarar la guerra de sexos y atacar al orden político establecido. Habría que sacar al Mío Cid, por racista, toda vez de su persecución contra los moros, y también al Quijote, obra de Cervantes claramente antisemita. Habría que prohibir las dos Odiseas –la de Homero y el Ulises de Joyce– porque en ambas el papel de la mujer es de sumisa espera, y eso podría promover el machismo. Habría que mandar al sótano a Hemingway, a Henry Miller y a Julio Cortázar, porque tanto Por quién doblan las campanas, ambos Trópicos y la Rayuela, no favorecen el papel de igualdad de la mujer, todo lo contrario. Habría que prohibir Muerte en Venecia, de Thomas Man, porque promueve el homosexualismo. También habría que mandar al sótano a García Márquez, pues el coronel Aureliano Buendía tuvo cerca de 80 hijos en el largo mundo, de muchas mujeres, la mayoría no reconocidos, y eso promueve la promiscuidad sexual y la irresponsabilidad.

La lista es de nunca acabar, como imaginará el lector. Graham Greene debería ser erradicado, pues El poder y la gloria narra la historia de un sacerdote que sucumbe a los pecados de la carne. Habría que enviar al ostracismo a muchos Nobel. A Camus, pues en El Extranjero no solo muestra la insensibilidad del protagonista ante la muerte de su madre, sino, además, abjura ante el crucifijo y el sacerdote. (A Camus, más bien habría que mandarlo al paredón, pues también promueve el suicidio el Hombre rebelde). A Sartre también, pues A puerta cerrada constituye un catálogo de todas las razones de la autodestrucción humana. A Becket, por hacer una apología de la soledad como condición connatural de nuestra especie.

Casi toda gran obra literaria puede ser acusada de un ismo, de una desviación, de una particular ideología del mundo y de los seres que lo llenan. Y en eso constituye su gran riqueza. Apostar a una literatura que no “transgreda ningún valor” es apostar a la mediocridad. Las decisiones del Ministerio de Educación Pública en esta materia son sumamente preocupantes y, aparte de pauperizar nuestro currículum, pueden abrir una senda peligrosa en las relaciones que deben existir entre libertad y educación.

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Cocorí regresa a las aulas

Zúñiga Ureña, Lucrecia.»Cocorí regresa a las aulas«. La Prensa Libre (San José, Costa Rica), 31 de enero de 2004

 Las discusiones de diferentes personas opacaron el conocimiento de una cultura en donde las pozas, la playa y la selva caribeña, eran el tema principal.

Los criterios expuestos por quienes alegaron, de forma contundente que “Cocorí” transmitía símbolos racistas, hicieron que el ministerio de Educación Pública (MEP) suspendiera la lectura de esta obra, de escritor nacional Joaquín Gutiérrez (q.d.D.g.) mientras la sometía a una investigación de profundidad.

Es su momento, la Defensoría de los Habitantes, intercedió a favor de “Cocorí”, y recomendó la utilización de la lectura, por ser una narración meramente nacionalista.

Ahora, ya la investigación finalizó y aquellos padres de familia que lamentan el hecho de que sus hijos no tuvieran la oportunidad de conocer las costumbres de la Región Atlántica, a través de las narraciones de famoso escritor Joaquín Gutiérrez, pueden estar tranquilos, pues el MEP reinsertó la lectura en las aulas escolares.

“Mediante la investigación que efectuamos, corroboramos y afirmamos que el contenido de la lectura no tiene nada de racista”, manifestó el Viceministro Académico, Wilfrido Blanco.

Blanco detalló además, que el libro “Cocorí” –como otros textos de primaria- no es obligatorio, pero sí recomendado por el Consejo Superior de Educación para estudiantes del II ciclo de la Educación General Básica.

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El limbo de los cuentos incorrectos

Cortés, Carlos. «El limbo de los cuentos incorrectos». La Nación. Revista Dominical (San José, Costa Rica), 15 de junio de 2003

Cocorí solo disfrutó de un instante para despedirse de Mamá Drusila con una sonrisa. Cuando abrió de nuevo sus grandes y hermosos y acuosos ojos aterciopelados, el decorado de la selva tropical se había transformado en un espejismo y se enfrentaba a un paisaje sin formas visibles. ¿Había sido castigado? Cuando la escena volvió a iluminarse y descubrió los gigantescos cartelones con unos dedos desproporcionados que lo señalaban, y la leyenda: «¡Denuncie a los cuentos incorrectos! ¡Salve a nuestros niños y niñas de la perversión!», supo que estaba en la Tierra de la Igualdad.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. En el último y temible capítulo del Manual del perfecto personaje literario de los cuentos infantiles había leído la terrible verdad, aunque nunca pensó que sufriría las consecuencias: los personajes de las historias que eran consideradas como políticamente incorrectas perdían el derecho de seguir siendo contados y eran condenados a una vieja historia de la literatura sin reeditar, en una polvosa biblioteca pública, salvo que aceptaran someterse a un proceso de autocrítica, delación contra sus autores, reeducación y libertad bajo palabra. Los casos perdidos iban al molino de papel.

Cocorí trató de llorar, pero no pudo. Recordó lo que le habían contado una vez: a Pinocho, después de varios años en un correccional, lo pusieron frente a un panel de vidrio. Del otro lado desfilaron varios escritores con las manos amarradas y cara de pocos amigos. «¿Cuál es Collodi?», oyó que le gritaron desde un altoparlante. «No, no lo haré», pataleó Pinocho por un rato hasta que se le quebró una pata de plywood y el dolor lo obligó a acusar a su creador. Confesó delante de la asamblea de los personajes incorrectos en vías de regeneración que el perverso escritor lo había obligado a beber sustancias prohibidas en una escena tenebrosa. Después le llevaron un retrato de Collodi para que bailara sobre él, lo rompiera y lo arrojara al fuego. Fue perdonado, pero obligado a recibir atención psicológica para resolver la ausencia de figura paterna.

Cocorí se introdujo en la larga fila de personajes sin cuento. Necesitaba ardientemente que alguien lo contara. Los personajes incorrectos tenían apenas algunas horas, antes de que empezara su proceso judicial, para encontrar alojamiento en un argumento breve, sino vivirían a la intemperie, expuestos a que cualquiera los plagiara, o, peor aún, disvariarían por caminos inciertos hasta el olvido.

Llenó la solicitud y se presentó ante el encargado. «En la oficina de los Estudios Disney siempre sobra brete, pero la paga es mala», le dijeron. Cocorí negó con la cabeza: «Esos maes son capaces de calquier cosa», se dijo. Sabía que habían falsificado un certificado de matrimonio entre Mickey y Minnie para cubrir las apariencias. Después de años de litigio y millones de dólares, habían demostrado que Hugo, Paco y Luis eran sobrinos del Pato Donald y que no había nada pecaminoso en que el tipo fuera soltero y sin compromiso. No, ese no era su mundo.

–Hay una posibilidad en el Bosque de los 100 Acres. Descubrimos que ese gordo, Winnie Pooh, rechaza el ejercicio sano, tiene una obsesión enfermiza con la miel y su autor se basó en un oso en cautiverio como modelo. Decidimos expulsarlo mientras investigamos–, gruñó el inspector.

«¿Qué voy a hacer?», se dijo Cocorí, mientras caminaba saltando los charcos.

La Tierra de la Igualdad resplandecía de actividad: Caperucita Roja recibía clases de defensa personal, usaba una pistolita de gas mostaza contra potenciales agresores y lo aprendía todo sobre el acoso sexual. Sobre un largo diván, Peter Pan se deshacía en explicaciones de por qué no quería crecer. En el cuarto del fondo, El Principito negaba con la cabeza que hubiera intentado suicidarse y Blancanieves y los Siete Seres Humanos de 1,40 metros o Menos de Estatura (el nuevo título del cuento) prometían portarse bien.

Cocorí se detuvo a consolar a Tío Conejo –acusado de crueldad con otros animales– quien sufría de una depresión y no tenía dinero para su Prozac diaria. Le habían pedido que en las futuras ediciones de Los cuentos de mi tía Panchita figurara la advertencia: «En este cuento no experimentamos con animales vivos. Cualquier relación con la ficción es pura coincidencia».

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