Calufa, investigador

Molina Jiménez, Iván. ʺCalufa, investigadorʺ. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 27 de abril de 2013, p. 34A

En la literatura costarricense, a Carlos Luis Fallas Sibaja (1909-1966) se le considera fundamentalmente un autor de novelas y relatos, justamente célebre por obras como Mamita Yunai, Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez y Mi madrina.

Fallas, sin embargo, fue también un escritor de ensayos políticos, sociales e históricos, como se puede apreciar en el libro De mi vida, que acaba de publicar la Editorial de la Universidad Nacional.

De los materiales incluidos en esa obra, hay tres ensayos que son de particular interés, ya que para elaborarlos Fallas realizó un detallado trabajo de campo con el fin de conocer las condiciones de vida y laborales de ciertas categorías de obreros y productores agrícolas.

El primero, publicado en diciembre de 1933, se refiere a la situación de los barreteros en el Caribe y a sus conflictos con la United Fruit Company. Este estudio constituye un antecedente fundamental del relato “Barreteros”, que Fallas terminó de escribir en 1941 y publicó en 1954.

En una línea similar, el segundo ensayo, publicado en agosto de 1935, explora el mundo social de los mineros de Desmonte y de los campesinos de las áreas aledañas, enfrentados con los intereses de dos empresarios extranjeros. Curiosamente, esta importante contribución de Fallas no ha sido considerada por los historiadores costarricenses y extranjeros que décadas después analizaron la problemática minera.

Finalmente, el tercer ensayo es el más conocido de todos, dado que circuló como folleto en 1960 y fue reimpreso en 1978: “Don Bárbaro”. En este trabajo, cuyo título evoca la célebre novela que Rómulo Gallegos publicó en 1929, Fallas analiza la concentración de la tierra en Guanacaste y, especialmente, la lucha de los pequeños y medianos productores agrícolas por defender sus propiedades, amenazadas por lo que él denominó “el latifundio de los Morice”.

Los dos primeros ensayos referidos evidencian ya los tempranos esfuerzos de Fallas por observar, describir, recoger testimonios, revisar documentos, verificar la información obtenida, ordenarla, comparar resultados y analizarlos. Las capacidades indicadas encontraron su mejor expresión en “Don Bárbaro”, que destaca por una mayor exhaustividad en la recolección, sistematización y análisis de los datos.

Por estos ensayos, y otros que también están incluidos en De mi vida, Fallas debería empezar a ser considerado como una figura relevante en el desarrollo de las ciencias sociales en Costa Rica. Imaginativo practicante de la historia oral, fue también pionero en la construcción de la historia de los trabajadores, de los pequeños y medianos productores agrícolas y de los movimientos sociales.

http://www.nacion.com/2013-04-27/Opinion/Calufa–investigador.aspx

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El retablo de Calufa

 Soto G., Rodrigo. “El retablo de Calufa”. La Nación. Suplemento Áncora. (San José, C.R.), 30 de setiembre, 2001. p.4

Una nueva lectura de la obra del gran escritor costarricense Carlos Luis Fallas (1909-1966), se impone en la  época de la posguerra fría, no para despolitizarla y hacer de ella algo neutral y escéptico (cosa por demás imposible), sino para ir a su encuentro despojados de las anteojeras y prejuicios propios de la confrontación ideológica, política y militar en que el autor la produjo, y que marcó tan hondamente su propia vida. Con la notas que siguen no pretendo demostrar una tesis, sino compartir impresiones acerca de la reciente relectura de algunos de sus libros, y convidar a una aventura que garantizo será gratificante para quien le emprenda.

El gran tema literario de la mayoría de los autores de la generación del medio siglo (Fallas, Dobles, Marín Cañas, Salazar Herrera, Herrera García y, en menor medida, Gutiérrez) es la vida del campesino y de los trabajadores agrícola. Cada uno de ellos lo abordó desde diferente ángulo, de modo que en conjunto nos heredan una imagen completa de lo que la vida de los hombres y mujeres de las zonas rurales durante la primera mitad del siglo XX.

Cultura popular

La impresión que me deja la relectura de los libros de Calufa es que, junto a la “literatura militante” que se propuso escribir, existía un proyecto estético de mayor envergadura: recrear, en un gran “fresco”, la cultura popular de la primera mitad del siglo XX, sobre todo en sus formas rurales y campesinas. Sin pretensiones sociológicas ni de ningún otro tipo, sino a partir de la recuperación de su propia experiencia vital, Calufa construye en sus obras un  enorme “retablo” narrativo que, a la manera de las pinturas de Brueghel, se compone de múltiples escenas, de gran cantidad de personajes y de descripciones puntillosas hasta es sus detalles más nimios.

Por supuesto el retablo comienza con el mismo lenguaje campesino; la recreación del habla popular que realiza Calufa es fresca, hermosa y profunda, como las pozas de los ríos donde se bañan los personajes de sus libros. Pero va mucho más lejos, pues Fallas reconstruye minuciosamente sentimientos y costumbres, y a menudo se toma el cuidado de consignar variedades animales y vegetales, formas de trabajo y de lo que de manera pedante podríamos llamar “prácticas culturales”. Un ejemplo son las serenatas que una y otra vez aparecen en sus libros, y de las que a menudo transcribe estrofas completas de canciones perdidas en el tiempo ¿Alguien ha pensado alguna vez en Calufa como “folclorista”?

Sus descripciones de las tareas agrícolas son las más convincentes que jamás haya leído. Inolvidables, por ejemplo, son las imágenes de la forma como palea Calero, en Mamita Yunai: “Fuera arcillosa o suelta la tierra, él sacaba la palada con un enorme cucurucho y la revoleaba altísimo; y allá iba en el aire, describiendo un arco cerrado, dando vueltas sobre sí misma sin que se le desprendiera un  terroncito siquiera y hasta con la entrada del cabo dibujada, a caer sonoramente sobre el relleno”.

A menudo da la impresión de que para Fallas es esencial demostrar al lector que conoce a cabalidad cada una de las cosas que describe, que no nos está cuenteando, como en las minuciosas, casi obsesivas descripciones de los trabajos dinamiteros que leemos en Gentes y gentecillas y en Mamita Yunai.

No menos memorables es la descripción de los peces que pescan con dinamita en el río los personajes de Mamita Yunai: las machacas, “de un verde tornasolado, pero que no sirven nada más que para sopa por su gran cantidad de finísimas espinas; metidas dentro de una bolsita de manta y bien hervidas, dan un caldo delicioso y nutritivo”; los bobos “de panza blanca y cuerpo de un negro lustroso que se iba opacando al secarse al aire el grueso pellejo”, los (tepemechines) “medianos y lambuzos, de escamas menuditas y grisáceas; y las escasísimas guabinas, punteadas hacia la cola y cabezonas, con cerdas gruesas en el ancho hocico y una bolsa blancuzca pegada a la barriga…” ¿No parece esta meticulosidad más propia de un naturalista en afanes descriptivos que de un dirigente político urgiéndonos a la revolución social?

La práctica de pescar con “bomba” en los ríos resulta escandalosa hoy día, pero algo de conciencia ambiental no le faltaba a nuestro autor, pues en el mismo libro hace exclamar a uno de sus personajes, ante el espectáculo de millones y millones de metros cúbicos de robles y cedros y laureles que se pudren de abono para el banano; “Hasta el clima nos van a cambiar botando las montañas”.

La recreación que del mundo rural y campesino plasma Calufa no es externa, surge de los mismos valores y de una mirada afín a la de sus personajes. En otras palabras: Calufa no solo habla de lo rural, sino desde lo rural; no habla solo de los trabajadores y campesinos, sino como campesino y trabajador. Esta es la médula de su obra, su singularidad y belleza, y por ello puede equipararse, en cierta forma, con la que en el campo poético iniciará Debravo un par de décadas después.

Por ello, no debe sorprendernos que cuando Calufa trata con personajes de otra condición social, su dibujo tienda a ser más inseguro y su mirada más distante, como en el retrato satírico de las señoras “de sociedad” que sufren su “destierro” en la hacienda de Gentes y gentecillas.

Identidad y alteridad

Mientras trabaja en una hacienda en las cercanías de Turrialba, Jerónimo, el joven protagonista de Gentes y gentecillas, evoca su casa familiar en Heredia. Con la misma maniática minuciosidad que el autor ha desplegado en otros momentos, Jerónimo describe a lo largo de varias paginas cómo están dispuestos los aposentos, los materiales utilizados en la construcción, los árboles frutales que crecen en el solar, la cría de abejas para la miel, las plantas cultivadas por su madre, la gallinas y gallos, los cerdos y los perros, etc. Se trata, ni más ni menos, de una escenificación insuperable de lo que, ya en 1939, Yolanda Oreamuno  llamaba burlonamente el “mito religioso de la tierra muy repartida, la casita pintada de blanca y azul y el pequeño propietario de chanchos y gallinas que lleva al cuello un pañuelo colorado”.

Fallas nos revela así que esta visión idílica, en la que muchos historiadores recientes ven poco menos que una invención descarada para manipular a los costarricenses, brota, mana, emerge directamente del imaginario campesino. Será tal vez porque -distancias sea temporal geográfica-,  nos lleva a idealizar aquello que evocamos, y cuando más lejano sea el pasado, más lo convertimos en mito.

Un detalle que no pasa inadvertido es que, salvo los indígenas de Talamanca que aparecen en Mamita Yunai, los trabajadores rurales de los libros de Calufa saben leer y escriben cartas a sus parientes. ¿En cuántos países de América Latina es verosímil esta escena?.

Se ha dicho que en la obra de Fallas y en la de algunos de sus compañeros de generación, la representación literaria del país desborda los límites del Valle Central y se expande hacia ambas costas. Al hacerlo, el campesino meseteño entra en contacto con “las otras costa ricas”: la negra, la indígena, la de los inmigrantes chinos, etc.

En los libros de Calufa, indígenas y negros figuran como algo extraño, incomprensible y ajeno como “la alteridad” del tico-mesteño: “Cantaban en inglés, formados en rueda, una canción salvaje y monótona y se acompañaban dando palmadas con las manos y pateando con ritmo en el suelo…” dice de los trabajadores de origen jamaiquino en Mamita. Y en ese mismo libro, de los indígenas talamanqueños: “Gritaban en indio, en inglés y en español. (…) Los hombres se acercaban a las mujeres y, sin decirles nada ni alzarlas a ver siquiera, las cogían de la mano, tiraban de ellas hacia el centro y comenzaban a imitar torpemente pasos de son o fox sobre el irregular y sucio piso de maquengue. Bailaban también hombres con hombres e indias con indias…”El carácter ominoso y amenazante de estas imágenes no requiere comentario.

Por cierto que  para los personajes de Calufa, uno de los atributos infalibles de la belleza fenenina, es la blancura de carnes. Más blanca una mujer más bella y atractiva resulta. Para encontrar una explicación, basta remitirnos a Marcos Ramírez: “Mi madre era entonces una mujer muy hermosa, alta, blanca y abundante y negra cabellera que, cuando ella se la soltaba para peinarse, le caía hasta las rodillas”.

Ahora que tanto escándalo se hace de la inmigración nicaragüense, conviene releer Mamita Yunai, en donde Fallas nos recuerda que la presencia de trabajadores de esa nación es antigua y ha sido siempre importante para el país. Por cierto que el “cabo Pancho”, contratista nicaragüense para el que trabajan Calero, Herminio y José Francisco en Mamita Yunai, es mucho más decente y considerado que sus iguales ticos.

Autobiografía Novelada

Tengo entendido que Marcos Ramírez es considerado un libro de aventuras infantiles. ¡Qué estrecha esta visión! A mí me parece más bien el primer tomo de una autobiografía novelada, pues ahí tenemos a un hombre adulto que abre para nosotros, con sencillez y honestidad, el saco donde carga su pasado. Así por ejemplo, el libro empieza con un relato del linaje de los Ramírez (cosa que desde luego no tiene nigún interés para los niños). Las escenas del levantamiento popular contra la dictadura de los Tinoco son otro ejemplo del carácter “autobiográfico” del libro, y revelan que Fallas lo escribió para lectores adultos, no para chiquillos. Lo mismo puede decirse de la escena en donde una muchacha abusa sexualmente de los niños. (Por cierto, y aunque no venga al caso, debo protestar contra las horribles ediciones de la Editorial Costa Rica. ¿Cuánto se honrará a Fallas con algo más decente?)

Creo que toda la obra de Fallas puede leerse en esta misma clave de “autobigráfia novelada”. El uso casi permanentemente de la primera persona del singular es un indicador más de ello. En las páginas de sus libros podemos reconstuir la trayectoria vital de es niño extraordinario, hijo “natural” de una mujer campesina, nacido en Alajuela y criado entre esa ciudad y San José, lector infatigable, terco, rebelde y soñador, que cursó hasta el segundo año en el Instituto de Alajuela y que, muchacho aún, marchó a la zona bananera para buscar su vida y su destino. Por su obra literaria sabemos también de los trabajos, humillaciones y sufrimientos que ahí enfrentó, y de sus andanzas posteriores como trabajador agrícola en las cercanías de Turrialba, cuando la United Fruit Company trasladaba su actividad bananera a la costa del Pacífico.

Aunque en diversas ocasiones manifestó su propósito de escribir una roja literatura edificante acerca de sus luchas como dirigente de la gran huelga bananera de 1934, como combatiente de los batallones comunistas durante la Guerra Civil de 1948 y de la posterior represión que él y sus camaradas sufrieron, lo cierto del caso es que en su obra literaria vemos más bien poco de todo ello. Será tal vez porque, junto al valiente luchador social que fue, había en su corazón un auténtico y profundo escritor, y para dicha nuestra, Calufa siempre supo distinguirlos.

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Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte

Castro R., Guillermo. “Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte”. Excelsior (San José, Costa Rica), 8 de mayo de 1976, p. 3

No deja de ser intrigante, para cualquier lector costarricense, conocer la razón del escaso favor que algunos sectores del país le brindaron a la obra de Fallas, desde el mismo momento en que un jurado nacional le negó a Mamita Yunai, la primera de sus obras, categoría de novela en el año 1940.

   Que la Fundación Faulkner de los Estados Unidos distinguiera a Carlos Luis Fallas con el Premio Iberoamericano de Novela en 1962, mientras algunos compatriotas se oponían a que se le concediera el Premio Nacional de Literatura, es un hecho sorprendente. Que en Costa Rica se dificultara la circulación de la primera edición de Mamita Yunai, mientras se hacían numerosas ediciones y traducciones en otras partes de mundo, es toda una ironía.

  Y no menos intrigante fue presenciar la solemnidad y el dolor con que el pueblo lo despidió el día de sus exequias, en tanto que otros, mientras vivió, se prodigaron en ofrecerle cárcel y destierro.

  ¿Qué había pues de especial en la persona de Fallas para merecerle tanta intriga? ¿Qué significó su presencia en el ámbito nacional para acreditarse, en cambio, numerosos elogios y muchas distinciones? ¿Qué valor tiene por ejemplo, Mamita Yunai en sus contenidos y en su conformación, pero que hoy se le estime como la mejor novela nacional y se le juzgue entre las obras más significativas de Hispanoamérica?

  He aquí en la respuestas a estas interrogantes, la razón del artículo que hoy, a diez años de la muerte material del eximo escritor costarricense, publicamos en calidad de homenaje póstumo.

VIDA Y OBRA

 Carlos Luis Fallas nació en Alajuela el 21 de enero de 1909. Su infancia transcurrió en medio de numerosas privaciones. A los pocos años se traslado a San José, en donde realizó sus primeros y escasos estudios. Por su carácter fuerte se vislumbraba ya el hombre de carácter rebelde e insatisfecho que conoceríamos después.

 Ese temperamento recio, casi innato, los indujo a independizarse de su hogar y a enfrentarse a su destino, duro y hostil, cuando apenas tenía dieciséis años. Aquí comenzó la segunda etapa de su vida, decisivo en la afirmación de su espíritu combativo.

 Corría el año 1925. Se conservaba todavía en su apogeo la emigración de los campesinos del interior del país hacia el Atlántico, atraídos por la fiebre del oro verde. El mismo Fallas no escapó a la euforia del momento, y se fue a Limón, en donde pasó seis años realizando diversos trabajos. Durante algún tiempo se interno en los bananales de la United Fruit Co. en el Valle de la Estrella. Fueron años muy difíciles, sin duda los de mayores congojas, pero los más productivos de su vida, porque su larga permanencia en los campamentos inmundos y todas sus peripecias le harían descubrir su vocación narrativa y su espíritu revolucionario. La emoción biográfica que apreciamos en sus obras, es precisamente, el resultado de sus vivencias personales.

 En el año 1931 regresó de Limón con motivo del fallecimiento de su madre, con cuyo suceso puede señalarse el comienzo de la tercera, etapa, de su vida, ahora en condición, de agitado militante. La adversidad y las injusticias que había presenciado en los bananales terminaron de cincelar su espíritu combativo, y decidió permanecer en la ciudad para participar más de cerca, en las actividades proselitistas en defensa de la clase obrera.

 Histórica es, para mencionar un hecho, su valiente actitud en la Manifestación de Desocupados del 22 de mayo de 1933.  La represión y la cárcel no hicieron mella en sus arrestos; pero a raíz de este acontecimiento, tuvo que trasladarse nuevamente al Atlántico, desterrado por sus actividades revolucionarias.

 Una de sus más fieras luchas fue la que libró en el año 1934 como organizador de la Gran Huelga  Bananera de 24 Millas, que fue una verdadera liberación de su afán de justicia largamente reprimido ante los desplantes de la Compañía Bananera. En esa oportunidad, la prensa se ensaño contra los huelguistas y el gobierno desató su persecución, pero nadie pudo evitar que la histórica huelga fuera el primer eslabón de las conquistas sociales con que Fallas soñaba. No valieron entonces los engaños, ni las amenazas, ni el tremendo poder de los dólares para hacer claudicar la actitud honesta y heroica del gran dirigente obrero.

 En 1940 quiso ordenar y ampliar, con una perspectiva literaria, las experiencias que en forma de crónicas había escrito en el órgano periodístico del partido comunista, Trabajo, y se produjo esa inesperada revelación suya en la esfera narrativa dando a su luz Mamita Yunai, obra combativa y conmovedora que habría de consagrarlo como nuestro más destacado novelista.

 Esta cuarta faceta de su trayectoria se enriqueció después con la publicación de otras  obras: Gentes y Gentecillas (1947), de variados conflictos humanos cuyo escenario principal es la Hacienda Pejibaye, propiedad de la Compañía Bananera; Marcos Ramírez (1952), serie remembranzas infantiles de sabor picaresco: Mi Madrina (1954), obra anecdótica, de estilo autobiográfico, en la que se incluyó el cuento Barreteros y una novela corta titulada El Taller. En ese mismo año publicó en México  su Reseña de la intervención y penetración yanki en Centro América valiosa desde el punto de vista histórico y político. Después escribió un folleto sobre el problema del latifundio, bajo el título de Don Bárbaro, que hace recordar la obra de Gallegos. En forma póstuma apareció Tres Cuentos (1967) en la cual se recogen por aparte dos relatos suyos ya mencionados: El Taller, primera parte de lo que iba a ser una novela sindical; Barreteros, cuento sobre las tragedias y el problemas de las bananeras a los que se agrego un pequeño relato de adolescencia: La dueña de la guitarra de las conchas de colores que el autor se había negado a publicar por su fondo sentimental y su estilo de inmaduro. Como obra inédita, debe mencionarse Un mes en la China Roja “dedicada a todos los hombres honrados de América Latina.” En ella recopila una serie de impresiones sobre la sociedad de la China Comunista. Otros dos quedaron inconclusos: Cartas a Juan, en la que el autor recoge todas las misivas que desde Rusia le había ido enviando a su tío Juan Fallas, y Rojo y verde, que refiere sus experiencias como líder sindical.

 En 1944, sus continuas luchas por el logro de una patria mejor para la clase trabajadora le merecieron la responsabilidad de ser electo diputado al Congreso Nacional, como representante del Partido Vanguardia Popular. Al final de su período parlamentario, estalló la Guerra Civil de 1948, acontecimiento que debió vivir en todas sus consecuencias como jefe de las tropas gobiernistas. Al terminar el fragor de la lucha, derrotados los suyos, tuvo que sufrir algunos meses cárcel, la cárcel que ya había conocido por sus afanes de reivindicación social. Con el apoyo de muchas voces amigas obtuvo la libertad y emigro a México por algún tiempo.

 Finalmente se le hizo justo reconocimiento por su valioso aporte a la narrativa costarricense, al otorgársele el Premio Nacional de Literatura Magón de 1965. Pocos meses después el 7 de mayo de 1966, murió en San José, rodeado del calor de sus muchos amigos y compañeros de lucha, que derramaron sus lágrimas sobre el ataud de aquel hombre, humilde y honesto, que había entregado lo mejor de su vida a luchar por la superación de los oprimidos, que había enriquecido con sus escritos los alcances literarios de su patria y que ahora partía, con su espíritu vigoroso al fin en paz.

LA MEJOR OBRA DE FALLAS

  Lo es, sin duda, Mamita Yunai, que responde a un anhelo de redención, nacional. Refleja la responsabilidad moral y social del autor, su definición clara y valiente contra la servidumbre, contra los hechos insólitos de la explotación extranjera. La critica franca, el vocabulario sin ambages y algunas escenas de la obra un tanto violentas escandalizaron, sin embargo, al lector de pocos alcances y a las mentalidades retrógradas. Los perjuicios y la hipocresía de la época forjaron una acogida fría y despectiva, al punto de negársele, como se dijo categoría literaria en el Concurso de la Mejor Novela Hispanoamericana de 1940, y de haber sido “saboteado” la primera edición por más de veinticuatro años.

 No obstante, gracias al soplo divino de Pablo Neruda, que inmortalizó a Calero en su Canto General (1950), la obra de Fallas alcanzó el merecido privilegio de la universalidad. No otra cosa demuestran las numerosas ediciones que se han hecho de la  misma en diversos idiomas: Rumano (1949); Ruso (1952, 1957, 1962), Búlgaro (1955), Polaco (1953, 1955); Eslovaco (1954); Italiano (1955) Húngaro (1955); Chino (1959); Alemán (1961); Francés (1964); y Estoniano (1965). En Español se han hecho hasta el presente las siguientes ediciones: en Costa Rica (1941, 1966, 1970, 1971,1974); Chile (1949, 1972); Argentina (1955); México (1957) y Cuba(1960, 1961).

 Pese a esta muestra fehaciente de la trascendencia de la obra Fallas, algunos compatriotas quisieron negarle sus méritos En el Editorial del periódico La Nación del 17 de marzo de 1966, por ejemplo, comentando una publicación que días antes habían hecho distinguidos  ciudadanos de todos los credos políticos, a fin de sugerir el nombre de Fallas para otorgarle el Premio Nacional de Literatura se externo el siguiente criterio: “…si las obras del señor Fallas han sido favorecidas más que ninguna de los otros escritores nacionales, con numerosas traducciones en el exterior, sobre en los países comunistas, se debe ante todo a la temática que desarrollan, de fondo social y político más que a los méritos propiamente literarios de las mismas” (El subrayado es nuestro).

 El artículo refleja precisamente la intriga y la mezquindad con que algunos elementos de la prensa y de la crítica nacional lo aludieron muchas veces. Pese a tanta pequeñez, últimamente se ha hecho una justa valoración de su obra. Las nuevas generaciones han comprendido que todas esas criticas obedecían solamente a ciertos intereses de grupo. Han comprendido que Mamita Yunai debe valorarse por sus méritos literarios, ajenos al carácter panfletario que algunos se han empecinado en atribuirle. Se le reconoce ahora, el vigor de la expresión, su hermosa sencillez, la síntesis magistral que logra de la temática hispanoamericana, su significado humano, su vinculación con la experiencia personal del autor y su valor cono representación estética de una plenitud objetiva.

Mamita Yunai es una novela sencilla, ciertamente, en la que el lector no siente la presencia de grandes caracteres humanos ni el embellecimiento expresivo de los modernistas ni los complejos procedimientos formales de la novelística contemporánea. Mamita Yunai no esta hecha, en fin, para impresionar al lector intelectual, que se deleita formulando hipótesis y desentrañando con vanidad los misterios del diseño con que se ha pretendido deslumbrarlo. La obra de Fallas esta planeada para presentar un orden de cosas que urge atender. Consecuentemente, es una novela de tesis, un mensaje que insiste en la necesidad de que los pueblos de América despierten de su enajenación y actúen frente al ultraje foráneo; es una demanda de justicia para la raza indígena, una sátira contra  los gobiernos corruptos.

 El autor vivió en sus carnes la hostilidad del ambiente que denuncia. Y estas vivencias nos llegan dramáticamente y nos llaman a meditar y a asumir una actitud de solidaridad. Sentimos de cerca la degradación de nuestros compatriotas, que es también la desgracia del hombre americano consumidos por el monstruo verde de la selva y de los bananales aliados a la prepotencia del dólar. Asistimos a la rudeza de un ambiente que, siendo nuestro desconocíamos.

 La obra es cruda, a veces más allá de lo que algunos desearían. Y, sin embargo, no pedía ser de otra manera. Es una exigencia de las circunstancias. No obstante, dentro de tanta adversidad, se enmarcan escenas de gran ternura, a manera de contraste, porque los individuos actuantes, más que héroes, son seres humanos ligados a un destino común.

 La despedida de Herminio, por ejemplo, es desgarradora. En nuestra memoria queda, como un eco lejano y doloroso, su “adióos hermaanoo”, perdido en las tinieblas de la noche, oscura como el destino de nuestros compatriotas.

 Y a la voz de los que, como Herminio, no pudieron salir de los bananales quedara viva eternizada, como un testimonio de nuestra realidad histórica, al tiempo que la imagen fantasmagórica de Calero, con su mueca trágica, seguirá arrastrándose por los latifundios de las compañías extranjeras, como un clamar de justicia  para el hombre americano.

 Y mientras existan Caleros y Herminios explotados que será siempre, permanecerá vivo entre nosotros el recuerdo de Fallas como nuestro mejor narrador y como un profeta de redención social.

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Carlos Luis Fallas: El hombre, el escritor y el político

Aguilar, Thais. “Carlos Luis Fallas : el hombre, el escritor y el político”. La Nación. (San José, C.R.), 26 de setiembre, 1984.

Todo comenzó en el Atlántico hace 50 años. Era la primera huelga de un “enclave bananero” de un país latinoamericano, hecho que seis años más tarde sería el tema de la novela Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas Monge, (1909-1966).

“Especial” es el calificativo que se le puede dar a Calufa. Esta característica se desprende de los comentarios que hacen las personas que lo conocieron de cerca.

Su aporte no se reduce únicamente al legado literario que dejó, se mide también en su activa vida política como dirigente del partido comunista y, para quienes fueron sus amigos –e incluso sus enemigos–, su recuerdo perdura por la simpatía y el encanto del buen conversador y el hombre sencillo.

Literario y político.

Muchos críticos y escritores nacionales consideran que Carlos Luis Fallas conjuga notablemente la actividad política con la labor literaria, sin embargo, sólo Mamita Yunai –o A la sombra del banano como él la tituló originalmente– presenta, en una forma realista y directa, la confrontación política y sus consecuencias en una huelga bananera.

El resto de sus obras: Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez, Mi madrina y Tres cuentos, carecen de todo tinte político y se limitan únicamente a recoger la particular forma de vida del pueblo costarricense.

Franco, sincero, desaliñado, conversador y polémico, ese es el recuerdo que se tiene del escritor nacional Carlos Luis Fallas, CALUFA.

Calufa se lanzó a la vida literaria en 1940, con Mamita Yunai, seis años después de haber participado activamente en la huelga. Esta obra ha sido la más leída y traducida de las que escribió.

Mamita Yunai, título sugerido por Carmen Lyra, fue la ampliación de varias crónicas escritas en el periódico comunal Trabajo, sobre una versión electoral que cumplió el autor en Talamanca. Posteriormente, las reunió en una novela que presentó el jurado nacional del concurso literario de la Editorial Farrar and Rinehart, en ese mismo año, en el que participaban los más notables escritores de la época. El jurado rechazó la obra por considerarla un reportaje de tipo periodístico y no una obra literaria.

El resto de sus escritos sigue predominando en lenguaje periodístico y dramático, pero alejado totalmente de su sentimiento político.

Aproximadamente 12 años después de escribir Mi madrina y estando cercana su muerte, Fallas preparaba un libro que dejó inconcluso, titulado Rojo y verde, en el que aparece una serie de crónicas y relatos sobre sus luchas políticas y sindicales y su participación en la guerra civil de 1948.

Pese a sus raíces campesinas y a la escasa educación formal que tuvo de joven, Calufa se propuso, guiado por la escritora Carmen Lyra, adquirir una sólida cultura por medio de libros y afinar su tendencia a la escritura.

Se le recuerda por su extraordinaria capacidad de comunicación y su innegable dote de buen conversador. Práctico y franco, reflejó estas cualidades en su vida y en su literatura. Conoció los vicios, las penurias, la inmoralidad y la nobleza de los hombres sencillos, analfabetos y olvidados del mundo, y supo recoger estos sentimientos para transmitirlos tal cual son. Conoció todo lo humano y aprendió la lección de la vida, como lo comentó el dirigente comunista Manuel Mora en una ocasión.

Nunca se cuidó de las modas literarias, ni buscó trucos ni recursos refinados para impresionar, tenía mucho que contar, mucha experiencia humana que transmitir, y por medio de la conversación no era suficiente.

Hombre de letras, también es recordado por su activa labor como dirigente sindical.

Fallas representa el caso extraordinario de quien, sin proponérselo, hace obra literaria.

Su mayor influencia fue Carmen Lyra, y él mismo aseguraba que ella le enseñó a escribir. La mano de la autora se nota en el estilo muy musical, en la frase rítmica y la ligereza clásica de su obra. Después de Lyra, él ha sido uno de los pocos escritores nacionales que ha podido llevar a las letras la autenticidad del lenguaje popular, rural y urbano del costarricense.

Sencillo pero intelectualmente polémico, le importaba poco su aspecto personal y vivió mucho como un aventurero, por ello conocía muy bien al ser humano.

De todos es conocida su ascendencia campesina. Nació en un barrio de Alajuela y fue criado por un zapatero. Cursó cinco años de escuela y dos en el liceo. Cuando tenía 16 años se fue a vivir a Limón, y allí trabajó como cargador en los muelles para pasar luego a los bananales de la United Fruit Company.

Cuatro años después regresó a Alajuela, y empezó a participar en los movimientos políticos antiimperialistas y obreros de la época.

Intervino en la creación de sindicatos, participó en huelgas y fue encarcelado en varias ocasiones. Fue regidor municipal entre 1940 y 1942, y de 1944 a 1948 fue diputado por el partido comunista. Para la revolución de 1948, participó como jefe de las Fuerzas Armadas del gobierno de Picado.

Cuando enfermó de cáncer en 1965, se le concedió el premio de cultura “Magón” de ese año, y lo compartió con Hernán Peralta; ésta ha sido la única vez que el premio se ha dado compartido. No logró recibir personalmente el galardón, murió en 1966.

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Escritores costarricenses: Carlos Luis Fallas (Calufa)

Carlos Luis Fallas, gran escritor costarricense

Escritores costarricenses: Carlos Luis Fallas (Calufa)”. Diario Extra (San José, Costa Rica), 30 de mayo de 1986, página 5

Autobiografía

Nací el 21 de enero de 1909, en un barrio humilde de Alajuela. Por parte de mi madre soy de extracción campesina. Cuando yo tenía cuatro o cinco años de edad, mi madre contrajo matrimonio con un obrero zapatero, muy pobre, con el que tuvo seis hijas. Me crié, pues en un hogar proletario.

Cursé los cinco años de la escuela primaria y luego dos de la enseñanza secundaria.

Tuve que abandonar los estudios, fui aprendiz en los talleres de un ferrocarril, y a los dieciséis años, me trasladé a la provincia de Limón, en el litoral Atlántico de mi país, feudo de la United Fruit Company, el poderoso trust norteamericano que extiende su imperio bananero a lo largo de todos los países del Caribe. En Puerto Limón trabajé como cargador, en los muelles. Después me interné por las inmensas y sombrías bananeras de la United, en las que por años hice mi vida de peón, de ayudante, de albañil, de dinamitero, de tractorista, etc. Y allí fui ultrajado por los capataces, atacado por las fiebres, vejado en el hospital.

Andaba en los 22 años cuando regresé a Alajuela, para ver morir a mi madre. Entusiasmado por las ideas revolucionarias y anti-imperialistas que por ese entonces comenzaban a agitar al proletariado costarricense ingresé al naciente movimiento obrero y, para poder vivir y luchar en las ciudades, aprendí en tres meses el oficio de zapatero, oficio que ejercí por largos años.

Intervine en la organización de los primeros sindicatos alajuelenses y en la dirección de las primeras huelgas; fui a la cárcel varias veces; resulté herido en un sangriento choque de obreros con la policía, en 1933, y ese mismo año, con el pretexto de un discurso mío, los Tribunales me condenaron a un año de destierro en la costa Atlántica provincia de Limón. Allí, entre otras actividades revolucionarias, intervine en la organización de la gran Huelga Bananera del Atlántico de 1934, que movilizó 15.000 trabajadores y que conmovió profundamente al país entero. Por mi participación en esa huelga fui encarcelado una vez más, me declaré en huelga de hambre, y gracias a la acción del pueblo, recobré mi libertad.

Fui electo por los obreros del Regidor Municipal en 1942 y diputado al Congreso Nacional en 1944.

Me tocó improvisarme jefe militar de los mal armados batallones obreros que derramaron su sangre durante la guerra civil costarricense de 1948. Derrotados por las intrigas imperialistas, y bajo la brutal y sangrienta represión que desataron nuestros enemigos, fui a la cárcel, estuve a punto de ser fusilado y me adobaron en un proceso calumnioso e infamante, pero salvé la vida y recobré la libertad gracias a las protestas del pueblo y a la solidaridad internacional.

En mi vida de militante obrero, obligado muchas veces a hacer actas, redactar informes y a escribir artículos para la prensa obrera, mejoré mi ortografía y poco a poco fui aprendiendo a expresar con más claridad mi pensamiento. Pero, para la labor literaria, a la que soy aficionado, tengo muy mala preparación: no domino siquiera las más elementales reglas gramaticales, del español, que es el único idioma que conozco, ni tengo tiempo ahora para dedicarlo a superar mis deficiencias.

Mi labor literaria es muy escasa, porque la mayor parte de mi tiempo lo dedico a la lucha por la total liberación de mi pequeña patria. En 1940 escribí Mamita Yunai, publicada en Costa Rica en 1941, y que pasó desapercibida por años, hasta que el soplo poderoso del gran poeta Pablo Neruda la echó a correr por el mundo; hasta el momento se ha editado en italiano, ruso, polaco, alemán, checo, eslovaco y rumano y pronto aparecerá también en búlgaro y húngaro, se editó de nuevo en español en Chile en 1949 y en Argentina en 1955, donde actualmente se prepara su reedición.

Y ahora esta edición mexicana que es la definitiva. En 1947 publiqué la novela “Gentes y gentecillas”, en una pécima edición que corregí luego, pero que no he podido volver a editar. Ese mismo año escribí una novela y unos cuentos cortos que me fueron robados y destruidos durante la represión de 1948. En 1952 publiqué aquí “Marcos Ramírez”, libro de aventuras infantiles traducido ya al francés, al alemán y al polaco (actualmente se prepara una nueva edición española, en Argentina). Y en 1954 publiqué aquí “Mi Madrina”, en un tomo que contiene dos novelas cortas y un cuento, y que se tradujo y editó ya en Polonia. Y esto es todo por el momento.

Esta autobiografía fue escrita en 1957, para la edición mexicana de “Mamita Yunai”. Carlos Luis Fallas murió en San José el 7 de mayo de 1966.

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“Gentes y gentecillas” de Calufa

Kasari, Joris. “Gentes y gentecillas” de Calufa”. La Prensa Libre (San José, Costa Rica),  2 de abril de 1977

Uno de los escritores costarricenses que más ha entrado en lo profundo del pueblo tico es Carlos Luis Fallas.

Llamado cariñosamente Calufa, este autor describe con autenticidad, el ambiente costarricense, con la manera de hablar del tico, su humor y su forma de ser.

Aunque la primera vez que se publicó esta obra en 1947, como la segunda novela de Carlos Luis Fallas, lo cierto es que, treinta años* después continúa siendo actual.

Es una novela que se lee y se disfruta, ya que los personajes tienen una vitalidad que se encuentra sólo en los buenos novelistas.

Para el lector, Jerónimo, Soledad, Rodolfo, Ñor Concho, doña Rosita y otros son seres de carne y hueso. Personas a las que podemos encontrarnos en cualquier momento. Son también prototipos de las distintas capas de nuestra sociedad.

Esa sociedad que da el campesino ingenuo así como el pícaro; el funcionario explotador y el trabajador sincero; el obrero que espera los días de pago y la mujer que trabaja para ayudarle a salir adelante con la carga… De todo hay en la novela de Carlos Luis Fallas.

Ningún nombre mejor hubiera podido ponerle que “Gentes y gentecillas”. Porque en sus páginas pulula lo mismo el poderoso que el sencillo; la mujer educada que la muchacha fácil que cree encontrar a la vuelta de la esquina la fortuna o el amor de novela.

Carlos Luis Fallas nació en 1909 en Alajuela y murió en 1966. De origen campesino, se crió al lado de un zapatero remendón. Hizo únicamente dos años de secundaria. Su viaje a Limón, cuando tenía 16 años lo hizo conocer y comprender la lucha del hombre sencillo por ganarse el pan.

En la costa atlántica trabajó en los muelles y en los bananales de la United Fruit Company, por eso, sus descripciones del trabajo, de las luchas de la clase de vida que llevaba el trabajador de las compañías extranjeras, es verídico.

Cuando regresó a Alajuela, a los 22 años, se dedicó a participar en movimientos políticos y obreros, participó en huelgas y en algunas ocasiones su militancia lo llevó a la cárcel. Fue miembro importante del Partido Comunista y elegido para cargos de elección popular como munícipe y diputado más tarde. Sin embargo, su militancia política no le apartó de la literatura, sino que le sirvió de base para sus temas y sus personajes.

Escribió “Mamita Yunai”, publicada en 1941. “Gentes y gentecillas”, editada en 1947 y luego con el sello de la Editorial Costa Rica en 1975. “Marcos Ramírez, Aventuras de un muchacho”, “Mi madrina” y “Tres cuentos”.

Su colaboración en periódicos y revistas de la época también fue copiosa.

Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y es uno de los escritores latinoamericanos de mayor valor literario y social. Vale la pena volver a leer los libros de Carlos Luis Fallas.

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Gentes y gentecillas

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Con una pizca de humor y otro tanto de tragedia, Gentes y Gentecillas narra las duras condiciones de vida de los trabajadores en una hacienda cafetalera a principios del siglo pasado en Pejibaye de Turrialba, y en los fatídicos socavones de los montes de Milla 48. Jerónimo, joven y honesto trabajador; la bella Soledad, inspiradora de amores secretos; la insidiosa doña Rosita; y Rosendo, el hipócrita capataz, son algunos de los personajes con los que la pluma de Fallas recrea con magistral autenticidad este pequeño mundo de gente modesta, sin más posesión que su fuerza de trabajo, el recuerdo de una vida mejor y la esperanza de escapar de la explotación a que parecen estar condenados.

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