Príncipe de la arena, el viento y las estrellas

Roberto Herrscher. “Príncipe de la arena, el viento y las estrellas”. La Nación.  Áncora (San José, Costa Rica), 9 de julio de 2000, p. 1

Hace cien años nació Antoine de Saint- Exupéry, el mítico autor de El Principio, uno de los libros más populares de la literatura universal.

Antoine de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry

El Principito es uno de los tres libros más leídos del mundo. Desde su primera edición en 1943, ha sido traducido a 102 idiomas y cada año se vende un millón de ejemplares. El aviador y novelista francés Antoine de Saint- Exupéry, su autor, hubiera cumplido 100 años el pasado 29 de junio. Pero murió a los 44, peleando contra los nazis que habían invadido su tierra. El 31 de julio de 1944 su avión de guerra cayó al Mediterráneo y su cuerpo nunca fue encontrado. El año pasado unos buzos hallaron una pulsera que seguramente era suya. El resto se lo debe haber llevado al Asteride B-612, que para millones de agradecidos lectores será por siempre el planeta del Principito… y de lo que nos queda de niños.

Algunos libros autobiográficos tienen el valor de la experiencia. Fueron escritos por hombres y mujeres de acción, que vivieron vidas plenas, viajaron, sufrieron y conocieron a gente fascinante. Después pensaron que sus aventuras merecían ser contadas.

Otros autores siguieron el camino inverso.

Siempre soñaron con llenar el universo de letras, y para poder hacerlo salieron al mundo a buscar el contenido de sus futuros libros. Vivir para contarlo.

El mundo necesita héroes

 Antoine de Saint-Exupéry es el único escritor que conozca para quien la vida y su relato son la misma cosa. Esa es la maravilla de Correo sur, de Vuelo nocturno,  de Tierra de hombres, de Piloto de guerra.  Todas son historias de aviadores-filósofos que viven su oficio como una metáfora que no necesita ser desentrañada. El vuelo en esos aparatos rudimentarios e inestables de los años veintes es el viaje azaroso y mágico por la vida, y el peligro mortal del piloto es el precio que hay que pagar para poder ver en toda su maravilla el mundo de los hombres, las ciudades y los campos que pasan, los pequeños fuegos que iluminan el mar de soledades en la noche.

“Habitamos un planeta errante,” escribe Saint- Exupéry en Tierra de hombres. “De vez en cuando, gracias al avión, nos muestra sus orígenes.”

Esta no es una idea que piensa el escrito cuando ya se bajó del biplano y el viento ya no aturde sus oídos. Tampoco es una noción previa que fue a comprobar en el cielo. Yo siento que Saint- Exupéry nos habla desde su cabina de piloto, mientras controla la altura y la presión y se le congelan las manos sobre el volante. Lo que vive lo va escribiendo para nosotros.

“Las colinas, bajo el avión, ya abrían surco de sombra en el oro de la tarde. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inútil: en este país no terminan nunca de entregar todo su oro, así como después del invierno no terminan de renunciar a su nieve.” Así comienza Vuelo nocturno. Un piloto, que se llama Fabien y es todos los pilotos, debe llevar el correo desde Buenos Aire hasta la Patagonia. Su esposa lo espera, pero sabe que el mundo de Fabien está entre las estrellas y las tenues luces de la costa, que le marcan el camino. Su jefe, el inflexible Rivierè, el duro, el fuerte, jamás podrá confesar. Ninguno de los personajes se pone a pensar si las mentiras y frivolidades que contienen las cartas que transportan los aviones valen la vida de estos héroes, y los de Saint- Exupéry lo son de una pieza. Miran el mundo con lucidez y melancolía, pero nunca dudan.

Aviador

Saint- Ex, como lo llamaban sus amigos, fue desde la infancia una criatura de acción, que buscó infructuosamente su vocación en la marina, en el dibujo y en la milicia. Hasta que la encontró en la libertad del cielo. Y desde que piloteó su primer avión en diciembre de 1921, las estancias en la tierra se le hacían interminables. No veía la hora de volver a volar.

Este es el avión prototipo que piloteaba Saint-Exypéry, reconstruido en Buenos Aires, Argentina, para celebrar el centenario del escritor

Pero también fue un hombre tímido, reflexivo, melancólico, que buscó siempre en la aviación mucho más que el vértigo de la aventura. “No puedes imaginar la calma y la soledad que uno siente a 4000 metros de altura, solo con el motor,” le escribe a su madre en 1923.

Antoine de Saint- Exupéry nació en Lyon. Su padre pertenecía a una antigua familia noble empobrecida, y murió cuando Antoine tenía 4 años. Desde entonces el escritor mantuvo una relación muy fuerte con su madre. Las constantes cartas que le escribe, llenas de dudas sobre su capacidad y temores sobre el futuro, recuerdan mucho a las del joven García Lorca o las del poeta inglés de la Primera Guerra Mundial Wilfred Owen. “Por las noches me siento un poco triste… No tengo perspectivas. Necesito ocuparme con algo que me guste, “le escribe a su madre desde Estrasburgo, donde sufre su servicio militar a los 20 años.

Pero descubre los aviones y ya nunca dudará.

Otra vez a su madre: “¡Sí solo supieras cuán irresistible es mi deseo de volar! De no lograrlo, sería muy infeliz… pero lo lograré.” Casi se mata en las prácticas para obtener la licencia, y un grave accidente lo obliga a buscar trabajo de oficinista. Pero esa vida no es para él, y en 1926 comienza a hacer el vuelo, recién inaugurado, Toulouse-Dakar. Su jefe es el mítico Didier Daurat, el modelo para el Rivière de Vuelo nocturo.

Cuando Daurat le toma confianza, lo envía a una misión terrible: mantener abierto el tráfico aéreo por encima de las fuerzas árabes rebeldes entre Dakar y Casablanca. Saint- Ex pasó 18 meses en Cabo Juby, en medio del desierto. Cuando le dieron la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, se citó su “extrema sangre fría y sus excepcional sentido del sacrificio”.

De 1929 a 1931 abre, con veteranos del desierto como Mermoz y Guillaumet, la ruta de la Patagonia. Vive en Buenos Aires y la odia, como a todas las ciudades. “No comprendo el gentío de los trenes de cercanías, esos hombres que se creen hombres y que, sin embargo,  por una presión de la que no son consientes, están reducidos, como las hormigas, a ser solo usados. ¿Con qué llenan, cuando están libres, sus pobres domingos absurdos?”, escribe en Tierra de hombres.

Lo que ama es el desierto: “Yo conozco la soledad. Tres años en el desierto me han enseñado cómo sabe. Allí no da miedo dejarse la juventud en una tierra mineral. Lo que parece envejecer, lejos de uno, es el resto del mundo. Los árboles ya han dado sus frutos, las tierras se han cubierto de trigo, las mujeres ya no son hermosas… La estación avanza, pero uno se encuentra retenido muy lejos… y los bienes de la tierra resbalan entre los dedos como la fina arena de las dunas”. Para ese entonces, como una natural continuación de sus vuelos, se había convertido en escritor.

 Escritor

El primer relato de Saint- Exupéry se llama, cómo no, El piloto. Aparece en una revista literaria en 1926, y cuenta la historia de un aviador que, como Antoine, sufre depresiones cuando baja del cielo. Correo del sur, de 1929, es su primera novela y se ubica en los escenarios africanos que tan bien conoce. André Gide, el novelista más prestigioso de la época, escribe un comentario elogioso y acepta prologar su siguiente libro, Vuelo nocturno, que aparece en 1931. Para ese entonces, la compañía que llevaba el correo entre Europa y Sudamérica, por la que arriesgaron tantas veces la vida los pioneros de la aviación, ya había quebrado, dejando a todos en la calle.

De vuelta en Francia, Saint-Ex intenta sin éxito ser piloto de pruebas, patenta inventos aeronáuticos y trata de batir el récord en el vuelo París-Saigón. Ya se sentía escritor de pleno derecho, y prueba su mano como periodista. Viaja por todo el mundo, y cubre para el periódico El Intransigente la guerra civil española.

Antes, en 1935, sufre un terrible accidente en el desierto con dos compañeros. Pasan cinco días casi muertos de sed y finalmente los rescata un beduino. Al revivir el momento del encuentro, cuando todo parecía perdido, traza también las líneas de su credo, un humanismo lírico:

“En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, le borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré más de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. No nos has visto nunca y ya nos has reconocido.

Y a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres… Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan  hacia mí, y yo no tengo ya un solo enemigo en el mundo”.

Guerrero

Pero sí tiene enemigos. La Alemania nazi  invade su país, y Saint- Exupéry, ya pasados los cuarenta y maltrecho por tanto accidente, mueve influencias y conexiones para que los Aliados le permitan hacer vuelos de reconocimiento en territorio enemigo. No será él un intelectual que pelee solo con la pluma.

Un año antes del comienzo de las hostilidades había sufrido su peor accidente aéreo. Intentando batir el récord de vuelo desde Nueva York a Tierra del Fuego, su avión sufre un desperfecto al levantar vuelo en el aeropuerto de Ciudad de Guatemala.  Se fractura el cráneo y se destroza un hombro. Durante la lenta recuperación escribe Tierra de hombres,  que gana el Grand Prix de la Academia Francesa y el National Book Award de Estados Unidos.

Con el comienzo de la guerra, exiliado en Estados Unidos y esperando ser admitido entre los combatientes, escribe sin parar. Publica Piloto de guerra, un alegato por la liberación de su país, en 1942, y un año después,  Carta a un rehén, una carta en la que urge a su amigo León Werth, escritor judío francés retenido en territorio ocupado, a no perder la esperanza. En medio de los odios de la guerra, promueve la comprensión y la tolerancia: “La verdad de ayer está muerta; la de hoy, aún por edificar… cada uno de nosotros posee una parcela de la verdad.”

Pero la comprensión de todos los hombres no aparta a Saint- Ex de su misión. Logra que lo admitan como piloto de guerra, y parte para Córcega con la Fuerza Aérea norteamericana, con la que cumpliría peligrosas misiones sobre territorio enemigo.

La última fue el 31 de julio de 1944. Partió a las 8:45 de la mañana desde Cerdeña para fotografiar las zonas ocupadas de Grenoble y Annecy. A la una  y media, cuando le quedaba solo una hora de gasolina, aún no había vuelto. A las dos y media, sus compañeros sospecharon lo peor. Nunca se encontró su cuerpo.

En su habitación, hallaron una carta escrita poco antes, hoy publicada como Carta al General X. “Si llego a salir con vida de este trabajo ingrato pero necesario, me queda solo una pregunta: ¿qué debe decirle uno a la humanidad?”

Tres semanas antes de partir había publicado, en traducción al inglés, un libro totalmente atípico en su obra. Era una fábula “para niños” y estaba dedicada a su amigo León Werth, quien como explica a los niños en su dedicatoria  “es el mejor amigo que tengo en el mundo” y “vive en Francia, donde tiene hambre y frío”. Como pidiéndoles perdón, corrige su dedicatoria: “A León Werth, cuando era niño.”

Como sabemos gracias  a él,  todas las personas mayores, antes  que nada fueron niños, aún cuando muy pocas lo recuerden.

Fabulador

Es el invierno de 1942, en plena guerra. Debió ocurrir de noche, en un tranquilo restaurante de Nueva York. La editora norteamericana Curtice Hitchcock nota que el autor francés con el que está comiendo no le presta atención. Mientras  ella habla, él dibuja. Es el perfil de un niño. Siempre está  dibujando niños, dicen sus amigos.

“¿Qué dibujas?”,  le pregunta. “Nada,” dice él. “ Es el niño que hay en mi corazón.”

 Casi sin pensarlo, Curtice Hitchcock le sugiere: “¿Por qué no escribes la historia de este niño en un libro infantil?”

Nunca había escrito un libro infantil.

Nunca más volvería a hacerlo. Pero el libro que salió a la luz en Nueva York  en abril de 1943 pronto se convirtió en el  libro para niños más famoso del mundo.

 Es, por supuesto, El Principito.

 “En  toda la producción literaria de Saint-Exupéry nada hace imaginar un libro como este,” dice su biógrafa Joelle Eyheramonno. “A primera vista parece un libro  inusual que no tiene relación con sus libros anteriores. Toma la forma de un cuento poético en el que los animales (y las plantas) hablan… Para algunos, era impensable que un hombre de acción, un héroe, se despachara de improviso con un libro para niños. Otros lo tomaron como algo incomprensible, hasta poco serio, digno de ser rechazado y hasta condenado. Por eso, cuando se publicó El Principito tuvo una fría recepción del publicó”

La historia es bien conocida: el autor, un piloto cuyo avión se avería en el Sahara y sufre hambre y sed en el desierto, se encuentra con un niño rubio y triste que viene de un minúsculos planeta donde dejó tres volcanes y una rosa. En su deseo de conocer el universo, el Principito viaja a varios planetas, donde encuentra  un rey patético, un farolero burocrático, un borracho triste, un geógrafo ignorante y un frío hombre de negocios que cree poseer estrellas porque  las tiene anotadas en un papelito. Es un viaje a las miserias y arrogancias de los hombres, un viaje como  los que 200 años antes el irlandés Jonathan Swift imaginara para su Gulliver.

Al llegar al último planeta de su recorrido, la Tierra, el Principito se desencanta porque encuentra miles de flores como la suya. Pero un zorro, que le pide que lo domestique, le da el secreto de la verdadera amistad: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace  que tu rosa sea tan importante.” En los libros para adultos que escribe en ese tiempo, Saint- Exupéry reflexiona con amargura sobre la pérdida de sus amigos. Todos sus compañeros de los gloriosos días de Dakar y de la Patagonia como Mermoz y Guillaumet, están muertos.  Y su último  amigo vivo, León Werth, tiene hambre y corre peligro.

 En medio de la guerra y la destrucción, el zorro le dice al Principito: “ Solo se ve con el corazón. Lo esencial  es invisible a los ojos.”

Hoy, en el centenario del nacimiento de este hombre extraordinario, lo leen los niños del mundo en 102 idiomas.

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El Principito, una novela de amor tormentoso

Bermúdez, Manuel.  “El Principito, una novela de amor tormentoso”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 3 de marzo de 2002, p. 4

La bella historia de El Principito, que en sus casi 60 años ha cautivado y sigue cautivando a miles de personas en el mundo, en realidad responde a la inspiración de un hombre extremadamente sensible, sumido en un amor que nunca pudo administrar al que la misma obra hace referencia al decir en palabras del Principito: “Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

El conde de Saint-Exupéry era un hombre de temperamento fuerte, algo depresivo, amante de la aventura, arrebatado por el amor que sentía por una mujer enigmática, paradójicamente llamada Consuelo.

Poco se sabe y se habla de esta mujer menuda, de sonrisa fácil y mirada profunda. Poco se sabe de la salvadoreña Consuelo Suncín Sandoval con respecto al gran escritor Antoine de Saint-Exupéry, pero ella fue su esposa, su viuda, su rosa.

Una fuerte polémica se desató entre los estudiosos de la vida y obra del escritor, hace un par de años, cuando se dio a conocer el libro Memorias de la rosa, escrito por esta mujer y el cual deja ver aspectos de la vida del autor que hasta entonces la leyenda había ocultado. El debate recuerda al de la relación entre Frida Khalo y Diego Rivera, donde las similitudes físicas y la prominencia de los protagonistas provocan la analogía.

¿Por qué la mujer que Saint-Exupéry amó hasta el último de sus días prácticamente no aparece en las biografías y homenajes que se le rindieron con motivo del centenario de su natalicio hace dos años?

Niña desamparada y sensual

En los convulsos años veintes del siglo pasado, esta muchacha salvadoreña nacida en Armenia, Sonsonate en 1901, estudiaba artes en París. Era la joven viuda de un millonario mexicano y se hablaba de ella como una mujer liberal sexualmente, que cautivaba a los hombres como una emulación de la Naná de Emilio Zola.

En 1926 se casó con uno de los intelectuales más reconocidos de Latinoamérica, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Él le duplicaba la edad y era amigo personal de grandes personajes como Oscar Wilde o la célebre Mata Hari, con quien algunas personas quisieron comparar más adelante a la bella Consuelo.

Desbordada por la eminente figura que le ofrece su amor, Consuelo Suncín inicia una vida intensa, lejos de la hacienda cafetalera de su padre, donde había crecido viendo estrellas y abrigada por los rumores del campo, para entrar en el vertiginoso París de los veintes. Los esposos Gómez Carrillo fijan su residencia en Francia y ahí Consuelo se relaciona con los más renombrados del momento como Gabrielle D’Anunzio, Jean Moreas, Maeterlinck o Alfonso Reyes.

Sin embargo, la vida de gran pompa y de agitado ejercicio intelectual se derrumbó súbitamente, al fallecer Enrique Gómez Carrillo y ella viuda por segunda vez.

Espíritus desafiantes

En 1930, invitada por el presidente Hipólito Yrigoyen de Argentina, durante una recepción, el escritor Benjamin Crémieux insiste en presentarle a una figura predilecta de los amigos, un hombre enorme, de actitud hosca pero directa, precedido por una gran leyenda de aventurero y gran conversador, a quien todos hacían rueda para escuchar sus anécdotas. Apenas tenía 30 años, pero se jactaba de conocer rincones y personas en todos los puntos del planeta, de desafiar mares, desiertos, montañas, selvas y tormentas. La identificación con la figura legendaria de su contemporáneo Ernest Hemingway es inmediata.

El personaje era Antoine de Saint-Exupéry, y el amor que nace esa noche es tan intenso que merece un sitio especial entre las grandes pasiones de la historia.

Consuelo Suncín era una mujer cargada de talento, pintaba, esculpía y escribía. Tenía un temperamento desafiante, que conmovía al mundo intelectual y machista en que se desenvolvía. No tenía reparos en decir lo que sentía y lejos de causar animadversión, generaba grandes simpatías en quienes la rodeaban, con su espíritu intrépido, liberal. Era una mezcla de niña desamparada y exótica sensualidad. Tenía 29 años.

Esa noche cuando Saint-Exypéry la conoció, el hombre mujeriego y aventurero sintió que ella era el amor de su vida y no querría a ninguna otra. Consuelo era frágil y a la vez inasible. Lo retaba con su candidez y su libertad. Inician un romance intenso, cargado de literatura, de cartas muy largas donde la pluma del gran escritor está dedicada a colmar de amor a su musa. Antoine le pide que se casen, la única forma en que pensaba que su alma inquieta podía domarse y permanecer en tierra. Se casaron el 12 de abril de 1931 en Agay, a su regreso a Francia.

El niño y su rosa

En la legendaria figura de Saint-Exupéry, afamado escritor de gran sensibilidad y humanismo, héroe de guerra y piloto arrojado, su esposa es totalmente invisibilizada. Los amigos del mundo intelectual donde destacan figuras como Dalí, Picasso, Miró, André Gide, Max Ernst, sin embargo, muchos veían en Consuelo a una joven inestable y caprichosa.

Pocos podían comprender el amor que unía a esta curiosa pareja que siempre hablaba del amor más grande, de tener hijos y un hogar para recibir a los amigos, pero que aplicaban a la vez una especie de desencuentro constante, plagado de infidelidades y de cambios permanentes de residencia.

La explicación de esta convulsa relación puede hallarse de alguna manera en el temperamento extremadamente sensible del escritor y la personalidad liberal y desafiante de Consuelo. La figura mitificada del autor de El Principito impide la comprensión de un amor tan tormentoso e intenso.

Pero su vida de pareja es muy distinta a la del hombre correcto y sensible. Es su El Principito, que se publica el 6 de abril de 1943, donde deja ver los rasgos de ese conflicto. La incomunicación que separa al niño y su rosa, impulsa al protagonista a viajar por distintos planetas en busca de una explicación para el amor que siente.

El Principito es un reflejo directo de la relación con su esposa, a quien le pide una comprensión que ni siquiera él tiene consigo mismo. Su rosa, de la que reclama que se entregue sin defensa alguna, sufre su abandono, su distancia. “Sabes que tengo que irme” era la expresión que Consuelo escuchaba siempre. cuando empezaba a sentir alguna estabilidad en su relación.

“Soy una mujer acostumbrada a la espera”, dice Consuelo en sus memorias. La espera y la distancia, las dos tristes murallas que separaban al Principito de su rosa amada. Solo el abandono del cuerpo podría volver a unirlos. El 31 de julio de 1944, en una misión de observación con la Fuerza Aérea donde era comandante durante la guerra, su avión se estrelló y jamás fue encontrado. La espera había terminado para una rosa en el asteroide B 612.

Consuelo Suncín

La rosa, en su soledad se sumergió en un duelo largo, marcado por una vida dolorida y constantes depresiones, que llegó a su fin en 1979, cuando ella murió en Grasse, Francia. Sin embargo, jamás reveló los pormenores de la vida tormentosa que fue su historia de amor junto a Antoine. No fue sino hasta el centenario del natalicio del escritor, cuando sus familiares reabrieron los documentos y dieron a conocer el diario “Memorias de la rosa”, fechado en 1946. En ellas se revela mucho la influencia y esencial presencia de Consuelo en la vida y obra de Antoine de Saint-Exupéry. Otras obras que hablan sobre este amor trágico e intenso son “Consuelo de Saint-Exupéry: La rosa del Principito”, de Paul Webster y “Saint-Exupéry oh! Consuelo”, de Alain Vircondelet.

“¡No supe entonces entender nada! Hubiera debido juzgarla por sus acciones y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡Nunca debí huir! Hubiera adivinado de su ternura detrás de sus pobres trampas. ¡Las flores son tan contradictorias! ¡Pero yo era demasiado joven para saberla amar!…”    De “El Principito”

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El Principito reina

AP. París. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 24 de diciembre de 1999, p. 14

La obra de Saint-Exupery fue proclamada como  el libro del siglo.

El Principito, una deliciosa fábula de idealismo e inocencia de Antoine de Saint-Exupéry, fue proclamado por votación el libro del siglo, en una encuesta entre el público francés que publicó el diario Le Parisien.

Antoine de Saint-Exupery, un piloto que nos abrió el reino del corazón  con El Principito.

El libro conquistó los votos del 45 por cientos de los consultados, con una considerable ventaja sobre El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, que obtuvo el 23 por ciento.

En una tercera posición El gran Meaulnes, de Alain Fournier, con un 20 por ciento.

Saint-Exupéry es una figura legendaria en Francia, ya que su trágico destino y su legado literario lo elevaron al rango de uno de los autores más populares.

Desapareció piloteando su avión el 31 de julio de 1944 cerca de la costa francesa, luego de haber despegado de Córcega, en una misión aliada contra los nazis.

Las reiteradas búsquedas que se hicieron cerca de Niza no lograron encontrar su Lockheed P-38, y las teorías relativas a la desaparición del piloto, de 44 años, incluyen fuego enemigo, problemas mecánicos y aun suicidio.

El Principito, una fábula que evoca esperanza universal, fue escrita en 1943 durante plena guerra mundial, se popularizó en todo el mundo y fue traducido a 84 idiomas.

Otros libros destacados por estudio de opinión fueron El extranjero, de Albert Camus, y En busca del tiempo perdido, la obra monumental de Marcel Proust.

Camus, que nació en 1913 en Argelia, ganó el Premio Nobel de literatura en 1957 y murió tres años después en un accidente automovilístico.

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La encuesta, de la agencia especializada CSA, basó sus conclusiones en las respuestas de 1,016 personas.

El Principito

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Antoine de Saint Exupéry, (1900- 1944), un activista comprometido en las guerras del siglo XX que, no obstante su presencia en los frentes de combate y de aventuras, supo escanciar en su prosa lo verdaderamente sólido y perdurable de la existencia. El Principito resulta ser, más que un cuento para niños, una historia para adultos alrededor del aprendizaje y la sabiduría. Frente a lo monetario, lo banal, lo frívolo de la vida cotidiana, Saint-Exupéry reivindica lo íntimo, lo sentimental, lo incontable, lo intangible. Un extraño príncipe de un asteroide quien, para romper su soledad, viaja por planetas minúsculos en busca de un amigo y va ironizando a su paso los estereotipos adultos del vanidoso, el borracho, el potentado, el comerciante, etc., es la sencilla fórmula que el autor utiliza para resaltar la amistad, el amor, la franqueza como sus valores más preciados, todos los cuales concurren para él en la figura de un niño.

El cuento fue ideado por Saint- Exupéry en 1935, cuando su avión cayó en el Sahara español y deambuló cinco días víctima de hambre, sed y espejismos hasta que fue rescatado por unos beduínos; pero solo se publicó en plena guerra mundial, en 1943, cuando su autor estaba exiliado en Nueva York, quizás evocando a sus grandes amigos muertos en combate o víctimas de la ocupación nazi, como el periodista León Werth a quien, pleno de emotividad, le dedica el libro. Casado con la salvadoreña Consuelo Suncín, Antoine es el autor de todas las ilustraciones que acompañan esta edición y era una celebridad mundial cuando, el 31 de julio de 1944, su avión desapareció sobre el mar Mediterráneo.

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