Primero fue Marcos

Ordóñez, Jaime. “Primero fue Marcos”. La Nación. Opinión (San José, Costa Rica), 1 de mayo de 2003

 *La falacia de la literatura pura

Primero fue Marcos Ramírez, de Carlos Luis Fallas (quizás la mejor novela escrita en Costa Rica), excluida hace unos años del Programa del MEP por razones aún inentendibles. Se alegó en su día que ese logradísimo Lazarillo de Tormes o Huckelberry Finn a la tica, era muy antiguo y ajeno al actual contexto costarricense. Como si la Ilíada o El Fausto no fueran aún más lejanas y, no por ello, ¡absolutamente vigentes e importantes! Ahora le toca el turno a una de la obras más puras de la literatura costarricense: Cocorí. La razón esta vez es otra: supuestos elementos discriminadores en la obra que atentan contra la equidad o la igualdad étnica. Con todo respeto, en ambos casos ha existido un error de apreciación del MEP y de sus comisiones asesoras. Y, además, con peligrosas consecuencias.

Toda literatura es ideológica y, como tal, tiene una concepción decantada del mundo, en una u otra dirección. Tiene prejuicios, puntos de vista discutibles, incluso violentamente polémicos y justo en eso reside su riqueza. Una obra neutra no es literatura, como apunta aguda y certeramente el escritor y abogado Vérnor Muñoz en su texto Lo terrible de la hoja en blanco, difundido por Internet durante las últimas semanas. Un currículum educativo sobre literatura debe tener buena literatura –que nunca es aséptica– y punto. Todo gran arte incluye la compleja gama de lo humano, sus prejuicios, pasiones e, inclusive, desatinos. La clave del sistema educativo (y de los buenos profesores) es que los adolescentes la entiendan en su contexto, de la biografía de su autor, del complejo y terrible nudo humano que se revela en el arte.

Las principales obras literarias de nuestra civilización han sido profundamente ideológicas, controvertidas y arrastran, casi siempre, una visión enfrentativa del mundo. Siguiendo la misma pauta usada por el MEP, muchas deberían ser alejadas de los ojos de nuestros estudiantes.

Argumento llevado al absurdo. Habría que prohibir Eurípides, por promover el homicidio de una hija (en Ifigenia) y también por instar al parricidio y a ser amante de la madre (Electra). A Sófocles y Esquilo les iría parecido. Tendríamos que prohibir a Aristófanes, por declarar la guerra de sexos y atacar al orden político establecido. Habría que sacar al Mío Cid, por racista, toda vez de su persecución contra los moros, y también al Quijote, obra de Cervantes claramente antisemita. Habría que prohibir las dos Odiseas –la de Homero y el Ulises de Joyce– porque en ambas el papel de la mujer es de sumisa espera, y eso podría promover el machismo. Habría que mandar al sótano a Hemingway, a Henry Miller y a Julio Cortázar, porque tanto Por quién doblan las campanas, ambos Trópicos y la Rayuela, no favorecen el papel de igualdad de la mujer, todo lo contrario. Habría que prohibir Muerte en Venecia, de Thomas Man, porque promueve el homosexualismo. También habría que mandar al sótano a García Márquez, pues el coronel Aureliano Buendía tuvo cerca de 80 hijos en el largo mundo, de muchas mujeres, la mayoría no reconocidos, y eso promueve la promiscuidad sexual y la irresponsabilidad.

La lista es de nunca acabar, como imaginará el lector. Graham Greene debería ser erradicado, pues El poder y la gloria narra la historia de un sacerdote que sucumbe a los pecados de la carne. Habría que enviar al ostracismo a muchos Nobel. A Camus, pues en El Extranjero no solo muestra la insensibilidad del protagonista ante la muerte de su madre, sino, además, abjura ante el crucifijo y el sacerdote. (A Camus, más bien habría que mandarlo al paredón, pues también promueve el suicidio el Hombre rebelde). A Sartre también, pues A puerta cerrada constituye un catálogo de todas las razones de la autodestrucción humana. A Becket, por hacer una apología de la soledad como condición connatural de nuestra especie.

Casi toda gran obra literaria puede ser acusada de un ismo, de una desviación, de una particular ideología del mundo y de los seres que lo llenan. Y en eso constituye su gran riqueza. Apostar a una literatura que no “transgreda ningún valor” es apostar a la mediocridad. Las decisiones del Ministerio de Educación Pública en esta materia son sumamente preocupantes y, aparte de pauperizar nuestro currículum, pueden abrir una senda peligrosa en las relaciones que deben existir entre libertad y educación.

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Cocorí regresa a las aulas

Zúñiga Ureña, Lucrecia.”Cocorí regresa a las aulas“. La Prensa Libre (San José, Costa Rica), 31 de enero de 2004

 Las discusiones de diferentes personas opacaron el conocimiento de una cultura en donde las pozas, la playa y la selva caribeña, eran el tema principal.

Los criterios expuestos por quienes alegaron, de forma contundente que “Cocorí” transmitía símbolos racistas, hicieron que el ministerio de Educación Pública (MEP) suspendiera la lectura de esta obra, de escritor nacional Joaquín Gutiérrez (q.d.D.g.) mientras la sometía a una investigación de profundidad.

Es su momento, la Defensoría de los Habitantes, intercedió a favor de “Cocorí”, y recomendó la utilización de la lectura, por ser una narración meramente nacionalista.

Ahora, ya la investigación finalizó y aquellos padres de familia que lamentan el hecho de que sus hijos no tuvieran la oportunidad de conocer las costumbres de la Región Atlántica, a través de las narraciones de famoso escritor Joaquín Gutiérrez, pueden estar tranquilos, pues el MEP reinsertó la lectura en las aulas escolares.

“Mediante la investigación que efectuamos, corroboramos y afirmamos que el contenido de la lectura no tiene nada de racista”, manifestó el Viceministro Académico, Wilfrido Blanco.

Blanco detalló además, que el libro “Cocorí” –como otros textos de primaria- no es obligatorio, pero sí recomendado por el Consejo Superior de Educación para estudiantes del II ciclo de la Educación General Básica.

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El limbo de los cuentos incorrectos

Cortés, Carlos. “El limbo de los cuentos incorrectos”. La Nación. Revista Dominical (San José, Costa Rica), 15 de junio de 2003

Cocorí solo disfrutó de un instante para despedirse de Mamá Drusila con una sonrisa. Cuando abrió de nuevo sus grandes y hermosos y acuosos ojos aterciopelados, el decorado de la selva tropical se había transformado en un espejismo y se enfrentaba a un paisaje sin formas visibles. ¿Había sido castigado? Cuando la escena volvió a iluminarse y descubrió los gigantescos cartelones con unos dedos desproporcionados que lo señalaban, y la leyenda: “¡Denuncie a los cuentos incorrectos! ¡Salve a nuestros niños y niñas de la perversión!”, supo que estaba en la Tierra de la Igualdad.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. En el último y temible capítulo del Manual del perfecto personaje literario de los cuentos infantiles había leído la terrible verdad, aunque nunca pensó que sufriría las consecuencias: los personajes de las historias que eran consideradas como políticamente incorrectas perdían el derecho de seguir siendo contados y eran condenados a una vieja historia de la literatura sin reeditar, en una polvosa biblioteca pública, salvo que aceptaran someterse a un proceso de autocrítica, delación contra sus autores, reeducación y libertad bajo palabra. Los casos perdidos iban al molino de papel.

Cocorí trató de llorar, pero no pudo. Recordó lo que le habían contado una vez: a Pinocho, después de varios años en un correccional, lo pusieron frente a un panel de vidrio. Del otro lado desfilaron varios escritores con las manos amarradas y cara de pocos amigos. “¿Cuál es Collodi?”, oyó que le gritaron desde un altoparlante. “No, no lo haré”, pataleó Pinocho por un rato hasta que se le quebró una pata de plywood y el dolor lo obligó a acusar a su creador. Confesó delante de la asamblea de los personajes incorrectos en vías de regeneración que el perverso escritor lo había obligado a beber sustancias prohibidas en una escena tenebrosa. Después le llevaron un retrato de Collodi para que bailara sobre él, lo rompiera y lo arrojara al fuego. Fue perdonado, pero obligado a recibir atención psicológica para resolver la ausencia de figura paterna.

Cocorí se introdujo en la larga fila de personajes sin cuento. Necesitaba ardientemente que alguien lo contara. Los personajes incorrectos tenían apenas algunas horas, antes de que empezara su proceso judicial, para encontrar alojamiento en un argumento breve, sino vivirían a la intemperie, expuestos a que cualquiera los plagiara, o, peor aún, disvariarían por caminos inciertos hasta el olvido.

Llenó la solicitud y se presentó ante el encargado. “En la oficina de los Estudios Disney siempre sobra brete, pero la paga es mala”, le dijeron. Cocorí negó con la cabeza: “Esos maes son capaces de calquier cosa”, se dijo. Sabía que habían falsificado un certificado de matrimonio entre Mickey y Minnie para cubrir las apariencias. Después de años de litigio y millones de dólares, habían demostrado que Hugo, Paco y Luis eran sobrinos del Pato Donald y que no había nada pecaminoso en que el tipo fuera soltero y sin compromiso. No, ese no era su mundo.

–Hay una posibilidad en el Bosque de los 100 Acres. Descubrimos que ese gordo, Winnie Pooh, rechaza el ejercicio sano, tiene una obsesión enfermiza con la miel y su autor se basó en un oso en cautiverio como modelo. Decidimos expulsarlo mientras investigamos–, gruñó el inspector.

“¿Qué voy a hacer?”, se dijo Cocorí, mientras caminaba saltando los charcos.

La Tierra de la Igualdad resplandecía de actividad: Caperucita Roja recibía clases de defensa personal, usaba una pistolita de gas mostaza contra potenciales agresores y lo aprendía todo sobre el acoso sexual. Sobre un largo diván, Peter Pan se deshacía en explicaciones de por qué no quería crecer. En el cuarto del fondo, El Principito negaba con la cabeza que hubiera intentado suicidarse y Blancanieves y los Siete Seres Humanos de 1,40 metros o Menos de Estatura (el nuevo título del cuento) prometían portarse bien.

Cocorí se detuvo a consolar a Tío Conejo –acusado de crueldad con otros animales– quien sufría de una depresión y no tenía dinero para su Prozac diaria. Le habían pedido que en las futuras ediciones de Los cuentos de mi tía Panchita figurara la advertencia: “En este cuento no experimentamos con animales vivos. Cualquier relación con la ficción es pura coincidencia”.

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El papá de Cocorí

Ugalde, Evelyn. “El papá de Cocorí”. La Nación. Zurquí (San José, Costa Rica), 2 de abril de 2003

 Conocé a Joquín Gutiérrez

“Kikiriquí, ya estoy aquí”, dijo Cocorí, remedando a su amigo el gallo, allá en Limón, donde vive con mamá Drusila y el monito tití. Allí comparte aventuras con doña Modorra, don Torcuato y el negro Cantor.

Vengo a contarles un poco de la vida de mi papá Joaquín Gutiérrez, porque, aunque no lo crean, los personajes imaginarios conversamos mucho con nuestros creadores.

Bueno, don Joaquín -como lo llamábamos de cariño-, nació en Limón el 30 de marzo de 1918. Él era un chiquillo curioso que jugaba en las pozas, la playa y la selva caribeña. Su primer recuerdo fue a los 5 años, un día en que despertó alarmado por unos triquitraques que su papá puso en la ventana de su cuarto para sorprenderlo, porque le había traído un velocípedo que deseaba.

Luego, su familia se vino a San José. Allí, Joaquín ingresó a estudiar en la escuela La Dolorosa, donde le hicieron un examen y gracias a que su mamá le había enseñado a sumar y restar, pudo saltarse el primer año.

Siempre me hablaba de su primera “noviecita”, en el barrio La Merced. Joaquín era muy enamoradizo, él siempre recordaba el día en que la niña, le regaló para Nochebuena un monedero de cuero con broche de oro en el que se leía “14 kilates”. Entonces corrió a romper el chancho con sus ahorros para regalarle unos perritos de porcelana.

Desde los 10 años Joaquín escribía versos. Siempre le gustó estar entre escritores. Me contaba que aunque era el más chiquillo del grupo, fueron amigos suyos Carlos Luis Fallas, Yolanda Oreamuno, Francisco Amighetti, Max Jiménez y Carmen Lyra.

Joaquín se fue a estudiar a Estados Unidos, donde aprendió inglés. Luego visitó muchos países, como corresponsal de guerra, traductor o como campeón de ajedrez. ¡Imagínense que hasta boxeo practicó!

Pero su gran amor era la escritura, de la que nací yo, pero también obras como Manglar, Puerto Limón, Murámonos Federico, Te acordás hermano, Chinto Pinto, varios libros de viajes, poesías, memorias y crónicas periodísticas.

No crean que les estoy “rajando” pero les quiero contar que Cocorí -el libro en el que vivo- fue Premio Rapa Nui en 1947. Se ha traducido a muchos idiomas y en varias partes del mundo han hecho títeres y obras de teatro basadas en mi historia.

Sus otros libros también recibieron premios como el Casa de las Américas, el Nacional de Cultura Magón, dos premios Aquileo Echeverría y el Mundial de Literatura José Martí. El día en que la Universidad de Costa Rica le dio el Doctorado Honoris Causa yo no aguantaba la contentera. ¡Todo un señor escritor!

Yo estoy tan orgulloso de ser su “hijo”, su personaje más conocido y cada vez que recuerdo que murió hace 3 años, me salen unas lagrimitas que mi mamá Drusila borra con su delantal. Pero luego salto y canto de la alegría -como me enseña a hacerlo el negro Cantor-, cuando sé que muchos niños y adultos continúan leyendo sus obras, porque esa es la mejor forma de que papá Joaquín esté con nosotros”.

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¿Cocorí racista?

Arias Formoso, Rodolfo. “¿Cocorí racista?“. La Nación. Revista Dominical (San José, Costa Rica), 20 de abril de 2003

Con estupor he leído una circular del Viceministro de Educación, dirigida a directores en todo el país, en la cual se recalca, con mayúscula y subrayado, que Cocorí ya NO es texto  de lectura obligatoria, en vista de la inconformidad que provoca por su carácter “discriminatorio” de la raza negra. Es una opinión que con gran tacto no sostiene el Viceministro, sino que se le adjudica a los miembros de la Asociación Proyecto Caribe, integrada, entre otros, por ilustres figuras públicas como Eulalia Bernard, Esmeralda Brinton, Epsy Cambell o Quince Duncan.

He acudido de inmediato al texto. Y bueno, sí… hay discriminación de unos personajes hacia otros. Cocorí bromea diciendo que al contramaestre del barco, un pelirrojo, “se le está quemando el pelo”, la niña blanca dice que a Cocorí “no se le sale el hollín”, Cocorí, en revancha, piensa “¡a ti no se te sale la harina!”, pero no articula palabra porque la emoción del momento lo tiene paralizado.

Me pregunto: ¿será discriminación igual a racismo? Si así fuera yo soy un perfecto racista. El primer gran amor de mi vida fue una negra limonense terriblemente preciosa. Y mi primera esposa es negra y mi segunda esposa es china. Mis hijas mayores son unas mulatas guapísimas que se burlan de mí cada vez que vamos a la playa y ellas se broncean en dos toques mientras yo me pongo como un tomate. Por otro lado, las nórdicas, pálidas y de ojos celestes, siempre me han parecido insípidas.

El problema, por supuesto, surge cuando el derecho a discriminar, a escoger, cede su lugar al malévolo arte de la segregación, de la exclusión, del castigo político, económico, Psicológico, y muchas otras variantes más, originado en las formas, colores o lenguas de los diversos pueblos.

Las potencias europeas, aves de rapiña de la humanidad durante la así llamada “era de los descubrimientos” se adentraron por ese horrible camino más que nadie. Los genocidios contra los indios americanos, o contra los negros de África son los dos ejemplos que más de cerca nos tocan. Pero también hindúes, chinos, egipcios, turcos, etíopes, árabes o australianos sufrieron vejámenes similares.

Es explicable, entonces, que haya hipersensibilidad por parte de los oprimidos y sus descendientes. Creo entender, de esta óptica, cómo surge la reacción de los estimables miembros de Proyecto Caribe contra Cocorí. Ningún costarricense, con nivel cultural adecuado, puede ignorar que Limón ha sido siempre la provincia olvidada, que en nuestro país hubo legislación segregacionista, que abundan los meseteños despreciativos hacia los negros, los chinos o los indios.

Les sobran, a iniciativas como el Proyecto Caribe, ejemplos de injusticias y opresiones. Y nadan en la abundancia respecto a lo que merece rescatarse y difundirse de la cultura limonense en particular y afrocaribeña en general. Pero se equivocan, de tajo a  rajo, al escoger como chivo expiatorio a una joya de la literatura nacional como lo es Cocorí.

Pueden influir, como lo están haciendo ahora, sobre un viceministro. Pueden crear polémica, alboroto, sentir que la balanza se equilibra. Pueden creer, si quieren y les sirve de algo, que un autor blanco, miembro de una familia de bananeros, tiene forzosamente que ser discriminatorio, injusto, lesivo para sus ideas.

Pero se toparán, una y otra vez, contra la realidad. Contra sentencias como la 0509-96 de la sala constitucional, valiosa pieza jurídica y literaria, en la cual se rechaza de plano la existencia de cualquier elemento racista en el libro, o contra la acogida universal que ha tenido Cocorí, traducido a más idiomas y editado más veces que ningún otro libro en Centroamérica.

Y se toparán por siempre, contra la realidad que fue, y sigue siendo, Joaquín Gutiérrez Mangel. Quienes fuimos sus amigos sabremos, este día y todos los demás, que lo único que lo animó a escribir Cocorífue su amor por la vida, por los niños, por los ideales de justicia y libertad, de belleza y solidaridad, de heroísmo y ternura que lo condujeron por su larga y fértil existencia. Ideales que él siempre refería a su tierra de origen, a su amadísimo Limón, y que están presentes, página tras página, en ese maravilloso relato.

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El doble destino de Cocorí

Chaverri, Amalia. “El doble destino de Cocorí“. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 18 de mayo de 2003, p. 4

 Con este texto, queremos en Áncora culminar la discusión del tema.

Cocorí, como héroe novelesco, cumplió su destino. ¿Qué error cometió Cocorí, como texto literario, para que cambiara su destino en las aulas escolares?

Argumentaré sobre las razones que me llevan a destacar  -siempre respetuosa de otras posiciones, provenientes de personas a quienes estimo-  aspectos significativos que, a mi juicio, son constitutivos del fenómeno literario, y relacionados con la polémica que se ha generado con este texto.

Parto de lo siguiente: una obra literaria, como producto del lenguaje, es susceptible de ser interpretada, así como analizada y explicada en su totalidad y no fragmentariamente. La especificidad del lenguaje literario es su carácter plurisignificativo, el cual está construido con procedimientos estéticos que construyen la capacidad simbólica propia de toda literatura. Su lectura implica insertarse en los códigos de la convención literaria.

Son esencialmente dos oraciones sobre las que se sostiene, a mi juicio, la concepción de racista y las que más han molestado a quienes pidieron su exclusión de los textos de lectura en las escuelas: el que Cocorí haya sido visto como un “monito” por la niña rubia (que luego fue cambiado por “raro”) y el que él piense que tiene la cara tiznada, porque así lo dijo la mamá de esa niña. Asumiendo que esos fueran los elementos válidos para considerarlo como tal, me pregunto: ¿qué pasa con el resto de los contenidos de la novela como una totalidad?, ¿qué implicaciones trajo el encuentro de Cocorí con la niña rubia, luego de que esta hiciera la mencionada pregunta y “le lanza los brazos al cuello y le da un sonoro beso’? Mi interpretación es la siguiente: la fugacidad de la vida de la rosa y del encuentro con la niña es el inicio de un aprendizaje y de maduración Psicológica en la vida de Cocorí.

Cocorí se convierte entonces en un “héroe” novelesco. A partir de la estructura del viaje -tema recurrente en todas las literaturas- este personaje motivado por la incertidumbre, oye el llamado a la aventura y va a la búsqueda de una respuesta sobre el porqué de la fugacidad de la vida y de la efímero de la bello. Hay en esa preocupación un gran tema, y es precisamente Cocorí, un “supuesto” personaje marginado por su color, quien lo encarna y desarrolla.

La riqueza del texto

En ese periplo, Cocorí se nutre de la sabiduría de los otros personajes/animales, y recibiendo conocimientos de todos ellos, aclarará la duda, enriquecerá su vida y alcanzará un mayor grado de madurez. Al final de la novela, Cocorí no es un héroe derrotado, es un héroe con mente inquisidora, un ser inquieto y persistente, un símbolo de perseverancia, un héroe triunfante que fue en búsqueda de una respuesta y la encontró. Con todo respeto, a mi juicio –y por ser el texto literario una totalidad- esta arista no fue considerada.

Me hago otra pregunta:

¿No sería más conveniente, utilizar el texto como instrumento de concientización? Por ejemplo: que los estudiantes problematicen sobre la visión de mundo eurocentrista de la niña; que analicen las acciones de Cocorí luego del encuentro con ella; que se pregunten si no fue más importante el camino recorrido por Cocorí más que el color de su piel; que busquen los valores que encarna Cocorí y su hábitat, así como los valores y disvalores del  texto en su totalidad; que comenten el mensaje esencial del texto. Finalmente, que trasciendan sus contenidos literarios y que, con base en la realidad actual, indaguen sobre los problemas raciales, la diversidad cultural, la situación actual de las etnias negras. El texto da para esto y para muchísimo más.

Ampliando, Cocorí -gracias al carácter plurisignificativo de la literatura- está lleno de símbolos relacionados con el conocimiento de las cualidades y defectos de la condición humana: la experiencia de los “viejos” en doña Modorra, la tortuga; la capacidad profética y la sabiduría de Viejo Cantor que se expresaba en versos; la figura femenina en Mamá Drusila; la solidaridad del mono Tití. También la envidia y pretensiones juveniles de don Torcuato, el cocodrilo; y la vida sin sentido de Talamanca, la inmensa bocaracá.

Es síntesis, creo que se ha fragmentado la interpretación del texto, al haber obviado el mensaje esencial, en palabras del Negro Cantor: “cada minuto útil vale más que un año inútil”, sabio mensaje expresado por personaje negro que hablaba en verso y cuyos contenidos tienen un amplio espectro de posibilidades de ser trabajado y elaborado con el estudiantado.

Todo lo anterior me hace de nuevo preguntarme ¿no sería más enriquecedora la opción de asumir y repensar la novela tanto como objeto de análisis y de goce estético como de discusión y crítica, concientizando desde cualquier posición que se tenga al respecto? ¿No saldríamos ganando todos descubriendo los valores de Cocorí?

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Viaje a la maravilla

Morvillo, Mabel. Viaje a la maravilla“. La República (San José, Costa Rica), 18 de febrero de 1995, p.8

 Cuando leemos un libro iniciamos un viaje a todas partes y a siemprejamás.

Por eso, leer “Cocorí” es no sólo vivir el montón de aventuras y desventuras, sino viajar a la maravilla.

Seguro se preguntarán por qué…  Bueno, voy a decirles.

Primero porque Joaquín Gutiérrez fue descubriendo para nosotros, el paisaje mágico de Limón, con su selva húmeda y fascinante, con sus mil y mil  habitantes, con su música, sus colores, con su brisa de mar. ¿Pueden imaginarse un lugar más hermoso?

Pero no sólo es un niño travieso. También es curioso y preguntador, es aventurero y pícaro, y es un buen amigo.

Y esta historia que Joaquín nos cuenta, con sus toques mágicos de poeta, nos habla de las aventuras de Cocorí que un día conoce a una niña rubia, que le regala una rosa…

¿Y entonces?

Entonces quiere conocer las respuestas a sus preguntas porque, como todo el mundo, quiere saber el por qué de las cosas. Y lo busca en los senderos oscurecidos de la selva, entre las caracolas del mar, y lo busca sin cansancio, entre risas y desconciertos.

En su aventura hay un mono tití ruidoso y desprevenido, un caimán de mal genio, una tortuga que se llama Modorra y Talamanca, la bocaracá.

Eso sin contar a su mamá Drusila y al Negro Cantor, que sabe tantas cosas.

Hay que leer esta novela para poder conocerlos, para comprender las preguntas y, especialmente, para saber cuál es la respuesta.

Sólo una pista: se trata de una rosa que floreció en rosal… de una mamá que se volvió a abrazar a su hijo y de un niño negro que, después de tantas aventuras, desentraña un misterio…

Hay que viajar con Cocorí, ¿no les parece?

Tal vez para nosotros también sea importante encontrar, entre tantos prodigios, nuestra propia respuesta…

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Carta a la niña rubia

Morvillo, Mabel. “Carta a la niña rubia“. La República (San José, Costa Rica), 18 de febrero de 1995, p.8

 ¿Como estás niña rubia y marinera?

¿Dónde estás? ¿En un territorio desdibujado de neblinas? ¿En un país de sirenas? ¿En alguna esquina del reino del sol en primavera?.

Siempre me pregunto que ha sido de ti, viajera de un barco sin nombre y sin camino…

A veces me imagino que entre tu pelo de oro se quedó prendida una hebra de luz nocturna.

Algo así, como una luciérnaga oscura que te recuerda la playa, las palmeras, un mar verdeazulmar, los ojos asombrados de Cocorí.

O tal vez te llevaste, junto con los caracoles, una música de olas, de reflejos y espumas, que te canta en las noches silenciosas del lugar donde estás. Una música única y diferente con voz de nostalgias dulces y tibias.

No lo sé…  Pero puedo imaginar que en tus ojos azules todavía brillan los rizos negros de Cocorí y toda su risa que suena como conchitas marinas.

Y por eso te escribo:

Porque no he dejado de imaginarte.

Me gustaría tanto que supieras todo le que ha pasado desde que tu barco te fue llevando lejos. Que supieras, por ejemplo, que Cocorí te espera en una playa que se despereza cada mañana, después de su sueño marinero.

Que en tu selva tropical las flores han estrenado colores nuevos, aunque también ha palidecido de dolor a veces, porque los seres humanos somos también capaces de destruir toda belleza,

Me gustaría que supieras que mamá Drusila amasa su pan-bon y se sonríe. O que el Negro Cantor ha hecho que su voz se multiplique en ecos.

Pero, sobre todo, me gustaría que supieras que el rosal floreció, que es como te dijera que siempre estás aquí, que te quedaste aquí para llenarnos con el aroma de tu beso.

Sí. El rosal floreció. Es una buena noticia, ¿verdad? Sobre todo, porque escogió para brotar un lugarcito que es casi el paraíso. Y después creció hasta llenar de aroma nuestros sueños.

En realidad, te escribo para darte las gracias, niña rubia de sol. No sólo porque nos dejaste la rosa, sino porque te llevaste por el mundo la luz de lo que amamos.

Mabel Morvillo

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Cocorí no va a morir nunca

Ríos, Lara. “Cocorí no va a morir nunca”. La República (San José, Costa Rica) 18 de febrero de 1995

 San José, 14 de diciembre de 1994

Muy querido Cocorí:

En días pasados fui a Puerto Limón a buscarte. Quería hacerte unas preguntas sobre tortugas, caimanes y boas, pero no te encontré. Yo sabía que andabas cerca, porque podía escuchar tu risa enredada entre las hojas de las palmeras y tu amigo, el mono Tití, me tiró un pedazo de banano y si no me quito el tiro, me hace una chicota en la cabeza.

Estuve en tu casa y conversé con tu mamá Drusila. Estaba muy ocupada limpiando la casa y el patio. Me dijo que en estos días había caído tanta agua del cielo que casi se nacen, como los frijoles negros cuando se humedecen y les salen tallitos.

Pero lo que más me alegró fue conocer tu rosal lleno de botones. Me dijo mamá Drusila, que cada vez que se abre una flor, es un beso que le regalás a ella. Y claro… porque es un rosal de amor. Ella me contó tu secreto para que las rosas sean grandes y perfumadas: ¡les cantás de noche!.

Te cuento que yo también tengo un rosal pequeño y como lo hacés vos, le estoy cantando por las noches. Le canto villancicos del Niño Dios, mientras que la luna gorda y brillante me acompaña. Y pienso que allá en Limón, a vos negrito lindo, también te acompaña ella… A fin de cuenta compartimos la misma luna.

Aquí en San José el tiempo cambió. El aire se ha vuelto más transparente y pareciera que el mundo tiene más luz. Seguro porque ya se acerca Navidad.

Quiero llegar a visitarte en los primeros días de enero, porque estoy casi segura, que tu rosal de amor en vez de rosas, va a tener estrellas. ¡Y eso quiero verlo!

Te quiere mucho,

 Lara Ríos

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Recomiendan lectura de Cocorí

“Recomiendan lectura de Cocorí”. Semanario Universidad (San José, Costa Rica), 5 de febrero de 2004, p. 18

Una circular donde se recomienda la lectura del libro Cocorí de Joaquín Gutiérrez fue enviada por el viceministro de Educación, Wilfrido Blanco a los directores regionales de enseñanza.  De esta manera el Ministerio de Educación Pública acata una recomendación de la Defensoría de los Habitantes en la que se solicita tomar una serie de recomendaciones para restaurar el prestigio de Gutiérrez.

La polémica alrededor del libro surgió con una circular que emitió el MEP el 24 de enero del 2003 en la que se comunica que la citada obra no era de carácter obligatorio. Dicha comunicación tomó en cuenta el criterio de la Asociación Proyecto Caribe sobre supuestos aspectos discriminatorios en el libro.

En esta nueva comunicación el MEP sugiere la lectura de “Cocorí” y consigna que no ha realizado ninguna investigación que demuestre contenidos racistas ni discriminatorio. Además indica que mediante voto No. 509-96, la Sala Constitucional concluyó que en la obra citada no existe ningún elemento discriminatorio y por lo tanto no existe violación a los derechos fundamentales.

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