Única mirando al mar

Única mirando al mar

Única mirando al mar

Un hombre le da al canario su última ración de alpiste… y lo libera; después se tira a la basura como un desecho más. Esta es una de las imágenes más brillantes que haya inventado algún escritor costarricense, no sólo por el ingenio que la adorna, sino por lo que vislumbra y desencadena en uno de los mejores relatos sobre la miseria global del siglo XX. El personaje «suicida», Mondolfo Moya Garro, modesto vigilante nocturno cansado de la vida, se lanza así al camión recolector de los desechos y termina en el relleno sanitario de Río Azul, donde descubrirá el sustento de la indigencia y el amor inesperado de una maestra desahuciada que busca todos los días -entre los restos orgánicos y minerales- una luz o una rosa blanca para que no todo sea tan tenebroso como la vida en el muladar. Única Oconitrillo es el soporte de la esperanza en el putrefactorio de los buzos del «mar de los peces de aluminio», peleado basural capitalino donde se refugian cientos de familias en pobreza extrema para escarbar, entre zopilotes, una lata brillante o una botella vieja que pueda intercambiarse por algo de comida.

Denuncia irónica de nuestra corte de los milagros, la breve y laureada novela ha sido profundizada por su autor, y nos la ofrece ahora en versión mejorada y definitiva.

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Los Peor

Hábil constructor de imágenes literarias, Fernando Contreras Castro se lanzó con esta, su segunda novela, tras una cosecha poética superior que rompiera los marcos del costumbrismo simple y andrajoso tan frecuente en los relatos de marginalidad social de todas las épocas.

Si bien aquí el ambiente sigue las mismas rutas de la miseria, ahora se matiza de prostíbulo, predicadores, proxenetismo, cíclopes, mendicidad, y así la obra consigue hallazgos líricos que –por vía de la hipérbole– la desbordan de lo mágico a lo surrealista.

Las andanzas de Jerónimo Peor –un monje raro y ambulante– junto a Polifemo –un niño deforme que ve más de la cuenta– le sirven al autor para escenificar la espantosa periferia de la pobreza, los antros de la pordiosería y divagar también sobre varios temas sustanciales del ser y la existencia. Todo el relato se podría sintetizar en “el monstruoso mundo que nos rodea, donde siempre lo peor se impone a lo mejor”.

La reflexión filosófica está muy presente y la denuncia política va de la mano con una crítica social que comporta sardónica dosis de buen humor.

Cierto azul (este libro está agotado)

Un niño huérfano de siete años de edad, abandonado en las calles de San José y además ciego, es adoptado y criado por un sexteto de jazz, cuya inolvidable particularidad es que está conformado exclusivamente por gatos –sí, sí: mininos de cuatro patas–, los cuales habitan en los cielos rasos del Mercado Central y deambulan por toda la ciudad. Ya esa sola referencia fabulesca nos da una idea de las libertades alegóricas y de improvisación que se tomará esta nouvelle para encaminar al lector por los mejores momentos del jazz, el blues y otros ritmos de origen afro, sin ocultar, con fino humor, una buena carga de filosofía y otra de crítica social. Lo inverosímil de la convivencia gatuna es sorteada con gracia por la fuerza de un lenguaje poético y un estilete de seda que sabe donde punzar las falacias y corruptelas de una sociedad “perruna” que poco aprecia valores como la libertad, la improvisación, la diferencia, la rebeldía, la amistad o el amor.

“La normalidad es una camisa de fuerza que, cuando se ajusta de un lado, se descose del otro”, dice el personaje principal del libro; un típico Cronopio que detesta lo corriente y se desvive por maestros del jazz como Mills, Evans, Sandoval o Gillespie.