Calufa, investigador

Molina Jiménez, Iván. ʺCalufa, investigadorʺ. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 27 de abril de 2013, p. 34A

En la literatura costarricense, a Carlos Luis Fallas Sibaja (1909-1966) se le considera fundamentalmente un autor de novelas y relatos, justamente célebre por obras como Mamita Yunai, Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez y Mi madrina.

Fallas, sin embargo, fue también un escritor de ensayos políticos, sociales e históricos, como se puede apreciar en el libro De mi vida, que acaba de publicar la Editorial de la Universidad Nacional.

De los materiales incluidos en esa obra, hay tres ensayos que son de particular interés, ya que para elaborarlos Fallas realizó un detallado trabajo de campo con el fin de conocer las condiciones de vida y laborales de ciertas categorías de obreros y productores agrícolas.

El primero, publicado en diciembre de 1933, se refiere a la situación de los barreteros en el Caribe y a sus conflictos con la United Fruit Company. Este estudio constituye un antecedente fundamental del relato “Barreteros”, que Fallas terminó de escribir en 1941 y publicó en 1954.

En una línea similar, el segundo ensayo, publicado en agosto de 1935, explora el mundo social de los mineros de Desmonte y de los campesinos de las áreas aledañas, enfrentados con los intereses de dos empresarios extranjeros. Curiosamente, esta importante contribución de Fallas no ha sido considerada por los historiadores costarricenses y extranjeros que décadas después analizaron la problemática minera.

Finalmente, el tercer ensayo es el más conocido de todos, dado que circuló como folleto en 1960 y fue reimpreso en 1978: “Don Bárbaro”. En este trabajo, cuyo título evoca la célebre novela que Rómulo Gallegos publicó en 1929, Fallas analiza la concentración de la tierra en Guanacaste y, especialmente, la lucha de los pequeños y medianos productores agrícolas por defender sus propiedades, amenazadas por lo que él denominó “el latifundio de los Morice”.

Los dos primeros ensayos referidos evidencian ya los tempranos esfuerzos de Fallas por observar, describir, recoger testimonios, revisar documentos, verificar la información obtenida, ordenarla, comparar resultados y analizarlos. Las capacidades indicadas encontraron su mejor expresión en “Don Bárbaro”, que destaca por una mayor exhaustividad en la recolección, sistematización y análisis de los datos.

Por estos ensayos, y otros que también están incluidos en De mi vida, Fallas debería empezar a ser considerado como una figura relevante en el desarrollo de las ciencias sociales en Costa Rica. Imaginativo practicante de la historia oral, fue también pionero en la construcción de la historia de los trabajadores, de los pequeños y medianos productores agrícolas y de los movimientos sociales.

http://www.nacion.com/2013-04-27/Opinion/Calufa–investigador.aspx

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Lecturas juveniles ¿en manos de quién?

Herrera, Franklin. “Lecturas juveniles ¿en manos de quién?”. La República. Opinión (San José, Costa Rica), 20 de mayo de 2002

 El misterio alrededor de cómo se eligen los libros que deben leer nuestros hijos en la educación primaria y secundaria es hondo.

De los programas aparecen y desaparecen textos como por arte de magia sin que los ciudadanos sepamos a ciencia cierta las razones por las que un texto asciende y otro es decapitado.

Me ha sorprendido enterarme que ya nuestros jóvenes no tienen que leer el maravilloso libro de Carlos Luis Fallas, Marcos Ramírez, uno de los principales y más bellos exponentes de la vida de nuestros niños y jóvenes en una etapa determinada de nuestra historia patria, que ha dado la vuelta al mundo y que ha motivado incluso importantes producciones televisivas, además de haber nacido de la pluma del más vigoroso de nuestros escritores, que ha contribuido en mucho a dar fama internacional a nuestras letras.

Me vuelve a sorprende el hecho de que quienes deciden sobre lo que los estudiantes costarricenses deben o no leer hayan cometido el  pecado capital de excluir de esas lecturas la obra teatro Uvieta, del más connotado de nuestros dramaturgos, Alberto Cañas, recientemente publicada por la Editorial Legado, y la verdad sea dicha, me gustaría conocer las razones de ese dislate.

No creo que pueda argumentarse que la obra no tiene calidad puesto que incluso recibió en 1980 el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. El texto es ameno, el tema pertenece a la cultura popular y está tratado con fantasía y sano humor y ha tenido innumerables montajes, muchos de ellos por parte de grupos de aficionados y de colegiales.

Personalmente no atino a entender las razones de esta disposición, a no ser que la decisión sobre las lecturas que deben hacer nuestros estudiantes no esté en las manos adecuadas.

Tengo ante mí la copia de las recomendaciones que la asesora de español del Ministerio de Educación Pública hace para 2002 y que fueron entregadas el 16 de noviembre de 2001 e increíblemente aprobadas por el Consejo Superior de Educación. No viene al caso la identidad de esa connotada profesional. Pero sí me interesa decir que es sintomático que recomiende la lectura de tres textos de Julio Verne: La isla del tesoro, Viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en ochenta días. ¿Qué más decir o qué pensar?.

Comprar "Uvieta" de Alberto Cañas

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El retablo de Calufa

 Soto G., Rodrigo. “El retablo de Calufa”. La Nación. Suplemento Áncora. (San José, C.R.), 30 de setiembre, 2001. p.4

Una nueva lectura de la obra del gran escritor costarricense Carlos Luis Fallas (1909-1966), se impone en la  época de la posguerra fría, no para despolitizarla y hacer de ella algo neutral y escéptico (cosa por demás imposible), sino para ir a su encuentro despojados de las anteojeras y prejuicios propios de la confrontación ideológica, política y militar en que el autor la produjo, y que marcó tan hondamente su propia vida. Con la notas que siguen no pretendo demostrar una tesis, sino compartir impresiones acerca de la reciente relectura de algunos de sus libros, y convidar a una aventura que garantizo será gratificante para quien le emprenda.

El gran tema literario de la mayoría de los autores de la generación del medio siglo (Fallas, Dobles, Marín Cañas, Salazar Herrera, Herrera García y, en menor medida, Gutiérrez) es la vida del campesino y de los trabajadores agrícola. Cada uno de ellos lo abordó desde diferente ángulo, de modo que en conjunto nos heredan una imagen completa de lo que la vida de los hombres y mujeres de las zonas rurales durante la primera mitad del siglo XX.

Cultura popular

La impresión que me deja la relectura de los libros de Calufa es que, junto a la “literatura militante” que se propuso escribir, existía un proyecto estético de mayor envergadura: recrear, en un gran “fresco”, la cultura popular de la primera mitad del siglo XX, sobre todo en sus formas rurales y campesinas. Sin pretensiones sociológicas ni de ningún otro tipo, sino a partir de la recuperación de su propia experiencia vital, Calufa construye en sus obras un  enorme “retablo” narrativo que, a la manera de las pinturas de Brueghel, se compone de múltiples escenas, de gran cantidad de personajes y de descripciones puntillosas hasta es sus detalles más nimios.

Por supuesto el retablo comienza con el mismo lenguaje campesino; la recreación del habla popular que realiza Calufa es fresca, hermosa y profunda, como las pozas de los ríos donde se bañan los personajes de sus libros. Pero va mucho más lejos, pues Fallas reconstruye minuciosamente sentimientos y costumbres, y a menudo se toma el cuidado de consignar variedades animales y vegetales, formas de trabajo y de lo que de manera pedante podríamos llamar “prácticas culturales”. Un ejemplo son las serenatas que una y otra vez aparecen en sus libros, y de las que a menudo transcribe estrofas completas de canciones perdidas en el tiempo ¿Alguien ha pensado alguna vez en Calufa como “folclorista”?

Sus descripciones de las tareas agrícolas son las más convincentes que jamás haya leído. Inolvidables, por ejemplo, son las imágenes de la forma como palea Calero, en Mamita Yunai: “Fuera arcillosa o suelta la tierra, él sacaba la palada con un enorme cucurucho y la revoleaba altísimo; y allá iba en el aire, describiendo un arco cerrado, dando vueltas sobre sí misma sin que se le desprendiera un  terroncito siquiera y hasta con la entrada del cabo dibujada, a caer sonoramente sobre el relleno”.

A menudo da la impresión de que para Fallas es esencial demostrar al lector que conoce a cabalidad cada una de las cosas que describe, que no nos está cuenteando, como en las minuciosas, casi obsesivas descripciones de los trabajos dinamiteros que leemos en Gentes y gentecillas y en Mamita Yunai.

No menos memorables es la descripción de los peces que pescan con dinamita en el río los personajes de Mamita Yunai: las machacas, “de un verde tornasolado, pero que no sirven nada más que para sopa por su gran cantidad de finísimas espinas; metidas dentro de una bolsita de manta y bien hervidas, dan un caldo delicioso y nutritivo”; los bobos “de panza blanca y cuerpo de un negro lustroso que se iba opacando al secarse al aire el grueso pellejo”, los (tepemechines) “medianos y lambuzos, de escamas menuditas y grisáceas; y las escasísimas guabinas, punteadas hacia la cola y cabezonas, con cerdas gruesas en el ancho hocico y una bolsa blancuzca pegada a la barriga…” ¿No parece esta meticulosidad más propia de un naturalista en afanes descriptivos que de un dirigente político urgiéndonos a la revolución social?

La práctica de pescar con “bomba” en los ríos resulta escandalosa hoy día, pero algo de conciencia ambiental no le faltaba a nuestro autor, pues en el mismo libro hace exclamar a uno de sus personajes, ante el espectáculo de millones y millones de metros cúbicos de robles y cedros y laureles que se pudren de abono para el banano; “Hasta el clima nos van a cambiar botando las montañas”.

La recreación que del mundo rural y campesino plasma Calufa no es externa, surge de los mismos valores y de una mirada afín a la de sus personajes. En otras palabras: Calufa no solo habla de lo rural, sino desde lo rural; no habla solo de los trabajadores y campesinos, sino como campesino y trabajador. Esta es la médula de su obra, su singularidad y belleza, y por ello puede equipararse, en cierta forma, con la que en el campo poético iniciará Debravo un par de décadas después.

Por ello, no debe sorprendernos que cuando Calufa trata con personajes de otra condición social, su dibujo tienda a ser más inseguro y su mirada más distante, como en el retrato satírico de las señoras “de sociedad” que sufren su “destierro” en la hacienda de Gentes y gentecillas.

Identidad y alteridad

Mientras trabaja en una hacienda en las cercanías de Turrialba, Jerónimo, el joven protagonista de Gentes y gentecillas, evoca su casa familiar en Heredia. Con la misma maniática minuciosidad que el autor ha desplegado en otros momentos, Jerónimo describe a lo largo de varias paginas cómo están dispuestos los aposentos, los materiales utilizados en la construcción, los árboles frutales que crecen en el solar, la cría de abejas para la miel, las plantas cultivadas por su madre, la gallinas y gallos, los cerdos y los perros, etc. Se trata, ni más ni menos, de una escenificación insuperable de lo que, ya en 1939, Yolanda Oreamuno  llamaba burlonamente el “mito religioso de la tierra muy repartida, la casita pintada de blanca y azul y el pequeño propietario de chanchos y gallinas que lleva al cuello un pañuelo colorado”.

Fallas nos revela así que esta visión idílica, en la que muchos historiadores recientes ven poco menos que una invención descarada para manipular a los costarricenses, brota, mana, emerge directamente del imaginario campesino. Será tal vez porque -distancias sea temporal geográfica-,  nos lleva a idealizar aquello que evocamos, y cuando más lejano sea el pasado, más lo convertimos en mito.

Un detalle que no pasa inadvertido es que, salvo los indígenas de Talamanca que aparecen en Mamita Yunai, los trabajadores rurales de los libros de Calufa saben leer y escriben cartas a sus parientes. ¿En cuántos países de América Latina es verosímil esta escena?.

Se ha dicho que en la obra de Fallas y en la de algunos de sus compañeros de generación, la representación literaria del país desborda los límites del Valle Central y se expande hacia ambas costas. Al hacerlo, el campesino meseteño entra en contacto con “las otras costa ricas”: la negra, la indígena, la de los inmigrantes chinos, etc.

En los libros de Calufa, indígenas y negros figuran como algo extraño, incomprensible y ajeno como “la alteridad” del tico-mesteño: “Cantaban en inglés, formados en rueda, una canción salvaje y monótona y se acompañaban dando palmadas con las manos y pateando con ritmo en el suelo…” dice de los trabajadores de origen jamaiquino en Mamita. Y en ese mismo libro, de los indígenas talamanqueños: “Gritaban en indio, en inglés y en español. (…) Los hombres se acercaban a las mujeres y, sin decirles nada ni alzarlas a ver siquiera, las cogían de la mano, tiraban de ellas hacia el centro y comenzaban a imitar torpemente pasos de son o fox sobre el irregular y sucio piso de maquengue. Bailaban también hombres con hombres e indias con indias…”El carácter ominoso y amenazante de estas imágenes no requiere comentario.

Por cierto que  para los personajes de Calufa, uno de los atributos infalibles de la belleza fenenina, es la blancura de carnes. Más blanca una mujer más bella y atractiva resulta. Para encontrar una explicación, basta remitirnos a Marcos Ramírez: “Mi madre era entonces una mujer muy hermosa, alta, blanca y abundante y negra cabellera que, cuando ella se la soltaba para peinarse, le caía hasta las rodillas”.

Ahora que tanto escándalo se hace de la inmigración nicaragüense, conviene releer Mamita Yunai, en donde Fallas nos recuerda que la presencia de trabajadores de esa nación es antigua y ha sido siempre importante para el país. Por cierto que el “cabo Pancho”, contratista nicaragüense para el que trabajan Calero, Herminio y José Francisco en Mamita Yunai, es mucho más decente y considerado que sus iguales ticos.

Autobiografía Novelada

Tengo entendido que Marcos Ramírez es considerado un libro de aventuras infantiles. ¡Qué estrecha esta visión! A mí me parece más bien el primer tomo de una autobiografía novelada, pues ahí tenemos a un hombre adulto que abre para nosotros, con sencillez y honestidad, el saco donde carga su pasado. Así por ejemplo, el libro empieza con un relato del linaje de los Ramírez (cosa que desde luego no tiene nigún interés para los niños). Las escenas del levantamiento popular contra la dictadura de los Tinoco son otro ejemplo del carácter “autobiográfico” del libro, y revelan que Fallas lo escribió para lectores adultos, no para chiquillos. Lo mismo puede decirse de la escena en donde una muchacha abusa sexualmente de los niños. (Por cierto, y aunque no venga al caso, debo protestar contra las horribles ediciones de la Editorial Costa Rica. ¿Cuánto se honrará a Fallas con algo más decente?)

Creo que toda la obra de Fallas puede leerse en esta misma clave de “autobigráfia novelada”. El uso casi permanentemente de la primera persona del singular es un indicador más de ello. En las páginas de sus libros podemos reconstuir la trayectoria vital de es niño extraordinario, hijo “natural” de una mujer campesina, nacido en Alajuela y criado entre esa ciudad y San José, lector infatigable, terco, rebelde y soñador, que cursó hasta el segundo año en el Instituto de Alajuela y que, muchacho aún, marchó a la zona bananera para buscar su vida y su destino. Por su obra literaria sabemos también de los trabajos, humillaciones y sufrimientos que ahí enfrentó, y de sus andanzas posteriores como trabajador agrícola en las cercanías de Turrialba, cuando la United Fruit Company trasladaba su actividad bananera a la costa del Pacífico.

Aunque en diversas ocasiones manifestó su propósito de escribir una roja literatura edificante acerca de sus luchas como dirigente de la gran huelga bananera de 1934, como combatiente de los batallones comunistas durante la Guerra Civil de 1948 y de la posterior represión que él y sus camaradas sufrieron, lo cierto del caso es que en su obra literaria vemos más bien poco de todo ello. Será tal vez porque, junto al valiente luchador social que fue, había en su corazón un auténtico y profundo escritor, y para dicha nuestra, Calufa siempre supo distinguirlos.

Comprar obras de Carlos Luis Fallas

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Carlos Luis Fallas

Montero Vega, Arturo. “Carlos Luis Fallas”. Excélsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976. p. 6.

Aquí vengo de nuevo con las manos heladas

los ojos tristes

y la voz entrecortada,

para decir Calufa,

hermano mío,

escritor a veces, militar a ratos,

obrero entre los  obreros,

definitivamente camarada.

En el cuarenta y ocho vimos

tu estirpe de soldado.

Capitán de los pobres.

General en jefe de los que no tenían

nada que perder, si no cadenas.

Porque la muerte tiene

esa forma tremenda de expresarse,

porque el dolor se vierte gota a gota

hasta la muerte, vengo a decirte :

Tu  voz será siempre nuestra voz.

Tu firme decisión de combate

será siempre nuestra propia decisión .

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos  Ramírez

para llevarlo de nuevo a los bananales

ahora limpios sin yunai, sin policías.

Y al final de la brega,

hermano mío,

recogerás de la mano a tu Marcos Ramírez

y juntos, hombre y poeta,

escritor y obrero,

marcharán por la senda

de los que se han ido,

dejándonos amor, lucha, agonía,

dejándonos bondad, puño, semilla.

Y al final de la brega,

hermano mío,

cogerás de la mano a tu Marcos Ramírez,

porque entonces habrá nacido la simiente,

estarán los campos florecidos,

el pan se comerá con el sudor de la frente,

y tú sonreirás con la sonrisa

de los hombres prudentes.

Arturo Montero Vega (Naranjo, 1924)… compañero de luchas de Fallas

El conversador más ameno

Herrera, Adolfo. “El conversador más ameno”. Excelsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976,  p. 6.

Fue un chiquillo vivo, pero triste por la pobreza, por las necesidades de la casa, porque se sintió sin padre, teniéndolo vivo; porque tuvo que velar por los suyos desde muy joven ; porque sintió en su niñez la dureza de piedra del egoísta mundo de la burguesía. Pero esa tristeza no fue en él la amargura nunca. A veces triste, pero nunca amargado. En sus novelas se revela ese fenómeno. Al final de “Gentecillas”, el personaje que es él mismo, triste por una pena que es de amor y de lucha,se aleja de la escena y en la última página, agita la gorra sobre la cabeza en un gesto tal vez melancólico que no tiene sin embargo nada de amargura de derrota. Un gesto de hombre que quizås ha perdido una batalla, pero que sabe que ganará la guerra. Sobre una infancia triste el chiquillo agita un arrogante pendon de bizarria y de optimismo.

Esa circunstancia no lo arrojó a la desesperación ni a escalar puestos lejos de la miseria poniéndose al servicio de los poderosos.

Sencillamente lo sitúo entre los que llevan en si mismos la simiente del futuro. Se le apareó para siempre al pueblo.

No se ha escrito sobre la inmensa simpatía, cálida de tibieza humana, que despertaba Fallas cuando contaba cuentos y sus aventuras. Y no conozco un conversador más ameno que Fallas. Captaba en el relato la esencia de lo pintoresco, la entraña de lo rídiculo, el alma de la cómico y conociendo y queriendo a nuestro pueblo como él lo conoció y lo quiso reproducía fielmente su habla, sus características. Sus momentos de socarronería, o de nobleza, de viveza o de tontera. Esa comprensión y ese conocimiento del pueblo, rodeandolos de cariño como se rodean de algodones las piedras preciosas….

Oyéndolo hablar se iban las horas muertas. Así como se oía al pueblo en sus palabras y en sus dichos, así olía uno al pueblo, lo palpaba y lo  veía cuando Fallas lo pintaba en una anécdota, en un cuento, en algo que le había pasado en La Linea, en la cárcel, en la pulpería, en una reunión, en un campamento, en la calle, en el bananal o en el taller, el sidicato o el Partido. Ese poder de contar bien, de reproducir fielmente al pueblo, no lo tiene quien no lo ame.

Asi como hay personas que imitan a otras a quienes admiran y que les “pegan” hasta sus tics, sus dichos su manera de andar, Fallas reprodujo el pueblo porque lo quería y lo admiraba. No hay otra explicación. Pero además lo reprodujo, hasta cuando era burlista, con ternura, con la gran ternura de los hombres fuertes, la ternura viril que Shakespeare llamaba la “tibia leche de la ternura humana” sin la cual la Revolución perdería, como un niño huerfano la leche del seno materno.

Cáscara amarga al parecer. Pero dulce por dentro, como esos frutos de carne jugosa que estan envueltos en una cáscara aspera y dura. Cáscara amarga por fuera, quizás  por pudor, porque tenía el pudor de la ternura. Una ternura con pudor es más ternura porque es más verdadera. Bajo el carácter fragoso de Fallas corría un hilito de ternura clara y cristalina que con sólo escarbarle un poco la superficie salía bullicioso y refrescante.

Ya herido de muerte, en la cama, junto a él las muletas, con dolores inhumanos, me conto sucesos de su historia con aquella amenidad, con aquella vida, con aquella simpatía que siempre tuvo y que no lo abandonaron ni por el dolor ni por la cercanía de la muerte, ni por una invalidez que en él era más dolorosa que en otro.

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Adolfo Herrera Garcia (1914-1975), periodista y narrador (“Juan Varela”,1939), obtuvo poco antes de su muerte los Premios Pío Viquez y Garcia Monge de periodismo.

Aprueban tres benemeritazgos

“Aprueban tres benemeritazgos”. La Nación. (San José, C.R.), 11 de noviembre, 1977

La Asamblea Legislativa acordó ayer declarar beneméritos de la patria a los maestros Manuel María Gutirrérrez y José María Zeledón Brenes autores de la música y letra del Himno Nacional, respectivamente. Además se acordó declarar benemérito de las letras patrias al escritor Carlos Luis Fallas (CALUFA).

Manuel María Gutiérrez nació en Heredia en 1829 y a la edad de 23 años compuso la música del Himno Nacional, por encargo directo del entonces Presidente de la República, don Juan Rafael Mora.

José María Zeledón tuvo su más excelsa florificación cuando en 1904 ganó el concurso covocado por el Gobierno de la República para dotar de una nueva letra al Himno Nacional.

Nació en San José en 1877.

Por otra parte, Carlos Luis Fallas Sibaja es conocido principalmente por sus libros Mamita Yunai, Gentes y Gentecillas, Mi madrina y Marcos Ramírez, aventuras de un muchacho. Dichas obras han sido traducidas a varios idiomas. Calufa nació en Alajuela en 1909.

Las votaciones para los tres benemeritazgos fueron casi por unanimidad.

El proyecto para declarar benemérito a José María Zeledón fue presentado por Arnoldo Campos Brizuela, del partido Demócrata por San José, Edwin León Villalobos (Liberación– Heredia) formuló el proyecto para Calufa. Y por gestión de la Cámara Junior de Heredia, en 1966 los entonces diputados Enrique Azofeifa Víquez y Fernando Gutiérrez Benavides, acogieron el proyecto para declarar benemérito al maestro Manuel María Gutiérrez.

Las otras dos peticiones de benemeritazgo fueron presentadas este año.

Don Bárbaro de Calufa

Mora Rodríguez, Arnoldo. “Don Bárbaro de Calufa”. Semanario Universidad (San José, C.R.), 21-27 de julio, 1978

Coincidiendo casi con el reconocimiento oficial tributado a los méritos de hombre extraordinario en el campo de la historia política y las letras patrias, que le fuera dado por el Primer Poder de la Nación al declarlo Benemérito de la Patria (¿cuándo hubiera Calufa soñado que sus encarnizados perseguidores del 40 le otorgarían tan elevado honor?), la EUNA (Editorial de la Universidad Nacional) publica en el Cuaderno Prometeo No. 6, uno de los relatos que saliera de su pluma en los últimos años de su vida, Don Bárbaro. Valga la ocasión para felicitar al Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional por la serie de cuadernos Prometeo que, con fines didácticos, viene publicando periódicamente.

Concebido como un informe que debiera rendir a la Comisión Campesina de su Partido sobre las fechorías del latifundista Luis Morice  (¿cuándo se le aplicará la justicia a este malhechor del pueblo costarricense?), sus editores presentan este relato como un modelo de estudio sobre sociología rural, añadiendo en calidad de epílogo, una entrevista campesina llevada a cabo por el Lic. Miguel  Sobrado, especialista en problemática agraria de nuestro país. Sin negar en absoluto los méritos que el trabajo de Fallas tenga al respecto, estas breves líneas tienen como objetivo resaltar el valor literario del mismo. Aún en las notas más circunstanciales y destinadas para fines nada literarios, la pluma de Calufa es inconfundible.

En ella, como en su acción política, ese hombre extraordinario que fuera Carlos Luis Fallas, se entrega de cuerpo entero. Sencillo y tierno, poético y rigurosamente objetivo al describir la realidad, su realismo social aflora a cada línea de su apasionada pluma.

Todas sus líneas resuman ese cúmulo de valores humanos que hicieran de Calufa el más alto y noble revolucionario que haya engendrado esta tierra, que tanto amó y la que hoy le acoge en su regazo.

Sin otra pretención que la de invitar a los lectores a obtener este número de los cuadernos Prometeo, no resisto la tentación de transcribir, a guisa de confirmación de lo que antecede, el siguiente párrafo, en el que el autor describe uno de los ranchos campesinos que le cupo en suerte visitar:

“Todo allí esta bien ordenado y limpio”.

En el rancho, una canoa de madera, bien tapada, cerca del fogón, con agua para lavar los trastes, y otra acá, más pequeña, llena de agua para beber, también con su buena tapa, sobre la que permanecen embrocados el guacal de sacar el agua y las jícaras para tomarla ; el cuarto, amplio y cerrado; encima de la mesa, el radio de batería; en un rincón, la canoa grande para los granos y demás víveres; arriba, en las varas del techo, el arroz en espiga y el corredor abierto, una banca, el pilón de arroz y los aperos de las bestias. Afuera, alrededor del rancho, muchos árboles frutales, el encierro de los terneros y gallinas y patos correteando. Y allá,  bastante cerca, un sereno riachuelo que no se seca nunca, sombreado por árboles inmensos que dejan caer sobre la tranquila superficie del agua multitud de pequeñas florecillas; una inmensa raíz sirve de puente y por debajo de ella el agua escapa y chorrea a una pocita, a cuya orilla se lava la ropa y en donde uno se puede bañar echándose agua con un guacal”. (pág. 12)

Fallas el novelista

Marín Cañas, José. “Fallas el novelista”. Excelsior. (San José, C.R.), 8 de mayo, 1976.  p. 4. (Fragmento)

No tuve el privilegio de ser amigo de Carlos Luis Fallas.

Lo vi dos veces en mi vida, y lo oí una, cuando la derrota en Dominical. Hablaba desde la cama, exhausto, con una gran fatiga, “como quien se desangra” para usar el grafismo de Güiraldes.

De las dos veces que lo vi, me quedó la impresión de ser un hombre-higuerón. Tenía las características de ellos, grueso, alto tranquilo. El destino de ellos: la tormenta los mueve, solo el rayo los abate.

A pesar de que en forma modesta, yo trajinaba por los mismos campos en los que Fallas andaba quebrando lanzas literarias, nuestro único contacto, o por lo menos, lo único que de él supe y oí, fue en ocasión de que un común amigo le preguntara su criterio sobre dos libracos– ninguno llegó a segunda edición, niguno fue traducido a lengua extranjera alguna– que soportaban en las vitrinas de las librerías esa melancólica derrota de no venderse. Lo instó, Emilio Valverde Vega, abogado de alto coturno, estudiado en París y también en un pupitre de una misma clase, allá por los dorados años liceísticos del 18 al 20, cual era su opinión sobre mis libros. Fallas lo redujo en breves palabras a una amarga, acertada y demoledora crítica, que hoy repito, precisamente, porque de ella voy a sacar la verdad de las suyos, el doloroso trazo de su mano de artista excepcional, el humano valor de páginas universales que graban el nombre de Fallas a la cabeza de nuestros más conspicuos valores literarios.

Dijo asi: “No me interesan esos libros, porque son producto de la fantasía. Para mí, solo tiene valor la realidad”.

Esta crítica constituye, escuetamente el perfil exacto de su obra, que ha de hacerlo famoso en el 42 e inmortal en el 56. Con “Mamita Yunai”, primero, con “Marcos Ramírez, después, y ya para siempre.

Tenemos, pues, dichas por él mismo, las palabras que nos han de dar lo mollar de su obra, pero vamos a ir más lejos. Además del perfil, la dimensión tercera con la que adquiere el volúmen; la que la hace viva bullente y humana, de espíritu y sangre, de carácter y genio. Todo esto que integra al autor dentro del retablo lierario nacional.

Porque  Fallas, que es realista –ya lo dijo él : “Solo tiene valor la realidad”– no es realista a lo Balzac, a lo Dostoievski–  aunque algo arrastra de ellos lejanamente, quizás por lo denso y poblado de las novelas; el tamaño físico y la longitud del segundo relato– pero lo ha  sido por lo secillo y directo .

Abelardo Bonilla en su “Historia y Antología de la Literatura costarricense”, lo encasilla como naturalista, y en elllo está precisamente su acierto y su peligro.

En Costa Rica, o por lo menos dentro del concepto de lo que es literatura costarricense, se ha calificado como escritor costarricense, el que escribe costumbrismo. Costumbristas fueron nuestros clásicos. Tenemos el costumbrismo, porque lo que tenemos –con la poca  edad recorrida, historia pacífica, carente de grandes conmociones– es la costumbre. Es lo que más resalta en el vivir nuesto. El escritor, artista que moviliza su tema sobre un fondo de escenario, tiene que recurrir a la costumbre, que es a la postre, el insoslayable retablo. De ese copia, generalmente lo que ha venido a hacerse, es una viñeta.

Quizás por ello, considero que el costumbrismo es un arte menor. Como la artesanía del “souvenir”, lo es en grado aún menor. Contra esta desviación, trinó, en sus artículos juveniles. Yolanda Oreamuno. El costumbrismo es la fotografía, con gracia de color, acento castizo y dejo criollo, pero arte menor. Fallas, es, para resumirlo en breves palabras, el primero que no hace costumbrismo. Porque el costumbrismo es el retrato de la costumbre, y la costumbre es lo cotidiano, lo de todos los días, lo intranscendente. A los que vemos esto, este hacer, este rutinario molde, nos hace gracia su reproducción en la prosa galana o en el verso festivo. Pero la prosa y el verso pierden su valor, en cuanto el lector desconozca el original del que se sacaron las fotografías. La proyección del costumbrismo tiene como límite la frontera nacional. Es producto de consumo interno. Fallas es universal en su tema, sea cualquiera el fondo que le dé asiento al drama.

Escenario limpio y sazonado. Acuarela de trazo firme –a la manera de Fausto Pacheco y con sol de Fausto Pacheco– delante de la cual el drama ruge.

“Mamita Yunai” lo hizo famoso y “Marcos Ramírez” lo transforma en permanente, dentro de nuestros cuadros literarios nacionales. La primera obra citada es maestra en vitalidad y en acción. El escritor fluye desangrandose con una gracia darmática, que absorbe y deleita. Fue su aparición como un estallido dentro del raquítico medio de la época. Habia sido presentada en un Concurso, en el que los jurados resolvieron eliminarlo por “no tener forma de novela”. El libro bien pronto transpuso las fronteras patrias y alcanzó la traducción en los países detrás de la Cortina de Hierro.

Crei siempre, y aún lo sigo creyendo, que su obra pinacular por excelencia, el libro en donde el artista refleja su potencia, con gracia alada y poderoso genio creador –narrativo, matizante y fluido, travieso y diabólico, picarón y añorante– es Marcos Ramírez”.

¿Es acaso su vida? Quizás en una parte la sea; quizás de lo que oyó o le contaron. En cada página novelesca, se entremezclan siempre pedazos de vida propia del auto, con escombros, paredes rotas tejados con goteras, de otras personas que dejaron en el oido del escritor una visión de algo ocurrido. …..

La gran huelga de 1934. “ Calufa” en los bananales

Naranjo Chacón, Gustavo A. “La gran huelga de 1934. “ Calufa” en los bananales”. La Prensa Libre. (San José,C.R.), 4 de agosto del 2001. p.3.

Hace 67 años Jaime Cerdas Mora y Carlos Luis Fallas lideraron la huelga contra la United Fruit Co.

La gran huelga bananera de 1934 fue el epítome de las diversas huelgas y protestas iniciadas en 1888 por diferentes grupos de trabajadores que solicitaban en su mayoría las mismas cosas: mejora en las condiciones y los salarios, seguridad laboral…

Fueran los italianos, los trabajadores bananeros o los “tutiles”, esta cadena de rebeldía no podía pasar desapercibida por el incipiente Partido Comunista, el cual había visto validar su posición tras la crisis de 1929.

En 1934 Manuel Mora es elegido diputado al Congreso. Ese mismo año se da la gran huelga bananera, en la que participan cerca de 10 mil trabajadores, jefeados por Carlos Luis Fallas y Jaime Cerdas. Al año siguiente, aparecen dos de las obras más polémicas que haya visto el país: “ Costa Rica, Suiza Centroamericana” de Mario Sancho y “El Infierno Verde” de José Marín Cañas y hay una gran polémica por la medalla de oro que recibe Francisco Zúñiga por su Monumento a la Madre. Poco a poco, los alegres años veinte iban quedando más y más atrás en el tiempo.

La grande

Ya desde entonces -¿Quién dice que ahora es diferente? –el precio del banano dependía de la demanda de los mercados estadounidenses, mucho más temperamentales que los europeos y únicos accesibles desde la primera Guerra Mundial. Muchas fueron las ocasiones en que la United destruía las recimas de banano para mantener sus precios altos en el país del norte, haciendo a os finqueros nacionales asumir las pérdidas. Estos a su vez, preocupados por quedar con algo de ganancia, pagaban a sus trabajadores por las racimas recibidas en lugar de las cosechadas… cuando no remuneraban con boletas. Esta práctica fue denunciada por el escritor izquierdista de pensamiento y socialista de corazón Carlos Luis Fallas:

“Así llenan sus áreas de los ogros que viven en Wall Street, con el oro amasado con lágrimas, sudor, esputos de sangre y gritos de angustia y que hiede a pus, a pierna podrida y a ron”.

Magnificado en ocasiones, deplorables eran las condiciones y nulas las garantías que tenían los trabajadores de la tierra de Mr. Chittenden –gerente de la bananera- negándose a entrar las leyes nacionales dentro de aquellos parajes.

Bajo estas condiciones no fue difícil hacerles entender la necesidad de organización.

Aquí hace su entrada Carlos Luis Fallas quien habiendo sido trabajador bananero y encontrándose exiliado en Limón por increpar al Gobernador de Alajuela, comenzó la monumental tarea de crear comités dentro de la inmensidad de las fincas que se extendían desde el Valle de la Estrella hasta Guápiles.

Fallas se convirtió así en el eslabón que unió al Partido Comunista con la masa de trabajadores, y gracias a su labor de hormiga, pudo junto a Jaime Cerdas levantar en huelga a 10.000 trabajadores para el 9 de agosto.

Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte

Castro R., Guillermo. “Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte”. Excelsior (San José, Costa Rica), 8 de mayo de 1976, p. 3

No deja de ser intrigante, para cualquier lector costarricense, conocer la razón del escaso favor que algunos sectores del país le brindaron a la obra de Fallas, desde el mismo momento en que un jurado nacional le negó a Mamita Yunai, la primera de sus obras, categoría de novela en el año 1940.

   Que la Fundación Faulkner de los Estados Unidos distinguiera a Carlos Luis Fallas con el Premio Iberoamericano de Novela en 1962, mientras algunos compatriotas se oponían a que se le concediera el Premio Nacional de Literatura, es un hecho sorprendente. Que en Costa Rica se dificultara la circulación de la primera edición de Mamita Yunai, mientras se hacían numerosas ediciones y traducciones en otras partes de mundo, es toda una ironía.

  Y no menos intrigante fue presenciar la solemnidad y el dolor con que el pueblo lo despidió el día de sus exequias, en tanto que otros, mientras vivió, se prodigaron en ofrecerle cárcel y destierro.

  ¿Qué había pues de especial en la persona de Fallas para merecerle tanta intriga? ¿Qué significó su presencia en el ámbito nacional para acreditarse, en cambio, numerosos elogios y muchas distinciones? ¿Qué valor tiene por ejemplo, Mamita Yunai en sus contenidos y en su conformación, pero que hoy se le estime como la mejor novela nacional y se le juzgue entre las obras más significativas de Hispanoamérica?

  He aquí en la respuestas a estas interrogantes, la razón del artículo que hoy, a diez años de la muerte material del eximo escritor costarricense, publicamos en calidad de homenaje póstumo.

VIDA Y OBRA

 Carlos Luis Fallas nació en Alajuela el 21 de enero de 1909. Su infancia transcurrió en medio de numerosas privaciones. A los pocos años se traslado a San José, en donde realizó sus primeros y escasos estudios. Por su carácter fuerte se vislumbraba ya el hombre de carácter rebelde e insatisfecho que conoceríamos después.

 Ese temperamento recio, casi innato, los indujo a independizarse de su hogar y a enfrentarse a su destino, duro y hostil, cuando apenas tenía dieciséis años. Aquí comenzó la segunda etapa de su vida, decisivo en la afirmación de su espíritu combativo.

 Corría el año 1925. Se conservaba todavía en su apogeo la emigración de los campesinos del interior del país hacia el Atlántico, atraídos por la fiebre del oro verde. El mismo Fallas no escapó a la euforia del momento, y se fue a Limón, en donde pasó seis años realizando diversos trabajos. Durante algún tiempo se interno en los bananales de la United Fruit Co. en el Valle de la Estrella. Fueron años muy difíciles, sin duda los de mayores congojas, pero los más productivos de su vida, porque su larga permanencia en los campamentos inmundos y todas sus peripecias le harían descubrir su vocación narrativa y su espíritu revolucionario. La emoción biográfica que apreciamos en sus obras, es precisamente, el resultado de sus vivencias personales.

 En el año 1931 regresó de Limón con motivo del fallecimiento de su madre, con cuyo suceso puede señalarse el comienzo de la tercera, etapa, de su vida, ahora en condición, de agitado militante. La adversidad y las injusticias que había presenciado en los bananales terminaron de cincelar su espíritu combativo, y decidió permanecer en la ciudad para participar más de cerca, en las actividades proselitistas en defensa de la clase obrera.

 Histórica es, para mencionar un hecho, su valiente actitud en la Manifestación de Desocupados del 22 de mayo de 1933.  La represión y la cárcel no hicieron mella en sus arrestos; pero a raíz de este acontecimiento, tuvo que trasladarse nuevamente al Atlántico, desterrado por sus actividades revolucionarias.

 Una de sus más fieras luchas fue la que libró en el año 1934 como organizador de la Gran Huelga  Bananera de 24 Millas, que fue una verdadera liberación de su afán de justicia largamente reprimido ante los desplantes de la Compañía Bananera. En esa oportunidad, la prensa se ensaño contra los huelguistas y el gobierno desató su persecución, pero nadie pudo evitar que la histórica huelga fuera el primer eslabón de las conquistas sociales con que Fallas soñaba. No valieron entonces los engaños, ni las amenazas, ni el tremendo poder de los dólares para hacer claudicar la actitud honesta y heroica del gran dirigente obrero.

 En 1940 quiso ordenar y ampliar, con una perspectiva literaria, las experiencias que en forma de crónicas había escrito en el órgano periodístico del partido comunista, Trabajo, y se produjo esa inesperada revelación suya en la esfera narrativa dando a su luz Mamita Yunai, obra combativa y conmovedora que habría de consagrarlo como nuestro más destacado novelista.

 Esta cuarta faceta de su trayectoria se enriqueció después con la publicación de otras  obras: Gentes y Gentecillas (1947), de variados conflictos humanos cuyo escenario principal es la Hacienda Pejibaye, propiedad de la Compañía Bananera; Marcos Ramírez (1952), serie remembranzas infantiles de sabor picaresco: Mi Madrina (1954), obra anecdótica, de estilo autobiográfico, en la que se incluyó el cuento Barreteros y una novela corta titulada El Taller. En ese mismo año publicó en México  su Reseña de la intervención y penetración yanki en Centro América valiosa desde el punto de vista histórico y político. Después escribió un folleto sobre el problema del latifundio, bajo el título de Don Bárbaro, que hace recordar la obra de Gallegos. En forma póstuma apareció Tres Cuentos (1967) en la cual se recogen por aparte dos relatos suyos ya mencionados: El Taller, primera parte de lo que iba a ser una novela sindical; Barreteros, cuento sobre las tragedias y el problemas de las bananeras a los que se agrego un pequeño relato de adolescencia: La dueña de la guitarra de las conchas de colores que el autor se había negado a publicar por su fondo sentimental y su estilo de inmaduro. Como obra inédita, debe mencionarse Un mes en la China Roja “dedicada a todos los hombres honrados de América Latina.” En ella recopila una serie de impresiones sobre la sociedad de la China Comunista. Otros dos quedaron inconclusos: Cartas a Juan, en la que el autor recoge todas las misivas que desde Rusia le había ido enviando a su tío Juan Fallas, y Rojo y verde, que refiere sus experiencias como líder sindical.

 En 1944, sus continuas luchas por el logro de una patria mejor para la clase trabajadora le merecieron la responsabilidad de ser electo diputado al Congreso Nacional, como representante del Partido Vanguardia Popular. Al final de su período parlamentario, estalló la Guerra Civil de 1948, acontecimiento que debió vivir en todas sus consecuencias como jefe de las tropas gobiernistas. Al terminar el fragor de la lucha, derrotados los suyos, tuvo que sufrir algunos meses cárcel, la cárcel que ya había conocido por sus afanes de reivindicación social. Con el apoyo de muchas voces amigas obtuvo la libertad y emigro a México por algún tiempo.

 Finalmente se le hizo justo reconocimiento por su valioso aporte a la narrativa costarricense, al otorgársele el Premio Nacional de Literatura Magón de 1965. Pocos meses después el 7 de mayo de 1966, murió en San José, rodeado del calor de sus muchos amigos y compañeros de lucha, que derramaron sus lágrimas sobre el ataud de aquel hombre, humilde y honesto, que había entregado lo mejor de su vida a luchar por la superación de los oprimidos, que había enriquecido con sus escritos los alcances literarios de su patria y que ahora partía, con su espíritu vigoroso al fin en paz.

LA MEJOR OBRA DE FALLAS

  Lo es, sin duda, Mamita Yunai, que responde a un anhelo de redención, nacional. Refleja la responsabilidad moral y social del autor, su definición clara y valiente contra la servidumbre, contra los hechos insólitos de la explotación extranjera. La critica franca, el vocabulario sin ambages y algunas escenas de la obra un tanto violentas escandalizaron, sin embargo, al lector de pocos alcances y a las mentalidades retrógradas. Los perjuicios y la hipocresía de la época forjaron una acogida fría y despectiva, al punto de negársele, como se dijo categoría literaria en el Concurso de la Mejor Novela Hispanoamericana de 1940, y de haber sido “saboteado” la primera edición por más de veinticuatro años.

 No obstante, gracias al soplo divino de Pablo Neruda, que inmortalizó a Calero en su Canto General (1950), la obra de Fallas alcanzó el merecido privilegio de la universalidad. No otra cosa demuestran las numerosas ediciones que se han hecho de la  misma en diversos idiomas: Rumano (1949); Ruso (1952, 1957, 1962), Búlgaro (1955), Polaco (1953, 1955); Eslovaco (1954); Italiano (1955) Húngaro (1955); Chino (1959); Alemán (1961); Francés (1964); y Estoniano (1965). En Español se han hecho hasta el presente las siguientes ediciones: en Costa Rica (1941, 1966, 1970, 1971,1974); Chile (1949, 1972); Argentina (1955); México (1957) y Cuba(1960, 1961).

 Pese a esta muestra fehaciente de la trascendencia de la obra Fallas, algunos compatriotas quisieron negarle sus méritos En el Editorial del periódico La Nación del 17 de marzo de 1966, por ejemplo, comentando una publicación que días antes habían hecho distinguidos  ciudadanos de todos los credos políticos, a fin de sugerir el nombre de Fallas para otorgarle el Premio Nacional de Literatura se externo el siguiente criterio: “…si las obras del señor Fallas han sido favorecidas más que ninguna de los otros escritores nacionales, con numerosas traducciones en el exterior, sobre en los países comunistas, se debe ante todo a la temática que desarrollan, de fondo social y político más que a los méritos propiamente literarios de las mismas” (El subrayado es nuestro).

 El artículo refleja precisamente la intriga y la mezquindad con que algunos elementos de la prensa y de la crítica nacional lo aludieron muchas veces. Pese a tanta pequeñez, últimamente se ha hecho una justa valoración de su obra. Las nuevas generaciones han comprendido que todas esas criticas obedecían solamente a ciertos intereses de grupo. Han comprendido que Mamita Yunai debe valorarse por sus méritos literarios, ajenos al carácter panfletario que algunos se han empecinado en atribuirle. Se le reconoce ahora, el vigor de la expresión, su hermosa sencillez, la síntesis magistral que logra de la temática hispanoamericana, su significado humano, su vinculación con la experiencia personal del autor y su valor cono representación estética de una plenitud objetiva.

Mamita Yunai es una novela sencilla, ciertamente, en la que el lector no siente la presencia de grandes caracteres humanos ni el embellecimiento expresivo de los modernistas ni los complejos procedimientos formales de la novelística contemporánea. Mamita Yunai no esta hecha, en fin, para impresionar al lector intelectual, que se deleita formulando hipótesis y desentrañando con vanidad los misterios del diseño con que se ha pretendido deslumbrarlo. La obra de Fallas esta planeada para presentar un orden de cosas que urge atender. Consecuentemente, es una novela de tesis, un mensaje que insiste en la necesidad de que los pueblos de América despierten de su enajenación y actúen frente al ultraje foráneo; es una demanda de justicia para la raza indígena, una sátira contra  los gobiernos corruptos.

 El autor vivió en sus carnes la hostilidad del ambiente que denuncia. Y estas vivencias nos llegan dramáticamente y nos llaman a meditar y a asumir una actitud de solidaridad. Sentimos de cerca la degradación de nuestros compatriotas, que es también la desgracia del hombre americano consumidos por el monstruo verde de la selva y de los bananales aliados a la prepotencia del dólar. Asistimos a la rudeza de un ambiente que, siendo nuestro desconocíamos.

 La obra es cruda, a veces más allá de lo que algunos desearían. Y, sin embargo, no pedía ser de otra manera. Es una exigencia de las circunstancias. No obstante, dentro de tanta adversidad, se enmarcan escenas de gran ternura, a manera de contraste, porque los individuos actuantes, más que héroes, son seres humanos ligados a un destino común.

 La despedida de Herminio, por ejemplo, es desgarradora. En nuestra memoria queda, como un eco lejano y doloroso, su “adióos hermaanoo”, perdido en las tinieblas de la noche, oscura como el destino de nuestros compatriotas.

 Y a la voz de los que, como Herminio, no pudieron salir de los bananales quedara viva eternizada, como un testimonio de nuestra realidad histórica, al tiempo que la imagen fantasmagórica de Calero, con su mueca trágica, seguirá arrastrándose por los latifundios de las compañías extranjeras, como un clamar de justicia  para el hombre americano.

 Y mientras existan Caleros y Herminios explotados que será siempre, permanecerá vivo entre nosotros el recuerdo de Fallas como nuestro mejor narrador y como un profeta de redención social.

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