El Poeta de Costa Rica

Rubén Darío. “El Poeta de Costa Rica”. En: http://lectorias.com/aquileoecheverria.html (consultado el 16–04–2012)

Costa-Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa-Rica tiene sangre gallega; Costa-Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el Marqués de Peralta; Costa-Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa-Rica tiene la Corte Suprema de Justicia Centro Americana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa-Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores; —y Costa-Rica tiene un Poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero su poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del Presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Washington, donde perteneció a la legación de su país, fue íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Atwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centro-americanas, retornó a su país y se casó y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es su costumbre, había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he ahí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el Poeta de Costa-Rica en un sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa, por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la Ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de Concherías.

¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño señor Brenes Mesén nos lo explicará: “Aunque la palabra ‘conchería’ es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa-Rica, de unos ocho años para acá, se llama ‘concho’ al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino.” Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su país. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y los frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuido a hacer odioso el alejandrino, no ha demostrado ningún rastacuerismo lírico ni se cree un pistonudo genio. Tiene —ah, tener eso todavía, ¡Dios mío!— tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terriblezas de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y sin embargo no hay en él un solo instante de pesimismo, y como buen pájaro natural dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música risueña.
En pocas palabras sintetiza su valer uno de sus amigos, Antonio Zambrana: “No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y coloradota, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barva; sobre eso pueda haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta; hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca; pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verba sonora y abundante; hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido’’. Sí, puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluido el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para decir cuanto me encantan los poetas que como el árbol de su floresta dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño; y mi exotismo el ansia de lo deseado.
Otro escritor, compatriota de Echeverría dice: “Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra, quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos ellos se desprende el valor fortificante de nuestro suelo.’’ Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa-Rica tiene como él ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.

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Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones, mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías.
Fijaos en la primera parte de su libro.
Desde luego, no estamos aun escuchando la parla de los conchos. Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta de pronto aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Melendez Valdés?
Es Clori, la esposa —del Céfiro amante…
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las valerosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, “aliento fresco de los montes, respiración sana de ternezas al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas…” Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa-Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. “No se le da bien disecado en un diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo. La transcripción se ajusta, tanto como es posible para no chocar demasiado con los hábitos existentes, a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente la importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son con frecuencia arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos. Si desde la época anteclásica vemos que la r final de los infinitivos se asimila a la l delante de los sufijos, y así lo observamos en Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la península Ibérica. Entre vocales la síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos, y es ley dominante en la lengua tica y americana en general.’’ Ticos se llama en Centro-América a los habitantes de Costa-Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay, o de Fray Mocho.

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Leed los romances campesinos o criollos.
Decidme si en lo que comprendéis de esa relación y de sus diálogos, al lado de algo baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Alvarez y otros han hecho perdurar aún después de la casi desaparición del gaucho. Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina —a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa también de Costa-Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos— en los cuentos y descripciones criollas, aún en las que casi se dirían trabajos de folk-lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria.
Y queda agradecido el paladar después de saborear la miel aromada de los frutos de la tierra.

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Las Concherías

Rojas, Margarita; Ovares, FloraLas Concherías. En: “100 años de literatura costarricense, Fin de siglo y literatura. Ediciones Farben, 1995. Página 35  (fragmento)

Si consideramos la literatura como el gran texto en el que se inventa, se escribe y se fija la identidad nacional, veremos que son las Concherías (1905) las que, más que de cualquier otra, se ha percibido y memorizado la obra definidora del “alma nacional”. Gracias a las Concherías su autor, Aquileo Echeverría se inmortalizó como un gran clásico de la literatura costarricense. Como Magón, Aquileo crea y mitologiza tipos humanos, actividades, ambientes, costumbres, con información detallada: funda un tipo, el concho y en él, se dice, se reconoce el ser costarricense.

En la misma época sucedía en otras literaturas latinoamericanas algo similar: en Venezuela aparecía el llanero, en Puerto Rico, el jíbaro, el charro en México y el gaucho en Argentina. El género literario se ha seleccionado para presentar a estas figuras es el romance, el verso “popular” por excelencia. El romance está construido por versos de ocho sílabas con rima asonante. Un ejemplo de este género es la poesía gauchesca, producida por escritores urbanos, y que recurre al habla regional y el tema rural (las “aventuras, los sufrimientos y los reclamos de la vida del gaucho”). Se trata de una poesía narrativa y dialogada, que se folclorizó, es decir, se volvió texto oral. Iguales características se pueden atribuir a las Concherías que, de este modo se inscriben en un contexto literario reconocido en la historia del continente.

La incorporación de tiquismos en los diálogos y las narraciones es una característica de las Concherías y también de los cuadros de Magón. Otros rasgos son:

  • la concentración de las situaciones relatadas en un espacio interior (la casa, la aldea, Costa Rica);
  • la escogencia de los personajes dentro del núcleo familiar;
  • los temas tomados de la vida cotidiana;
  • la inclusión de las listas de productos, remedios y alimentos.
  • el humor, el chiste, el doble sentido, los personajes y situaciones cómicas.

Pero a diferencia de los cuadros magonianos, en las Concherías se habla de hechos tristes y hasta trágicos: la figura de la madre que llora después del casamiento de su hija (“Boda campestre”), la viuda que cuenta a su amiga, sencilla pero sinceramente, la falta de su marido reción muerto (“Diálogo”), la enfermedad, la agonía y la muerte de un hombre joven en “Visita del pésame”, la muerte de un joven en “Cuatro filazos”; en fin, la violencia, el abuso y hasta la policía en “La firmita”.

Tanto las situaciones cómicas como las tristes transcurren generalmente a lo largo del diálogo entre dos personajes, uno le cuenta a otro lo sucedido. Para hacerlo, se prefiere el tiempo presente. Así, más que narrado, cada relato es sobre todo un diálogo “actuado” frente al lector, como en el teatro. De ahí la posibilidad real que ofrece el texto a su dramatización casi inmediata…

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Nuevas y viejas Concherías

Herrera, Franklin. “Nuevas y viejas Concherías”.  La República, Opinión (San José, Costa Rica), 2005, página 18

 

No hay duda de que Concherías, de Aquileo J. Echeverría, tiene el bien merecido título de clásico de la literatura costarricense y su autor, calificado por Rubén Darío como “el poeta de Costa Rica”, es sin dudas un referente fundamental de nuestra literatura y una fuente de primerísimo nivel para el conocimiento y comprensión de nuestras raíces históricas y lingüísticas y de nuestra nacionalidad y forma de ser.

Por estos días, la editorial Legado publicó otras Concherías. La versión sorprende en primera instancia por la perfecta presentación, que asoma desde su portada, ilustrada con una acuarela de Ana Griselda Hine, que adornó ya otra edición en 1989.

Un aspecto es de novedad en un texto tan leído, publicado, estudiado y representado como Concherías. A diferencia de otras ediciones, Legado consideró como original el libro que salió en 1909, publicado por la Imprenta Elzeviriana de Borrás y Mestres de Barcelona, España, que fuera firmado por el autor el 6 de marzo de ese año, cinco días antes de morir, cuando tenía apenas 43 años, vividos de manera pobre pero alegre y multifacética, ya fuera como militar en la guerra centroamericana contra Rufino Barrios, como ayudante del presidente Cárdenas de Nicaragua, como periodista en Costa Rica, El Salvador y Guatemala, como diplomático en París y Washington, como pulpero en Heredia o como bohemio siempre.

En ese sentido, la nueva edición rescata el primerísimo origen del texto y lo sustrae a un siglo de cambios y “correcciones”, practicados fundamentalmente sobre la ortografía de vocablos que el mismo autor quiso escribir tal cual los escuchaba en boca de sus protagonistas, los conchos, seguramente desconocedores de las sutilezas de la pronunciación y la ortografía reglamentadas por la academia y las variantes lingüísticas de prestigio.

Así, el texto que publica Legado escapa al excesivo celo de correcciones, estudiosos y editores, que consideraron quizá más conveniente trasladar a un lenguaje algo más culto o “correcto” unas palabras puestas ahí por el autor como reflejo de un mundo que surge de la contemplación por parte de un espectador externo y privilegiado. Solo La vela de un angelito, por ejemplo, ha sufrido a lo largo del tiempo más de 40 cambios de esa naturaleza.

En esa dimensión vale la pena releer esta nueva publicación de uno de los clásicos de nuestra literatura, en el entendido de que nos acercará mejor a un mundo de ingenuidad primaria y sencillez campesina.

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Entonces, vale recordar las palabras de Darío en el Prólogo de aquella edición barcelonesa: “Echeverría habla bien su lengua patriótica (…). Y yo aprovecho la ocasión para decir cuánto me encantan los poetas que como el árbol de su floresta dan la flor propia”.

Un siglo de Concherías

Bermúdez, Manuel. “Un siglo de concherías”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 11 de diciembre de 2005, p. 2

 

Aquileo Echeverría, además del consagrado poeta, fue un personaje curioso, entusiasta como un niño.

A cien años de la publicación de su primera edición, aparecida en 1905, cabe volver sobre una de las obras esenciales de la literatura costarricense, el conjunto de romances del poeta Aquileo J. Echeverría, conocido como Cónchenos y que recientemente tuvo una cuidada edición por parte de la editorial Legado.

Aunque este autor ha sido convertido en toda una institución y muchos esperan de él una figura solemne que recogió el habla popular como una rareza, lo cierto es que Aquileo es el poeta de Costa Rica, pero a la vez es una figura curiosa, inquieta como un niño, entusiasta, pícaro y uno de los hombres proverbialmente más simpático que ha teñido este país.

Aquileo y la bohemia. El díscolo muchacho que aborrecía las lecciones nació en San José, el 22 de mayo de 1866. Se enlistó en el ejército para ir a luchar a Nicaragua contra Justo Rufino Barrios en 1885, pero como la guerra terminó a poco de empezada, su brevísima experiencia militar le sirvió para desplazarse hasta Nicaragua y probar allá alguna aventura para su espíritu inquieto.

Como le era propio, con simpatía proverbial y su sentido del humor, pronto cosechó amigos. A las puertas de una vida bohemia, de tertulias y literatura, conoció a un dilecto amigo y compinche, el poeta Rubén Darío.

A su regreso a Costa Rica, la decisión estaba tomada, la academia no era para él, su mente inquieta, su espíritu inquieto y su gran sensibilidad lo llevaron a ser lector voraz, pero necesitaba la calle, la aventura, la conversación.

Empezó entonces a publicar con pseudónimo algunos versos y epigramas en periódicos como La República, Costa Rica Ilustrada, El Comercio y en una provocadora publicación que él mismo dirige y que lleva al nombre sugerente de Boccaccio.

En 1887, el gobierno lo nombró secretario en la embajada en Washington por lo que le correspondió asistir a la firma del acuerdo de límites de Costa Rica y Nicaragua.

Al poco tiempo regresó al país, pero su vida errabunda lo llevó a El Salvador donde mantuvo su labor en el periódico La Unión, que en 1889, llegó a dirigir su entrañable amigo Rubén Darío. Pero Aquileo vuelve a Costa Rica y poco tiempo también Darío.

Nuevamente vuelverían a coincidir en labores periodísticas. Una elocuente nota que envió Darío a Aquileo, y que se mantuvo guardada como recuerdo, refleja la cotidianidad de aquellos compinches.

Dice: Aquileo: “Si contribuís con un peso, vamos a almorzar juntos. Vino a discreción. Pero ya”. Rubén: “Búscame por la ventana de la oficina. Pero antes contéstame con el portador sí o no”.

Pese a su cercanía con el portento poético de Rubén Darío, Aquileo Echeverría arriesgó con una forma literaria propia, inédita y que consistía en una producción poética a partir de guardar la mayor fidelidad posible al habla popular.

Las andanzas de estos dos escritores y bohemios los separaron cuando el tico viaja a Guatemala, donde trabajó en periódicos y hasta puso un café que fue centro de tertulia intelectual, mientras el nica viajó a Buenos Aires.

Pero una vez más la aventuras empresariales del poeta nacional fracasaron, y volvió a Costa Rica. Desde la capital argentina le escribió su amigo y le dijo: “Hágase serio por una vez en su vida y véngase para acá”.

Pero Aquileo no acogió la propuesta de marcharse, aunque quizás sí la de ponerse serio, pues se casó con María Dolores Flores y se fue a vivir a Heredia en la finquita que le regaló su suegro.

En esos años recogió el material esencial de sus historias de conchos, pues en casi todas fue testigo o protagonista. Puso una pulpería, condenada también al fracaso de sus torpes manejos administrativos, pero que le sirvió de vínculo con el hacer y decir de sus vecinos campesinos. Darío celebró los romances de Aquileo y sin dudas lo llamó el poeta de Costa Rica en un prólogo elogioso que se ha respetado en muchas de las ediciones posteriores a la de 1909.

El decir campesino. La atrevida obra del joven poeta apareció junto a romances, poesías y otras formas poéticas en muchas revistas de la época y la demanda de sus lectores hizo que las reuniera en algún volumen.

Al presentar la primera edición de Concherías, Roberto Brenes Mesen, señaló el valor literario de esta propuesta, e incluso su importancia filológica, pues muchas palabras señaladas como impropias son arcaísmos y algunas responden a leyes fonéticas que rigieron la formación del castellano.

Incluso, titular estos romances con el nombre de Concherías, ya es toda una declaración por parte del autor, pues, según dice Brenes Mesen, el término “concho” para referirse al campesino apenas tiene pocos años de ser utilizado por los costarricenses, en particular por los josefinos.

En su estudio Ángela Baldares retoma ese valor filológico de las Concherías, al transcribir intentando la mayor fidelidad posible al habla popular.

Con el análisis fonológico, morfológico y sintáctico de estos versos demuestra el valor que tienen para el estudio de la lengua y su comportamiento en el pueblo costarricense. Esto sólo fue posible por el interés del mismo autor de mantener una grafía correspondiente a la pronunciación.

Este respeto no fue visto de esta manera y, con torpeza, aunque quizás sin mala intención, el texto ha sufrido supuestas correcciones que hicieron que algunas ediciones se consideren completamente intervenidas y alejadas de la intención y valor por el que el mismo Aquileo apostó.

La grafía de Concherías varía en las distintas ediciones, por ejemplo, la de 1927. El celo correctivo de filólogos y editores hizo que en varias ocasiones fueran sustituidas las “y” por “ll”, la “b” por “v” y la “s” por “c”, según la norma gramática, pero con eso irrespetaron el intento del autor de señalar que las pronunciaciones “U”, “v” y “c” no existen en el habla del campesino tico. Estos errores de excesivo celo correctivo se mantienen, aunque quizás de manera más justificada, en la edición de Clásicos del Istmo, colección que impulsó el gobierno guatemalteco de Arévalo Martínez en 1948, con un bello prólogo de Georgina Ibarra.

El mismo Aquileo J. Echeverría destacó en la edición de 1909 en Barcelona que la publicación contaba con su propia corrección y revisión, pero esto tampoco fue respetado por el voraz entusiasmo de los correctores.

Situación que recuerda una caricatura de Quino en la que una trabajadora doméstica ordena no solo el desbarajuste en la sala de un apartamento, sino incluso los elementos de una reproducción de Guernica que cuelga en la pared.

Según la doctora María Amoretti, de orientación sociocrítica, se pueden plantear al menos dos hipótesis, al respecto de las correcciones. Por un lado, el intento de reducir la dificultad del lector al topar constantemente con formas escritas que le son desconocidas. Por otra parte, un celo de corrección asentado en la percepción que los editores quieren promover del costarricense.

Amoretti, quien ha estudiado con especial interés a ese otro referente de la identidad literaria costarricense que es Manuel González Zeledón (Mogón), así como al autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, José María Billo Zeledón, no deja de destacar que ambos eran primos de Aquileo.

En estas tres figuras se asienta mucho de la imagen que el costarricense ha aprendido de sí mismo.

Aunque, al igual que Magón, Aquileo tiene un matiz de humor infranqueable, éste se debe a la comicidad propia de las situaciones que escribe. Sin embargo, no deja de existir un tinte burlón, choteador que prima en la idiosincrasia costarricense.

Últimos años. Aquileo J. Echeverría enfermó en 1902, precisamente en los años en que su labor era más productiva y en que había definido con claridad su devoción al habla y costumbres nacionales. Con apoyo del gobierno viajó a París en agosto de 1908, para intentar algún alivio y para realizarle uno de sus sueños. Pero en la capital francesa mantuvo su vida alegre. Luego viajó a Barcelona, donde editó a principios de 1909 sus Concherías con una dedicatoria a Manuel María Peralta, una presentación de Antonio Zambrana y el célebre prólogo de su entrañable Rubén Darío.

Murió el 11 de marzo de ese año, poco antes de cumplir 43 de vida. El 22 de mayo del año próximo (2006) se cumplirán 140 de su natalicio.

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Aquileo Echeverría Zeledón

Aquileo Echeverría

Aquileo Echeverría

Aquileo Echeverría Zeledón nació en San José el 22 de mayo de 1866 y murió en Barcelona el 11 de marzo de 1909. Tenía apenas 43 años. Su vida alegre y fogosa, aunque pobre, lo derivó a ser militar en la lucha centroamericana contra Rufino Barrios; ayudante de campo del Presidente Cárdenas, en Nicaragua; periodista en Costa Rica, El Salvador y Guatemala; diplomático improvisado en París y Washington; pulpero en Heredia; bohemio en todas partes y máximo poeta del alma nacional por los siglos de los siglos.

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“Costa Rica tiene un poeta. Tiene, en verdad, otros poetas, pero su poeta, el poeta nacional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría”. Con esas palabras, el ingenio mayor de la poesía hispanoamericana, Rubén Darío, dejó señalada —para siempre— la envergadura, la fuerza y la autenticidad de esos versos que, en Concherías, logró producir el más genuino poeta costarricense. Al prologar la obra, Darío se amparó en Antonio Zambrana, Brenes Mesén y otros, para disimular un tris sus poliédricos afectos, pero los mayores elogios son propios y llega a decir, por ejemplo, que “aquel verso bien modulado, demuestra su descendencia clásica… fuente original de donde ha fluido el admirable y bien sonante romancero castellano… Su poesía me conmueve, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria”. Lo que el virtuoso leonés percibió en aquellos profundos cantos de alma campesina y sabor a jocote, la tradición secular lo confirmó: convertidos en dominio público, los épicos octosílabos —síntesis del ser costarricense— se recitan de memoria en cualquier tertulia intelectual y son chascarrillo frecuente en la conversación cotidiana.

Signo claro de su graciosa originalidad inmortal. La presente edición los rescata de su fuente más prístina: la que se publicó, bajo firma del autor, en Barcelona, en 1909, y supera cambios y “correcciones” que se acumularon en un siglo de travesías. Aquileo Echeverría Zeledón nació en San José el 22 de mayo de 1866 y murió en Barcelona el 11 de marzo de 1909. Tenía apenas 43 años. Su vida alegre y fogosa, aunque pobre, lo derivó a ser militar en la lucha centroamericana contra Rufino Barrios; ayudante de campo del Presidente Cárdenas, en Nicaragua; periodista en Costa Rica, El Salvador y Guatemala; diplomático improvisado en París y Washington; pulpero en Heredia; bohemio en todas partes y máximo poeta del alma nacional por los siglos de los siglos.

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