1980: transición, crisis y esperanzas

Sáenz, Andrés. «1980: transición, crisis y esperanzas». La Nación, Crítica de Teatro. (San José, Costa Rica), 9 de enero de 1981, p. 4b

Para el movimiento teatral costarricense y para el público aficionado al teatro, 1980 fue un año de transición. Si bien se recuperaron espectadores que se habían alejado de las salas en 1979, no hubo, en el 80, un aumento importante del número de asistentes. Aunque el Teatro Carpa hizo esfuerzos encomiables de divulgación a comunidades, esta actividad estuvo circunscrita al Valle Central, y si a la Compañía Nacional de Teatro le correspondía según su reglamento, hacer giras por el territorio nacional, en 1980 no realizó ninguna, y delegó esta importante función en jóvenes egresados del Taller Nacional de Teatro.

Quizá el problema fundamental con que se enfrenta el teatro en Costa Rica sea la selección del repertorio. En general, durante la temporada pasada el escogimiento de las obras no fue atinado, pues muchas estaban por encima de las capacidades de los grupos mientras que otras sencillamente eran malas o no tenían nada que decirle al público local. Sin embargo los jóvenes del Teatro Tiempo y del Teatro Estudio de la Universidad Nacional supieron escoger las piezas que presentaron e hicieron un aporte valioso al año teatral debido a la calidad de sus representaciones.

La Compañía Nacional de Teatro está en franca crisis. En todo el año sólo realizó tres montajes, uno de ellos estrenado en diciembre, del que de dieron unas pocas funciones antes de que el elenco entrara en su receso anual. Además, la sala de CNT se mantuvo cerrada semanas enteras. Esto es señal de que la compañía oficial del país ha sucumbido a la arteriosclerosis burocrática y que su actividad no justifica el elevado presupuesto que le paga el contribuyente.

El Teatro del Ángel cumplió en octubre cinco años de ininterrumpida labor en su sala de Cuesta de Moras. Como en los años anteriores, su principal contribución fue mantener la sala abierta todo el año con montajes de alta calidad profesional. Los demás grupos harían bien en aprender la lección que la estadía del Ángel en Costa Rica les enseña: guardar a cabalidad el compromiso adquirido con el público y con el oficio del teatro. Su anunciada partida del país dejará un vacío que únicamente la dedicación y la constancia de las otras agrupaciones podrían llenar.

Un estreno del autor nacional Alberto Cañas que obtuvo éxito de público y de crítica salvó la temporada del Teatro Universitario (TU), cuyas presentaciones anteriores a esta obra fueron decepcionantes. El TU debe escoger con mayor tino y esmero, no solo las piezas que presenta, sino igualmente a los directores que confía los montajes.

El año 1980 no reveló ningún talento extraordinario, pero el buen trabajo de los jóvenes Gerardo Bejarano y Ana Istarú promete mucho para el futuro. También, Jaime Hernández confirmo su capacidad como director y Leonardo Perucci demostró en las tablas que ha sido una magnífica adquisición para la escena costarricense.

A la larga, tal vez el hecho más significativo para el teatro nacional durante 1980 será la traducción de Troilo y Cresida, de William Shakespeare, hecha por don José Basileo Acuña y publicada por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia. El medio artístico e intelectual del país no ha manifestado aún ninguna reacción ante el trabajo de don José Basileo y quizá tardará años en hacerlo. Pero sin duda la semilla sembrada por el insigne escritor nacional, con ésta y otras traducciones del inmortal dramaturgo inglés, dará abundantes frutos en el porvenir.

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Un Pícaro en la Asamblea

Azofeifa, Isaac Felipe. «Un pícaro en la Asamblea. «Semanario Universidad (San José, Costa Rica), 27 de mayo de 1983 (Fragmento)

Alberto Cañas acaba de sacar en la Editorial Costa Rica su último libro. Se titula La soda y el F. C. y lleva un subtitulo: Biografía de una partida específica. Es un relato simple que deja un sabor a cuento largo porque no llega a alcanzar la complejidad narrativa de una novela corta. En realidad, parece pensado como un episodio más de esa obra más basta que esperemos ver desarrollarse, y que llegará a tener su buen título: Historias de San Luis, por ejemplo.

Uno se pregunta por qué no se ha hecho en Costa Rica la segunda edición de Feliz Año, Cháves, Cháves, cuya primera edición, de 1975 en Buenos Aires, debe haber circulado muy poco entre nosotros. Y es que esta no es solo una de las mejores obras de nuestra narrativa contemporánea, sino que con ella inaugura Alberto Cañas la saga de nuestro pueblo y de nuestro siglo. Radica en el mismo San Luis nuestro autor la historia de Uvieta, (1980) que es una obra maestra de nuestro teatro. Y ahora, contando la hazaña del diputado por San Luis, Lesmes Arrieta, nos agrega la tercera de sus obras al propósito estético-literario de ir penetrando en la carne, la sangre y la moral de nuestros prójimos sanluiseños para que los ticos nos veamos en ellos como en un espejo.

San Luis va adquiriendo un valor claro de símbolo. San Luis es Costa Rica misma. Pero la Costa Rica rural, aldeana, que se resiste a desaparecer y sigue profundamente anclada en nuestras provincias, en los cantones, en los cientos de pueblos silenciosos pero presentes como el San Luis de Alberto Cañas.

La intuición de Cañas no es nada simple, también ha visto que la ciudad sigue un destino diferente: el cambio de su sociedad, de sus instituciones, de sus costumbres, es lo que nos ha ofrecido en su novela corta Una casa en el barrio del Carmen y luego en su obra dramática tan melancólica por eso mismo: Ni mi casa es ya mi casa.

Lo mismo que le admiramos en su teatro, en su narración despliega Alberto Cañas sus cualidades de humor jovial y aguda observación irónica de nuestras costumbres y de nuestra gente. Especialmente rico en sorpresas de estilo es su hábil manejo de los matices de nuestra lengua hablada. Y sabe colocarlos con clara intención de castigar con la risa de la sátira amable nuestras costumbres expresivas. Jerga de los educadores, de los técnicos, de los hampones, de los abogados, y de los diputados junto con los burócratas.

Pero en La soda y el F. C. lo mismo que en Feliz Año, Chaves, Chaves, nuestro gran narrador y dramaturgo pone en juego mucho de su experiencia en los ajetreos políticos de muchos años….

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Semana Alberto Cañas

«Semana Alberto Cañas«. La Nación. Editorial (San José, Costa Rica), 28 de setiembre de 1995, p. 14A

 El Colegio de Periodistas celebra en estos momentos la Semana del Periodista, que ha dedicado a don Alberto Cañas Escalante. Que se cumpla con la tradicional celebración de esta semana tiene, este año, un mérito especial. El fallo dado por la Sala Cuarta que declaró inconstitucional la colegiación obligatoria de los periodistas infligió al Colegio un serio golpe. Pero, la actual junta directiva se ha empeñado en demostrar que el golpe no fue ni puede tener esperanza de ser mortal. Contra el temor de que se hiciera de esa manera naufragar al Colegio, este ha aumentado su actividad y participación ciudadana. Ha emprendido una interesante experiencia para la práctica gremial costarricense; esta ha tenido por dogma la colegiación obligatoria como base de toda su existencia. En cambio, el Colegio de Periodistas comienza a mostrar una interesante posibilidad: su mantenimiento pese a la pérdida de esa condición, mediante la demostración de espíritu de cuerpo y de solidaridad profesional. La celebración de la actual Semana de Periodista es un buen paso un esa dirección. El colegio existe, vive y tiene toda la intención de mantener su vitalidad, de lo cual, los órganos de prensa debemos sentirnos muy satisfechos.

El homenajeado de la actual semana no podía ser más distinguido. Sus ejecutorias de hombre de prensa son de lo más brillante que pueda darse en la actual Costa Rica: fue director de este periódico, ha sido editorialista, crítico literario y teatral, comentarista político, humorista y por sobre todo, ha mantenido a través de los años una columna, “Chisporroteos”, que constituye su actual trinchera, y desde la cual habla sobre todo lo divino y humano, y que La República se honra en publicar. Además de periodista ha ejercido la diplomacia, sirviendo la embajada ante Naciones Unidas y el Viceministro de Relaciones Exteriores; fue el primer Ministro de Cultura, dos veces diputado, habiendo ejercido la presidencia de la Asamblea en el primer año de la actual administración. Tiene además una profusa obra literaria, que va desde la poesía hasta la novela, con un énfasis muy especial en el teatro. De vez en cuando, hasta se acuerda de que es abogado, lo cual, dada su gran capacidad argumentativa, tampoco le cuesta.

Por todos los méritos, la escogencia hecha por el Colegio de Periodistas de su nombre para denominar la actual Semana de Prensa es un merecido homenaje de uno de los tantos grupos de profesionales que tienen la fortuna de contar a don Alberto entre sus miembros. Además, permite al Colegio mostrar los valores que se encuentran entre los periodistas.

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Unas Letras para Uvieta

Rojas, Miguel. Unas Letras para Uvieta”. Semanario Universidad (San José, Costa Rica), s,f., p 20.

A pesar de que en Costa Rica existe una producción dramática bastante irregular en cantidad y calidad que tiene más de un siglo, no es sino con Alberto Cañas y Daniel Gallegos en que se dan a luz piezas que realmente valen la pena, hablando en términos de creación por parte de verdaderos dramaturgos, originales y de gran valor literario. Los estilos de ambos son bastante diferentes, pero son importantes para la iniciación de una búsqueda de valores nacionales y universales. Posteriormente, aparecen Samuel Rovinsky y Antonio Iglesias, con una producción que todavía cumple el período de ajuste entre el creador, su obra y el tiempo.

Alberto Cañas tuvo la ocurrencia de crear su UVIETA, un UVIETA que solo toma la idea del cuento africano recreado para nuestra literatura por Carmen Lyra. Su Noé Redondo, como se llama el civil que apodan Uvieta, es un empleado de un hospital de El Seguro Social, del que se vale Beto para darnos una muestra de sensibilidad poética y madurez dramática como dramaturgo. Beto es, por antonomasia, nuestro dramaturgo para dominguera en el terruño.

Al igual que los griegos del siglo V antes de la muerte de Jesucristo, Beto recoge, temas y personajes locales, se apoya en el espejo de una dimensión poética sencilla y directa que tiene olor y sabor de nuestros compatriotas. Y por ahí empieza su éxito. A esto le agrega una estructura dramática convencional de tiempo y espacio –sin ninguna novedad ni experimentación de ningún tipo- para contarnos sus historias y sus ocurrencias que generalmente rompen el molde de lo que creemos irreal pero que en sus manos se convierte en real e imaginativo. Con el paso de los años, Beto se ha ido convirtiendo en un gran tío cuenta historias para el teatro costarricense.

Espejo de su pueblo que tiene arraigo y parto en lo rural y agrario, que cada vez más se larga desbocado hacia una superfluosidad urbana, Beto observa con fina ironía y sarcástico escalpelo aquello que le sirve para sus fines de crítica mordaz. Entonces vemos que le clava sus dardos al Seguro Social, a los diputados, a la policía especializada en desenredar hechos de crimen y misterio, y valerse de soplones para realizar sus pesquisas. Esto nos hace disfrutar a los costarricenses de hoy, como también Aristófanes lo hizo en Grecia, cuna del teatro, allá por los siglos V – IV a. de c. Y es que los espectadores gustan y les gusta que les hablen en su lenguaje y con personajes que ellos conocen en la vida real que los rodea todos los días. Les causa profundo deleite sentirse costarricenses en la butaca y verse representados, viendo transcurrir parte de su idiosincrasia y costumbres en el espejo de la acción dramática.

Cuando reflexionamos sobre el rotundo éxito de UVIETA en el montaje de Lenín Garrido para el Teatro Universitario, encontramos las raíces de una Costa Rica que todos queremos, que quisiéramos ver detenida en el río de la historia, y continuar siendo nosotros, con nuestros mangos, nuestra naranjas y nísperos y toda esa poesía implícita en nuestra sencillez, asentada sobre pequeños valles, candorosas nubes de azul y las sabrosas tertulias que la chispa del costarricense sabe acompañar con el café y el tamal en hoja de plátano.

Desgraciadamente, preferimos imitar como monos los frutos decadentes de los imperios y la parla de los vividores profesionales que trafican con los puestos de Gobierno, Salud y larga vida, Beto. A Daniel Gallegos lo mismo, y que no nos prive de su trilogía, ya escrita pero todavía inédita, pues no le pertenece a él –creemos-, sino que es patrimonio de todos los costarricenses.

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Beto Cañas, señor de causas

Parra Aravena, Ana María. «Beto Cañas, señor de causas». La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 17 de octubre de 1999, p.1

Aunque él no lo admite, deja un invaluable legado con su verbo y con su pluma, por eso le otorgaron un doctorado honoris causa.

«Tengo fama de ser bravo, pero en realidad tengo el carácter más dulce del mundo…», dice don Alberto Cañas Escalante. Tira la cabeza un poco hacia atrás y sonríe. Cruza los brazos y respira profundamente, más cansado que resignado.

“¿La verdad? Yo no soy un malcriado y no me interesa lo que diga la gente”, afirma don Alberto, y todavía mantiene la sonrisa. A lo mejor la tarde de lluvia lo tenia de buen humor.

“¿Sabe una cosa? Es que dicen que soy un malcriado porque una vez dije en televisión que Federico Tinoco era un hijo de p… Y lo dije porque lo dije, no me importo que hubiera cámaras o no. Había que decirlo y yo lo hice. Eso es todo”.

Don  Beto Cañas -como lo llama la mayoría- es toda una figura en el panorama nacional de las ideas.

Abogado, escritor, dramaturgo, exdiputado, político y periodista, es uno de esos señores de los que ya no quedan; de los que extrañan la Costa Rica de Omar Dengo, Brenes Mesén y García Monge; de cuando Constantino Láscaris se sentaba con sus estudiantes a filosofar; de cuando los hombres defendían sus ideas hasta con las armas, como en el 48. La Costa Rica donde la prensa publicaba extensas crónicas de la Asamblea Legislativa y donde la juventud protestaba por lo suyo y por lo ajeno.

“Mire, yo un día, le decía a mis estudiantes que si esto de Pinochet se hubiera dado en mi época ya nosotros hubiéramos marchado hacia la embajada británica dos veces”.

A don Alberto, que ha llamado siempre la atención de los medios de comunicación nacionales, la Universidad  Estatal a Distancia (UNED) le otorgó el galardón.

Este grado lo comparte también con Luis Ferrero y Guido Miranda.

“Son tres maestros, tres educadores que con su ejemplo y tesón han señalado, a lo largo de varias décadas, derroteros y valores donde la UNED aprueba el Honoris Causa para estos tres ilustres ciudadanos.

Tenaz indagador

Don Beto es una de esas personas que no tienen pelos en la lengua. Dice lo que piensa y la vehemencia con que defiende sus argumentos lo hace levantar el tono de voz; entonces a muchos les tiemblan las rodillas y a otros se les hace un nudo en la garganta. Se ganó la fama de cascarrabias y de criticón despiadado.

Y es que don Alberto siempre fue preguntón.

“Yo me acostumbré desde muy niño a preguntar ¿por qué? y era una plaga para mis tíos. Entonces, en la Asamblea pregunto ¿eso del principio de la caja única … por que? A mi me tienen que dar respuestas”, dice con un tono energético.

“Sí, a mi se me puede convencer. Hay gente que me ha explicado su punto de vista y yo cambio de ideas ¡no de principios! Lo que pasa es que yo no tolero la estupidez, para eso si que no tengo paciencia”.

Cualquiera concluiría que esa capacidad suya de indagar es la que lo empujó a cultivarse en tantos campos. Pero él solo dice que ha hecho lo que le place.

Es que no puedo estar de vagabundo. Me he dedicado a todo lo que he podido, todo lo que me ha gustado y todo lo que he querido”.

“Tuve la vocación de escribir desde muy joven y la posibilidad para hacerlo era el periodismo. Estudié derecho porque no quería ser un simple bachiller y cerré mi bufete porque no quise convertirme en lo que son muchos abogados en Costa Rica: mandaderos de compañías extranjeras. Cambié el derecho por la docencia y me entregué a ella en cuerpo, alma y corazón».

Ha dictado clases en la Universidad de Costa Rica y en la UNED.

-Entonces ¿qué se siente más don Beto: abogado, periodista, escritor, profesor o político?

Me siento más periodista y escritor. He sido político a la manera antigua de don Cleto (González) y don Ricardo(Jiménez), pero he sido político a ratos, no de profesión. Del periodismo me satisface ese contacto con la gente que no conozco”.

Señor en su tinta

La veta de escritor es una de las más productivas de don Alberto. Ha publicado 21 obras de teatro, entre ellas unas muy aplaudidas como Uvieta, La segua, Una bruja en el río y Tarantela y todavía tiene unas tres inéditas.

Su cosecha literaria también ha sido abundante y destacan en su producción los libros Los molinos de Dios, La soda y el F.C (Biografía de una Partida Específica), Feliz Año Chaves, Chaves y La exterminación de los pobres.

Don Alberto publicó sus primeras novelas a las 40 años de edad y es uno de sus oficios que más satisfacciones le trae.

“Yo me siento feliz cuando me invitan a algún colegio a hablar sobre mis obras, más de lo que me sentiría si me dieran un premio internacional que nunca he buscado”.

Todavía trabaja en el texto de sus memorias -lo comenzó a escribir hace cinco años atrás- y está también elaborando un libro de cuentos que no sabe cuando terminará.

«Hay tres de mis textos que son totalmente autobiográficos: Mi casa ya no es mi casa y dos cuentos por ahí que nadie sospecha. Uno es de una historia amorosa que me ocurrió a los 20 años y es tan inverosímil que nadie lo cree y otro es un episodio divertido del cual fui protagonista”, afirma don Beto y se niega a dar los nombres de esos cuentos a los que se refiere.

“Mis personajes son todos y son nadie. Invento todo y no invento nada”.

Don Beto Cañas continua hablando de cómo hay tanto de su vida en sus obras y de los misterios que ellas encierran.

ADN de don Beto

Nombre completo: Alberto Francisco Cañas Escalante

Fecha de nacimiento: 16 de marzo de 1920

Edad: 79 años

Esposa: Alda Collado

Hijos: Víctor, Daniel, Alberto y Alda

Nietos: 10

Profesión: Abogado, político, periodista, escritor, profesor

Vive: San Pedro de Montes de Oca

Frases sueltas:

«Yo leo un promedio de 1oo libros al año».

«Internet es, después de 300 años, el ejemplo puro de la libertad de expresión Hay que velar porque Racsa no lo censure».

«Estoy harto de abrir los periódicos y encontrar reproducciones de la revista Fortune»

«En la política a Costa Rica le hacen falta hombres con capacidad de decisión, no camarones que se lleve la corriente… o peor, el viento».

«Este mundo está globalizado desde que Magallanes le dio la vuelta».

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Alberto Cañas y la Política

Salazar Navarrete, Fernando*. «Alberto Cañas y la Política». Diario Extra. Página Abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p. 4

De las múltiples facetas de la personalidad de Alberto Cañas, quizás hay una que sobresale: la de político. Es en este campo en el cual lo he conocido y cultivado una amistad que se ha prolongado por varios decenios, a pesar de la dispareja frecuencia con que solemos vernos. Afirmar que su condición de político domina sobre otras múltiples aptitudes, aficiones y vocaciones suyas es aventurar un juicio que quizás roce con quienes han estado a su lado en otras disciplinas a que ha entregado su talento y en la que igualmente ha brillado. Porque, en cierto modo, en grado equivalente a su entrega a la política, destaca su sobresaliente participación en el periodismo, las artes, la literatura y la cátedra.

Quienes hemos seguido el paso de Alberto en la política admiramos la vehemencia con que defiende sus principios y cómo revela una lealtad a las causas sociales que inspiraron su formación desde la juventud, dentro de una corriente de pensamiento que no ha abandonado.

Podría creerse que por su condición intelectual ilustrado, tomaría el rumbo de quienes salen de esas formaciones, para la izquierda o la derecha, con inclinaciones elitistas. Nada de eso va con Alberto Cañas. Sus posiciones políticas, que defiende con ardor, tienen acentos populares y nacionalistas que lo llevan a dar un cierto matiz ideológico a su pensamiento, en contraposición a otras propuestas que suelen calificarse de pragmáticas.

Ideas y acción. En un mundo en que las ideologías han cedido a otras formulaciones, no menos ideológicas, el pensamiento de Alberto sigue consecuente y fiel a las ideas por las que él siempre ha luchado. Son, si quiere, predecibles sus posturas en asuntos que tocan la participación y dimensión del estado, las políticas de concesión de obra, los monopolios estatales, las obras públicas por administración, y otras áreas que suscitan controversias en torno a quién debe hacer las cosas.

Sin embargo, Alberto no ha quedado rezagado en el ámbito solamente de las ideas. Cuando le tocó actuar en cargos ejecutivos como titular de los ministerios de Relaciones Exteriores, y de Cultura, Juventud y Deportes, sobresalió como un activo creador y realizador de proyectos que se tradujeron en obras perdurables. Dejó huella en la diplomacia desde que entró a la arena internacional como embajador ante las Naciones Unidas, en cuyo seno cosechó el honor de ser parte de históricas decisiones: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la asamblea general que tuvo lugar en París, en 1948; y en la asamblea general celebrada en Nueva York, en 1949, emitir el voto para la admisión de Israel como miembro de las Naciones Unidas, acontecimiento que extendió reconocimiento internacional al joven estado judío.

Hombre de Partido.  Correligionario suyo en el activismo político, me acostumbre a ver a Alberto Cañas como un hombre de partido. Sus ideas no brotaron como formulaciones aisladas, ni fue jamás una pieza suelta y desequilibrante en el seno del partido. Desde la juventud en el histórico Centro en que cultivó su ideario social demócrata, forjó colectivamente con otros brillantes miembros de su generación todo el andamiaje ideológico que más tarde inspiró la fundación del Partido Liberación Nacional en el año de 1951. En las dos ocasiones en que fue electo diputado por el PLN, la primera de las cuales viví muy cerca de él, lo recuerdo como el infatigable jefe de fracción dotado de una extraordinaria capacidad de negociación, preocupado por crear consensos para sacar adelante el programa del partido en ejercicio del gobierno. Sin hacer juicio sobre las razones que llevaron a Alberto a su alejamiento del PLN, tengo para mí que fue algo lamentable y que el  partido pedió a una de sus figuras más destacadas, que no solo brilló por sus dotes de una inteligencia excepcional, sino por la ejemplar conducta ética que siempre exhibió a su paso por la vida pública y en su desempeño como político.

 *Abogado, exdiputado, exvicecanciller y exembajador

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Lecturas juveniles ¿en manos de quién?

Herrera, Franklin. «Lecturas juveniles ¿en manos de quién?». La República. Opinión (San José, Costa Rica), 20 de mayo de 2002

 El misterio alrededor de cómo se eligen los libros que deben leer nuestros hijos en la educación primaria y secundaria es hondo.

De los programas aparecen y desaparecen textos como por arte de magia sin que los ciudadanos sepamos a ciencia cierta las razones por las que un texto asciende y otro es decapitado.

Me ha sorprendido enterarme que ya nuestros jóvenes no tienen que leer el maravilloso libro de Carlos Luis Fallas, Marcos Ramírez, uno de los principales y más bellos exponentes de la vida de nuestros niños y jóvenes en una etapa determinada de nuestra historia patria, que ha dado la vuelta al mundo y que ha motivado incluso importantes producciones televisivas, además de haber nacido de la pluma del más vigoroso de nuestros escritores, que ha contribuido en mucho a dar fama internacional a nuestras letras.

Me vuelve a sorprende el hecho de que quienes deciden sobre lo que los estudiantes costarricenses deben o no leer hayan cometido el  pecado capital de excluir de esas lecturas la obra teatro Uvieta, del más connotado de nuestros dramaturgos, Alberto Cañas, recientemente publicada por la Editorial Legado, y la verdad sea dicha, me gustaría conocer las razones de ese dislate.

No creo que pueda argumentarse que la obra no tiene calidad puesto que incluso recibió en 1980 el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. El texto es ameno, el tema pertenece a la cultura popular y está tratado con fantasía y sano humor y ha tenido innumerables montajes, muchos de ellos por parte de grupos de aficionados y de colegiales.

Personalmente no atino a entender las razones de esta disposición, a no ser que la decisión sobre las lecturas que deben hacer nuestros estudiantes no esté en las manos adecuadas.

Tengo ante mí la copia de las recomendaciones que la asesora de español del Ministerio de Educación Pública hace para 2002 y que fueron entregadas el 16 de noviembre de 2001 e increíblemente aprobadas por el Consejo Superior de Educación. No viene al caso la identidad de esa connotada profesional. Pero sí me interesa decir que es sintomático que recomiende la lectura de tres textos de Julio Verne: La isla del tesoro, Viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en ochenta días. ¿Qué más decir o qué pensar?.

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Lic. Alberto Cañas Escalante

Castegnaro, Marta. «Lic. Alberto Cañas Escalante». La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 11 de setiembre de 1998, p. 10

 Si solo tomásemos en cuenta la labor que realiza don Alberto Cañas en la columna periodística Chisporroteos en tanto en ella analiza el trabajo literario que se edita en Costa Rica, -columna que utiliza para estimular a los autores y destacar las facetas positivas de su producción- sería suficiente para que su nombre ocupase un lugar sobresaliente en la literatura costarricense. Pero se a ello añadimos que es poeta, autor de cuentos y novelas varias veces premiadas, dramaturgo excepcional (“Conoce a fondo el  teatro contemporáneo y esta especialidad corresponde a su temperamento y a su concepción esencialmente dramática de la vida”, dice don Alberto Bonilla), nos acercamos un poco más a conocer la realidad de este polifacético costarricense, que ha participado activamente en la política nacional –manteniendo siempre un gran prestigio- y que ha sido diputado, ministro, embajador, profesor universitario, crítico y ensayista de gran valor.

Nacido en San José, cursó la segunda enseñanza en le Liceo de Costa Rica; desde su etapa estudiantil sobresalió como poeta; a esa época corresponde su espléndido poema El Punto Guanacasteco, bella exaltación de la célebre danza. Siguió la carrera de Derecho y se graduó de abogado. Sus inquietudes sociales lo llevaron desde muy joven a formar parte del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, y a participar en lides periodísticas. Junto a José Figueres participó en la revolución de 1948.

Embajador ante las Naciones Unidas y encargado de la cartera de Relaciones Exteriores, su paso por la diplomacia ha sido excepcionalmente brillante. Como Ministro de Cultura Juventud y Deportes desarrolló una trascendental labor editorial de recate de los valores culturales y literarios costarricense. Diputado fogoso y apasionado, sus intervenciones provocaron a menudo intensas polémicas; le correspondió presidir la Asamblea Legislativa en 1994. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica, donde se ha desempeñado como profesor.

Entre otros, ha publicado los siguientes libros: Aquí y ahora, Una casa en el barrio del Carmen , y La exterminación de los pobres. Los molinos de Dios, es su novela más ambiciosa; en ella, con ternura y picardía, “acaricia” la historia de la sociedad costarricense. “Su principal característica, y la que le ha llevado a ser el escritor más leído y el dramaturgo más popular de su país, es un afán de analizar y desentrañar la sociedad costarricense, con ojo crítico y un acentuado toque de humor que nunca lo abandona; y esto lo ha conseguido, en el teatro, jugando con elementos de fantasía, imaginación y magia en obras que han sido representadas en casi todos los países de Iberoamérica y divulgadas por la Radio y Televisión Española…”, dice un comentarista. Algunas de sus obras de teatro son Uvieta, Una bruja en el río, El luto robado y La Segua.

Tan intensa y valiosa labor cultural le hizo merecedor, en 1976, del Premio Nacional de Cultura Magón.

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El homenaje a don Alberto

«El homenaje a don Alberto». La República. Página Editorial (San José, Costa Rica), 2 de abril de 1995, p. 14A

 En la semana pasada, con ocasión de haber cumplido sus 75 años, un grupo de organizaciones rindió un significativo homenaje a don Alberto Cañas Escalante. El acto, así como los organizadores, incluyó una serie de manifestaciones que mostraban un origen tan variado que solo era posible concebirlo por la personalidad multifacética del homenajeado. Había agrupaciones políticas del cantón de Montes de Oca y de varios distritos del cantón central de San José; había representantes de varios grupos culturales; como era de suponer, asistieron diputados de las distintas fracciones de la actual Asamblea, y gran número de amigos personales y parientes. Solo había entre todos ellos un común denominador: la personalidad del homenajeado y la amistad y admiración de todos los presentes para con él.

Como se destacó en el acto, Alberto Cañas es el autor teatral más prolífico de Costa Rica, con éxitos tanto en las tablas como en las versiones escritas de sus obras; ha publicado una serie de novelas y cuentos, una de las cuales, por lo menos, “Los Molinos de Dios”, tiene tal relación con el desarrollo de la cultura política, social y económica costarricense que se puede estar seguro de su persistencia más allá de la vida de su autor; hizo docencia universitaria por muchos años en materia de teatro, con participación en los cursos de extensión anual; fue el primer Ministro de Cultura de Costa Rica, de modo que literalmente le tocó inventar esa cartera; de sus años de poeta juvenil quedó una poesía, “El Punto Guanacasteco”, que se incorporó al acervo básico de las expresiones generalmente conocidas y utilizadas por los estudiantes en sus presentaciones culturales. En sus actuaciones políticas, iniciadas en el Centro de Estudios de los Problemas Nacionales, ocupó una serie de cargos partidistas y oficiales que culminan en su actual segunda ronda como diputado, donde ha ocupado en el primer año de Gobierno la presidencia de la Asamblea Legislativa y se puede estar seguro de que en el resto del cuatrienio mantendrá una participación activa y combativa. De todo eso se habló en el homenaje. Pero no es de eso que corresponde hablar ahora.

Lo importante para nosotros es que Alberto Cañas ha sido y es asimismo periodista. No solo eso sino también que, aunque ha colaborado en casi todos los periódicos de Costa Rica, La República reclama el orgullo de ser el principal órgano a través del cual se ha realizado su labor de prensa. Fue nuestro primer director y, en esa condición, le correspondió sentar algunas orientaciones que todavía perduran. Creó en La República la columna “Chisporroteos”, que se llevó luego a otros periódicos pero que recuperamos en los últimos años y que esperamos mantener por muchos más, para disfrutar de que sea desde nuestras páginas donde Alberto Cañas diserte sobre todo lo divino y lo humano, manteniendo tesis que pueden ser populares o ser exclusivamente personales, pero que, en todo caso, le permitirán revelar los criterios de una personalidad con muchos ribetes de unicidad, pero que puede considerarse representativa de lo mejor de lo costarricense.

Por ello, creemos de absoluta necesidad unirnos al homenaje rendido a Alberto Cañas de expresar nuestro orgullo por tenerlo como parte del grupo que ha hecho La República a través de los años y que continúa pensando desde ella. Por saberlo uno de los grandes activos que nos permiten hacer un buen periódico y contribuir desde él a la cultura y la vida costarricense.

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Uvieta, de Alberto Cañas

“Uvieta, de Alberto Cañas”. La Nación (San José, Costa Rica), 16 de enero de 1981, p.3C

 Con la última obra de nuestro dramaturgo mas prolífico y constante se inicia el festival al aire libre en el teatro Carpa, concebido como homenaje a don Alberto por su labor como uno de los principales promotores del auge del teatro costarricense durante la última década. Por su desempeño en el papel del personaje epónimo, Luis Fernando Gómez obtuvo el premio como mejor actor de 1980.

La obra fue acogida favorablemente por la crítica. Víctor Valembois dijo en La República que Cañas “aprovecha para salpicar su texto de chistosas observaciones sobre diversas facetas del acontecer y vivir nacionales (…) La comedia transcurre ágilmente sin decaer en ningún momento”. De su parte, el comentarista de La Nación manifestó que la pieza “es un indicio significativo en la búsqueda literaria de Cañas, caracterizada por la indagación del alma criolla, por la fina observación de la conducta de sus compatriotas, quienes son a menudo blanco de su fisga”. Igualmente, afirmó que el director “encontró el ritmo adecuado para la evolución de las escenas y artículo de manera eficaz el desenvolvimiento de las situaciones para que obtuvieran sus puntos culminantes”.

Dirección de Lenín Garrido. Presentación del Teatro Universitario, en el teatro Carpa (pero al aire libre), costado este del Parque Morazán, de Martes a domingo, a las 8 p.m. Gradería ¢10, luneta, ¢15. Temporada finaliza el domingo 18 de enero.

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