3 de febrero, 6 de la tarde

Cañas, Alberto. “3 de febrero, 6 de la tarde”. La República. (San José, C. R.), 11 de feb, 1974.  p.15

 Existe en el día de elecciones, aunque no lo sepamos, ese momento del atardecer en que al hombre a quien una ley idiota mutila y disminuye, se le despiertan viejos encuentros, vivencias, sentimientos y escenas; lo que está sucediendo en aquel instante y en el resto del día, entre aromas de fiesta, niños en las aceras y campesinos con expresión de orgullo, le está afectando personalmente; piensa que son sus afectos y emociones los que están jugando; que su juventud misma (que ahora comprende es lo mejor que se tuvo o se tiene) está de por medio, y que el acto ciudadano y patriótico trasciende para transformarse en un hecho íntimo, individual, de hombre a hombre, de amigo a amigo, de hermano a hermano. ¡No es la Patria, demonio, la que está en juego, sino mis 20 años!.

Eran unas luminosas cuatro de la tarde. Mi automóvil estaba despojado de la placa con bandera que lo distingue y me inutiliza. Yo podía discurrir por las calles y caminos como cualquier mortal. Y aquel joven muy cercano a mi casa desde hace muchos años, se instaló a la par mía para emprender el paseo de inspección y nervios.

Era el día decisivo, pero la pelea estaba terminada. Los costarricenses dejamos de enseñarnos los dientes precisamente cuando otros los afilan. Ya la gente esta votando y hay que dejar que lo hagan en paz. Los demás somos espectadores y no debemos perturbar al que esta metido, a solas con Dios y con la historia, en el sagrado recinto hecho de cartones. La paz que le proporcionemos le ayudará a decidir.

De suerte que si estamos en la calle es para disfrutar y para que nos disfruten. Porque aquél que se detiene en la acera con su banderita en la mano a gozar del espectáculo se convierte a su vez en parte del espectáculo, para que le gocen a él. Y todos los que acuden a presenciar el espectáculo a él se integran, y tantos somos los participantes como los espectadores.

Recorríamos las calles, y luego las carreteras, y los distritos, y las cabeceras de los cantones cercanos, haciendo recuento de banderas o bien de vehículos empeñados en descifrar por medio de los signos exteriores el misterio de las urnas, en conocer el secreto con tres, tal vez con apenas dos horas de anticipación. No hay curiosidad más intensa que aquélla que sólo debe esperar breve plazo para satisfacerse.

Atardecía y así avanzábamos en dirección oeste del resplandor del poniente procuraba que algunas banderas se confundieran con otras, y de pronto sentíamos que hacía falta acercarse mucho para saber si una bandera era de un partido o de otro. (Y no saquen de aquí metafóricas conclusiones rápidas los corifeos de la izquierda, que la confusión no reconoce barreras ideología, y muchas veces el acercarse era para distinguir si se trataba de colores del más racial de los extremismos o del conservatismo más correcto y engolado).

Hay algo de insólito, de inverosímil más bien, en ese vehículo que se introduce dentro de la vorágine de colores y sonido sin llevar insignia ni demostración. Yo iba en él y sentía sobre mis ojos y sobre mi nuca, miradas de desconfianza que no acertaban a comprender en qué consistíamos yo y mi carro.

Sin embargo, el que se siente extraño, o forastero, o sospechoso, tiene de pronto la sorpresa y breve alivio de notar que alguno le reconoce y le lanza una mirada de inteligencia para expresarle que comprende la difícil y engorrosa situación por la que pasa.

El interés sectario o anímico del paseo, fue pronto sustituido por una participación silenciosa en la euforia colectiva que -conforme avanzan las horas- iba perdiendo su interés partidista para ser únicamente la fiesta, la auténtica fiesta.

Esto lo vimos muy claro cuando ingresamos a la Avenida Central. Dos hileras de vehículos exhibían las ocho banderas de la campaña (algunos de ellos efectivamente las ocho) y sus ocupantes se cambiaban miradas de provocación (yo voy ganando) o de conmiseración (ya perdiste y no lo sabés) o de complicidad (la victoria es de ambos). Todo ello, sin que a ninguno de los que esperaban el triunfo -los muy menores ya se sabe que no lo esperaban- admitiese siquiera la posibilidad de no alcanzarlo.

Los radios difundían los boletines e instrucciones del Tribunal. Pero eso terminó cuando dieron las seis de la tarde. Entonces, del radio se desprendieron las notas del Himno Nacional.

Instintivamente le di al de mi vehículo todo el volumen posible. Tengo la sensación de que en todos los automóviles hicieron lo mismo, y de que la Avenida Central fue un gran Himno de nudo pegado.

Mi acompañante me dijo con toda sencillez:

-Entonces ya la elección terminó.

-Ya terminó.

-El próximo presidente ya esta elegido.

-Ya tenemos presidente aunque no sepamos quien es.

-Ya  no hay campaña política.

-Ya no hay campaña política, ni entre quienes ser neutrales.

-Entonces ya puedo hacer esto. No se de donde extrajo (creo que de debajo del asiento) una bandera de partido que me pareció enorme; la sacó por la ventanilla derecha del carro, y comenzó a agitarla con la fruición del esclavo liberado.

Yo pensé: “¿En donde me meto si me reconocen?”, y luego: “Ya no hay campaña y la elección terminó, de suerte que no puede haber partidarismo” (El abogado interpretando las leyes). Pero sin embargo y por si acaso, en la próxima esquina doblé al norte y me salí de allí, para tomar en cuanto pude la Avenida Primera y el camino de mi casa.

A las seis de la tarde y cuando se marcha hacia el este, las calles son más grises. Son lo más gris del mundo. El cielo se estaba un poco encapotando, pero el día –lo que quedaba del día- seguía luminoso. El Himno Nacional terminaba pero seguirían otros.

La Avenida Primera quedó casi desierta, porque los vehículos se apartaban de ella para participar en el orgiástico desfile final que se desarrollaba a una cuadra de allí, y del cual me llegaban los sonidos estridentes, rítmicos, desafiantes y clásicos.

Yo –pensé- podía o no podía participar de aquel desfile que, a pesar de las banderas y de los toques característicos de las bocinas, tenía ya carácter nacional. Pero en la duda abstente y puse el pie sobre el acelerador. El automóvil cobró velocidad y el viento entonces agitó con más fuerza la bandera que sobresalía de la ventanilla derecha, en las manos de mi sonriente y joven acompañante.

Yo compartía aquella sonrisa. Era mía también y era de todos. Y es probable que la ayudara a crecer, a hacerse más completa y definida, la canción que, a todo volumen, como si por la fuerza de mi voluntad hubiese de inundar todas las calles y avenidas, propalaba desde el radio la gran verdad de aquel momento y de aquel día: “Los hijos del pueblo levanten la frente, al sol refulgente de la libertad…”

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Ginger sin Fred

Cañas, Alberto. “Ginger sin Fred”. La Nación. (San José, C. R.), 15 de mayo, 1993. Sección D, p. 1

 

La pantallita del televisor ha obrado un milagro: ha pasado del usual colorido brillante, ofensivo, puede que natural y trasunto auténtico de lo que vemos continuamente, al grave blanco y negro, signo de lo añejo, de lo antiguo, de aquellos tiempos en que las pantallas –a veces enormes pantallas- nos servían para soñar y no para vernos reflejados en ellas con nuestros vicios, nuestras frustraciones, nuestras violencias y nuestros complejos. Comprendo ahora mejor el significado oculto de esa transición –para algunos meramente tecnológica- del blanco y negro al color, al color estruendoso: esto sirvió para que los hombres de este siglo, que nos hemos pasado buena parte de nuestras vidas contemplado imágenes en pantallas de distintos géneros y tamaños, comprendamos que las pantallas dejaron de ser ventana para ser espejo. Las imágenes en blanco y negro carentes de ese elemento brutalmente realista que es el color (color que ahora puede uno acentuar o suavizar si lo desea) eran francamente irreales, con conciencia de serlo. Eran sueños. Eso es lo que eran. Y la pantalla nos servía para soñar; para salirnos de nuestro mundo, quisiéramos o no, y deslizarnos en otro. ¿Mejor, peor? Simplemente otro.

Frente a mis ojos está Ginger Rogers, y canta una vieja canción, perdida desde entonces, de aquellas que Irving Berlin componía para ella, para que ella las cantara sin Fred. Fred no está en la pantalla. Mi viejo rival Fred. Viejo por lo antiguo, viejo por su edad: tenía por lo menos veinte años más que yo, y se alzaba siempre con aquel dechado de feminidad, de atractivo sexual (sensualidad decíamos entonces) franco, inocente pero apabullante que era Ginger.

Ginger está cantando. Instintivamente, acerco mi sillón un poco más al televisor. Como en aquellos tiempos en que uno concluía que desde la primera fila de lunetas, no es que se pudiera ver mejor a Ginger: es que tal vez pudiese verse más de ella; algo más de lo que los preciosos calzoncitos con que cantaba y bailaba estaban diseñados para mostrar. Un descuido de Ginger, un descuido del camarógrafo, una inclinación mayor del escote, lo que fuera.

En aquellos tiempos, yo no sé si todos los que teníamos quince y dieciséis años estábamos enamorados de Ginger. Pero yo sí lo estaba. Y ese es la realidad que estoy afrontando en este momento. Contemplado ahora a Ginger tal como era, juvenil, refrescante, sonriente, acariciando o enardeciendo con su vocecilla de pájaro, me doy cuenta de que, sin saberlo, el adolescente que yo era, que yo soy, estaba enamorado de ella. No con el amor romántico y pretendidamente becqueriano que dedicábamos a las colegialas de entonces –respetables matronas luego y hoy- sino con un amor de verdad cuya índole no conocíamos, imbuidos como estábamos de la moralidad de las abuelas, para quienes una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa. Pero al ver y escuchar otra vez a Ginger, a ese milagro que es Ginger intacta, Ginger por la que no han pasado los años, Ginger que tiene hoy –frente a los muchos míos- los mismos veintipico que se lleva Fred después de noventa minutos de película, lo comprendo plenamente y sin ningún género de titubeos: de esa Ginger sin mácula, yo estaba enamorado. Yo algo más grave: lo estoy en este momento. De esa imagen que canta y baila (sin Fred) para mí, estoy enamorado. Yo sé que en alguna parte, probablemente en un apartamento de Nueva York a cuarenta metros del suelo, hay otra Ginger, la que algunos llamarían la Ginger de verdad, una octogenaria fuertemente maquillada que goza de un merecido retiro. Pero aquí, en mi sala, frente a mí, está la Ginger que amé, la Ginger que amo. Y esta es, para mí, la verdadera, la genuina, la auténtica. Tan real es para mí esta guapísima chica que canta y baila, que hago un gesto que nunca hice desde las lunetas de la primera fila: extiendo la mano para ver de tocarla.

Y la toco. Sí, mi mano ha acariciado el rostro de la Ginger que amé y que amo; y en uno de los ademanes de su canto, su mano ha rozado la mía. Se ha producido un contacto.

De alguna manera, mi mano trata de deslizarse por su cuello y tomar la nuca de esta Ginger que canta. Lo consigo. Me he apoderado de ella. Me he levantado, ¡claro!, del sillón y la he rodeado con mis brazos. Estamos bailando.

No sé, y a nadie le importa, si es que me introduje en la pantalla, o si Ginger –esta Ginger de veinticinco años que ninguna relación tiene con la que vive en ese apartamento de Nueva York que he inventado- ha entrado a este aposento donde se halla mi televisor.

No creo haberme rejuvenecido. El hombre que baila en este momento con Ginger es el mismo que hace cinco minutos estaba en su sillón contemplando a una Ginger de cincuenta y pico de años atrás. No se ha producido dentro de mí ningún fenómeno que me autorice a creer que he retrocedido en el tiempo. Lo que sucede es que me siento intemporal y puedo tener los años que desee, todos. Y estoy bailando con Ginger. No como bailaba con ella aborrecido rival Fred, sino como yo, en aquellos tiempos, bailaba con mis colegialas. Mi mano es su espalda, la suya en mi cuello, cheek to cheek, bailamos sin complicaciones, como una pareja de enamorados un poco torpes en esas artes. Para bailar conmigo, Ginger ha olvidado todas las exquisiteces y filustrías de la bailarina profesional, para convertirse en la sencilla muchacha que de desliza por el piso con su novio. La música, claro, es la misma que sale de la película, la olvidada canción de Irving Berlin.

Debo hablarle. Se me ocurre decirle en español “ ¿Bailarías conmigo así, siempre …?” Y ella me contesta en inglés (sin subtítulos porque yo no soy parte de la película): “Always”. No hablamos más.

Estoy enamorado de una mujer que no existe. O que existe en otras condiciones y con otro aspecto. Estoy enamorado de una sombra, podría decir alguno que no entiende. Tal vez la sombra sea yo.

La banda sonora de la película anuncia que va a llegar Fred. Mi compañera de baile me dice, en inglés, que debemos separarnos. Nos separamos, y en algún momento estamos cogidos de la mano con los brazos extendidos, como en alguna película –o en todas- lo hicieron Ginger y Fred. ¿Nos volvemos a ver? La respuesta es que sí, que cada vez que ella llegue a la pantalla del televisor…

Regreso a mi sillón. Contemplo a Ginger conversar con Fred. Pero ya no odio a Fred. Porque ahora sé a quien es al que verdaderamente ama la diosa.  Madrid, 20-5-91.

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El teatro de Alberto Cañas

Gallegos Troyo, Daniel. “El teatro de Alberto Cañas”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 3

Es un hecho indiscutible que el teatro de Alberto Cañas representa un momento decisivo en nuestra literatura dramática porque un teatro bien construido, de envidiable oficio, concebido con personajes ricos y variados, con temas diversos, y un excelente lenguaje. Pero, además de todas esas virtudes tiene algo de lo que yo tengo absoluta certeza. Es y será un teatro perdurable, y este es el mayor triunfo al que puede aspirar un dramaturgo.

¿Qué es lo que le da esa perdurabilidad, esa calidad de contemporaneidad que rompe las barreras del tiempo y de la moda, en esta época en la que abunda un teatro que se consume en tan solo una puesta, y se recuerda más que nada por su calidad de desechable? La respuesta la encontramos en la obra teatral de Cañas, que además de mostrar el inmenso talento y oficio de su dramaturgo, cuenta con ese don tan especial, tan intuitivo y difícil que lo caracteriza y que es la capacidad de conocer y penetrar acertadamente en el alma del ser costarricense, de adivinar con precisión lo que le preocupa y lo que lo hace reír.

En sus comedias nos identificamos fácilmente con sus personajes y, lo que es más importante, nos reímos con ellos, pero nunca de ellos, porque celebramos con buen humor esa mezcla de disimulada astucia, sorna, y buena dosis de sana ingenuidad, con que resuelven sabiamente aquellas situaciones cómicas que son la base de la comedia.

Y en sus dramas, de tan variados temas con los que Cañas nos induce a la reflexión, encontramos, también, un rasgo muy costarricense y es el de no asumir lo trágico como parte de un destino inevitable, porque Cañas piensa que el costarricense es optimista, que si bien acepta el reto de su condición humana, lo acepta no como derrota sino como un estímulo para seguir adelante y vencer escollos.

Carácter Universal. Si bien la obra teatral de don Alberto se desarrolla en localidades totalmente ticas, en áreas rurales, como es el mítico pueblo de San Luis, prototipo del cantón de nuestra meseta central, o en los barrios capitalinos con características muy especificas, en ningún momento los temas, personajes y anécdotas de su obra dejan, por esto, de tener un carácter universal. Poseen, diría yo, la misma magia de un Emilio Caballido, cuyas obras totalmente mejicanas pueden verse a lo largo y ancho de nuestra América y otos países, o la del genial irlandés John M Synge, cuyos personajes tan irlandeses y lejanos Geográficamente se comunican con públicos de diferentes lugares y tiempos.

El teatro de Alberto Cañas es universal porque nos muestra, tanto en sus comedias como en sus dramas, una humanidad que nos envuelve, y como en un espejo nos reconocemos como imagen de lo que somos y queremos ser. Es también, sin lugar a dudas, una resolución del autor para rescatar aquellos valores que más nos identifican. Recolección de memorias colectivas convertidas en acción teatral como esencia de lo que es nuestro y nos libra del olvido. Eso hace que el teatro de Cañas sea un teatro de calidad perdurable y permanente, que encontrará siempre públicos receptivos aquí y en cualquier otra parte en que se represente.

*Daniel Gallegos T.: Dramaturgo, Premio Magón de Cultura.

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Poeta olvidado: Se impone la edición antológica de la poesía de don Beto

Ross, Marjorie. “Poeta olvidado: Se impone la edición antológica de la poesía de don Beto”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 3

 Tanto privilegió el periodismo escrito, la narración y el teatro, que muchos incluso ignoran que Alberto F. Cañas es poeta. Así lo digo, en presente, porque quien lo es no abandona jamás ese sombrero de arcoiris y tormentas, aunque quizás lo cuelgue lejos de la mirada ajena.

En el Liceo de Costa Rica, en donde se graduó en 1937, ya era conocida su pasión por la literatura. Cuando se celebraron los cincuenta años de la fundación de ese centro de estudios, se organizó un concurso literario y Cañas ganó los premios de poesía y cuento. Rogelio Sotela recogió en su obra antológica “Escritores de Costa Rica”, de 1942, en el capítulo de la Nueva Generación, un poema de Cañas de ese entonces, “El Punto Guanacasteco”.

Copio aquí un corto fragmento: “…La blanca marimba de dientes/ que la esquiva mozal/ con cara sonriente exhibe orgullosa/ parece que canta, que tal es su risa…/ Y aquella garganta perfecta, torneada/ hacia atrás echada, se crispa, se eriza…/Y la risa loca, y la loca risa, se desgrana en canto, sale de la boca, y se pierde rauda, divina, alocada,/ en el laberinto de una carcajada”.

Acerca del amor. De distinto aliento es el segundo poema que recoge Sotela, de carácter amoroso, titulado “Hemos estado juntos anoche”, que transcribió completo: “Hemos estado juntos anoche, sin embargo… Yo no sé en donde estabas. Yo no sé que decías. Pese a la larga lluvia y al silencio tan largo estábamos muy juntos. Tus manos y las mías se perdían en recuerdos de otras noches mejores. Estaba la cruel noche llena de despedida, y la luna invisible cantaba los rumores de la niebla implacable y la noche perdida. Al través de la noche tu recuerdo se me iba. Estabas tan lejana y perdida. Mas tan viva…y tan larga la lluvia…y el silencio tan largo…Amada: En donde estabas? Entonces qué decías?

Pensabas en los besos y la palabras mías? …y hemos estado juntos anoche, sin embargo”.

En 1946, Cañas recogió este poema en su libro “Elegía Inmóvil”, publicado en San José, en una edición de 500 ejemplares, por la Editorial Cuervo.

En el prólogo, escrito por Enrique Macaya, leemos: “Romances y Letrillas (mencionados en el título del primer capítulo), tan lejanos en su trajinar histórico (…), tienen en Alberto Cañas una desconcertante actualidad. Por su audaz oposición de contrastes en las imágenes y la subjetiva presencia del paisaje(…). Magnífica unidad lírica dentro de la distante añoranza de las viejas formas castellanas. Unidad que es afirmación y buena y única senda para la renovación literaria del futuro”.

Mario Marcilese incluyo el poema anterior en su libro “Antología poética Hispanoamericana Actual” (1968, Editorial Platense, Río de la Plata). Del mismo libro, antologó “El Beso”, del que copio un fragmento: “El beso, canción inmóvil,/ llegó y se sentó a mi vera,/ y las rojas armonías se ensañaron traicioneras,/ mientras las luces miraban/ con guiños de luna enferma./ El beso, canción del viento,/ me acarició con luz tierna,/ y el pelo bajo la luna se enredaba como tea…/ El beso, canción con alas,/ se estaba envolviendo en seda…”.

Los hombres de la Trinchera. Dos años después de la aparición de “Elegía Inmóvil”, en julio, recién terminada la guerra civil de 48, don Beto publicó el poema largo “Los Hombres de la Trinchera” -escrito en Nueva York-, del que recojo estos fragmentos: “Para hablar, compatriotas de estos compatriotas,/ se necesita amar mucho nuestra tierra;/ hay que saber lo duro que es amarla;/ se necesita haber llorado por ella;/ se necesita haber contado una por una/ todas las lágrimas que cuesta,(…) / ¡San Isidro en peligro! ¡San Isidro en peligro! Perdido San Isidro, todo estará perdido.! Los hombres se contaron y eran tan sólo treinta./ Que pueden treinta hombres hacer contra trescientos (…), / Noche y sed, tomad nota. / No hay nada que beber en la trinchera/ y no hay otra luz/ que la luz desigual de las estrellas./ Y la muerte al otro lado de la calle/ en la iglesia, en la Escuela,/ y en todos los lugares/ que rodean la trinchera./ La muerte y las estrellas/ están allí presentes./ la muerte y las estrellas./ y la muerte y la luna;/ y la muerte y la sed siempre presentes./ Pero no hay que rendirse, que nada se ha perdido/ mientras un hombre quede en la trinchera (…)”.

En una entrevista que le hizo Rafael Cuevas Molina, en el 2009, dijo don Alberto, criticando el uso de encorsetar en forma de libro los poemas recién nacidos: “Estoy escribiendo un libro de poemas”. “Ya tengo dos libros de poemas”. ¡No! “Dígame cuantos poemas tiene, no cuántos libros”. Estoy segura de que además de los mencionados, Cañas ha de tener muchos otros poemas escritos que no se conocen. Se impone una publicación antológica de su obra poética, para que quede atrás el poeta Cañas olvidado.

*Marjorie Ross:Periodista y escritora, Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez, Premio Nacional de Literatura  Aquileo J. Echeverría.

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Su nombre es su título

López Trigo, Manuel E. “Su nombre es su título“. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 2

Alberto Cañas es para todo costarricense medianamente informado, mucho más que un nombre: ¡es un título!

Ciertamente, basta escuchar este nombre para saber de quién y de qué se trata. Porque, verdad de verdades, se está hablando de una persona de sustancia y valor superlativos, que por los hechos de su existencia venturosamente prolongada y fecunda, ha alcanzado calidad emblemática en nuestro horizonte cultural y político.

La familia ha sido, en su vida, referente fundamental y fuente de inspiración y fortaleza. Profundamente orgulloso de sus orígenes y respetuoso del buen nombre de sus antepasados, mantuvo una tierna relación con su señora madre, doña Claudia, a quien solía visitar casi todos los días. El hogar que construyó y los hijos que procreó en la amorosa y solidaria compañía de la noble dama doña Alda Collado, ha sido, siempre, su refugio y su alegría.

Ideal quijotesco. Inconformista de espíritu libérrimo y romántico que lo acerca al ideal quijotesco, sensible ante la necesidad y el sufrimiento ajenos, nuestro personaje sin importarle lo que otros piensen o digan, ha sido consistente y aguerrido defensor de elevados principios y valores.

Son innumerables los temas de su interés e impresionante la diversidad de los caminos que con brillo y distinción ha recorrido este abogado, diplomático, político, escritor, periodista profesor en el aula y maestro en la vida, hombre auténtico y apasionado que ha conquistado admiración y respeto entre sus conciudadanos.

No sabe Alberto Cañas de vanidades ni de poses. Se expresa de manera sencilla y clara, sin ostentaciones retóricas pese a su exquisito dominio del idioma, que le ha llevado a ser miembro de número y por años presidente de la Academia Costarricense de la Lengua. No le preocupan apariencias o formalismos, ni conoce de fingimientos.

Aunque sus manifestaciones directas y vehementes respecto de personas y situaciones, o el fervor que empeña en la defensa y promoción de sus ideas y convicciones, pudieren haberle ganado alguna malquerencia él sabe perdonar, no alimenta rencores ni procede con torcida intención. Ha consagrado honesta y sinceramente su fructífera existencia a defender las causas en que ha creído, a difundir sus verdades, a promover la cultura y las bellas artes, a conocer y tratar de entender a su pueblo, y, en fin, a servirle a la nación costarricense en las formas que ha considerado apropiadas.

De su cultura enciclopédica, lúcida inteligencia, agudo sentido del humor, elocuente verbo y fina pluma ha ido dejando abundantes muestras en la cátedra, el libro, la columna periodística, el programa de radio o de televisión, la curul, el cónclave de los académicos y la tertulia de los amigos.

Armoniosa combinación. Profundo conocedor de la historia y de la realidad nacional, combina armoniosamente su vocación crítica con una visión más bien optimista del futuro de Costa Rica, por lo cual sigue permanentemente activo en su  papel de centinela de la Patria.

Lector incansable y de tiempo completo desde que tenía tres años, hace solo 87, Alberto Cañas ha encontrado siempre, no se sabe cómo, tiempo suficiente para crear hermosas obras literarias de los más variados géneros, para desempeñar más que cumplidamente elevados cargos públicos y diplomáticos, dirigir medios de comunicación, gozar la belleza en todas sus formas, formar y forjar una familia -como ya quedó dicho- en dulce sociedad con su recordada doña Alda, y, ¡claro!, cultivar la amistad sin distingos de ninguna clase.

Mucho la debo yo, aunque quizás él no se haya enterado, a este hombre extraordinario a quien tengo el privilegio de conocer desde mi ya lejana juventud. Atesoro nuestra amistad, que con justa razón califica él de inalterable en su suculenta obra autobiográfica Ochenta años no es nada, porque no habrá, nunca, diferencia, distancia ni tiempo capaz de disminuir en mí ese inquebrantable sentimiento. Además lo cito con frecuencia, pues aparte de llevar en mi corazón afecto y admiración enormes hacia él, tengo invariablemente presentes sus sabias reflexiones, agudas observaciones y aleccionadoras anécdotas.

¿Qué puedo desear en su nonagésimo aniversario a quien ocupa lugar de privilegio en mi mundo afectivo? Salud, buenísima salud, para que siga dándonos luz y alegría por muchos, muchos, muchísimos años más. Con mis mejores deseos, llegue hasta el dilecto cumpleañero mi abrazo fraternal.

*Manuel López Trigo: Empresario, exembajador en Israel, exviceministro de Información y Comunicación.

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El San José de don Beto

Garita, Nora. “El San José de don Beto”. Diario Extra. Página Abierta. (San José, Costa Rica), 23 de marzo 2010, p. 2

 

En medio de su vasta producción literaria, don Beto Cañas nos ha planteado varios interrogantes sobre la ciudad de San José, en una novela suya llamada “Una casa en el Barrio del Carmen”.

La casa, construida en adobe y bahareque a finales del siglo XIX, era “ancha y esquinera, llena de ventanas en hilera interminable… y un patio interior rodeado por la medianera y tres corredores, y sembrado de helechos casi gigantes y de pacayas… cuando tener pacayas en el patio era señal de elegancia y buen vivir”. En ese tiempo social en el que la misa matinal regulaba los horarios y la Iglesia tenía el poder de las campanas, transcurre la historia de la casa y sus dos habitantes. El barrio tenía el nombre de la Iglesia cercana, pero la vida de barrio va desapareciendo poco a poco. Las casas de familias conocidas quedan deshabitadas, convertidas en despachos de médicos o demolidas. San José se vuelve una ciudad de rótulos. En los años cincuenta, nuevos valores de mercado vuelven la casa objeto de eventual lucro para muchos hombres de negocio.

¿Rematar la casa al vencerse la hipoteca?

¿Venderla para botarla y hacer en esa esquina una gasolinera?

La tesis que sustenta la novela es que los valores de mercado configuraron la ciudad. Esto da vigencia a la novela, cuando se observa el poder de los inversionistas en perfilar el rostro actual de San José: ¿tirar al suelo un edificio patrimonial para hacer un parqueo?

La casa se llama “La República”. Es pues, el recurso usado por el narrador para plasmar su visión social demócrata de la historia de Costa Rica. Refiriéndose a Walter Jiménez, el joven que estudió ciencias económicas, dice: “participó en la Revolución del 48, que fue como la lumbre de una generación y la apertura de un rumbo, como una encrucijada abierta, una oportunidad escondida…” Son los acontecimientos del 48 los que abren oportunidades a la movilidad social a los hijos de maestras, a los hijos de empleados bancarios. Las tesis sobre la historia nacional, en el fondo, es que el Estado de la Segunda República, con sus nuevas Instituciones, crea y amplía la clase media.” ¡Yo soy la clase media!”, dice Walter. Esta posición ante la historia, mantiene vigentes las preguntas sobre el papel del Estado en permitir la concentración en pocas manos, o en discutir la riqueza.

Contar la vida de una casa para hacer un cuadro con visión de país. Esa Costa Rica pintada en el cuadro se transformó, los valores oligarcas quedaron desdibujados, como se destiñeron las liebres y perdices del cuadro colgado en la pared de la casa. Esto ha sido señalado por especialistas en literatura, de la siguiente manera; “la imagen que clausura el texto alcanza una fuerza especial al remitir a un objeto, un cuadro, la sensación de decadencia y pérdida de protagonismo de la clase poseedora, por nacimiento, de los valores auténticos” (Carballo, Ovares, Rojas, 1993:278).

La literatura, con su poder evocador, le gana aquí la partida a la sociología. Gracias, don Beto, por la escritura.

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Homenajeado Alberto Cañas en el Día de la libertad de Expresión

“Homenajeado Alberto Cañas en el Día de la libertad de Expresión“. La Nación (San José, Costa Rica), 2 de setiembre de 1983, p. 2A

 Con la entrega de una medalla de honor al periodista Lic. Alberto Cañas Escalante, por parte del Presidente de la República, don Luis Alberto Monge, se celebró ayer el Día de la Libertad de Expresión.

El acto se efectuó en el auditorio del Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos y contó con la presencia de miembros de los supremos poderes, cuerpo diplomático y representantes de los medios de comunicación del país.

Se eligió esta fecha en conmemoración del natalicio del Dr. José María Castro Madriz, a quien se considera el padre de la libertad de prensa en Costa Rica.

Los oradores, entre los que estuvieron el presidente Monge y el homenajeado, así como  los ministros de Gobernación, Dr. Alfonso Carro Zúñiga y el asesor en comunicación e información, periodista Armando Vargas Araya, resaltaron la figura del Dr. Castro Madriz

Por su parte, el mandatario destacó la amplia libertad de prensa que hay en el país y expresó su solidaridad con los pueblos de América Latina que carecen de ese derecho.

El Lic. Cañas Escalante dijo, vivamente emocionado, que había recibido con sorpresa el anuncio de que iba a ser condecorado con la medalla del honor a la libertad de expresión.

El homenajeado ha ocupado diversos cargos públicos; ha sido diputado, embajador el las Naciones Unidas, ministro fundador del Ministerio de Cultura, Juventud y Deporte y vicecanciller.

Ha trabajado en varios periódicos y durante mucho tiempo publicó en La República la columna “Chisporroteos”. Es profesor universitario de la Escuela de Ciencias y la Comunicación Colectiva, así como decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica.

También es comentarista de radio Monumental. La tarea realizada por Cañas Escalante fue ensalzada por el presidente Monge y el ministro Vargas Araya.

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¿Doblegarse? ¡Jamás!

Villegas Hoffmaister, Guillermo. “¿Doblegarse? ¡Jamás!“. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.4

Durante aquellos tiempos de nuestra juventud, unos con tantos o cuantos años más que otros, lo que no importaba para que, en todos los rincones de la nación, los corazones palpitaran al máximo de la violencia de que son capaces cuando lo hacen por amor a algo o hacia alguien, y en este caso la patria, desde las columnas de los periódicos con mayor o menor razón, una pléyade de muchachos escogidos por el destino libraban sus batallas. Entre los luchadores de lo impreso destacaba, sin duda, Alberto Cañas Escalante, quien un día dijo a la pluma: -“Descansa, te cambio por un rifle…”. Así lo hizo y cuando estalló la paz, cuando el intelecto debía necesariamente, sustituir a la fuerza, fue escogido para servir cargos importantes de los que otros, en esta publicación, escribirán con mayor autoridad que este mortal.

El momento llegó cuando el recién nacido partido Liberación Nacional fundó un periódico informativo como todos, pero con línea ideológica muy, pero muy bien definida: la lucha por la democracia pura. Nada tenían en este mundo que hacer las dictaduras y, desde luego, su primer Director fue don Alberto Cañas Escalante, quien entendía muy bien la definición martiana de que “el periódico ha de ser tribuna para denunciar, cátedra para enseñar y novia para enamorar”.

Y sin temores de ninguna clase, acompañado de un grupo de jóvenes que hacían, los más, sus primeros pinitos en el periodismo, se lanzaron al ruedo con todo entusiasmo. Cosas y cosillas hicieron que don Alberto dejara la dirección del periódico más no el periodismo, porque el periodista de verdad lleva en sus venas más tinta que glóbulos rojos. En la Nación, diario que ayudó a fundar en 1946, bajo el seudónimo O.M., fue crítico de cine.

Sin dobleces ni medias tinta.

En agosto de 1960 se realizaron en San José dos conferencias de cancilleres de la OEA para conocer temas extremadamente difíciles: una sanción al Gobierno de República Dominicana, feudo del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo, por el atentado, impulsado por ese matarife en contra de la vida del Presidente de Venezuela don Rómulo Betancourt…  Lógicamente era un gran acontecimiento y el Lic. don Fernando Volio Jiménez, en esos ayeres director de La República, pidió a don Alberto que comentara, en una columna diaria, lo que iba sucediendo en aquel trascendental cónclave. Así nació y aún permanece, vigilante, sin dobleces ni medias tintas, Chisporroteos: látigo para los poca pen a, aplauso para los destacados al servicio de la patria. Chisporroteos llegó para sentar cátedra ¡y la sienta! Jamás se ha doblegado pese a que muchas, muchas veces ha cruzado por aguas procelosas de distintas procedencias. Allí sigue airoso como si los años que lleva imprimiéndose fueran pocos.

Otra aventura: nació, para servir a la causa de la libertad, un periódico que sentó cátedra, que varió el panorama informativo del país: Excélsior de Costa Rica; y allí estaba presente la figura de don Beto Cañas, como uno de sus tres editores. Lo acompañaban en la empresa don Enrique Obregón Valverde, intelectual de altos vuelos y José María Penabad López, periodista de altos quilates. Excélsior marchó a paso de vencedor obligando a la competencia a superarse pero, como sucede con todo lo bueno, en su entorno hubo celos, hubo mezquindad, y Excélsior el mejor periódico de Costa Rica viera durante todo el siglo XX, cerró, casi que vergonzosamente, sus puertas. De nada valió la calidad de sus editores, la calidad de su equipamiento, la aplicación de sus periodistas, no, la rastrera sierpe de la envidia –y aclaro que no de fuera– clavó sus colmillos en el cuerpo del diario y ¡adiós¡ ilusiones, desvelos, empeños, esperanzas y rectitud.

Comprometido con la patria.

Don Alberto regresó al aula universitaria a seguir tratando de hacer de sus alumnos periodistas comprometidos con la causa mayor que es la de la patria, y allí sigue, con juveniles entusiasmados, predicando el santo evangelio del periodismo recto, no venal, decente, valiente y en pos de altas miras.

Pero la labor allí no concluye, no, más bien recién ha comenzado con el programa radial “Así es la cosa”, transmitido a través de Radio Monumental, en conjunto con su viejo compañero de andurriales el Lic. Álvaro Fernández Escalante, y de quien estas líneas escribe. Es una tertulia entre tres veteranos de la vida transitada a plenitud, como sujetos activos más que como simples observadores del diario quehacer en el mundo y, desde luego aquí entre nosotros los costarricenses. Hay látigo y don Alberto, nuestro maestro, lo esgrime con gusto y justicia, hay enseñanza en los relatos de mil cosas realizadas por gentes a las que, vaya usted a saber por qué, se mantiene en el olvido. Don Alberto busca rescatarlas y va lográndolo. A sus fecundísimos noventa años desde el fondo de mi corazón digo: Dios todo poderoso, gracias por habernos dado a Alberto Cañas Escalante. Gracias por haber empujado con tanto acierto las velas del batel que condujo en hora buena a nuestras playas al bisabuelo de don Alberto, el General José María Cañas quien, con su talento, valor y espada escribiera, como lo hace hoy por la prensa escrita, radiada e incluso televisada, su descendiente, páginas esplendorosas en nuestra historia.

¡Salud don Alberto! Dentro de otros noventa años, nos veremos para ver si “Así es la cosa”.

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Triunfa obra de Alberto Cañas en El Salvador

“Triunfa obra de Alberto Cañas en El Salvador”. La Nación . Sección B (San José, Costa Rica), 26 de marzo de 1983, p. 4B

Francisco Andrés Escobar: productor y miembro del elenco de la versión salvadoreña de “Uvieta” de Alberto Cañas.

Montada por la agrupación Teatro del Alba, “Uvieta”, la obra de Alberto Cañas, tuvo un exitoso recibimiento en los escenarios salvadoreños, demostrando que su validez no es solo tica”.

Después de un proceso de montaje de ocho meses y un cuidadoso estudio de mesa, los miembros del elenco descubrieron que la pieza es centroamericana.

El mito del hombre que hace subir a la muerte a un árbol y no lo deja bajarse “lo encontramos vivo en toda región”, dijo el productor y parte del reparto de la versión salvadoreña de “Uvieta”, el poeta Francisco Andrés Escobar.

Los personajes transcienden el ámbito costarricense: las murmuradoras, “el loquillo del pueblo”, son típicos de toda el área. Pasa lo mismo con las situaciones, pues la acción transcurre un domingo después de misa y es algo natural para las cinco naciones.

Pero el Teatro del Alba también encontró elementos en “Uvieta” que la elevan a un plano universal. “La pieza es un  alegato a favor de la capacidad de descubrir y de maravillarse ante lo que se va descubriendo”, opina Escobar.

En un momento de la obra, el protagonista declara: “Todos los  días son especiales para el que sabe verlos. Acordate de esto: las puestas de sol son gratis”. El drama de Cañas es un elogio de la vida sencilla. Con el dinero sólo se compra lo barato “y la pieza pugna por eso”.

El tratamiento del tema de la recíproca relación entre la vida y la muerte y la razón como instrumento para “resolver los desequilibrios que produce el hombre” son aspectos que contribuyen a que “Uvieta” sea universal.

Una tenue lucecita que apunta.

El Teatro del Alba nació el año pasado para contribuir a una tradición que aún no esta bien cimentada en El Salvador y “en medio de la hecatombe, sostener la vida desde dentro, echar las raíces que únicamente el arte puede descubrir y tomar”, explicó el escritor.

Sin presupuesto que los sostenga sin la participación de artistas profesionales, el grupo trabajó hasta diez horas por semana para llevar a cabo el montaje de “Uvieta”.

Carlos Morales, Francisco Andrés Escobar, Marisol Salinas, René Iván Morales, David Hernández, Irma Aída Zeledón, Any Casstellanos y Mauricio Yañez componen el elenco, dirigido por este último.

Muchos de ellos se vieron obligados a interpretar varios papeles. Cualquier cosa se hace para una puesta en escena “muy digna, hecha con mucho amor, cariño y dedicación, y dando cada quien de si mismo lo más que podía dar”.

¿Qué dijo el público salvadoreño del resultado?

Para Escobar se consiguió una versión “muy nuestra, el espectador la siente muy de él, muy de nuestra vida cotidiana; disfruta mucho de la anécdota y capta bien su mensaje”.

El Teatro del Alba fue bautizado así  “porque en lo oscuro de la vida es una tenue lucecita que apunta, así como el alba; es abrir un rastrito de luz en un panorama bastante negro: es el día que se renueva a pesar de que el hombre se empeña en que los días , no se renueven”.

Esta agrupación responde a una “voluntad de vivir a pesar de todo” y forma parte de un movimiento de las artes salvadoreñas que, a la par de ser testimonio de la crisis, quiere ser un refugio de ella y darle sentido a la vida.

La Escuela Nacional de Danza y sus tres temporadas de baile moderno,  folklórico y clásico, la literatura el teatro, la plástica, la Orquesta Sinfónica de Cámara forman parte de este florecimiento.

“La historia ha demostrado que los conflictos pasan, pero el arte queda”, sostuvo Escobar.

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Empieza semana de prensa

Bulgarelli, Pablo. “Empieza semana de prensa“. La Nación. Viva (San José, Costa Rica), 25 de setiembre de 1995, p.2

 Con una serie de actividades, previas y posteriores, hoy se inicia la XXVI semana de prensa.

“Más fortalecidos que nunca”. Con este lema, hoy comenzará la vigésimo sexta Semana de la Prensa, dedicada al periodista Alberto Cañas Escalante.

“Escogimos a don Alberto por varias razones, una es por su calidad de promotor y creador de la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica y por su condición de maestro de muchos periodistas”, explicó Johnatan Molina, director ejecutivo del Colegio de Periodistas.

Molina agregó que otros motivos son su condición de fundador del Colegio y defensor de la colegiación, y lo más importante –manifestó- su ilustre dedicación al ejercicio del periodismo.

Las actividades de esta Semana de la Prensa, comenzaron el pasado sábado con un torneo de boliche dedicado al Colegio por los organizadores del Torneo de la Raza. Ayer domingo, se realizó la siembra de árboles en la ribera del río Itiquís, Alajuela, con la participación de periodistas, scouts, funcionarios del Ministerio de Recursos Nacionales Energía y Minas y de la municipalidad de Alajuela.

Para hoy, a partir de las 6.00 p.m. se llevará a cabo el acto inaugural en el Teatro Nacional con la presencia, entre otros del presidente de la República, José María Figueres,y de monseñor Román Arrieta Villalobos, quien hará una invocación para recordar a periodistas fallecidos.

La actividad concluirá, oficialmente, el próximo sábado 30 de setiembre con un baile en el hotel Cariari. Entregarán ahí el premio Jorge Vargas Gené a los periodistas Fernando López González y Carlos Arguedas Castro, ambos del Diario Al Día, como los más destacados del año.

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