Recuerdos sobre Roberto Armijo

Argueta, Manlio. Recuerdos sobre Roberto Armijo. Co Latino. Suplemento Cultural 3000. (San Salvador, El Salvador), 8 de febrero de 1997 p. IV

1. ARMIJO Y SU MUERTE ADELANTADA. En 1954, siendo un poeta jovencísimo, Roberto Armijo tuvo su primera muerte. Condiscípulos de colegio, acompañados de sub-director Chalupa Hernández, acudieron a Chalate con flores y coronas para darle la despedida final. Pero el poeta seguiría con nosotros para siempre, por su obra de ensayo, de teatro, de poesía que escribió en los restantes años que tata Dios le dio.

Su resurrección causó estupor al grupo de estudiantes, que debieron esconder sus flores y sus penas. A todo esto le causó a Armijo una eterna congoja. Demasiada conmoción para un poeta de apenas diecinueve años que ya había comenzado a publicar en los periódicos del país.

2. ARMIJO EN BUSCA DE CESAR VALLEJO. Esa primera muerte lo volvió suprasensible, percibiendo el menor aleteo del pájaro, la música de las nubes por el cielo gris, la palabra desentonante. Enfermizo, casi siempre en cama en aquellos años amargos de barrio Paleca, su juventud fue permanente congoja por falta de aire en sus pulmones. Por atroz paradoja, a aquella persona tan sensible que podía escuchar la lluvia antes que llegara y el sonido de grillo de las estrellas, le era difícil soportar una gota de lluvia, un cambio brusco de temperatura. Temimos sus amigos que no resistiría París, que Armijo iba en búsqueda de los tesoros de Vallejo y que no le sería fácil sobrevivir la bruma otoñal, o la heladas invernales donde el vuelo de un ave queda detenido. Misterio del poeta. Aunque no cabe duda, que ha pasado en estos años más de una agonía, entre otros la pérdida sin compañía de su segundo hijo, allá en Honduras.

3. ARMIJO Y SOMOZA EL VIEJO

Un día en uno de nuestros exilios en el cuartel “Hormiguero” de Somoza el Joven, lo iban a separar del grupo. Le dijimos que no se sabía adónde lo llevarían (ya habían separado a otros) y que la manera de quedarse en el cuartel era fingirse una crisis de asma. Lo hizo pero con tan mala suerte que se enfermó de verdad y de todas maneras lo separaron de sus hermanos poetas. No lo volvimos a ver por muchos años más, eran los años difíciles para los poetas de cafetín, taberna y cárcel que éramos. Después me contó su odisea en la cárcel-hospital de Managua, compartiendo espacio con quien se acusaba de haber envenenado las balas que López Pérez había usado para disparar y matar al Somoza el Viejo.

Luego supe de su regreso al país, había que cruzar el río Goascorán, lo acompañaba el compadre Chanti Ruiz. Se había indicado pasar como bañistas lugareños pues cerca estaba el puente que el río los iba a arrastrar pero que se dejaran llevar por la corriente, que adelante había un recodo que sacaba a la orilla ya en territorio salvadoreño. Se desnudaron para no mojar la ropa; pero Armijo al verse arrastrado por el río no pudo dejar de gritar. Demás esta decir que fue un espectáculo para los de arriba del puente que esos momentos lo cruzaban. Perseguido por el compadre Ruiz, logró salir. Ambos desnudos Armijo tuvo la caballerosidad de saludar a las sorprendidas lavanderas que se encontraban a la orilla del río. Fue su ingreso clandestino.

4. POETAS DE CAFETÍN Y DE FONDA. Los poetas de cafetín tendríamos en esa época unos veinticinco años, de manera que ese enfrentamiento con la muerte era una aventura feliz. Pero sobre todo una idea alumbraba el túnel: hay que cambiar el mundo, cambiar las cosas. Y entonces descubrimos que la poesía era clave. Y así nos tiramos a ese recorrido por la vida que nos cohesiona, no fuimos “patriotas” de los que habla Salarrué pero sí ciudadanos dispuestos a darlo todo por los pobres de quienes creíamos estaba cerca su redención, el ensueño redimía nuestras maldades cotidianas.

No cabe duda, ello nos hacía más poetas. En esa aventura nos acompañaba Góngora, Quevedo, García Lorca, Calderón de la Barca, San Juan de la Cruz, sólo por citar clásicos españoles. Pronto pasamos a los contemporáneos: Vallejo, Salinas, Neruda, León Felipe, Maiyakoski; aunque Roberto prefirió quedarse con sus clásicos y Vallejo. La influencia de su profesor de letras en el segundo de bachillerato, quien lo adoptó para prestarle libros, fue demasiado impactante para no abandonar la lírica española: Alberto Rivas Bonilla. Desde entonces es nuestro clasicista, en tanto rigor y dedicación de estudio. Por algo es Armijo uno de los pocos admiradores de Gavidia que va quedando.

Siendo compañeros de cafetín con el ya maduro Pedro Geogfray Rivas, con una experiencia de exilio de veinticinco años le pusimos como contendiente a Roberto Armijo, de apenas veintiuno, pero de vida. Armijo salió en defensa de los clásicos de una manera contundente. Lo que no le perdonaría Pedro. Pero nosotros estuvimos con Armijo, digo: Oswaldo Escobar Velado, Cea, Tirso, Manlio, uno de los sub-grupos cafetineros (café Doreña). Porque en el de Pedro, un poco más en la fonda (La ronda e Izalco, cerca del parquecito San José) estaba Dalton, Otto René, D. Velado, Arteaga, Bogrand, aunque éste un poco marginado por su propia timidez campesina; y creo que Pepe Rodríguez Ruiz y Arias Gómez.

A partir de esa polémica seríamos hermanos de sangre. Valía más amistad que el lazo ideológico o el brillo de la estrella que cargaba en ese tiempo el carismático Geofray. Estuvimos al lado de Roberto para no abandonarlo en su visión de la vida.

Hay toda una historia de poetas que no cabría en estas palabras desesperadas escritas a vuela máquina, para saludar a Roberto en París, al hermano Abel, de su hermano Caín, -como dice a manera defensiva, para tolerar “mis fisgas venenosas” sobre la necesidad de escribir desmoronando siempre. ¿Vanguardismo quizás? A él, un clasicista de la lengua hispana es como decirle que derribemos los muros de España, “los muros de la patria mía”

5. ARMIJO SU SENSIBILIDAD Y SUS MIEDOS. Sin duda que su sensibilidad ha padecido bajo la caída de tantos muros que nos construimos a partir de un idealismo estético que revela realidades atroces. Armijo no esta preparado para los grandes contrastes. Creo que es demasiado pedir a su levedad corporal y anímica que viene arrastrando desde aquellos años 54. Y responde asustándonos, escondiendo su enfermedad, como si temiera que no le vamos a perdonar que haga esas intentonas de dejarnos. Pero no es escapará de mis yambos. Y aquí estamos, pese a que asumió su martirio con el mayor secreto. El hermano Caín de nuevo le es infiel y le desmorona su europea moderación divulgando entre amigos que trata de esconder sus dolores. No puede ser.

Eso no es posible, te conozco y sé que no te gusta el aislamiento, y por eso no voy a dejarte ni un momento solo en ese Pigalle de putas (su estudio, cerca del metro del mismo nombre) o en el Montmarte (su casita) donde desde la ventana vemos subir a los turistas el funicular de Sacre Coeur. Aquí estamos con vos, haciéndote compañía desde lejos, cuidando tu soledad inmemorial, sin darte cuenta que te queremos más de lo que te imaginas.

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Nota bio-bibliográfica.- Roberto Armijo nació en Chalatenango en 1973. Profesor por casi 20 años en la Universidad de Nanterre, París.

Obra poética: La noche ciega al corazón que canta, 1959; De aquí en adelante, 1967; Homenajes y otros poemas, Honduras, 1979; El Libro de los Sonetos, 1997; Cuando se enciendan las lámparas, Concultura, 1997; Los parajes de la luna y la sangre, IEJES, 1997.

Ensayo: Rubén Darío y su intuición del mundo, Premio Centroamericano, Nicaragua, 1967; T.S. Elliot el poeta más solitario del mundo, Premio Centroamericano, Guatemala, 1967; Gavidia la Odisea de su genio, Premio República de El Salvador, 1965. “/la Generación Comprometida”, revista Cultura, 1968. “Actualidad en el pensamiento de Mariátegui”, inédito. Sus ensayos le han merecido premios centroamericanos y el Premio Nacional de  Cultura de El Salvador, 1965.

Teatro: Jugando a la gallina ciega, Primer Premio Centroamericano, Guatemala, 1969; El príncipe debe morir, Tercer Premio, Guatemala, 1969; Sin publicar: Los escarabajos.

Novela: El asma de Leviatán, UCA, Editores, 1995.

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