Legado espiritual de Roberto Armijo en el arte de William Armijo

Argueta, Manlio. Legado espiritual de Roberto Armijo en el arte de William Armijo. Co Latino. Suplemento Cultural 3000.  (San Salvador, El Salvador), 3 de enero de 1998

 1- Las hermandades poéticas.

 En mi reciente visita a Europa, invitado por el Ministerio de Cultura de Francia, del 15 al 30 de noviembre, 1997, me pareció que estar en Montmartre sin el poeta Roberto Armijo era como si el barrio no existiera. Tantas veces habíamos recorrido la colina, descubriendo en las casas placas de pintores como Martissse, Toulouse Latrec, Picasso, Van Gogh. En la parte baja del barrio, el apartamento que originalmente había sido de Roberto y que subarrendó su hermano José William Armijo, a doscientos metros del Moulin Rouge y del gigante Sexodrome con sus centellantes luces rojas y a pocos pasos de nidos de trasvestis.

Las anteriores seis u ocho visitas a París fueron producto de mis desprendimientos que hice desde Holanda o Alemania, nada más para ver al hermano poeta. “Vamos a tomar el mejor vino de los vinos baratos, adecuado a nuestra economía de poetas y a nuestro buen gusto”, me decía para referirse al Cote du Rhone; mejor si acompañado de frijolitos fritos, que el preparaba, y queso de cabras, su preferido. Nos reuníamos en la rue André  Antoine, la casa de José William (pero donde Roberto había dejado su estudio y biblioteca); otras veces en el nuevo apartamiento donde vivía con Ana María, en Place Saint Pierre, al pie del funicular que sube hasta el Sagrado Corazón (Sacre Couer, iglesia erigida por los conservadores en la cima de la colina para conmemorar la derrota de la Comuna).

Aquellas mis visitas nunca sobrepasaron los tres días, pero era lo suficiente para hablar de poemas y de literatura, y consolidar la fraternidad que tuvo su origen en 1956, cuando con Roque Dalton, llegó a la casa de Tarquino Argueta, para conocer al entonces desconocido poeta migueleño que a los diecinueve años había ganado un primer premio de poesía.

 2- Las mensajes poéticos son siempre fantasmales.

Al quinto día de mi recién estancia en París, llamé a José William, para entregarle ejemplares del poemario de su hermano: El pastor de las equivocaciones que enviaba Ricardo Aguilar, de la Fundación Salarrué. Necesitaba rememorar al poeta en el lugar de los hechos. “No siento deseos de visitar París sin la presencia de Armijo”, había coincidido conmigo David Hernández desde Alemania. Yo por mi parte, al escuchar a William mi aventure a encontrar la presencia fantasma del poeta. Para seguir el rito, teníamos que rememorarlo con el Cote du Rhone y el queso de cabras. “Yo te invito”, me dice William cuando nos toca pagar en el súper cercano.

Y me doy cuenta del mensaje que me había dejado Roberto: nunca en anteriores visitas había reparado en las esculturas de madera puesta con desgano en los rincones del apartamiento, pleno de libros, de la rue André Antoine. Pregunto a William y me responde: “Son mías, es mi hobby, cuando me siento agotado de cantar, para no desesperarme en la soledad europea”. Me doy cuenta que tiene muchos instrumentos de talla en madera. “Antes estaban abajo, en el sótano, para no disminuirle el espacio que necesitaba mi hermano”, responde a mi pregunta. En verdad el espacio de Saint Pierre es mucho mas pequeño.

Luego consulto con dos amigos latinoamericanos profesores de arte, si habían visto las esculturas de William. Y me dicen cada uno por aparte que muchas veces iban a visitar al poeta Armijo para departir  pero también para admirar las esculturas de su hermano William. Sorpresa. ¿Cómo era posible que nunca lo habíamos comentado con Roberto ni yo hubiese advertido su existencia? “Siempre estuvieron ahí donde las ves ahora”, me dice William, de quien apenas sabía los tiempos difíciles que había pasado para mantenerse vivo veinte años en París tocando la guitarra en plazas y cafés, o bien como actor, y estudiando teatro en la Sorbonne, hasta sacar una maestría. Bueno, en estos momentos sentí que Roberto hacía señales. William sería continuador de su estirpe artística salvadoreña en París.

 3- Ganar un nuevo escultor.

 Comento con José William: “Me han dicho unos amigos que ya es hora que abandones el canto y te dediques a la escultura”. Me dice que se siente un seguidor de la gran tradición del canto popular francés: y me menciona a Brell, a la Piafh, a Aznavour y otros. “Aquí la canción es algo más que el medio para ganarse la vida, es una herencia histórica”. Le repito lo que me han dicho los amigos especialistas: William es un gran creativo como escultor, a nivel de París, aunque el no se haya dado cuenta del todo. El hermano menor Armijo me ratifica que esculpe sus emociones y sus silencios en madera y que cada escultura es buena para el mismo. “A veces me las han querido comprar pero no puedo vender lo que hice para mí, además como podes ver, no son más de dos docenas, pues el canto, que me ha dado la vida en Paris, no me deja tiempo para la escultura, no puedo abandonarlo, además nunca me sentí escultor”. Ahora, William dejó de cantar en la calle o de promoverse como chansonier en los cafés, las ofertas le llegan por teléfono. “Puedo darme el lujo de rechazar y de agotarme menos”. Además desde hace años, el canto le ha dado lo suficiente para pagar los mil dólares mensuales que consume su apartamiento modesto en el París de Montmartre.

Me reafirma que sus esculturas en cierta manera las tenía ocultas y sólo había reparado en ellas su hermano y unos pocos amigos que lo visitaban. Me muestra una que tiene oculta porque se la obsequió a Roberto: una mujer desnuda estirada al cielo como una lanza, con una cabeza entre sus manos alzadas.

Quizás la poesía de Roberto Armijo nos envolvía tanto que no podíamos ver el trabajo de William. Debí descubrirlas en las tantas veces de mis visitas,  me reprocho a mí mismo. Sin embargo, siento que es el poeta quién me transmitió esta vez, desde su muerte cercana, la calidad artística de José William Armijo; es en cierta forma la modestia de este y su amor por el hermano mayor lo que hizo callar muchas veces, en un inopinado gesto de amor y admiración. “Era como mi padre y pensé que yo también moría”, me dice.

Yo lo sé.

En una de las reuniones con los amigos, William promete que le dedicará más tiempo a la escultura, que verá como alquila un pequeño taller, aunque en París es difícil y caro. Y según lo conversamos con unos de sus admiradores, una vez que tenga las piezas necesarias, deberán apoyarlo para que monte su primera exposición en París; pero la idea es no pasar del 1998. Este es el hallazgo que debo al mensaje fantasmal del poeta Armijo, ahí en lo que fue su primera casa, en Pigalle, en la rue André Antoine. Lo demás, para satisfacción del arte salvadoreño, es tarea de José William Armijo.

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