En los noventa años de Alberto F. Cañas Escalante. La sabiduría nacional

Vargas Araya, Armando. “En los noventa años de Alberto F. Cañas Escalante. La sabiduría nacional”. Diario Extra. Página abierta (San José, Costa Rica), 23 de marzo de 2010, p.1

Si una persona pierde el rumbo en esta ciudad capital, vuelve sus ojos hacia Las Tres Marías y sabe donde está el Norte, por La Carpintera encuentra el Este o el Sur por el Pico Blanco. Cuando un costarricense requiere orientarse en las encrucijadas cotidianas de nuestra civilización y de nuestra cultura -constreñidas ciertamente pero de nosotros aún-, busca con el entendimiento a don Alberto F. Cañas y pronto recupera el sentido vital. Porque Don Beto, que alcanza la respetabilísima edad de 90 años, es el Norte Intelectual de la costarriqueñidad contemporánea. Se puede estar a favor o se puede estar en contra de sus perspicaces afirmaciones, más su criterio singular es indispensable como término modélico de referencia.

Sí, Don Beto, a secas. Porque a fuer de razonar y de actuar, de escribir y de discurrir a lo largo de las décadas, es, por antonomasia, el Alberto de los Albertos. Así como se reconocen a don Juan Rafael Mora y a don José Figueres por sus honorables renombres sonoros de Don Juanito y Don Pepe, el licenciado Cañas Escalante es, en la admiración, el aprecio y el cariño de sus compatriotas, Don Beto. Dicho sea con el debido respeto, beneméritos se cuentan por docenas, Don Beto solamente hay uno.

Piensa y siente Don Beto con mente y corazón entrañablemente costarricenses. Existe una manera de oler, de saborear, de escuchar, de ojear y de palpar distinta –que no mejor a otras- en quienes, junto con la leche materna, embebieron el ser de nuestra nacionalidad. Es una sensibilidad única, que trasciende la razón pero que él logra aprehender y expresar con su lenguaje culto y fuerte. Consúltese, a manera de ejemplo, su añoso y actual ensayo “Uso y práctica del chunche” en el cual nos define. Sus reflexiones son ágiles, chispeantes, ligeras en la apariencia como profundas en la realidad, entretejidas con el comentario sobre hechos comunes y corrientes de la educación y la cultura, los usos y las costumbres, la política y todo aquello que concierna a la persona. A veces, ese pensamiento resplandece en un feliz manojo de palabras que corren de boca en oído y de oído en boca por academias y autobuses, el hogar o la oficina. Es una voz que habla por muchos.

Heredero de ideales y de valores esenciales para nosotros, pues sustentan la convivencia humana forjada entre estos valles y llanuras, estas montañas y mares, su talante y su talento son de magnífica prosapia. Doña Manuelita Escalante, su tía bisabuela, descolló como intelectual de fama centroamericana en el áureo siglo XX. El general Don José Maria Cañas, su bisabuelo, fue héroe de la Guerra Patria y arquetipo de centroamericano generoso. Lo suyo es oro viejo, no relumbrón reciente. Por eso protege y promueve, con elocuente bravura, el patrimonio espiritual que nos une a todos. Para él, la patria es esperanza.

Es un intelectual de acción, nunca aislado en una torre de marfil. Secretario de actas en el último Gobierno de facto que conoció el país, embajador en Naciones Unidas, vice Canciller de la República, dos veces diputado y presidente del Poder Legislativo, primer ministro de Cultura, Juventud y Deportes, en fin nuestro André Malraux. Por cierto, le duele que su generación se quedara sin formación europea debido a la Segunda Guerra Mundial. A la abogacía que practicó poco y al periodismo que le es inherente, agrega la docencia universitaria, estatal o particular, que ejerce, entre otros motivos, para mantener alerta su ánimo por el contacto con la juventud estudiosa. Su vida es un combate permanente, sin jadear ni descansar, a favor de las mejores causas de la libertad, la justicia, la cultura y la democracia sin objetivos.

Su voz áspera y, si se quiere, bronca, así como una expresión vehemente, pueden velar una personalidad afectuosa y delicada en lo íntimo de la amistad y de la familiaridad. La prosa sutil de sus cuentos y de sus novelas, su poesía suave y tierna, el dramaturgo ingenioso y pulido, reflejan matices de una rica vida interior. Bueno… y hasta hace poco bailaba melancólicos boleros, en dos por cuatro, sobre un ladrillo. Cualquier ciudadano puede abordarlo en la calle, como sus discípulos que realizan diálogos socráticos con él en los pasillos universitarios.

Lector insigne, asumió voluntario el apostolado de la literatura nacional desde la Editorial Costa Rica, las páginas de la prensa y la Academia Costarricense de la lengua. Participa en toda empresa que propenda al impulso de los escritores, a la difusión del libro y al ensanchamiento del público lector. Su gestión ministerial produjo notables series editoriales como “Nos ven” o “Quien fue y qué hizo”, que ahora continúa en la presidencia del Consejo Editorial de la EUNED. Por muchos años reseñaba cada sábado una obra de autor costarricense; me cuento entre quienes ampliaron su horizonte literario gracias a ese impagable servicio cultural.

O. M. es uno de los seudónimos suyos para la crítica de cine y de teatro que, desde diversos periódicos, alumbra toda una época de avance estético del país. Las artes representativas, sobre las tablas y en el celuloide de ayer o el video de hoy, se arraigan, crecen y fructifican con la crítica que ilumina el gusto y educa el alma hacia lo bello. ¿Quién puede imaginar aquel Londres de la primera mitad del siglo XX sin la pluma fulgente de George Bernard Shaw, o aquel San José de la segunda mitad de la pasada centuria sin los espléndidos análisis artísticos y aleccionadores del O. M. de Don Beto? Se impone realizar una antología de sus más sustanciosas columnas de crítica cinematografía o teatral como valioso aporte a la historia del desarrollo cultural en la Costa Rica agrícola e industrial previa a la mundialización de los servicios digitalizados.

Hay un ejercicio puntilloso de ciudadanía vigilante es sus “Chisporroteos” bisemanales, que igual celebran o censuran desde su muy personal perspectiva. Con su acendrado civismo, va, en enunciados sapienciales, del humor a la ironía, de la fisga a la ternura, en pro y defensa de esa evanescente quintaesencia costarriqueña. Su periodismo de opinión es, en verdad, una llama de conciencia encendida; a la manera de Rubén Darío, puede decir: “mi filosofía práctica es mía en mí”. Así, verbo en ristre, ejercitaban sus derechos fundamentales los compatriotas de antaño –de Don Ricardo para abajo-, cuando aún no habían sido emasculadas generaciones enteras por medio de una escuela, de una prensa y de un sistema que en vez de espolear, amansan.

En sus artículos se respeta la autoridad, pero se la escudriña, se la reprocha o se la aprueba con libertad absoluta, sin temor a consecuencias autoritarias.

Es que, guardadas las proporciones, Don Beto es a esta Costa Rica anhelante lo que Ralph Waldo Emerson fue en su tiempo a los Estados Unidos o Michel de Montaigne en sus días a la Francia perenne: la sabiduría nacional. Afortunados nosotros, sus contemporáneos.

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