El limbo de los cuentos incorrectos

Cortés, Carlos. “El limbo de los cuentos incorrectos”. La Nación. Revista Dominical (San José, Costa Rica), 15 de junio de 2003

Cocorí solo disfrutó de un instante para despedirse de Mamá Drusila con una sonrisa. Cuando abrió de nuevo sus grandes y hermosos y acuosos ojos aterciopelados, el decorado de la selva tropical se había transformado en un espejismo y se enfrentaba a un paisaje sin formas visibles. ¿Había sido castigado? Cuando la escena volvió a iluminarse y descubrió los gigantescos cartelones con unos dedos desproporcionados que lo señalaban, y la leyenda: “¡Denuncie a los cuentos incorrectos! ¡Salve a nuestros niños y niñas de la perversión!”, supo que estaba en la Tierra de la Igualdad.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. En el último y temible capítulo del Manual del perfecto personaje literario de los cuentos infantiles había leído la terrible verdad, aunque nunca pensó que sufriría las consecuencias: los personajes de las historias que eran consideradas como políticamente incorrectas perdían el derecho de seguir siendo contados y eran condenados a una vieja historia de la literatura sin reeditar, en una polvosa biblioteca pública, salvo que aceptaran someterse a un proceso de autocrítica, delación contra sus autores, reeducación y libertad bajo palabra. Los casos perdidos iban al molino de papel.

Cocorí trató de llorar, pero no pudo. Recordó lo que le habían contado una vez: a Pinocho, después de varios años en un correccional, lo pusieron frente a un panel de vidrio. Del otro lado desfilaron varios escritores con las manos amarradas y cara de pocos amigos. “¿Cuál es Collodi?”, oyó que le gritaron desde un altoparlante. “No, no lo haré”, pataleó Pinocho por un rato hasta que se le quebró una pata de plywood y el dolor lo obligó a acusar a su creador. Confesó delante de la asamblea de los personajes incorrectos en vías de regeneración que el perverso escritor lo había obligado a beber sustancias prohibidas en una escena tenebrosa. Después le llevaron un retrato de Collodi para que bailara sobre él, lo rompiera y lo arrojara al fuego. Fue perdonado, pero obligado a recibir atención psicológica para resolver la ausencia de figura paterna.

Cocorí se introdujo en la larga fila de personajes sin cuento. Necesitaba ardientemente que alguien lo contara. Los personajes incorrectos tenían apenas algunas horas, antes de que empezara su proceso judicial, para encontrar alojamiento en un argumento breve, sino vivirían a la intemperie, expuestos a que cualquiera los plagiara, o, peor aún, disvariarían por caminos inciertos hasta el olvido.

Llenó la solicitud y se presentó ante el encargado. “En la oficina de los Estudios Disney siempre sobra brete, pero la paga es mala”, le dijeron. Cocorí negó con la cabeza: “Esos maes son capaces de calquier cosa”, se dijo. Sabía que habían falsificado un certificado de matrimonio entre Mickey y Minnie para cubrir las apariencias. Después de años de litigio y millones de dólares, habían demostrado que Hugo, Paco y Luis eran sobrinos del Pato Donald y que no había nada pecaminoso en que el tipo fuera soltero y sin compromiso. No, ese no era su mundo.

–Hay una posibilidad en el Bosque de los 100 Acres. Descubrimos que ese gordo, Winnie Pooh, rechaza el ejercicio sano, tiene una obsesión enfermiza con la miel y su autor se basó en un oso en cautiverio como modelo. Decidimos expulsarlo mientras investigamos–, gruñó el inspector.

“¿Qué voy a hacer?”, se dijo Cocorí, mientras caminaba saltando los charcos.

La Tierra de la Igualdad resplandecía de actividad: Caperucita Roja recibía clases de defensa personal, usaba una pistolita de gas mostaza contra potenciales agresores y lo aprendía todo sobre el acoso sexual. Sobre un largo diván, Peter Pan se deshacía en explicaciones de por qué no quería crecer. En el cuarto del fondo, El Principito negaba con la cabeza que hubiera intentado suicidarse y Blancanieves y los Siete Seres Humanos de 1,40 metros o Menos de Estatura (el nuevo título del cuento) prometían portarse bien.

Cocorí se detuvo a consolar a Tío Conejo –acusado de crueldad con otros animales– quien sufría de una depresión y no tenía dinero para su Prozac diaria. Le habían pedido que en las futuras ediciones de Los cuentos de mi tía Panchita figurara la advertencia: “En este cuento no experimentamos con animales vivos. Cualquier relación con la ficción es pura coincidencia”.

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