Carta a la niña rubia

Morvillo, Mabel. “Carta a la niña rubia“. La República (San José, Costa Rica), 18 de febrero de 1995, p.8

 ¿Como estás niña rubia y marinera?

¿Dónde estás? ¿En un territorio desdibujado de neblinas? ¿En un país de sirenas? ¿En alguna esquina del reino del sol en primavera?.

Siempre me pregunto que ha sido de ti, viajera de un barco sin nombre y sin camino…

A veces me imagino que entre tu pelo de oro se quedó prendida una hebra de luz nocturna.

Algo así, como una luciérnaga oscura que te recuerda la playa, las palmeras, un mar verdeazulmar, los ojos asombrados de Cocorí.

O tal vez te llevaste, junto con los caracoles, una música de olas, de reflejos y espumas, que te canta en las noches silenciosas del lugar donde estás. Una música única y diferente con voz de nostalgias dulces y tibias.

No lo sé…  Pero puedo imaginar que en tus ojos azules todavía brillan los rizos negros de Cocorí y toda su risa que suena como conchitas marinas.

Y por eso te escribo:

Porque no he dejado de imaginarte.

Me gustaría tanto que supieras todo le que ha pasado desde que tu barco te fue llevando lejos. Que supieras, por ejemplo, que Cocorí te espera en una playa que se despereza cada mañana, después de su sueño marinero.

Que en tu selva tropical las flores han estrenado colores nuevos, aunque también ha palidecido de dolor a veces, porque los seres humanos somos también capaces de destruir toda belleza,

Me gustaría que supieras que mamá Drusila amasa su pan-bon y se sonríe. O que el Negro Cantor ha hecho que su voz se multiplique en ecos.

Pero, sobre todo, me gustaría que supieras que el rosal floreció, que es como te dijera que siempre estás aquí, que te quedaste aquí para llenarnos con el aroma de tu beso.

Sí. El rosal floreció. Es una buena noticia, ¿verdad? Sobre todo, porque escogió para brotar un lugarcito que es casi el paraíso. Y después creció hasta llenar de aroma nuestros sueños.

En realidad, te escribo para darte las gracias, niña rubia de sol. No sólo porque nos dejaste la rosa, sino porque te llevaste por el mundo la luz de lo que amamos.

Mabel Morvillo

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