Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte

Castro R., Guillermo. “Carlos Luis Fallas: a 10 años de su muerte”. Excelsior (San José, Costa Rica), 8 de mayo de 1976, p. 3

No deja de ser intrigante, para cualquier lector costarricense, conocer la razón del escaso favor que algunos sectores del país le brindaron a la obra de Fallas, desde el mismo momento en que un jurado nacional le negó a Mamita Yunai, la primera de sus obras, categoría de novela en el año 1940.

   Que la Fundación Faulkner de los Estados Unidos distinguiera a Carlos Luis Fallas con el Premio Iberoamericano de Novela en 1962, mientras algunos compatriotas se oponían a que se le concediera el Premio Nacional de Literatura, es un hecho sorprendente. Que en Costa Rica se dificultara la circulación de la primera edición de Mamita Yunai, mientras se hacían numerosas ediciones y traducciones en otras partes de mundo, es toda una ironía.

  Y no menos intrigante fue presenciar la solemnidad y el dolor con que el pueblo lo despidió el día de sus exequias, en tanto que otros, mientras vivió, se prodigaron en ofrecerle cárcel y destierro.

  ¿Qué había pues de especial en la persona de Fallas para merecerle tanta intriga? ¿Qué significó su presencia en el ámbito nacional para acreditarse, en cambio, numerosos elogios y muchas distinciones? ¿Qué valor tiene por ejemplo, Mamita Yunai en sus contenidos y en su conformación, pero que hoy se le estime como la mejor novela nacional y se le juzgue entre las obras más significativas de Hispanoamérica?

  He aquí en la respuestas a estas interrogantes, la razón del artículo que hoy, a diez años de la muerte material del eximo escritor costarricense, publicamos en calidad de homenaje póstumo.

VIDA Y OBRA

 Carlos Luis Fallas nació en Alajuela el 21 de enero de 1909. Su infancia transcurrió en medio de numerosas privaciones. A los pocos años se traslado a San José, en donde realizó sus primeros y escasos estudios. Por su carácter fuerte se vislumbraba ya el hombre de carácter rebelde e insatisfecho que conoceríamos después.

 Ese temperamento recio, casi innato, los indujo a independizarse de su hogar y a enfrentarse a su destino, duro y hostil, cuando apenas tenía dieciséis años. Aquí comenzó la segunda etapa de su vida, decisivo en la afirmación de su espíritu combativo.

 Corría el año 1925. Se conservaba todavía en su apogeo la emigración de los campesinos del interior del país hacia el Atlántico, atraídos por la fiebre del oro verde. El mismo Fallas no escapó a la euforia del momento, y se fue a Limón, en donde pasó seis años realizando diversos trabajos. Durante algún tiempo se interno en los bananales de la United Fruit Co. en el Valle de la Estrella. Fueron años muy difíciles, sin duda los de mayores congojas, pero los más productivos de su vida, porque su larga permanencia en los campamentos inmundos y todas sus peripecias le harían descubrir su vocación narrativa y su espíritu revolucionario. La emoción biográfica que apreciamos en sus obras, es precisamente, el resultado de sus vivencias personales.

 En el año 1931 regresó de Limón con motivo del fallecimiento de su madre, con cuyo suceso puede señalarse el comienzo de la tercera, etapa, de su vida, ahora en condición, de agitado militante. La adversidad y las injusticias que había presenciado en los bananales terminaron de cincelar su espíritu combativo, y decidió permanecer en la ciudad para participar más de cerca, en las actividades proselitistas en defensa de la clase obrera.

 Histórica es, para mencionar un hecho, su valiente actitud en la Manifestación de Desocupados del 22 de mayo de 1933.  La represión y la cárcel no hicieron mella en sus arrestos; pero a raíz de este acontecimiento, tuvo que trasladarse nuevamente al Atlántico, desterrado por sus actividades revolucionarias.

 Una de sus más fieras luchas fue la que libró en el año 1934 como organizador de la Gran Huelga  Bananera de 24 Millas, que fue una verdadera liberación de su afán de justicia largamente reprimido ante los desplantes de la Compañía Bananera. En esa oportunidad, la prensa se ensaño contra los huelguistas y el gobierno desató su persecución, pero nadie pudo evitar que la histórica huelga fuera el primer eslabón de las conquistas sociales con que Fallas soñaba. No valieron entonces los engaños, ni las amenazas, ni el tremendo poder de los dólares para hacer claudicar la actitud honesta y heroica del gran dirigente obrero.

 En 1940 quiso ordenar y ampliar, con una perspectiva literaria, las experiencias que en forma de crónicas había escrito en el órgano periodístico del partido comunista, Trabajo, y se produjo esa inesperada revelación suya en la esfera narrativa dando a su luz Mamita Yunai, obra combativa y conmovedora que habría de consagrarlo como nuestro más destacado novelista.

 Esta cuarta faceta de su trayectoria se enriqueció después con la publicación de otras  obras: Gentes y Gentecillas (1947), de variados conflictos humanos cuyo escenario principal es la Hacienda Pejibaye, propiedad de la Compañía Bananera; Marcos Ramírez (1952), serie remembranzas infantiles de sabor picaresco: Mi Madrina (1954), obra anecdótica, de estilo autobiográfico, en la que se incluyó el cuento Barreteros y una novela corta titulada El Taller. En ese mismo año publicó en México  su Reseña de la intervención y penetración yanki en Centro América valiosa desde el punto de vista histórico y político. Después escribió un folleto sobre el problema del latifundio, bajo el título de Don Bárbaro, que hace recordar la obra de Gallegos. En forma póstuma apareció Tres Cuentos (1967) en la cual se recogen por aparte dos relatos suyos ya mencionados: El Taller, primera parte de lo que iba a ser una novela sindical; Barreteros, cuento sobre las tragedias y el problemas de las bananeras a los que se agrego un pequeño relato de adolescencia: La dueña de la guitarra de las conchas de colores que el autor se había negado a publicar por su fondo sentimental y su estilo de inmaduro. Como obra inédita, debe mencionarse Un mes en la China Roja “dedicada a todos los hombres honrados de América Latina.” En ella recopila una serie de impresiones sobre la sociedad de la China Comunista. Otros dos quedaron inconclusos: Cartas a Juan, en la que el autor recoge todas las misivas que desde Rusia le había ido enviando a su tío Juan Fallas, y Rojo y verde, que refiere sus experiencias como líder sindical.

 En 1944, sus continuas luchas por el logro de una patria mejor para la clase trabajadora le merecieron la responsabilidad de ser electo diputado al Congreso Nacional, como representante del Partido Vanguardia Popular. Al final de su período parlamentario, estalló la Guerra Civil de 1948, acontecimiento que debió vivir en todas sus consecuencias como jefe de las tropas gobiernistas. Al terminar el fragor de la lucha, derrotados los suyos, tuvo que sufrir algunos meses cárcel, la cárcel que ya había conocido por sus afanes de reivindicación social. Con el apoyo de muchas voces amigas obtuvo la libertad y emigro a México por algún tiempo.

 Finalmente se le hizo justo reconocimiento por su valioso aporte a la narrativa costarricense, al otorgársele el Premio Nacional de Literatura Magón de 1965. Pocos meses después el 7 de mayo de 1966, murió en San José, rodeado del calor de sus muchos amigos y compañeros de lucha, que derramaron sus lágrimas sobre el ataud de aquel hombre, humilde y honesto, que había entregado lo mejor de su vida a luchar por la superación de los oprimidos, que había enriquecido con sus escritos los alcances literarios de su patria y que ahora partía, con su espíritu vigoroso al fin en paz.

LA MEJOR OBRA DE FALLAS

  Lo es, sin duda, Mamita Yunai, que responde a un anhelo de redención, nacional. Refleja la responsabilidad moral y social del autor, su definición clara y valiente contra la servidumbre, contra los hechos insólitos de la explotación extranjera. La critica franca, el vocabulario sin ambages y algunas escenas de la obra un tanto violentas escandalizaron, sin embargo, al lector de pocos alcances y a las mentalidades retrógradas. Los perjuicios y la hipocresía de la época forjaron una acogida fría y despectiva, al punto de negársele, como se dijo categoría literaria en el Concurso de la Mejor Novela Hispanoamericana de 1940, y de haber sido “saboteado” la primera edición por más de veinticuatro años.

 No obstante, gracias al soplo divino de Pablo Neruda, que inmortalizó a Calero en su Canto General (1950), la obra de Fallas alcanzó el merecido privilegio de la universalidad. No otra cosa demuestran las numerosas ediciones que se han hecho de la  misma en diversos idiomas: Rumano (1949); Ruso (1952, 1957, 1962), Búlgaro (1955), Polaco (1953, 1955); Eslovaco (1954); Italiano (1955) Húngaro (1955); Chino (1959); Alemán (1961); Francés (1964); y Estoniano (1965). En Español se han hecho hasta el presente las siguientes ediciones: en Costa Rica (1941, 1966, 1970, 1971,1974); Chile (1949, 1972); Argentina (1955); México (1957) y Cuba(1960, 1961).

 Pese a esta muestra fehaciente de la trascendencia de la obra Fallas, algunos compatriotas quisieron negarle sus méritos En el Editorial del periódico La Nación del 17 de marzo de 1966, por ejemplo, comentando una publicación que días antes habían hecho distinguidos  ciudadanos de todos los credos políticos, a fin de sugerir el nombre de Fallas para otorgarle el Premio Nacional de Literatura se externo el siguiente criterio: “…si las obras del señor Fallas han sido favorecidas más que ninguna de los otros escritores nacionales, con numerosas traducciones en el exterior, sobre en los países comunistas, se debe ante todo a la temática que desarrollan, de fondo social y político más que a los méritos propiamente literarios de las mismas” (El subrayado es nuestro).

 El artículo refleja precisamente la intriga y la mezquindad con que algunos elementos de la prensa y de la crítica nacional lo aludieron muchas veces. Pese a tanta pequeñez, últimamente se ha hecho una justa valoración de su obra. Las nuevas generaciones han comprendido que todas esas criticas obedecían solamente a ciertos intereses de grupo. Han comprendido que Mamita Yunai debe valorarse por sus méritos literarios, ajenos al carácter panfletario que algunos se han empecinado en atribuirle. Se le reconoce ahora, el vigor de la expresión, su hermosa sencillez, la síntesis magistral que logra de la temática hispanoamericana, su significado humano, su vinculación con la experiencia personal del autor y su valor cono representación estética de una plenitud objetiva.

Mamita Yunai es una novela sencilla, ciertamente, en la que el lector no siente la presencia de grandes caracteres humanos ni el embellecimiento expresivo de los modernistas ni los complejos procedimientos formales de la novelística contemporánea. Mamita Yunai no esta hecha, en fin, para impresionar al lector intelectual, que se deleita formulando hipótesis y desentrañando con vanidad los misterios del diseño con que se ha pretendido deslumbrarlo. La obra de Fallas esta planeada para presentar un orden de cosas que urge atender. Consecuentemente, es una novela de tesis, un mensaje que insiste en la necesidad de que los pueblos de América despierten de su enajenación y actúen frente al ultraje foráneo; es una demanda de justicia para la raza indígena, una sátira contra  los gobiernos corruptos.

 El autor vivió en sus carnes la hostilidad del ambiente que denuncia. Y estas vivencias nos llegan dramáticamente y nos llaman a meditar y a asumir una actitud de solidaridad. Sentimos de cerca la degradación de nuestros compatriotas, que es también la desgracia del hombre americano consumidos por el monstruo verde de la selva y de los bananales aliados a la prepotencia del dólar. Asistimos a la rudeza de un ambiente que, siendo nuestro desconocíamos.

 La obra es cruda, a veces más allá de lo que algunos desearían. Y, sin embargo, no pedía ser de otra manera. Es una exigencia de las circunstancias. No obstante, dentro de tanta adversidad, se enmarcan escenas de gran ternura, a manera de contraste, porque los individuos actuantes, más que héroes, son seres humanos ligados a un destino común.

 La despedida de Herminio, por ejemplo, es desgarradora. En nuestra memoria queda, como un eco lejano y doloroso, su “adióos hermaanoo”, perdido en las tinieblas de la noche, oscura como el destino de nuestros compatriotas.

 Y a la voz de los que, como Herminio, no pudieron salir de los bananales quedara viva eternizada, como un testimonio de nuestra realidad histórica, al tiempo que la imagen fantasmagórica de Calero, con su mueca trágica, seguirá arrastrándose por los latifundios de las compañías extranjeras, como un clamar de justicia  para el hombre americano.

 Y mientras existan Caleros y Herminios explotados que será siempre, permanecerá vivo entre nosotros el recuerdo de Fallas como nuestro mejor narrador y como un profeta de redención social.

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