El Poeta de Costa Rica

Rubén Darío. “El Poeta de Costa Rica”. En: http://lectorias.com/aquileoecheverria.html (consultado el 16–04–2012)

Costa-Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa-Rica tiene sangre gallega; Costa-Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el Marqués de Peralta; Costa-Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa-Rica tiene la Corte Suprema de Justicia Centro Americana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa-Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores; —y Costa-Rica tiene un Poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero su poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del Presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Washington, donde perteneció a la legación de su país, fue íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Atwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centro-americanas, retornó a su país y se casó y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es su costumbre, había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he ahí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el Poeta de Costa-Rica en un sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa, por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la Ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de Concherías.

¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño señor Brenes Mesén nos lo explicará: “Aunque la palabra ‘conchería’ es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa-Rica, de unos ocho años para acá, se llama ‘concho’ al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino.” Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su país. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y los frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuido a hacer odioso el alejandrino, no ha demostrado ningún rastacuerismo lírico ni se cree un pistonudo genio. Tiene —ah, tener eso todavía, ¡Dios mío!— tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terriblezas de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y sin embargo no hay en él un solo instante de pesimismo, y como buen pájaro natural dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música risueña.
En pocas palabras sintetiza su valer uno de sus amigos, Antonio Zambrana: “No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y coloradota, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barva; sobre eso pueda haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta; hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca; pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verba sonora y abundante; hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido’’. Sí, puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluido el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para decir cuanto me encantan los poetas que como el árbol de su floresta dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño; y mi exotismo el ansia de lo deseado.
Otro escritor, compatriota de Echeverría dice: “Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra, quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos ellos se desprende el valor fortificante de nuestro suelo.’’ Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa-Rica tiene como él ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.

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Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones, mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías.
Fijaos en la primera parte de su libro.
Desde luego, no estamos aun escuchando la parla de los conchos. Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta de pronto aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Melendez Valdés?
Es Clori, la esposa —del Céfiro amante…
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las valerosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, “aliento fresco de los montes, respiración sana de ternezas al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas…” Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa-Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. “No se le da bien disecado en un diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo. La transcripción se ajusta, tanto como es posible para no chocar demasiado con los hábitos existentes, a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente la importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son con frecuencia arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos. Si desde la época anteclásica vemos que la r final de los infinitivos se asimila a la l delante de los sufijos, y así lo observamos en Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la península Ibérica. Entre vocales la síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos, y es ley dominante en la lengua tica y americana en general.’’ Ticos se llama en Centro-América a los habitantes de Costa-Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay, o de Fray Mocho.

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Leed los romances campesinos o criollos.
Decidme si en lo que comprendéis de esa relación y de sus diálogos, al lado de algo baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Alvarez y otros han hecho perdurar aún después de la casi desaparición del gaucho. Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina —a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa también de Costa-Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos— en los cuentos y descripciones criollas, aún en las que casi se dirían trabajos de folk-lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria.
Y queda agradecido el paladar después de saborear la miel aromada de los frutos de la tierra.

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