Nuevas y viejas Concherías

Herrera, Franklin. “Nuevas y viejas Concherías”.  La República, Opinión (San José, Costa Rica), 2005, página 18

 

No hay duda de que Concherías, de Aquileo J. Echeverría, tiene el bien merecido título de clásico de la literatura costarricense y su autor, calificado por Rubén Darío como “el poeta de Costa Rica”, es sin dudas un referente fundamental de nuestra literatura y una fuente de primerísimo nivel para el conocimiento y comprensión de nuestras raíces históricas y lingüísticas y de nuestra nacionalidad y forma de ser.

Por estos días, la editorial Legado publicó otras Concherías. La versión sorprende en primera instancia por la perfecta presentación, que asoma desde su portada, ilustrada con una acuarela de Ana Griselda Hine, que adornó ya otra edición en 1989.

Un aspecto es de novedad en un texto tan leído, publicado, estudiado y representado como Concherías. A diferencia de otras ediciones, Legado consideró como original el libro que salió en 1909, publicado por la Imprenta Elzeviriana de Borrás y Mestres de Barcelona, España, que fuera firmado por el autor el 6 de marzo de ese año, cinco días antes de morir, cuando tenía apenas 43 años, vividos de manera pobre pero alegre y multifacética, ya fuera como militar en la guerra centroamericana contra Rufino Barrios, como ayudante del presidente Cárdenas de Nicaragua, como periodista en Costa Rica, El Salvador y Guatemala, como diplomático en París y Washington, como pulpero en Heredia o como bohemio siempre.

En ese sentido, la nueva edición rescata el primerísimo origen del texto y lo sustrae a un siglo de cambios y “correcciones”, practicados fundamentalmente sobre la ortografía de vocablos que el mismo autor quiso escribir tal cual los escuchaba en boca de sus protagonistas, los conchos, seguramente desconocedores de las sutilezas de la pronunciación y la ortografía reglamentadas por la academia y las variantes lingüísticas de prestigio.

Así, el texto que publica Legado escapa al excesivo celo de correcciones, estudiosos y editores, que consideraron quizá más conveniente trasladar a un lenguaje algo más culto o “correcto” unas palabras puestas ahí por el autor como reflejo de un mundo que surge de la contemplación por parte de un espectador externo y privilegiado. Solo La vela de un angelito, por ejemplo, ha sufrido a lo largo del tiempo más de 40 cambios de esa naturaleza.

En esa dimensión vale la pena releer esta nueva publicación de uno de los clásicos de nuestra literatura, en el entendido de que nos acercará mejor a un mundo de ingenuidad primaria y sencillez campesina.

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Entonces, vale recordar las palabras de Darío en el Prólogo de aquella edición barcelonesa: “Echeverría habla bien su lengua patriótica (…). Y yo aprovecho la ocasión para decir cuánto me encantan los poetas que como el árbol de su floresta dan la flor propia”.

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