Cantera

Barahona Riera, Macarena“Cantera”. La República, Opinión (San José, Costa Rica), 21 de febrero de 2002,  p. 10A

Este mes de enero cumplió 114 años de haber nacido en la ciudad de San José, María Isabel Carvajal.

Vecina de su adorado Parque Morazán, allí creció; estudió en el Edificio Metálico, en el Colegio de Señoritas, trabajó en varias escuelas de San José y de Heredia. Fundó la primera escuela maternal del país, en la vieja casona que aún permanece resquebrajada y olvidada, al costado noroeste del Parque España.

Fue la primera docente de literatura infantil en la desaparecida Escuela Normal. Trabajó en la desaparecida también, Biblioteca Nacional y el Patronato Nacional.

María Isabel Carvajal, “Chavela”, como la conocieron sus amigos y compañeros de luchas y amistades, fue una mujer privilegiada en su inteligencia, en sus capacidades y sensibilidades y sobre todo tuvo el halo de la magia y la creación que la acompañó en su escritura.

Vivió su corta vida (61) dirigida por esa fuerza que tienen las mujeres cuando cumplen su destino. Escribiendo, formando opinión, convencida de sus ideas, enfrascada en argumentos y luchas, donde las mujeres eran invisibles. Tuvo la sagacidad de permanecer soltera, aunque de amores, seguro que tuvo amores.

Su independencia le trajo más arrojo y valentía, tanta que por supuesto, fue temida. Como solo las mujeres se estremecen, y ella enérgica, delgada y fuerte, dueña de sí, de su pluma hizo una espada valiente, de su hogar poblado de hermosísimas guarias, un fuego de reuniones y de ideas.

Es lógico, cuando la lógica es una leve pero intensa lucha de los contrarios, que fue odiada, pero no sometida. Y cuando en la guerra civil, fue objeto de amenazas, esta maestra normal que había ganado en las luchas callejeras contra los Tinoco un lugar de honor, que había ganado la primera beca de estudios a Europa, del gobierno de don Julio Acosta a una mujer, y había realizado su sueño en la fundación de la Escuela Maternal, y habiendo quedado destituida, como todos los empleados públicos conocidos como simpatizantes de los “calderocomunistas”, tuvo que huir de este país, y solicitar asilo al siempre leal y digno México, ya enferma, para nunca más regresar con vida.

¿Cómo es posible que un ser humano resulte tan temido como para que en los meses que transcurrieron de su enfermedad su solicitud fuera reiteradamente negada, primando el temor de ver rodeada a la escritora con un recibimiento masivo y que se convirtiera en una amenaza de oposición para la Junta Fundadora de la República.

Será por eso, y por otras razones que aún no conocemos, que no pudo morir en su amada casa del Barrio Morazán, donde las guarias de su tapia la esperaban para despedirla; que su obra periodística, sus novelas, guardan silencio en los anaqueles de la Biblioteca Nacional y solo conocen los niños y los mayores las recopilaciones de los pícaros cuentos del sincretismo americano de su Tía Panchita, y en el Museo de los niños nos aguarda una figura horrible con cara de viejita y santulona cuentacuentos, como nunca lo fue ella.

Será por eso que su casa fue demolida, y solo existe una humilde placa que recuerda el sitio donde habitó una mujer valiente de pluma aguerrida y ofendida hasta en su muerte.

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